Los dos hombres entraron a trompicones luego de escuchar la detonación. Impávidos, en completo shock de verlo ahí derrumbado, al lado de la vieja máquina de escribir. La pequeña habitación parecía una inmensa sala dentro de un abismo aun insondable. Enrique fue el primero en abalanzarse sobre el cuerpo bañado en sangre, Juan mantuvo su semblante aterrorizado, mientras fijaba la vista en la mancha de sangre que comenzaba a deslizarse sobre las paredes de color blanco. Se desmayó antes siquiera de que Enrique pudiese reaccionar a tiempo, para evitar que se golpeara fuertemente con la mesa del florero rojo que se encontraba a su lado. El ruido inmediato de los gritos precedido por el fogonazo de la vieja calibre 22, atrajo la curiosidad de los vecinos, las llamadas a los servicios de emergencia no se hicieron esperar ¿Qué otra cosa podía hacerse en aquel multifamiliar? 15 “familias” que habían sacudido su sueño diario con el ruido de aquella noche y los gritos desaforados de un muchacho que rondaba los 20 o 30, callado por lo general y buena persona pese que a la zona no era de lo mejor.
Y de repente todo quedo en silencio con los dos muchachos, esperando en aquella improvisada sala de emergencias de ese hospital que afeaba la zona, que en realidad era la calle, y el edificio blanco cual caja de zapatos, este se encontraba en medio de construcciones de levantadas más a fuerza de voluntad de sus habitantes, que a los deseos de los organismos gubernamentales. El sonido de mucha gente, del tráfico, de pacientes que esperaban no morir en espera de atención médica, los gritos para saber si seguía vivo el hombre que su compañero traía en el asiento de atrás intentando reanimarlo, así transcurrieron 15 minutos que para él se hicieron interminables, los dos camilleros que lo recibieron, mientras él sacaba el auto y su amigo se quedaba al interior de la sala. Luego saldría y se quedarían a esperar a los padres de Enrique. La cara desencajada, la mirada sombría y ambos con trazos inequívocos de no saber que esperar, de deambular en la calle oscura y fría, mientras cada vez va disminuyendo el ruido de los motores, se va vaciando todo y quedan desamparados bajo las luminiscencias naranjas que penden sobre la calle.
-Enrique se encerró 15 o 20 minutos antes de que llegara, estabas en la cocina ¿verdad?
-si… no dijo nada, llego de la chamba y ceno normal, le dije que igual y salía más al rato y me comento que le dolía un poco la cabeza, luego se puso a ver la tele mientras yo me bañaba, no le note nada extraño, siempre se pone a ver la tele en las noches para ver el programa de teatro. Apagó la tele y se fue a su cuarto. Salí de bañarme y me asome a su cuarto para…pues para reclamarle porque había vuelto a usar mi crema de afeitar…no respondió y ahí fue cuando me preocupe. Usted sabe que su hijo no se dejaba, así fuera algo en lo que tenía todas las de perder. Forzamos la chapa y estaba ahí al lado del frasco. Pedro le metió los dedos en la garganta para que vomitara –todos voltearon al unísono a ver al chico que aún mantenía un semblante pálido y que tenía una gran mancha de un color indeterminado en la pernera del pantalón.
Todos miraron hacia abajo, la madre de Enrique tenía alrededor de 45 o más, normalmente se veía radiante e inclusive más joven de lo que en realidad era, en esta ocasión se veía superada, como fuera de cualquier esfuerzo por figurar que tenía todo en control. El padre era poco más alto que Enrique, el mismo color de ojos y con una presencia fuerte. Uno de aquellos hombres que sin duda no puedes evitar la comparación y siempre considerar que sales perdiendo. Pero en el momento, y al igual que la mujer, se mostraba desconcertado, con una actitud de no saber que podría ocurrir en más, tal cual un secreto revelado tras años y años de ocultarlo.
-¿Por qué lo hizo? Pregunta el hombre, mientras inútilmente intenta prender un cigarrillo largo. ¿Qué problema era tan grande que no pudiera solucionarlo más que de esta manera?
-no sé que tanto sepan ustedes, y en condiciones normales les diría que hablen con él, pero ya esto nos ha rebasado; Enrique es gay…
-lo sospechamos siempre, pero eso no es motivo…
-él no lo consideraba así, él creía que sería una decepción muy grande para ustedes. En especial para usted señora.
Entran dos oficiales, ambos morenos y cada cual peor que el anterior, es casi media noche y se notan cansados, si lo que dicen es cierto, han de ir por la mitad del recorrido de su jornada y aquella llamada de alerta por parte de los vecinos primero y luego de los paramédicos los saca de la rutina, no siempre les alertan sobre un suicidio. Preguntan lo de rigor, nombre, edad, familiares, donde trabajaba, que otras cosas hacía, de donde saco el arma, quienes son los otros dos, que hacen, de donde son. Preguntas que por momentos colman la paciencia de Enrique, pero se serena al ver que no hay nada más que hacer, sólo dormir o responder, y hace años que no duerme bien, las ojeras le delatan, uno de los oficiales lo mira de reojo cada tanto, le dice que lo ha visto por ahí, en los recorridos habituales de la patrulla, Juan esta derrumbado sobre el sofá blanco. Tiene los ojos completamente rojos de llorar y de miedo, es su primer muerto. Los patrulleros ya han terminado con Enrique y tratan de sacarlo del shock, pero no responde, sigue catatónico ante cualquier inquisición. Vuelve a repasar en su mente la última conversación con Pedro. La advertencia sin vacilaciones. “Ese pendejo de Enrique, suicidarse por ser marica. Lo debió haber hecho por pendejo, pero no por marica”. Le gustaba llamarle marica, venía de un mundo cerrado, siempre echado hacia adelante y con la misma fiereza que sus ojos negros delataban. Se había peleado tantas veces ya con los vecinos y con los hijos de estos que había conseguido hasta cierto punto ser respetado, cada tanto en las juntas del multifamiliar todos aguardaban a que estallara la personalidad de Pedro. Pero siempre se contenía en esas situaciones, esperaba hasta que todo hubiese quedado solitario y entonces iba a ajustar cuentas con los demás. Ahora estaba ahí, con los ojos extraviados y con uno prácticamente tintado en rojo, mirando hacia el infinito, hacia el cosmos o a donde quiera que él quisiera creer que se iba. Tal vez la nada. Volvió su mente a unos días atrás. Sentados ambos en la mesa donde habitualmente cenaban los domingos por la noche, la única ocasión de toda la semana que coincidían en el departamento todos. Enrique estaba en su habitación, con la mirada fundida en el techo. “fue un pendejo, si lo vas a hacer no te envenenas, te pegas un tiro. Hasta para eso es un marica”. Pelearon un buen rato, la situación no era para que saliera con esas cosas, pero hacer entender a Pedro sobre la condición delicada de Enrique era una tarea que sobrepasaba la capacidad de Juan. Los tres amigos se conocían desde la prepa, y pese a todas las peleas que se suscitaban entre los dos, se procuraban y estaban al pendiente de sus viejos amigos. Pedro con toda su fuerza había cargado al suicida escaleras abajo mientras Juan sacaba el auto.
¿Porqué? ¿Qué carajos hiciste viejo? Pasaba por su mente un par de horas después, los peritos se habían llevado el cuerpo de Pedro, las últimas hojas que estaban en la máquina de escribir Olivetti estaban en blanco, al frente una sola línea elaborada que rezaba. “a Enrique: así es cómo se hace imbécil.” Llamo a los hermanos de Pedro, el número no existía, de hecho, no recordaba nunca que hablara de su familia, sabía de sus hermanos, pero nunca los conoció, en casi 8 años de amistad y no tenía ninguna maldita certeza de quien era Pedro Blanquet. Removió los papeles del escritorio de la habitación de su amigo, mientras escuchaba a Enrique dar vuelta tras vuelta sobre la minúscula sala. Teléfonos y teléfonos de chicas, todos tachoneados, fotos y fragmentos de poemas que escribía en papeles tan indistintos como insectos en el mundo, había desde publicidades de educación adulta, hasta hojas membretadas. No llevaba un orden siquiera y todo era una suerte de rompecabezas. La línea más clara que pudo sacar decía algo sobre perdonarse, la carpeta de sus cuentos, estaba ordenada perfectamente, nada fuera de su sitio, como si sólo su poesía fuese un caos, el reflejo de su mente.
SR Verano 2015- Invierno 2017
No hay comentarios:
Publicar un comentario