miércoles, 8 de septiembre de 2021

Don Arturo

 

-Conoces la ironía? La jodida ironía…

Así empezaban las historias de Don Arturo. Casi siempre lo encontrábamos sentado en las escaleras del edificio, un viejo chismoso de aquellos. Pero qué otra cosa podía distraerle si no podía trabajar, ya no. Pero esa historia le encantaba contarla, le gustaba presumir que por ser quien fue, ahora ya no podía trabajar. Tampoco era por sentir lastima por el viejo, pero de tantas veces que la había contado, al menos aquella parte, porque todas eran parte de una misma historia, larguísima como la vida de aquel que se deleitaba frente a un público. Que no pocas veces había hecho variaciones, mucho más exageradas, pero con la misma fuerza del relato que hilaba. Tampoco era que nos desagradara, por el contrario no pocas veces nos habíamos sorprendido recordado mejor los pasajes de la vida de Don Arturo que nuestras propias vivencias.

-Tuve mucho dinero…
-y todo lo perdí… continuaba la voz de cualquiera del edificio, logrando con ello que el viejo se llenara de orgullo, para él significaba que su vida era tan importante que podía estar presente en la vida de todos los espectadores.
-y en efecto, como dijo Carlos, todo lo perdí por culpa de la ironía.

Había nacido en algún punto de la capital, tanto tiempo atrás que lo único que podía recordar es que todo era mejor. Mi padre ya lo había conocido como Don Arturo cuando llegamos al edificio, sin hijos o parientes que lo reclamaran seguido, para todos era el clásico solterón que se había quedado cuidando a su madre. Aunque la señora murió, según sus propios relatos, cuando él tenía como 18 años, dejándolo millonario. Nunca fue de escuela, decía que la calle le había enseñado muchas cosas, más de las que podía experimentar cualquiera en tres o cuatro vidas. Nadie sabía nada de este hombre fuera de lo que el mismo había contado.  Debía tener casi 80 años, y representaba cada uno de ellos en aquella mano rugosa. El vacío se adueñaba de la izquierda, donde debía haber un brazo larguirucho y blanquecino había aire, la nada que seguía a sus camisas y suéteres, nadie se podía explicar cómo hacía para planchar, lavar, cocinar con una sola mano a una edad tan avanzada, aun así podía hacerlo sin pedir ayuda, sin mayores aspavientos y cuando alguien lo interrogaba por aquello, simplemente omitía la pregunta y seguía contando como era que había perdido aquella extremidad por culpa de la ironía.

Perdí de la manera más imbécil, y miren que decirlo así de fácil no es modestia. A veces cuando más crees tener, es que en realidad sólo es una fracción de todo lo que puedes abarcar. No nos sorprendía que quisiera meter moralejas en sus relatos, estábamos acostumbrados desde niños todos aquellos que nos reuníamos a los pies de la escalera, bebíamos unas cervezas, quizás platicábamos de futbol, quizás teníamos alguna información sobre lo que acontecía en el barrio, pero siempre estaba ahí llevando la voz cantante el viejo Don Arturo. De piel cerosa y con tantas arrugas en la frente que parecían una calca exacta de las calles que durante muchísimos años habíamos recorrido y las habíamos convertido en nuestras, aunque en realidad creo que únicamente le pertenecían a aquel octogenario de voz rasposa.

Todas las mañanas era la misma rutina, ya fuese que estuviésemos camino a la escuela, o a nuestros trabajos cerca de la misma casa, pero el viejo aparecía con la misma prenda, en apariencia, hasta que llegaba el cambio de temperatura. Me saludaba con un ademan de la cabeza o con un efusivo: ya a---? Y sin esperar respuesta continuaba su camino en completa calma, como aquellos que conocen los secretos del universo. Y así había sido los últimos 32 años, al menos hasta donde podía recordar, mi madre había muerto, mi padre había muerto, mis hermanos se habían ido y el viejo Don Arturo seguía con su rutina, con su andar despreocupado, como si tuviese ambos brazos. Pero realmente no parecía que le faltase nada.

Que si hay una idea detrás de todo esto? Claro, el viejo contaba la historia una y otra vez, como un sinfín de aventuras que llegaban al clímax cuando un balazo le había destruido el brazo. Duró casi 2 meses debatiéndose entre la vida y la muerte, los hombres que le habían dado por muerto nunca volvieron, quizás porque todo era una mentira, tan grande como el anciano, quizás habían vuelto y formaban parte de aquellas mentiras que nos contaba tan amenamente. Su mansión, las tierras en Sinaloa, el caballo pura sangre comprado a un jeque. La vida recia que había logrado sortear cuando apenas tenía 30 y pico, cuando aún no existía nada de lo que yo conocía, ni siquiera mi padre había visto todo aquello que aquel hombre presumía haber poseído. Pero en realidad no nos importaba, porque nos gustaba escuchar todas las peripecias de un hombre que era un fantasma. Don Arturo aceleraba las cosas y siempre  detenía la historia cuando piso por primera vez aquel departamento minúsculo enclavado en una zona que con los años se había convertido en una ratonera.

-El brazo lo perdí por creerme mejor que mi subalterno. He ahí la ironía, siempre habrá alguien más arriba, más chingón, más ambicioso. Te crees que todo empieza y todo acaba contigo, y descubres que en realidad apenas conoces una pequeña porción de la mierda que existe en el mundo. Un disparo certero me regreso a la realidad y me enseño la lección más importante hasta ese momento, la siguiente me ha costado aprenderla casi 50 años. Todo es jodidamente efímero y el destino, y el futuro son cosas aleatorias. Nadie escapa de ellas.

En aquello se equivocaba el viejo Don Arturo, porque los días seguían sucediendo, las noches llegando, las hormigas trabajando bajo el rayo del sol, la muerte viniendo por todos los demás, pero el viejo parecía que había sido olvidado por ella, como lo había sido por sus enemigos. Unos se iban, pero inmediatamente su lugar era ocupado por alguien más joven, quizás más ambicioso, pero que estaba decididamente ansioso por demostrar que el viejo se equivocaba, con tanta o tan mala suerte que pocas veces podían demostrarlo, porque bien caían muy jóvenes o se dejaban absorber por todo aquello que significaba el mundo.

-extraña su brazo? Le dije mientras estiraba mi mano hacia el paquete de cervezas que tenía a mis pies.
-casi nunca lo hago, sigue ahí, acechándome, y cuando me encuentre, sé que terminara todo, porque irremediablemente será síntoma de que están aquí por mí.

Abrí una cerveza. El viejo estiró su única mano y acepto aquella lata de color blanco, con vivos rojos. El sol caía a plomo, no había sombra de lluvia alguna.

SR Agosto 2020