miércoles, 23 de noviembre de 2016

Telarañas

Telarañas
No, no nos uniformábamos, pero como si nos leyéramos la mente usábamos la ropa más jodidamente depresiva que teníamos. Un día gris rata, otro día gris tormenta de ciudad llena de excrementos, al tercer día: gris túnica de monje exiliado en las montañas. Jamás colores que denotaran que existíamos para el resto, siempre un color deslavadamente sombrío como la música y la actitud de revienta bocas que nos cargábamos. Así andábamos de arriba abajo, intentando no destacar más uno del otro. Ideas iban y venían mientras mirábamos chicas lindas de otros grupos, que nos permitíamos soñar con ellas. Aunque en realidad ellas se interesaban por los tipos más olvidables de ese sitio. El viejo Hassan y el joven Rodrigo. Uno alto y estúpido, el otro más alto e igual de estúpido.
-sabes una cosa hermano? Comencé a preguntarle a ese adolescente de cabello rizado que miraba distraído una faena de dos novios en una de las bancas cercanas a la nuestra.
-qué pasa? Devolvió la idea sin despegar la mirada vidriosa del espectáculo humano.
-creo que estamos tremendamente solos aquí, que al pinche dios o quien quiera que nos vigile le venimos valiendo un pito. Sentencie con ánimos de ofender a un par de sonsos que nos escuchaban con el rabillo de sus oídos puros y virginales.
-tú crees? No varió un ápice su tono.
-a huelvor, o de que otra forma te explicas que blasfemamos día a día y seguimos aquí. No te ha castigado dios o sí? Dije mientras entrecerraba los ojos en una actitud de filósofo pasado por años de estudio anacoreta.
-contará lo del viejo? Me la reviró como si el talmud mental que él poseía fuese más antiguo y más fregón que el mío.
-no, tu abuelo no cuenta. A menos que el señor anticipe todo y le incitara a beber desde chavo para castigar a su futuro nieto renegador de historias divinas, asiduo fan de la pornografía y la música heavy metal. En todo caso ese Dios es cabrón, porque anticipo que existiría el heavy de Megadeth.
-no, pues sí, te cabe todita la razón en esa bocaza… hablo con su doble sentido, como solía hacer cada dos por tres para agarrarme en curva.
-andas. Además no decías que el don ya tenía pedos desde antes?
-seh, mi jefa decía que no pasaba el mes. Volvió a profetizar como si su señora madre tuviese la razón absoluta por encima de todos los conocimientos humanos y los celestiales.
Así eran nuestras platicas por aquel entonces, insulsas y aderezadas de obscenidades y retahílas de televisión basura que consumíamos como si fuera el néctar necesario para crecer; sin embargo en el fondo dejaban al descubierto nuestros temores y la necesidad de encontrar una sola cosa que pudiera mostrarnos el camino. Todo cambio una mañana después de un periodo de vacaciones corto. Llego ella, la vimos apenas entrar al salón blanco, aquellos ojos terriblemente verdes y su cabello del color de los sueños. Habló primero con él, siempre era así. Y ahí comenzó el acabose de nuestra amistad, nos volvimos el uno contra el otro y caímos de la gracia de nuestro propio universo. Se llamaba Luisa.
Esto parece una trama de una novela de CCS verdad?
La verdad es que ella se integró con nosotros. Le gusto nuestra onda de sufridos por el mundo al que habíamos venido a parar, pero  sobre todo le gusto que Hassan fuese un soñador y yo un auténtico valemadrista de tiempo completo. Ella amaba los modales de caballerito refinado del siglo XIX de Hassan (sólo visibles cuando había gente presente), y le gustaba ver como yo escupía las flemas hasta la banqueta de enfrente cuando desayunábamos por las mañanas entre la primera clase y la segunda. Nos amaba a los dos por igual sin lograr articular la oración misma cada día que nos veía. Luisa se mantuvo junto a nosotros durante ese par de meses en que la amistad con Hassan se hizo hermandad. Ellos venían a casa o yo iba a la de ellos, nos frecuentábamos para escuchar rock, para ver televisión basura o para reír con las pendejadas de uno y otro. También nos gustaba escuchar a Luisa declamar poesía, no siempre con atino y no siempre con la voz perfecta, pero en cada trozo de cuerda vocal que perdía al hacer esa voz pastosa, nos enchinaba la piel y nos dejaba ver ese mundo que ella amaba. Nos enseñó el realismo sucio. Llegamos por ella a Bukowski, a Fante, a Carver y Ford. De su voz y arte nos encamino hacia Ellis y su inseparable cocaína. Y luego nos refundió en el coco el cataclismo emocional de las letras y las figuras de Unamuno, Sartre, Nietzsche y Kierkegaard. En sólo 2 meses ella abrió nuestras mentes, algo que ni toda la televisión en nuestra infancia de 17 años, había logrado. Sin embargo, la irrupción de esos autores en mi cerebro algo rompió, comencé a alejarme de Luisa y Hassan y ellos de mí. Cada día me encerraba más y más en un mundo propio de pesadillas literarias donde los errores ortográficos acechaban en cada esquina obscura. Ellos se enamoraron. Hassan y Luisa encontraron su propio consuelo al notar que yo me daba por vencido y odiaba más y más al mundo, con ellos incluidos. Los odiaba por sucumbir a las simplicidades de una relación amorosa que les significaba dejarme fuera.
Hassan me encontró una tarde en que regresaba de la parte posterior de la escuela donde me reunía con un grupo variopinto a dejarnos morir por la no acción.
-faltaste con Garmendia. Dijo seco, sin saludar primero o hacer una de sus acostumbradas bromas.
-y? no me apetecía hablar en demasía por aquel entonces.
-ya te reprobó. Lo dejó caer como una bomba atómica sobre una ciudad costera.
-una menos supongo. No podía sino importarme menos lo que un papel dijese acerca de mis conocimientos. Para mí en aquel entonces la vida valía menos que un condenado número.
Le deje allí plantado como si no existiera nada más. Me marche con el entrecejo marcado al igual que aquel que poseía mi padre en aquella foto vieja, el que a diario mostraba para nosotros. Para mi madre y para mí.
A Hassan lo perdí de vista un par de días que duré encerrado en mi propia prisión. 3 x 1.5 metros era todo lo que necesitaba. Corridas las cortinas y sin un foco que proveyera luz. Espere y espere a que el súper hombre hiciera acto de presencia en las lecturas de Nietzsche, y  realmente apareció como cada que se le necesitaba en verdad. Pero no llego solo, lo hizo acompañado en su forma física de la cara regordeta y sus ojos verdes color yerbabuena de Luisa. Mi madre la dejo entrar y se sentó en la orilla de mi cama. Reconocí su silueta, su calor emanando del culo gordo y la voz sensual que electrizaba cada poro de mi piel.
-por qué no has ido a la escuela?  Habla tímidamente, casi siseando cada letra.
-estoy triste.
-triste? Tú, triste? Alza sólo un poco la voz, lo suficiente para que todos en la condenada colonia se dieran cuenta de que estaba deprimido, el gran idiota carcomido por sus demonios internos.
-me…duele.
-tú lo que tienes es envidia! Te chinga lo mío y de Hassan. Cada palabra más venenosa, cargada de ira y desprecio porque era un inútil, un vago y un mantenido que me pasaba los días mirando el techo de mi habitación en espera de que se me pasará el enojo con dios o con lo que yo creía que era dios.
-me vale pito a quien se chingue Hassan.
-así que ya soy quién? Esbozó una sonrisa triste, patética, con su aliento sabor mentitas y sus labios rosa pálido con aquel lunar en la comisura del lado izquierdo.
-perdón. No… lo quise decir.
-no, no. Eso es bueno, que lo sueltes todo, que te saques todo ese rencor de pinche niño mimado. Crece pendejo! Podía y quería seguir teniéndola para mi solo, instantes más. Pero no iba a durar, en realidad nunca duraba nada y todo estaba condenado a perecer, a desaparecer no importando cuanto deseara lo contrario.
Siguió hablando, siguió diciéndome todas aquellas verdades que yo deje de escuchar. Me volví de cara a la pared y me hundí en el sopor de los días pasados, aparecía ante mí la boca de Luisa hablando ya no con esa voz de poetiza, sino con su voz de niña de 17 años que amaba a un tipo divertido y odiaba a su mejor amigo por ser un perdedor.
***
Abrí los ojos. Realmente salí del reino de ningún sitio, era mi primer viaje con marihuana. A los lados había un par de adictos que seguían pasándose el churro mojado por sus salivas adolescentes mientras los rayos del sol barrían todo a nuestro alrededor, el sol que mandaba a la jodida a las nubes, que calentaba nuestros cuerpos y las sillas viejas que se hallaban dejadas para morir al pleno. Destartaladas, viejas, mohosas, llenas de telarañas con arañas viejas y jóvenes con cuerpos calientes y un humor de la fregada. Ropa vieja y rota que algún buen samaritano había olvidado o alguna chiquilla de la colonia había perdido  al ser violada por los transeúntes de la mañana y la noche. La muñeca vieja que había utilizado una profesora hace años para enseñar las maniobras de resucitación, que ahora era amante de vagabundos y drogadictos que la amaban en verdad. Insectos y agua podrida residual de días interminables bajo la gotera de ese tinaco del edificio principal. Pensé en Hassan y Luisa. En realidad apenas los había visto, había  reído con ellos y  me habían presentado a una compañera de Luisa de las clases de francés. Una chica guapa, de pelo ensortijado y rubio, de rostro afable y con una voz muy bajita. Le guste, o eso dijo Luisa, dijo que le había gustado mi humor soez. Pero ahora únicamente oía la gotera golpeando el rígido plástico de la durmiente eterna. Olía de nueva cuenta la hierba que se quemaba envuelta en el papel arroz que me había puesto en las manos el compa Salomé. Éste sonreía hacia la nada con los ojos vidriosos y la risa perdida en alguna partícula apenas visible. Logre enderezarme y poner el cuerpo adelante, nadie reparo en mi acción, todos se hallaban perdidos en contar el humo que escapaba mientras quemaba el sol la frente desprovista de pelo de Salomé. Con una sonrisa idiota de mi parte me despedí de él y este atino a sonreír estúpidamente. Llegue a la puerta del edificio donde solía vivir por aquel entonces y encontré a Hassan, me hablo con rapidez juntando mucho las palabras o eso me parecía. Era solido todo lo que me decía y yo no podía  mirar sus ojos.
-qué? Fue mi respuesta a todo su discurso. Al parecer había reprobado otra materia y ya no tenía derecho a pasar al siguiente año.
Me miro extrañado y comprendió que por más que dijera y hablara sus palabras no llegaban a mi cerebro. Me dio una de esas sonrisas torcidas y se despidió. Perdí el año, perdí a mis amigos y me perdí a mí. Fue la última vez que vi a Hassan en 17 años.
                                                                      ****
-Rodrigo? Alguien me tocó el hombro mientras la voz me llegaba apenas fracciones de segundo tarde.
Parpadee, porque lo conocía, lo había visto hacía años y había sido alguien importante, pero en realidad aquello tenía muy poco de particular, a lo largo de los años había ganado y perdido amistades como el sol salía cada mañana, sin embargo alcance a barajear una amplia gama de nombres en mi cerebro y las letras se aflojaron por mi garganta.
-Hassan? Cómo has estado viejo? Sonreí. Al tiempo que nos dábamos un abrazo cauteloso.
-bien, bien; mucho tiempo sin verte. Sonrió, su boca era idéntica pese a que habían pasado muchos años y kilos entre ambos. Estábamos allí de pie frente a un edificio de apartamentos a menos de 15 minutos de la colonia donde ambos solíamos rondar, mientras el clima lo permitiese, sobre todo que no apareciera el humor jodido de su hermano y su clan de matones hijos de perra.
-sí, muchos… Qué andas haciendo por acá? Aún seguía en estado de shock, no solo por verle, sino porque me acordaba de su nombre, el rey de los desmemoriados recordaba algo.
-pues de regreso al barrio. Anduve unos años por Durango, pero ya necesitaba mi dosis de smog.
-que chido. Vas a vivir en tu vieja casa?
-no, la vieja vendió hace como 10 años. Estoy rentando allá por donde estaba el videoclub.
-con el Palomino? Torcí un poco el gesto al decir el nombre, el viejo palomino era un tipo loco, jodidamente enfermo que gustaba torturar adolescentes con su sequito de matones y violadores en potencia, pese a que no lo recordaba del todo, a menudo su rostro floto en mis recuerdos como esos viejos programas de televisión, como toda aquella mierda que en algún momento creí había quedado enterrada y sin opción para volver a aparecer en vida.
-con ese mero.
-órale… y de que la giras?
-pues de esto y lo otro, aunque principalmente de maestro. De hecho ahorita estoy esperando a que me hablen de una chamba. Y tú?
-igual, de maestro. La coincidencia me choco, creía que, de toda una generación de pobres diablos y alcohólicos empedernidos, yo había logrado salir del atolladero; me asumía como la voz cantante de una bola de desgraciados intelectuales que trabajaban de sol a sol y bebían cuando este había desaparecido, acariciando los abultados vientres de sus esposas, cubriendo las miserias de sus hijos quienes, continuarían el linaje familiar de morir en una fosa en algún panteón lleno de mierda.
-te cae?
-sí, increíblemente me toco fletarme con estas nuevas generaciones de chamacos.
-ah que chingón. Oye pues hay que vernos no. Le entras al piste?
-como no, que te parece el sábado allá con el gordo Hernández? Le siguió la tradición a su jefe y ahora el maneja el bar. Sonreí mientras hacia remembranza de lo que era el gordo y su familia.
-va que va. Como a las 7? Dijo.
Sábado. Regreso a casa. Me bañé, me puse ropa cómoda y salí al viejo bar de los Hernández, en si el local se llamaba “el apagón”, pero conocía al gordo desde la secundaria y a su papa desde la universidad, jamás le había llamado por su nombre al lugar. Dieron las 7:15 de la noche y apareció Hassan. Se acercó y le pedí una cerveza. Hablamos como si fuese 1999 otra vez de cientos de mierdas sin importancia. De cosas que a nadie le importaban más que a nosotros. Ya no éramos los mismos, sin embargo la conversación fluía como la cerveza de barril que nos esforzábamos por retener en la vejiga.
-y no has visto a nadie? Pregunte para llegar a la verdadera pregunta que tenía en mente desde el instante mismo que me saludo.
-pues no, hace tiempo, hará como 12 años vi al Enrique y a Pichardo, pero hace mucho. Dijo mientras se rascaba con el borde del tarro. Y tú?
-no, pese a que no me he ido, no he visto a nadie. Al menos no a nadie que yo me acuerde. Como no había mencionado nada de mi interés decidí apostarme el todo. Qué habrá sido de Luisa?
-Luisa, Luisa?… pfff hace años que no pienso en ella. Quien sabe… qué habrá sido de la flaquita?
-fue tu novia no? Me mostré indiferente, tratando de hacerle recordar algo, mientras le daba un trago poderoso a la cerveza.
-mía? No, no manches, era tu novia. Me dijo seguro y viéndome entre extrañado y circunspecto. Como queriendo descubrir la trampa.
-jajaja no te hagas, fue tu novia.
-no carnal. No sé si me quieres tomar el pelo, pero Luisa anduvo contigo desde tercero hasta como por quinto. Fue cuando me reprobó Salomé. Te acuerdas? El viejo de física que no me tragaba. Dijo sonriendo mientras sorbía un trago del tarro.
-no, no; acuérdate…yo reprobé el año que tú y Luisa anduvieron. Y luego…me interrumpió
-no. El que reprobó fui yo, fue cuando me quede viviendo un tiempo allá con mi primo de la 201 y me daba flojera venir hasta acá. Tú anduviste con Luisa ese tiempo. Yo andaba bien deprimido. Y fue cuando mande al tubo la escuela.
-de su puta madre… solté lento. Pinche mariguana me fregó el cerebro.
-a poco? Zas! Me acuerdo que en la escuela te trate de enviciar…y perdón por eso… pero nunca le entraste.
-cómo?  La perplejidad se adueñó  de mi cabeza.
-si guey, era re atascadote por aquel entonces, y te quería hacer caer conmigo pero la Luisa me puso un hasta aquí y me dijo que dejara de chingar. Ahora fui yo quien lo interrumpí.
-pero no, no me acuerdo que fuese así…
-si caramba, un día llego bien enchilada a mi casa la flaca, y me dijo algo así de que yo te tenía envidia y quien sabe que mamadas más. 
-no, no manches… pero… no es posible, eso me paso a mi… la nube amenazaba con desquebrajarse, con hacerse añicos.
-bueno, al menos eso fue lo que me reclamo ella.
-pero… no, estoy seguro que no es la misma. Dije seguro, él hablaba de una flaquita y yo la recordaba gorda, no sobrehumanamente, sino con carne autentica, de esas mujercitas que te conquistan con el corazón y la mirada sin importar siquiera que es lo que decora el marco.
-pues yo solo conocí a una Luisa, y  uno como tu viejo. Razonó mientras daba el último sorbo a su cerveza. Sale la otra o te tienes que ir? Me pregunto mientras se encaminaba al baño.
-sí, sí. Oye gordo ponme otra igual por favor. Le pedí al tipo que ya se acercaba con su trapo, para limpiar los bordes marcados por los tarros en las mesas de madera vieja, las que crujían amenazadoramente cada que depositaba uno con fuerza el tarro o el envase en su superficie.
-estas seguro? A tu vieja no le gusta que bebas tanto cabrón.
-qué? Pregunte distraído, mientras repasaba mentalmente todo lo que me había dicho Hassan.
-si guey, acuérdate que a Luisa no le gusta que…
-que!? Pero… yo no… no tengo… Luisa?
-tu vieja…no te hagas el pendejo y ya mejor no chupes. Dijo ya con cara de resignación y enojo.
-pero cuál Luisa? De qué chingados hablas gordo?
-acuérdate guey de la última vez que te pusiste bien jarra, te paraste a gritarle a medio mundo que eras él no sé qué y él no sé cuánto. Tuvo que venir Luisa para bajarte de la mesa, porque la neta ya le iba a hablar a los cuicos para que te chingaran por pinche escandaloso y borracho. Y ya deja de estar chingando, ahorita le digo a Susi que te traiga un café bien cargado.
Volvió Hassan limpiándose las manos en el frente del pantalón de mezclilla.
-pfff ya descansé… oye mano, mira no era mi intención confundirte, pero créeme que es neta cuando te digo que Luisa fue tu novia, y que en la prepa yo era un completo desmadre. Le di otro trago a la cerveza tras su aclaración. Mientras el espejo situado frente a la barra y la mesa, me señalaba el sitio vacío que debía ocupar ese muchacho de cabello rizado que en algún punto de Durango murió hace apenas unos meses.

SR Octubre 2013

lunes, 7 de noviembre de 2016

Cojera

Cojera
 
Un paso pum, pum, pum; otro paso pum, pum, pum; otro y el eco que creyó iba a encontrar cuando ingresara al salón, fue opacado por un sinnúmero de risas contagiosas, llenas de vitalidad, música y gritos de alegría disfrazada en alguna de las mesas. Cierra la puerta con el pequeño gancho que impide que la realidad aterrice en los de adentro.  Se desplaza con la misma dificultad que un recién nacido, y finalmente así lo cree, que ha renacido; luego del accidente, cualquier día que logré ver la luz del sol es un día extra. Saluda con una pequeña inclinación de cabeza al viejo de traje negro y sombrero vaquero deslavado por el uso y el tiempo mismo. Una tos incesante sale de la garganta del viejo, el pañuelo de seda fina cubre de su malestar crónico al resto de los parroquianos. El cojo se aproxima  a la barra cuando ve al resto, un par de chicas jóvenes en la mesa más próxima, el viejo a la izquierda, una pareja muy joven en el centro de todo y en el rincón más apartado dos sujetos de apariencia foránea. El ruido de la parte trasera se le escapa, quisiera poder tener ambas piernas para ir a silenciarlos, malditos escuincles, que no respetaban el dolor de su propio andar. Pum, pum, pum.
 
Pide la bebida a la mujer de cojera interminable, los aretes y las joyas de las manos a juego, bisutería fina que alguna vez le regalase un amante, o el esposo ausente. Alguien le da una palmada en el hombro/lomo, se oye la voz del incombustible pipero. Su playera roja que abulta el vientre y las tetillas, la mochila montada y los zapatos de suela de goma que rechinan en el piso de color indeterminado. Sonríe el cojo, la mujer aproxima el trago, el recién llegado levanta un dedo a la mujer, en una pequeña fracción de tiempo que parece contenida en ese mísero rincón de la existencia, donde todos tienen un pequeño papel a desarrollar. De pronto la monotonía es rota por una tos seca, cargada de todos los males, pero hasta esa es parte de lo mismo, de la escena que se repite invariablemente todos los días, con el desgano imperturbable.
 
El hombre sin una pierna bebe, bebe el líquido blanco y espeso que el vaso o envase que le han puesto en frente contiene, apura un trago grande mientras las risas se suceden ininterrumpidamente debido a que alguien ha contado un chiste verde; irrumpen en el pequeño espacio un trio de albañiles, brazos gruesos, piel morena, los pelos tiesos por la mezcla de sudor y cemento. El de mayor jerarquía le pide tres tiros a la mujer madura de cabello rojo falso. Conforme se adentran en el local en búsqueda de una mesa impregnan el olor a sobaco, a colonia barata y aliento podrido. Alzan los tres las manos a diferente tiempo para saludar al viejo que inclina un poco el sombrero hacia el frente. Observan a la parejita acaramelada y mientras desfilan por el local, sus miradas se fijan en las piernas delgadas de la chica; la minifalda es corta y apenas cubre el final de la línea de aquellas veces que la joven usa short. El contraste de tonos les hace voltear una y otra vez tratando de adivinar el color de las bragas, y el olor del sexo juvenil. Al final observan a los tipos, nada que no hayan visto. Dan las buenas tardes y se sientan detrás de ellos, en una pequeña mesa que se oculta en la penumbra, lejos de los pequeños focos incandescentes que hay en la barra, en el altar a la virgen y en la antigua mesa de pool. La mesa cruje un poco cuando les depositan los tres tiros. Son las 5 de la tarde de un sábado.
Uno de los del fondo tiembla apenas un poco cuando trata de llevar el vaso hacia sí, el que lo acompaña no lo percibe, porque la mirada la tiene clavada en la adolescente de la mini; ambos cuentan un chiste verde y local, ríen de la misma manera falsa, no hay tanta amistad como pretenden creer, sin embargo, están allí, tratando de empinar el codo; dejando de lado los dolores diarios que la vida les depara. Uno es alto y delgado, el otro es chaparrón y grueso. Ninguno destaca fuera de estar allí, al parecer ajenos al resto. Pero al mismo tiempo, pertenecientes a un universo propio que se evapora como vaho pestilente hasta que alguien abra la puerta para salir o para entrar.
 
El bum, bum, bum resuena en los dos primeros pasos/brincos que da el hombre, luego se apagan con el sonido de un acordeón que sale de las bocinas cuadrafónicas. El cojo avanza rodeando mesas, piernas, mochilas, escupitajos disfrazados en el suelo de aserrín, y finalmente la mirada de unos cuantos curiosos. El baño se abre ante él de manera grotesca, con sus fauces inmensas decididas a tragarle, a escupirle en cuanto acabase con él, y sobre todo con el olor penetrante a meados que rompe las fosas nasales. El hielo en el urinal apenas acaba con el amoniaco depositado, nada cierra la peste, el olor se cuela hasta por debajo de la precorteza frontal. Es un sábado intenso y el hielo ha menguado fácilmente, no queda siquiera un bloque del tamaño de un jabón. Todo el líquido ámbar le hace flotar por encima de los agujeros, un pequeño plop, plop, plop le recuerda que debe mear más lejos de lo habitual si no quiere manchar el pantalón de pana negra. No lo logra a tiempo. Se sacude un par de veces, siempre cuidando no perder el equilibrio, toda una oda al contorsionismo, sujetarse la picha con una mano, la otra aferrada a la muleta que suple el espacio vacío donde solía estar su tibia, peroné, tobillo y pie. Todo se ha ido, todo se va. La otra muleta se recarga valientemente en una pared llena de grafitis, de firmas irreconocibles de autores perdidos en los tambos de hidromiel. Termina, cierra la bragueta y se trata de arrimar a la pared, donde empotrado el lavabo esta de mero adorno, hace meses no cae ni una gota de agua de este. Avanza de regreso hacía el alto taburete donde no importa que ahora no tenga una extremidad completa. Los tipos del fondo le brindan con el vaso, y el ladea la cabeza en forma cortes. El camino de regreso está adornado por los bum, bum, bum, apenas audibles de sus dos muletas.
 
El viejo escupe una nueva tanda de flemas, el pañuelo parece cargado, lo recarga en la mesa mientras sirve otro vaso del elixir blanco, en el jarro de barro que ha cargado desde casa. La cubeta esta por la mitad, contempla con desasosiego que no hay nadie con quien charlar, aunque cada vez le cuesta más contar cosas, o anécdotas de su época de sindico, de mayordomo, de caporal, de simple jornalero. El sombrero raído le escoce en la cabeza repleta de pelos blancos, pero no sabe de otra forma de vida, todo siempre ha sido así, momentos de placer acompañados de dolor y sentimientos de incomodidad. Pero siempre ha podido contar con el alcohol, la cerveza, el don Pedro, el brandy, el mezcal de anforita barata y plástica, y finalmente el pulque, lo único que ha retrasado su muerte un par de décadas. Ya todo parece igual, su vida se discurre entre sus visitas a la pulcata, la plática con algunos camaradas y el dormir. Parece que ya vive horas extras, así lo siente; su mujer, su compañera, la bendita Josefa se fue hace mucho, demasiados años, dos hijos también. Le sobreviven un par, no los ve, los nietos lo aborrecen. Ha enterrado tantos perros y camaradas que ya ni siquiera le vienen a la memoria sus nombres. Vuelve a escupir, flemas malditas que le corroen por dentro, que se niegan a matarle de una buena vez, que lo obligan a continuar vivo, a seguir aguantando el dolor. A disfrutar el pulque y las corridas de toros. Le brinda un vaso del néctar blanco a la virgen del altar adornado con luces de neón.
 
Se alejan del viejo que tose y tose, se alejan de las canciones iguales que salen de la rockola, nadie entiende porque el nombre si casi siempre toca puras cosas viejas, algunas veces los estudiantes ponen rock, pero es lo menos, la mayoría se decanta por el sonido de los boleros, rancheras y demás tonadas de otra época. Ellas se alejan en búsqueda de un rincón menos ruidoso, quieren hablar de la vida, su vida; del trabajo, de las cosas que les pasan, de sus sentimientos, de sus esposos e hijos. Y no pueden, les falta un poco de valor, cada 15 días acaban ahí, en la misma mesa, en la semi oscuridad intentando romper ese miedo que les impide lanzarse contra todos. No solo en una revancha, sino en una auténtica liberación. Donde lo más importante sean ellas. Pero ahora siguen encerradas en sus propios temores, ni los dos vasos de pulque les han puesto el humor necesario, ni esperan que suceda. Les gusta el espíritu platónico de su relación. Ellas solo están alejándose un poco del viejo, de su tos crónica que amenaza con empujarles en cualquier momento un pedazo de pulmón o algo más. Se esconden nuevamente en espera de un movimiento, una señal, un simple cambio en las circunstancias que les permita pertenecerse de verdad. A la vista de todos. El viejo vuelve a toser y los pensamientos de ambas, se obnubilan por un momento, algo que les vuelve a traer al presente, que aleja de su cerebro la idea. Que las vuelve a sumir en la infelicidad.
 
El tipo alto y delgado del fondo se encamina a la barra, lleva dos vasos. Trata de parecer más ecuánime de lo que en realidad es. Tiene roto el corazón.
 
Verano 2016