jueves, 26 de noviembre de 2015

Derrumbes

Derrumbes
 
-FIDEL! FIDEL! VEN RAPIDO!
 
Escuchó los gritos de la voz carcomida por los años y las malas épocas de doña Bonifacia. La vieja grita desesperada mientras se aferra a las trancas que separan nuestras propiedades. Salgo tan rápido como las piernas me lo permite, mientras la vieja golpea frenética las tablas casi podridas, apenas me ve asomando el tronco me vuelve a instar: ¡por favor venga, mi nuera esta inconsciente!
 
Rodeó las tablas y entró en la casa de color tabique,  en el piso de cemento puro esta la mujer de cabello negro rodeada de sus dos niños, uno de 11 y la niña de 6. Lloran y no saben porque su madre está ahí tirada mientras la abuela pega de gritos al vecino de junto para que este se apresure. Llegó hasta la mujer tendida boca arriba con el pelo cayéndole de manera fea un tanto en su rostro y otro tanto en el frio concreto.  Trato de escuchar su respiración y percibo el tufo inconfundible: vodka y naranja. Volteó a ver a la anciana y le digo con una rápida mirada que requiero una conferencia. Entiende y se aparta hasta la mesa del comedor desde donde les grita a los niños que todo está bien, que vayan buscando su mochila porque ella los llevara a la escuela esa mañana. Desconfían un poco, pero instados por una segundo grito con una voz más potente procedente de la garganta de la abuela se devuelven a su cuarto donde tienen sus cosas escolares.
 
-mire doña, la verdad no tiene nada grave.
 
-qué es?  Está enferma?
 
-no, no es eso; está bastante tomada. Mi recomendación es que la deje allí un rato y luego la meta a bañar con agua bien helada para despertarla.
 
-ay dios santísimo!
 
-no es para alarmarse, estoy seguro que se le pasaron las cucharadas.
 
-cabrona chamaca! La culpa la tiene Pedro por andármela dejando aquí mientras el hijo de la fregada anda en del otro lado.
 
-sí, pues sí. Entonces me paso a retirar…
 
-oye chamaco y no puedes hacerte cargo de ella en lo que voy a llevar a los niños?
 
-de poder si puedo doña, pero solo podría vigilarla.
 
-no, mira la arrastras o la cargas hasta la regadera y ahí la dejas hasta que llegue a darle una buena.
 
-pues, si usted dice…
 
-dios te lo pague Fidelito.
 
-deje cierro mi  casa y me retacho.
 
Arrastró a la mujer por medio cuarto sin que obtenga respuesta alguna, no pesa gran cosa pero aun así mis problemas lumbares no me permiten cargarla hasta el baño;  el arrastre hace que su playera verde se enrolle en dirección norte de su cuerpo, alcanzo a percibir un poco de la piel apiñonada de la chica.
 
-Evelia! Evelia! Despierta! Gritó, pero sigue a obscuras, apenas se escucha el leve respiro de su nariz y el pecho bajando poco y subiendo con la misma rapidez. No es gran cosa la chica, delgada y con carácter fuerte, piernas delgadas y poca cadera, una rígida angulosidad en su rostro y una nariz algo ancha que rememora sus rasgos indígenas; el pelo negro lacio (aunque lo traiga revuelto y sin corte definido) le cae habitualmente por debajo de los pechos. Poco pecho en realidad, aunque debido a su complexión delgada se le ve bien distribuido todo. El pantalón de mezclilla le queda algo justo pero sin que este demasiado evidenciado esto último. No trae zapatos y en las uñas de la mano hay apenas indicios de que alguna vez usara barniz. Tiene casi 26 y su esposo (el hijo menor de la vieja) tiene cerca de 32, él está trabajando de sepa que cosa en los Estados Unidos y dejo al cuidado de su familia la salud de su madre.
 
-Evelia! Evelia! Ya párate! Tocó su piel tostada por el sol de la sierra y no responde, me aventuro un poco más y magreó su seno derecho esperando que no reaccione en absoluto y pueda seguir tocándole los pechos. Un minuto, mas, el masaje lo extiendo hacia el otro pecho y sentándome a horcajadas (aunque sin apoyarme por completo en su cuerpo para evitar aplastarla) continuo con el frota que frota. Deslizo su playera hasta el cuello, sus pechos cubiertos por el sostén gastado de color beige me llaman, me hipnotizan; saco uno por afuera de la tela correosa de la prenda interior y me emboto al ver el pezón obscuro, gordo, de aureola enorme. Me bajo de ella y me tumbo, succiono, primero leve y después descaradamente mientras aguzo el oído en espera de que no aparezca la vieja; saliva por ambos pechos. Decido jugarme el todo por el todo, bajo hasta los tobillos su pantalón de mezclilla y emerge poderoso el sexo cubierto por una panti negra, va también  abajo y los pelos gruesos y negros como el carbón cubren toda su pucha. Me saco la verga ya erecta y le escupo un poco, mientras acomodo, entra con dificultad, despacio y sin prisa alguna, huele fuerte su sexo debido a que se orinó en algún momento de la madrugada, no me importa y sigo penetrando lento y profundamente. Aún tiene cierta rigidez en sus músculos internos  que el cipote agradece; me dan ganas de besarla pero desconfió de que vomite en cualquier instante, pequeña boca sin maquillar. Finalmente tras unos cuantos minutos de mete-saca   me voy a correr. Grandiosa y culposa venida que termina en sus pelos, en miedo y todo lo que le sigue. Vuelvo a sobar sus pechos mientras intento incorporarme para subirle el pantalón y la prenda íntima, le bajo la playera y la meto al cuarto de baño (que está separado por una cortina azul cielo del cuarto donde duerme la vieja), abro las ventanas para despejar el olor de mi semen y acciono las dos manivelas para que comience a salir agua templada. Poco a poco se revuelve la mujer mientras siente el fluir del agua.
20 minutos después aparece doña Bonifacia, me da las gracias por meterla al baño y se queda parada en medio de la habitación (ahí donde me estaba cogiendo a su nuera) mirando el despertar intranquilo de la joven.
 
Me viene a ver Evelia cuando son casi las 7 de la noche, en sus manos trae una cazuelita de peltre algo despostillada y una servilleta de tela a cuadros naranjas encima a modo de tapa.
 
-Fidel, le traigo esto… muchas gracias por ayudarnos en la mañana. No me quiere ver a los ojos pero lo dice de corazón, no entiendo porque la mujer bebió pero cojo el paquete que me lleva y le agradezco sinceramente. Tortillas y un guiso con mollejas de pollo, al final no queda nada en la cazuela y mando a Licha (mi mujer en turno) a que la lave, lleva apenas un rato y ya ha hecho más labores que yo en una semana solo; me pregunta el porqué de la comida y le confieso casi todo, exceptuando que me la cepille antes de que ella llegara, seguro que le resultara sospechoso que me tarde un poco más en venirme pero tampoco es que sea muy claridosa en sus juicios. Llueve en las ventanas mientras lo hacemos en mi cama sostenida apenas la base por los tabiques que me obsequiara Pedro cuando echó su casa. El negro cielo de verano relampaguea por instantes y me parece escuchar llantos provenientes de la casa vecina pero desecho cualquier pensamiento cuando Licha me devora la verga en espera de recibir una buena ración. Sin embargo esa noche duermo intranquilo porque no me gusta mentirle a mi mujer, pese a que solo sea la que está de turno.
 
SR Septiembre-octubre 2013

lunes, 9 de noviembre de 2015

Parece poco
 
Teresa se sirvió la tercera taza de café orgánico de la mañana, en realidad no tenía ganas de bañarse, era temprano y la reunión no seria sino hasta las 7. Allí volvería a encontrar a sus ex compañeros de carrera; 10 años habían pasado desde la última vez que habían estado juntos y casi 18 desde que entraron a la universidad. Tenía ahora 36 años y seguía siendo guapa, no pasaba demasiado tiempo en casa y sí lo hacía era para enviar correos y misivas correspondientes a las actividades del partido al cual pertenecía.
 
Entró al cuarto de baño azul turquesa y al desatarse la bata se contempló durante unos instantes en el espejo, pese a ser delgada volvió a recriminarse esos kilos de más y se aseguro que ahora si haría tiempo para correr por las mañanas o de plano ir a un gimnasio a las caminadoras;   notó el descuido en el vello de su pubis y alzo la mano izquierda donde solía llevar el reloj para saber cuánto tiempo tenía. El suficiente, apenas para recortarlo con las tijeras más cercanas que encontró; 12 minutos después salía del cuarto de baño envuelta en una toalla y comenzó a vestirse, pantalón de pana y una blusa le cubrían el cuerpo. Eran casi las 5 de la tarde y para llegar al sitio tendría que salir al menos media hora después. Se colocó frente a la computadora y comenzó a teclear algunos nombres al azar; todos aquellos de los que se acordaba de sus años de estudiante, a algunos los veía de vez en cuando (sobre todo a las amigas) y a otros no tenia la menor idea de que había sido de ellos.  Tecleo rápido y sin concesiones, apenas deteniéndose para darle pequeños sorbos a la cerveza que había destapado. José Nieto, Mario Zarco, Genaro Narro, Pedro Armero, Daniela Pino, Diego Barras, Ana Chávez, Sandra Nieto, Arturo Díaz, Pascual (cuyo verdadero nombre se le escapaba), José Rodrigo, Diego Rúa, Damián Fernández, Carlos y Armando (siempre inseparables), Lizbeth, Martha, Cristi,… se detuvo, solo recordaba a estos, si bien había otros cuyos rostros aun medio recordaba y otros que ya ni eso.
 
Al salir del estacionamiento del edificio tomo la ruta más corta. De nueva cuenta su mente voló hasta las horas y horas que había pasado con la gente de la licenciatura, las fiestas pequeñas y las grandes, las discusiones políticas cuando se tambaleo el régimen, las conferencias y coloquios en los que se habían encontrado de repente. Al menos a la gran mayoría de los que aun recordaba los había visto fuera de la escuela y recién, salvo un par en el que se sorprendió de repente pensando. Diego y Lizbeth, a Teresa le gustaba Diego; mientras que a Lizbeth  poco en realidad había hablado con ella en la universidad y mucho menos fuera de ella; pero la sabía de las mejores en la vena neo costumbrista latinoamericana.  Había comprado su último libro y tal vez algún día se atrevería a pedirle que le recomendara algunas buenas lecturas.
 
Llegó apenas pasadas las 7 y se maravilló al ver lo elegantes que iban varios de los que allí estaban ya; reconoció a Mario, a pepe Nieto, a Pascual, a Genaro (el cuervo) y a las chicas “calamidad”. Vio a varios más que sus caras le fueron familiares pero no así su nombre. Dentro, el salón bullía con varios ex compañeros que se saludaban efusivamente y formaban corros recordando sus viejos años de marcha. Era un bonito salón, la música sonaba tenuemente y constantemente se veía el ir y venir de meseros, sorteando mesas, acomodando botellas, hielos, servilletas, pequeñas botanas y tratando de servir a los tipos y mujeres que se hallaban sentados.
 
Se situó en una mesa acompañada de sus tres inseparables amigas y se saludaron efusivamente como si no se hubieran visto en mucho tiempo,  comenzaron a correr anécdotas justo cuando se integraron los hombres que durante años formaron un grupito alegre. Les acercaron las botellas de cerveza y  volvieron a servirse como en antaño, Teresa de a poco iba acordándose de mas nombres y apodos: Carolina, el mudo, Daniel, Chilo; por donde fuese recordaba pequeñas porciones de esa etapa de su vida; reconoció de inmediato a Arturo “el cavernario” por la falta de altura y de porte (además de que había sido él quien había organizado aquello), se sonrió con éste y pronto se situó cerca de ella.
 
-que hay compañeros como va todo? Lanzó un grito el tipo con una sonrisa totalmente blanca, a la mesa donde se hallaba Teresa y el resto.
 
Un *bien* algo apagado sonó en la mesa y es que a la mayoría no le agradaba en lo mínimo el hombre, ni antes, ni ahora, el tipo noto inmediatamente el cambio de ambiente y después de intercambiar un par de frases con otra de las chicas se alejo a saludar a otra mesa donde fue recibido con mayor entusiasmo.
 
-ese guey no cambia verdad? Dijo uno de los hombres cuyo aspecto era divertido debido a que usaba un tupe que se veía falso en exceso.
 
-nada. Le corearon varios, Teresa hizo caso omiso a las pláticas que continuaron soltando veneno en contra de este o aquel compañero, destacando sus logros y lo desgraciado que era el aspecto de varios de ellos. El camarero le trajo otra cerveza y al darle un trago sintió una rebaba en el envase, se había cortado el labio. Se excusó tras sentir la sangre en la boca y caminó hacia el baño. En el recorrido encontró a mas compañeros, y tan pronto como se acercaba a la escalera que conducía al baño notó en una de esas mesas más alejadas, a Diego y a Lizbeth; él estaba idéntico a como lo recordaba de la ultima vez que lo vio (hacia casi 4 años) en una marcha: delgado, alto, con los pómulos y la quijada fuerte; mientras que Lizbeth iba muy guapa con su vestido negro y un escote pronunciado, se veía alegre. La noto algo alejada de su esposo pero no le dio mayor importancia, siguió su ruta hacia el baño y al poco de salir decidió acercarse a la mesa donde convivía la pareja a saludar a los compañeros. Conforme se acerco se dio cuenta que en realidad mientras el hombre platicaba animadamente con el resto de los asistentes reviviendo viejas glorias, la escritora se hallaba en una charla muy intima con alguien a quien no reconocía.
 
Saludo: *hola compañeros* y un “hola” se hizo general en la mesa, inmediatamente la mayoría se puso en pie para saludar de beso y abrazo a Teresa. Cuando se acerco a Lizbeth por el rabillo del ojo vio que retiraba su mano del torso del hombre que estaba semi oculto en la silla, con la cabeza gacha, solo noto el coco liso y moreno, el resto de la cara iba en consonancia.
 
-hola Liz, que bien encontrarte… dijo sinceramente mientras la mujer de vestido negro se enderezaba y le daba un beso algo sonoro en el cachete…
 
-Tere…mucho tiempo. Contesto la mujer mientras acercaba un brazo para cerrar el abrazo. A punto de preguntar por el hombre que les acompañaba este se acomodo en la silla y le dijo:
 
-hola chica...
 
-Rodrigo? Dijo tras escuchar la voz con aquel tono bajo inconfundible, se agacho lo suficiente para percibir su aliento a cerveza y ver esos ojos rojos que durante años la saludaron fríamente… cómo has estado?
 
-he estado, que es lo bueno. Dijo si apenas despegar los labios y agarrando con la derecha la cerveza que tenía frente a sí y sin tratar de acercarse a ella en lo más mínimo.
 
Charló un poco con varios de los allí sentados y tras un rato la mujer regreso a su mesa, apenas se hubo sentado Daniela y los demás, le preguntaron sobre la campaña del diputado en la que ahora andaba. Contestó como siempre, como si fuera una entrevista para algún semanario y pronto se notó aburrida ella misma.  Minutos después la plática volvió a variar y recalaron en las otras mesas. Fue Ana quien notó algo y los demás asintieron.
 
-no les parece que la zorra de Lizbeth anda muy cariñosa con ese guey?
 
-ha de ser por el alcohol, eso o le quiere dar picones a Diego.
 
-y a todo esto, quién es ese guey? Tercio Juan, haciendo énfasis en el apelativo.
Justo cuando Teresa iba a responder, Sandra fue quien tomo la palabra *es el pinche Rodrigo*
 
-ah ya; pero algo se hizo no? Pregunto Damián mientras sorbía cerveza despacio… no recuerdo que estuviera así. Digo recuerdo la cara de pendejo, pero no que estuviera tan… pues, tan miserable. Allí Teresa volvió a darle una mirada al hombre, vestía muy común, con mezclilla, una camisa blanca y el suéter viejo de color obscuro. Apenas estaba reparando en ello cuando oyeron una voz festiva y algo borracha tras de ellos
 
-bueno no es raro que se vea así, el cabrón se fue directito a la chingada al terminar la carrera y se metió en otras cosas raras,  localizarlo no fue sencillo porque no vive en la ciudad. El que hablaba era Arturo, quien lentamente se sumo a la mesa y todos miraron por unos segundos al sujeto que ahora  hablaba al oído de la mujer, está reía y se agitaba mientras que él continuaba con su mirada perdida en el fondo de la botella que tenia  enfrente. 
 
Se perdió el interés de nuevo y cayeron en más pláticas de los logros y victorias de los asistentes; Teresa sintió un ligero mareo y excusándose enfilo hacia la puerta para tomar aire, en el camino al menos 3 de sus ex compañeros le intentaron cerrar el paso para que se tomara un par de tragos. Se deshizo de ellos fácilmente y continúo. Abrió la puerta lateral y aspiró rápidamente el aire nocturno que se colaba por las rejas de color carmín. Tenia unos minutos allí afuera cuando escucho el ruido inconfundible de los tacones de una mujer.  Lizbeth pasó rápidamente a su lado, sin apenas voltear a verle, tenía el pelo algo revuelto y el lápiz labial corrido. Abrió la puerta por la que había salido Teresa y se perdió dentro. Unos instantes después escucho el sonido inconfundible de alguien orinando y tras acabar como subían el zipper del pantalón, cuando ya iba a preguntar algo, apareció Rodrigo acomodándose el suéter.
 
-Tere, qué hay? Le saludo con la misma emoción que si tuviese enfrente a una estatua.
 
- tomando un poco de aire. Dijo sin atreverse a mirarle a los ojos.
 
-bien, nos vemos luego. Contesto sin apenas mover los labios. Subía ya los escalones que le situaban casi a la par de teresa cuando ella hablo.
 
-no esta bien…
 
-Qué? Se detuvo en seco un escalón debajo del de ella, quedando sus ojos a la par.
 
-lo que le estas haciendo a Diego…
 
-de qué hablas?...
 
-bueno, Diego es tu amigo no? a los amigos no se les hace eso.
 
-Diego no es mi amigo y dudo mucho que él me considere como tal. Así son las cosas…
 
-o sea que eres hipócrita por estar con ellos en esa mesa y traicionarlos por la espalda?
 
-no, simplemente me invitaron a sentarme y yo accedí. Además no sucedió como te imaginas,  aunque todos somos adultos por aquí, y cada cual sabe lo que hace.
 
-lo sabe!? Su voz sonó como un grito que sólo escucharon los dos hombres del valet parking situados a varios metros en la entrada del edificio.
 
-cosas que pasan Tere. La cuestión es  si a ti te importa mucho? Volvió a preguntarle.
 
-no, en lo más mínimo. Cada quien hace... Dijo sajando la situación al tiempo que alzaba los hombros y se giraba para volver adentro,  cuando escucho de nuevo su nombre.
 
-Tere, quieres una cerveza?
 
-jajaja o sea que te acabas de chingar a la esposa de tu amigo y quieres rematar conmigo? La chica entrecerró los ojos color avellana. Pareciese que quería comprender todo con una sola frase
 
-no, nada de eso chica: estaba ayudando a vomitar a Liz, se le pasaron los tragos.
 
-y quieres que te crea?
 
-esa es la cosa, no tengo porque mentir.  El hombre volteó a ver las farolas de la calle, con total indiferencia a lo que estaban hablando
 
-no sabía que fueras tan cínico compañero.
 
-jajajaj  se me hacía extraño que no me llamaras así. Qué dices? Te tomas una cerveza conmigo en el bar de la vuelta o te da miedo que te vean irte conmigo? Volvió a darle la cara pero con el mismo rostro impasible. Como si estuviese alejado de la emoción humana.
 
-miedo? Que muerdes o haces cosas malas? Aflojo el semblante la mujer al tiempo que veía al mismo hombre que años atrás la saludara todos los días con un movimiento de mano.
 
-no, nada de eso; simplemente que varios en la mesa donde estaba querían invitarte un último trago y después… bueno ya los recuerdas como eran; entonces que dices?
 
- no… creo que paso.
 
-bueno, no hay problema; pero ya sabes, no siempre puedes platicar con viejos conocidos.
 
-no creo que fuésemos tan cercanos
 
-es cierto, en fin…más cerveza para mí.
 
-que sacrificado.
 
-oye, yo te invite, tu no quisiste. Esbozó al fin una sonrisa mostrando los dientes, parecían más blancos de lo que en realidad eran, pero comparándolos con la blancura de la camisa parecían grises.
 
-ok, vamos por una cerveza. Voy por mi bolso y regreso. Dijo finalmente tras contemplar sus perspectivas y lo que le aguardaba si regresaba al salón cuyo jardín frontal se hallaba cubierto con varios arbustos recortados con figuras que intentaban asemejar algo sacro y terminaban por no ser distinguibles a simple vista.
 
-aquí te espero. Dijo el hombre que observaba hacía el cielo, de nueva cuenta con la mirada perdida en algún punto de la oscuridad.
 
Entraron al café- bar y pidieron una cerveza al chico no mayor a la edad que tenían cuando se conocieron, claras ambas. Se sentaron en una pequeña mesa rodeados de asistentes que en su gran mayoría eran 10 años más jóvenes que ellos.
 
-y dime, sigues en la onda de lucha de clases? pregunto el sujeto mientras le daba el primer sorbo a la bebida ambar.
 
-sigo en lo mío, ya sabes trabajando para el partido, pero yo no lo diría como lucha de clases, sino como la forma de abrir oportunidades para que las mujeres tengan una mayor participación al interior de la vida política de este país; vamos, que sean conscientes de que su injerencia puede hacer grandes cambios en el rumbo de la política del Estado y se activen… se detuvo un tanto sofocada no tanto por la cantidad de palabras como por la sensación de que en cada frase se perdía la fuerza de su significado…jajajaja ya ves, parezco manual de escuela, mejor cuéntame a que te dedicas ahora, porque el “cavernario” anda diciendo que te metiste en cosas gruesas y que andabas ilocalizable?... se sorprendió al estar allí en ese minúsculo espacio platicando con ese hombre como lo hiciera en varias ocasiones años atrás, pero del cual no tenía ni la menor idea de que esperar.
 
-vivo en Zacatecas. Sobrevivo del campo.
 
-o sea?
 
-soy campesino Tere, me dedico a sembrar alfalfa y maíz cuando hay buenas temporadas, cuando no, pues frijol y hierba. Lanzó sin emoción alguna mientras esperaba la reacción de ella.
 
-no mames, hierba!?
 
-jajaja no, no es cierto, solo alfalfa y maíz. El “cavernario” me dejo mensaje con mis hermanos que todavía viven acá y ellos me localizaron en mis ranchos.
 
-jajaja muchos ranchos?
 
-no, en realidad solo son dos terrenos en donde siembro; la cosa esta dura.
La mujer miró las dos manos encallecidas y accidentadas del tipo, le vio el rostro duro forjado a base de dificultades y reconoció que poco o nada quedaba ya de aquel muchacho que ella había conocido años atrás mientras tomaban clases en los salones de la facultad. Notó el enrojecimiento de sus ojos y lo acuso a la acción del aire contaminado, reparó en  la cada vez mayor profundidad de las arrugas del  rostro.
 
- y ya llevas mucho allá?
 
-veamos… si no me equivoco, cumpliré el mes de enero 12 años. Una vida entera para mi otro yo.
 
-pero, no… es que no alcanzo a entender cómo es posible que acabaras allá, si tenias una gran habilidad para la literatura, prácticamente estabas en fila para los posgrados y para los trabajos de crítico.
 
-jejeje bueno Tere, en realidad lo odiaba… resolvió tras dar otro trago a la cerveza… odiaba las clases, odiaba las discusiones sin sentido de todos los grilleros, odiaba el sistema de lee y repite que manejaban todos. Quería en realidad hacer el cambio, pero me descubrí bien pronto sin realmente entender que era el cambio. Para ti a lo mejor era y es lo que me has dicho antes, pero para mí  no es así, quería algo más; por ejemplo, allá a la gente le viene valiendo un pepino si como gobierno quieres cambiar una ley de la constitución que le de poder a alguien para ponerse a gritar; la gente quiere comida, quiere una tele y quiere su espiritualidad de doble moral intacta. Mi mujer, con la que llevo casado casi 11 años,  me prepara el desayuno, la comida y la cena cuando hay, cuando el delegado regional o el síndico dice: “hey te toca hoy a ti, y mañana ya dios dirá”; cuando no, pues  me dice que rece, que me ampare a tal o cual santo y a la goma a esperar que al bendito político de quinta le lleguen las oraciones o las maldiciones. Con mis dos chavalillos es parecido, saben que si no van diario a clases no les toca ayuda o desayuno, pero pregúntales sobre política y no saben nada de sus derechos constitucionales o individuales porque, y permíteme parafrasear una canción que me gustaba mucho: “las letras no entran cuando se tiene hambre”. Yo trato y me esfuerzo hasta que me salen nódulos en las cuerdas vocales de que agarren un día a la semana ya de perdida el periódico, no pueden, no quieren; prefieren salir y perderse entre las milpas con otros niños que igualmente están predestinados a joderse para jugar, para disfrutar un poco de infancia antes de que les toque la realidad de los adultos y del país. No es un reclamo a ti o a los compañeros, pero ya no sentía nada cuando leía o escribía sobre si un barco blanco refería a la naturaleza o la bondad del hombre o si la pinche ballena de Moby Dick eran las ideas de pérdida del capitán o sepa la chingada que cosa puñetera quiso decir el autor, o si José Agustín disfrazaba todas sus críticas con viajes de mota y ácidos rockeros para evitar meterse en pedos. Me sentía vacio y sin nada cada que recibía un trabajo con un 10, para que putas sirve un jodido numero en un papel que no va a significar nada fuera de un parámetro de sí sé o no sé sobre una materia relacionada con la estructura y composición de un párrafo?… me jodí el cerebro muchas noches tratando de encontrar algo. No pude o no quise, y me largue a lo que siempre quise: no quedarme anclado a una maquina o a una oficina que me limitara a soportar gente que no deseaba soportar. Volvió a hacer una pausa y tomo la cerveza.
 
-vaya… vacilo la mujer mientras observaba que el hombre tenía un ligero tick en el ojo izquierdo.
 
-así es Tere, me jodieron bien y bonito al hacer que mi mente revolucionaria se amoldara al sistema, que me diera un par de hijos que juegan y pelean en la tierra, mientras su padre se rompe el lomo tratando de hacer algo significativo, de que ese par de escuincles, que comen un día sí y otro día quien sabe, tengan algo; tengan mínimo el valor o las armas suficientes para entender que a veces no saber  mucho te provee una mayor felicidad. O quien sabe? Igual y ellos después me reprochan por no haberles dado un mejor futuro. Es la bendición de la inseguridad chica, no saber que nos depara el destino para mañana. Me quejo por el futuro, pero no por el presente. Zanjó mientras le daba otro trago a la cerveza y entrecerraba los ojos.
 
-o sea
 
-ve a todos los compañeros, andan estresados y beben para olvidarlo o beben para relajarse, para sentirse bien con ellos mismos y con el espacio que les rodea. Quiero creer que yo bebo en la medida de que me gusta el sabor del vino y la cerveza, que me tomó unos botes cada que lo creo necesario, y que me preocupo; por qué será de esos chamacos toda vez que crezcan, igual; pero hey, eso nos pasa a todos los que somos padres.
 
-no sé, no tengo la menor idea de que decirte.
 
-bueno, no te agüites; mejor platícame como te va… sigues saliendo con Rodolfo? Dijo el hombre mientras volvía a llevar la cerveza a sus labios y sus ojos adoptaban de nuevo un tenue matiz de cansancio.
 
-Rodolfo? Jajajajaj hace como 7 años que no sé nada de él. No, en si estuvimos casados…
 
-o sea que en realidad si no sabias mucho de él? Jajajajajaja
 
-jajajaja te pasas… no en realidad nos conocemos mejor que nadie, pero no se…
 
-no es Diego?
 
-Que tiene que ver Diego en esto?
 
-vamos chica, se notaba a kilómetros que te gustaba el tipo; tú sabes tenía ese algo rebelde y contestatario que hacía que todas se emocionaran por él.
 
-tú crees?
 
-no lo sé, al menos eso es lo que me contaba Lizbeth hace unas horas; le ha costado la mitad de su vida ahuyentar a las moscardonas –sus palabras- y tú eras su enemiga publica numero 1 durante la universidad.
 
-no sabía que me tenía en tal alta estima…
 
-es muy celosa Lizbeth.  Remató el hombre mientras alzaba la mano en dirección al chico y le pedía una segunda cerveza. Ella apuro la suya e hizo el mismo ademán que su antiguo camarada.
 
SR 2012-2014

jueves, 10 de septiembre de 2015

la calle que no se calla nunca

La calle que no se calla nunca 

Me trató de sentar en la orilla de la cama, ella ha tomado los billetes y monedas que estaban en la mesa, donde también descansaban mis plumas y demasiados papeles. Ni siquiera pude encender un cigarrillo cuando ella ya estaba acomodándose la ropa, se llamaba Celeste. No es guapa, no tiene todos sus dientes y creo que tiene un poco más de bigote que yo. Cuando sonríe sus dientes picados me saludan. Y sin embargo, realmente no importa; la conocí una tarde que esperaba al chico Rivaldo. Ahí de pie, le recuerdo con sus eternas zapatillas de  tacón color blanco, arriba-abajo en una rítmica tonada que acompasaba la tarde en medio del infierno. Cruzamos miradas y luego la desviamos al tiempo que un taxi pasaba cargado. Enseguida un patrullero encendía la sirena y el barrio entero seguía atrapado por el olor a podrido. A canal de desagüe de la costa, y a la mierda de los humanos que flota tanto o menos como lo sea necesario, a unos 10 o 15 kilómetros por hora hacia el océano. Pocos ruidos que no fuese ya capaz de reconocer: por ahí suena la marimba de un viejo mecánico, luego los ruidos de la campanilla de los helados de Vicente, atrás se distingue el sonido de las teles, los pájaros, las chicharras, las ranas y los reptiles que se esconden entre los desperdicios del día. Ella de pie, con su falda roja, el pelo negro suelto y sus zapatillas de tacón  color blanco.
 
Me siento aun en calzoncillos frente al televisor, menos de lo necesario pero lo suficientemente cerca como para reconocer una o dos figuras sin los lentes. La vista se va yendo y yo sigo aferrándome a un milagro imposible. Cojo una cerveza, tibia, así se disfruta la sórdida situación de comenzar a beber a las 8 de la mañana de una primavera más; la tercera para mí en este sitio. Un cuarto a punto de desvencijarse con el próximo huracán que se cuele por el oriente, la televisión llena de bulbos que descansa sobre una vieja mesa con rueditas que el casero se niega a romper. Es su casa finalmente, y así le gusta que se mantenga, viejo pijo. Luego viene la pequeña cocina donde  mi refrigerador está lleno de cerveza y jamón serrano; la pintura de la cocina se descarapela siguiendo el ritmo de las olas, se viene en pedazos enormes sobre el resto de la habitación. El cuarto es diminuto, una pequeña mesa, la cama matrimonial y una silla es todo su mobiliario. El viejo lo cargo casi todo cuando se murió la anciana. Nunca ha vuelto a entrar aquí según me ha dicho, y yo le creo; está totalmente zafado. Prefiere vivir en un asilo a vivir en su propia casa. Es buen tipo, duro y algo estúpido, pero no es capaz de hacer jodideras. La cerveza sabe a mierda liquida. Lo sé, la he probado.
Suena el celular, tres o cuatro veces. Mensaje de algún pijo que quiere su droga. Cojo la bolsa de cáñamo y me calzó la bermuda más vieja que encuentro. Arriba una playera con el logo del partido político reinante y salgo hacia la calle, sucia y caliente como las mujeres que contrato. La avenida está llena de agujeros, hojas y meados que corren en completa libertad, lo más probable es que el tubo del drenaje se haya roto, o lo hayan destruido los cabrones morros de la colonia, sus madres estarán felices de saber que algo han aprendido. Ya no solo se meten a robar a las casas, ahora pueden ser expertos en demoler cosas útiles. Todo normal mientras corto camino hacia la dirección señalada,  entro por la sotehuela de Graciano,  con un poco menos de agilidad que antes, pero aun así la suficiente para brincar las tres cajas de refresco alineadas, sigo tomando atajos. Lo difícil es sortear a Baldomero. El perro de Julito, un mastín que come mejor que todos los demás canes de la colonia, se deja oír su bramido a cuando menos desde 2 casas. Él bufa terriblemente cuando reconoce mi aroma, es sexo, sudor y mierda condenado perro! Me afirmó para mí cuando logro franquear la última reja, y ahí a menos de 5 o 6 pasos está el hocico hirviente del cuadrúpedo, todo él es baba y dientes; podridos como todo lo que rodea este círculo infernal. De último momento tomo el palo que los chicos de Graciano cogen cuando se escapan en las noches para ver las putas del puente. Dos o tres varazos dirigidas hacia su dentadura lo hacen retroceder, enseñando diente y con la cola abajo hacia dios o sepa quién coños les rija la existencia.
 
Calle segura tras la barda, en la contra esquina está el dispensario, ahí me espera Leo y Carlos,  y muy probablemente también llegue en un par de horas la chica de Armenta. Bonita y muy estúpida, como le gustan a Armenta. No tiene aun 18, le faltarán un par de años para ello, pero ya está muy jodida, es adicta a la coca y fuma como tratando de que se le pudran los pulmones a la menor brevedad. No es para nada gracioso cuando se pone en plan pesado, alguna vez me tuve que despegar de su coño porque no apagaba el infernal cigarro y ya estaba mareado. Lo sé, soy marica, coño gratis es coño gratis. Pero aun así no soporto el condenado humo en el rostro. Luego la chica se acomodó la falda, se acabó el cigarro, cogió la droga de Armenta y puff! Aire y humo es todo lo que queda. Se acaba el ritmo, las olas rompen con fuerza en la orilla de esa condenada playa llena de mierda, botellas rotas, colillas y putas que se dejan embarazar antes de siquiera saber cómo es el verdadero océano. Llevo la cuenta de lo que me debe cada cual, Leo me debe 3 dosis, Carlos solo una, y Armenta… creo que aún no logro reponer lo que le debí de aquella vez que me fue a sacar de chirona.
Pero a él lo conocí antes, tenía menos de 2 meses aquí, seguía vendiendo todas esas mugres que mi recetario falso me permitía conseguir, a veces fallaban las cantidades, a veces me mostraba muy ansioso. Pero que esperaban esos bobos, eran las 2 de la mañana en un barrio pijo, y querían que tuviese un aspecto decente? Nunca, nunca desde que llegue volví a tener ese aspecto de antes, de cuando no era el “todo terreno”. Cuando únicamente era un sujeto que vivía en una casa, con una esposita y un niño de 8 años que no era mío. Cuando era el tipo que llegaba a dormir, a medio comer y luego otra vez a la friega del consultorio, a escuchar la risotada de los doctores, de los pacientes, de las enfermeras que abrían el coño apenas salías del otro coño de otra enfermera. Todas querían amarrar un doctor, dejarse embarazar y luego sacar hasta el último centavo tras divorciarse porque comprobaban que andabas con otra enfermera.  Así era mi condenada vida. Probablemente exagere, se me da bien hacerlo.
 
El ciclo eterno que me destrozaba los nervios. Y luego? Un simposio sobre idioteces que no curan nada, pero alivian las horas perdidas en un inmenso auditorio con tequila, cerveza, ron, lo que fuese era bueno para desaparecer las ideas, para contener el torrente de conocimiento que has ido acumulando por años. Por décadas inclusive. Son las 3 am, te sales de tu habitación, el resto del hotel duerme, tus compañeros duermen la borrachera, pero voy totalmente consiente de lo que voy a hacer. 
Me subo al taxi y le digo que me lleve a la central. A medio camino te desdices y le pides que te lleve a un congal, de esos luminosos con sillas de fiesta y ambiente de muerte. Se sonríe el tipo con una cara de repulsión y odio, porque preferiría estar durmiendo antes que andar paseando a un pinche güero por las calles apagadas. Llegamos, no se ve un alma, el barrio es una tumba abierta con cientos de cadáveres, a juzgar por el olor; igual que toda la ciudad huele a estanque podrido, a mierda estacionada en el tiempo. Dos puertas de madera picadas por el salitre, una luz de neón rojo y verde, tres chicas que medio bailan, medio se caen de borrachas y sueño en lo que supongo que es la pista, elevada apenas lo suficiente para que el tipo del fondo del lugar les vea la coronilla. Igual ni es necesario que las vea, igual y comprende que es su hija, su esposa o hasta su madre. No me sorprendería nada.
 
Pido cerveza, pido otra cerveza, pido más cerveza y luego ya no queda dinero, la chica que la trae se cobra a lo bravo, desaparece mi cartera, el celular, mi reloj, mi poca dignidad es aterida cuando aterrizo de hocico en pleno agujero en la calle sin pavimentar. No hay más ruido que las tres o cuatro putas que se ríen desde el interior del lugar donde me han robado. Camino un poco a la deriva, debe ser tarde pero no lo suficiente como para que amanezca, y aun así el calor es una mierda, debíamos de estar a 25 o más. Jodidas primaveras en sitios así, todo se pudre antes de siquiera disfrutarlo. Oigo a lo lejos el ruido de un millón de toneladas arrastradas rio arriba, sudando aceite y cargada de mierda. Percibo su vibración tan cerca que puedo confundirlo con el latir de mi cerebro, aun así me embeleso porque hace años que no escucho el tren, hace años que no escucho su pitido en medio de una ciudad. 

Y ahí cuando menos lo espero suena, duro, anunciando a algún ebrio que se quite de las vías o se lo carga la chingada, lo veo a menos de 300 metros; es un hijo de perra largo, que seguramente viene del sur, de la frontera, cargando cientos de pendejos que quieren llegar a un mejor lado sin saber que no hay mejor lado, que todo está igual de condenado. Tres o cuatro me miran y su risa es macabra, tan llena de odio por este mundo como lo puede estar alguien que lleva viajando quien sabe cuántos días por infinidad de tramos, eludiendo autoridades, rateros, narcos, la muerte al paso del convoy. Me miran y se sonríen porque saben que yo lo sé, que igual que ellos estoy jodido. Pero luego el monstruo avanza un par de metros más y veo que un par de niños se aferran a las orillas, que quieren evitar morir en un país jodido, en una enloquecida bestia que no alcanzan a comprender, que ni siquiera aparece en las pesadillas, todavía no comprenden que la pesadilla es aquí y ahora. Y luego, me para una patrulla, se pitorrean cuando les digo que me robaron, me creen otro de esos pinches indocumentados jode países. Me calló y me trepan a la patrulla, cara al suelo, servicio de migración ni madres, una patrulla de esas no va para allá, me jalan hacia el centro, me dicen que me va a cargar la chingada por andar “turisteando” sin permiso. Luego, la llamada, son las 5, alguien les llama y les dice que reporten, se emputan y empieza el mentadero de madres, tres o cuatro directas a la barbilla invisible del tipo por la radio. Me voltea a ver el que copilotea, alterna entre su compañero y yo las miradas mientras sonríe con los dientes más jodidamente amarillos que haya visto antes; te salvaste pinche mara, te toca calle y a chingarle. Dice entre dientes, a medio camino a ninguna parte los detienen unos sujetos bravos. El miedo es palpable y yo me orino en medio de la calle, el pito de fuera y mojando las baldosas del suelo. Me saluda un tipo fornido y lleno de tatuajes mal hechos, apenas perceptibles por el color moreno de la piel. Reconozco un símbolo cristiano y luego una calavera; trató por todos los medios  de sostener la mirada de ese hombre que medio sisea al final de cada oración. Luego me jala del cuello y me invita a largarme antes de que las cosas se pongan feas, esa madrugada conocí a Armenta. Con sus 95 kilos de musculatura estúpidamente innecesaria, como si fuese un requisito para impresionar más a los pobres diablos que nos cruzamos con su mirada. Me alejo mientras me grita algo sobre no tropezarme en la alcantarilla. Mensaje captado.
 
Regrese al hotel, regrese a mi vida y dos semanas después estaba ahí en Coatzacoalcos, bajando del autobús más desvencijado que recuerde. Me había pirado de todos, mi hijo, mi mujer, mi amante, mis deudores y acreedores, inclusive del pobre perro que me seguía a todas partes. Ahí en la terminal me deshice de la careta,  regrese a ese barrio donde me habían robado y me habían levantado. Me había recién instalado en el pequeño cuarto de ese sujeto que conocí en el callejón contario, cuando apareció Armenta, tres o cuatro preguntas, y luego se larga; menos de 3 horas después apareció la primera clienta. Le dolía la cabeza porque su esposo le había sorrajado un madrazo con una jarra. Dos pastillas de esto cada 8 horas. No dejes que te alcance tu esposo. Me paga con un billete y sale. Y llega otro, y otro y otro y así hasta 3 años después cuando ya no recibo a nadie en casa, sino que salgo a encontrar a mis “clientes”, gente jodida, sin esperanza, llena de enfermedades y ganas de joder a los que no las tienen. Pero al mismo tiempo muestran la inmediatez de la candidez que todavía algunos poseen. Me llaman “todo terreno”, les vendo anfetas, diazepam, clonazepam, rivotril, benzodiacepina, rophynol, camazepam, ketazolam, cioxalozam, asenix, pentobarbital, nalbufina, dextroanfetamina, coca, maría, hash; recetas para faltar, recetas para trabajar, para estudiar, para evadir la justicia, para convencer al novio, para maniatar a la novia, para joder al padre, al amigo, al esposo; doy consulta general, privada, saco balas y cuchilladas, conozco de hierbas, inflamaciones, golpes y curas irremediablemente caras.  Ahí en medio de gente muerta, de vivos, políticos, asesinos, ratas, curas y feligreses, narcos y policías que juegan a lo mismo. Gente buena, honesta y jodida, gente mala, perdida e hinchada de billetes, monjas, sibaritas, maricas, matronas, niños de dinero y mujeres que se encueran por unos gramos de cristal. Lancheros y petroleros que se disputan el quien deja más jodido el océano, niñas y sus madres pijas que les impiden usar minifaldas cortas y escotes pronunciados a plena luz del día, abuelos degenerados y abuelas que le atizan con ganas a la mota para curar el glaucoma y los males que se inventan. Rockeros y poperos, rastafaris y gente perdida que aún cree en los cuentos de los boleros. Ahí estoy yo. En medio de la noche y su quietud.
 
Me tumbo en la cama cuando se puede, cuando el calor lo permite y cuando me he acordado de poner las trampas para mosquitos, cuando la hamaca no me parece un invento satánico o simplemente cuando alcanzo a evitar caer totalmente idiotizado por la cerveza y el ron barato. No veo la diferencia entre acabarme en un puerto perdido en el golfo, que hacerlo en un consultorio de una gran clínica privada; sé cuál es el peor, pero no podría ser más feliz al respecto.
 
SR junio 2015   

lunes, 31 de agosto de 2015

La curva

La curva
A menos de 200 pasos está la curva. Debo pegarme a la orilla contraria. Debo evitar cruzar por donde están las cruces de Pablo y su vieja. Me duele todo el pinche brazo. He vomitado tres o cuatro veces. No se veía ni madres, pero creo que escupí un pedazo de muela o por lo menos de diente; tampoco es que importe tanto. Hay estrellas y pocas nubes, mañana seguro que hiela y se jode la alfalfa del viejo Carlos. Pinche alfalfa quemada, inservible, ni para restregarse los dientes y que te huela menos el hocico. Ahí mero esta la curva donde se mataron los 3 hijos de don Cástulo. Donde decía el padre de Adrián que se aparecía el diablo, puros pinches cuentos, he pasado a todas horas de la noche un chingo de veces y jamás he visto nada. Ni siquiera cuando se volteó la camioneta de Arnulfo, allá en el zócalo de la cantera. La llanta del copiloto estallo y voló en cinco o diez pedazos pequeños, la parte grande salió disparada hacia la cerca del doctor.
 
Ahí donde brilla la luz es la casa de Víctor, donde se murieron los niños porque se le salieron a la madre y un cabrón bajo la curva como bólido, ni siquiera quedo cuerpo que velar, pura pinche pulpa que la madre berreaba, mientras el pendejo que los mato se dejaba caer y volteaba hacia arriba a sabiendas que se había chingado. Jodido aquí, jodido por toda la eternidad. Esas cosas no se olvidan. Omar y Pedro. Así se llamaban los morrillos. Creo que no llegaban a los 5 siquiera. Gelatina roja con fragmentos de hueso y caucho embarrado por toda la carretera, al menos 100 o más metros. Doble remolque. La mujer sigue por ahí, sabe dios qué haciendo. Se le pudrió el coco.
 
Siempre me dijo mi padre que es más importante dar un paso bien, despacio pero firme, antes que dar 100 a lo pendejo. La verdad es que ni siquiera recuerdo haber pasado la curva de Braulio. También ahí fue donde éste se fue sin frenos. La parte derecha del carro quedo de frente a la pared de la casa amarilla. La otra parte se fue directito a la chingada. Braulio tenía casi 20. Dos hijos, una esposa que  dejo a las crías al cuidado de doña Celestina y se largó para las Carolinas o sepa la madre donde. Allá vive, sin remordimientos y con un pinche negrote. Puta! Pero no era ella, no; creo que la esposa de Braulio se llamaba Azucena y se volvió tortillera. Anda de arriba para abajo vendiendo sus pinches tortillas que hacen ver pendejas a las de los establecimientos. Baratas y chingonas.
 
He escuchado los ladridos del pinche can de los Robles. Se lo compraron a la camada de mi tío Serafín y escogieron al hijo de perra más culo, bueno, al perro que madrea a cualquiera que lo despierta pasadas las 12 de la noche. Le pusieron Goyo. Goyo es un hijo de puta que ha mordido más niños que cualquier otro pinche cuadrúpedo en todo el jodido caserío. Pegadita su casa de los Robles y de Goyo, está la del doctor, en su barda fue donde quedaron prensados aquellos pendejos que venían de vacaciones. El pobre guey del chofer se le pego sepa la madre qué en los frenos,  mega putazo a 85 en la barda de Robles, el pinche perro salió hecho la chingada de su tapete roñoso, se puso a ladrarle a los chavos que se estaban enfriando en medio de quien sabe cuánto dolor. El perro bramaba cada que la chica lanzaba un ay. Ella se piró primero, enseguidita el novio. El carro creo que era una caribe. Del año. Bueno, eso dijo el pinche chismoso del Fredy.
 
La curva ni siquiera esta ruda, de hecho tiene acotamiento y todo, por si empieza a ganarle a uno lo de la velocidad y la volanteada del carro, eso no ha impedido que la gente se mate, esa pinche curva fue donde se mató Guillermo chico, venía en la pick up de su tata, una 79, negra, con algo de cromo porque los morros le metían varo para tenerla arregladita y que su motor 400 la levantara con todo; pinche Guillermo la hizo correr en la curva y el motor reventó justo en su nariz, quedo irreconocible aquella noche, tuvieron que llegar todos los hermanos para saber quién había sido, porque eran tantos y parecidos que la masa amorfa que le había quedado de cara lo asemejaba a Cástulo. Al parecer memito, como le decía doña Remedios, murió a los 0.001 segundos de que el motor en un acto aun incomprensible se saliera de sus goznes y acabara en la cabina. Todavía hay gente que cree que eso es imposible, pero los que lo vimos esa noche sabemos que el motor estaba ahí, majestuosamente incrustado entre la cara de Guillermo y el volante.
 
Acuérdate, apenas pasando el molino de Don Luis, está la pinche curva; la curva que hace casi 25 años acabase con la familia completa que venía en las navidades a pasar la nochebuena con el loco de Rosendo, el padre quiso rebasar en plena curva, se topó de frente con el carro de mulas de don Anastasio, la mula se quedó a mitad de toda la acción, patas  en direcciones todas distintas, gritando de tanto dolor que era un suplicio siquiera verla. El doctor saco su máuser y le metió 2 tiros en la cara. Aún tengo sueños donde oigo a esa condenada bestia gritando por el pinche dolor que tenía. La familia se fue enterita. Tres niños, todos calcinados cuando la chingadera comenzó a arder; los padres: él salió disparado hacia el asfalto y murió en la cuneta, la señora incrustada entre el capo y el parabrisas, no traían cinturones, pero así es esto, nadie usa cinturones por aquí. La gente gritaba tratando de apagar el fuego que achicharrono a los morritos, pero al final no quedaron sino carbones. Esa noche soñé con la mula que tiraba hacia la izquierda mientras el señor lo hacía hacia su derecha, la mula ni siquiera pudo reaccionar; Don Anastasio quedó vivo porque brincó, brincó y se rompió la madre y se quedó sin dientes, pero vivo; por allí anda el viejillo pidiendo limosna porque después de que se muriera su mula todos los cabrones le echaron la culpa y lo apartaron. Nadie volvió a darle chamba para levantar rastrojo o siquiera para ayudarles a escardar. El viejo anda por allá del pueblo pidiendo limosna cargando en su sesera a la familia entera. Todos muertos.
 
Mi madre siempre dijo que respetar el trazado de esa curva nos iba a acarrear muchas desgracias, ella recuerda que cuando niña se mataron los hijos del ingeniero Rabasa; los dos mocosos venían echando carreritas con el hijo de don Eliseo. Habían cogido el carro del ingeniero y la moto  en la que  repartía leche Don Eliseo, el carro perdió el control y se patinó llevándose al morro de la moto. Los tres se fueron derecho al sitio donde hoy está el agujero de la cantera, pero por aquel entonces era plano, lo malo fue que en su desesperación de no saber lo que pasaría se aventaron por las puertas del carro; el más grande se impactó de cara ante una toma de agua de concreto, y se fue a calacas directo. El chico se enredó con la puerta, y en el poste de la casa de los Mayagoitia se fue a desenredar. La pierna quedó sujeta a la puerta del auto y lo demás en el poste. Se murió porque nadie estaba cerca aquella tarde, se desangró porque nadie corrió a auxiliarlo mientras el sol lo abrasaba todo. Eran días largos, recuerda mi madre cuando lo cuenta, llegaron a buscarles y ya estaban carcomidos por los coyotes, que entonces se arriesgaban a salir más, a buscar conejos y borregas solas. El chico de la moto se lo llevo el carro entre los ejes, quedo allí sobre el pedregal todo hecho bola, lo descubrieron primero que a todos pero ya se había pelado. Todos los de la construcción se tomaron aquel lunes como día festivo porque odiaban a los morros del ingeniero, se fueron a velar al chico de don Eliseo y de ahí a beber como dios mandaba en san lunes.
 
Y de todas estas desgracias me acuerdo mientras estoy a punto de desmayarme, con las piernas que me fallan; mientras sigo intentando acordarme de todos los que se han muerto en esa poderosa arma del señor a cielo abierto. Recuerda, recuerdo a León. León Palacios, creo que se llamaba, creo que se llamaba así porque le decíamos palaxiox porque no podía hablar bien, no recuerdo muy bien su cara pero él se estrelló en la camioneta donde repartía refrescos a las tiendas de allende la loma. Tenía 22 y estaba recién casado con Rosi, ella era la más linda, tenía pecas y el pelo del color del tronco de los árboles de la sierra. Se había juntado con el León porque un cabrón del pueblo la había embarazado y nadie se quería hacer cargo del niño. León fue el bueno, para mantenerla se metió de chofer repartidor y agarro mal la curva. Esa pinche Rosi tenía unas nalgotas, vestía con gracia y siempre andaba risa y risa, ni cuando se mató el León dejo de sonreír con tanto cabrón que se le acercaba para darle el “abrazo” de consuelo. A los tres días de muerto el marido, la cuzca ya andaba con el primo Teo, ese guey era a toda madre y decía que nomás le estaba cuidando los intereses al finado primo. La embarazó y se peló para el norte, por ahí anda todavía Rosi con sus dos niños y las nalgotas prontas que siguen estando firmes. El palaxiox ni siquiera se la pudo dar.
 
Algo así como este pinche dolor, es lo que debió sentir el guey ese toda vez que se murió sin comerse ese pollo, el calambre me asciende desde la pierna, lo que me obliga a sostenerme por unos instantes de la barda del doctor, y permite que sienta  la sangre correr por el tronco. El brazo comúnmente no apunta hacia afuera, porque ahora sí? venía…venía en la moto, con Raúl; veníamos de andar en el pueblo, casi las 12 o la 1, venía la curva y le dije, creo que le dije que le bajara porque la pinche curva se carga a todos los pendejos. Creo que la curva se carga a todos. Sin distinción, sin filiación política o religiosa, agarra parejo y los atrae para que cometan estupideces…luego el tirón que le dio al freno, baje la pierna y ahí fue cuando oí el crack, dolor, luego el cielo arriba, abajo, de frente, atrás…dolor, otro crack, el sonido se fue y todo a negro, luego el vrooom de la moto se dejó de oír, ya ni siquiera el ruido de la cadena; comencé a caminar sobre la hierba alta que el pendejo de Eustaquio no ha quemado, noche con estrellas frías y distantes. No hay ruido o al menos no lo escucho y a lo lejos está la farola que cada vez se aleja más.
 
SR invierno 2014-2015

martes, 16 de junio de 2015

Besos y caricias

Besos y Caricias

Ella dijo no, con toda seriedad, dejando de sonreír para siempre, mientras todo  alrededor parecía que se congelaba. El tipo se quedó con la mirada perdida en algún punto de las estrellas, sorbiendo su desgracia. Raúl Campos no era un hombre que hablara mucho, vamos ni siquiera era capaz de expresar dos ideas juntas sin antes tomarse su tiempo para pensar lo que diría a continuación, cada conversación pasaba por un ajedrez mental, a veces fortuito, a veces decepcionante. Bajó la cabeza y se quedó mirando el pasto que crecía a desigual manera en la extensión de tierra en que se encontraba de pie, roto, sin alma ya. La chica caminó rápidamente fuera de su órbita, alejándose cada vez más, no solo físicamente sino astrológicamente; él sabia de eso, había estudiado por años los astros y las estrellas en espera de que le indicaran el momento propicio para encontrar a su alma gemela. Creyó –erróneamente- que esa noche era la indicada. 

Camino hacia su compañero de juegos, de hazañas y mujeres de otras épocas, Manuel González destapo una nueva cerveza y se la extendió a su compadre mientras buscaba en la hielera otra igual de fría. No hablaron durante casi ¾ de hora que estuvieron allí de pie al lado de una camioneta pick up negra; Raúl tenía el nudo en la garganta, que amenazaba con reventarse, y la cerveza tibia en la mano. Su compadre encendió la camioneta y ambos se  acomodaron en el sillón largo  de tela deslavada llena de polvo, sin duda había visto sus mejores épocas hacía muchos años. Arranco Manuel la camioneta y se perdieron en la noche. No hablaron durante gran parte del trayecto y no era necesario hacerlo, ambos habían compartido a lo largo de los años las rupturas difíciles con diferentes mujeres y las muertes de sus padres; aun así a Manuel le costaba abrir la boca para romper la tensión que amenazaba con desbordarse, tenía que encontrar un chiste, una anécdota o algo que hiciese menos duro el momento por el que su camarada acababa de pasar. Al final se decantó por una historia que le había narrado el gordo Moncada de aquella noche que se perdió bajo las lámparas de la calle Taboada. A ambos les gustaban las historias que contaba Moncada porque siempre incluían referencias de alcohol, y encuentros con resultados disparejos con las mujeres; no es que el gordo fuese alguien atractivo, pero poseía una labia brutal capaz de romper el himen más estrecho. Habló Manuel. Escuchó el otro, mientras la tierra suelta de la terracería se adhería a los faldones de la pick up. El relato terminaba con el gordo bañado en una botella de tequila y dos puntos de sutura en el dedo meñique cuando descubrió que la mujer no lo había sido siempre. Al gordo no le agrado el asunto y trato de darle una paliza al transgenero, el otro más abusado le abrió la mano con el filo de la botella de tequila que había volcado previamente en la inmensa corporalidad de Moncada.

Raúl sonrió sin muchas ganas de hacerlo, de hecho a veces no entendía la maldita necesidad que tenía Manuel por tratar de hacer que todo terminara en broma o en una historia que rompiese las sensaciones de tristeza que sentía. Agradecía por supuesto que lo acompañara en los momentos duros, pero sentía que no pocas veces le disgustaba el afán del otro por hacerle ver el lado gracioso a la vida. Aunque su amigo ya sabía de su temple desgraciado y le había dicho no pocas veces una frase que funcionaba como su mantra personal “Si me tomara la vida en serio, ya me habría pegado un tiro”. Al final no hablo más porque le seguía escociendo el agujero que había abierto aquella mujercita de pelo castaño y ojos grandes, enormes. Le lastimaba el hecho de que él había dejado muchas cosas por ella, y esta no pudo o no quiso dejar una sola cosa; no era cosa menor era cierto, pero había hecho grandes esfuerzos por estar junto a ella y llegado el momento ella se decidió que no era lo que necesitaba, que quería libertad y atándose en matrimonio con él no llegaría lejos. No hubo más que decir, y Raúl Campos se quedó allí cabizbajo, mientras su compadre lo esperaba en la camioneta, con sus historias y la cerveza.

-ya estuvo…oiga mi amigo, vamos a beber en serio.

Asintió Raúl con la cabeza y la echó hacia atrás cerrando los ojos mientras los labios degustaban el sabor amargo de la cerveza tibia. El hombre tras el volante aminoró la marcha y metió la camioneta por una calle lateral, igual de llena de polvo y con farolas exiguas que se distanciaban cada vez más una de otra, Raúl sabía bien hacia donde se dirigían, no le importaba en realidad  porque tenía casi 2 años que no pisaba ese sitio. Desde que había empezado a andar con esa mujer que le consumía el poco cerebro que le dejaba el trabajo y las labores en el rancho. Ni bien había dormitado un poco sintió el golpe en la ventana, un golpe seco proveniente de una lámpara. Otro hombre se acercó por la ventana del piloto esgrimiendo igualmente una linterna y echó  los rayos del foco amarillento sobre el rostro de González. Eran los vigías del rancho, del sitio donde normalmente acudían dos o tres personajes que eran bien recibidos y el resto eran cateados cual delincuentes.  Fueron bajados del vehículo y  conducidos por los vigías hasta una piedra que alineaba con una casa a poco más de 500 metros. Tropezando y con el fato de ir cada vez más inclinados por la pendiente ascendente que tenía como premio la casa de con las farolas rojas en el dintel de la puerta, los dos hombres iban callados y sumidos cada cual en sus pensamientos. Manuel trataba de recordar cual era el nombre de la chica que le gustaba cada que visitaba el rancho, y Raúl ensimismado con la negativa recibida unos instantes atrás. Cada vez dolía más y más el asunto, pero no podía evitar  que el alcohol abriese la herida,  volvía a su mente el rostro de esa mujer. 

Finalmente llegaron a la fachada, González se palpó la cartera de piel en la bolsa trasera del pantalón y antes de golpear la puerta con los nudillos esta se abrió, la mujer de mejores años ya pasados franqueaba la puerta y atrás de ella un par de gorilas con aspecto canallesco le adelantaron. La mujer sonrió con la boca carmesí al notar que los hombres de seguridad registraban minuciosamente a los recién llegados. “es por su propia seguridad chicos” dijo. Y extendió su mano regordeta y parda hacia Raúl. Torpemente le tomo la mano con la suya y la sacudió levemente hacia arriba y hacia abajo. La mujer separo su mano y se dio la vuelta, siguió hablándoles mientras avanzaba lentamente sobre el piso  que asemejaba ser madera y les recitaba las reglas de memoria aprendidas durante largos años de profesión. Les recordaba que la ruptura de cualquiera de las reglas era sinónimo de expulsión y aparte: “mis muchachos se van encargar de darles una bonita despedida”, remataba mientras les enseñaba el sofá viejo donde estaban un par de chicas de aspecto delicado y rostros de avaricia. No eran bellezas, pero estaban  tan bien ataviadas que eso pasaba a segundo plano, Raúl no tenía ganas de beber y menos de tirarse a alguna de las chicas de aquella casa, pero ya estaba ahí. La mujer les enseño la carta de precios de las bebidas y ni bien hubo seleccionado Raúl una botella de brandy nacional se acercaron las dos chicas del sofá, cada una cogió del brazo a un hombre y los condujeron a las escalinatas que estaban ocultas tras una pared falsa.

Ellas bebieron al ritmo, mientras los dos hombres trataban de mantener la erección, Raúl cada vez más borracho se había tratado de bajar los pantalones vaqueros sin atinar correctamente y el resultado fue un golpazo en la mesa de aquella mini sala. La botella no salió volando de milagro mientras las mujeres reían tontamente,  Manuel  trataba de ayudar a su compañero a restablecerse. Lo puso en pie y rió por lo bajo mientras observaba la mancha de semen seco en los calzoncillos. Le brindo una cubata nueva, con refresco de cola y hielos y luego se acercó trastabillando a las bocinas que estaban conectadas al viejo estéreo. Buscaba una canción. Sólo una. Comenzó a sonar el sonido inconfundible del acordeón. No se había olvidado de aquellos años con Marisol, pero cada que andaba hasta el full de borracho le gustaba oír esa canción y recordar que su ex esposa aún seguía cerca, que la mujer que tenía en brazos era ella. Salió del ensueño cuando escucho a la chica gritar, volteo inmediatamente cuando sintió el golpe en la pierna izquierda que lo arrastro hacia abajo y golpeo su cabeza para no volver a levantarla jamás. Raúl seguía destrozando todo y a todos los que estaban allí, le propino un par de golpes más a la chica que yacía en el suelo con las manos sujetándose la abertura en la garganta y lanzaba roncos gemidos en medio del estertor de muerte y la sangre que manaba profusamente, a la otra mujer le estampo el resto del espejo que había roto  y con el que había cortado la garganta de su pareja en el baile mientras la música seguía su populoso ritmo. Nadie había escuchado nada. Se le montó a Manuel por la espalda y le golpeo con el jarrón lleno de agua y flores que amenazaban con marchitarse al ver regado su contenido en el suelo de falsa madera. Dejo allí a su compadre,  cogiendo la botella de brandy que yacía a los pies de la chica que trataba de pedir auxilio, pese a que sólo aire salía por su garganta y los pocos sonidos que articulaba quedaban ahogados por la música. 

Se acercó a la chica y se recostó en su vientre desnudo manchado de sangre. La música de Ramón Ayala siguió sonando durante un buen rato.

SR Febrero 2014

viernes, 29 de mayo de 2015

cuento inconcluso

Cuento inconcluso
 
Comencé a escribir un escrito sobre un par de hermanos a punto de romperse la madre (o como gusten decirle al noble acto del uno contra uno), parados en medio de una campiña inglesa del siglo XVIII o tal vez del XIX, mientras en sus chaquetines y botas altas de cuero para montar a caballo llevaban grabados el escudo de armas de la familia (que eran un par de potros salvajes en un campo verde y un higo en el campo abovedado por las estrellas), y comencé a sentirme enfermo; vamos que sólo en pensar en gastar horas y horas para darle un sentido no lineal al condenado duelo verbal que sostienen el par de idiotas me produjo una jaqueca brutal, y es que suena tan jodidamente de telenovela clásica mexicana todo el rollo, donde el noble 1 debía tener el rostro de un Manolo Fábregas y el noble 2 tendría que tener el porte de una copia barata y al carboncillo de Arturo de Córdoba. Desistí, no sólo porque me parecía un extracto ya muy probado por los grandes y que carezco del talento suficiente para llevarlo a buen puerto. En mi mente era otro de esos sobados dramas entre dos miembros de la familia por una mujer de curvas de alarido (para la época, cuestión que al parecer siempre es olvidado por los guionistas y cuentistas al adaptar cuentos con mujeres más bien poco adecuadas a ese determinado periodo histórico) y todo el chiste era resumido a versionar literariamente una historia que había visto seguramente en la televisión por cable y sus amores instantáneos estilo Cinemax.

Comencé a desestructurar el asunto, por partes, al comienzo de todo estaba el problema de banalizar a esa mujer que podría provocar la ruptura entre dos hermanos y llevarlos hasta el dilema siempre monstruoso del duelo (que a ciencia cierta nunca tuve intención de llegar porque todo el drama se centraba en mostrar a los hermanos como un par de cobardes), la mujer en cuestión tenía que ser lo suficientemente inteligente y hermosa como para lograrlo, pero luego recordé que mi visión de macho petulante podría ofender a ciertos sectores femeninos que abogan por un papel digno para la mujer y la consabida retahíla de situaciones misóginas que suelo emplear. Fracase y cree una heroína (o anti heroína según gustos) formada con los cuerpos esculturales de las salvavidas del traje rojo de los 90s en la televisión gringa (rubias con mas plástico en las protuberancias mamarias que en el instrumento inflable que utilizaban para realizar su labor, y estúpidamente inteligentes, tanto así que podían hacerse pasar como estúpidas con tal de lograr su objetivo) y con el rostro perfeccionado de alguna actriz de primer orden en los charts actuales. Me confieso un macho cerdoso.

Luego venia el dilema del alcohol, hacer un escrito sobre demonios en la carne y problemas familiares y no incluir el alcohol sería un aspecto que mis viejos maestros de la botella no me indultarían jamás, sobra decir que uno de los dos hermanos (al que abandonan sobre todo) tenía pensado hacerlo un maldito borracho de alcantarilla, pero luego reflexione y pensé para mis adentros: bueno si al final uno de los dos ha de ser borracho al menos has que éste sea el que parece más pinche guapo y al mismo tiempo que sea esta su principal arma para que le pueda robar a la casta y pura novia (aunque esta vista atuendos que ni en una fantasía porno podríamos encontrar). Me sumerjo en el carácter de ese don Juan de pacotilla e interiorizo el dialogo que atormenta su alma de pobre desdichado: “Demonios de la carne que sobreviven a las purgas hechas con alcohol y mariguana casera, desdoblando los bandazos dados por un cerebro que se apaga lento pero incesantemente. Cierro los ojos, nada existe sino lo que creo bajo la sombra etílica de los fantasmas de la carne, allí aparece el cuerpo principal bañado en cerveza obscura, mientras  el cuerpo secundario lo bebe de la mujer emparentada con alguna deidad mágica”. Alcohol por aquí y por allá mientras el asunto se iba enfriando y entraba en esa rachita negra donde nada bueno procede de mis dedos incapaces de mantener ajeno al demonio del sueño.

Retomo a la heroína, la cual está llena de virtudes físicas e intelectuales (las cuales soy incapaz de enumerar para no alienar a mis lectoras y amigas), que se derrite cual queso en horno de leña cuando el galán borracho alza la ceja y le habla con esa voz cavernosa y llena de testosterona en un dialogo surgido de la mezcla entre Sam Spade y Han Solo. La fémina cae rendida a sus pies pero aun duda del amor sincero (el cual no existe en esta ficción, porque al parecer el hermano menor es un hijo de puta consabido que aborrece la felicidad de su hermano y sólo por eso le baja a la chica), ante lo cual el tipo la levanta en el aire y le planta un beso brutal-seca-conciencias-húmedas, donde el lector se moja tan solo con imaginar la descripción de un tipo tan patán como amoroso. Y es que al final eso es lo que buscan ellas (me repito incesantemente mientras observo la lista de amores perdidos que terminan andando con este grupo en particular de personajes), pero luego recuerdo que eso es una estupidez y recapacito a tiempo como para demostrar que la fémina llevaba una doble intención: Ama tanto a ese tramposo bastardo que está dispuesta a sacrificarlo en medio de la campiña ante la mirada derrotada de su novio. El perdedor no lo interpreta así y les sorraja un tiro a ambos con tan buena suerte literaria que atraviesa ambos corazones fundiendo su sangre en un amoroso epíteto que enamora a las chicas y les saca la lágrima escondida a los tipos duros. Ambos caen despacio cual si el paneo de la cámara no fuese suficiente con el dramatismo de la escena. La sangre va cubriendo rápidamente el vestido blanco de la mujer (que no era el de bodas, simplemente me gusto el color para tan melodramático evento), mientras yace muerta y el hermano ebrio se arrastra lo suficiente como para decir a su hermano mayor y quejumbroso cual marica ingles de novela costumbrista (y con sanos y puros sentimientos): “perdóname, perdóname manito por haberme querido pasar de bolas con tu vieja!” (obvio mi conocimiento sobre el lenguaje sajón no está de por medio en este escrito y si la historia risible y contenida de vicisitudes y dramas propios de la televisión nacional). El tipo puro, casto y virginal (aunque que yo sepa todos refieren a la misma cuestión) se aleja con el sonido de una gaita (chingao como no) sonando lastimeramente mientras una lagrima le escurre cual si de semen se tratase.

Hasta allí terminaba el asunto de un cuento que estaba tramando hace un par de meses (nada más y nada menos que 7) porque al parecer una mujercita me gustaba (luego resulto que no) y que era la novia de mi amigo (aunque tampoco es que el tuviese la concesión en exclusiva), no me haría caso nunca; pero a lo que iba es que yo terminaba como el muerto y mi amigo con la lagrima porque en el fondo siempre he sido un patán, borracho y mal hablado que se enamora de las mujeres que son de mis amigos (bueno no siempre, pero si no como chingados saco adelante un cuento que nació muerto en el mismo instante que decidí llevarlo a la campiña inglesa en el siglo XIX y no en un barrio marginal del de efe atestado de perros famélicos, olor a mierda pasada por agua, orines y niños gritando desde los ventanales donde sus padres los han recluido para evitar que se asomen a la realidad del siglo XXI). Y sobre todo que me había gustado una chica muy guapa y muy inteligente.  Me imaginaba como un moderno Capuleto  sacrificado por sus actos impuros de confraternizar más allá de lo permisible con el alcohol y sus derivados mientras con la otra neurona viva me dedicaba a desvivirme por la mujer de mi amigo. La mujer en ciernes por supuesto no era inocente y así lo revelo una tarde de hace unos ayeres cuando le puso el cuerno a mi compa con otro sujeto igual de abarrotado en alcohol como quien suele escribir tantas elegías a la cerveza y sus efectos. La chica no solo eligió al ebrio sobre el virtuoso, sino que ejemplifico todo aquello que siempre he creído sobre las chicas guapas y los tipos jodidos. Nos aman más de lo que quieren admitirlo. Les gusta que seamos un completo desastre, que nos desvivamos más por algo intangible como el último reducto de una unidad completa de galletas que por ellas, y finalmente que les hagamos el corazón como ellas hacen con el resto de la humanidad.

En fin, cosas aparte (y razones chaquetas inmiscuidas), solo basta decir que el cuento de los hermanos finalmente termina con el hermano superviviente metido de lleno en un cuarto de mala muerte rodeado de prostitutas y con el dinero familiar agotado en opio y oporto. Así me gusta terminar todo, con un baño de inmisericorde de realidad donde los ricos son mierda, los pobres son mierda y la cochina vida no merece ni un jodido duro.

SR Octubre 2013- marzo 2014

miércoles, 6 de mayo de 2015

Rodilla al pecho

Rodilla al pecho

La situación no estaba para nada bien, el tipo sangraba profusamente de ambas fosas nasales, mientras yo tenía contra el concreto reforzado de la acera al hijo de puta que le había roto la cara a mi compañero de parranda. Le estampé dos veces el cráneo contra el cemento frio y con olor a caucho quemado, las estrellas a miles de millones de kilómetros parpadeaban intermitentemente como la ira que me embargaba, no tanto porque le hubiese acomodado un par de golpes directos a la cara de mi casi hermano el sujeto con claras tendencias cocainómanas, sino porque me había costado una buena botella de whisky que ahora yacía rota, en decenas de fragmentos en el suelo de la vieja edificación donde solíamos reunirnos a beber el viejo Nico y yo.
 
Le oprimía con fuerza mi rodilla sobre el pecho, mientras hablaba con toda la mala leche de la que pudiera alguien conocerme *mira pendejo, no te quiero volver a ver por aquí, me vale pito que seas alguien pesado… sí te vuelvo a ver por aquí te rompo tu puta madre, y después te mato cabrón* su respiración era pausada, lenta… no podía hacerlo correctamente debido a la presión que ejercían mis casi 100 kilos sobre su humanidad enclenque. El tipo presumía a diario que era un verdadero hijo de puta, pero en menos de 2 segundos le había dejado tumbado en el suelo con un simple derribe al estilo judoca.

+ya guey… suéltalo+ dijo Nico que se había metido un par de tapones en la nariz para detener el flujo hemofílico procedente del tabique roto. +no te comprometas…+ nuevamente alcanzaba a escuchar su voz lejana y a trompicones, el instinto que tanto tiempo me costaba calmar de adrenalina desbordada y vehemente, dejaba paso a una ira fría que se extendía desde la nuca hasta el último resquicio de mis dedos haciendo aun mayor presión sobre la cabeza que cada vez exhalaba con mayor desesperación.  Quería hundirle un par de costillas en el plexo y ver como poco a poco se desangraba, mientras sus pulmones se llenaban de sangre y liquido por haber sido perforados, pero en el fondo quería ver sus pómulos hundirse bajo el mazo implacable de mis puños, nada sencillo le resultaría tratar de pararme si empleaba todo mi cuerpo para imprimir la fuerza suficiente en los golpes.

Le azoté una vez más contra el pavimento y le repetí la sentencia de no quererlo ver nunca más por allí, era una fría noche de invierno y me preparaba para tal bebiendo ese whisky caro, mientras el cielo despejado dejaba entrever que esa madrugada tal vez helaría las plantas y arbustos de la colonia. Atrás alcance a escuchar el ruido de los grillos, perros ladrando ante el ruido de mi voz y autos que pasaban más rápido de lo usual para alejarse de un par de ebrios golpeando a un cocainómano que no se iba a dejar vencer así como así; todo el mundo cercano al viejo establecimiento que frecuentábamos el viejo Nico y yo lo sabía. Me había agenciado una sentencia que ni mi estado etílico podía desaparecer al día siguiente con la cruda.  Ahora la ira se concentraba y desaparecía para dar paso a ese instinto primario de supervivencia.  Sentí la mano de Nico jalarme para que dejara que el cocainómano se pusiera en pie, quería trabarme en el suelo y darle unas cuantas patadas, sin embargo nada de eso era aconsejable. Ya comenzaban a chiflar las mierdas que acompañaban de siempre al jodido bastardo aquel.

Me incorpore y sin darle la espalda en ningún momento retrocedí hasta llegar a la puerta del edificio, era negra y tenía un par de agujeros de bala que la banda en turno había recién abierto; lento, sin prisa alguna, sabiendo que mi exceso de respuesta volteaba las cosas a su favor el bastardo cabeza rapada se puso en pie. Me sentencio con sus dedos sobre el cuello y comenzó a caminar hacia la esquina contraria donde ya se hallaban dos de sus camaradas. +ese hijo de la chingada no se va a quedar contento+ dijo Nico mientras trataba infructuosamente de encontrar algo que nos sirviera para afrontar la noche que se nos venía encima.

Minutos después, o tal vez no tanto, un par de mierdas más se unieron a los primeros, ambos discutían por lo bajo y se mostraban impacientes, querían hacer valida su opción de venganza, mi compa y yo mientras tanto recogíamos todo lo que pudiese servirnos como arma para defendernos en caso de que el tipo y sus compinches decidieran actuar esa noche, y agarrarnos a la mala. *Esto se va a poner feo, sabes salir por la calle del Farolito?* pregunte con cierta nota de pánico en la voz +si, pero no mames, no te voy a dejar aquí para que esos cabrones te agarren+ contesto Nico apenas dejando salir las silabas desde la garganta afectada, agradecí en el fondo aquella afirmación de lealtad y camaradería, pero sabía en el fondo que en caso de que se armara la gresca, la lealtad iba a tener un par de cadáveres en lugar de uno solo. *la cosa es que vamos a tener que tener despejada esa salida en cualquier caso guey, ya sea por la puerta de la calle o la pinche barda de atrás* sabía que un par de metros al fondo estaba la barda, lo malo es que debido a mi tamaño y a mis viejas lesiones de futbol, una caída desde una altura mayor a dos metros y medio me fracturaría o luxaría el tobillo, y correr pues podríamos hacerlo pero sería complicado. +Pues entonces así sea guey, si nos separamos, nos vemos allí en el farolito o en el camino pa’ arriba+. Note que temblaba el tubo que había logrado agarrar en una de las habitaciones destinadas a los materiales para edificar el asunto, la boca la sentía seca y la adrenalina bullía y se mostraba atenta a cualquier ruido, a cualquier señal de que los tipos ya se habían puesto en marcha.

Se escuchó la primera detonación haciendo añicos una de las chapas de la puerta principal mientras tres sujetos aparecían por la misma puerta, nos habíamos logrado ocultar en uno de los puntos ciegos a falta de luz, pero en cuanto entrarán y comenzarán a avanzar seriamos blancos fáciles. Sonaron más detonaciones, no dentro, sino fuera, donde los primeros que habían logrado ingresar estaban en animación suspendida, se habían quedado congelados tras la segunda descarga de metralla, ninguna de ellos; en algún punto de la esquina donde solían juntarse se había chingado algo, sin detenernos a contemplar aquello, nos lanzamos hacía la barda posterior, había tres tambos metálicos con tapa, si lográbamos mantener el equilibrio de 2, la barda sería una cosa menor, se recrudeció el ruido procedente de la calle, los perros aullaban y los ecos de autos en scratch se multiplicaron, algo había alertado a la gente de la colonia y viendo disminuidos al pinche pelón lo habían cercado. Nosotros estábamos a punto de saltar desde una barda de cuando menos 3 metros cuando se dejaron oír las primeras sirenas. Venían seguramente por la calle larga, las farolas de varias casas prendidas, los ruidos de pisadas por toda la calle se hacían sentir por encima de los gritos de la banda del cocainómano. 

Alcance a ver a dos de sus hombres sometidos por la gente, otra tanta llegaba de sepa la madre de donde, ya eran muchas que tenían guardadas, por ahí sonó una detonación seca, parecida a algo que no corresponde a un sitio, el viejo Nico me hace señas para que brincará, que esa parte de la calle esta despejada, logre brincar justo cuando se escuchan los gritos de la gente señalando que un par se acaban de pelar por la parte de atrás de la construcción, para ellos todos los que no van en bata o pijama son de la mierda que deben extirpar hoy si o sí. Corremos, pese a que no somos los indiciados, corremos mientras la sangre se agolpa en mi muslo, nunca vi cuando me pego un rebote, ligero, parecido a un rasguño que hace brotar sangre y va llenando la pequeña calle apenas iluminada por dos farolas color naranja. 

Recién nos paramos en la esquina del farolito cuando me llega el primer pinchazo de dolor, me sostengo en la barda de don Pancho, necesito sutura, de cuando menos alcohol y una gasa. La noche sigue su curso para todos los elementos no humanos, por ahí una sombra que se sacude de la modorra, peluda y con los ojos ambarinos. Huye cuando siente la presencia de más humanos, un par de grillos delatando la presencia de entes ajenos. La mueca de satisfacción de Nico se trastoca hacia un jodido dios! Se escuchan las voces beligerantes de la buena gente de la sociedad que anda excitada. Que quiere sangre y es probable que paguemos todos.

Me quito la chamarra y hago una especie de torniquete en la pierna, la sangre comienza a formar un charco tras correr por mi pantorrilla y descansar finalmente en el suelo. Hace frio, pero nosotros sudamos la mar, seguimos agitados y las voces se hacen más fuertes, deben de estar a menos de 100 pasos, volvemos a emprender la carrera justo cuando oímos el: *párense ahí cabrones* torcemos hacia la calle de Valeria, seguro que ahora debiese estar dormida o con toda seguridad meneándole la cola a algún bastardo suertudo. Mientras sigo perdiendo sangre y llenando la chamarra de mezclilla que me regaló mí madre cuando menos 10 años atrás, la borrega falsa cubierta de sangre, tal cual debió terminar el animal verdadero antes de volverse un rico desayuno. La suerte es que hay dos baldíos, en uno es poco probable que nos busquen, salvo que se hayan dado cuenta que voy rengueando y sangrando, y el otro tiene el inconveniente de que la reja es alta y antes siquiera de llegar al otro lado ya nos habrán cogido. La suerte es que calle arriba, casi llegando a la tienda de doña Angi no hay luz, se acaba la luz y nos perderíamos en el rio nocturno de estrellas burlonas. Nos miramos en microfracciones de segundo, sin hablar, sin pensarlo casi. Nos metemos en el baldío a rezar que se sigan de frente, que nos olviden, que se centren en ir a perseguir fantasmas sangrantes de pies jodidos. Nico se esconde pecho a tierra tras una inmensa zacatera, yo como puedo intentó apagar mis colores de la ropa, y quedarme inmóvil. Justo cuando dejo de respirar, pasan dos hombres, sendos palos en mano, una linterna en la otra, tiran la luz hacia el interior del baldío y no nos dan por milésimas, siguen hacia la zona alta de la calle, aparece un tercero, un cuarto y un quinto que se ve que van dando las ultimas, deben de ser los más viejos y los que llevan los machetes o la fusca. Lanzan una mirada escrutadora hacia la negrura del matorral del baldío y detienen en lo alto la linterna de uno. Se mueve algo detrás de nosotros y la sangre se vuelve hielo, todos atentos al ruido y se oye el chiflido de uno de los hombres rezagados. 

*Están acá!* nos preparamos para salir a trompicones, cuando se despereza un can, famélico que ha decidido ir a ver que lo ha despertado. Los hombres lo encuentran justo en la entrada y los olfatea, ellos vuelven a enfocar hacia la espesura pero no dan con nada humano, pese a que 3 milésimas de segundo mi pie había estado en el curso de la luz. *Nada, era el pinche roñas!* ríe uno mientras nosotros estamos morados o azules por tanta falta de oxígeno. 
 
Se van mientras las luces de muchas más casas se van encendiendo, a menos de 15 metros de la orilla del baldío una persona gorda sale  y pregunta por el jaleo. Le contestan que van por la banda del Flama. Grita algo inteligible y tras unos segundos sale con un cuchillo de cocina tan jodidamente grande que nos hace replantear el para qué jodidos lo utiliza el viejo Guadarrama. En pantalón y poca menos de ropa arriba, se une a la partida de los hombres que van calle arriba a buscar a dos cabrones que se metieron en el baldío de la reja. 
 
El frio se extiende por todas esas áreas donde el sudor va volviéndose un impedimento para no entrar con una pulmonía. *nos arriesgamos?, si tenemos suerte llegamos a tu casa y nos brincamos la bardita* Nico niega, antes de su casa está la farola de la calle grande y con toda suerte nos van a ver todos los que anden juntando mecate y machete para darle en la madre a los drogos. Ni siquiera planteo mi casa porque está justo a la otra orilla de la plaza, tan vigilada que es más seguro entregarnos a la gavilla que nos anda dando caza. Se oyen más tiros y más jaleo, la gente anda brava y todo comenzó como una noche donde Nico y yo íbamos a bebernos unos tragos de whisky fino. Al parecer mi compadre ya no sangra, quisiera tener la misma perspectiva. Se escuchan a lo lejos otras sirenas, más carros de policía y todo parece clamar que la cosa se va a poner chiles y  es cuestión de minutos para que aparezca la torreta en la esquina, luego otra y finalmente nos descubran, y nos quieran llevar a chirona por ser de la banda del pinche flama. Mi pierna me mata y le hago la seña a mi compa para que relajemos la presión. La noche natural se calla, como si presintiera algo, luego aparece el bramido infernal de la campana de la iglesia de la plaza. Suena como un maldito infierno, el repiqueteo termina por sacudir la apatía de los pocos que no estaban participando en el desmadre de esta noche. Por doquier se alcanzan a vislumbrar las luces encendidas de las casas, gente que sale en ropa de dormir o en mangas, por allá don Clemente sale con una vieja  escopeta con la que solía venadear en el monte, luego la gorda Toribia con dos revólveres que seguramente eran de tata Castro. Más viejos e inservibles que la calma. Más sirenas, tiros, gente que sale de las camas y los sillones para corriendo unirse a la bola de cabrones que ya van de retache por la calle, saben que los campanazos no sugieren nada bueno, menos de 10 pasos atrás pasan los hombres que nos daban alcance, corriendo tras ellos una jauría de perros que salen de cualquier parte y de ninguna, nos quedamos nuevamente de piedra cuando la luz se detiene por lo mismo que un suspiro sobre nuestras humanidades pero el dueño va más pendiente de no tropezar que de buscar a los lacras que se pelaron para la noche. 
 
Dos gritos de mujer, la noche se infernea, suenan más balas, más campanas y de repente toda la colonia de esa antigua colonia bicicletera está en la calle y tiene toda la intención de ajusticiar a los drogos de la esquina de la construcción. Sirenas de cruz roja, sirenas de bomberos y sirenas de patrullas, luego están los gritos de la gente y los ruidos de perros que se alebrestan cuando alguien saca de las bodegas o los escondites los cohetones con que celebran a San Rafael. Parecen dos bengalas que anuncian la llegada de satanás, porque inmediato, apenas se apagan en el cielo negro los dos chismes lanzados, se oyen tres tiros. Luego más gritos y comienza el pandemonio, por acá y por allá se oyen los tiros, los piedrazos que vuelan hacia alguna cabeza, los repiqueteos de la campana de la iglesia y los gritos de esa masa que pierde sentido cada que lo repaso en la cabeza, luego más sirenas y de la nada a menos de que por tanta muchedumbre no se dejara escuchar, aparece una luz desde arriba y el sonido de un helicóptero con la bocina invitando a la gente a que vuelva a sus casas. Luego otro cohetón que surca el aire, iluminando el cielo y la cara del piloto del aparato. Se oyen piedras y tubos de la construcción volar, no estamos cerca y aun así el olor a caucho quemado nos llega, luego alguien hace más tiros. Poco a poco las voces se van quedando sordas ante el ruido del helicóptero y de las sirenas. Nico está casi llorando desesperado por salir de ahí, y yo estoy otro tanto cerca de ello. La pierna me vuelve más un estorbo que una ayuda y le digo ya sin medir la modulación de la voz que debe tratar de llegar a su casa, que ya ahorita la cosa vale dos pepinos, ya a nadie le importamos, un herido de bala de esas que han sonado. Acabo de decir eso cuando suena. Lo oímos clarito como la voz del mismo señor Cienfuegos, el pukpukpukpuk que pone a correr a todos, que silencia la campana de San Rafa, que vuelve en cuestión de segundos una noche infernal en el hecatombe. Es el cuerno de chivo de Cienfuegos. Todos lo conocemos, todos sabemos que ya valió madres y que le van a contestar los tiras, se oye apenas acaba de rociar la última carga, la contestación, tiros y tiros hacia quien sabe dónde, la vuelta a casa de Nico se jodió. Más tiros, más gritos de gente que ya no sabe ni para donde correr, luego la calma. Parece que de la nada alguien les apago el switch. Suena un bramido diferente al cohetón, diferente a las palomas gigantes. Eso fue una granada. Y apenas se recupera todo, vuelven los tiros, más y más tiros de quien sabe quién hacia otro ser amorfo. De vuelta se deja oír el pukpukpuk y aparecen en la orilla del baldío muchas gentes corriendo, ya no cazan, ahora huyen y con pavor en la mirada, luego más balas, luego más gritos y la campana que suena alocada. Se oyen más sirenas, y finalmente voces que gritan desde el helicóptero: *esquina contraria, se le cayó el cuerno!* y luego otra andanada de balas. Otro helicóptero, pero este parece diferente, como más pesado, sin luz externa, llega y lanza dos bengalas, como podemos nos echamos a caminar fuera del baldío, nos topa un vecino llamado Gerardo y apenas repara en nosotros cuando le grita a otros que vienen en sentido contrario: *ya llegaron los guachos!* pero no hay pánico en su voz, hay rabia y antes siquiera de que nos demos cuenta, los que venían hacia acá traen todas las armas viejas, esas armas que usaban para venadear cuando esto era un cerro. Nos pasan como si no existiéramos y se pierden calle abajo. Luego suenan más balas viejas coronadas por el pukpukpuk de Cienfuegos. 
 
Menos de 5 minutos después tocó en la casa de Valeria, sale su viejo con un palo inmenso, le comento que me pegaron un tiro en la pierna, que si nos lleva al hospital. Me ve y ve mi palidez absoluta. Niega con la cabeza y cierra, vuelve  a salir tras unos minutos, con las llaves de la camioneta y todo el camino al hospital de las monjas reniega de lo imprudente que somos por andar queriendo darle en la madre al flama.

SR invierno 2006-invierno 2015