Eusebio Latorre llevaba 35 años tratando de descifrar aquel sueño, no podía siquiera acercarse a un instrumento musical o a alguien que hiciese un ritmo, porque invariablemente le entraba un acceso de ira, desbocada, tanto como podía estarlo un hombre solitario que había perdido todo a causa de un sueño que cada día que pasaba se convencía de que no significaba absolutamente nada.
Había sido una noche de primavera, justo cuando los días comienzan a llenarse de nubes que asoman al horizonte, cuando el hombre, entonces todavía casado con una decente mujer, tuvo aquel sueño. Al principio le costó entender lo que acababa de pasar, no era aquel sitio con el largo pasillo lo que le molestaba, ni mucho menos la cantidad imposible de personas que interpretaban aquella música que nunca había escuchado. Era el aspecto tan vivido del asunto, que cada uno de los 300 o más personajes que pululaban en aquella sala tan inequívocamente imposible, tuvieran un rol destacado, ya fuese llevando las partituras de lugar a lugar, o haciendo aquellos sonidos tan irritablemente perfectos. Y él, en medio de todo aquel pandemonio, no era extraño, se sabía tan importante para aquellas personas, ni más ni menos que el director de la sinfonía, el que llevaba la batuta, apareciendo frente a las sopranos, llevando hasta la extenuación al grupo de mujeres mientras interpretaban la melodía que parecía salir de sus propias manos sosteniendo la batuta; luego frente a las mezzosoprano dejando parte de su alma con cada nota que se producía en aquella parte de la sala, tan pronto como empezaban a sonar las contralto su figura estaba de pie, agitando vigorosamente aquella varita que generaba la magia esperada. Los hombres eran los contratenores, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que parecían salir telepáticamente de su cerebro, y luego se unía el tenor, el barítono y cuando llegaban los bajos, el ritmo se había convertido en un verdadero infierno sonoro, sin apartar de su cuerpo aquel pedazo de metal labrado con algún brillo poco menos que cromado. Pero seguía de pie y de pronto la música se mezclaba con aquellos niños que usaban el uniforme deportivo de su secundaria, de aquella espantosa mezcla de colores y diseños que rompían la solemnidad de aquella imposible sala. Y él, en lugar de molestarse porque aquellos niños comenzaban a interpretar a su manera la música que estaba soñando, se maravillaba porque sabía que la vida entera dependía de que aquellos mocosos fueran afinados, que las notas no se perdieran y que la melodía siguiese, estaba en medio de una sala blanca, rodeado de unas cuantas sillas de aspecto severo y con las ventanas reflejando la luz que arrojaban las lámparas del techo, lo entendía claramente, era de nuevo un adolescente que tenía el rostro lleno de barros, lleno de espinillas y sobre todo sin un sentido de la dignidad, pero la música seguía ahí, interpretada por sus ex compañeritos, en los que no pensaba hace muchísimos años, y mucho menos les conocía los talentos musicales que ahora demostraban.
Eran las 3:15 de la tarde, tenía casi 5 años que vivía obcecado por aquel sueño, su mujer lo recriminaba por pensar en ello a la menor provocación , por tener una habitación completa con teorías y uniones que no llevaban a ninguna parte, porque así era la vida, un compendio de irrealidades, por supuesto que él lo sabía de sobra, pero en sus ratos libres no hacia otra cosa que pensar en aquella melodía que cada día iba desapareciendo, se maldecía por no tener conocimientos musicales o siquiera una forma de trasladarla a la posterioridad. Su mujer le gritó mientras él se hundía nuevamente en aquel pozo de recuerdos, la sala imposible, la música que surgía de las bocas y cuerdas vocales de aquel número indeterminado de personas, todas majestuosamente vestidas, acorde a las más estrictas reglas de etiqueta. Él no era la excepción, pero tenía algo más que en su vida diaria no tenía, y era aquel aire de intelectual. Nada de las manos nudosas y llenas de cortaduras y magulladuras, eran las manos de alguien que no tuvo que trabajar cargando fertilizante, eran las manos de un hombre que había sobrevivido sin cometer errores, quizás él, el director, si había tenido en sus manos la posibilidad de vivir.
Llama a su mujer cuando le parece pertinente que ha pasado el tiempo idóneo perdido en su memoria, pero sólo es la costumbre, todavía lo hace de vez en cuando, no se ha dado cuenta en el subconsciente de que ella está muerta. La misma tarde de hace 3 años cuando le pareció que había encontrado un rostro conocido en medio de toda la locura de aquel sueño, ella moría. Una descarga eléctrica, no alcanzó a sacar la ropa de la lavadora, mientras él se hundía de nueva cuenta como casi todas las tardes en recordar y hacer anotaciones en aquel cuaderno que no tenía pies ni cabeza, un despropósito que no lograba entender cómo funcionaba, le grita un par de veces más, hasta que recuerda, hasta que cae en cuenta que tiene que hacerse su comida en aquella casa gris, no es el color, es el tono en que cada día aparece mientras recorre las habitaciones llamándola, de nuevo, olvidando que no está, que no volverá. Y entonces está de pie frente a la estufa con algo en la lumbre ardiendo, no lo ha movido desde hace casi 20 minutos y es un carbón que está llenando de humo la pequeña estancia, pero el sigue ahí, recordando los rostros que se aparecen en el sueño, acariciando las notas que los hombres y mujeres de aquella sala hacen con sus límpidas voces. Llenándolo, casi tanto como la sensación de dolor que resiste a asumir, cual dos o tres noches sin dormir, pensando en lo que ha perdido, en lo que está perdiendo por aquel condenado sueño, pero no le importa al final, porque sabe que algo está ahí, la clave de toda su existencia está en la melodía y los rostros.
-sabes, ya identifique a un par de esas niñas…una era mi prima, no la había reconocido, hacía años que no la veía en aquel entonces y la había olvidado. Pero era ella, la otra es una noviecita que tuve por aquel entonces, se llamaba…! Erika ! Era muy alta y tenía un lunar al lado del iris del ojo lo que le hacía blanco de nuestras burlas, no es de extrañar que nos tuviera cierta aprensión, no éramos muy burlones, pero bueno… tu sabes; luego estaba otra chica que no recuerdo el nombre, pero llevaba taller conmigo y con mi amigo Diego. Ellas eran parte de las que al acabar la pieza, bajaban a darme aliento, como si no supieran que estaba corriendo de lado a lado de la maldita sala dirigiéndoles, como si no se hubieran dado cuenta que mis manos evitaban la catástrofe. Pero les seguía la corriente, no tenía sentido pelear con aquellas dos y con mi prima era muy difícil tratar, ya desde niña siempre fue muy cerrada, pero con los años se volvió peor, y ahora de imaginar que íbamos en la misma clase o secundaria ya es para ponerse a pensar. Ellas tres y alguno más que ahorita no logro acordarme, ¿tú no sabes de quien se trata?
-qué ¡?
-no te preocupes… dice mientras observa a la guapa mujer levantarse de aquella mesa en la explanada, la ve que arroja un par de miradas indescifrables mientras se aleja por la concurrida acera, sus nalgas se mueven debajo del pantalón de mezclilla…yo te explico de nueva cuenta, y la retahíla de palabras comienza a salir de su boca, hablando a la mujer que se halla genuinamente interesada, se la acaba de presentar su hermano, tiene casi 45 y es soltera, de una belleza extraña y con un exquisito sentido del humor, pero Eusebio no pudo sino hablar desde el minuto 5 de aquel sueño, sin parar un segundo, sin detenerse pese a que hace casi 3 horas que la mujer se ha ido y la gente del local lo observa con severa aprensión. Ya tiene más de una hora que le han marcado al hermano menor para que lo venga a recoger, pero nadie ha venido, ni su esposa, ni su madre, ni las chicas de aquel coro que le perseguían desde hace casi 20 años. Eso evidencia su panza y sus ojos cada vez más cansados, repletos de patas de gallas y el signo de demencia que se comienza a cebar con él, con sus recuerdos y con la noche de esa primavera. No puede evitarlo, no puede dejar de pensar cada vez con mayor frecuencia en ese sueño, como si cada noche esperara volver a revivirle, pero no llega, no aparece y eso lo frustra más y más.
La pared le regresa los sonidos de su voz, aunque hace bastantes años ya que no habla para nada, es probable que sus cuerdas vocales estén completamente obsoletas, pero sigue hablando para sí, para no dejar en el limbo blanco el sueño que le sigue y le atormenta porque no puede separarse de él. Es como una urticaria imposible de erradicar, como si los pedazos de su piel fuesen de un perro que se ha llenado de pulgas, pero no. Es Eusebio Latorre y tiene casi 70, no tiene casi pelo y el poco que aún conserva con un brillo plateado le provoca recuerdos de su mujer… ¿estuvo casado alguna vez? ¿O es otra de esas cosas que el sueño le dicto? Juraría que su mujer se llamó Sofía y lo amaba, pero ¿hace cuánto que ha muerto? ¿Tenía algo que ver con el sueño? Deja de pensar en la posibilidad de una mujer y recorre aquella sala blanca una vez más, ensimismado en la melodía que arranca con una violencia inusitada y la sonrisa perlada de sus ahora negros dientes le recorre la cara entera. No se acuerda de su hermano, de su casa que el hermano le quito, porque no tenía sentido que estando así de jodido tuviese una casa así de grande, no recuerda los papeles y como lo internaron para que muriese en ese lugar, olvidado dentro de un sueño ridículo que nadie más puede entender, porque hace años que no habla, hace años que vive encerrado en su mente, como si fuera lo único que le permite respirar, alejado de la inmundicia de la vida ordinaria, donde hay cosas horribles. Pero ahora Eusebio puede saber que lo primero que escucho en aquella noche de primavera fue un corno francés. Así empezaba su réquiem.
SR Mayo 2020