miércoles, 19 de septiembre de 2018

Asuntos sin concluir en el bar frente a la catedral

Llegó con un impulso y se situó frente a la barra, tal vez debería de decir que solamente era un mueble gigantesco de madera muy corriente, pero nosotros le decíamos así, su nombre era Antonio. Lo conocía de vista y de alguna que otra ocasión en que nos habíamos dado la mano; era un poco alto, para la media, y muy blanco. El pelo comenzaba a encanecer, tenía una mirada de ebriedad evidente, le gustaba el trago y le gustaba invitar a sus amigos más cercanos a beber. Casi siempre lo veía detrás de la barra, con su uniforme pulcramente planchado y lavado, envidiaba su condición, porque para que una mujer dejara así la ropa, era jodidamente hábil o una profesional. No se encontraba bien, su rostro desencajado era sinónimo de que algo andaba mal, pero no me atreví a preguntarle, tal vez porque no llegaba a tanto nuestra familiaridad y sobre todo porque no tenía un solo motivo real para hablarle; al final éramos dos ebrios que nos encontrábamos en un punto intermedio de la vida. Yo por mis problemas con aquella mujer, él, seguramente huyendo de otros tantos conflictos. Pidió un trago, una cuba si mal no recuerdo, coca y ron, más de lo último, casi imperceptible el gusto al refresco, pero ahí estaba presente, como todo. Lo bebió de un fregadazo, sin parar en ningún momento para limpiarse las comisuras por lo derramado y es que temblaba fuertemente, como jamás había visto a nadie hacer, de esas cosas que únicamente pasan en la literatura o en las películas. Pero alzó el brazo y pidió otro, igual o más cargado si es posible, entonces repare en todo lo que era él; pequeñas perlas de sudor resbalaban por su cabeza y le pegaban el pelo al cuero cabelludo, la ropa no era la blanca de siempre, sino que usaba una camisa de algún color que no me siento lo suficientemente capaz de especificar. La mancha creciente de sudor proveniente de la axila era comparable solo con la mancha gigante de sangre que mostraba el frente.
Sangre. Comenzaba a oxidarse sobre la ropa y lo más probable es que no sirviese nunca más, o que quedara la mancha para la posterioridad, como esas cosas que aprendes por experiencia; volvió a repetir la operación mecánicamente, el líquido desapareció del jaibol en menos de lo que puedas imaginar y alzó la mano, seguramente para estas alturas ya debía de andar tocado, pero lo más importante es de quien era la sangre. Y más aún, si era un peligro para mis planes de pasar otra de esas veladas tristes llenas de recuerdos dolorosos provocados por mi propia capacidad de volver infeliz a todo el mundo. Antonio comenzó a tartamudear, pareciera que el líquido había restablecido un poco de lucidez o le había atraído hacia la realidad, no sé bien cómo funciona eso en las personas, pero a veces basta un trago para destrabar todos los problemas.
 
No paró de balbucear incoherencias hasta que el cuarto trago hubo desaparecido, sólo entonces atisbe que su cara estaba pálida y que el fuego contenido de las cubas lo traía de nuevo a la vida, lo habían restaurado en un modo tal que se hallaba totalmente sobrio y cuerdo cuando volteo a verme con ese rostro picado por alguna enfermedad cutánea cuando era más joven, y los ojos perennes en rojo que denotaban a un ebrio, de eso sabía bastante. Abrió la boca y comenzó a relatar la noche que había pasado, habló sobre su amigo y una madrota, de esas que ya casi no abundaban porque a la mayoría las habían erradicado los políticos locales para colocar a sus allegados. Todos tenían cola que les pisaran, eran algunos cuantos los peces gordos, pero la mayoría tenían negocios turbios, parece que al llegar el puesto de poder viene aparejado un grado de corrupción y perversión antes desconocido en ellos. Para mí no era nueva su historia, o diferente por decirlo de alguna manera, siempre habrá un par de picaros que hagan alguna jugarreta o triquiñuela y al final tengan que responder, pero para Antonio los dados habían caído en doble 7 todas las noches durante un año y no comprendía como es que la suerte lo había abandonado. Se repetía una y otra vez sin llegar al meollo del asunto, por qué seguía de pie ahí con la camisa manchada en sangre y un rostro encanecido de repente. Al final contó lo que esperaba, el origen de la hemoglobina se debía a que habían matado a su amigo a su lado, no es nada nuevo le dije. O eso me pareció que había dicho, pero seguí interesado, dos hombres les habían rodeado, tal cual de una película de Juan Orol, malos gánsteres, llenos de clichés y si acaso diferenciados únicamente uno del otro por la cantidad de gel que usaba uno en el pelo. Dos balazos en el costado antes de que Antonio detuviera el auto de alquiler que lo saco de ahí, todavía sonaron más disparos tras de él y el taxi, pero el tirador erro por su falta de control en la adrenalina, al parecer no eran tan bravos como se imaginaron y darle un par de plomazos a alguien por la espalda no es lo mismo que controlar los nervios luego de que los planes salgan mal.
 
Le brinde un trago, mientras siguió contando que todo había salido bien hasta antes de las 7, habían ido a casa de la madrota, se habían tirado a un par de las chicas y habían cobrado el dinero que les debían, tenían que pagar unas deudas con cierta gente y al llegar a pagar, algo no les gusto a los del hombre fuerte. Alguien se equivocó en un paso, o dijo alguna mala palabra en un momento erróneo. Al final el resultado era el mismo, un muerto y un hombre que había encanecido de repente. Había logrado huir gracias a la pericia del taxista, un hombre bueno dijo, al menos no me cobró por los dos tiros que le quedaron en la cajuela. Tal vez temió que le fueran a matar o no sé, muchas cosas pasan por la cabeza cuando uno va a la desesperada, eso lo sabía bastante bien. Mi padre lo había hecho siempre, le faltaba algo de serenidad y terminaba por echar por la borda las cosas, siempre llevado por su temperamento, ese que tanto habíamos temido mi madre y yo. El viejo no bebía por cierto, odiaba a los borrachos, no comprendía como podía alguien dejarse guiar por una bebida, no veía que él hacía lo mismo con su ira.
 
Pedí una botella, no recuerdo que mierda era, tal vez algo con sabor caribeño o algo que sólo puedes beber cuando ya no te importa nada lo que viene después. Pero ahí estábamos, un hombre con la camisa desfigurada por la sangre y un hombre con un sentido de derrota que lo acusaba a diario. Había sido así desde que ella se marchara, tenía entonces cerca de 16 o 17 años, era un jodido mocoso cuando me atreví a amar a alguien y eso nunca lo había superado. Todo lo que llego después fue una reiteración continua de desventuras provocada por mi falta de pericia como ser humano, pero Antonio de eso sabia, me contó sobre su mujer y sus sospechas de que lo engañaba; era una mujer guapa y llena de fuerza, pero para Antonio era más importante el alcohol y los amigos, un tipo complejo que le gustaba más estar rodeado de problemas a causa de su afición que por las faldas, quería aprender de él, deseaba ser su alumno, porque igual y al despertar al día siguiente, el alcohol como máximo te haría vomitar o tal vez llenarte de dolor el estómago y con un cáncer como todo futuro; pero el tener problemas de mujeres, era estar siempre jodido, siempre lleno de malas experiencias y condenado a no ser lo que ellas esperaban y no querer serlo.
 
Clavó el pico, se abandonó momentáneamente en la mesa de madera que nos contenía, su última palabra coherente fue: hija. Hacía años que la buscaba, hacía años que había desaparecido, toda su vida se había ido con ella, la felicidad también, según me dijo; una mañana la llevo a la escuela y por estar crudo no noto el cambio en el ambiente, que no había carros, que no había personas, que todo parecía detenido, un hombre de 30 y tantos con una niña de menor a 10, caminando en una calle tan jodidamente solitaria que el respirar intranquilo de la menor era audible a kilómetros, luego sintió el golpe. Justo en la cabeza, justo en el sitio indicado para hacer que su cruda se fuera por un par de minutos, los suficientes para que todo se fuera al garete. Nadie lo vio venir, prácticamente su niña fue el inicio de una serie de robos indiscriminados de niños en aquellas colonias perdidas de nuestro mundo. Aquellos sitios donde la policía es uña y mugre con el dolor. Nadie vio nada, nadie supo nada, la niña desapareció con la misma celeridad que los días subsecuentes lo hicieron. Se volcó al alcohol entonces, como un tipo sin esperanza, sus risas eran menores que sus lágrimas a diario, y solamente en contadas ocasiones no lo resentía, habían transcurrido 6 años y el dolor seguía ahí, anclado como el destino mismo. Ella no volvería.
 
SR Abril 2018

domingo, 2 de septiembre de 2018

tenía un par de golpes en el codo derecho cuando le avente por la escalera

El morral blanco de yute estaba mugroso, su bigote era cano, perteneciente a otra época, a años posteriores a los 70s; parecía un tipo atrapado en su pasado, el cual obviamente no volvería; tenía más de 40 años en el mismo rutinar. Pidió una modelo, pensé que hasta sus gustos eran arcaicos, como sometido a los vaivenes del viento o de las olas. Le despacharon el bote, y pidió permiso para beberlo en el pequeño escalón que se encontraba en la entrada de la tienda. El hombre santo que comenzaba a perder mechones de pelo, le dijo que sí, pero que no molestara y que se cuidara de la patrulla. Yo era un habitual de ese lugar, el tendero me vio y antes siquiera de preguntarme metió la cabeza en el refri y saco una caguama.
 
Nada extraordinario, era otro viernes, llevaba muchos así, saliendo de mi casa a hurtadillas para ponerme a platicar con el viejo Federico. Lo conocía hace casi 10 años, pero sólo 6 meses que me la pasaba ahí los viernes; en ocasiones le ayudaba a espantar a los jóvenes o a evitar que alguno cometiera un hurto. No pocas veces le había dado una zurra a un vagabundo y el tendero me ofrecía una cerveza, total cortesía de la casa. Estimaba mi rutina, era ya un viejo jubilado prematuramente por la desaparición de mi puesto de trabajo, con tan mala o buena fortuna que seguiría recibiendo mi pensión hasta que me muriese. No tenía hijos y mi esposa prefería ver las telenovelas que hablar conmigo, no la culpaba, era aburrido hacerlo, quien quería oírme hablar de lo mismo durante casi 25 años que llevábamos juntos.
 
El viejo del morral bebía mirando hacia la avenida, ruidosa, caótica, llena de embotellamientos y autos que circulaban a velocidades que bien podían ir desde la nada a una velocidad de vértigo. Me gustaba estar ahí, observando todo, mirando con total perplejidad que los viernes transcurrían sin mayor variación, hasta los eventos fortuitos parecían estar cortados por el mismo patrón. Igual que en el trabajo, parecía que la monotonía me seguía a donde quiera que fuese. Me empezó a hablar el hombre, su voz era baja, como si deseara que las palabras se perdieran en los escapes de los autos. Se llamaba Macario.
 
Conocía el nombre, por la película; me gustaba, sonaba exótico, aunque bien a bien, no tenía la menor idea de que era ese pinche concepto. Pero el viejo Macario me dijo que se dedicaba a comprar idioteces, “como si no fuese todo un jodido circo”, le respondí aunque con el mismo tono apagado, y realmente no supe si llego a escuchar aquello. Le gustaba el brandy, pero ya no podía tomar, la diabetes, dijo. A todos nos está cargando esa mierda, primero te das cuenta que la vida es una mierda y luego te lo comprueban, llenándote de enfermedades que en los tiempos de nuestros ancestros no existían. Como si fuera un avance en los jodidos males y no en la calidad de vida. Dijo mientras le daba otro sorbo a la lata. No me fije si le había limpiado, alguna vez vi un par de ratas peleándose por anidar en los contenedores de una empresa dedicada a las conservas, no supe si lo lograron o si fueron muertas dejando su mierda encima. Sólo sé que nunca más volví a ver ninguna lata con buenos ojos.
 
Me contó que había tenido dinero alguna vez, “¿pero todos lo hemos tenido no?”, algunos puede decirse que sí, pero la mayoría nacen jodidos y así van a morir, respondió categóricamente, mientras volteaba a la arteria buscando señales de la patrulla. Les tenía miedo, les conocía y sabia de la mierda que eran capaces; yo también, alguna vez me dieron una calentada por exigir que hicieran su trabajo y agarraran lacras y no borrachos inofensivos. Dos puntos de sutura, fue mi recompensa civil; siguió hablando, dijo que el dinero le había quemado las manos, tuvo que gastarlo en estupidez tras estupidez, como si fuera una maldición y no pudiera contenerlo, como agua se iba mientras todos a su alrededor se hundían en el fango de la corrupción, no en esa cosa política, sino en la depravación y la avaricia. El que menos, dijo, se había agarrado a balazos con su padre por unas joyas y una mujer. Lo nunca visto, dijo, eran un par de buenas gentes que un día, sin deberla o temerla, les entró la locura y se enfrentaron, tres tiros le dio el padre al hijo con el horror subsecuente de la madre que tuvo que enterrar a su primogénito y visitar en la cárcel al padre. Luego hablo de los años que había pasado en la cárcel, porque todo lo que fácil viene, fácil te chinga, dijo, “le abrí la puerta a la desgracia, como si fuera necesario que me castigara por haber sido lo que fui.”
 
Su historia no me conmovió en lo más mínimo, la calle estaba llena de ese tipo de situaciones, gente buena que se tiene que envilecer para no ser pisoteada, para defender un poco la mísera vida que llevan. Les gusta después lo que sienten y  terminan por caer en actos de auténtica podredumbre humana. Así había varios casos, algunas mujeres de por ahí así lo habían hecho, mi propia mujer se había convertido en un asco de persona con tal de no dejar de ver esa bendita caja idiota, no la soportaba y deseaba verla muerta. Mi madre me golpearía si supiera que pienso esas cosas. Lo bueno es que lleva casi 15 años muerta.
 
Macario siguió hablando, primero de aquellas primeras horas en que perdió todo y luego en las semanas subsecuentes, cuando todo empieza a irse, cuando los amigos se van y te dejan con un palmo de narices, cuando las mujeres de paga te dejan con la cartera vacía, cuando despiertas una mañana y ves tu inmensa casa tan vacía que dudas en que alguna vez hubiera estado rebosante de vida, dijo, como si el pasado fuera un sueño repleto de cosas que nunca más han de volver. Lo vi, atrapado en sus pensamientos y con el rostro cetrino viendo directo hacia el sol que empezaba a empequeñecerse en el horizonte de la metrópoli, a mí me gustaban esos días, largas mañanas y tardes que se convertían en noches calurosas donde el sexo de las mujeres olía bien. A sexo, a sudor y gloria. Pero mi mujer no, parecía que estaba muerta y atrapada por la televisión, hubiese pagado por que tuviera una aventura e incluso fantasee alguna vez con ello, hasta que me confirmaron que estaba lobotomizada por las horas frente al televisor. Ella se volvió una mujer feliz el día que lleve un plasma de 43’. Acomodo su sillón favorito frente a la pantalla y no se movió en lo que parecía ser una semana. Yo bebía más por aquel entonces.
 
“me hice tanto daño que pensé que estaría tullido de por vida”. Eso había dicho Macario justo antes de depositar el bote en el suelo. Su última frase significaba que estaba listo para marcharse, le detuve y le ofrecí otro trago, a lo que negó con vehemencia con la cabeza, dijo que no, que no podía o no quería, porque la última vez que se encarrilo terminó con una persona muerta, su esposa o hija, lo he olvidado, dijo que se bebió todo lo que pudo, todo lo que le permitía su cuerpo enclenque almacenar, se orino encima, se desplazó hacia su casa, con la certeza de que podía llegar sin caerse, obvio no llego, se derrumbó o tropezó cerca de la primera esquina. Las siguientes calles fueron un constante levantarse, tenía las rodillas en carne viva cuando pudo introducir la llave en la chapa metálica. Su esposa salió, su hijo salió, su nuera salió. Todos estaban en la sala viendo como trataba de meterse el pene, lleno de mugre y alguna enfermedad venérea que le corría en las entrañas desde hacía unos meses. Vio a la mujer o a la hija que apareció y lo quiso subir por las escaleras, él se defendió y dijo que no era ningún inútil, el hijo se calentó y le dio unos golpes, tan fuertes que lo tumbaron, nadie decía nada, todos estaban hartos. Todos querían dormir y ese hombre estaba como una maldita cuba. Vocifero desde el suelo, aun cuando entre las mujeres lo intentaron poner en pie, lo hicieron así y el hombre se encamino hacia la escalera. Noto el dolor del codo, había caído mal cuando le pego el hijo, o en alguna de las caídas. No lo sabía, sólo vio el par de moretones y raspones que asomaban de la camisa rota. Subió los peldaños con la mujer a sus espaldas, la quería más que a nadie, por eso nunca comprendió el momento en que la tomo de los cabellos y le acomodo dos cachetadas, le grito que era una golfa y la aventó. No sobrevivió, nada sobreviviría. Todos estaban condenados a lo que aquel hombre había hecho, a lo que vendría después, a las horas y días subsecuentes cuando todo se hizo oscuridad, cuando las vidas que habían cambiado, de nuevo mutaban en cosas totalmente distintas. Todos dispersos, todos alejados por la ira y la corrupción.
 
Macario dejo la lata y se subió bien el morral que colgaba de su lado derecho, me hizo una inclinación con la cabeza y se alejó hacia el norte. Con pequeñas ráfagas de viento que levantaban el condenado aire hirviente en esta ciudad condenada a la sequía. Todos estamos jodidos.
 
SR Primavera 2018