miércoles, 27 de marzo de 2013

Heat

HEAT

El jodido calor se mete por todos los poros (en realidad hace que te quieras reventar la piel a cuchilladas para que la sangre bañe un poco el asunto) y eso que el sol ha estado oculto hace varias horas dejo caliente la tierra, la jodida tierra que calienta los malditos zapatos… que con una mierda, tienen hirviendo los juanetes de los dedos!

Aun no puedo creer que con este condenado clima sea tan imbécil de encender el fosforo. Hasta el puto cigarro desgarra los labios cuando se queda pegada la boquilla. Odio este pinche lugar. Odio la maldita manera en que la ropa se queda pegada o se vuelve una calcomanía indeleble sobre la piel al encender el sol toda su fiereza cada mañana. Juraría que no uso camisa alguna si no fuera porque estoy condenadamente prieto y la camisa obscura es menos que eso. Sigo aquí después de dos días de haber llegado, aun cuesta entender que el jefe me mandara por su dama (que en las noches de acción él llama Sandra) a este estercolero, del otro carajo lado del culo del mundo. Quisiera encontrarme a uno de esos pendejos que cuentan historias de aventuras y romances en países exóticos (donde el ir al baño en un lugar privado se vuelve una petición que es jodidamente mal recibida por los lugareños exóticos) y golpearle la nariz; quisiera encontrar uno solo para meterle sus historias piteras hasta lo más profundo de su culo. Aunque en realidad lo que me está chingando es que a cualquier sitio donde voy me tengo que fletar con 500 dólares, al parecer el patrón tiene la idílica idea de que menos recursos se traducen en mayor productividad. Puto político de mierda tenía que ser. Y digo que me sorprende que mandara a  buscarla porque ella, su chupapitos, estaba bien pero no valía tanto como para recorrer el puto globo en pos suyo. Quisiera haberle metido un par de balas a esa zorra en caliente, sin charlas filosóficas o putos diálogos de película matinal. Un tiro en el corazón y el otro en la cabeza, en su puta cabeza llena de putas ideas y romances baratos.

Y sin embargo, pese a todo ese desgarre de odio ahora ella está aquí junto a mí, sus pies aun tibios están junto a los míos, sus fofos y obesos dedos de la pata izquierda se hallan reposando sobre mis delicados pies (jajajajajaja), que pendejada tal vez sea el calor quien me hace desvariar.  Quiero creer que es eso y no lo que han dicho reiteradamente acerca de mí, algo a lo que no puedo dar crédito alguno ya que juran haberme visto vaciarle medio tambor de la .357 al puto cuidador del estacionamiento cuando le dio un tallón a mi chevy 57; si fuese de esa manera seria creer  lo que dicen acerca de que no tengo el control. De que actuó con la sangre hirviendo como aquella vez que le avente el auto al mocoso aquel que me lanzo un escupitajo por no quererle dar por limpiar el parabrisas. Eso sería estúpido y problemático, se perfectamente que el viejo me necesita allá para encargarme de sus asuntos serios contra el puto de Ángel.

El calor, el maldito calor es el que tiene la culpa de lo que ha pasado últimamente y de que hierva la sangre que corre por todo el torrente. Lo sé, es su culpa que la sangre se seque y forme una capa de glaseado pegajoso y nauseabundo en mis brazos. Es la puta sangre que  vuelve lentos mis movimientos. Es la misma sangre de otros, que “el negro” dice que es bendita y por ello se baña en ella después de encargarnos de los asuntos del jefe (en realidad “el negro” es otra onda muy cargada que ni el mismo Ángel ha podido controlar, ahí mejor no me meto, en buena hora me lo asignaron para cuidarlo -aunque en realidad no creo por mucho tiempo), que me enciende la piel y el instinto. Estoy seguro que mañana le va a encargar el jefe que me dé una probadita, es muy seguro que así sea; y bueno después de eso como que ser mejores amigos tendrá que esperar un par de años. Mañana, mañana el patrón se va a emputar en serio cuando vea a su putita degollada, quise resistirme a sus encantos pero fue inevitable. 

En realidad no importa que se enoje o que le diga al loco aquel que me dé una calentadita, lo que en realidad me preocupa es que no muestre su enojo, porque entonces sí que ya me cargo la chingada.

SR 2009

domingo, 24 de marzo de 2013

3 golpes

3 golpes

Fueron 3 golpes, tres momentos en que mi cerebro se detuvo y comenzó a idear la forma correcta de salir del fondo, de mirar las cosas desde otra perspectiva; tal vez encontrar el cambio necesario para volar de ese agujero que yo mismo había fomentado. No es una cosa sencilla pero se puede uno encontrar con diferentes tipos de locura  (sabiendo de antemano que el nacimiento arroja la primera de todas) pero a veces nos olvidamos de ello por el simple hecho de sabernos demasiado  ensimismados y encamados con ese mundo tan decadente que nos ha amoldado como un maldito insecto a su realidad.

3 golpes, decía, de furia aparente y que el universo en si los transformo en apenas suspiros que muerden el asfalto de la nada y el todo, de la transformación y el cambio que somos la mayor parte del tiempo incapaces de apreciar; incapaces de entender lo que en realidad queremos ser. En si todo se ha resumido con el paso del tiempo a tratar de romper las cadenas de la mente, de gritar y aullar con el sonido mismo de la boca del infierno; pero somos incapaces de perdernos en el horizonte de la paranoia y detenemos por cualquier método la caída, nos aferramos al borde y nos asustamos de lo que se encuentra al final, al fondo de aquella fosa negra y putrefacta de la inconsciencia.

Y en cada fondo personal están las mierdas que hemos hecho y dejado de hacer, por ejemplo la insalubre cantidad de esperma vertido en condones comprados para evitar que las putas que te coges en los hoteles del sur de la ciudad te peguen sus enfermedades, o que tu se las pegues a ellas por que en el fondo no sabes si tu vieja te es fiel o si le abre las patas a cualquier transeúnte que puede o no usar un condón de diferente calibre al tuyo. Luego vienen los años desperdiciados en las apuestas –sobre seguro- que has hecho, ganas 10 pierdes 500 y a la jodida todas las noches que trabajaste como esclavo sexual de una corporación malévola que ve en tus diseños las tetas de la virgen y sus perlas fríamente mancilladas para darle de comer a cientos o miles de ratas de ojos grises y pelos negros que llaman empleados. Finalmente las miles de toneladas que te bebiste en cocteles de mala muerte sacudiendo la verga en los mingitorios de acabados azul turquesa mientras la mujer que te acompaña te sorbe la vida como si fuera una aspiradora de karma, cada milímetro que entra y sale de su boca termina con una preocupación menos que te distancia de los gritos del niño y la niña en casa, de las papillas y los regalos navideños, de los millones de pañales que has cambiado y que terminan por agotar los recursos de la familia. Cada milímetro que ella devora (no por su gusto si no por una paga) son la gloria de una absolución que solo el mismísimo Satanás tiene para ti.

De vuelta al fondo, de vuelta a las torturas inimaginables que te marcaron (como lacre en la cera de un sobre) desde niño, cuando la catequista se afanaba por enseñarte las bondades del señor en cada uno de sus escotes pronunciados; los años perdidos en chaqueteártela en el baño de la iglesia mientras  esa mujer menudita susurraba al oído que eso era un pecado mortal, un pecado que no tiene perdón y que seguramente se van a ir ambos al infierno, ella con su gloriosa fecha de caducidad más cercana y tu sabiéndote un sucio depravado, ella con su escapulario colgando del cuello apuntando a los senos del señor y tú gritando tan fuerte como te era posible en la reducida capacidad de aquel cuarto cuando te corrías a lo bestia. Carajo nunca te la quiso chupar, nunca te quiso coger como era la norma, ni siquiera te dejaba acariciarle las tetas enmarcadas por el sostén negro o blanco (jamás de otros colores porque era pecado), simplemente una satisfacción pasajera que encontraba en lo más cercano a acariciarle el miembro a cualquier querubín  voyeur desde sus pedestales de yeso y estuco.

Luego vendría la novia de mano sudada que se negaba a darte cualquier satisfacción y por ende te refugiabas en la lengua de su mejor amiga (con aquel piercing en forma de bolita que te recorría palmo a palmo cada centímetro de esa supuesta hombría  que te quedaba chica cada que intentabas apoderarte de su cabello de trenza negra azabache), ella tampoco te dejaba meterle mano, solo eras su pinche distracción para saberse más chingona que su amiga Marianita (para la cual siempre tenía una frase de aliento por cada uno de tus errores). Allí conociste el dolor de la perdida, el dolor de la muerte cercana cuando se fue el viejo, cuando se murió intestado  y salieron tus medios hermanos a reclamar ese cariño no dado y mucho menos deseado, todo ordenado por esa señora que conociste cuando niño aun y que te regalo un carro de fricción. La viste como en realidad era, sucia, vieja y con kilos y kilos de maquillaje que intentaban aparentar otra situación menos pobre, menos llena de carencias porque tu viejo, tu querido viejo les dejaba una miseria para que compraran lo elemental mientras tú te paseabas en el carro del año y comías tres veces al día. La veías y recordabas a tu padre (y lo sigues haciendo cada que vas a llevarle despensa a esa mujer ahora apopléjica), recordabas los años de silencio y omisión, de supuesta fortaleza física y ausencias de muchas horas por seguir trabajando para que no te falte nada. Mentiras y sexo siempre van de la mano.

Lo actual es el último clavo en el ataúd, el último suspiro de un sujeto con una existencia jodida que intenta salir de la colonia y tener un poco de misericordia para con la vida. No lo he logrado y por ello recalo nuevamente en los relatos de mi vida en tercera persona sin ahondar más que en fetiches culturales que tanto atraen como la broma fácil y el sexo (que vendes barato porque desconoces la intimidad máxima). Para ti todo es un lupanar de mujeres que están allí para entregarse a ti y no sentir nada, no sentir siquiera esos pensamientos que posees de matarla y tirarla en un canal, lo haces todo mecánicamente porque así te educo aquella filosofía religiosa que abandonaste cuando tu madre y tu padre se divorciaron, que dejaste por allí flotando cuando cruzaste la línea y te metiste con un hombre solo por probar, pese a que repetiste unas 20 veces porque querías dejar bien en claro que eras un macho de verdad y que en cada uno de esos encuentros alcanzaste la agonía sublime que te tiene hoy aquí torturándote y escribiendo una carta a ese infierno mental que tienes por cerebro.

Y si me pongo serio dices? Bueno pues no tienes de que preocuparte, tengo un talento único para escribir situaciones que tienen como mero principio el cerrarme la mente para negar el narcisismo de poca monta y con escaza capacidad para sacar provecho de las situaciones delicadas, ese procedimiento mediante el cual me aisló una y otra vez para evitar el pánico, el pánico de saber qué y quien eres;  pero está bien hasta este momento tampoco entiendo nada, y no sé de qué forma se  estructura esta mierda. En realidad no hay siquiera un estilo literario en todas las cosas que escribo, son los devaneos de un sujeto que se niega a aceptar lo que es y lo que en realidad tiene. Alguien que encuentra placentero sentarse por horas y horas para justificar su necesidad de no hacer nada por la comunidad y solo esperar a que el tiempo avance rápido para dedicarse a cultivar el tremendo ego que ha forjado a base de golpes de pecho y de soberbia mal encausada. Y es que eres como una de esas miles de moscas que has pisoteado, masacrado, pulverizado en pos de no entorpecer el sentido placido de esa vida que has visto crecer junto a la necedad y la necesidad de mentir, te has mimetizado con el aquí y el ahora; aun cuando en realidad quieres alfombrar el universo para comenzar a caminar descalzo y alcanzar el nirvana que te prometieron aquellos que fomentaron tu afición por leer y escribir, eres el aquí y el ahora de la pobreza mental, pides demasiado a una simple conjunción de palabras y letras que no llevan en lo general a ninguna parte y por el contrario minan la capacidad de reacción ante lo que realmente importa que es la acción. Pero muy atrás, muy en el fondo de lo que en realidad eres, de lo que en el claroscuro del alma existe, conoces el método inequívoco para que todo lo que has escrito e inclusive aquello que no lo has alcanzado a poner de manifiesto cobre vida, tome fuerza y salga de lo abstracto a lo concreto, conoces el camino a seguir y lo que en ello encontraras si te decides por él. Pero nunca lo has hecho, nunca lo has puesto en práctica porque no quieres hacerlo, te conformas con lo menos y te aplicas a lo banal.

Y vuelvo a caer en la vieja pregunta: Escribir para qué? Para sentir que tienes algo que decir, para que te entiendan y al mismo tiempo se compadezcan de tus dolores mentales que terminan agotados apenas sueltas la primera carcajada falsa? Mientes y lo haces muy bien (cuando te conviene, cuando no eres simplemente otro de esos sujetos cortos de miras que terminan ahogados en la impotencia y en la impericia de su propia razón), pero sobre todo te engañas a ti mismo para demostrarte que puedes cambiar, que puedes ser parecido al resto de los demás que te rodean y que te quieren demostrar que el camino de la decadencia no es lo correcto. Muy atrás, demasiado atrás quedaron los años en que tu dictabas lo que acontecía en tu mente, ahora se ha vuelto un pastiche de cosas que has leído y cosas que has visto hasta 3 años atrás y que te niegas a incorporar nuevas mierdas que en principio podrán sacarte de la fosa, no lo entiendes así y te cierras perdiendo memorias y recursos de tiempos que jamás han de volver, que nunca tendrán repetición. El pasado se está muriendo dentro de ti y sus formas se están secando al ritmo de tus latidos. Se ha escondido dentro de esa mierda de cabeza que te has forjado a base de drogas y destrucción etílica, teme dentro de esa paranoia que no acabas por abrazar y le temes cual si fuese distinto a todo lo que tú conoces. Es el error que has cometido siempre, quieres ser el ángel de la transformación pero no alcanzas a comprender a las personas que te rodean, quieres comenzar el cambio de mentes sin realmente comprender jodida cosa alguna y que en el fondo nada cambia y permanece igual. Ser un bastardo tan deficiente y mal instruido para soportar la vida, que en el fondo es idéntico a todos los demás, espera lo mismo     que todos aun cuando se cree distinto y único. No lo eres. Quieres ser el antihéroe pero en el fondo tienes la cuadratura perfecta para ser el helecho que se esconde del frio invernal, quieres escribir cosas sensacionales y terminas por volver a los viejos temas de siempre, a tus vicios y temores soterrados encontrados en lo más superficial de tu mente y tus puños.

Eres incapaz de sacar ese animal demente que se trastoca de la realidad cuando bebe en serio, cuando deja de lado los miedos y abraza el camino de la autodestrucción, de perderse en el camino y no saber cómo regresar hasta que reinicia todo; son esos momentos cuando recuperas el control por el miedo a perderte para siempre en los vaivenes eternos de ese mar curtido llamado locura. Quieres demostrar que es posible domarte, de cubrirte para que nadie te conozca. No puedes, no tienes los tamaños suficientes para hacerlo, para encadenarte en el sótano de la subconsciencia. Es tu parte viva y sabe lo que quieres y cuando lo quieres.

SR diciembre 2012

viernes, 15 de marzo de 2013

5 de mayo

5 de mayo

*Quiero que escribas* me dijo el niño mimado surracalzones que se esconde tras su escritorio de caoba  o alguna de esas maderas para come-cerebros  y chupa-libros (y que en realidad son pequeñas putas);  uno de esos jodidos afeminados incapaces de tomarse una cerveza toda vez finalizado el funeral de quien fuese tu mejor amigo bajo circunstancias infernales. Joe Sanders, el mejor jodido teniente que pudo haber existido en el mundo se piró; Sanders era un maldito lunático  capaz de vaciar en el pecho de una amarilla el cartucho entero destinado a toda la aldea huida entre los túneles. Que jodidos va a saber el maldito marica sobre mis temores, si a duras penas el chico ha puesto un pie afuera de la universidad con ese césped verde que algún espalda mojada ha sembrado, el pasto que a Pedro o a Carlos le ha costado una tarde ganando dinero americano por regar plantas.  El condenado niño de mami siquiera ha cogido con una puta para quererme enseñar sobre la vida; de cualquier forma no importa el color, todos estamos condenados y el señor se encargara de nosotros en la otra vida.

Ese niño ha dicho *quiero que escribas* para que los “horrores” no lleguen con tanta frecuencia, que se vayan alejando cada noche perteneciendo al pasado.  Más lejanos, más esporádicos, menos certeros a la jodida realidad. Que se devuelvan a las condenadas sombras proyectadas por los troncos de la selva donde los “come arroz” se ocultan, que se pierdan entre sus laberínticas fauces para reaparecer por la espalda y clavarte una bala 22 que no te mata de inmediato sino en el transcurso de una semana cuando la fiebre te hace delirar y te obliga a clavarte el cuchillo que el teniente te hace  llevar para cortarte la lengua por si te hacen prisionero.  Condenados comandos a muerte que se disfrazan bajo la bandera y la ideología del diablo Marx y su incubo Mao y cuya máxima era bañarse en nuestra sangre cristiana. Quiere que escriba sobre lo cobarde que soy cada que esa onda sonora procedente de los fuegos pirotécnicos llegan hasta el departamento de ladrillo rojo; quiere que relate paso a paso como el alma se me quiebra y el espíritu  bañado en la sangre de tanto hijo de perra amarilla se contrae reptando por los pasillos hasta llegar al escalón falso del sótano. Quiere que narre en primera persona sobre el gimoteo que oculto entre mis dos brazos tatuados con una estrella purpura (ya que la verdadera la perdí cuando la muy puta de Sarah se lio con el jodido mercachifle moreno) ciñendo mis rodillas y los espasmos me sacuden uno a uno por cada repiqueteo de los artefactos explosivos festivos fabricados por esos malditos chinos.

Como si fuese sencillo poner por escrito que cada maldito segundo me meo encima porque  reviven los gritos de aquel pecoso granjero que embelesado por conocer mas allá de su granja y su sucio pueblo aparcado a la orilla de una carretera polvosa quiso empuñar el arma del Tío Sam y murió atravesado por una planta terminada en punta filosa y asesina. Recuerdo con cada fragmento de cielo tornado de colores de este condenado día 5 la cara trastocada por el fuego enemigo de ese niño blanco y rubio que respondía al nombre de John “Rhode Island” (porque ni puta idea que tuve cual era su segundo nombre) y que fue alcanzado en pleno rostro desollándole allí mismo, junto a mí, con el uniforme verde olivo teñido de sangre y sesos. Suenan sus últimas tres campanadas de gloria barata mientras mis entrañas suenan y se descargan en el piso; es la vuelta del olor, el olor a orina fresca que acompaña todas mis pesadillas, es el rio interminable. Es la vuelta a la espesura verde de un lado y del otro el rio de sangre que baña los cuerpos de cientos, de miles de chicos que soñaron con el triunfo rápido.  Es el fluir de violencia inacabable que adorna las chimeneas de un jodido cumulo de bastardos en traje y sotana que juegan con sus esposas perfectas, sus niños soñados y el perro comprado a una pareja de chinos viviendo en las afueras del distrito de Carney.  Es “El pico”, del que todo  que estuvo allí odia hablar; nadie quiere recordar las miles de bajas que hubo mientras subíamos por la ladera, nadie quiere acordarse del chico moreno que tiraba con el M-16 de 15 a 30 tiros  por minuto siempre hacia la pared verde. Todo para verle arder minutos después cuando la pared verde se volvió  un muro de fuego que consumía todo a su alrededor, el bendito olor a carne chamuscada que aun me persigue y lo hará muy probablemente hasta que me meta el condenado tiro en plena sien.

Gritos, gritos y más gritos ensordecedores que traspasan la cera en mis oídos para enterrarse en esta cabeza necia que de la nada y en cualquier jodido minuto se abre al pasado dejando ver, dejando sentir y oler. El miedo. El miedo eterno a cada paso sorprendido por una mina o una trampa hecha de arbustos, siempre he de recordar los últimos estertores de esos hombres que caían para no volver a salir enteros. Vuelve mi mente al comienzo de las pesadillas pero se niega a caer en la trampa, espera, solo espera escuchar el percutor del arma accionarse para por fin terminar.

Quieres que escriba condenado marica? Quieres saber detalles sobre los efectos de cada uno de mis músculos conscientes de la cercanía da la muerte y que está atrapado en el sótano de la certeza? Quieres que hable acaso de ese momento donde el perro de color canela y su oreja mocha choca su mirada con la mía  y que en los dos hay miedo, hay impotencia por los fuegos artificiales? Quieres que ponga aquí una oda a los temblores del  perro y mis propios temblores, que nos obligan a refugiar la cabeza entre ambas patas en lugar de que nos demos un abrazo que nos calme poco a poco?

Antes, millones de instantes antes de que suene el choque que provoque la chispa me acuerdo, me acuerdo del aullido ensordecedor y el jadeo que poco a poco se mete en mis neuronas de los muertos; siento como cada ultimo latido que se escucha y retumba en todo el mundo, se está terminando para él, para mí, para todos los condenados que debimos caer al amparo de la muerte que llevamos con nosotros; es lamentable que el ultimo aroma que perciba sea el de pólvora quemada que mancha ahora mis manos. Los ojos se van perdiendo recordando a miles, a cientos de miles de ojos alargados que se esconden entre el monstruo verde y el sudor. Más lento, se pierde la ira, se van poco a poco el sentido del  olfato y las papilas gustativas, casi alcanzo a escuchar el sonido pesado y moribundo del pulso que emite el corazón hacia el cerebro.

Mi pie se sacude en infinitas repeticiones.

SR diciembre/febrero 2012-2013

sábado, 9 de marzo de 2013

Tiempo sin detener

Tiempo sin detener

22 horas, la televisión encendida ayuda a que el calor que hay en esta habitación se concentre hasta que parezca un sauna; pese a no ser del tipo macizo estoy frente a la ventana de este hotel desnudo de la cintura para arriba mientras sudo como un cerdo. Gotas inmensas de sudor que resbalan y caen alrededor mío sin que pueda hacer nada para evitarle

-maldita sea la hora en que compre ese six de cervezas. Murmuro lento y copiosamente al latir de esa avenida que discurre bajo la ventana del hotel de 3 estrellas internacional.

Siempre la cerveza, ya he tenido problemas con ella y ahora no es buen momento en nuestra relación tormentosa que comenzó hace casi 25 años cuando tenía 15 y ella miles. Siempre he creído que tiene alguna carajada que la vuelve más adictiva que la coca (esta también me engancho durante un tiempo, pero no el suficiente como para quedarme sin blanca); esa es otra de esas ridículas razones por la que estoy en este infierno de sol y arena y mucho, mucho desierto que se extiende hasta donde mi vista casi perfecta alcanza, juntar dinero para pagar mis vicios y errores.

Sigue sudando la noche y he estado al pendiente del sonido del auricular desde que llegue a esta ciudad, en algún punto incierto en ese jodido paramo ahora apagado esta un sujeto que me va a ayudar a vender el paquete. Pero no me adelanto a los hechos y vuelvo sobre lo que ha acontecido hoy en el sitio donde supuestamente el contacto me esperaría. 4 de la tarde, el sol cae no a plomo sino a magma hirviente; según el servicio meteorológico la puesta del sol está programada para dentro de un par de horas, para mí el suelo va a seguir ardiendo durante varias horas y nadie podrá pararlo al hijo de la chingada.

La plaza está repleta de gente (sí por repleta entendemos a un par de drogadictos que se encuentran bajo el cálido abrazo de la sombra de los 40ºC y un par de jóvenes de aspecto poco intimidatorio que se besan apasionadamente al amparo de la mirada de un viejo que porta una camisa tan delgada como el arrullo de aire procedente del infierno llamado desierto de Sonora) que discurre sin mayores preocupaciones que las del día a día; no hay asomo siquiera de que por aquí pueda caer una celada o que algún jodido policía venga a esta plaza tan lejana del centro como de cualquier otro sentimiento de civilización. Llevo 15 minutos esperando y cosiéndome en mis propios jugos (mala elección de ropa que subestima el calor existente en Hermosillo), las dos botellas de agua pura que compre en el mini mercado son aire caliente transpirando en el envase de plástico; me aguanto las ganas de derrumbarme en el suelo y esperar al sujeto como sifuera otro pinche drogadicto que pulula en los parques públicos de esta ciudad. También podría esperarlo en el auto rentado, pero entonces estaría vulnerable a que llegara algún hijo de perra que no supiera en lo que se metería y me obligaría a actuar de manera imprudente. Sigo quejándome por el sol infernal que cae a plomo sobre el asfalto que en lugar de absorberlo lo devuelve con tal intensidad que siento los parpados calientes y las retinas flotando en algún consomé de mierda.

Tercera vuelta que da esa camioneta de color gris, dos ocupantes; fácilmente podrían ocultar un par de .38 en el cinto o un cuerno en el asiento de la cabina posterior; se les ve intranquilos porque saben que ahorita hacer lo que es su primer instinto sería estúpido, quieren hacerlo pero se arriesgan a que sus jefes les acomoden tremenda zurra por no realizar su trabajo de informar (estúpidos descerebrados que no saben que no tengo nada que les pueda interesar, simplemente quiero deshacerme de esta mierda y volver a la metrópoli para perderme entre sus calles donde soy uno más y no destaco más allá de lo que pueda destacar por mi atuendo de oficinista de quinta). 

Son casi las 6 de la tarde y el sol comienza a doblarse por el horizonte norteño, no deja de sorprenderme lo poco vistosos que son los atardeceres cuando los contempla uno solo sin nadie a quien querer impresionar con lo poco o mucho que se sepa de la vida. A la camioneta gris estacionada a dos calles de la plaza se le suma el sedan taxi estacionado frente a la estatua de Kino, el ocupante lleva más de 20 minutos leyendo la misma hoja de periódico (en espera de que le den la orden de cortarme la retirada por el flanco que desemboca hacia el centro de la ciudad), el mensaje de que se cambiaba la hora y lugar de entrega me llego hace casi 40 minutos pero quiero ver hasta donde son capaces de llegar estas pequeñas ratas y cuanta es su calentura. Para mitigar el calor y la sed compre un par de aguas de sabor que seguramente ni de garrafón eran; la chica de la paletería me miro extrañada pero no dijo nada (quien no lo haría cuando llevo casi 2 horas de pie frente a un quiosco de periódicos que antes tuvo vida y ahora ni las cucarachas se paran por allí). Se esconde por fin el condenado globo amarillo y confirmando mis sospechas el carajo calor no cesa en lo más mínimo, comienzo a mover mis pies, uno tras otro hasta dejar la placita unos decenios de metros atrás. La camioneta prende el motor y veo que le hace el juego de luces correspondiente a un chaval de unos 18 años que va en bicicleta.

Me meto en la calle que desemboca en una Y gigantesca, dos cuadras atrás puedo escuchar que el motor de la camioneta se ha detenido, sospechan pero no pueden probar nada; me escurre el sudor por la espalda y mi barba chorrea mugre mezclada con manteca, el peor calor que haya experimentado jamás en mis casi 40 de vida.  Dos calles más allá, que se asemejan a las canchas de futbol del Azteca, se encuentra el hotel; en la esquina contraria hay un minisúper donde he de comprar más líquidos (ya saben de dónde saque el six, pero también compró un par de bebidas rehidratantes y una botella de mezcal que me podría ayudar en caso de que algo salga mal). Me siento en las sombrillas que tiene el hotel en uno de sus pórticos para que los ejecutivos que allí se hospeden complementen la experiencia admirando los paisajes de un desierto que se expande cada día más a reserva de lo que la población quisiera; las nubes se ciñen en el horizonte y amenazan con dejar caer una lluvia torrencial que apenas diez o quince minutos después se evapora como las esperanzas de que se haga la reunión en el día y que pueda tener una noche de paz y tranquilidad como hace años no tengo.

Retomo. Sigo aquí de pie frente a la ventana que da precisamente a una palmera que se está quemando con el calor infernal del diario porque no es su tierra, no es su elemento, justo como yo no soy de aquí; las latas de cerveza yacen apiladas frente al espejo que antes me devolviese un poco la sonrisa, pero ahora se antoja como otra de esas trampas que tengo que evitar. En la cama debajo de mi chamarra (que pendejo como si no supiese que en estos lares la chamarra se comienza a usar hasta mediados o fines de noviembre y no en pleno inicio del otoño) se encuentra el paquete que me han encomendado, no es nada ilegal pero aun así representa los intereses de muchas gentes que pagarían mucho por tenerlo (aclaro, no es ilegal si lo porto, pero si lo vendo entonces se consideraría un delito federal), los cabrones aun le dudan para comprarlo porque se estarían granjeando muchas enemistades y metiendo en la boca del lobo. Yo por mi parte, sólo quiero que alguien me quite esta mugre de las manos y pueda dejar atrás este infierno.

Debí haberme bajado al bar de vaqueros yuppies que hay a unos cuantos terrenos del hotel, al menos tendría la oportunidad de ver a las chicas de por acá que andan en minifalda y taco bajo para no destacar su altura soberbia rompe moldes. El ruido de la música regional se mete por las rendijas de una ventana que debiese tener seguro pero no me siento a gusto sabiendo que me podrían sorprender; de cualquier forma he apagado el aire acondicionado para escuchar mejor cualquier situación extraña y a unas cuantas habitaciones se encuentra mi habitación verdadera.  No hay ruido (mas allá de la tuba y el acordeón de unos corridos que tienen puestos los del bar, que ya fijándome mejor no es cualquier bar y las chicas no son ellas) que me sorprenda fuera de lo habitual en un hotel de estos; flexiono mis músculos hasta donde me es posible (150 lagartijas, 150 abdominales, 150 sentadillas, 150 lagartijas invertidas y finalmente 15 cervezas que no sé de donde salieron), el sudor y mi respiración ya son simétricos. El teléfono no va a sonar esta noche.

Diciembre 2012

viernes, 1 de marzo de 2013

Terquedad

Terquedad

Noche de invierno, el hombre sin camisa que se asoma por la ventana de aquel cuarto feo de un edificio gris esboza una sonrisa que no delata mucha alegría. Abre la puerta color hueso y saluda al otro hombre que lo mira con cierta aprensión.

-hey que pasa hermano?

-nada viejo, puedo pasar?

-ya sabes que si… dice mientras se hace a un lado y permite que ingrese ese hombre que tiene pinta de no haber dormido en varios días. Su pelo chino rubio le cae sin gracia por toda la frente y apenas entra nota el apeste a moho y patas que inunda la habitación principal. El cuarto tenía un pequeño sillón de dos piezas y otro más pequeño orientado hacia el televisor viejo cubierto de polvo, en el suelo se encontraban cascos de cerveza y botellas vacías de licor.

-la gran vida no carnal? Suelta irónicamente el tipo grueso, cerca del 1.85 corpulento y con barba sucia y enmarañada, en la frente una gran cicatriz le cruza prácticamente de ceja a ceja y los ojos rojos evidencian su falta de sueño.

-te entiendo… tu sabes a que he venido viejo.

-me lo imagino, pero siéntate. Quieres una cerveza o un trago de tequila?

-cerveza, por favor… dice y observa como el tipo alcanza el refrigerador color betún, no hay nada en el salvo cerveza y alguno que otro frasco con yerba.

-se conserva mejor sabes (dice al tiempo que señala a los frascos de yerba ubicados en la parte superior del frigorífico de una sola puerta)… espero que no te importe que este un poco caliente, apenas las compre hace un rato.

-no importa viejo. No importa… dice lacónicamente el tipo rubio; debía rondar el 1.90 y era atlético, a diferencia del otro su ropa era fina y los rasgos afilados de la cara denotaban su herencia sajona.

Le da un sorbo profundo y hace una mueca al notar el calor de la bebida. Las burbujas pasan a través de su tracto digestivo sin detenerse apenas mientras en el vientre siente el magma creciente. La maldita gastritis que le pega cada rato. Mira de frente a Jacinto, ve el tatuaje apenas encima del pulgar de la mano izquierda de un círculo encerrando otro círculo. Pasea la mirada por el cuarto, al fondo divisa la puerta de la habitación donde duerme Jacinto y a la derecha el marco del baño. No hay puerta.

-sabes carnal, estu… no termina de decir esto cuando el puño derecho de Carlos se incrusta en su mandíbula. Trastabilla y cae seco… no diré que no lo merezco!

-compro yerba? Dice apenas escuchando el crujido de la mandíbula de Jacinto, mientras este trata de jalar un diente que recién ha sido fracturado.

-20 gramos de la red… alcanza a decir mientras nuevamente el puño de Carlos le alcanza en la nariz… puta madre! En ningún momento hace ademan de levantar los brazos en contra del otro, no tendría sentido ya que Carlos le ganaría limpiamente. No es rival.

Se sacude la cabeza mientras las primeras gotas de sangre manan de su nariz. Se rasca la cabeza de forma frenética y  una pequeña tira de baba llena de sangre le escurre de los labios… con la mano izquierda intenta parar el flujo nasal que ahora cae mas copiosamente frente a sus pies.

-cuanto tiempo estuvo aquí? Vuelve a hablar mientras pega otro sorbo a la cerveza más caliente al estar en la palma izquierda.

-3 días… enuncia Jacinto mientras recibe el impacto en el hígado. Se cae nuevamente apenas jalando el aire suficiente. Arrodillado mientras observa que la mancha de sangre se extiende por su ropa. Instintivamente ubica el cuchillo situado apenas unos 6 metros por delante, baja su cabeza avergonzado y escupe la sangre de la boca que le quema con su sabor a hierro.

-te la tiraste por 3 días ah? No se supone que eras casi mi hermano? No lo grita, no alza la voz, lo dice como en un susurro o eso le parece a Jacinto que ve luces a su alrededor que sabe que no están allí, que sabe que es porque estuvo al borde del colapso. Se sujeta cómo puede el costado y se endereza poco a poco… le rompiste el culo? Pregunta sereno, frio. Paseando la mirada asesina por toda aquella inmunda habitación.

-sí… Sabe que al pronunciar la sentencia anterior se condena pero no tiene nada que esconder, lo  sabía desde el instante mismo que le abrió la puerta a Úrsula. Úrsula Ordoñez. Ex novia y ex prometida del rubio de caireles que le está rompiendo la madre; una chica terriblemente guapa con gran afición por la yerba, principalmente la yerba de ese hombre que esta recargado en la pared despostillada; Úrsula que apenas 4 días atrás toco a la puerta en medio de la madrugada pidiéndole refugio. Medio cartón de cervezas después le tocaba el culo a esa mujer perdida en el humo que subía en espiral por las sencillas paredes de ese cuarto. La niña rica que se va a meter a la boca del lobo, del animal salvaje que aparece apenas bebe y huele el olor a hembra deseosa. Se la tira allí en el sillón ocre mientras apenas le baja el pantalón de mezclilla hasta las rodillas y la embiste con brutalidad. Esa condenada rica a la que le prepara un alijo de yerba porque supone que se va a ir apenas rompa el alba, no la quiere allí, ya traiciono a su hermano lo suficiente.

-necesito quedarme unos días, no aguanto esa vida…Le dice mientras le hace un chino extra con sus dedos al vello hirsuto del pecho de Jacinto. La piel lechosa de esa mujer contrasta con el tono apiñonado del hombre, la vuelve a montar en la cama, hay más sexo y más yerba; se pierden por horas cada cual en sus maquinaciones mentales hasta que él sale a mear al baño y ella lanza la mirada trémula a ese cuerpo con más pliegues de lo normal. Algo le atrae poderosamente de ese tipo y sabe que en cuanto regrese Carlos de su viaje va a preguntar a donde fue. Y va a llegar a ese cuarto ubicado en una colonia popular con apenas seguridad y va a caer sobre el hombre que debe pesar poco menos de 100 kilos, que no es nada guapo y sin embargo la vuelve loca, se quedaría para siempre con el si no hubiese comprado el boleto a Tijuana para luego cruzar la frontera al día siguiente.

-A dónde vas a ir? Pregunta desde el baño en que mea sin importar si salpica o no, si hay agua o una condenada rata flotando en la caja del wáter.

-al otro lado… contesta mientras huele la camisa a cuadros que se encuentra en donde antes había una almohada que ahora ella está usando. Aspira tan profundo como puede y se la coloca sobre su cuerpo tapando los senos puntiagudos de pezón rosado apenas cerrándose un par de botones superiores. Sus bragas negras contrastan con su color de piel, medita sobre algún asunto de suma importancia mientras se pasea descalza por el cuarto observando, cavilando. Mira allá y acá libros tirados, cuadernos sin empastar y muchas hojas con garabatos apenas legibles. Se mete una vez más en la cama cuando regresa Jacinto. Le rodea con un brazo alrededor del cuello y se trenzan en un beso profundo. Sus alientos chocan y ella nuevamente se sumerge en la fantasía de quedarse allí, de afrontar el mundo con ese hombre que fácilmente le saca 20 centímetros y en cuyo aspecto fiero se siente protegida.

Tocan a la puerta, el hombre le tranquiliza y se pone los jeans deslavados y rotos del tiro, entra a la sala y abre la puerta.

-que hay Jacinto? dame 200 de la pastudita… escucha ella mientras se pone el pantalón y se calza los tenis. Se deja la camisa a cuadros y sale al baño.

-claaaaro men… dice Jacinto y mientras va por la mercancía se cruza en el diminuto pasillo con ella. La ve preciosa mientras el chaval que no pasa de los 17 le mira descaradamente. Sabe quién es, todo mundo conoce a los güeros, todo mundo sabe que esa chica es Úrsula Ordoñez, la prometida del güero, del campeón de karate y un matón profesional que hace tratos con la mafia pesada, no la mierda que comercia Jacinto.

-aquí tienes…dice un Jacinto cansando y ojeroso al entregarle el paquete envuelto en periódico al chico.
Justo antes de despedirse del chavo en la puerta. El puberto le dice en voz baja pero segura.

-te va  a matar el güero cabrón.

-lo sé Mati, lo sé… cierra la puerta negra mientras ve recargada en la pared a esa mujercita que le va a costar la vida. Su nariz recta y su pelo café obscuro que contrasta con el blanco de su piel, los ojos avellana que le miran entre aterrados y deseosos. Mira nuevamente los labios apenas entreabiertos que dejan ver la dentadura perlada.

-va a venir aquí inmediatamente, sabe que te surto de yerba y ahora que te vio Mati, prácticamente todo el barrio ya se entero.

-perdón…

-no, no es tu culpa. Yo también me arriesgue.

-solo eso? Pregunta enrollando una de las puntas de su cabella con su dedo índice

-tú sabes que no…

Regresa justo para sentir su mandíbula crujir nuevamente y sentir como caen más piezas dentales. De a mínimo fueron 4 y sabe que ya se chingo. Trae a su mente el recuerdo de esa mujer que ahora se le asemeja a una pequeña ardilla, asustada y caliente al mismo tiempo, adicta a la marihuana y que suele beber hasta que se ríe por cualquier cosa, esa risa que se va apoderando de todo su cuerpo hasta que este forma una sintonía completa. Ya no siente el golpe brutal del pie de Carlos en el rostro.

Abre el ojo derecho, dificulta la venda que cubre gran parte de su rostro. Escucha el bipbipbip de la maquina situada apenas un par de centímetros de sus oídos. Cae la gota del suero que hace eco dentro de su mundo. Intenta mover la boca y la siente adormecida, su saliva no cae por la garganta sino que es aspirada por el tubo que impide que cierre aun más la boca. Logra mover los dedos de los pies y las manos. Se siente aliviado. Suda copiosamente mientras alza un brazo y siente inmediatamente el repiqueteo en el monitor cardiaco. Llega la mujer de cuerpo abultado y uniforme blanco.

-no se mueva señor Velázquez, podría romper la jeringa del catéter.

Tres días después ya no tiene los tubos, ya puede mover pies y brazos, no puede abrir un ojo porque está prácticamente desecho y la boca está encuadrada en fierros que no serán fácilmente removidos, pero esta bien. El dolor va y viene con la frecuencia habitual de una onda tropical en el golfo durante el verano, se sorprende respondiendo al hombre que está a su lado en el cuarto. Se siente lejos de su casa casi deshecha cuando ve aparecer a su hermano Ramón. Igual de alto y fornido pero sin cicatrices, sin golpes de la vida, tiene 3 hijos, sus sobrinos –todos- le llaman “tío Jack”.

-te dieron una putiza compadre.

Asiente como toda respuesta sintiendo punzadas de dolor desde la coronilla hasta la barbilla.

-fue el güero verdad?

Niega con la cabeza y mira de reojo el policía que lleva cuando menos allí plantado desde su ingreso, no pasara mucho tiempo antes de que le pongan las esposas para evitar que huya y mucho menos tiempo para que se le dicte sentencia.

-ya te chingaron carnal. Dice el cuico que te van a dar entre 15 y 30 años por ser delito federal, ya sabes esa mamada de daños a la salud y asociación delictuosa. Mama se la ha pasado llorando desde que te treparon a la ambulancia.

No hace más gestos, recupera su impasibilidad habitual y fija su mirada en el techo, blanco, tan blanco como la piel de Úrsula que si todo ha salido como ella esperaba seguramente ya está del otro lado y se cambio el nombre. Ahora a lo mejor se llama Natalia y sigue fumando esa yerba que la convierte en una hermosa y alegre hippie.

Enero 2013