Rodrigo dejó caer el puño sobre aquella su mujer, el torrente de sangre emanó de la boca, la saliva le cayó copiosamente cuando el hombre la insulto nuevamente. No tenía en si ningún motivo en especial del porque le estaba atizando ese día en particular. El sol seguía su recorrido infinito, las nubes arrastraban perezosamente su trasero por el cielo particularmente azul, en una pequeña habitación donde el hombre religiosamente golpeaba a Martha cada cierta cantidad de días, cada tantas horas al día, casi los mismos que habían permanecido juntos. Ya no recordaba ella cuanto era eso, para él sólo era otra de las muchas cosas que no le importaban, tenía cosas más jodidamente importantes en que ocupar su mente, por ahora solo dejaba caer el puño con la fuerza necesaria para hacerle daño, pero no para terminar con su existencia, la necesitaba como se necesita una droga, ambos necesitaban aquella situación. Por las razones equivocadas, por las razones justas, ahí estaban ellos en medio de la pequeña habitación de algún color indeterminado, hacía años que ninguno de los dos tenía planes para el futuro, hacía mucho que todo era igual y no tenía ningún sentido que fuera de manera distinta. El siguiente puñetazo aterrizó en el cuello, no siempre era fácil atinar en algún lugar cuando se perdía el control, lo hacía mecánicamente, pero no era como que midiera la distancia donde aterrizaría el siguiente golpe. Martha aulló cuando sintió la primera patada de la tarde, tenía un par de semanas que no lo había hecho, prácticamente intento hacerse un ovillo, pero el siguiente jalón de greñas la hizo incorporarse lo suficiente para recibir el bofetón que le abrió el labio y sangre caliente comenzara a fluir. La arrastró hacia el centro de la habitación, tal vez en su fuero interno, Martha creyera que saliéndose del centro podría escapar, huir hacia la libertad de la oscuridad, pero ni así se libró aquella tarde. El pequeño Rodrigo jugaba en la calle cuando el hombre le reventó el primer golpe “a su madre” en aquella cocina diminuta donde también desayunaban y comían, no fue capaz de entender porque esa mujer quería seguir con su padre que tenía un carácter tan irascible. Claro, pero el sólo tenía 8, su padre había llegado una tarde con Azucena y le había gustado al niño, hacía años que no recordaba a su madre, a la que se había ido un día y jamás le volvieron a ver. Los vio una noche, cerrada, llena de ruidos y luces como todas las jodidas noches, aunque quizás sus recuerdos eran menos exactos conforme los años avanzaban, pero podía ver claramente la mesa con el mantel lleno de quemaduras, su padre pegándole en la cara con una bofetada tan brutal que aunque quiso salir en su defensa se quedó anclado en la pequeña silla, con las lágrimas en el rostro infantil, era casi la hora de que se fuera a dormir, pero no entendía por qué “su madre” parecía tan nerviosa, no entendía porque su cara se estaba llenando de lágrimas, conforme se acercaba la hora en que su padre regresaría del trabajo. Pero ahí de frente a esa escena donde ella estaba arrodillada pidiendo perdón por algo tan trivial como una sopa desabrida, la ira de su padre se dejó sentir, él la conocía de antemano, tenía todavía dos cardenales en la pierna ahí donde le había dado la patada.
La música comenzó a rellenar los fragmentos de su memoria, se vio sin panza, con voz, con la gallardía que lo encumbrara entre las mujeres, todos le amaban, o eso decían, les gustaba aquella personalidad al cantar frente a la concurrencia, sus manos viriles hacían pequeñas florituras que parecían cobras poderosas hipnotizando a los veinte borrachos que callaban mientras él cantaba el repertorio de su ídolo. Ella recorría las mesas recogiendo órdenes, vasos, los restos de algún plato con botana, recibiendo piropos e invitaciones para que acompañara a alguno de aquellos borrachos que noche tras noche copaban las mesas cubiertas con un trapo de color morado con ribetes plateados. Aun así tenían pequeños interludios donde sus miradas se dedicaban una sonrisa, mientras su querer se encontraba bailando con cadencia las melodías que salían al tiempo de aquel joven Rodrigo que parecía hipnotizar a todos con las frases llenas de amor y derrota. Y al mismo tiempo Rodrigo tiraba de su cinturón hasta que este se hallaba en sus manos y soltó el primer y relampagueante golpe que atino en el muslo de Martha, los lloriqueos de su mujer no le impresionaban en lo más mínimo, descargo no menos de 10 golpes seguidos que de nueva cuenta la mujer creyó que podría esquivar si se refugiaba en ese pequeño hueco que quedaba entre el refri y la vitrina de los vasos. Todo temblaba cada que ella se repantigaba ahí, todo parecía que se caería y se haría pedazos como los pequeños sentimientos de aquel niño que veía con rabia e impotencia como Azucena se abrazaba a los pies de su padre para que ya no le diera más golpes, pero ese acto de sumisión y derrota le provocaba asco a ese hombre corpulento y con olor a cerveza, ahora lo sabe, ahora entiende ese jodido olor que le despertaba tanta repulsa.
Ella baila un poco, las caderas bamboleándose rítmicamente aunque apenas perceptible porque no quiere que el patrón le vuelva a reñir. Rodrigo la observa desde un taburete con imitación de piel de leopardo. Ahí sigue tratando de tener la fuerza suficiente para invitarle a salir, para sacarla de aquel sitio que no le gustaba. Ahí cantaba, pero odiaba que todos le miraran las nalgas a Martha, odiaba que ella a veces sacaba partido dejando que un pequeño sobeteo se convirtiese en mejores propinas, sus puños se crispaban y quería cerrar la mano sobre su cuello. Pero no lo hizo, no dejaba de pensar en que estaba un poco cansado, que tenía sed y algo de sueño. No podía parar todavía, no podía dejarla sin su ayuda, por lo menos hasta que de nueva cuenta sintiera que su amor era lo único que tenía en la cabeza. Martha se arrastró por el piso de loseta ambarina, sus piernas llenas de moretones cada tanto le provocaban nuevos dolores, quería perderse pero algo la retenía en la jodida realidad. Algo le decía, quizás que era una cualquiera como su ex mujer, que seguramente ansiaba con irse con el primer fulano que le hablara bonito, que le jurara que no le tocaría ni con el pétalo de una rosa, o quizás con aquel que tuviera dinero suficiente para cubrir sus gastos de reina. Pero no, lo único que decía era que si ya había aprendido a no dejar que el niño anduviera como un pordiosero, que le pusiera un límite, que lo amase con fuerza, lleno de fuerza.
Martha abrió la boca y traspasaba la barrera de los besos sencillos para enroscar su lengua a la de él, luego parecía flotar, parecía estar en aquella nube, donde un hombre como pocos le deseaba y le amaba hasta el éxtasis, y ella le correspondía desde su cuerpo, adoraba la voz de aquel muchacho de mirada triste, que a veces tenía algo de ira y la desquitaba en alguna pelea innecesaria o en la pared, pero ahora existían ellos dos en aquel universo que se habían creado para luchar contra la injerencia del resto. Martha se sentó o intentó hacerlo en aquella silla que tenía un par de asas extrañas, comenzó a marcar el número de su madre, necesitaba escucharla, necesitaba oír que todo iría mucho mejor si ella cogía la fuerza suficiente para salir de aquel departamento en un tercer piso. El teléfono sonó, dos o tres veces, el pequeño Rodrigo no quería contestar, nunca le gustaba, le parecía algo estúpido descolgar el teléfono y escuchar que del otro lado alguien tenía una noticia llena de mierda. No le quedo de otra, la llamada le regreso el alma al cuerpo, su padre estaba bien, ella estaba bien.
Parecía otro de esos días, pero en realidad algo había cambiado, mientras más ilusionada estaba ella, más celoso se ponía el. Más irascible con el trabajo de Martha, no le gustaba que usara los jeans tan pegados, no le gustaba que le sonriera a todos y menos que se pasara las horas hablando con Gastón, tan diferente, tan poca cosa si lo comparaba con Rodrigo, pero no tenía caso preocuparse por ello, no tenía sentido que su madre no le contestara las llamadas desde hacía varias semanas, no tenía caso preocuparse por intentar arreglar las cosas, no podía y no quería que ella siguiera con Rodrigo, desde hacía años le había dicho que no contestara el teléfono si no había nadie mayor, pero ahora estaba solo, hacia dos días que no había nadie con él, hacia dos días que ellos se habían ido en el auto, peleando como siempre, con una rabia que crecía dentro de su cuerpo, en su mente, que le obnubilaba el juicio y le gustaría darle su merecido a esa pequeña perra que movía el culo ante cualquiera que le diera unas monedas, seguramente eso le gustaba hacer por las madrugadas, cuando el sitio cerraba, cuando se descubre las primeras canas en su cabeza, al lado justo del chichón de la última golpiza, cuando le pego con el cable de la plancha porque le recordó que su madre existía, quizás fuera distinto de todos los que había conocido, de su antiguo novio Román, de su padre, quisiera que le contestara su madre, pero sabe que no lo hará, quisiera contarle que todo va bien, que no sabe dónde está su padre y Azucena, seguramente ella estará a sus pies, implorando que ya no le de otra patada por quemar la camisa, pero ahí está cantándole al amor y a la tristeza desde su pequeño escenario que parece por momentos quedarle tan pequeño como el amor que ella le tiene, pero sigue mal, el pie no baja de la hinchazón desde ese día, la medicina para desinflamar pareciera que no le hace ningún cambio, y no obstante se queda viendo al cielo a través de la ventana que tiene en el frente de la casa, le rugen las tripas, tiene sed y bebe un trago de aquella botella que el cantinero le arrima, un poco de cervezas a la noche, una o dos, quizás una más para entrar en calor y que las canciones salgan con el dolor necesario, y piensa que no le haría nada de daño dejarse perder en aquella regadera, terminar con todo en mismo instante en que sus tripas le rugen, grita por primera vez, se está cayendo de borracho y alguien llega a quererlo bajar, pero se encuentra con un puño en el mentón, luego abre la llave de la cocina, tan lejos y tan bonito el azul repleto de nubes, y ahora está en el suelo y atina a golpear a Martha que salió en su defensa y le impidió romperle la cara al imbécil de Gastón, sigue mirando cada vez más débil, con el aire que se escapa de sus pulmones, desenfocando la mirada cuando le golpea en el estómago con la fuerza de un tren, se va perdiendo en la nebulosa oscuridad del sin sentido.
SR Otoño 2019