La vuelta de las noches
Sentado de noche frente a un agujero que me regresa la más pura obscuridad, no es pleonasmo. Son las noches que corren de arriba abajo con las estrellas martillando la sien mientras los ruidos de la calle se entremezclan con el tañido de los insectos que se ocultan en la hierba recién bañada por la lluvia helada de julio. Las madrugadas que antes estaban llenas de ilusión y animo porque ella estaba del otro lado de la habitación. Roncando, soñando con aquellas ruinas que seguidamente visitaba; hoy solo queda una pared llena de agujeros rencorosos que ocultan en sus dimensiones cada uno de los problemas que nos alejaron uno del otro. Ella directo a casa de su amante, yo acariciando una botella de whisky y un cigarro interminable entre los dedos medio y anular de la mano izquierda. Los pequeños hijoeputas moscos que arrancan litros de sangre envinada desde el cuello hasta el tobillo, deleitándose para después irse a embarrar a cualquier sitio donde su vida les alcance, hasta donde el alcohol que ahora llevan consigo fermente y mute en muerte rápida.
Es la oscuridad de siempre, con palabras que están escritas para recordarme por mis errores con la botella y con la droga, con el trabajo y mis excesos de llegar todavía gritando por su amor, pese a que ella ya piensa en el otro, en aquel muchachillo que le chulea las nalgas, que le recorre con la punta del dedo índice la aureola del pezón en aquel hotel cercano a las oficinas donde ambos laboran. No la culpo, yo también estuve a punto de abandonarme, sobre todo tras la vuelta de Coatzacoalcos, su madre, mi suegra, la hija de perra que se aventó del puente porque sabía que todo iba para mal, que todo está de la chingada. Los llantos, los cólicos interminables que fueron minando su fuerza, el pelo que caía en mechones y mechones grises. Eran como hilachas de una vieja rata que está aguardando la nada. Que está muerta en vida pero aun cuando decide tirarse del jodido puente se lleva un poco de cada uno de los que en casa le lloraran. Son años, son años de eso que digo y lo sigo usando para justificar su alejamiento, su glacial amor por mí.
A lo lejos desde atrás de la tela roja que cubre el vidrio de esta ventana hacia la calle está el cuarto de aquel muchacho que a diario me saluda cuando llego de la vida, que lo he visto crecer y sentir su cambio en la mirada; que ha pasado de ser un chico agradable a un auténtico vicioso, bebe a costa de la vieja de su madre, lo tolera mientras le hace los mandados, tal vez mientras le coma el coño lleno de vellos blancos. Bendito coño lleno de pelos hirsutamente rebeldes, brotando cual fuente de agua rota por los juegos de los niños, por la acción de la desesperación, jugando en cada esquina de la vida con la fortaleza indómita de aquel muchacho que tiene una mirada llena de venas a punto de tronar, con la barba cada vez más poblada y con una sonrisa triste. Al final solo queda su sonrisa llena de reproches por una vida miserable donde tiene que romper los mandamientos de la bendita religión.
Por ella volví a beber. Solo por ella. Así me lo hizo saber una noche, una maldita noche que discutimos como siempre, por el gasto, por las ropas arrugadas, por el paseo anal que le dio el cabroncete de su compañero. Ella ríe histéricamente y trata de alejar el punto directo hasta las uñas enterradas y amarillentas de mis pies que apestan, que inundan la habitación con su rancio olor, frunce la nariz en aparente estado de ofensa perpetua. Sus ojos verde claro refulgiendo de odio cada que pasa hiperventilando de canal en canal, buscando. Para ella la búsqueda no ha terminado, para ella el dolor de seguir viva se relaciona con estar casada con un tipo que bebe directo de la botella de whisky y escupe un chorrito cada tanto en su dirección, esperando que el líquido ámbar bañe la tela del camisón de figuras que utiliza para cubrir el pudor. Quisiera el viejo ridículo que la ha amado que el calor del whisky le llegue a ella y vuelva a gritarle sin la frialdad; que estalle en volcán, que vomite rabia y le golpee el pecho mientras todo a su alrededor parece más lleno de vida, no un jodido congelador. Con la tele apenas audible debajo de sus gritos y sus insultos mientras intenta pegarme una cachetada llena de rencor. Llena de vida. Llena de sus gemidos y sus caricias que se depositarían en mi al tratar de atenderme los golpes que me dejo con sus uñas color azul o rojo fuego. Como su alma, como su coño. Ojala su coño hubiese tenido ese olor y sabor a whisky porque entonces estaría justificado el haber vuelto al camino del alcohol.
Necesitaba ese dolor, necesitaba sentirlo nuevamente para tener algo por dentro, para no ser la simple risa que asoma nada más aparece alguien en el horizonte mismo de la creación. El tiempo perdido entre un estado depresivo y otro me lleva a los agujeros necesarios para entender los días que corren casi igual, en paralelo a los pasados adoloridos. Son pequeñas victorias cuyo sabor es amargo y trae consigo estas noches. La vuelta de las noches donde yo bebo hasta que el cerebro pida tregua o hasta que el silencio se vuelva tan jodidamente duro que termine por ser quebrado sólo por mis lloriqueos de adulto cargado de miedo y soledad. Esas noches que tu solías empañar con la risa estridente que te provocaban mis bromas, que te aparecía con la menor expresión de mi rostro congestionado por los años y años de alcohol y sufrimientos.
Alguna vez mientras recorríamos las calles de la ciudad abrazados o casi siempre haciéndolo te dije una frase muy rápida, tan dolorosamente rápida como esa primera vez, te dije al oído: me quieren volver doloroso en mis borracheras, me quieren quitar lo único que me alegra el condenado día de mierda que siempre me acompaña. Esa noche escribí tan rápido como las memorias venían a mí desde el recóndito sitio que tu cariño me dejaba libre. A cada tecla correspondía un trago del whisky que me habías regalado por alguna pendejada sin importancia, a cada coma un trago de ese elixir que solía usar solo para recordarte en tus salidas, cada vez más frecuentes. A cada condenada oración concernía un dulce paso tan cerca a la gloria del señor y lejos de ese infierno que mi cerebro era por las mañanas cuando te encontraba sonriéndole a cualquier hijo de perra. Todo iba directo a la fregada, todos veían el Hindenburg acercarse a las llamas de la historia. Cada vez más cerca de la nada que tanto amaba, que tanto deseaba por saborear con cada centímetro de mi boca cubierta de ceniza.
Recuerdo esa noche en específico porque comencé a escribirte un poema, cuando todavía te gustaban mis rimas insulsas y sin otro trasfondo que rendirte pleitesía barata, el último que hice y que hablaba de ti, aunque ya a estas alturas todo jodidamente hablaba de ti o de cualquier cosa relativa a ti, tus uñas pintadas de un color lóbrego, tu cabello entintado a saber con qué mierdas que permitía guardar tu sudor, el rímel que nunca querías usar pero que al final terminaba en ti. Todo parecía estar pagado por ti, pero también por el whisky. Todo iba siempre de la mano, ella vestida de negro y sabor ambarino, él con su figura curvilínea y el color dorado de su piel. Siempre vuelvo a esos tópicos que no me han dado ni un respiro en el cerebro –o lo que queda de él- y rara, muy rara vez el tiempo era lo suficientemente largo para desperdigar todas sus tramas ocultas. Quisiera que los días soleados volvieran y todo acabara mejor esta vez. No lo hay, no quedan ríos de amabilidad y todo se empaña en la corriente hacia el desemboque. Todo va directo y sin detenerse jamás.
Ese poema lleno de las frases cortas que tu amabas, que tu deseabas que siempre fueran en tu honor, con pequeñas ideas que no desembocaran en ningún lado y en todos al mismo tiempo, con la fuerza de un geiser a punto de reventar los tímpanos de cientos, de miles, de millones de kilómetros de piedras y arena, de sudor y sangre entremezclados en el rato que tus pechos chocaban con mi brazo, con mi lengua, con el sinsentido de la misma vida. Pedazos que se ahogaban en el rio de la negación, de la necesidad de apartarme para que tu fueras feliz, para que tu crecieras y te dieras cuenta que afuera hay más cosas que el simple amor de un payaso alcohólico que se sumerge en las cuentas largas de ideas cortas y carentes de lógica. Abrazar tus piernas mientras recitaba al pie de la cama con las sabanas vueltas un fuerte de tu olor y tu sexo esas líneas rudas y flamígeras como tu sexo, como toda tu.
SR Junio/julio 2014
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