La calle que no se calla nunca
Me trató de sentar en la orilla de la cama, ella ha tomado los billetes y monedas que estaban en la mesa, donde también descansaban mis plumas y demasiados papeles. Ni siquiera pude encender un cigarrillo cuando ella ya estaba acomodándose la ropa, se llamaba Celeste. No es guapa, no tiene todos sus dientes y creo que tiene un poco más de bigote que yo. Cuando sonríe sus dientes picados me saludan. Y sin embargo, realmente no importa; la conocí una tarde que esperaba al chico Rivaldo. Ahí de pie, le recuerdo con sus eternas zapatillas de tacón color blanco, arriba-abajo en una rítmica tonada que acompasaba la tarde en medio del infierno. Cruzamos miradas y luego la desviamos al tiempo que un taxi pasaba cargado. Enseguida un patrullero encendía la sirena y el barrio entero seguía atrapado por el olor a podrido. A canal de desagüe de la costa, y a la mierda de los humanos que flota tanto o menos como lo sea necesario, a unos 10 o 15 kilómetros por hora hacia el océano. Pocos ruidos que no fuese ya capaz de reconocer: por ahí suena la marimba de un viejo mecánico, luego los ruidos de la campanilla de los helados de Vicente, atrás se distingue el sonido de las teles, los pájaros, las chicharras, las ranas y los reptiles que se esconden entre los desperdicios del día. Ella de pie, con su falda roja, el pelo negro suelto y sus zapatillas de tacón color blanco.
Me siento aun en calzoncillos frente al televisor, menos de lo necesario pero lo suficientemente cerca como para reconocer una o dos figuras sin los lentes. La vista se va yendo y yo sigo aferrándome a un milagro imposible. Cojo una cerveza, tibia, así se disfruta la sórdida situación de comenzar a beber a las 8 de la mañana de una primavera más; la tercera para mí en este sitio. Un cuarto a punto de desvencijarse con el próximo huracán que se cuele por el oriente, la televisión llena de bulbos que descansa sobre una vieja mesa con rueditas que el casero se niega a romper. Es su casa finalmente, y así le gusta que se mantenga, viejo pijo. Luego viene la pequeña cocina donde mi refrigerador está lleno de cerveza y jamón serrano; la pintura de la cocina se descarapela siguiendo el ritmo de las olas, se viene en pedazos enormes sobre el resto de la habitación. El cuarto es diminuto, una pequeña mesa, la cama matrimonial y una silla es todo su mobiliario. El viejo lo cargo casi todo cuando se murió la anciana. Nunca ha vuelto a entrar aquí según me ha dicho, y yo le creo; está totalmente zafado. Prefiere vivir en un asilo a vivir en su propia casa. Es buen tipo, duro y algo estúpido, pero no es capaz de hacer jodideras. La cerveza sabe a mierda liquida. Lo sé, la he probado.
Suena el celular, tres o cuatro veces. Mensaje de algún pijo que quiere su droga. Cojo la bolsa de cáñamo y me calzó la bermuda más vieja que encuentro. Arriba una playera con el logo del partido político reinante y salgo hacia la calle, sucia y caliente como las mujeres que contrato. La avenida está llena de agujeros, hojas y meados que corren en completa libertad, lo más probable es que el tubo del drenaje se haya roto, o lo hayan destruido los cabrones morros de la colonia, sus madres estarán felices de saber que algo han aprendido. Ya no solo se meten a robar a las casas, ahora pueden ser expertos en demoler cosas útiles. Todo normal mientras corto camino hacia la dirección señalada, entro por la sotehuela de Graciano, con un poco menos de agilidad que antes, pero aun así la suficiente para brincar las tres cajas de refresco alineadas, sigo tomando atajos. Lo difícil es sortear a Baldomero. El perro de Julito, un mastín que come mejor que todos los demás canes de la colonia, se deja oír su bramido a cuando menos desde 2 casas. Él bufa terriblemente cuando reconoce mi aroma, es sexo, sudor y mierda condenado perro! Me afirmó para mí cuando logro franquear la última reja, y ahí a menos de 5 o 6 pasos está el hocico hirviente del cuadrúpedo, todo él es baba y dientes; podridos como todo lo que rodea este círculo infernal. De último momento tomo el palo que los chicos de Graciano cogen cuando se escapan en las noches para ver las putas del puente. Dos o tres varazos dirigidas hacia su dentadura lo hacen retroceder, enseñando diente y con la cola abajo hacia dios o sepa quién coños les rija la existencia.
Suena el celular, tres o cuatro veces. Mensaje de algún pijo que quiere su droga. Cojo la bolsa de cáñamo y me calzó la bermuda más vieja que encuentro. Arriba una playera con el logo del partido político reinante y salgo hacia la calle, sucia y caliente como las mujeres que contrato. La avenida está llena de agujeros, hojas y meados que corren en completa libertad, lo más probable es que el tubo del drenaje se haya roto, o lo hayan destruido los cabrones morros de la colonia, sus madres estarán felices de saber que algo han aprendido. Ya no solo se meten a robar a las casas, ahora pueden ser expertos en demoler cosas útiles. Todo normal mientras corto camino hacia la dirección señalada, entro por la sotehuela de Graciano, con un poco menos de agilidad que antes, pero aun así la suficiente para brincar las tres cajas de refresco alineadas, sigo tomando atajos. Lo difícil es sortear a Baldomero. El perro de Julito, un mastín que come mejor que todos los demás canes de la colonia, se deja oír su bramido a cuando menos desde 2 casas. Él bufa terriblemente cuando reconoce mi aroma, es sexo, sudor y mierda condenado perro! Me afirmó para mí cuando logro franquear la última reja, y ahí a menos de 5 o 6 pasos está el hocico hirviente del cuadrúpedo, todo él es baba y dientes; podridos como todo lo que rodea este círculo infernal. De último momento tomo el palo que los chicos de Graciano cogen cuando se escapan en las noches para ver las putas del puente. Dos o tres varazos dirigidas hacia su dentadura lo hacen retroceder, enseñando diente y con la cola abajo hacia dios o sepa quién coños les rija la existencia.
Calle segura tras la barda, en la contra esquina está el dispensario, ahí me espera Leo y Carlos, y muy probablemente también llegue en un par de horas la chica de Armenta. Bonita y muy estúpida, como le gustan a Armenta. No tiene aun 18, le faltarán un par de años para ello, pero ya está muy jodida, es adicta a la coca y fuma como tratando de que se le pudran los pulmones a la menor brevedad. No es para nada gracioso cuando se pone en plan pesado, alguna vez me tuve que despegar de su coño porque no apagaba el infernal cigarro y ya estaba mareado. Lo sé, soy marica, coño gratis es coño gratis. Pero aun así no soporto el condenado humo en el rostro. Luego la chica se acomodó la falda, se acabó el cigarro, cogió la droga de Armenta y puff! Aire y humo es todo lo que queda. Se acaba el ritmo, las olas rompen con fuerza en la orilla de esa condenada playa llena de mierda, botellas rotas, colillas y putas que se dejan embarazar antes de siquiera saber cómo es el verdadero océano. Llevo la cuenta de lo que me debe cada cual, Leo me debe 3 dosis, Carlos solo una, y Armenta… creo que aún no logro reponer lo que le debí de aquella vez que me fue a sacar de chirona.
Pero a él lo conocí antes, tenía menos de 2 meses aquí, seguía vendiendo todas esas mugres que mi recetario falso me permitía conseguir, a veces fallaban las cantidades, a veces me mostraba muy ansioso. Pero que esperaban esos bobos, eran las 2 de la mañana en un barrio pijo, y querían que tuviese un aspecto decente? Nunca, nunca desde que llegue volví a tener ese aspecto de antes, de cuando no era el “todo terreno”. Cuando únicamente era un sujeto que vivía en una casa, con una esposita y un niño de 8 años que no era mío. Cuando era el tipo que llegaba a dormir, a medio comer y luego otra vez a la friega del consultorio, a escuchar la risotada de los doctores, de los pacientes, de las enfermeras que abrían el coño apenas salías del otro coño de otra enfermera. Todas querían amarrar un doctor, dejarse embarazar y luego sacar hasta el último centavo tras divorciarse porque comprobaban que andabas con otra enfermera. Así era mi condenada vida. Probablemente exagere, se me da bien hacerlo.
Pero a él lo conocí antes, tenía menos de 2 meses aquí, seguía vendiendo todas esas mugres que mi recetario falso me permitía conseguir, a veces fallaban las cantidades, a veces me mostraba muy ansioso. Pero que esperaban esos bobos, eran las 2 de la mañana en un barrio pijo, y querían que tuviese un aspecto decente? Nunca, nunca desde que llegue volví a tener ese aspecto de antes, de cuando no era el “todo terreno”. Cuando únicamente era un sujeto que vivía en una casa, con una esposita y un niño de 8 años que no era mío. Cuando era el tipo que llegaba a dormir, a medio comer y luego otra vez a la friega del consultorio, a escuchar la risotada de los doctores, de los pacientes, de las enfermeras que abrían el coño apenas salías del otro coño de otra enfermera. Todas querían amarrar un doctor, dejarse embarazar y luego sacar hasta el último centavo tras divorciarse porque comprobaban que andabas con otra enfermera. Así era mi condenada vida. Probablemente exagere, se me da bien hacerlo.
El ciclo eterno que me destrozaba los nervios. Y luego? Un simposio sobre idioteces que no curan nada, pero alivian las horas perdidas en un inmenso auditorio con tequila, cerveza, ron, lo que fuese era bueno para desaparecer las ideas, para contener el torrente de conocimiento que has ido acumulando por años. Por décadas inclusive. Son las 3 am, te sales de tu habitación, el resto del hotel duerme, tus compañeros duermen la borrachera, pero voy totalmente consiente de lo que voy a hacer.
Me subo al taxi y le digo que me lleve a la central. A medio camino te desdices y le pides que te lleve a un congal, de esos luminosos con sillas de fiesta y ambiente de muerte. Se sonríe el tipo con una cara de repulsión y odio, porque preferiría estar durmiendo antes que andar paseando a un pinche güero por las calles apagadas. Llegamos, no se ve un alma, el barrio es una tumba abierta con cientos de cadáveres, a juzgar por el olor; igual que toda la ciudad huele a estanque podrido, a mierda estacionada en el tiempo. Dos puertas de madera picadas por el salitre, una luz de neón rojo y verde, tres chicas que medio bailan, medio se caen de borrachas y sueño en lo que supongo que es la pista, elevada apenas lo suficiente para que el tipo del fondo del lugar les vea la coronilla. Igual ni es necesario que las vea, igual y comprende que es su hija, su esposa o hasta su madre. No me sorprendería nada.
Pido cerveza, pido otra cerveza, pido más cerveza y luego ya no queda dinero, la chica que la trae se cobra a lo bravo, desaparece mi cartera, el celular, mi reloj, mi poca dignidad es aterida cuando aterrizo de hocico en pleno agujero en la calle sin pavimentar. No hay más ruido que las tres o cuatro putas que se ríen desde el interior del lugar donde me han robado. Camino un poco a la deriva, debe ser tarde pero no lo suficiente como para que amanezca, y aun así el calor es una mierda, debíamos de estar a 25 o más. Jodidas primaveras en sitios así, todo se pudre antes de siquiera disfrutarlo. Oigo a lo lejos el ruido de un millón de toneladas arrastradas rio arriba, sudando aceite y cargada de mierda. Percibo su vibración tan cerca que puedo confundirlo con el latir de mi cerebro, aun así me embeleso porque hace años que no escucho el tren, hace años que no escucho su pitido en medio de una ciudad.
Y ahí cuando menos lo espero suena, duro, anunciando a algún ebrio que se quite de las vías o se lo carga la chingada, lo veo a menos de 300 metros; es un hijo de perra largo, que seguramente viene del sur, de la frontera, cargando cientos de pendejos que quieren llegar a un mejor lado sin saber que no hay mejor lado, que todo está igual de condenado. Tres o cuatro me miran y su risa es macabra, tan llena de odio por este mundo como lo puede estar alguien que lleva viajando quien sabe cuántos días por infinidad de tramos, eludiendo autoridades, rateros, narcos, la muerte al paso del convoy. Me miran y se sonríen porque saben que yo lo sé, que igual que ellos estoy jodido. Pero luego el monstruo avanza un par de metros más y veo que un par de niños se aferran a las orillas, que quieren evitar morir en un país jodido, en una enloquecida bestia que no alcanzan a comprender, que ni siquiera aparece en las pesadillas, todavía no comprenden que la pesadilla es aquí y ahora. Y luego, me para una patrulla, se pitorrean cuando les digo que me robaron, me creen otro de esos pinches indocumentados jode países. Me calló y me trepan a la patrulla, cara al suelo, servicio de migración ni madres, una patrulla de esas no va para allá, me jalan hacia el centro, me dicen que me va a cargar la chingada por andar “turisteando” sin permiso. Luego, la llamada, son las 5, alguien les llama y les dice que reporten, se emputan y empieza el mentadero de madres, tres o cuatro directas a la barbilla invisible del tipo por la radio. Me voltea a ver el que copilotea, alterna entre su compañero y yo las miradas mientras sonríe con los dientes más jodidamente amarillos que haya visto antes; te salvaste pinche mara, te toca calle y a chingarle. Dice entre dientes, a medio camino a ninguna parte los detienen unos sujetos bravos. El miedo es palpable y yo me orino en medio de la calle, el pito de fuera y mojando las baldosas del suelo. Me saluda un tipo fornido y lleno de tatuajes mal hechos, apenas perceptibles por el color moreno de la piel. Reconozco un símbolo cristiano y luego una calavera; trató por todos los medios de sostener la mirada de ese hombre que medio sisea al final de cada oración. Luego me jala del cuello y me invita a largarme antes de que las cosas se pongan feas, esa madrugada conocí a Armenta. Con sus 95 kilos de musculatura estúpidamente innecesaria, como si fuese un requisito para impresionar más a los pobres diablos que nos cruzamos con su mirada. Me alejo mientras me grita algo sobre no tropezarme en la alcantarilla. Mensaje captado.
Regrese al hotel, regrese a mi vida y dos semanas después estaba ahí en Coatzacoalcos, bajando del autobús más desvencijado que recuerde. Me había pirado de todos, mi hijo, mi mujer, mi amante, mis deudores y acreedores, inclusive del pobre perro que me seguía a todas partes. Ahí en la terminal me deshice de la careta, regrese a ese barrio donde me habían robado y me habían levantado. Me había recién instalado en el pequeño cuarto de ese sujeto que conocí en el callejón contario, cuando apareció Armenta, tres o cuatro preguntas, y luego se larga; menos de 3 horas después apareció la primera clienta. Le dolía la cabeza porque su esposo le había sorrajado un madrazo con una jarra. Dos pastillas de esto cada 8 horas. No dejes que te alcance tu esposo. Me paga con un billete y sale. Y llega otro, y otro y otro y así hasta 3 años después cuando ya no recibo a nadie en casa, sino que salgo a encontrar a mis “clientes”, gente jodida, sin esperanza, llena de enfermedades y ganas de joder a los que no las tienen. Pero al mismo tiempo muestran la inmediatez de la candidez que todavía algunos poseen. Me llaman “todo terreno”, les vendo anfetas, diazepam, clonazepam, rivotril, benzodiacepina, rophynol, camazepam, ketazolam, cioxalozam, asenix, pentobarbital, nalbufina, dextroanfetamina, coca, maría, hash; recetas para faltar, recetas para trabajar, para estudiar, para evadir la justicia, para convencer al novio, para maniatar a la novia, para joder al padre, al amigo, al esposo; doy consulta general, privada, saco balas y cuchilladas, conozco de hierbas, inflamaciones, golpes y curas irremediablemente caras. Ahí en medio de gente muerta, de vivos, políticos, asesinos, ratas, curas y feligreses, narcos y policías que juegan a lo mismo. Gente buena, honesta y jodida, gente mala, perdida e hinchada de billetes, monjas, sibaritas, maricas, matronas, niños de dinero y mujeres que se encueran por unos gramos de cristal. Lancheros y petroleros que se disputan el quien deja más jodido el océano, niñas y sus madres pijas que les impiden usar minifaldas cortas y escotes pronunciados a plena luz del día, abuelos degenerados y abuelas que le atizan con ganas a la mota para curar el glaucoma y los males que se inventan. Rockeros y poperos, rastafaris y gente perdida que aún cree en los cuentos de los boleros. Ahí estoy yo. En medio de la noche y su quietud.
Me tumbo en la cama cuando se puede, cuando el calor lo permite y cuando me he acordado de poner las trampas para mosquitos, cuando la hamaca no me parece un invento satánico o simplemente cuando alcanzo a evitar caer totalmente idiotizado por la cerveza y el ron barato. No veo la diferencia entre acabarme en un puerto perdido en el golfo, que hacerlo en un consultorio de una gran clínica privada; sé cuál es el peor, pero no podría ser más feliz al respecto.
SR junio 2015