Ella hablaba y hablaba sobre mil cosas, tratando de no parecer desesperada, no sabía qué o porqué carajos estaba obsesionada con ese hombre. No era nada especial, apenas más alto que el promedio, sin grandes características y si con un sentido profundo de melancolía que asomaba en sus palabras. La tenía ahí, fumando cigarro tras cigarro, le quedaban dos únicamente, había comprado la cajetilla apenas unas horas atrás cuando creía que por fin esa noche lograría sacarlo del caparazón. Pero en pleno de las 4 am, seguía intentando con una desesperación inaudita; para ella al menos, que había viajado a los infiernos habidos y por haber, y que había coleccionado cicatrices tanto visibles como aquellas que se guardan en el alma; no podía, todo lo que le decía parecía rebotarle en la piel tostada, en esa cara adornada con su barba irregular. No era guapo, ni siquiera tenía una dentadura perfecta, pero la tenía completamente perdida desde un mes atrás. Un mes durísimo que se estaba coronando con la actuación ilógica de alguien que parecía haber deambulado por los mismos infiernos que ella. La música ahogaba sus chasquidos de la lengua, ella no lo percibía tan claro, estaba viendo de reojo su perfil, una nariz grande y salpicada antaño por el acné. La mirada ausente parecía que se paseaba por toda la habitación de aquel caserón, que estaba decorado como un sanatorio mental demencial. Paredes adornadas con tapices raros, candelabros con motivos mortuorios, los pisos completamente bañados en cerveza, huellas y colillas de cigarro. Ella habla y habla sobre los demás sujetos que se hallan rodeándoles, los llama hipócritas, vendidos, desgraciados infantiles que copian todo lo que les gustaría ser sin poderlo abrazar. Le soba el brazo una y otra vez, mientras la consternación anida en su pecho, en donde comenzó todo. Le pasa una y otra vez la mano por el pelo, lo tiene corto, pero aún tiene cierta suavidad. Como si acariciara una alfombra.
El casco azota con un ruido demencial sobre la acera, dos chicas gritan mientras un par de hombres delgados y arropados por abrigos gruesos ven a la mujer que se recarga en la motocicleta. El casco se ha rajado, $2,500 tirados por una rabieta. Por un pendejo que se ha marchado sin avisarle, dejándole con las ganas, que la hizo humillarse y rogarle por un poco de atención, pero que en realidad no quería estar ahí con ella, lo sabía desde los primeros minutos que lo vio. Se aferró a su brazo delgado y cubierto por aquella chamarra. El abrazo fue largo, pero no fue igual de ambas partes, ella se entregó, mientras que el hombre mantenía la mirada hueca en algún punto remoto de la calle. Las lágrimas le corren, sin poderlas detener, se había jurado que nunca más lloraría por alguien, pero ese tipo lo había conseguido. No lograba entenderlo, no comprendía porque la abandono así, porque había permitido que se adentrara tanto, como si fuera el colofón perfecto para todo lo malo que le había pasado en los últimos meses. Sin embargo, esto la estaba hundiendo definitivamente, como si fuera la muerte de la ilusión. Era eso, se había entregado en cada beso que le había dado hasta que la dejó ahí plantada, sin decirle algo. Lo había llamado infinidad de veces, 14 para ser exactas; las 3 primeras, confió en que no escuchara el sonido por el ruido de los parlantes, las siguientes 5 se preocupó de que hubiera estado tan ebrio que se hubiera accidentado, las restantes solo rogaba que no sucediera lo que temía tanto. Que el abandono no fuese real. Que el imbécil estuviera ligando por ahí a alguien o muerto. Lo comprendió al final, lo vio en su diminuta existencia. Era un desgraciado que había jugado con ella y se acobardo. Luego, observo que no le conocía fuera de lo que él le había dicho, que se había obsesionado con un fantasma que le hizo creer que era un poeta viejo encarnado en un sujeto común. Vio la rajadura del casco, totalmente fregado, quiso patear algo y lo más próximo que encontró fue una reja de alguna puerta vieja. Desato la ira sobre ella, pero su bota rápidamente quedo marcada con la barra que ni siquiera había sido doblada un poco. Arrojo el casco nuevamente a la fría acera.
Se le había acercado atraído por ese halo descorazonador que tenía, una mirada triste en un rostro salvaje, pero luego platicando por horas con él descubrió que era otra cosa, un ente distinto a cuantos había conseguido, algo que parecía atraerle y al mismo tiempo repelerle, que la orillaba a tomar actitudes que no había tenido en muchos años, probablemente desde su primer amor; cuando conoció a Román en la escuela, cuando todo iba muy bien, cuando tenía las mejores calificaciones y de repente todo trono, empezó por fumar a escondidas de su madre, por pelearse a golpes con una compañera, por salirse de la escuela y refugiarse en el billar del padre de su amiga. El cambio no pasó desapercibido para su madre, para nadie; ella quería ser libre, pero no entendía el concepto ni el precio que tendría que pagar por ello: trabajar como cerillo una larga temporada para poder pagar la secundaria, luego de mesera, incluso en aquello que odiaba tanto en aquel bar. Pero no quedaba otra, era necesario para sustituir todo aquello que sentía con Román, ni la tele o el cine, ni los libros o siquiera las drogas; el tipo la cambio por dentro y por fuera. Solo duraron un par de años, tan cerca y tan lejos como pueden estar un par de adolescentes enamorados, cogían en donde se pudiera y donde no también. Comenzó a faltar a la escuela por días y semanas, pero algo siempre la regresaba. Su adolescencia había sido difícil, como una especie de carrusel macabro y lleno de peliagudas vueltas a velocidades infernales. Los demás hombres fueron solo la sombra de Román, a todos los podía controlar, a todos los dominaba y los volvía un juguete. Pero aquí el tipo plano y sin mayores pretensiones la había jodido. La atrapo con su mero golpe efectista de hacerla reír y hacerla pensar al mismo tiempo. No había nadie así en su mundo, nadie con un sentido tan jodidamente recto de principios que lo respetara hasta el final. Lo había olido toda la noche, perfume bueno, caro, pero no parecía alguien que lo usará a menudo, cuando lo besó sintió que era una gloria, el olor y la forma de besar no era nada que hubiese sentido antes, como si en cada caricia se le fuera la vida misma a ambos. Sin dar tregua de respirar, pero mientras en ella era todo ardor y candor, en él era mero trámite. No entendía por qué besaba con tanta pasión, mientras tenía los ojos abiertos; observando a todos a su alrededor, lo vio dos veces por el rabillo del ojo, pero no quiso decir nada que rompiese el momento. Sabía a cerveza, carne y algún rastro de dentífrico, un aliento fuerte que no le desagradaba en lo más mínimo. Eso ayudo a que perdiera la cabeza. A que ambos se entregaran al jugueteo de lenguas y mordidas. Ella lo acariciaba de la cabeza, mientras el situaba su mano a la altura de la cintura regordeta de la mujer vestida de negro. La apretaba con tanta fuerza que por primera vez creyó que si tenía la fuerza que presumía. Era su primera salida en solitario y sentía flotar su cuerpo. Solo Román lo había logrado hacía casi 16 años.
Patea la moto, tres o cuatro golpes en las llantas, la mueve lo suficiente para saber que otro más y la tendrá que recoger del suelo. Aun siente el dolor de la patada en la reja. Su boca esta seca pese a que se terminó las dos cervezas gigantes que el desgraciado aquel le hizo comprar. Tibias, asquerosamente llenas de ese calor que las vuelve repugnantes. Se siente mareada porque bebió como hace mucho no lo hacía, sabe que hizo un par de movimientos equivocados en la moto mientras manejaba a casa, no quiere entrar a ese lugar, ya no es su hogar, ya no está ella. Tampoco tendrá esas largas conversaciones por teléfono con ese sujeto de ojos tristes. De mirada esquiva que raramente la veía a los ojos; lo debió sospechar, nadie que sea buena persona deja de mirar a los ojos durante tanto tiempo. En el parecía ser su segundo nombre. Como si al mirar de frente le pudieran leer en la mirada el miedo a dejarse ir, a ser uno con otra persona en cuerpo y mente. Pero ella no quiere entrar a su habitación, no puede acostarse en la cama que no ha hecho en casi una semana, no quiere desmaquillarse pese a que sabe que el delineador y el rímel los trae corridos por su rostro pálido. Son casi las 5:30 de la mañana, se lo imagina en algún jodido agujero de la ciudad, escribiendo poemas estúpidos sin rima o sin sentido, pero que al mismo tiempo descarnan parte de su alma, con frases hechas y lugares comunes, que no obstante no tocan en ningún momento nada que haya leído antes. Como si pudiera acomodar las palabras para darle un sentido completo de derrota. Que cada consonante y vocal rompa una piedra y en ella encuentre una nueva escalada de dolor. Pero no le quiso decir que eso pensaba de él, porque si ya la tenía en su poder, con eso la podría terminar hundiendo. Aunque no sabe que puede ser peor que terminar un sábado en la madrugada oyendo música triste en la banqueta enfrente a su departamento. Con luces que se van encendiendo para comenzar una rutina que les durara hasta que todo colapse, hasta que entiendan que están jodidos y que no importa cuando se esfuercen, al final terminaran en un agujero. Rodeados de otros miles o millones de imbéciles que dieron todo por ser alguien y nada de ello importara en la eternidad que les espera en la oscuridad. Piensa en ello mientras recuerda que se consideraba una veleta, que cambiaba de dirección según el tiempo que hiciera. Pero ahora cree que nunca tuvo una meta más allá de solo esperar la muerte, que podría llegar cuando le dé a todo el acelerador en una recta, mientras recuerda que su madre se ha ido, que la batearon y que odia su empleo.
SR Enero 2017.