viernes, 1 de julio de 2016

3 minutos

3 minutos
 
Trató la vieja de tirarlo por el retrete; sin embargo, fiel a su costumbre la cisterna estaba vacía y la toma estaba seca. Regarla en las plantas? No, no soy pendeja, los cabrones seguro que nos cargan con todo y plantas, y luego si vamos a ser el festín de la prensa; pensó mientras llevaba de un lado a otro la bolsa con las grapas. Observó por el rabillo del ojo que pancho,  corría de aquí para allá, juntando todos los fierros y tratando de recordar donde se encontraba el rifle del viejo. Tiró una vez más, la mujer de pelo encanecido, de la cadena del wáter, sin éxito. Pensó en el garrafón, pero los 3 inútiles de sus hijos andaban en chinga por toda la casa, y ella no tenía las fuerzas para bajar dos plantas y luego volver a cargar el garrafón. Igual y si lo tiraba en la coladera. Buscó un desarmador o algo con que hacer volátil la pieza de metal, y que fuese lo que el señor quisiese. Le bramó a Agustín, el más chico de los suyos, y que andaba todavía en boxers.
 
-ponte ropa pendejo, que si no así te chingan, y entonces si…
 
No termino, lo vio correr a través del laberintico espacio lleno de cuartos en obra negra y otros tantos con sabanas como toda puerta. El baño era el único que estaba bonito, se decía siempre para si misma; la porcelana gris metálico, iba perfecta con el bruñido del grifo y la regadera. También se hallaba decorado con carpetas que tejidas, para dotarlo de ese ambiente familiar, y remataba  el azulejo color crema con detalles florales, que le había ayudado a escoger el compadre Raúl, lo que dejaba por todo lo alto el sitio. Pero ahora todo estaba patas arriba, porque en su desesperación había botado todas las carpetas al suelo, y se había estrellado el espejo de casi un metro que estaba en la contrapuerta, ropa tirada por doquier y varios de los jabones regados en diferentes partes del piso.
 
-Pancho! Puta madre pendejo! Ya juntaron to…
 
No volvió a concluir la frase porque escucho el estrepito de 3 jarrones donde guardaba una considerable suma de dinero. Luego sintió pesar, los jarrones se los había regalado su suegra hacia casi 40 años, en el segundo aniversario de la boda, cuando los habían visitado por primera vez en los 2 cuartos que eran por aquel entonces uno de los puntos ciegos de la colonia. Bueno, no era en realidad siquiera colonia, era un caserío de 8 familias. Todas levantadas con tabique sin cemento y lámina. Ella se fue hacia la izquierda porque los dos del otro lado tenían problemas con su marido, y el compadre Raúl fue el único que  le dijo que sin problema, que él le vendía parte de su terreno expropiado a lo que antes, hacia muchísimos años, era la hacienda grande. Era apenas una cocina con un fogón, el que se apagaba cada que soplaba el aire de las milpas y de Xochimilco, y un cuarto con un colchón lleno de chinches; era el patrimonio que se podían permitir por entonces. La vieja recordaba que la familia de su marido llegó, y comió como si no hubieran tragado en años; habían llegado caminando, acompañados por tres mulas viejas tras un par de horas serpenteando entre las milpas, evadiendo a los ejidatarios de San Andrés y los de Coapa. Cerca se podían divisar los dos edificios  que se habían construido para los juegos, y más hacía el sureste el cercado que ya les habían pagado a los ejidatarios los de la universidad. Recordaba con nostalgia que no había nada más, la luz por aquellos parajes eran meros puntitos diminutos  que se observaban en las noches a lo lejos, y era más fuerte el ruido de la corriente del canal que el sonido de algún carro en dirección hacia Tláhuac. Eran buenos años, pensaba la vieja mientras abría la ventana que colindaba con el corredor de la casa contigua y la del traspatio suyo, aun aventando con todas sus fuerzas el paquete no lograría burlar la barda de dos casas. Y su vecino el puto, seguro que iba a chismear, si no es que ya lo había hecho.
 
Escuchó a su hijo Ramiro ponerse a gritar con alguien en la calle, seguro era otro de esos pinches adictos que no entendían que la chingada se los estaba cargando, venia por su dotación matutina de piedra, o de mota, o de coca o de esa madre que se estaba poniendo de moda y que era pura cosa sintética, a ella le costaba menos de 100 el gramo pero la repartía bien a casi 300 o más bien rebajada con quinina; puro morro de la secundaria de la otra colonia, eran los que le llegaban siempre en la tarde,  y terminaban tirados como pendejos en la cancha de la Piloto. Escupió, y luego maldijo otra vez, mientras percibía el enrarecimiento  del aire, esa sensación extraña que sabía describir a la perfección, porque a ella le recordaba esas madrugadas cuando estaba Pancho apenas dando sus primeros pasos, y ella se iba caminando con el anafre, los maderos y los ingredientes, hasta casi topar con el canal para comenzar a preparar todo para vender las garnachas para los albañiles, que ya tenían un picadero por aquí y por allá, los camiones con material pasaban a toda velocidad salpicándole las enaguas de lodo y piedra suelta, mientras jalaba con una mano al chiquillo que quería echarse a volar. Ese sobresalto de que por más caluroso que estuviera el amanecer, algo apagaba todos los sonidos, y magnificaba uno solo: el de sus latidos. Veía al niño querer ir tras los perros o los mapaches que por aquel entonces todavía andaban por allí. Pero de repente todo se iba a silencio sepulcral, casi siempre al pasar en donde antes se decía que se aparecía la llorona. Pero eran puros cuentos, o eso le dijeron para que dejara de tener miedo, nunca se supo explicar de dónde procedía la ansiedad que le asaltaba. Pero  en el presente, sus opciones eran bien pocas, si dejaba solos a los muchachos estos acababan muertos por quererse poner a cuetear; si se iban ellos, perdía todo. Era mejor apechugar y esperar a que no fueran tan jodidamente fuertes los motivos.  En eso pensaba cuando cogió el celular de una de sus bolsas laterales y pulso en la memoria rápida un número.
 
Bajo al piso de en medio, mientras llevaba aun en la mano derecha la bolsa con las grapas, en la otra llevaba un pequeño cepillo que parecía haber tenido sus mejores años en otras épocas. El pelo blanquecino lo traía sujeto en una coleta corta, se colocó el suéter rojo encima del mandil con el que cocinaba, pero ya cocinaba bien poco,  ya que siempre la estaban fregando los de la Red para que los acompañara a los mítines, o para darle despensas, o para que le estuvieran chingando con lo del seguro de ancianidad, aparte de atender el negocio. 
 
-Ya? Deja unos cuantos afuera, nomás para que no empiecen a chingar a Rosi…grito justo en el momento en que se abría una de las puertas que daban hacia la otra casa, y por donde la hija de Raúl dejaba pasar a una de las nietas de la vieja.
 
-llévate la mochila y se la das a tu madre, y aí  de ti donde no llegue completo ese dinero? Me entendiste!? 

Gritó mientras zarandeaba un poco a la muchachilla que veía con ojos reacios todo el movimiento que aun hacían sus tíos y su padre, este último aun andaba sin playera y el torso lleno de cicatrices, la sorprendió un poco porque hacía casi 3 meses que no le veía.
 
-te cuidas! Le dijo el hombre, y volvió a desaparecer en los cuartos aledaños. La chica no respondió y se quedó de pie impávida mientras su abuela le tronaba los dedos en la cara.
 
-órale, muévete que no tardan…y cuidadito en irte de pendeja! La chica desaparecio por el mismo agujero por el que había ingresado, del mismo apareció un brazo fofo y cubierto por una tela que amenazaba con romperse.
 
-mi’ja …comenzó a decir la viejecilla a la señora gorda que resguardaba el acceso a la otra propiedad… gracias, diosito te lo pague, y espero que no me cargue la chingada dentro.
 
-no se preocupe madrina, aí la voy a ver cuándo la trasladen.
 
La mujer de pelo crespo y muy corto tintado de amarillo mostaza, cerró el portal e inmediatamente se comenzó a escuchar el remover de una cosa pesada que cubría la otra parte de la pared.
 
-Pancho, ya ciérrale aquí. Dijo por lo bajo mientras soltaba el adorno de su cabeza y se pasaba el cepillo para alisar el pelo. Comenzó a bajar las escaleras hacia la planta baja donde ya estaban los otros dos; Agustín de pie, ya traía una camisa encima de la desnudez del torso,  mientras que Ramiro se encontraba con la cara abatida, sentado frente a la mesa donde yacían los paquetes de mariguana embolsada y otras cuantas grapas más. La pistola que había sido de Pancho, cuando se dedicaba a asaltar a los de la universidad, descansaba en el mero centro de la mesa redonda de madera con 4 sillas para los habitantes de esa casa. El primero de sus hijos apareció jadeando tras brincar los últimos 3 escalones. Su rostro denotaba inquietud y molestia, pero no pensaba actuar.
 
3 minutos después de que  la vieja hubiese logrado poner su trasero en la silla acolchada cubierta de plástico transparente, se oyeron las sirenas, volteo a ver la cara de sus hijos; en todos se adivinaba la idea de resistirse pero a sabiendas de que era más fácil salir del reclusorio que del agujero, se mantuvieron en sus sitios. Escuchó el momento justo en que tronaban el zaguán y entraban al menos 10 uniformados con las armas en ristre. Ponían boca abajo a los muchachos y los zarandeaban, se acordó justo en ese momento cuando hacía muchos años, justo el momento en que a su esposo se lo habían llevado detenido, acusado de secuestro y quien sabe cuántas linduras más, pero al menos estaba vivo, en el tanque pero vivo; no como el compadre Raúl que se resistió y los judiciales, que eran los que les pasaban los datos, le habían acomodado 8 plomazos. Eran otros años sin duda, pensó mientras la subían con suma cautela a la parte posterior de la patrulla.
 
SR Mayo 2015