martes, 4 de julio de 2023

Un viejo cuento antes de dormir

 Ha dejado de llover hace varios días, fueron las más grandes tormentas que la mayoría recuerden, aunque en realidad pocos llevan un registro de lo que acontece, quizás por ello mi obra ha pasado inadvertida, quizás a nadie le importa un comino lo que estaba sucediendo dentro de las entrañas de esta ciudad. Han comenzado a circular imágenes en los sitios que sólo miran los depravados, una noticia suelta en los grandes diarios, a nadie parece importarle lo que sucede por las noches en aquellos barrios, con aquella gente que sistemáticamente olvidamos porque viven fuera, para el resto es como una colilla en el suelo, aplastada y con las brasas ya marchitas hace bastante tiempo. Son pocos los que reparan en ellos y principalmente lo hacen por un sentido imbécil de la moralidad, de su doble moral, quieren limpiarlos porque con ello creen que lavan sus pecados, o sus propios errores. 


Algún desdichado cambia un par de impresiones con el reportero que le dará unas monedas y luego volverá a mirarle de soslayo, dejando que el vagabundo se pierda en la oscuridad donde habitan, en la noche eterna que responde a sus vidas carcomidas por las farolas nocturnas, las enfermedades mentales y el sinsentido de la existencia. Lo abrazan con tanta enjundia que a veces parecemos nosotros los dementes por aferrarnos a la condenada desdicha de tener que madrugar, lavarnos, mal comer, trabajar hasta que desfallezcamos y luego soportar toda la mierda que viene con ello: el tráfico, la infidelidad, las desgracias llenas de una alimentación deficiente que nos alcanzan en la vejez para recordarnos que no debimos desperdiciar nuestra porquería de vida. Y ellos ahí, mirando hacia algún lado, quizás sintiéndose superiores porque aun su propia existencia no tiene mayor significado que el aquí, el ahora, no hay planes, no hay futuro y ellos están contentos con ello, durmiendo en algún agujero lo suficientemente bueno para sus propios huesos. 


Los tres primeros fueron los más difíciles, porque aún tenía remordimientos, porque no quería parecer un demente, aunque probablemente lo sea, me arme de valor y deje caer la barreta con tanta fuerza como fui capaz, el golpe sordo lleno el espacio nocturno, la cobija se agitó lo suficiente para que el siguiente fuese más violento, más cargado de ira por lo que me habían obligado a hacer, por tener que soltar unas lágrimas que significaban la ruptura de mi consciencia, de lo que quedaba de mi integridad. Eran pocas las cosas que importaban mientras el objeto descendía y se impactaba con lo que pensé con seguridad era el espacio entre su nariz y la quijada. Un golpe más y otro y otro. Así hasta que no quedaba nada de mi por dar, por una masa sanguinolenta debajo de la cobija que seguramente no sabría ni que fue lo que acababa de sucederle debajo de aquel puente. Me aleje con tanta premura que no fui consciente de que dejaba mucha evidencia. 


Me prepare mentalmente para que me arrestasen, para que viniese la chota a encargarse de la escoria de la sociedad que ahora era. Tres días después no había ni siquiera noticia de que algo hubiese sucedido, me acerque con tanto temor al bajo puente, espere ver todo lleno de cintas amarillas, un sinfín de equipos periciales y forenses. Pero no, no había nada, simplemente habían arrastrado el cadáver a la morgue o directamente al hoyo común donde todos terminaremos, al menos todos los que sabemos que la vida es mera absurdez. Ahí aparecía un pequeño recuerdo de la existencia de aquel bastardo, una pequeña vela ahora apagada que algún buen samaritano quiso dejar para señalar de que ahí se había extinguido una vida.


Los días siguientes fueron frenéticos, tres o cuatro golpes bastaban, no era necesario arriesgarme de más. Tres hombres y una mujer fueron los siguientes, ella estaba despierta cuando cayó el primer golpe sobre su ojo derecho, alcanzó a levantar un brazo pero no a emitir ningún gruñido, porque estaba ahogada de su propia miseria, quizás alcohol o algo mejor. Ello no impidió que el segundo testarazo fuese directo a su tráquea. Acabo todo en menos de 10 minutos. La sangre corría acera abajo, un pequeño en su misma condición me observo a lo lejos, pero fue incapaz de decir nada porque tenía el cerebro embotado por tanto activo. Le agende una cita y él lo sabía, que era el ángel exterminador de sus pesadillas de vapor condensado.


Noche calurosa, nada de viento, caminó por aquel barrio a sabiendas de que más adelante se encuentra el desdichado, debe rondar los 50 o más, lo he visto con una mata de pelo llena de mierda y media, debe andar cercano al 1.80, enflaquecido por los años de mala alimentación y de vicio. Todos lo tienen, algunos más que otros, o de manera distinta pero se ciñen a las reglas de la calle. Me espera de pie, porque sabe que su vida no tiene más destino que terminar esa noche. Las estrellas son las únicas que van a presenciar lo que va a suceder, con una timorata luna que a duras penas se deja asomar por una de sus fases más enclenques. No le doy ninguna advertencia, el silbido del metal cortando el aire lo agarra en el medio de la sien, se desploma y de sus brazos inertes cae el bulto que llevaba en ciernes. Una cobija vieja con ribetes de algo parecido a una hoja de lis, el siguiente golpe debiese ser directo en su nuca, pero algo me detiene, el temblor en la cobija se incrementa y el gemido es lastimero. Me detengo pensando en que es un bebé, con curiosidad real remuevo el bulto, un cuerpo de gran tamaño está ahí con temblores incontrolables, su cola se pone rígida y exhala con dificultad, el hombre se mueve y se da vuelta para observarme con sus ojos llenos de arrugas, es más viejo de lo que creía en un inicio, su melena esta teñida de sangre. Me mira con suplica, sabe que es su última noche en esta cloaca, pero no implora por su vida, me mira y luego al perro que yace a su lado, una y otra vez. Suplica por él ¿quiere que lo mate también? Me cruza la pregunta por la mente, al tiempo que observo que el perro gime por lo bajo, está lastimado, tanto por la caída producto de mi golpe, como por algo que lo atosiga. Las lágrimas del hombre se mezclan con la mirada de terror del perro porque no comprende lo que pasa, no entiende que la vida se le está yendo, que pronto dejara de sufrir y entrara a la nada, pero ¿Cómo le explicas eso a un animal? Cómo dejas de lado su miedo primigenio porque la vida se le escapa, lenta e inexorablemente mientras los latidos de su corazón se hacen más lentos y más pausados, el hombre llora por lo bajo, no tiene voz siquiera para pedirme que haga algo por su animal, no tiene fuerza para seguir luchando por su propia vida, dos vidas se están terminando y lo voy a atestiguar. El perro no tiene fuerza siquiera para levantarse o hacer cualquier otra cosa más que abrazar su miedo. Antes de que pueda pensar en otra cosa se queda quieto con los ojos abiertos, pienso que ya no correteara por las calles al lado de ese hombre que lo ha cuidado por los últimos años de su vida, ya no recibirá las palmadas en su ancho lomo y mucho menos meneara la cola decididamente feliz, está muerto y el hombre a su lado llora no por su propia muerte sino porque su perro se ha ido. Lo último que ambos observamos es la exhalación final de su can, cargada de paz eterna. Enseguida le toca a él que tampoco emite ruido alguno, mientras el manto negro se extiende  sobre su cuerpo hasta donde brillan las estrellas en esta noche que pareciera que no terminará nunca.


SR Junio 26 2021