domingo, 21 de diciembre de 2014

Miedo a volar

Miedo a volar

Hace aproximadamente 8 años comencé a escribir de forma poco seria y sí muy amateur una serie de relatos ficticios, estos se convirtieron en mi único modo de comunicarme respecto a toda la serie de mierdas por las que atravesaba. Fueron 5 cuentos escritos en forma casi ilegible en una pequeña libreta al recorrer 10 de las 11 líneas de metro; simplemente me senté en una de esas bestias naranjas, y observe a esa gente que usaba el transporte colectivo mientras seguía su camino. Algo curioso, un “sin camino” prestando atención a todos aquellos que tenían prisa, preocupación y necesidad por llegar a algún punto remoto del DF e inclusive más allá; 3 días bastaron para sacar esos pequeños relatos de menos de una cuartilla y que resumían mi sentir por las demás personas; además de que eran depresivos, sucios y grisáceos. El matiz suficiente para no tener que describir la Ciudad de México, pero si su opresión y su ritmo de vida. 

Años después comencé a escribir una serie de vivencias y ficciones donde ya casi no observaba al resto de la gente, me situé como la estrella del show, en tales anécdotas me encontraba  presente ya fuese en uno o varios de los personajes que deambulaban por ellas, rápidamente mis palabras se volvieron sus palabras y su pensar se volvió el mío. Amores, traiciones, dolores y mucho, mucho alcohol transitaban por las letras que se volcaban en poco menos de lo necesario y mucho más de lo que se necesitaba. El síntoma de descomposición de nuestra generación de solo preocuparnos por cada quien, importándonos un pito los demás; tal es el ritmo que han amamantado las historias.

Todos y cada uno de esos pequeños textos (algunos muy largos y otros definitivamente micro) han aparecido en este blog, algunos buenos, otros malos y  los que más infumables; nuevamente el asunto de escribir no es para todos y al parecer me quiero creer algo que no soy. Pero tampoco es que sea una especie de cerdo que necesita que le tengan piedad los demás, me gusta saberme dónde es que estoy en pie.

En medio de los primeros escritos y los posteriores hubo situaciones caos, ingrese a la universidad y a base de textos científicos me obligaron a dejar de lado las ganas y el tiempo de escribir ficciones en pos de acercarme lo más posible a la verdad, y al conocimiento suficiente para titularme como licenciado. Buenas épocas las hubo, y de ello también quedan registros en varios de mis escritos sobre todo del eterno sentimiento de dolor que producía ver a Teresa. Ella se erigió como un punto neural dentro de todos los relatos que llevan su estampa.

Sin embargo, tras años de educación inservible en la universidad me encontré sin caminos y de vuelta a la vida ociosa, así fue hasta que durante un periodo de tiempo muy marcado estuve trabajando para una empresa sin alma y que nos veía como simples objetos, no me quejo de ello, hice dinero, compre mierdas caras y bebí mucho en honor al patrón; también viaje mucho y por azares del destino uno de esos viajes me significaron subirme a un avión por primera vez. El relato correspondiente a ese periodo de tiempo lo escribí meses después cuando comprendí que las turbulencias por las que pasó el aparatejo no fueron tan terribles, y que en su totalidad la aflicción procedía del momento y la fecha en que me encontraba volando sobre el territorio nacional. El ritmo de vida álgido al que me sometí por espacio de 1 año, me dejaba menos tiempo que nunca para redactar ideas simplonas, estúpidas y sobre todo pura ficción. Mis viejos nervios en la mano se atrofiaron y comencé a echar de menos las plumas y el olor a viejo que desprendían los libros que antes gustoso compraba. Gane el dinero suficiente para comprar toneladas de libros y no lo hice.  Todo ello me paso factura al momento de redactar aquel escrito.

Llego después la revancha de la derrota y allí me encuentro, días buenos, días malos y días que transcurren sin mayor relevancia que la de despertarme y sentir que soy un día más viejo, un día más estúpido y un día más inútil. Sin embargo comenzaron a fluir las palabras, las letras se volvieron mis compañeras del día a día, porque ya no quería relacionarme con más gente de la necesaria. Escritos nuevos que han sido en su mayoría traídos aquí y algunos otros que solamente releo para mí por considerarlos auténticos plagios de otras personas pero atribuidos a mis manías más cancerígenas. Así las cosas.

Esta enorme introducción que esperaba no se alargara tanto y que mucho menos tuviese este tono que grita melancolía, tiene como trasfondo el plasmar en escrito perdurable (por lo menos hasta que los bits desaparezcan) aquellos pensamientos que pasaban por mi mente una lúgubre noche de agosto,  cuando viajaba en un avión de regreso de Tuxtla Gutiérrez a la ciudad de México tras 2 días de auténtico frenesí. Algo así como el detrás de cámaras de esa historia sobre las turbulencias y mi reconciliación con dios (en ficción), mientras el pedazo de fierros y cables (sin olvidar el combustóleo) surcaba el cielo mexicano con poco más de 100 pasajeros que se aferraban con uñas y nalgas al asiento de pseudo piel en lo que bien pudo haber sido nuestra última noche en el mundo de los vivos (y de existencia en caso de no haber un mundo de los muertos). Son apenas rasguños a lo que yo considero la verdadera esencia de toda la mierda que he puesto a lo largo de casi 3 años, o mejor dicho a lo largo de casi 8 años escribiendo historias que no llevan a ningún lado, pero que me agrada compartir para que sientan que todos sus problemas pueden desaparecer por el escaso tiempo que les lleve recorrer cada una de las historias hechas.  Es humor idiota pasando por humor negro y rebasando el humor escatológico. Son casi 10 líneas de sudor tembloroso vuelto letras y que ayudaron a soportar el trago amargo que significó estar en esa pequeña línea de fuego de la batalla librada entre el cielo y la tierra siendo esta última castigada por varias decenas de rayos que surcaban deliberadamente cercanos a nuestro ataúd aéreo.

Disfrútelo y deje de pensar por unos cuantos minutos.

"MEMORIAS DESDE UN AVIÓN":

“Puta madre esta chingadera cayéndose y yo sin poder beber, gracias EPN”
“No niño, no pasa nada; ese olor a chamuscado y el ala que va cayendo en otro ángulo son cosas completamente normales”
“Díganle a mi jefecita que el speed metal me consoló en el último momento”
“Ya no le vi las piernas a la del 7-A”
“Esto me pasa (que se caiga el avión) por comprarme el fifaaaa”
“Se acuerdan que le iba a llevar serenata con banda sinaloense, pues eso mismo iba pensando Pedro Infante”
“Pienso en el tiempo perdido que estuve estudiando en lugar de beber”
“Lo único bueno de morir así es que ni siquiera llegue a viejo”
“Stevie Ray, Randy, Ritchie no sufran que ya llego para instruirlos”
“Me fui casi como llegue, en medio de fierros”
“Creo que al niño de al lado no lo protegían buenos dioses. Igual rezó”
“Putisima madre que mi última comida haya sido en un Sanborns”
“Mamá prende la tele que voy a salir en las noticias de las 10”
“Ya no sabré en que acabo la telenovela de las 9”
“Ya no conoceré a ninguna estrella porno”
“Rápido compañeros unas gallinas negras y unas velas”
“Chingao esto no hubiera pasado en un “estrella blanca””
“Ya no escuchare corridos alterados”
“De la verga, ya no jugué al pes13 y el batman arkham asylum”
“Mínimo préndanme una veladora cada que suene loverman de metallica y dead skin mask de slayer”
“Páguenme unas 20 lloronas megabuenas y sin moral”
“Ya! por fin suena METALLICA! “

SR agosto 2012- abril 2014

viernes, 7 de noviembre de 2014

Notas desde la anforita II

Notas desde la anforita II

Llamarle segunda parte a un conjunto de letras, e ideas, o pensamientos con un claro signo de pesadumbre y derrota, cuando son tan diferentes a la primera versión me parece falso. En si estas líneas llenas de melcocha y tristeza están escritas en un periodo muy corto –a diferencia de sus predecesoras,  y carecen de ese sentido de dos vías que generalmente empleo para mi vida diaria. Los principios rectores de todas y cada una de las palabras  que conforman el grupo principal de las restantes cuartillas fueron escritas en un tiempo de desolación y encierro, aun así en algún punto se logran colar expresiones  cuya intención es arrojar menos obscuridad en ese valle o remanso de calma en el que ha sido producido el escrito.

Las mujeres esta vez cobran un peso determinante, si ya en la primera parte estaban presentes como símbolo inequívoco de la falta de ellas en varias partes de la vida, ahora se aparecen  en varios puntos de mi vida y se vuelven tan tangibles como intermitentes; pero no solo es una mujer, no sólo es aquella chica que me abandono, no; son un cumulo de mujeres que van apareciendo y desperdigando sus rostros en poco menos de 5 cuartillas de letras mal intencionadas,  para que el tipo de semblante taciturno se mal viaje en pos de construir futuras historias de desamor y corazones rotos, que atestiguan el paso del tiempo y todo eso que la gente no quiere saber y mucho menos leer.

Hay alcohol en varios de los pensamientos aquí vertidos, cada vez menos y con una disminución en su  honestidad; más bien pareciese que el vapor etílico que alguna vez pobló el rumbo de la mente y principalmente de los escritos previos, se está consumiendo o se está convirtiendo en una serie de historias o anécdotas ultra graciosas lejanas en tiempo, por principio de cuenta porque a nadie parece interesarle seguir por esa vía, y en segunda porque las afecciones mentales están a la orden del día y son más proclives a aparecer cuando comienzo a beber. Golpes bajos en cada esquina, desde aquella que supuestamente tendría que servir para tomar aire y un poco de líquido revitalizador para aguantar el resto de los rounds, y que sin embargo no lo es.

Para finalizar esta cantidad increíble de estupideces vuelta una introducción a las notas de un borracho –cada vez menos borracho, les invito a disfrutarlo en compañía de alguna botella o alguna caja de cervezas; así al final por lo menos alguien terminara idiota y no se sentirá tan lejano de las ideas aquí vertidas.  Salud!

“quiero creer que en caso de que exista el cielo, en este corren ríos de boing de guayaba y hay árboles que dan tacos de suadero”

“palabras más, palabras menos, el amor es una mierda regurgitada desde las entrañas de la mente”

“locura es creer que no estoy loco, estar loco es saber hacia dónde queda la locura”

“el asunto es que no quería verla, desaparecer de su círculo, y sin embargo cada tanto el rugir de las mareas escupía su nombre, su rostro y el resto de ella cuando ilusoriamente creí que permanecería en el fondo de esa fosa séptica llamada cerebro”

“mi más grande acosador siempre he sido yo…no les extrañe que no me afecte lo que hagan los demás”
“nadie quiere ver que sigo vivo por ellas; que sí por mi fuera y tuviera los medios, hace muchos años me hubiese quitado de en medio”

“el colibrí sigue viajando en los canales de la memoria, aleteando febril sin detener jamás el vuelo mientras extrae del polen de los recuerdos cada uno de los gramos que lo mantienen con vida”

“Vuelvo a ser el payaso solitario que hace de tripas corazón encerrando las verdades en palabras irónicas y risas que debiesen ser lágrimas. Vuelvo a ser el tipo sin suerte que culpa a todos por negarse a abrir la boca y salir al mundo”

“yo no cambiaría esta mierda de vida por la de cualquier hijo de puta lleno de triunfos, todos aspiran a ello y yo prefiero ser único”

“abrazar una idea triste, rodeada de botellas mientras el rio salvaje corre vuelto verbos, adjetivos e ideas bastardas que se ahogan en su paso hacia el papel”

“volví a borrar todo porque en el fondo siguen escociendo las heridas que yo mismo he provocado. Ella dijo las palabras mágicas y la otra volvió al silencio. No espero nada más de ella”

“días con sabor a derrota. Las estrellas ya no brillan en los caminos de nostalgia o en los sonidos cubiertos por el rio de la ignorancia. Cada noche sin luna, sin cielo abierto, muerto y con miedo”

“Derrota es  saber que el alcohol ya no es tu amigo, que te ha cambiado por alguien menos cobarde”

“nunca pretendí hacer rimas fáciles, tampoco volverlas complejas; es más, nunca intente siquiera rimar. Lo único que busqué toda la vida fue escupir las palabras que se enredaban en cada recoveco de mi pluma”

“abrigue la esperanza de que apareciese, de que volviese a mi vida solo por un condenado instante. Al final quede de pie, riendo contra todos los probables alcances de la desgracia. Al último no quedo nadie”

“eran las 2, cereal con fibra extra y un vaso de leche descremada. La jornada empezaría otra vez a las 8 y así para el resto del día. Me asome al vecindario. La luz titilaba, pero oculta tras la cortina ella estaba allí”

“cambiaria con agrado las charlas de los últimos 3 años por un “hola” de ella. Cambiaria de buen agrado toda la mierda inútil que sé, por tener los arrestos para hablar con ella. Da igual, sigo en el mismo tono que hace 15 años”

“las verdades –a veces- se vuelven esas lapidas que te acompañan en el camino hacia el no retorno”

“y lo más triste no es hablar con un animal muerto, sino que aquel  no te conteste”

“iba a volver su nombre un mantra como solía hacer en el pasado con aquellos nombres que al final terminaban volviéndose simplemente parte del tabú que el tiempo ha deshecho en conjunción con mi cerebro”

“Kerouac y Marx en la misma línea, Bakunin y Bukowski tomando libremente. La vida residual de cada palabra sin directriz”

“no es difícil saber que le estoy escribiendo nuevamente a ella. Lo complejo es saber que esta por fuera de los límites de la comprensión al imaginar que esto en algún momento termina o se pierda en el pantano”

“tan fácil como ver mis manos nuevamente llenas de tierra o de la madera quemada como cuando era joven y no pensaba en creer saber todas las respuestas”

“la sangre sabe bien mientras todo colapsa por dentro. Las palabras que yo sabía iba a encontrar un día han llegado. Con ellas las noches tristes y los días solitarios”

“todo se ve reducido a pequeñas líneas mientras el resto se pierde en ensoñaciones burdas, sin salida, contenidas a la desesperación cada 3 frases. Pedazos del corazón que antes creí poseer, y hoy no encuentro más”

“el alcohol ha dejado de guiar mis letras, la desesperanza vuelve sin algo que medianamente le ahogue. El abismo no está en el acantilado, sino ahí, de pie, mirando cualquier paso dado en las últimas semanas sin sentido, sin dirección, carente de fuerza para ir hacia delante o para atrás”

“envidio a esos bastardos que se despiertan sobresaltados, bañados en sudor tras una pesadilla. Yo tengo que estar despierto siempre”

“mi voz no sonaba ni remotamente afectada, en esencia parecía que todo era un sinsentido orquestado por la necedad del destino para que sufriese por todo y me quejara por siempre. Pareciese que voy a llorar y termino riendo”

“ese animal era el nombre clave de la esperanza, de un futuro menos complicado. Tal vez más cercano a una idea de ensoñación. Sus alas dejan de volar en torno a mí, aletea hacia el gris”

“el alcohol servía únicamente para bañar los errores. No los desaparecía, no me dejaba olvidarlos. Al final ya nada tenía razón”

“8 años retenidos en una botella finita en minutos de dolor que siempre vuelve. Cada vez más atronador, cada vez más ensordecedor”

“intentarlo? Eso es ir contra todo lo que soy. No hay futuro en eso. Aunque todos parecen quererlo ver, lo único cierto es que hoy solo volví a ser el viejo borracho”

“y como siempre las palabras del pasado dan vuelta en U para reacomodar los pensamientos del presente. Ella es mi amiga y nada más”

“La realidad está ahí, ya visible para cualquiera que desee observarla; todos poco a poco se van a dar cuenta que ya no hay camino. Simplemente ando”

“esperando por ella; eso parece la reiteración de alguna broma insanamente hecha por mi peor enemigo, débil. Ni siquiera para intentar cualquier mierda."

“no basta ser un patán, hay que sentirlo; con cada poro supurador lleno de desprecio hacia el género humano”

“me agrada mi bache creativo porque puedo ser jodidamente reiterativo sobre los mismos tópicos: ellas, whisky/cerveza y el dolor. Todo gira alrededor de 3 ejes; en el justo medio las frases largas, cual exhalación final de un viejo toro después del pinchazo en la arena”

“nunca fui de antros, discoteques o bares de ligue. Más bien siempre he preferido esos agujeros donde el amor de mi vida tiene consistencia liquida y ha crecido durante años en el sueño verde del maguey”

“siempre he sido un tipo de historias largas, frases cortas y el rostro endémicamente congestionado por el sinsabor de esas decepciones amorosas que terminaron en un apretón de manos y un beso en la mejilla”

“círculos imprecisos. De violento reiterar, tratando de aflojar el nudo de la corbata tras un eterno día de odia hacia todos. Descansar por lo perdido en la tarde”

“intenté y fracasé. Una y otra vez el mismo fracaso de las instancias previas. De golpes y ruidos. De lágrimas atoradas y silencios nocturnos. Cada jodida vez que lo he intentado todo se vuelve un agujero”

“¾ partes de mis escritos van sobre la desesperanza. El restante tiene más sentido cuando eres miserable y estas ebrio”

“sin esquina en la cual detener la pelea y el frenético descenso a los sentimientos. La viva derrota de todas las esperanzas sin poder tener un pequeño distractor”

“siempre quise escribir oraciones cortas y llenas de verdades que en cada letra encerrasen sentimiento y pasiones. Fallé irremediablemente y heme aquí, narrando desventuras y tristezas”

“y así va a ser esto? Un condenado perro apaleado que corre nada más le truenan los dedos? Que condenada mierda”

“esperé que apareciese por hora y media, con su sonrisa de dulce, su efecto devastador y la seguridad de que yo no haría nada medianamente que me revistiese de dignidad”

“pasando el 1º dejaré de beber hasta no encontrar algo. No es una especie de juramento, es volver a recuperar la dignidad para comenzar a beber. Es hacer algo que me duele para regresar. Es salir de la melancolía crónica”

“El alcohol nunca fue un castigo, era una recompensa si acaso, para celebrar que había sobrevivido a otro día de mierda, a otra relación social. Era el reactivador de mi sentimiento de derrota en medio de lo ordinario. Era volver a sentir la desdicha para saberme vivo.”

SR Abril-julio 2014

sábado, 18 de octubre de 2014

Agua quina

Agua quina 

Tira un golpe ¿directo o volado? Realmente no importa, impacta entre mi ojo y la oreja, me sacude pese a que estoy muy aturdido por la cerveza. Demasiada cerveza previa;  ni siquiera el golpe remueve de mi paladar el sabor dulce de sus besos. Sabor a cerveza rosada. Sabor a sangre y cerveza. Son los besos suaves de esa chica que de repente pierde los papeles y se deja ir con todo en cada una de sus caricias. Se retrae y el poco o nulo sentido que poseemos se interpone entre ambos. Las manos vacías al final. Ahora, solloza hecha un ovillo en las baldosas que algún albañil capacitado atinó a malpegar, mientras pensaba seguramente en el culo o las tetas de alguna mujer. Escupo sangre, no me pego en la boca o me abrió, sino que me mordí o me abrí con el filo de la muela al apretar mal, casi siempre me pasa. Termino más lastimado por los errores propios que por los aciertos de los otros. No soy bueno para pelear, nunca he aprendido a bailar al ritmo de los golpes que el rival me lanza mientras se le dispara otra vez la adrenalina para golpear. Allí viene el segundo; rápido, conciso y directo a donde termina la boca del estómago, el clásico gancho para doblar al contrario. El aire escapa y me vuelvo bizco por un instante. Si yo fuese él, seguramente estaría riendo mientras mis pies apenas me sostienen. Ella se voltea boca bajo en el suelo frente a la mesa con el mantel de colores brillantes que deslumbra cuando la luz  parpadea con fuerza. Vomita y el olor a todo eso que nos bebimos no llega siquiera a mí porque los mocos de mi nariz llenos de sangre se interponen en el camino.

Llega el golpe que me tumba finalmente al piso, de espaldas  y con el suelo frio cual noche en el desierto tras de mí,  me deslumbra el foco que está alumbrando desde una altura que parece lejana, por no decir imposible. Sangre que se va volviendo negra, parda conforme pasan los minutos. Me da la primera arcada de la noche. Y termina en vomito mi alegría por beber esa noche, vomito igual que hace 15 años cuando conocí al papa tomado de la mano de otras decenas de miles arremolinados en las calles de Insurgentes y la Roma. Vomito tras ver al santo hombre saludando desde el vidrio con su rosado color alumbrando el camino tortuoso de años de vino y mezcal que era mi hígado y páncreas en ese día. Aunque ese accidente no era por el alcohol sino por la torta de jamón de puerco y el aguacate que termina casi entera a los pies de la señora que lleva en sus hombros a un retoño vestido de blanco y la playera del PRI. Sudaba frio, pese al calor que era real y ficticio. Real por el sol y la inmensa cantidad de hombres que me rodeaba. Era falso al creer que el alma se me estaba llenando de eso superior. 

No le importa llenarse de inmundicia los nudillos; la sangre, mi propia sangre le ha salpicado la playera pero parece más un aliciente que algo que lo llegara a refrenar, ahora comparto la saliva ensangrentada con su ropa mientras mi mente sigue en el recuerdo de esa tarde que conocí al hombre más santo,  sólo se interrumpen mis recuerdos cuando los golpes realmente me duelen. El dolor se concentra en el pómulo, en el jodido pómulo que hace 12 años un cabrón también me fracturo por andar haciéndola al valiente. Se incorpora lentamente y me atiza una patada con tan buena estrella que me fractura el colmillo que va a parar a mi interior, no completamente, sino que me lo ha roto en una punta que termina alojada en el frenillo y la lengua; se vuelve a poner de hinojos y me golpetea una y otra vez con sus puños en donde antes debiese haber conciencia.

No la toqué, no quería cogérmela. Únicamente quería calor, un poco solamente, un sentido de pertenencia a algo. Todo procede de esa insensatez que me viene del alcohol; el estúpido arrojo que me da el sabor de la cerveza.  Le sollozo entrecortadamente esperando que al ver mi patética exhibición se detenga. Lo hace y me mira desde el cielo de los vencedores, parezco un insecto con el que ni siquiera mereciese la pena gastar las energías. Le reitero que no me gusta, que no la veo de esa forma, que jamás he pensado de otra manera que no fuese la de su amigo, su carnal, su hermano casi, casi. Sin embargo ya no me escucha y mis lamentos terminan en el coctel que me serví por ultimo. Siempre termina así, conmigo haciendo pendejadas por culpa de la cerveza. Ella ni siquiera es guapa, pero para él lo es todo, para su cerebro reblandecido, su rostro es el súmmum de todo. Y golpe a golpe lo ha confirmado. Ahora me parece un error haberme mofado cuando ella le aventó una bofetada y  cerveza en el rostro. Cuando me besó desprevenidamente para encender la mecha, ella termina ahogada en alcohol y yo en sangre.

El vaso donde ella bebía ha terminado roto y con el contenido volcado en el piso frente al altar a la virgencita, la chica esta desmadejada allí donde alumbra un poco más la lámpara y a ratos gime de dolor, dolor mental, jodido dolor que le llega hasta lo más profundo. Son los errores que cometemos por la gente que queremos, me había dicho horas antes; todo sucede en un par de horas donde ya nada es lo mismo y donde todo termina justo frente a un altar a una virgen que nunca ha servido para auxiliar. Todo inicia por él, que se había ido, que la había dejado a su suerte. No es así y hoy estuvo aquí, dándome una paliza como las de antaño, las de la infancia cuando llegaba con el suéter rojo lleno de manchas de sangre y mocos porque a alguien había mirado mal. Pero todo comienza a desvanecerse, todo se va haciendo más lento, cual si el tiempo corriese al ritmo de un caracol. Debe ser porque tiene su mano derecha cerrada a cal y canto sobre mi garganta mientras me escupe en el rostro. No lo puedo evitar y mojo los pantalones una vez más. Afloja el tirabuzón, afloja porque me tiene asco, se avergüenza ajenamente de que este allí con los pantalones manchados de orina y pidiéndole a mi madre que me venga a salvar. Que me auxilie porque me estoy muriendo.

Es lo mismo siempre, siempre imploro por mamá, para que venga a rescatarme, para que venga a curarme las heridas que esas mujeres de las que tanto me advirtió cuando niño sanen bajo su manto sagrado. El corazón vuelto a reconstruir tras su enésima ruptura. Es el mismo llanto que mi abuelo un día me copio, el viejo que un día nos sorprendió cuando arremetió contra su suerte por perder su casa, la casa de los antepasados en una apuesta de gallos; el viejo tan bragado y terminó  llorando cual crio ante la pérdida del juguete favorito a manos de alguien más inteligente y menos dado a beber. Todo termino para el viejo con 3 botellas de agave destilado y una congestión en la banca del parque de la plaza de Pachuca. El viejo muerto y enterrado en su propio agujero de vómito, piedra y lodo. Así acabamos todos por aquí.

El mismo asco y compasión momentánea se aproxima en sus ojos negros. Ya no veo nada y lo último que sé es que ella va en los brazos del campeón rumbo al cuarto. Su cuarto.

SR febrero- marzo 2014

lunes, 8 de septiembre de 2014

La vuelta de las noches

La vuelta de las noches

Sentado de noche frente a un agujero que me regresa la más pura obscuridad, no es pleonasmo. Son las noches que corren de arriba abajo con las estrellas martillando la sien mientras los ruidos de la calle se entremezclan con el tañido de los insectos que se ocultan en la hierba recién bañada por la lluvia helada de julio. Las madrugadas que antes estaban llenas de ilusión y animo porque ella estaba del otro lado de la habitación. Roncando, soñando con aquellas ruinas que seguidamente visitaba; hoy solo queda una pared llena de agujeros rencorosos que ocultan en sus dimensiones cada uno de los problemas que nos alejaron uno del otro. Ella directo a casa de su amante, yo acariciando una botella de whisky y un cigarro interminable entre los dedos medio y anular de la mano izquierda. Los pequeños hijoeputas moscos que arrancan litros de sangre envinada desde el cuello hasta el tobillo, deleitándose para después irse a embarrar a cualquier sitio donde su vida les alcance, hasta donde el alcohol que ahora llevan consigo fermente y mute en muerte rápida.

Es la oscuridad de siempre, con palabras que están escritas para recordarme por mis errores con la botella y con la droga, con el trabajo y mis excesos de llegar todavía gritando por su amor, pese a que ella ya piensa en el otro, en aquel muchachillo que le chulea las nalgas, que le recorre con la punta del dedo índice la aureola del pezón en aquel hotel cercano a las oficinas donde ambos laboran. No la culpo, yo también estuve a punto de abandonarme, sobre todo tras la vuelta de Coatzacoalcos, su madre, mi suegra, la hija de perra que se aventó del puente porque sabía que todo iba para mal, que todo está de la chingada. Los llantos, los cólicos interminables que fueron minando su fuerza, el pelo que caía en mechones y mechones grises. Eran como hilachas de una vieja rata que está aguardando la nada. Que está muerta en vida pero aun cuando decide tirarse del jodido puente se lleva un poco de cada uno de los que en casa le lloraran. Son años, son años de eso que digo y lo sigo usando para justificar su alejamiento, su glacial amor por mí.

A lo lejos desde atrás de la tela roja que cubre el vidrio de esta ventana hacia la calle está el cuarto de aquel muchacho que a diario me saluda cuando llego de la vida, que lo he visto crecer y sentir su cambio en la mirada; que ha pasado de ser un chico agradable a un auténtico vicioso, bebe a costa de la vieja de su madre, lo tolera mientras le hace los mandados, tal vez mientras le coma el coño lleno de vellos blancos.  Bendito coño lleno de pelos hirsutamente rebeldes, brotando cual fuente de agua rota por los juegos de los niños, por la acción de la desesperación, jugando en cada esquina de la vida con la fortaleza indómita de aquel muchacho que tiene una mirada llena de venas a punto de tronar, con la barba cada vez más poblada y con una sonrisa triste. Al final solo queda su sonrisa llena de reproches por una vida miserable donde tiene que romper los mandamientos de la bendita religión.

Por ella volví a beber. Solo por ella. Así me lo hizo saber una noche, una maldita noche que discutimos como siempre, por el gasto, por las ropas arrugadas, por el paseo anal que le dio el cabroncete de su compañero. Ella ríe histéricamente y trata de alejar el punto directo hasta las uñas enterradas y amarillentas de mis pies que apestan, que inundan la habitación con su rancio olor, frunce la nariz en aparente estado de ofensa perpetua. Sus ojos verde claro refulgiendo de odio cada que pasa hiperventilando de canal en canal, buscando. Para ella la búsqueda no ha terminado, para ella el dolor de seguir viva se relaciona con estar casada con un tipo que bebe directo de la botella de whisky y escupe un chorrito cada tanto en su dirección, esperando que el líquido ámbar bañe la tela del camisón de figuras que utiliza para cubrir el pudor. Quisiera el viejo ridículo que la ha amado que el calor del whisky le llegue a ella y vuelva a gritarle sin la frialdad; que estalle en volcán, que vomite rabia y le golpee el pecho mientras todo a su alrededor parece más lleno de vida, no un jodido congelador. Con la tele apenas audible debajo de sus gritos y sus insultos mientras intenta pegarme una cachetada llena de rencor. Llena de vida. Llena de sus gemidos y sus caricias que se depositarían en mi al tratar de atenderme los golpes que me dejo con sus uñas color azul o rojo fuego. Como su alma, como su coño. Ojala su coño hubiese tenido ese olor y sabor a whisky porque entonces estaría justificado el haber vuelto al camino del alcohol.

Necesitaba ese dolor, necesitaba sentirlo nuevamente para tener algo por dentro, para no ser la simple risa que asoma nada más aparece alguien en el horizonte mismo de la creación. El tiempo perdido entre un estado depresivo y otro me lleva a los agujeros necesarios para entender los días que corren casi igual, en paralelo a los pasados adoloridos. Son pequeñas victorias cuyo sabor es amargo y trae consigo estas noches. La vuelta de las noches donde yo bebo hasta que el cerebro pida tregua o hasta que el silencio se vuelva tan jodidamente duro que termine por ser quebrado sólo por mis lloriqueos de adulto cargado de miedo y soledad. Esas noches que tu solías empañar con la risa estridente que te provocaban mis bromas, que te aparecía con la menor expresión de mi rostro congestionado por los años y años de alcohol y sufrimientos.

Alguna vez mientras recorríamos las calles de la ciudad abrazados o casi siempre haciéndolo te dije una frase muy rápida, tan dolorosamente rápida como esa primera vez, te dije al oído: me quieren volver doloroso en mis borracheras, me quieren quitar lo único que me alegra el condenado día de mierda que siempre me acompaña. Esa noche escribí tan rápido como las memorias venían a mí desde el recóndito sitio que tu cariño me dejaba libre. A cada tecla correspondía un trago del whisky que me habías regalado por alguna pendejada sin importancia, a cada coma un trago de ese elixir que solía usar solo para recordarte en tus salidas, cada vez más frecuentes. A cada condenada oración concernía un dulce paso tan cerca a la gloria del señor y lejos de ese infierno que mi cerebro era por las mañanas cuando te encontraba sonriéndole a cualquier hijo de perra. Todo iba directo a la fregada, todos veían el Hindenburg acercarse a las llamas de la historia. Cada vez más cerca de la nada que tanto amaba, que tanto deseaba por saborear con cada centímetro de mi boca cubierta de ceniza.
Recuerdo esa noche en específico porque comencé a escribirte un poema, cuando todavía te gustaban mis rimas insulsas y sin otro trasfondo que rendirte pleitesía barata, el último que hice y que hablaba de ti, aunque ya a estas alturas todo jodidamente hablaba de ti o de cualquier cosa relativa a ti, tus uñas pintadas de un color lóbrego, tu cabello entintado a  saber con qué mierdas que permitía guardar tu sudor, el rímel que nunca querías usar pero que al final terminaba en ti. Todo parecía estar pagado por ti, pero también por el whisky. Todo iba siempre de la mano, ella vestida de negro y sabor ambarino, él con su figura curvilínea y el color dorado de su piel. Siempre vuelvo a esos tópicos que no me han dado ni un respiro en el cerebro –o lo que queda de él- y rara, muy rara vez el tiempo era lo suficientemente largo para desperdigar todas sus tramas ocultas. Quisiera que los días soleados volvieran y todo acabara mejor esta vez. No lo hay, no quedan ríos de amabilidad y todo se empaña en la corriente hacia el desemboque. Todo va directo y sin detenerse jamás.
Ese poema lleno de las frases cortas que tu amabas, que tu deseabas que siempre fueran en tu honor, con pequeñas ideas que no desembocaran en ningún lado y en todos al mismo tiempo, con la fuerza de un geiser a punto de reventar los tímpanos de cientos, de miles, de millones de kilómetros de piedras y arena, de sudor y sangre entremezclados en el rato que tus pechos chocaban con mi brazo, con mi lengua, con el sinsentido de la misma vida. Pedazos que se ahogaban en el rio de la negación, de la necesidad de apartarme para que tu fueras feliz, para que tu crecieras y te dieras cuenta que afuera hay más cosas que el simple amor de un payaso alcohólico que se sumerge en las cuentas largas de ideas cortas y carentes de lógica.  Abrazar tus piernas mientras recitaba al pie de la cama con las sabanas vueltas un fuerte de tu olor y tu sexo esas líneas rudas y flamígeras como tu sexo, como toda tu.

SR Junio/julio 2014

domingo, 27 de julio de 2014

engañando a diciembre



Engañando a diciembre

El sonido repercutía en las esquinas y el resto del espacioso recinto. La abrace por lo bajo mientras sentía las pulsaciones de su corazón repiqueteando a través de sus carnosos pechos y la tela que los cubría,  encerrados bajo la opresión de mis brazos.  Bailamos sin dirección en la tierra suelta mientras a nuestro alrededor cuando menos 1000 parejas más hacían lo mismo. El tipo de la voz desaforada dejo de cantar otra de esas tonadas dulces y cursis que hablaban sobre amores tan imposibles como el de una sirena y un marinero. Nos dejamos arrastrar entonces por la multitud que comienza a moverse hacia atrás y hacia adelante y viceversa en búsqueda de un sitio mejor. Mas polvo que se mete en todos los poros de la cara, con los converse rotos llenos de esa misma capa de tierra que los vuelve de un color indeterminado y sus piernas descubiertas están empanizadas cual pescado en plena hora de la comida. Los megáfonos y los  bafles gigantes reproducen el sonido de una banda menos famosa pero igual de efectiva. Se desprende de mí y se acerca a la barra de bebidas, pide cervezas y paga para inmediatamente regresar a entregarme el vaso de unicel ribeteado de cerveza y chile. Me entrega también mi cartera que ha sacado de mi bolsillo trasero. Las risas no se hacen esperar. Su pinche risa es contagiosa.

2 cervezas grandes tras se apresta la marabunta humana y ebria hacia el frente donde un grupo nutrido de personajes disfrazados con trajes multicolores asaltan el escenario, el sonido profundo y doloroso de la tuba arranca el segundo encuentro. Nos volvemos a hundir en el misticismo de los brazos alrededor del cuello y la cintura, su estatura lo dificulta, pero no importa. Seguimos trenzados frente al embate de los otros miles de danzantes y sólo nos soltamos cuando empieza el ritmo festivo de una canción veloz, álgida y divertida que enerva las emociones de los presentes. Nos mantenemos lejos mirándonos a los ojos. Los suyos verde estanque cubierto de lirios sin florecer aun, los míos negros de noche perdida sin estrellas. La agrupación se enraíza en las emociones lúdicas y ello nos aleja cada segundo que todos festejan y bailan violentamente levantando más y más tierra suelta que inunda los pulmones y mucosas en su recorrido. Alto total, luces por todas partes, seguimos enfrascados en las miradas de dos amantes deseosos de que vuelva el momento íntimo que hemos dejado de lado. No defraudan nuestras aspiraciones y el tipo de la voz seca y gris toma el micrófono mientras dos trompetas, acordeón y corchetas gimen lastimeramente por el amor de una mujer que se ha ido con otro. Ella cierra los ojos y se aferra a mí con cada nota, con cada violenta sacudida de la masa humana que nos mueve de un lado a otro y hace que su camisa a cuadros se impregne de olores de otras personas además de su olor de durazno artificial. Es su corazón también que parece quererse salir de sus límites y que interconecta con el mío en algún plano astral donde el sonido de esa balada dulce y adolorida al mismo tiempo es su campo de juego. Polvo, huele a tierra seca en todas las puntas de ese cabello negro azabache que posee y que siempre disfruto oler.

Otra interrupción, el ambiente se tensa por momentos debido a que hay mujeres muy guapas y borrachos muy estúpidos que malinterpretamos un parpadeo con un guiño y un accidental roce de caderas con la ocasión para invitarlas al hotel. Así pasa y tras un ríspido minuto el tipo y yo terminamos comprando cerveza clara y diciéndonos con el gesto festivo: a la verga compa! Hay muchas pinches viejas para andar dándonos en la madre por una! Ella me espera con su vaso en la mano y una sonrisa que parece decir: “eres bien estúpido” pero que en el fondo le eleva la moral de hembra porque se sabe lo suficientemente atractiva para hacer que dos idiotas nos partamos la cara. Sus manos cogen la nueva cerveza helada y hace un gesto que no me pasa desapercibido, ella está ahí y aguanta todo solo por mí, no le gusta el gentío, no le gusta esa música y no le gusta la cerveza clara. Sonrió una vez más pidiendo perdón. Suena más música por los altavoces y una invitación a la próxima jornada de grupos. Nos vemos a los ojos porque sabemos que no será posible hacerlo más. No decimos más nada.

Última llamada, el grupo estelar toma lugares lentamente haciendo sonar sus instrumentos que en solitario suenan huecos, sin alma, descoloridos. Aparece por fin el tipo del bombo y la formación suena compacta y llena de vida. Aparecen los dos hombres, morenos, con panza de trabajador antiguo del campo. Sus ojos cubiertos por el plástico brillante comprado en alguna boutique carísima de los Ángeles o Houston. Las mujeres de este lado aúllan como monos dementes al tótem sagrado descubierto por primera vez. Ella las imita solo para verme sonreír, una vez más; luego se contonea cual poseída por algún efebo salido de los pantanos de azufre. Bajo sexto y entra el tipo de la voz gangosa, ritmo frenético que no impide saber que es una oda al amor desilusionado por una fémina que se ha ido con el mejor amigo. Atino a bailar o eso creo porque llevo encima tanta cerveza como la cantidad de dinero que poseía. Ella me guía a través de las nubes etílicas y adoloridas de miles de personas que mantienen sus cuerpos unidos en un espacio vital. Todos nosotros nos evadimos de la realidad de otro friolento diciembre. Pausa, todos cantan las coplas adoloridas con el mero fondo de la tuba, sonido grotesco producto de las gargantas de miles de sueños de amor incomprendido. Ella se aferra, no quiere que acabe el ritmo, desea que todo sea una cruel broma del destino. Pero en realidad es la única verdad de todo lo que ha sucedido esta noche. Siente mi empalme en la entrepierna pero no se separa ni un milímetro. Se cuelga de mi cuello y sus pies bailan encima de mis converse, dejando el tacón justo por fuera.

Son las 4:49 de la madrugada cuando seguimos en la tierra, solos, la banda hace casi 20 minutos se despidió. Nosotros no queremos pese a que es la única opción viable. Ella se casa en menos de 12 horas con mi casi hermano. Ella se va y yo me quedo a limpiar el polvo de mi tenis, rotos y de color pardo como mi corazón en estos momentos.

SR Diciembre 2013

lunes, 23 de junio de 2014

Tampico

Tampico
 
6:42 pm. Tampico. Calor después del paso de la lluvia. La humedad asciende desde el talón hasta la coronilla, ni rastros de la chica que estoy esperando. Ya casi no queda gente en la playa y las gaviotas se disputan restos de basura de los pocos turistas que aún no se dan cuenta que el norte avanza hacia acá. Trabajo en la misma mierda de siempre, golpes y más golpes al ego. Lo bueno es que puedo beber a nombre de la empresa. Siempre es lo único decente, dos cervezas gigantes y un par de tragos duros entre ambas. Despierta la noche y alrededor el calor tropical se multiplica en la cantidad de mosquitos hijos de perra que se van a dar un festín según siga sentado en este cumulo de arena obscura.  A lo lejos alcanzo a divisar tres mujeres que horas antes debieron estar tumbadas sobre la arena semi húmeda, esperaban mejor clima pero les toco esta mierda que da solo un poco de sol apenas para levantar el cochino hervor de sudores y el resto del día llueve; aun así ellas pasean por aquí esperando encontrar al tampiqueño que les saque de la rutina. Seguro que son del DF, el color descolorido de sus nalgas lo justifica así. Ella, ella debe estar todavía bailando, esperando las monedas de algún mugroso lanchero que ha juntado lo de la comida y el desayuno para poderse pagar una puta; baila mientras espera que termine su turno y regresar al barrancón  de donde ha salido como cada mañana. Mujeres, niños y hombres, perros y mapaches, todos vienen de ahí. Hasta arriba los salvajes mapaches que roban comida de todos y cada uno de los que viven cerca. 
 
Atrás se evaporan en mis carnes los tragos duros, justos para un tipo con ínfulas de ser un salvaje. El tipo aguerrido no está aquí, se desaparece tras la 1er cerveza que trastoca y detiene al toro. Veo el vaso pequeño a un lado del meñique, en la barra de madera falsa que decora el sitio. Esta vacía, esta vacía. Me sonrió con la chica de pie al lado de una de las ventanas que da hacia el frente, al boulevard polvoso, frente a una calle que termina en un árbol de mangle, el pinche concreto sigue húmedo, pero el calor de la misma tierra se está encargando de secarlo mientras el vapor sube como el alcohol en mi cerebro. El sol asoma temeroso frente a las nubes que lo dejan aun medio oculto, no importa el hijo de perra saluda a todos, poderosos rayos repletos de cáncer en la piel. Rayos UV para todos mis amigos! Parece gritar el cabrón a medida que la tarde declina. Sudo a granel mientras la chica con el putishort de mezclilla descruza las piernas del fin del mundo. Se pone en pie y avanza hacia el sujeto que tiene a menos de 5 cm el vaso vacío donde antes debió haber una cerveza.
 
Tres, cuatro, 5, 6; esta frente a mí y sonríe; magnifica, con dientes parejos (nada que ver con los que tengo), me ve a los ojos mientras ordena con esa voz juvenil ronca al muchachillo que deambula de aquí para allá limpiando, entregando, maldiciendo: “una cerveza para el amigo”. Me sonrojo porque ya casi ninguna mujer me considera su amigo, rara vez lo hacen. Una gota inoportuna me corre por la sien, la chica sonríe y me sigue viendo a los ojos, quiere que le invite un trago y que me vaya con ella arriba. Lo hare tal vez, tal vez. El joven con la cerveza llega por la espalda sin que lo advierta siquiera (un condenado violador de hombres en ciernes) y me sobresalto más de lo ordinario cuando deposita el envase a punto de turrón (como decía mi madre cuando las cosas estaban en su punto) ante mí. Tragos para sus amigos, tragos para el tipo de nariz llena de imperfecciones; cerveza fría y gigante para el tipo que está perdido en los ojos verdes de esa chica que aduras penas es más alta que la esposa que lo espera en casa. Tragos y más tragos en el transcurso de su sexualidad desbordante, aquella chica que atrapa con esa sonrisa de dientes perfectamente blancos, pequeños y parejos.
 
7 pm. No ha venido, me maldigo por lo bajo mientras recojo mi mochila-maleta-almohada que incluye apenas un par de prendas y la información del trabajo guardada celosamente en una memoria flash. Todo lo demás es aire caliente que inunda el resto de mi vida. Sacudo la arena obscura, cuando observo un pequeño cangrejo asechando, expectante, violentamente veloz; conoce el peligro, tal vez imagina el fuego lento, el agua y las verduras de su destino si deja de moverse. Su infierno, mi infierno; porque no me siento con mejor suerte que el bichejo azul pálido. Ágil y cauto al tiempo que espera el momento idóneo en que el depredador gigante haga el movimiento inicial. Una pierna, la otra, el cangrejo regresa al interior de la arena caliente y húmeda como la joven que no llego. Por dentro seguro todo parece derrumbarse, y sin embargo la marea permanece en calma mientras los últimos rayos de una tarde normal se cuelan por el agujero del hogar del crustáceo. No quiso venir, pienso. Se arrepintió, digo en voz apenas perceptible fuera de las paredes de mi propia trampa. 
Avanzo hacia el final de la playa, donde se junta la basura del día a día con el inicio del concreto. El camión azul y blanco ya ha prendido el motor y las cuatro personas que van arriba se me quedan viendo con la misma incomodidad que yo las veo a ellas. Me siento casi hasta atrás, donde el segundo despachador me observa de reojo cada que el camión da un tumbo, a lo lejos un par de gaviotas se disputan al cangrejo. El sol sigue cayendo por el lado opuesto al mar mientras un par de chicas se suben en la primera esquina; son bonitas, de piel casi perfecta que se repantigan en su asiento apenas descubren mí mirada lasciva sobre sus piernas sensacionales. Todo en mi huele al salitre de esta playa, las miradas entre los 3 se suceden y solo son interrumpidas por el traca-traca constante del motor Dina. Me canso del juego con las chicas y pongo la música, espero. Siempre espero.
 
Se acomoda el short, tiene calor y le roza la entrepierna la prenda, voltea con pereza a la puerta y alterna la mirada con el reloj detrás de la barra en un constante ir y venir de su cabeza. 15 minutos para las 3, soporífero el ambiente;  solo dos compañeras de las 8 que se encuentran tienen “compañía”, un par de borrachos que llegaron desde que abrió el bar hace casi 40 minutos, las chicas para “persignarse” les aceptaron las cervezas y ahora los tipos tienen a las chicas sentadas en sus piernas, ellas con su mejor cara de hipócritas escuchando embelesadas las anécdotas del par de idiotas. Entra un gordo, turista; ella los reconoce inmediatamente porque siempre quieren poner esa cara de perros malditos y en realidad no tienen ni la pinta, ni el carácter para ello. No es rubio, pero si más pálido que el resto que se encuentra allí, la mira desde detrás de unas gafas de pasta ancha y lente aún más gruesa. Ojos diminutos y llenos de venas saltando a manera de marco para las bolas de color café. A ella no le queda otra que esbozar esa sonrisa que parece indicar “si pagas el precio soy toda tuya papi”. El gordo se sienta en una de las mesas que queda frente a la barra falsa, ha pedido una caguama. Toma directamente del envase mientras el vaso con la receta de la casa se queda boca abajo esperando mejor suerte para la próxima. Empina la botella mientras el sudor corre por todo el cuello y la papada pálida y llena de pliegues. Ella lo observa mejor: esta blanco por trabajar en alguna oficina o uno de esos sitios donde nunca les da el sol, trae el pelo crecido pero sin forma y sumamente grasoso y cubierto por una gorra vieja que apesta a todos los meses que lleva en su cabeza. Se viste como si estuviese en la ciudad y por ello suda. Tiene las manos delicadas pese a ser de complexión pesada; por la forma en que ingiere el alcohol sabe que está esperando algo, a ella tal vez?  Le ve los zapatos y comprende que no tiene mucho dinero, recuerda que esta bebiendo una caguama y sus sospechas se incrementan. Finalmente observa que ha dejado los lentes en la mesa y sin ellos se observan las múltiples líneas debajo de sus parpados: cansancio y estrés de ciudad se acumulan allí bajo la mirada vidriosa de un borracho de fin de semana que seguramente se queda dormido después de unas cuantas cervezas mientras espera que nadie le robe la cartera o el celular. Lo sigue observando mientras nota que ha terminado con la cerveza y le pide algo más a su primo Miguel, el muchacho corre detrás de la barra y coge dos vasos chicos. Vierte en ambos la mitad de whisky, sin hielos, sin agua o refresco que altere el sabor. Vuelve a volar con los vasos en una bandeja y los deposita en la mesa del tipo raro. Este extiende un billete grande que hace que ella se moje los labios y saque el pecho pequeño. El tipo levanta el vaso que queda más cerca de su derecha  y lo lleva hasta su frente. Se toca dos veces con el vaso y con un movimiento apenas perceptible lo ofrece a lo inimaginable.
 
Casi las 8. No hay música ya, la pila murió hace unos minutos y el aeropuerto esta en completo silencio si exceptuamos las dos entaconadas que acaban de pasar y que hicieron eco por todo el pasillo de color mosaico deslavado mientras todos los “caballeros” observábamos sus nalgas. El clima por suerte es diferente al que está afuera donde el calor ya estaba de la fregada y eso sin contar la humedad que se colaba hasta por debajo de las rendijas del condenado camioncito que venía retumbando en cada parada que hacía. Comienzo a pensar en cosas, mi perro, mi madre, mi esposa, mis canas que asoman por la hendidura nasal, el correo que le envié a mi compañera de oficina declarándole la guerra mundial, el oficio que recibí por incumplir ciertas normas, la borrachera del viernes pasado cuando le rompí la nariz al valet parking por darle un rayón al carro de Griselda. El semen seco en su auto, el constante dolor de cabeza que tengo, todo viene, todo aparece cuando la música cesa y comienza el vertedero de pensamientos a desbordarme. Quisiera tener las pastillas que me recomendó el doctor de la cliniquita pero no las podía pasar por la revisión porque los putos  federales nada más están a las vivas de a ver quién es tan pendejo para sacar algo que no sea tolerable. Cierro los ojos mientras me recargo en el asiento de cuero falso en esta sala de espera de la chingada, la música fluye lentamente desde algún punto remoto de mi cerebro, nada existe fuera de las notas de Schubert  y su trucha en la mayor, el mundo se ha detenido completamente mientras suenan lentas y cadenciosas las variaciones del austriaco. El encanto termina cuando la potente voz de la chica que da los anuncios se deja escuchar hasta dentro del baño donde algún buen hijo de perra seguramente está escondiéndose los paquetes de droga. Pienso en Mónica, o quien dijo llamarse Mónica, tal vez todavía este agitando las caderas en aquella pista maloliente del bar mientras sonríe cual Mona Lisa o simplemente ha subido las escaleras acompañada por algún don nadie que le meterá su verga llena de salitre y enfermedades. Vuelvo a recordar la cerveza, bendita cerveza que ojala estuviese aquí. La gente sigue llegando con distintas prisas, el avión que nos regrese al DF seguramente vendrá retrasado porque así se estima por aquí. De entre todos los pasajeros nuevos llega una mujer de pelo rubio, no es falso. Es bastante guapa y viene arreglada discretamente, el  único defecto es el niño que lleva en brazos, parece grande para ir en brazos de su madre. Me abstengo de volverla a mirar con la mirada sucia que normalmente utilizo, sin embargo noto que se le ha subido la playera azul que usa a causa de cargar al bodoque, piel delicada que se observa. Otro de esos niñatos consentidos que esperan sin duda a crecer para ahuyentar a cuanto pretendiente tenga su madre (pienso tras razonar que ha de ser soltera, cualquier imbécil la acompañaría hasta las puertas del infierno). La mujer busca algo con la mirada entre las hileras de butacas que hay para sentarse, un lugar vacío, algo menos sucio, alguien agradable con quien platicar?  Al final va y se sienta frente a mí. Dónde carajos estas Mónica?
 
Soporta como siempre, el aliento podrido, la mirada vidriosa y llena de lascivia, las espinillas en el rostro, los pelos hirsutos de cada hijo de perra que se cree mucho mejor que el resto porque puede pagar un rato con cualquiera de las chicas. El que tiene ahora frente a sus nalgas es una copia al carbón del “teo”, gordo, pijoso y bruto por definición. Soporta las manos fieras que intentan meterse hasta la sangre misma, llenas de cortes y magullones de estar todo el día en el bote. Ha pagado dos cervezas y cree que eso le da derecho de meter sus narices en el escote que baila de manera obscena frente a él. Desvía la mirada de la calva cabeza y nota que es la única que trabaja, Rita platica animadamente con la “china” y las otras tres están atentas viendo la telenovela.  Miguel atento tras la barra no quita la mirada del gordo y sus ojos de búho trasnochado. El gordo intercala sorbos de teta, de cerveza y de historias con revisar periódicamente que nadie entre a sus espaldas, parece ser paranoico y ella lo nota cada que deja de hablar incoherencias sobre su el bote, habla y mama mientras la cerveza parece inacabable, luego se pone en pie y da un eructo. La deja allí anonadada mientras él camina hacia el baño, al verlo de espaldas le recuerda al güero que llego con ella hace un par de años.
 
-sabes, voy a suicidarme esta tarde. Fue lo único a lo que le prestó atención aquella noche que el muchacho de manos rosáceas y piel clara dijo. Había bebido casi una botella entera de aguardiente y veía con ojos cansinos a las dos chicas que lo acompañaban. Ellas ya tampoco estaban, Carmen se había vuelto a la sierra y Vicky se largó al gabacho. El tipo se incorporó con sus más de 100 kilos y comenzó a caminar rumbo al baño. La misma puerta donde el gordo de hoy ha ido a descargar las cervezas y los tacos de huachinango que se ha jamboneado. Le vuelve el rostro del muchacho que apenas entro al minúsculo baño se voló la tapa. Siente como se le humedecen los ojos, y aleja la mirada hacia la calle donde el sol ya apenas se vislumbra tras las nubes que anuncian la llegada de más lluvia.
 
Casi las 10, el avión vuela en medio de aironazos y corrientes eléctricas que serpentean a cientos o tal vez miles de metros alejados de esta cosa metálica. Sin embargo no los veo, por suerte le deje el asiento  al niño que venía con la mujer guapa, ahora el mocoso se eriza y aplaude casi cada que un condenado millón de watts nos pasa rozando. Ella viene platicando conmigo – o mejor dicho habla- mientras yo me aferro con todas las uñas al condenado asiento de plástico. No intento ser grosero pero a duras penas lanzo monosílabos que surgen del poco resquicio que me deja el pinche mareo. Madre soltera, único hijo, trabaja en el mall. Oriunda de Tampico, es agradable y muy guapa. Ha dicho que va a la capital a ver a un hermano. Me pierdo en la oleada de vaivenes en el aire que da el armatoste. Sigue la película de la pantalla, es de risa estúpida y la mitad de los pasajeros vienen idiotizados con ella, el cabello de la mujer expele aroma de alguna planta verde. Me mareo todavía más y espero en cualquier momento convertirme en uno de esos imbéciles que vomitan cual manguera de chorro mientras los demás asqueados tratan de protegerse de todo el festín procedente de las tripas. El chico mira por la venta y cada tanto le da un codazo a la mujer, ella apenas voltea mientras dice: “aja”. “aja esto”, “aja lo otro”. Cierro los ojos pero todo el avión parece un condenado juego de arriba es abajo y el centro se haya perdido. Le gusta el mar, le gusta Tampico, le gusta pasear con el niño y dice que pese a que la vida ha sido dura sigue sonriendo. Parece un pinche libro de superación personal, ojala existiese uno para neutralizar las ganas de que el mundo deje de moverse de un lado a otro mientras el aire se vuelve pesado, denso, salivo mucho, el vómito no tardara en aparecer. Aguanta, aguanta me digo mentalmente, aguanta a que te desabroches el pinche cinturón que te costó un huevo amarrarlo porque ya te sentías idiota desde antes de subirte al avión. Aguanta porque le vas a manchar su suéter rosa deslavado que deja adivinar que tiene lo suyo bien colocado. Sonríe. Ella sonríe mientras dice que no le gusta su empleo; la mujer del carrito me ve pálido, amarillo pedazo de folder. Me socorre y me pregunta si se me ofrece algo.
 
-agua. Ella repara y me dice algo.
 
-debe ser que se me bajo la presión. Miento. Siempre lo hago, con mi mujer, con mi madre, en el empleo, porque no he de hacerlo con esa mujer que no conozco sino hace menos de 35 minutos. El agua sabe a diosas. Entra directo hasta mi estómago, ella me dice que no hay de qué preocuparse, que con una coca vuelve todo a su lugar. Le hago caso y le pido un vaso con coca y hielos a la azafata. 
 Poco a poco vuelve. Las luces, el clima artificial, la mujer que ríe histéricamente a causa de la película. La chica que viene a mi lado que me ve con cierta mejoría. Todo vuelve a su cauce. Me separan del suelo 10 minutos –o eso dice la voz mecánica de quien suponemos es el capitán-, me santiguo mentalmente mientras ella ajusta el cinturón del niño que no quiere estar sujeto y la nave se vuelve a sacudir. Son las ultimas turbulencias dice la azafata que se sienta al frente. Se amarra y yo cierro los ojos a tratar de recordar si le di los buenos días a todo el pinche planeta. Pienso en mamá a quien no llamó hace 3 semanas, pienso en mi mujer que es más feliz con el perro que conmigo. Voy a terminarlo pienso; la mujer guapa habla, sigue hablando. Y yo contesto con sí, no o quién sabe. Al final llegamos y casi me dan ganas de besar el suelo, no lo hago por recato a los presentes y me quedo unos instantes más hablando con ella, me dice donde vivirá las próximas semanas y si conozco algo interesante por allí. Sonríe mientras espera su maleta, sonríe mientras me extiende un número telefónico y sonríe cuando se aleja con el niño que viene contando a viva voz las veces que el rayo estuvo a nada de pegarnos. Rompo el resto del papel donde me dio su telefono y comienzo a jugar con los números en mi mano.
 
SR Agosto 2013- mayo 2014