Saturnismo
La pinche vida nos había
tratado mal, para muestra un botón y hay que ver este lugar; el calor que
irradian sus fofas nalgas llenas de celulitis se confunde con el pinche calor
de la media tarde. Solo a nosotros se nos ocurre coger a esta hora; son 15 minutos
para las 3 de la tarde, mi turno en el súper
no es sino hasta las 7, ella comenzara el suyo a las 8. La misma avenida llena
de mierda, de coches, coladeras, niños estúpidos -y sus madres aun más-, cables
de última hora que van y vienen por toda la ciudad.
Acabo de ver morir una mosca
de asco, estoy seguro que olfateo la habitación y se ha muerto; mas allá del
mueble con el espejo esta el baño, seguro que otra vez no hay agua. No sé
porque no me largo y boto a esta estúpida, ya son muchos años de mierda como
para no hartarnos. Hace 5 años no la toco, ella hace 10.
Maldito sudor me hace sentir
como un jodido hot dog de esos carritos, bañado en agua hirviente inmunda que
nos alimenta. Me quito el cebo con la misma derecha que es la misma con la que me limpio la
mierda cada que voy al retrete. Estoy seguro que no es casualidad que la mosca
haya caído en el tarro de crema rejuvenecedora –como si fuese a hacer milagros
un pinche cumulo de elementos químicos en el rostro de esta pendeja-. Bueno ni
tanto, aun tiene un buen par de tetas.
No culpo al jodido insecto por
haber muerto, cualquiera que aspirara por más de 10 minutos el apeste de este
cuarto seguro vomitaría; a sumar el deceso y descomposición del bicho volador
hay que agregar la nauseabunda mezcla del olor de mis hongos, los juanetes de
ella, el sudor femenino de su entrepierna, el de mi sobaco –opacado por el de
ella-, el olor a culo, a sexo rancio, a semen podrido en las sabanas, a piel
muerta que nos dejamos con cada mentada descansada. A orines míos, a su
estúpida necedad de sangrar cada mes. A frituras descompuestas por la acción de
la digestión; a la rata muerta que nos obsequio el gato de la calle de atrás. A
sueños y vidas tiradas por el coño –ese coño húmedo que solía acogerme a las 10
y a las 8…
Huele a esos años que se
fueron con la mierda, cuando ella tenía 18 y yo 30. Cuando subíamos extasiados
el uno con el otro, después los gritos; lloriqueos, la alegría y nuevamente el
silencio. Ese silencio eterno de nuestras aspiraciones con cientos de caminos
por tomar y ninguno a la vez, con esas
fuerzas que se van extinguiendo como la lucidez a través de los orificios de un
instante que cambio todo.
No me quejo de la vida
asquerosa que nos toco a ella y a mí, me quejo de los cientos, miles, millones
de imbéciles que aun esperan el milagro; que voltean sus manos limosneras –y
lisonjeras- hacia el cielo, hacia la estúpida necedad. Digo que la vida nos
trato mal, no por el trabajo de mierda que tengo hace 5 (o eran ya 10?) años,
ni siquiera por no tener más que un pinche plato de sopa y pan al día; vamos ni
siquiera porque me toco un pito chico. No, la vida nos trato mal porque nos
enseño cuan chingados estamos y nos rodeo de un universo de tarados huele
mierda que no lo ven.
Es como levantarse, rascarse
el culo, cagar y mear, limpiarse el fundillo con el periódico gratis, ponerte
el pantalón, la polo, los tenis y salir por esa puerta deslavada. Tomar escaleras abajo, caminar varias calles y
llegar a soportar a una panda de mentecatos cuyas aspiraciones les obligan a
poseer cosas, a esperar algo a cambio de dicha posesión. A mirarse el culo y
las tetas unos a otros y después desviar la mirada avergonzados. Cagar por la
boca y no entender una cosa simple: “a la chingada la vida”.
SR Noviembre 2010
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