sábado, 29 de septiembre de 2012

Saturnismo



Saturnismo

La pinche vida nos había tratado mal, para muestra un botón y hay que ver este lugar; el calor que irradian sus fofas nalgas llenas de celulitis se confunde con el pinche calor de la media tarde. Solo a nosotros se nos ocurre coger a esta hora; son 15 minutos para las 3 de la tarde, mi turno  en el súper no es sino hasta las 7, ella comenzara el suyo a las 8. La misma avenida llena de mierda, de coches, coladeras, niños estúpidos -y sus madres aun más-, cables de última hora que van y vienen por toda la ciudad.

Acabo de ver morir una mosca de asco, estoy seguro que olfateo la habitación y se ha muerto; mas allá del mueble con el espejo esta el baño, seguro que otra vez no hay agua. No sé porque no me largo y boto a esta estúpida, ya son muchos años de mierda como para no hartarnos. Hace 5 años no la toco, ella hace 10.

Maldito sudor me hace sentir como un jodido hot dog de esos carritos, bañado en agua hirviente inmunda que nos alimenta. Me quito el cebo con la misma derecha  que es la misma con la que me limpio la mierda cada que voy al retrete. Estoy seguro que no es casualidad que la mosca haya caído en el tarro de crema rejuvenecedora –como si fuese a hacer milagros un pinche cumulo de elementos químicos en el rostro de esta pendeja-. Bueno ni tanto, aun tiene un buen par de tetas.

No culpo al jodido insecto por haber muerto, cualquiera que aspirara por más de 10 minutos el apeste de este cuarto seguro vomitaría; a sumar el deceso y descomposición del bicho volador hay que agregar la nauseabunda mezcla del olor de mis hongos, los juanetes de ella, el sudor femenino de su entrepierna, el de mi sobaco –opacado por el de ella-, el olor a culo, a sexo rancio, a semen podrido en las sabanas, a piel muerta que nos dejamos con cada mentada descansada. A orines míos, a su estúpida necedad de sangrar cada mes. A frituras descompuestas por la acción de la digestión; a la rata muerta que nos obsequio el gato de la calle de atrás. A sueños y vidas tiradas por el coño –ese coño húmedo que solía acogerme a las 10 y a las 8…

Huele a esos años que se fueron con la mierda, cuando ella tenía 18 y yo 30. Cuando subíamos extasiados el uno con el otro, después los gritos; lloriqueos, la alegría y nuevamente el silencio. Ese silencio eterno de nuestras aspiraciones con cientos de caminos por tomar  y ninguno a la vez, con esas fuerzas que se van extinguiendo como la lucidez a través de los orificios de un instante que cambio todo.

No me quejo de la vida asquerosa que nos toco a ella y a mí, me quejo de los cientos, miles, millones de imbéciles que aun esperan el milagro; que voltean sus manos limosneras –y lisonjeras- hacia el cielo, hacia la estúpida necedad. Digo que la vida nos trato mal, no por el trabajo de mierda que tengo hace 5 (o eran ya 10?) años, ni siquiera por no tener más que un pinche plato de sopa y pan al día; vamos ni siquiera porque me toco un pito chico. No, la vida nos trato mal porque nos enseño cuan chingados estamos y nos rodeo de un universo de tarados huele mierda que no lo ven.

Es como levantarse, rascarse el culo, cagar y mear, limpiarse el fundillo con el periódico gratis, ponerte el pantalón, la polo, los tenis y salir por esa puerta deslavada. Tomar  escaleras abajo, caminar varias calles y llegar a soportar a una panda de mentecatos cuyas aspiraciones les obligan a poseer cosas, a esperar algo a cambio de dicha posesión. A mirarse el culo y las tetas unos a otros y después desviar la mirada avergonzados. Cagar por la boca y no entender una cosa simple: “a la chingada la vida”.

SR Noviembre 2010

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