Cuento inconcluso
Comencé a escribir un escrito sobre un par de hermanos a punto de romperse la madre (o como gusten decirle al noble acto del uno contra uno), parados en medio de una campiña inglesa del siglo XVIII o tal vez del XIX, mientras en sus chaquetines y botas altas de cuero para montar a caballo llevaban grabados el escudo de armas de la familia (que eran un par de potros salvajes en un campo verde y un higo en el campo abovedado por las estrellas), y comencé a sentirme enfermo; vamos que sólo en pensar en gastar horas y horas para darle un sentido no lineal al condenado duelo verbal que sostienen el par de idiotas me produjo una jaqueca brutal, y es que suena tan jodidamente de telenovela clásica mexicana todo el rollo, donde el noble 1 debía tener el rostro de un Manolo Fábregas y el noble 2 tendría que tener el porte de una copia barata y al carboncillo de Arturo de Córdoba. Desistí, no sólo porque me parecía un extracto ya muy probado por los grandes y que carezco del talento suficiente para llevarlo a buen puerto. En mi mente era otro de esos sobados dramas entre dos miembros de la familia por una mujer de curvas de alarido (para la época, cuestión que al parecer siempre es olvidado por los guionistas y cuentistas al adaptar cuentos con mujeres más bien poco adecuadas a ese determinado periodo histórico) y todo el chiste era resumido a versionar literariamente una historia que había visto seguramente en la televisión por cable y sus amores instantáneos estilo Cinemax.
Comencé a desestructurar el asunto, por partes, al comienzo de todo estaba el problema de banalizar a esa mujer que podría provocar la ruptura entre dos hermanos y llevarlos hasta el dilema siempre monstruoso del duelo (que a ciencia cierta nunca tuve intención de llegar porque todo el drama se centraba en mostrar a los hermanos como un par de cobardes), la mujer en cuestión tenía que ser lo suficientemente inteligente y hermosa como para lograrlo, pero luego recordé que mi visión de macho petulante podría ofender a ciertos sectores femeninos que abogan por un papel digno para la mujer y la consabida retahíla de situaciones misóginas que suelo emplear. Fracase y cree una heroína (o anti heroína según gustos) formada con los cuerpos esculturales de las salvavidas del traje rojo de los 90s en la televisión gringa (rubias con mas plástico en las protuberancias mamarias que en el instrumento inflable que utilizaban para realizar su labor, y estúpidamente inteligentes, tanto así que podían hacerse pasar como estúpidas con tal de lograr su objetivo) y con el rostro perfeccionado de alguna actriz de primer orden en los charts actuales. Me confieso un macho cerdoso.
Luego venia el dilema del alcohol, hacer un escrito sobre demonios en la carne y problemas familiares y no incluir el alcohol sería un aspecto que mis viejos maestros de la botella no me indultarían jamás, sobra decir que uno de los dos hermanos (al que abandonan sobre todo) tenía pensado hacerlo un maldito borracho de alcantarilla, pero luego reflexione y pensé para mis adentros: bueno si al final uno de los dos ha de ser borracho al menos has que éste sea el que parece más pinche guapo y al mismo tiempo que sea esta su principal arma para que le pueda robar a la casta y pura novia (aunque esta vista atuendos que ni en una fantasía porno podríamos encontrar). Me sumerjo en el carácter de ese don Juan de pacotilla e interiorizo el dialogo que atormenta su alma de pobre desdichado: “Demonios de la carne que sobreviven a las purgas hechas con alcohol y mariguana casera, desdoblando los bandazos dados por un cerebro que se apaga lento pero incesantemente. Cierro los ojos, nada existe sino lo que creo bajo la sombra etílica de los fantasmas de la carne, allí aparece el cuerpo principal bañado en cerveza obscura, mientras el cuerpo secundario lo bebe de la mujer emparentada con alguna deidad mágica”. Alcohol por aquí y por allá mientras el asunto se iba enfriando y entraba en esa rachita negra donde nada bueno procede de mis dedos incapaces de mantener ajeno al demonio del sueño.
Retomo a la heroína, la cual está llena de virtudes físicas e intelectuales (las cuales soy incapaz de enumerar para no alienar a mis lectoras y amigas), que se derrite cual queso en horno de leña cuando el galán borracho alza la ceja y le habla con esa voz cavernosa y llena de testosterona en un dialogo surgido de la mezcla entre Sam Spade y Han Solo. La fémina cae rendida a sus pies pero aun duda del amor sincero (el cual no existe en esta ficción, porque al parecer el hermano menor es un hijo de puta consabido que aborrece la felicidad de su hermano y sólo por eso le baja a la chica), ante lo cual el tipo la levanta en el aire y le planta un beso brutal-seca-conciencias-húmedas, donde el lector se moja tan solo con imaginar la descripción de un tipo tan patán como amoroso. Y es que al final eso es lo que buscan ellas (me repito incesantemente mientras observo la lista de amores perdidos que terminan andando con este grupo en particular de personajes), pero luego recuerdo que eso es una estupidez y recapacito a tiempo como para demostrar que la fémina llevaba una doble intención: Ama tanto a ese tramposo bastardo que está dispuesta a sacrificarlo en medio de la campiña ante la mirada derrotada de su novio. El perdedor no lo interpreta así y les sorraja un tiro a ambos con tan buena suerte literaria que atraviesa ambos corazones fundiendo su sangre en un amoroso epíteto que enamora a las chicas y les saca la lágrima escondida a los tipos duros. Ambos caen despacio cual si el paneo de la cámara no fuese suficiente con el dramatismo de la escena. La sangre va cubriendo rápidamente el vestido blanco de la mujer (que no era el de bodas, simplemente me gusto el color para tan melodramático evento), mientras yace muerta y el hermano ebrio se arrastra lo suficiente como para decir a su hermano mayor y quejumbroso cual marica ingles de novela costumbrista (y con sanos y puros sentimientos): “perdóname, perdóname manito por haberme querido pasar de bolas con tu vieja!” (obvio mi conocimiento sobre el lenguaje sajón no está de por medio en este escrito y si la historia risible y contenida de vicisitudes y dramas propios de la televisión nacional). El tipo puro, casto y virginal (aunque que yo sepa todos refieren a la misma cuestión) se aleja con el sonido de una gaita (chingao como no) sonando lastimeramente mientras una lagrima le escurre cual si de semen se tratase.
Hasta allí terminaba el asunto de un cuento que estaba tramando hace un par de meses (nada más y nada menos que 7) porque al parecer una mujercita me gustaba (luego resulto que no) y que era la novia de mi amigo (aunque tampoco es que el tuviese la concesión en exclusiva), no me haría caso nunca; pero a lo que iba es que yo terminaba como el muerto y mi amigo con la lagrima porque en el fondo siempre he sido un patán, borracho y mal hablado que se enamora de las mujeres que son de mis amigos (bueno no siempre, pero si no como chingados saco adelante un cuento que nació muerto en el mismo instante que decidí llevarlo a la campiña inglesa en el siglo XIX y no en un barrio marginal del de efe atestado de perros famélicos, olor a mierda pasada por agua, orines y niños gritando desde los ventanales donde sus padres los han recluido para evitar que se asomen a la realidad del siglo XXI). Y sobre todo que me había gustado una chica muy guapa y muy inteligente. Me imaginaba como un moderno Capuleto sacrificado por sus actos impuros de confraternizar más allá de lo permisible con el alcohol y sus derivados mientras con la otra neurona viva me dedicaba a desvivirme por la mujer de mi amigo. La mujer en ciernes por supuesto no era inocente y así lo revelo una tarde de hace unos ayeres cuando le puso el cuerno a mi compa con otro sujeto igual de abarrotado en alcohol como quien suele escribir tantas elegías a la cerveza y sus efectos. La chica no solo eligió al ebrio sobre el virtuoso, sino que ejemplifico todo aquello que siempre he creído sobre las chicas guapas y los tipos jodidos. Nos aman más de lo que quieren admitirlo. Les gusta que seamos un completo desastre, que nos desvivamos más por algo intangible como el último reducto de una unidad completa de galletas que por ellas, y finalmente que les hagamos el corazón como ellas hacen con el resto de la humanidad.
En fin, cosas aparte (y razones chaquetas inmiscuidas), solo basta decir que el cuento de los hermanos finalmente termina con el hermano superviviente metido de lleno en un cuarto de mala muerte rodeado de prostitutas y con el dinero familiar agotado en opio y oporto. Así me gusta terminar todo, con un baño de inmisericorde de realidad donde los ricos son mierda, los pobres son mierda y la cochina vida no merece ni un jodido duro.
SR Octubre 2013- marzo 2014
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