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Santiago bebía en la vieja cantina. Lo hacía igual que tantos años atrás lo hiciera su abuelo, otro tanto su padre y tanto menos su hermano Mario. Ron con coca y una rodaja de limón; 2 hielos y apenas una insinuación de agua carbonatada. Las canciones rebotaban en su amplia espalda cubierta de una chamarra beige de pluma de ganso, un regalo. Pareciese que exagero, pero no lo es, el termostato de esa cueva se ha estropeado meses atrás y Don Tiburcio se niega a repararle. Santiago apura el trago, casi a la mitad, mientras cierra los ojos al paladear el sabor de la cuba. La canción le hiere los tímpanos con su intercambio de notas en la tuba, pero no deja de escuchar todo lo que puede la historia del hombre que está sentado en el banco de la derecha. Éste viste sencillo, un vaquero de los nuevos tiempos. Con barba de varios días y los ojos rojos de llevar bebiendo un par de noches. Sobresale un poco por la texana que usa adornada con un pequeño cintillo brillante, el cual refleja incesantemente los rayos de las lámparas, dotando de luces diminutas que asemejan las estrellas de aquella noche fría.
Es más joven que Santiago, tal vez 3 o 4 años, su voz es aterciopelada y recarga un poco la última silaba de cada una. Santiago le da una o dos miradas cada que el otro sonríe. No es una dentadura perfecta, pero algo en la risa y mueca de invencibilidad lo vuelve un hombre poderoso ante los ojos de los demás. Santiago deposita la cuba en el diminuto espacio que queda entre su mano izquierda y el borde de la mesa metálica de carta blanca.
El hombre extiende su celular hacia Santiago, una foto de una mujer hermosa, sonrisa perfecta y senos jugosos le sonríe estáticamente desde la pantalla. Es guapa ¿verdad? El hombre se ufana más, deja de sonreír sólo un poco y se lleva la cerveza a los labios. El trago es largo, casi vacía la mitad de un solo movimiento. se va a llamar Gustavo. Creo que así debiera llamarse por su padre. Vuelve a sonreír y Santiago le pregunta por los otros. No lo sé, razona, tengo mucho que hacer aún.
La música que inunda el local, reverbera en las 2 pequeñas barras de plástico recubierto de una falsa madera, se confrontan con una distancia de ocho mesas cuadrangulares. Las paredes tienen pequeños recortes del equipo de béisbol de la ciudad grande. Algunos tienen más de 80 años y están enmarcados. El padre del actual viejo que manipula la registradora y los tickets para el estacionamiento, lo inicio con un pequeño barril de pulque y una tabla sobre este. La estrella azul en el centro del local esta tapizada de cientos o miles de historias de pasados, futuros y acciones que atestiguan los ires y venires de cada una. Dos ángeles despostillados en el rincón contiguo a la máquina de música sonríen estúpidamente a todos aquellos que recorren la antigua alfombra que en otros tiempos fuera del palacio municipal. Rota y remendada con la misma presteza de un boxeador tratando de coger mariposas. Botellas de whisky vacías, al lado de ceniceros que años atrás estarían en cada una de las mesas, las mismas que acunaron a cientos de hijos que buscaban afanosamente llevar de regreso al padre, u ocasionalmente a la madre, sin poderlo hacer. Ahí pasó, como ya dije antes, el padre de Santiago el trago amargo de la muerte de su segunda esposa; ahí conoció a su compadre Arturo, el chico que trabajaba en la florería, aquel joven de mirada pétrea que llego a debutar en el máximo circuito. Allí se gestó una encarnada batalla entre dos hombres que aseguraban ser el verdadero amor de la Señora Ordoñez, la viuda del máximo charro del Estado. En cada esquina alguien orinó o escupió ante el beneplácito de los parroquianos que sonreían beatíficamente tras balbucear un “usted dele amigo”. Santiago observa al hombre y asiente nuevamente mientras la efigie del santo niño de Atocha se halla encapsulada para la posterioridad en plata del Mineral de Fresnillo.
-¡Voy a engendrar 45 bastardos! No me importa si no llevan mi nombre, mi apellido o mi jodida cara. ¡No los pienso conocer y no sé qué será de esas viejas! El número me lo dio el doctor. Me fui a operar para que mi gorda ya no encargara, pero no quiero dejar de tirar mis chamacos. Sólo tengo 45 disparos hasta que dejen de salir esos cabrones, no pienso desperdiciar en condones o en mi vieja. ¡Al cuerno! ¡Le voy a atinar a toda la que se me cruce, hasta quedar seco e inútil como el perro! ¡Luego esperar a que venga la jodida para que todo se vaya al cuerno! Llevo 8, sé que están preñadas porque a las 8 las he visto; 2 ya están cerca de parir, las otras andan cerca. ¡Un par se tuvieron que casar con pendejos! ¡La vida es culera y más vale aprenderlo desde chico!
Termina su perorata dándole el ultimo sorbo a la cerveza. Santiago solo atina a afirmar con la cabeza, luego le da un trago a la bebida, mientras no puede evitar pensar en la loma pelada que debe desmontar para comenzar a sembrar en cuanto baje el frio.
SR Diciembre 2015.