domingo, 16 de abril de 2017

Diaspora

Comenzamos a escribir casi al mismo tiempo. Cada cual en sus términos y con sus propias formas de observar el mundo. Generalmente sus escritos iban sobre la forma en que el hombre abordaba su mortalidad y como este pensamiento le ayudaba a construir su entorno; lo mío era simple y llana obcecación por mi auto degeneración. Cada cierto día del mes nos reuníamos, más a insistencia mía que de él, porque tenía demasiado trabajo el hombre; cuando no estaba escribiendo para los periódicos más importantes del país (e inclusive alguno extranjero de cierto renombre), se encontraba dando clases, haciendo traducciones, redactando sus novelas y sobre todo disfrutando de la vida académica de gran laurel de la que gozaba. Siempre llegaba al pequeño recinto con media o una hora de retraso y constantemente recibía llamadas, algunas de sus historias o anécdotas en vivo eran interrumpidas por gente que se acercaba a pedirle un autógrafo, un consejo o por el mero hecho de obtener su número. El cabrón era guapo, alto y con gran fortuna. Labrada por su propia mano y por la gracia de tener una familia multi talentosa. Sin embargo, ahí en la pequeña mesa que ocupábamos –y generalmente era la misma de siempre- con su respaldo dando hacia el televisor y su mirada fija en el vitral enorme, se despojaba de su aureola inalcanzable y era otro más, el viejo camarada que alguna vez concurrió conmigo a las pulcatas más sórdidas y los teibols más lejanos de nuestra zona de confort. Era el tiempo en que ambos escribíamos sobre los lugares más deprimentes, para gastar nuestro sueldo de miserables empleados de una revista. Él corrigiendo textos y haciendo pequeñas reseñas, yo como el tipo de las copias, un ratón de oficina más; sin embargo, no le guardaba ninguna suerte de rencor, porque no me apetecía tener responsabilidad alguna y porque sabía perfectamente que su talento era inconmensurable.
 
No obstante, esa noche me encontraba tenso, receloso y con un par de tragos encima. Había aprovechado el 2x1 que ofrecían desde las 3 pm para comenzar a beber. Lo notó, pero apelando a su correctísima educación hizo caso omiso, hasta que tras dos cervezas encima me pregunto.
 
-quieres hablar de ello?
 
Generalmente no le habría comentado nada, pero aquella noche la situación lo ameritaba. Sabía mi amigo que toda la vida había sido un mediocre, incapaz de asumir riesgos grandes y con la suficiente capacidad para saber en qué momento era suficientemente prudente dar la vuelta y salir con una victoria pírrica. La cerveza comenzó a hablar.
 
-alguien vino hace un par de días a hablar conmigo. ¿Te acuerdas que sigo en la escuela trabajando unas cuantas horas a la semana? Pues alguien llego esta semana preguntando algo, tal vez no lo suficientemente grave como me lo he propuesto pensar, pero si lo condenadamente profundo, para que incluso me pusiera a la defensiva desde ese pinche momento. Pausa, bebo otro sorbo de cerveza esperando que diga algo, sólo me observa desde las caras gafas que usa, aunque lo hace más por estética que por necesidad, porque hace años se operó la vista y ahora tiene una visión casi perfecta. No habla, pero asiente, lo que significa que ha comprendido la gravedad del asunto y que tiene cierta aprensión por conocer lo que he tratado de explicarle.
 
-daba las clases con regularidad, la misma mierda de siempre y con los alumnos más intransigentes que uno pueda tolerar, nada fuera de lo ordinario, hasta que una de las chicas que se sientan en el fondo, alzo la mano, la clase en silencio, nadie levanta la mano, todos hablan hasta por los codos y ríen como desgraciados dementes. Ella no, correctamente espero a que fijara la mirada en su mano delgada y antes de comenzar a hablar me miro a los ojos con la misma intensidad que te estoy observando a ti.
 
-No mentiré mi hermano, la chica es guapa, no del tipo para tirar mi condenada vida al garete, pero si como para fantasear con sus senos de aureola grande y su sonrisa sarcástica. En fin, ella hablo y al hacerlo me parecía que cada una de sus palabras era una condenación.
 
-profesor, usted conoce al Doctor Arturo Bernal?
 
Me fue imposible negarme, no solo la clase entera me observaba esperando la respuesta, sino que mi propia incapacidad para hablar, hicieron en el salón un hueco de sonido tan profundo que podía escucharse el condenado ronquido del director 2 pisos arriba.
 
-le pregunto, y aquí fue donde comenzó todo un mar de sudor en mi frente y en mis condenados tanates, porque mi tía dice que los conocía a ambos de su época universitaria. Se calló y yo pude notar cada palpitación de los restantes 19 cabrones que estaban atentos por primera vez en todo el condenado año escolar, por no decir en toda su cochina vida, para saber si era cierto. Me tarde un rato en contestar, tratando de encontrar una excusa o una forma menos fuerte de decirle que cerrara su asquerosa boca, pero me quede allí, como una estatua. Incapaz de siquiera articular cualquier sonido. Pensé que aquello estaba enterrado viejo.
 
-y lo está. Sus palabras fueron secas, cada una más lapidaria que la anterior, no solo no mostraba signo inequívoco de tener mi misma aprensión por el tema, sino que incluso nuevamente volvió a coger la botella de cerveza y la llevo a los labios. El resto de la noche fue un ir y venir en viejas y cómodas anécdotas que a los dos nos causaba placer recordar, casi siempre con su participación como líder de equipo, y hombre fuerte frente a las adversidades. Por el contrario, mi suerte parecía más bien depender de mi habilidad para pasar como una lapa al lado de su valiosa amistad. 
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-voy a ser franco con usted, señor Rodrigo. Y por franco me refiero a que sinceramente no voy a moderar ni un ápice los juicios que he emitido hacía su persona mientras revisaba el texto que me envió hace un par de semanas. El hombre hablaba con cara adusta, su mirada se fijaba en mí y poco a poco hacía aspavientos con mayor celeridad y fuerza. Parecía un globo enorme lleno de bilis a punto de explotar y todo indicaba que su destinatario sería mi rostro. Me parece simplemente grotesco, por no decir un acto de infamia absoluta que tenga la desfachatez de presentarse en esta oficina toda vez que su obra es un plagio. Antes siquiera de poder formar la idea de lo que sus palabras decían, el hombre continuo con su perorata. No lo voy a acusar con las autoridades porque veo, y creo no ser exagerado esta ocasión, que hacerlo sería un caso perdido; pero créame que si por mi fuese me pondría en contacto con los abogados del Doctor Bernal y haría que lo acusara inmediatamente, con todo el peso de la ley.
 
Salí cabizbajo, rascándome la cabeza mientras daba vueltas en torno a la acusación que me había formado aquel editor que por momentos me recordaba a un manatí, y en otras a una vieja cámara desinflada. El motivo de su encono era porque le había entregado un texto para entrar en una competencia literaria para ser publicado y aparte gozar de un arreglo económico; sin embargo, el hombre comenzó a leer y encontró que el cuento le recordaba a algo que él conocía a la perfección, por no decir que era una vil copia de uno de aquellos relatos que mi viejo camarada, había publicado en la revista para la cual ambos trabajábamos. Sobra decir que su cuento, en realidad era mi escritura. Pero no siempre fue así, por aquel entonces mi viejo amigo y yo teníamos una vida nocturna agitada, y su forma de escribir y la mía eran completamente diferentes, pero me pidió de favor que le permitiese entregar lo que había escrito. No porque fuese mejor, sino porque quería ofrecer a los editores una historia que se distanciara de todo aquello que él había escrito previamente. No previmos las consecuencias de que su carrera literaria comenzará aquella tarde, con un pequeño cuento sobre una chica enferma de un cáncer brutal y con un odio enfermizo hacia el mundo. Tras ello llegaron los premios y por ende el reconocimiento. Me dio el dinero integró, no lo necesitaba y realmente quería renunciar a los blasones, pero no lo hizo porque yo tampoco quería tales cuestiones.
 
El problema es que mis viejos escritos tenían muchos títulos y cuando envié el último a la revista, nunca me fijé que era aquel viejo asunto. La bronca fue de antología y lo que vendría después mucho peor.
 
Tres am. Normalmente nadie se toma el tiempo necesario para escribir la hora con las letras enteras. Yo lo hago por mera incapacidad técnica para hacer que el 3 suene convincente. Bebía acompañado de unos cuantos sujetos de baja ralea en la escuela; permítanme una explicación rápida: un intendente, el vigilante matutino y el sobrino del director, que era un tarado completo. Me dice uno en pleno desuso de sus facultades cognitivas y en total apendejamiento por unas cuantas botellas de cerveza.
 
-deberías escribir más, son cosas pendejas pero bien intensas. Me gustó que las tengas de cabecera para ir a cagar.
Sinceramente me valía un cacahuate lo que alguien opinara de mi o mis cuentos, el tipo insistió. 

Bueno, todos menos esos del mundo fantasioso. Esas mamadas déjaselas a gente como tu cuate el Bernal o inflados así, tu escribe de lo que sabes, de alumnas embarazadas, de padres de familia idiotas, de conserjes pendejos llenos de enfermedades venéreas por cogerse a las morras en el patio trasero. De cerdos criados en pequeños huertos. Toda esa mierda que esta por ahí.
 
Seguimos bebiendo hasta que alguno cayó, normalmente era el sobrino idiota. Aunque algunas veces era yo y muy rara vez el vigilante, el hijo de puta tenía un colador por hígado y seguía bebiendo con la misma entereza que los kenianos ganaban los maratones. Me gustaba fregarlo con eso. A él lo emputaba porque creía que me mofaba de su prietez. Nunca más lejos de la realidad, porque todos estábamos tan jodidos que ser un pinche racista hubiese sido una broma cruel.
 
-sabes que deberías hacer? Su voz es cruda, normalmente el que habla directo soy yo, pero esa noche los ojos de mi amigo parecían estar aún más lejos de lo que el jodido Marte se encontraba. Moví la cabeza sin tino, como esas pequeñas figuras que tienen esa parte del cuerpo con un resorte y se dejan al arbitrio del destino. Tienes que parar de escribir. No por mí, sino por ti, ¿Cuántas pinches veces quieres tener el corazón roto por un rechazo? Él lo sabía, todos lo sabían; cada que me rechazaban en los concursos literarios por no ser conocido, o escribir cosas que a nadie le gustaba recordar; me deprimía, me hundía en el ostracismo de mis clases y dejaba de interesarme socializar con todo el jodido universo. Ni la mujer que ocasionalmente contrataba me apetecía entonces, era como uno de esos jodidos troncos que tras una maravillosa tormenta se ven arrancados de su tierra para ir a parar al mar abierto, pudriéndose mientras todo se mantiene igual a su alrededor. Días, noches, el oleaje imperecedero que le arrastra o le deja en medio de la jodida nada.
 
-qué hago con todo?
 
-quémalos. Cierra eso viejo, te estás consumiendo mientras tiras y tiras letras a la basura; ya ves, las tienes en ¡el cagadero! Nadie hace eso con su obra, nunca la has respetado, para ti sólo es una coladera. 
 
Sabía, siempre lo he sabido que tenía razón. Que tenía que dejar de creerme algo que no era; cierto, había tenido un buen cuento una vez, pero lo demás solo eran retazos de realidad, de esa condenada vida que nadie quería ver. De todos esos demonios que persiguen a la mayoría y de los que tratan desesperadamente de huir, como una jodida bola de azúcar morena que persigue a los diabéticos, con todo el placer y el dolor que ello conllevaba. Veía mis letras y comenzaba a entender que estaba jodido, que siquiera habían sido bien escritas.
 
No obstante, llegué a casa y escribí la historia de una mujer que trabajaba en una zapatería, que amaba tanto la vida como la muerte, que escribía historias tristes para contárselas a las estrellas que veía desde su tercer piso. Acompañada de sus gatos, sus mechones verdes y sus labios rosas. Que amaba a un compañero de trabajo y se tenía que conformar con un sujeto extraño que le escribía poesías estúpidas. El final era caótico, porque el hombre extraño se internaría una tarde de septiembre en el mar abierto, en medio de un huracán. Ella no lo sabría, porque al fin había conseguido el amor de ese que quería. Agarré la botella de whisky y di un trago mientras con la pluma tachoneaba casi todo el cuento.
 
SR Primavera 2016-Invierno 2017