viernes, 31 de marzo de 2017

así es como se hace imbécil


Los dos hombres entraron a trompicones luego de escuchar la detonación. Impávidos, en completo shock de verlo ahí derrumbado, al lado de la vieja máquina de escribir. La pequeña habitación parecía una inmensa sala dentro de un abismo aun insondable. Enrique fue el primero en abalanzarse sobre el cuerpo bañado en sangre, Juan mantuvo su semblante aterrorizado, mientras fijaba la vista en la mancha de sangre que comenzaba a deslizarse sobre las paredes de color blanco. Se desmayó antes siquiera de que Enrique pudiese reaccionar a tiempo, para evitar que se golpeara fuertemente con la mesa del florero rojo que se encontraba a su lado. El ruido inmediato de los gritos precedido por el fogonazo de la vieja calibre 22, atrajo la curiosidad de los vecinos, las llamadas a los servicios de emergencia no se hicieron esperar ¿Qué otra cosa podía hacerse en aquel multifamiliar? 15 “familias” que habían sacudido su sueño diario con el ruido de aquella noche y los gritos desaforados de un muchacho que rondaba los 20 o 30, callado por lo general y buena persona pese que a la zona no era de lo mejor.
 
Y de repente todo quedo en silencio con los dos muchachos, esperando en aquella improvisada sala de emergencias de ese hospital que afeaba la zona, que en realidad era la calle, y el edificio blanco cual caja de zapatos, este se encontraba en medio de construcciones de levantadas más a fuerza de voluntad de sus habitantes, que a los deseos de los organismos gubernamentales. El sonido de mucha gente, del tráfico, de pacientes que esperaban no morir en espera de atención médica, los gritos para saber si seguía vivo el hombre que su compañero traía en el asiento de atrás intentando reanimarlo, así transcurrieron 15 minutos que para él se hicieron interminables, los dos camilleros que lo recibieron, mientras él sacaba el auto y su amigo se quedaba al interior de la sala. Luego saldría y se quedarían a esperar a los padres de Enrique. La cara desencajada, la mirada sombría y ambos con trazos inequívocos de no saber que esperar, de deambular en la calle oscura y fría, mientras cada vez va disminuyendo el ruido de los motores, se va vaciando todo y quedan desamparados bajo las luminiscencias naranjas que penden sobre la calle.
 
-Enrique se encerró 15 o 20 minutos antes de que llegara, estabas en la cocina ¿verdad?
 
-si… no dijo nada, llego de la chamba y ceno normal, le dije que igual y salía más al rato y me comento que le dolía un poco la cabeza, luego se puso a ver la tele mientras yo me bañaba, no le note nada extraño, siempre se pone a ver la tele en las noches para ver el programa de teatro. Apagó la tele y se fue a su cuarto. Salí de bañarme y me asome a su cuarto para…pues para reclamarle porque había vuelto a usar mi crema de afeitar…no respondió y ahí fue cuando me preocupe. Usted sabe que su hijo no se dejaba, así fuera algo en lo que tenía todas las de perder. Forzamos la chapa y estaba ahí al lado del frasco.  Pedro le metió los dedos en la garganta para que vomitara –todos voltearon al unísono a ver al chico que aún mantenía un semblante pálido y que tenía una gran mancha de un color indeterminado en la pernera del pantalón.
 
Todos miraron hacia abajo, la madre de Enrique tenía alrededor de 45 o más, normalmente se veía radiante e inclusive más joven de lo que en realidad era, en esta ocasión se veía superada, como fuera de cualquier esfuerzo por figurar que tenía todo en control. El padre era poco más alto que Enrique, el mismo color de ojos y con una presencia fuerte. Uno de aquellos hombres que sin duda no puedes evitar la comparación y siempre considerar que sales perdiendo. Pero en el momento, y al igual que la mujer, se mostraba desconcertado, con una actitud de no saber que podría ocurrir en más, tal cual un secreto revelado tras años y años de ocultarlo.
 
-¿Por qué lo hizo? Pregunta el hombre, mientras inútilmente intenta prender un cigarrillo largo. ¿Qué problema era tan grande que no pudiera solucionarlo más que de esta manera?
 
-no sé que tanto sepan ustedes, y en condiciones normales les diría que hablen con él, pero ya esto nos ha rebasado; Enrique es gay…
 
-lo sospechamos siempre, pero eso no es motivo…
 
-él no lo consideraba así, él creía que sería una decepción  muy grande para ustedes. En especial para usted señora.
 
Entran dos oficiales, ambos morenos y cada cual peor que el anterior, es casi media noche y se notan cansados, si lo que dicen es cierto, han de ir por la mitad del recorrido de su jornada y aquella llamada de alerta por parte de los vecinos primero y luego de los paramédicos los saca de la rutina, no siempre les alertan sobre un suicidio.  Preguntan lo de rigor, nombre, edad, familiares, donde trabajaba, que otras cosas hacía, de donde saco el arma, quienes son los otros dos, que hacen, de donde son. Preguntas que por momentos colman la paciencia de Enrique, pero se serena al ver que no hay nada más que hacer, sólo dormir o responder, y hace años que no duerme bien, las ojeras le delatan, uno de los oficiales lo mira de reojo cada tanto, le dice que lo ha visto por ahí, en los recorridos habituales de la patrulla, Juan esta derrumbado sobre el sofá blanco. Tiene los ojos completamente rojos de llorar y de miedo, es su primer muerto. Los patrulleros ya han terminado con Enrique y tratan de sacarlo del shock, pero no responde, sigue catatónico ante cualquier inquisición. Vuelve a repasar en su mente la última conversación con Pedro. La advertencia sin vacilaciones. “Ese pendejo de Enrique, suicidarse por ser marica. Lo debió haber hecho por pendejo, pero no por marica”. Le gustaba llamarle marica, venía de un mundo cerrado, siempre echado hacia adelante y con la misma fiereza que sus ojos negros delataban. Se había peleado tantas veces ya con los vecinos y con los hijos de estos que había conseguido hasta cierto punto ser respetado, cada tanto en las juntas del multifamiliar todos aguardaban a que estallara la personalidad de Pedro. Pero siempre se contenía en esas situaciones, esperaba hasta que todo hubiese quedado solitario y entonces iba a ajustar cuentas con los demás. Ahora estaba ahí, con los ojos extraviados y con uno prácticamente tintado en rojo, mirando hacia el infinito, hacia el cosmos o a donde quiera que él quisiera creer que se iba. Tal vez la nada. Volvió su mente a unos días atrás. Sentados ambos en la mesa donde habitualmente cenaban los domingos por la noche, la única ocasión de toda la semana que coincidían en el departamento todos. Enrique estaba en su habitación, con la mirada fundida en el techo. “fue un pendejo, si lo vas a hacer no te envenenas, te pegas un tiro. Hasta para eso es un marica”. Pelearon un buen rato, la situación no era para que saliera con esas cosas, pero hacer entender a Pedro sobre la condición delicada de Enrique era una tarea que sobrepasaba la capacidad de Juan. Los tres amigos se conocían desde la prepa, y pese a todas las peleas que se suscitaban entre los dos, se procuraban y estaban al pendiente de sus viejos amigos. Pedro con toda su fuerza había cargado al suicida escaleras abajo mientras Juan sacaba el auto.
 
¿Porqué? ¿Qué carajos hiciste viejo? Pasaba por su mente un par de horas después, los peritos se habían llevado el cuerpo de Pedro, las últimas hojas que estaban en la máquina de escribir Olivetti estaban en blanco, al frente una sola línea elaborada que rezaba. “a Enrique: así es cómo se hace imbécil.” Llamo a los hermanos de Pedro, el número no existía, de hecho, no recordaba nunca que hablara de su familia, sabía de sus hermanos, pero nunca los conoció, en casi 8 años de amistad y no tenía ninguna maldita certeza de quien era Pedro Blanquet. Removió los papeles del escritorio de la habitación de su amigo, mientras escuchaba a Enrique dar vuelta tras vuelta sobre la minúscula sala. Teléfonos y teléfonos de chicas, todos tachoneados, fotos y fragmentos de poemas que escribía en papeles tan indistintos como insectos en el mundo, había desde publicidades de educación adulta, hasta hojas membretadas. No llevaba un orden siquiera y todo era una suerte de rompecabezas. La línea más clara que pudo sacar decía algo sobre perdonarse, la carpeta de sus cuentos, estaba ordenada perfectamente, nada fuera de su sitio, como si sólo su poesía fuese un caos, el reflejo de su mente.
 
SR Verano 2015- Invierno 2017

domingo, 19 de marzo de 2017

Las manchas de la mano

Las manchas me llegaban del dedo más pequeño a la parte posterior del antebrazo; blanco, rojo, salitre y mugre se acumulaban en la capa de dermis que quedaba visible. Bebíamos en aquel día jodidamente caluroso, ambos éramos forjados por la desgracia y el cansancio. Su nombre era Pedro. Tenía casi el doble de mi edad y las canas relucían en su cabeza más pequeña de lo habitual. La banqueta estaba comenzando a enfriarse mientras la cerveza hacía lo contrario. El día estaba terminando y los dos mostrábamos síntomas de cansancio evidente, llevábamos casi 3 días sin parar. Subiendo y bajando la condenada escalera doble, arrastrándonos en la parte superior del techo para llegar a las pequeñas canaletas que algún ingeniero ebrio había trazado para hacernos saber que era un chingón. No lo era, y sólo nos ocasionaba tardar un poco más en detallar los acabados del techo. La casa en la que nos habíamos ocupado era de dos pisos, condenados dos pisos de sufrimiento, porque no teníamos la menor sombra al inclemente sol. Pedro corría con mayor suerte, su piel curtida por miles de soles iguales, le daba esa ventaja minúscula. Por el contrario, yo apenas llevaba pocos meses con él, tratando de subsistir, dejándome de lado el miedo a las alturas, el cansancio físico y emocional que se sucedía por el choque de caracteres y sobre todo el surgimiento de esas condenadas ampollas en las manos, que rápidamente estaban tornándose en ásperas. El mejor síntoma de que el trabajo estaba bien realizado, según el creer de Pedro y los que eran como él.
 
La botella de 325 ml se quedó vacía. Me señalo el cartón que descansaba a mi derecha, quería otra, lo más probable es que la poca ganancia que debiéramos obtener por estos días de jodidez, se nos fuera nuevamente en alcohol; terminando en alguna condenada casa de putas de afuera y con un hoyo en el estómago devorado por la gastritis. El sol se escondía detrás de nosotros. Pero no dejábamos de tragar cerveza, si mi madre me viese, seguramente diría que era una desgracia por haber sacrificado un empleo bien remunerado por aquel paseo interminable en fachadas y zotehuelas donde teníamos que librar las batallas del diario. Afortunadamente ella había expirado años atrás, víctima de alguna enfermedad lo suficientemente bastarda para hacer que ella deseara morir. Una mujer que amaba tanto la vida, al final terminaría sus días postrada en una cama y con un cuchillo clavado en el corazón; desde aquella noche no pude evitar creer que todos acabaríamos igual. Tal vez sin tanta ceremonia, pero definitivamente jodidos.
 
Apure mi cerveza y destape otra con el viejo fierro que usaba para tales fines y que continuamente tintineaba en el llavero. Pedro me miro con cierta sorna, aun lo hacía después de infinidad de ocasiones que había demostrado que era igual que él, que no evadía trabajar, que no me importaba quemarme la calva de la coronilla hombro a hombro bajo el condenado sol que nos metía la prisa porque sabía que en cuanto declinara un poco la jornada no duraría más. Le gustaba al principio decir que poseía manos de señorita, dos veces le demostré que dichas manos le podían romper la madre, no llegamos a tanto pero quería dejarle claro que nunca me dejaría, ni de él ni de nadie, acaso de la vida, pero eso ya no era novedad. Aun temblaban mis dedos aquella tarde, la cerveza no había controlado el movimiento apenas perceptible. No hubo comentarios de su parte, esa era una de las pocas cosas que jamás había mencionado, cada quien era responsable de los jodidos problemas físicos que nos atormentaban. Al final de cuentas la cosa nos estaba jodiendo a todos poco a poco, minuto a minuto, a unos de manera más acelerada, pero con el mismo destino, condenarnos a una eternidad de oscuridad. Al viejo no le gustaba que hablara de eso, como todos los de antaño sigue creyendo en la inmediatez de la seguridad que produce el fanatismo religioso. Pero también ha dicho: lo más probable es que en algún pinche momento de tu vida vas a rezar u orar por un condenado milagro, ahí se te va a acabar toda esa mamonería de intelectual que aun posees chico.
 
Son casi las 6 de la tarde. Sigo bebiendo acompañado del viejo. Tal vez el padre que no quise tener. La banqueta ensucia sólo un poco más el pantalón de mezclilla que uso, él usaba uno semejante, más viejo y más lleno de manchas que ninguna cosa que yo recordara, pero no eran de pintura o impermeabilizante, sino de grasa de autos, de sangre, de secreciones varias, no le gustaba hablar de aquello, lo más probable es que se debiera a que su mujer lo había abandonado hacía casi 12 años, se había cansado de las golpizas, de los gritos, de la mala vida. La señora era una buena persona, o al menos había sido hasta que conoció la vida con el viejo; los conocía desde que era un escuincle, cuando mi madre era otra de las queridas del cabrón pintor. Repetidas veces me fustigo con las historias que de él se contaban, que era lo peor de lo peor y que pese a ello tenía fama de trabajador incansable, lo había comprobado el último año a la mala. Pero ahora estábamos allí sentados, esperando a que el dueño de la bodega que nos rentaba la escalera apareciera, si no lo hacía, lo más probable es que nos tuviéramos que quedar hasta la madrugada, y por ende hasta el otro día, no importando que fuese sábado y que tuviese que ir a ver a mi hijo, recogerlo y llevarlo a mi cuarto. Esperaba ansiosamente que el jodido dueño apareciese, también tenía ganas de romperle la madre y de mear. En ese condenado orden. El pancho no va a venir, no quiere tener que dejar su cola por una pinche escalera. Escupió un gargajo tan renegrido como su forma de hablar. Tiene que hacerlo, tengo que ir por el rulo. Déjate de pendejadas y échate otra, total el morro no se va a ir a ningún lado, tu vieja lo tiene bien cubierto. Odiaba cuando hablaba así de Sandra, no es que no tuviese razón, sino que me hubiese gustado decirlo. Salud pues. Ya, ya a la chingada. Le bajo la mitad de la cerveza con el trago. Al tiempo que oíamos la puerta de la accesoria de Pancho abrirse, lo que en un principio me llenara de júbilo, pronto se volvió una mueca de jodido miedo. Dos culeros traían la compresora jalando y en la cintura de uno de ellos se asomaba el cuete.
 
Estábamos del otro lado de la calle, nadie reparaba en ellos, como si fuese lo más jodidamente normal del orbe que un par de hijos de puta abrieran desde adentro y arrastraran una compresora que bien podría valer mucho dinero o ser una completa porquería. Pero con la misma celeridad que ellos salieron desde adentro del sitio, un auto se paró frente a la cochina calle. El chavo nos miró, debía tener entre 15 o 16 años, nada de miedo, pura adrenalina y algo que debía ser perico. ¿Le quieres saltar? No veo que nadie haga nada. No lo harán, son putos cobardes, te lo digo porque yo no quiero hacerlo, pero si te paras, te hago segunda y les caemos con la cubeta antes de que saquen el fisto. Lo decía con la misma calma como si estuviera pensando en los litros de pintura que sobrarían para vender en el tianguis el domingo. Tenía el puño cerrado, quería caerles a los hijos de la chingada, pero no sabía si el chofer traía arma o solo estaba conduciendo. La patrulla no va a llegar antes de que esos culos le vacíen el almacén a pancho. Tú dices. ‘Orita les caemos y nos cargamos al chofer a base de chingadazos, el gordo no se ve muy hábil, te lo puedes cargar, el pendejo de los tennis nos lo turnamos. Al primer cuetazo le seguimos, porque si les damos respiro nos chingan. Nuestras voces ni siquiera eran bajas, pero con el cruce que traía el chofer no se percataba. Sobres. Dije armándome de toda la pendejez que me creía capaz de tener.
 
El pequeño recipiente metálico  de a  galón, se estrelló en la frente del gordo, la sangre broto de inmediato mientras Don Pedro le caía con un derechazo directo a la mandíbula del conductor, el tercero al oír el putazo de la lata en la acera y como el gordo comenzaba a chillar con el rostro cubierto de sangre y pintura, intento sacar del cinturón la pistola, la mala suerte quiso que se le encasquillara. Le caímos a golpes. Casi 10 minutos de puro madrazo, sin sentido ya el tipo, sangrando de la cara y partes del cuerpo. Los dejamos ahí justo cuando apareció la patrulla y las ambulancias, nadie dijo nada. Eran lacras del barrio. El pancho aparecería casi media hora después, traía todavía cara de caliente, lo habían bajado a medio paliacate. Los dos seguimos sentados frente a la accesoria, con la escalera detrás, sonreímos, casi de inmediato le hacemos señas para que se cruzara. No deberías dejar esas chingaderas tan fáciles de quebrar,  dice el viejo justo antes de botarle enfrente los candados rotos de la cortina frontal. No te debemos deposito, nos cargamos a tus pinches lacras. Aí nos vemos luego. Nos paramos y justo antes de perdernos en la contraesquina el viejo maestro pintor avienta una flema que debió llegar hasta la mitad de la condenada calle. Me había ganado el hijo de perra. Ya volveríamos a intentarlo otro sábado.
 
SR Diciembre 2016.

jueves, 2 de marzo de 2017

Noches extrañas en el paraiso


-Qué tan especial te crees?  Me espeto una mujer joven que estaba disfrazada como un maldito payaso infernal.
 
Nos miramos por unos segundos antes de que me volteara hacia algún otro sitio. La noche era joven, no había llovido en un par de horas, y una pequeña bruma se levantaba en la calle. El traqueteo del metro elevado era el habitual, mientras la gran mayoría iba en dirección al sur, yo me internaba hacia el norte. Sentado en el asiento de plástico dentro de aquel vagón colorado, era la enésima ruptura con Beatriz. En casi 4 años llevábamos aquel infame record, nos mandábamos al cuerno y tres días después parecíamos animales salvajes, haciéndolo de manera grotesca; las mordidas eran la orden del día. Frente a mí, la joven mujer disfrazada, mantenía su mirada cargada de alcohol fija en mi cara abotagada por los años de embriaguez.
 
-aquí donde me ves, sigo siendo mejor que tú. Dijo remarcando la última letra, tratando de no sisear tanto cuando hablaba.
 
No se lo reprochaba ni por un instante, cualquiera era mejor que yo, y eso no era un secreto. Tal vez era mi corpulencia venida a menos, o mis ojos rojos perennemente alicaídos, los que invitaban a desconfiar de mí para evitar que ascendiera en la empresa, o que mi novia quisiera más a sus perros que a mí. El asunto es que la mujer pintada de manera grotesca, con la peluca azul y los zapatos enormes de multicolor, se mofaba y me hablaba como la mierda que era por aquel entonces.
 
-vamos amigo, ríe un poco. Puedo contar chistes graciosos. Sus palabras eran acompañadas por una ligera corriente etílica que se desplazaba hasta el rincón del universo en el que me mecía.
 
Ni siquiera imaginaba un escenario más ilógico que aquel, un par de personas nos observaban a la distancia porque esperaban con ansia el momento en el que finalmente perdiera la cabeza, y descargara un mazazo directo al rostro de mi interlocutora. No lo haría, nunca, no otra vez; ya tenía un largo historial de violencia domestica como para arriesgarme a golpear a una desgraciada, que igualmente lo único que deseaba era que la sacaran de su miseria diaria, de su condenada existencia de usar ropa chillante, maquillaje cargado y vomito de infantes como loción. De nuevo mis pupilas se fijaron en su cara y trate de adivinar si era guapa o no. Su voz era agradable, pese al intenso tufo de alcohol que le emanaba o la estridencia desmedida para un sábado común y como cualquier otro.
 
-seguro piensas que si te la soplo te quedaría como un twinky glaseado… río con su propio chiste, pero al final calló abruptamente.
 
Estaba seguro que si le invitaba de la petaca que llevaba dejaría de fregar, pero aquello simplemente me superaba en fuerzas. No tenía mucho ánimo de empezar una fiesta que era probable que interrumpiera horas después cuando Betty llamase. Al fin y al cabo era lo único que me importaba en aquellos días. Que la mujer de los senos grandes me volviese a perdonar para correr a su departamento y tener otra sesión de sexo y yerba. Era una completa chalada de la mariguana. Le gustaba en exceso y gastaba horas y horas hablando de las diferencias de thc y cbd; mientras yo cerraba los ojos e imaginaba que estaba en un cómodo ataúd, en espera de que mi padre encendiese el horno de cremación y terminara con toda la mierda que por años nos habíamos deseado. Dos sujetos contra el orbe.
 
-eh, quieres olerme de cerca? Todavía huelo a sándwiches de jamón y ensalada de verdura… hipó un poco.
 
Abrí la solapa del saco. Relució la cabeza decorada con una imitación de diamante, la aflojé y lleve la boca desdentada a mis labios. El aroma inconfundible del ron especiado saludo mis orificios nasales. En el sonido ambiental del metro sonaba alguna mierda que sinceramente nadie apreciaba. Solo estaba ahí para hacer creer que a los gobernantes les importaba la cultura, pero ni siquiera sabían quién interpretaba qué. El trago entró directo al torrente y mis papilas gustativas estaban de fiesta. Cerré perfectamente el delicado cuerpo forjado de metal o latón, y se la tire a la mujer de enfrente. Deja de salivar cuando la tiene entre sus manos, cubiertas con uñas de colores distintos para cada dedo y con un guante recortado que deja salir las falanges.
 
-de eso estaba hablando guey. Me brinda la petaca antes de hundirse en el sabor de 35°.
 
Cierro los ojos dejándome caer desde muy arriba en el remolino de las historias que he vivido durante los pasados 4 años; conocí a Betty en una función de cine, le gusté porque parecía un completo maniático, así me lo dijo días después; salimos un par de veces, no demasiadas, antes de ver que no teníamos futuro. Ella quería alguien que se le impusiera, yo alguien que me permitiese estar muerto en vida. Cogimos la noche que nos íbamos a despedir. La primera ruptura sin ser absolutamente nada; ella arriba, tirando sudor de amazona sobre mi cuerpo, cerveza luego y al final sus jugos. Por aquel entonces yo no necesitaba pastilla. Luego la tuve que emplear, la mota y el alcohol me ponen fuera de combate. Fumamos un poco de la mierda que su hermano vendía. No era muy buena, pero era lo que lograba conseguir gratuitamente.
 
-me caes bien mano, podríamos ser amigos…si no fueses tan jodidamente azotado! Suelta una 
carcajada tan estridente que las personas de dos vagones a la redonda le han escuchado.
 
Teníamos un par de meses. Ella parecía fuera de órbita, como siempre, y de la nada empezó a hablar, su miedo absoluto a morir ahogada, a quedarse tan estúpida que ni siquiera recordara como respirar. Al mar, temía demasiado a ello. Me había contado que la última vez que fue al mar, tenía 10, luego no volvió más, se le metió en la sesera que era su destino morir ahí. En cualquiera de ellos. Cambiaba de tema constantemente, la primera vez que la veía así, estaba paranoica, llena de aprehensión por lo que sucedía en torno a nosotros. Decía que podía sentir las ondas gravitacionales, no tenía ni puta idea de que eran, pero las sentía. Me recosté en el fondo de la sala. La música sonaba tan fuerte que no podría aguantar un decibel más. Su departamento estaba repleto de notas y contranotas, el ácido que se había metido Jagger me paseaba delante de las narices. En aquel momento del universo, era simultáneamente 2011 y 1968. Betty no traía lentes y eso le daba un aspecto más chalado. Como si fuese una bruja.
 
-cacha guey! Me saca de los recuerdos justo a tiempo para evitar que la cantimplora caiga y se estropee.
 
Los ojos de aquella mujer payaso me recuerdan la noche de hace dos abriles. Venia del trabajo, el calor tan jodido de la ciudad se magnificaba en el metro, mi sobaco estaba a la altura de la cara de una chica regordeta. Suspiraba cada tanto por alguna pendejada que oía en los audífonos. Se paró el condenado armatoste, la gente protesto con un gemido general, no se podía hacer otra cosa que sumergirse en los pensamientos propios. Menos de 10 segundos después las luces se apagaron. Quede a merced de mis propios temores, de mis ideas descabelladas y sobre todo de la conjura de mis emociones. Estaba a 8 estaciones de la casa de Betty, del lado contrario de la ciudad estaban los míos. Seguramente atiborrados de culpa y dramas familiares. Hacía 8 días que no les veía, ellos tampoco se importunaban demasiado por ello.  Mis ojos al abrirlos tardaron en acostumbrarse a la penumbra, note que la chica suspirando junto a mí, lo hacía de manera muy pausada, parecía cansada, temerosa de acercarse a su destino y al mismo tiempo, deseosa de que todo fuese lo que ella se imaginaba. Eso me decía su respiración. Se notaba perdida en las emociones que lo que fuera que escuchara le reproducía en la cabeza. Resoplé lleno de reproche, porque ni siquiera tenía la certeza de que jodidos estaba haciendo yendo a ver a una jodida adicta. Betty, su nombre era Betty y tenía 24. Busqué desesperado en la parte interna de mi saco la hendidura donde el ron descansaba. Lo abrí y quise brindarle un trago a la chica junto a mí. Pero no pude, fui un cobarde como siempre.
 
-quieres ir a una fiesta? Debes de pensar que estoy loca; vengo ebria en el jodido metro nocturno, vestida como una mierda, oliendo a lo mismo y hablo como una jodida idiota a un tipo que se ve como un asesino serial. Pero hey! He trabajado para políticos y créeme que no me da miedo que me veas con esos ojos de pinche borracho. No volví a escuchar su voz nunca más, en cuanto llegamos a donde era la fiesta desapareció, un jodido día perfecto con un final más que idéntico. Me agencie un par de tragos, la barra era libre, o eso decían, únicamente cerveza nacional. Suspire para mis adentros, lo que necesitaba, un aliciente más para que mi estómago y mis cachetes se sigan inflando.
 
SR Verano 2016.