lunes, 4 de octubre de 2021

Perfectamente equilibrado el asunto

 Por aquel entonces tendría menos ganas de beber que otra cosa, la bebida me rompía el estómago y cómo consecuencia de un par de cervezas mis jodidas deposiciones tendrían tanta sangre que parecerían aquellas cubetas que usaba mi tío cuando mataba a los puercos en las vacaciones decembrinas. Pero la idea giraba en torno a mis recorridos habituales de polo a polo por toda la condenada ciudad, escondiendo el aliento a alcohol y la mirada vidriosa tras un par de lentes negros y pastillas de menta. A nadie le gusta ser juzgado por tener aspecto de haberse terminado la barra libre entera; pero había algo que no podía ocultar y era la sensación de derrota, algo que aseguraba que todos los demás pasasen a mi lado rumiando entre dientes: “pobre bastardo”. Y lo sabían porque era su reflejo, pero eso no importa tampoco, porque esa noche en particular vi dos hombres que distaban mucho de ser algo común, el primero venía en bermudas blancas y una camiseta de tirantes, mostrando musculo, enseñando lo que las muchas horas de trabajo en la obra le habían permitido obtener a cambio. El tipo parecía a punto de ir a reventar a su esposa a golpes, escondida esta en alguna habitación de su domicilio, tal vez con dos o tres niños que jugaban en el cuarto continuo. Sabían lo que sucedía, no eran estúpidos, pero cada vez lo veían con mayor naturalidad, como si la función de todas las mujeres fuese esa, aguantar a un cabrón curtido que llegaba por las noches a desquitar la frustración por una vida de mierda, hundido a veces por el alcohol y muchas otras tantas por nada más allá de su imaginación. Imaginación distinta a cuánto podría imaginar, porque se decantaba por insultos y golpes a aquella mujer, deseando que llegara el fin de semana para ver a la puta que se cogía cuando cobraba la miseria que podía ganar. Todos contentos por el rol que la vida les asignaba.


Del otro lado un tipo con la apariencia de un abuelete digno, al que le confiarías hasta el dinero de las limosnas, vestido con gracia y sobriedad, los lentes de marco dorado le daban un aire de sabio, de un bastardo que jamás ha tocado violentamente a una mujer, que no le ha dicho obscenidad alguna en su vida a su esposa, una geriátrica mujer que hace unos 30 o 40 minutos de caminata pesada en el parque cercano a su casa, mientras espera a que la muchacha de un pueblo perdido en la sierra de Puebla haga el desayuno diabético que ambos viejos deben comer si no quieren terminar como mi jodido culo. Y lo sabe aquel anciano con su suéter rojo, tejido seguramente por la mujer que lo ha acompañado por casi 40 o 50 años, lavando su porquería, enjuagando la ropa del tenis, o algún deporte de tipo que aspiraba a más pero se quedó de perico-perro en aquella oficina de gobierno a la cual ya no asiste. Ese mismo hombre que espera frente a la puerta del vagón naranja para perderse en la oscuridad de las noches de luna rosada. 


Y atrás de ambos va un tipo mal encarado y jodidismo de la rodilla, lo sé porque identifico los síntomas cuando los veo, dolor y más dolor, dolor y dolor que se acumula cada mañana cuando abre los ojos para maldecirse por no haber muerto ya hace varios meses por esa maldita dolencia. ¿Bebe? Sin dudas, lo mismo le entra a la cerveza más horrible sin hacer gestos, porque sabe que aquellos que esperan encontrar la redención en una cerveza no tienen la más remota idea de cómo jodidos funciona el universo, pero no les dirá nada porque quisiera estrellar las cabezas de todos en una maldita piedra, observar el riachuelo de sangre correr y perderse en los glifos de las piedras, un jodido creyente de los ritos viejos, de la necesidad de la sangre para que todo se purifique, a la fregada el fuego, nada es tan violentamente hermoso como litros y litros saliendo de un pobre imbécil que acepto el destino sin entenderlo. Le cuelga un rosario del cuello, quizás lo juzgue mal, y es otro de esos ingratos que aman la posibilidad de convertirse en mártires, quizás trae una fusca en su cangurera y está a punto de convertirnos en sus perras por mera diversión, por entretenerse con nuestra estupefacción. Lo miró y me convenzo de que irá por el premio chico, golpeara con la culata a algún desprevenido y luego obtendrá un botín tan mísero que su esposa poco o nada podrá comprar de dignidad, sobrevivirán unos días y luego saldrá todo de nuevo igual, porque esa es la vida que ambos (quizás 3, porque las desgracias nunca vienen solas) conocen y aman con la misma y certeza fugacidad de que si él muere, o ella muere, ambos volverán a tener pareja con los mismos resultados en menos de lo que puede creerse que la vida es un cúmulo de porquerías.
 

Y me fijo en dos que terminan siendo 3 porque creo que he visto algo definitivamente impensable hasta hace menos de 15 minutos cuando comencé a idear esta porquería, son gays, los tres. Y no es que esto sea importante ni mucho menos, al contrario es una historia sobre estos hombres tan dispares como idénticos, a los tres los mueve el mismo deseo humano: la subsistencia mediante esos pequeños placeres culposos, los mismos que mañana harán que el albañil le acomode una nueva madriza a la mujer con la que cohabita, que mediante esa violencia saque toda la maldita frustración de no poder asimilar lo que se es. Pero también el hombre de aquella cabellera platinada por los años, al día siguiente le comprará a su mujer algo como un ramo de rosas, o claveles, no sé qué arreglo les guste más a las mujeres de esa edad, pero lo hará y ella pensará que sigue igual de enamorado de ella como hace casi 30 años, aun cuando en el fuero interno de aquel hombre, su esposa, o la mujer joven que fue hace tanto, fuera un vehículo para estar cerca de aquel muchacho de ojos negros que ostentaba el mismo apellido que la que hoy es su esposa. Un amor imposible que lo llevo a soportar tantos años de tormento, para en cuanto pudiese salir tan rápido como sus pies lo transportan a aquellas tórridas horas de sexo con un desconocido. ¿Y el tercero? Está ahí, ha pagado una fuerte suma para que los otros dos lo dejen ver, que por medio de aquel acto voyeur pueda satisfacer su necesidad de pertenencia, de estar íntimamente relacionado con alguien, aunque sólo sea por un par de minutos, tal vez una hora, hasta que los otros se vistan y se despidan para no volverse a ver, para que el regrese a su zona donde habita, donde sobrevive con esas pequeñas explosiones de intimidad, de sentirse tan jodidamente miserable porque no puede asumirse como lo que es: un jodido solitario que bebe para recordar esos momentos de pasión desbordada, quizás tratando de que los sonidos, los olores y la temperatura de aquellos momentos lo trasladen hacia un poco del paraíso que aquellos disfrutan.
 

Y se cierran las puertas, y extrañamente notó que los tres hombres jalan hacia el mismo lado, pero está vez hay algo en su caminar, en su mirada que denotan que probablemente van hacia el mismo sitio, que muy seguramente se conocen y que indudablemente no quiere que se sepa que son amantes. A sus extrañas maneras, pero lo son, y yo bebo en aquel asiento del metro, mientras la gente a mi alrededor trata de seguir con su vida, pese a que son casi las 10 u 11 de la noche de un martes, y nadie parece tener la maldita cura para lo que se está cerniendo sobre nosotros, porque al final nadie es mejor que ningún otro. Pero yo sigo bebiendo, pese a que sé que está prohibido y que en la puerta viene un policía que está esperando a que me confié para darme una buena madriza con su macana. Todos recibiremos algo está noche.
 

SR Primavera 2020.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Don Arturo

 

-Conoces la ironía? La jodida ironía…

Así empezaban las historias de Don Arturo. Casi siempre lo encontrábamos sentado en las escaleras del edificio, un viejo chismoso de aquellos. Pero qué otra cosa podía distraerle si no podía trabajar, ya no. Pero esa historia le encantaba contarla, le gustaba presumir que por ser quien fue, ahora ya no podía trabajar. Tampoco era por sentir lastima por el viejo, pero de tantas veces que la había contado, al menos aquella parte, porque todas eran parte de una misma historia, larguísima como la vida de aquel que se deleitaba frente a un público. Que no pocas veces había hecho variaciones, mucho más exageradas, pero con la misma fuerza del relato que hilaba. Tampoco era que nos desagradara, por el contrario no pocas veces nos habíamos sorprendido recordado mejor los pasajes de la vida de Don Arturo que nuestras propias vivencias.

-Tuve mucho dinero…
-y todo lo perdí… continuaba la voz de cualquiera del edificio, logrando con ello que el viejo se llenara de orgullo, para él significaba que su vida era tan importante que podía estar presente en la vida de todos los espectadores.
-y en efecto, como dijo Carlos, todo lo perdí por culpa de la ironía.

Había nacido en algún punto de la capital, tanto tiempo atrás que lo único que podía recordar es que todo era mejor. Mi padre ya lo había conocido como Don Arturo cuando llegamos al edificio, sin hijos o parientes que lo reclamaran seguido, para todos era el clásico solterón que se había quedado cuidando a su madre. Aunque la señora murió, según sus propios relatos, cuando él tenía como 18 años, dejándolo millonario. Nunca fue de escuela, decía que la calle le había enseñado muchas cosas, más de las que podía experimentar cualquiera en tres o cuatro vidas. Nadie sabía nada de este hombre fuera de lo que el mismo había contado.  Debía tener casi 80 años, y representaba cada uno de ellos en aquella mano rugosa. El vacío se adueñaba de la izquierda, donde debía haber un brazo larguirucho y blanquecino había aire, la nada que seguía a sus camisas y suéteres, nadie se podía explicar cómo hacía para planchar, lavar, cocinar con una sola mano a una edad tan avanzada, aun así podía hacerlo sin pedir ayuda, sin mayores aspavientos y cuando alguien lo interrogaba por aquello, simplemente omitía la pregunta y seguía contando como era que había perdido aquella extremidad por culpa de la ironía.

Perdí de la manera más imbécil, y miren que decirlo así de fácil no es modestia. A veces cuando más crees tener, es que en realidad sólo es una fracción de todo lo que puedes abarcar. No nos sorprendía que quisiera meter moralejas en sus relatos, estábamos acostumbrados desde niños todos aquellos que nos reuníamos a los pies de la escalera, bebíamos unas cervezas, quizás platicábamos de futbol, quizás teníamos alguna información sobre lo que acontecía en el barrio, pero siempre estaba ahí llevando la voz cantante el viejo Don Arturo. De piel cerosa y con tantas arrugas en la frente que parecían una calca exacta de las calles que durante muchísimos años habíamos recorrido y las habíamos convertido en nuestras, aunque en realidad creo que únicamente le pertenecían a aquel octogenario de voz rasposa.

Todas las mañanas era la misma rutina, ya fuese que estuviésemos camino a la escuela, o a nuestros trabajos cerca de la misma casa, pero el viejo aparecía con la misma prenda, en apariencia, hasta que llegaba el cambio de temperatura. Me saludaba con un ademan de la cabeza o con un efusivo: ya a---? Y sin esperar respuesta continuaba su camino en completa calma, como aquellos que conocen los secretos del universo. Y así había sido los últimos 32 años, al menos hasta donde podía recordar, mi madre había muerto, mi padre había muerto, mis hermanos se habían ido y el viejo Don Arturo seguía con su rutina, con su andar despreocupado, como si tuviese ambos brazos. Pero realmente no parecía que le faltase nada.

Que si hay una idea detrás de todo esto? Claro, el viejo contaba la historia una y otra vez, como un sinfín de aventuras que llegaban al clímax cuando un balazo le había destruido el brazo. Duró casi 2 meses debatiéndose entre la vida y la muerte, los hombres que le habían dado por muerto nunca volvieron, quizás porque todo era una mentira, tan grande como el anciano, quizás habían vuelto y formaban parte de aquellas mentiras que nos contaba tan amenamente. Su mansión, las tierras en Sinaloa, el caballo pura sangre comprado a un jeque. La vida recia que había logrado sortear cuando apenas tenía 30 y pico, cuando aún no existía nada de lo que yo conocía, ni siquiera mi padre había visto todo aquello que aquel hombre presumía haber poseído. Pero en realidad no nos importaba, porque nos gustaba escuchar todas las peripecias de un hombre que era un fantasma. Don Arturo aceleraba las cosas y siempre  detenía la historia cuando piso por primera vez aquel departamento minúsculo enclavado en una zona que con los años se había convertido en una ratonera.

-El brazo lo perdí por creerme mejor que mi subalterno. He ahí la ironía, siempre habrá alguien más arriba, más chingón, más ambicioso. Te crees que todo empieza y todo acaba contigo, y descubres que en realidad apenas conoces una pequeña porción de la mierda que existe en el mundo. Un disparo certero me regreso a la realidad y me enseño la lección más importante hasta ese momento, la siguiente me ha costado aprenderla casi 50 años. Todo es jodidamente efímero y el destino, y el futuro son cosas aleatorias. Nadie escapa de ellas.

En aquello se equivocaba el viejo Don Arturo, porque los días seguían sucediendo, las noches llegando, las hormigas trabajando bajo el rayo del sol, la muerte viniendo por todos los demás, pero el viejo parecía que había sido olvidado por ella, como lo había sido por sus enemigos. Unos se iban, pero inmediatamente su lugar era ocupado por alguien más joven, quizás más ambicioso, pero que estaba decididamente ansioso por demostrar que el viejo se equivocaba, con tanta o tan mala suerte que pocas veces podían demostrarlo, porque bien caían muy jóvenes o se dejaban absorber por todo aquello que significaba el mundo.

-extraña su brazo? Le dije mientras estiraba mi mano hacia el paquete de cervezas que tenía a mis pies.
-casi nunca lo hago, sigue ahí, acechándome, y cuando me encuentre, sé que terminara todo, porque irremediablemente será síntoma de que están aquí por mí.

Abrí una cerveza. El viejo estiró su única mano y acepto aquella lata de color blanco, con vivos rojos. El sol caía a plomo, no había sombra de lluvia alguna.

SR Agosto 2020

miércoles, 4 de agosto de 2021

Estampa de fin de semana

 Augusto tenía casi 60 años, vivía al día, sin ahorros, con un perro grande que no tenía nombre y una novia casi 30 años más joven que Augusto. Trabajaba toda la semana y el sábado o domingo aprovechaba para ir a Tepito, comprar dos micheladas, una en cuanto entraba al monstruo y otra cuando iba ya de salida, caminaba hasta metro Morelos, sin ninguna necesidad real, le gustaba la presencia del barrio, la dificultad de estar al filo de un movimiento en falso, de creer que en cualquier momento alguien iba a ir por él, por su mochila gigante en la que llevaba calcetas (que su hermana vendía en algún tianguis entre semana) o por el mero hecho de que les molestaba la apariencia de aquel hombre de aspecto fiero, pero al mismo tiempo un bonachón. Una especie de tío buena onda que al mismo tiempo tiene una manaza tremenda para romperle el culo a cualquiera que se quisiera pasar de verga con él. Le gustaban las micheladas porque le quitaban esa solemnidad que durante años le había dado a la cerveza, le quitaba ese pasado de una vida que difícilmente podía narrar sin soltar lágrimas crudas de un hombre viejo. Ya no tenía dos hijos, la primera esposa lo odiaba a muerte y lo único que le quedaban eran aquellos sábados y su trabajo del diario que lo obligaba a portar un traje feo, tan jodidamente distinto de las bermudas cargo que usaba los sábados o domingos que se paseaba buscando las calcetas que su hermana vendía. Le gustaba también usarlas, tenía muchísimas de ellas con figuras estrafalarias que no dudaba en usar aunque le dieran un aspecto ridículo cuando salía rumbo al barrio en busca de la vida, con los tennis que sin duda algún chaval quisiera, con la barba crecida pero cuidada porque le gustaba la apariencia que le daba, un viejo santa clos corporativo semanal, los sábados o domingos se volvía un jodido santa violento, un santa chopper, pese a que no manejara motocicletas, le faltó edad para hacerlo. Le hubiera gustado tener una, que ronroneara igual que hacia Alicia, la misma que le acompañaba a veces a dejarse medio día en aquel sitio lleno de color y sombras. Le gustaba Alicia, no tanto como le hubiese gustado al inicio su ex, pero eso era historia del pasado, cargada de emociones que lo traicionaban todavía cuando volvía al principio de las cosas, al final de los laberintos de su propia irresponsabilidad, no le gustaba, pero a veces era necesario perderse, y entonces aquel santa clos corporativo, se transformaba en un jodido borracho mal hablado con una novia que prefería perderse antes de que el hombre la tomase con ella, porque así era él, incapaz de detener el torrente, imposible que algo fuera a ser lo suficientemente fuerte para contener al viejo que los fines de semana gustaba de vestir estrafalariamente porque así podía escapar, escapar de todo lo que representaba de lunes a viernes, y sobre todo escapar del papeleo, de la vida tan jodidamente cuadrada que había escogido.
 

SR Primavera 2020

domingo, 4 de julio de 2021

Milagro en el minuto 93

 Lo sentía como una carga infernal, las miles de palabras que se sentían constreñidas por la autocensura impuesta, por no demostrar que te sentías afectado, mi viejo compañero de bebidas lo sabía, me veía distante, preocupado y sin atender los negocios de siempre. Me lo dijo mientras veíamos un juego de futbol en la tele, no le ponía ninguna atención al partido, la mente se iba y venía con la misma frecuencia que los equipos se equivocaban. Me gustaba estar frente a aquella pantalla, perderme en la estupidez colectiva de miles de ojos pendientes de un resultado, una cerveza en la mano y un millón de pensamientos residiendo en la cabeza. La concurrencia a aquel lugar era la misma, una suerte de hombres dejados de la vida, de los sueños, carentes e ilusiones que volcaban todo su fervor y su poca vida restante en ver a aquellos millonarios correr tras un balón. En el fondo éramos parte de una religión más peligrosa, no lo queríamos aceptar, pero seguíamos de ritual en ritual el acontecer de los eventos. La cerveza era más mala que buena, no es que crea que hay mejores cervezas que otras, pero hay veces que ni la mejor cerveza del mundo te ayuda a sortear los problemas, el bloqueo de las palabras es el peor, porque nadie parece entender que tu infelicidad reciente pase por un jodido atasque. La mayoría se siente consternada por no poder encender un jodido auto, o ver que el universo se está yendo al carajo con nuestra depredación, pero aquellos imbéciles que nos dejamos aterrar por el jodido atasque me parece que estamos más jodidos que otros. No somos especiales, pero nos sentimos así, aunque ¿Quién jodidos no lo hace? Hasta nuestras depresiones sentimos que son mejores que las de los demás, que donde ellos fracasan, nosotros estaríamos en un lecho de rosas. Ahora mismo lo creo así, pendiente de la mierda que sigue saliendo. Las 9 de la noche, mi viejo compañero no quería llegar a casa, la solitaria casa, llena de horrores por las equivocaciones cometidas, los divorcios, las peleas infinitas, todo para parecer igual de felices que el resto ante los condenados ojos del mundo, pero aquello es lo que le da sentido a la vida. ¿Qué seriamos sin la maldita posesión de nuestros problemas diarios? Un jodido espectro que se dedica a rascarse el culo mientras el grifo gotea, mientras el cielo se llena de naves espaciales y quedamos a la buena de una civilización que nos usaría como combustible. Y no somos mejores que otros, somos la escoria que nos hemos encargado de parir. Mi amigo bebía para resarcir sus errores, para cometer nuevos y si era posible, para hipotecar a futuro. Le gustaba aquello, le gustaban las mujeres mucho, pero a mí también, y no puedo negar que a veces me gustaría que no fuera así, para no errar tanto, para dejar de comportarme tal cual un simio afeitado cada que ellas aparecen, todos queremos impresionar a aquellas mujeres que son inalcanzables, aun así estén recién pariendo al hijo de tu enemigo, vas a intentar hacer menos a aquel imbécil que le está saliendo de las entrañas. Somos cáncer. Y no podemos evitar sonreír mientras vemos que el equipo tiene una oportunidad de oro para irse arriba, para demostrar que nuestro apoyo virtual funciona mejor que un talego de imbecilidades de creencia espiritual. La mujer que nos observa seguramente querrá que le invitemos algo, la mujer que nos observa seguramente es mejor persona que yo. Pero eso es fácil, porque cualquiera es mejor que yo, ya sea para levantarse temprano y correr, hasta para practicar una jodida operación a corazón abierta, yo soy bueno para beber y escuchar mientras el mundo se cae a pedazos, decirle a mi amigo que su ex mujer no se está revolcando con una nueva pareja, y que sus hijos lo amaran por siempre, claro. Así funciona todo. Pero él está más preocupado porque el pendejo que cobra lo que nosotros en un año por patear penales, lo vaya a fallar, aunque también creo que si lo mete ambos terminaremos ebrios, llenos de golpes por los rivales que nos encontraremos y probablemente con alguna enfermedad venérea por las putas que nos vamos a coger sin condón. Aunque no queramos, aunque creamos que seremos buenos y respetaremos nuestros cuerpos, en realidad no hay ninguna esperanza. El hombre que viene por la espalda no lo vimos en ningún momento, no vimos su mirada, no sentimos su aliento a mierda podrida, aunque también pudiera ser que le guste el olor a cloaca que despide su boca, no vimos que ha sacado un pequeño puñal y que está decidido a acabar con uno de los dos, porque al parecer somos la siguiente mierda en la lista de la jodida calamidad. No vemos que se sitúa al lado suyo y lanza hacia delante y hacia tras la hoja y la empuñadura del maldito objeto, atinando en un costado de mí. No vemos hasta muy tarde, que repite la operación mientras me sujeto lleno de horror el flato, mientras caigo del taburete que me sostenía en aquel bar que solíamos frecuentar cada que jugaba el equipo, antes de que pusieran unas luces demasiado chillonas en la parte superior de la pared adosada de botellas que probablemente nunca se hallan abierto, porque así son todos esos lugares, pequeños recipientes que contienen la historia del mundo, y heme allí lanzándoles una última mirada que nunca nadie entenderá. Y la pequeña barra de imitación de madera se tiñe con mi sangre que sale despedida en un violento ataque que va acabando con mi propia y jodida existencia. Y el pinche pendejo ha fallado el penal, porque así son esos cabrones, parecen tener todo controlado, pero internamente saben que un imbécil acaba de ser apuñalado hasta la muerte en un jodido bar de un rincón de esta pinche ciudad.


SR primavera 2019


viernes, 4 de junio de 2021

Aunque tu no lo quieras

 -¡Si me quedo ciego, que digan que fue por ella!
 

Gritó aquel hombre desde el fondo del localito, había casi una veintena de mesas, aunque parecían más debido a las ridículas dimensiones existentes en aquel lugar, no pocas veces se habían agarrado a golpes, al calor de la cerveza, al calor del ambiente, a la música que se tornaba un peligro para todos, porque era inevitable ponerse sentimental, y en no pocas veces envalentonarse por las melodías que provocaban aquellos hombres con su vestimenta estrafalaria, con su sombrero norteño.
 

Era un jodido día más en la cantina, supongo que tenía nombre, pero hacía años que nadie lo usaba, daba igual, era el único agujero en aquel rincón del infierno, tiempos mejores habían pasado cuando no pocos se enfrascaban en victorias ocasionadas por el alza en los minerales. Pero aquello había sido tan efímero como lo era ahora la vida de la mayoría de los jóvenes, si no había clientela más joven en aquel sitio se debía a que todos estaban muriendo chicos, seducidos por los cantos de sirena de la vida peligrosa. Entonces, para aquel tiempo sólo estábamos los padres y abuelos de todos esos imbéciles, no pocos tenían nexos con la maña, no pocos estaban huidos y escondidos en otros lugares menos hostiles, y quizás los que estábamos ahí nos aferrábamos como idiotas a seguir vivos, no importando que no tuviéramos ni para cervezas, ¿acaso eso importaba?
 

Pero el conjunto tocaba de poca madre, con la fuerza de un huracán que está desatando su furia sobre cada una de nuestras neuronas o nuestras capacidades cognitivas. 4 hombres vestidos con aquella indumentaria, como ya he dicho antes, estrafalaria; los clásicos conjuntos norteños que abrían la serenata de nuestras desgracias con corridos, y al pasar de los minutos y las horas, esto se iba convirtiendo en serenatas para nuestros jodidos corazones de viejos ridículos. La cantidad de veces que nos habíamos convertido en un manojo de tristezas tan hondas como cabe posible imaginar las marianas. Acaso no estábamos tan adentro de la desgracia que nos parecía lo más justo tener una buena canción triste, llena de voraz enfermedad amorosa. Claro, luego llegábamos por aquellas que nos ocasionaban dicha situación y preferíamos hundirnos ahora en el sopor del alcohol etílico.
 

Conocía de años a esos 4 hombres, más de los que quisiera reconocer, mi padre me los presento desde que tengo uso de razón; él y yo no siempre congeniamos, porque no le gustaba que me dejará caer con mis amigos de entonces a beber en el mismo lugar que él lo hacía, al igual que los padres de mis amigos lo hacían, que probablemente nuestros abuelos lo habían hecho, y de hecho algunos estaban todavía ahí, recargados y perdidos en los sueños profundos del borracho, cargados de dolor y esperanza por la creencia de que todos se irían al cielo. Mi padre invitó la primera ronda, nos pusimos ciegos de tanto alcohol aquella noche, el grupo tocaba, corridos y más corridos, llenos de valentía, estupidez y vanagloria de aquellos tan tontos para caer en aquella vida. Mi padre se sentó frente a mí y no hablamos, ¿porque habríamos de hacerlo? Éramos tan jodidamente duros que la vida nos obligaba a cerrar la condenada boca, a apretar los dientes y hundir nuestra mirada en la bebida que teníamos frente, él su tequila derecho, yo cerveza. Nos caímos antes de que supiésemos que éramos parte de la misma rama. Que teníamos la misma cara surcada por las mismas arrugas, y aquella nariz tan característica. No le gustaban los nuevos corridos, y para hacerlo enojar los mandaba pedir, y a veces cualquier otro que le llenaba la boca al cantante con aquello de la vida recia, cualquier pinche canción así. Inmediatamente se crispaba la vena de su rostro. Yo tarareaba por lo bajo.
 

Su boda y mi boda habían sido amenizadas por los mismos hombres, mi mujer, mis hijos, mis nietos seguramente, conocerán está música, porque es lo único que he conocido. ¿Cuántos años tenían aquellas momias? Con sus ropajes llenos de girones, con las manos casi transparentes con aquellas venas que parecían antinaturales porque sobresalían demasiado, casi eran una extensión de sus instrumentos y no al revés. Parecían tan jodidamente viejos que aquellos que apenas rondábamos los 40 nos veíamos como colegiales que apenas estaban destetándose. La voz del hombre no pocas veces emitía un pequeño silbido, mi suegro hacia los mismos ruidos hacia el fin de sus días, ahí sentado en aquella silla de ruedas, no era tan viejo, pero tenía muchas enfermedades, me caía bien, yo le caía mejor de lo que mi padre podía desear que lo hiciera, no porque le gustara tener esa relación conmigo, sino porque la sentía muy fingida de su parte, pero no era así, era un sujeto que sabía cosas, y eso inevitablemente ocasionaba que nos acercáramos, bebíamos cerveza y hablábamos de cosas que a nadie más le importaban. Mi mujer y los chicos no lo soportaron, se moría uno, les quedaba el otro. No pocas veces intuí que hubiesen preferido que fuese el muerto el otro.
 

Mi mujer los odia, no le gustan sus canciones, el estilo; mis chicos los aborrecen, pero entienden que quizás no tengamos otra forma de entender el mundo, no los culpo, ya no somos muchos de estar aquí, crecimos en otra época, en días tan jodidos y tan tristes que nos volvimos igual. La música es lo único que da un poco de sangre a nuestras vidas, pero nunca lo aceptaremos, porque ello sería reconocer que no podemos existir por lo poco que somos, por lo poco que valemos. Y quizás fuese mejor que no podamos expresar todo esto, porque haríamos que las nuevas generaciones entendieran que tan fregada tienen la vida, porque aunque quieran romper el círculo, seguirán dentro, alguno huirá y otros lo intentarán, pero aquel que lo logré no será feliz, porque tendrá muy dentro entendido que el circulo lo perseguirá toda la vida, como una sombra propia que no se rendirá, que lo esperara hasta que sea el momento indicado. Y los que no lo logren, serán tan poco valiosos para sí mismos que ello les hundirá en el fango, en las letras que vociferan aquellos 4 hombres vestidos estrafalariamente de negro, con su sombrero apenas ladeado y con tantas venas que logran lo que más miedo me daba cuando comencé a crecer: que mi padre y su padre sean exactamente la copia de mi cara, que el ciclo se siga perpetuando porque mi hijo mayor tiene ese rostro, cargado hacia la desdicha, montado en la tristeza que no sabe de dónde le sale. Son así las cosas en este lugar que alguna vez tuvo suficiente fuerza para crecer y ahora está esperando a que venga la muerte o el olvido. Lo que sea más sencillo.
 

SR Julio 2020

martes, 4 de mayo de 2021

La farola que parpadeaba demasiado en la calle

 Era una mujer que antaño había sido muy guapa. Se llamaba Carolina, vivía en el departamento que estaba inmediatamente encima del mío. La escuchaba a veces ir y venir por las noches de insomnio. Se estaba muriendo y la misma enfermedad la había chupado mucho, parecía que Nuestro Señor quería quitarle todo aquello de lo que había gozado durante sus casi 40 años. Platique un par de veces con ella, casi siempre de manera informal, como dos vecinos que se saludan a diario, tal vez comentan algo de la inseguridad del barrio, la toma del agua que chorrea, los ruidos de la calle por la noche y acaso, lo difícil que esta la vida. No me recordaba en lo absoluto, debía de ser para ella el tipo extraño que trabaja en su casa estafando incautos. A eso me dedicaba, arreglar pequeños desperfectos de otros en una aseguradora, pero en realidad tenía por consigna encontrar el mínimo error para que la empresa no tuviera que pagar un pepino. Un 80% de probabilidades tenían todos los que caían en mi escritorio de no ver nada. Y heme ahí el día entero metido en la computadora, fumando a destajo y bebiendo por lo menos 4 de los 5 días laborales, no gran cosa, no me ponía hasta el culo, pero si aligeraba el dolor de cabeza que se enquistaba un día sí y otro también en mi vida. Para Carolina, o aquella mujer muy guapa y muy enferma, la vida transcurría entre sus visitas al hospital, a su trabajo, a su familia (aunque en realidad esta era la que venía a verla). No sabía si había tenido esposo o hijos, y no quería saberlo, me gustaba pero no al grado de querer saber todo de ella, creo que en realidad me gustaba lo trágico del asunto, el opuesto entero en que vivíamos, ella presumía de magnifica salud,  era deportista y una excelente persona, pero todo ello se fue a la jodida cuando enfermo, la ambulancia llego una noche de enero, las calles heladas habían propiciado, aunque en realidad no podría jurarlo, que aquella mujer cayese enferma sin poder parar de toser un segundo, la sangre apareció luego de un violentísimo acceso de tos, los paramédicos que la llevaron al hospital no pudieron evitar darle una mirada, era condenadamente guapa. Pero de ahí cayó en desgracia con Nuestro Señor, o eso parecía, como si todo lo que hubiera obtenido por la genética y su responsable vida, hubiera sido una afrenta. Tres semanas después de aquella noche, volvió a su casa, de su jovialidad y dinamismo quedaban sólo las palabras, era una mujer que comenzaba a marchitarse a una velocidad endemoniada. Hasta su pelo, de cabellera turgente hasta entonces, ahora parecía una peluca vieja. El chisme me llegó. Algo relacionado con una bacteria en los pulmones, nadie sabía dónde la había adquirido, pero la estaba matando tan rápido como se podía. Ya había acabado con uno de sus pulmones y si no lo controlaban se iría al otro barrio. Ahí estaba aquella mujer, parecía una anciana de casi 70 años, seguía guapa, pero la misma enfermedad y el temor a la muerte le estaban terminando, me encontró una noche acariciando un gato callejero que a veces alimentaba, me vio al inicio con aprensión, pero luego mudó hacia la ira y la pesadumbre. Solté la botella de cerveza que llevaba en la mano cuando me percaté de su presencia. No pude articular palabra alguna, pero ella formó una oración.
 

-No es justo, realmente no es justo.
 

Fue lo único que dijo aquella noche, a partir de ahí parecía que nos encontrábamos con toda la naturalidad del mundo. No me saludaba, pero negros ojos irradiaban molestia por verme. No era nada que no hubiera visto antes, como si mi presencia fuese el desencadenante de toda la porquería que habita en el universo. No podía evitar mirarla de aquella forma estúpida que tenemos cuando no podemos evitar que dos universos colisionen. No obstante a estos encuentros, nuestra amistad o cercanía no creció más allá de esos encuentros fortuitos. Carolina parecía estar mejor, aunque cada que tosía, como si el pulmón bueno estuviera a punto de joderse, no podía evitar pensar en que sonaba peor que si un barco de motor estuviera zozobrando. ¿Quién era yo para evitar que el fondo del mar lo engullese? Abrace la idea extraña de que un día se aventaría por el balcón, la altura de su piso, un tercero, igualmente la mataría y más rápido. Luego recordé quien era esa mujer y contemple atónito como prefería seguir marchitándose de a poco. Encendí un cigarro y cogí una botella de cerveza. La noche parecía estar condenada.
 

SR Febrero 2019


viernes, 2 de abril de 2021

Quise escribirte una canción, pero sólo tome 2 cervezas

 Las palabras “30 años” resonaron en su cabeza los primeros 5 o 6 días, el uniforme le quedaba un poco chico por aquel entonces, para cuando llevaba los primeros 10 años, tuvo que pedir una talla más pequeña, todo se reducía allá dentro. Zeferino había pagado con media vida dentro del trena, había conocido buenos hombres, malos, y los peores; en aquel lugar había visto de todo y para la mayoría paso inadvertido, como una sombra, igual que había sido hasta aquella tarde cuando los golpes pararon y levantó aquella piedra que le arrebataría la vida a un tipo que se le había cerrado al coche que manejaba Zeferino.
 

Ya no tenía pelo, de hecho lo había perdido en su mayoría aun antes de entrar al hoyo, tenía muchos menos dientes de los que recordaba haber tenido y en su mano derecha portaba un tatuaje con la fecha en que había matado al pobre imbécil de la camioneta de repartos. Aquella tarde de hacía muchos años se quedó riendo mientras observaba el rostro deforme, la risa resonó en su cabeza por años, las pesadillas queriendo evitar que todo sucediera se sucedían una a otra, noche tras noche. Arrastraba un balde con agua puerca, un palo de escoba que terminaba en un trapeador que antes fuese blanco y ahora era gris o de algún color muy cercano al negro. Recorrió el andén del metro por los siguientes minutos, era el único empleo donde lo habían aceptado.
 

-¿Sabes cuál es tu pedo Zefe? Que vives en el pasado carnal, llevas ¿cuánto? 10-15 años queriendo volver atrás, deseando no haber caído en chirona, pero ¿adivina que guey? Eso no va a pasar, lo hiciste, aprende a sobrevivir con ello, lo has hecho hasta ahora, porque putas te la pasas melancólico, tuviste 15 años para joderte la cabeza.
 

-no tengo nada aquí más que esta chingadera. Dijo luego de darle un trago a un botellín de caña.
 

El calor le subió desde la boca hasta el cerebro, el cuerpo se fue incendiando con la misma celeridad que un bosque en época de sequía. Todos los animales gritaban en su pecho, con la misma fiereza que la amenaza del fuego sobre la vida, descendió su mano y la puso cerca de la rendija donde había un par de hilachos colgando. Llevaba casi 2 años en ese trabajo, su mejor amigo era un hombre al que apodaban “tribilin”; el “tribilin” le caía a veces bien y a veces como una patada en el culo, pero sabía de la vida, sabía de cosas que importaban y bebía casi todo el día; sabía que no llegaría a los 60 sin antes morirse de una cirrosis, a veces el “tribilin” le convidaba de sus botellas baratas, a veces no podía ni hacer eso, porque tenía pocas ganas de seguir vivo. Al “tribilin” lo habían internado tantas veces en las clínicas de desintoxicación, que no le importaba en lo absoluto seguir vivo.
 

-¿sabes que me gustaría? Que regresaran esos pinches tables. Eran la pura verga, te agarrabas una nalguita y al final la dejabas ahí, sin pedos de enfermedades y sin riesgos de que se enamoren de ti por las cogidas que les dabas. Esbozo una sonrisa con sus 3 dientes frontales originales. El resto era vacío. Luego nos deberíamos ir por ahí, con una de esas gordas de Tlalpan que se ve cogen de miedo.
 

-ummm
 

Zeferino conocía de buena fuente que ese viejo alcahuete en realidad era casi un eunuco, la historia que alguien le había contado sobre su amigo era  uno de esos puntos que lo hacía tenerle un poco de compasión. Pero tampoco es como si no estuviera deseando decírselo, joderlo para que dejara de estar hablando. Tenía demasiados escrúpulos y el viejo desdentado que era su vil reflejo lo atormentaba en el trabajo. Bebió otro trago que le hizo cerrar los ojos, deseaba que fueran las 10 porque así podría irse a dormir a la bodega.
 

Vivía en una bodega que era de un amigo, uno de esos que le hablaban, pero guardando las distancias, como si lo que tuviera fuese una enfermedad contagiosa, le hubiera gustado gritarle: ¡cabrón, tu vieja me la chupo en la cárcel y sin condón!, pero no lo haría nunca, porque gracias a eso podía seguir viviendo en aquella bodega, junto a 10 o 15 jodidos que no tenían ningún otro lugar a donde ir; su catre estaba rodeado por un par de viejos ex proxenetas que aun creían tener cierto control sobre la ciudad, atrás de él, dormía generalmente una mujer que a veces se dejaba coger por unas monedas, diario eran distintas historias sobre ella. No las sabía todas, porque con el paso de los días, de los meses, el interés se había convertido en pura y abyecta aburrición. Todos los días era la misma cantaleta, guardar una o dos cosas de mierda en un locker y no poseer más que una jodida llave y una tarjeta que le permitía tener una habitación compartida con muchos hombres, un baño que reunía a unas cuantas mujeres y un zaguán enorme que le ayudaban a descorrer cuando menos 3 prostitutos.
 

Lo único que apaciguaba sus ganas de pegarse un tiro o aventarse a las vías del metro eran esas botellas de caña que le destrozaban por dentro, pero le auxiliaban cuando se sentía débil, cuando recordaba a su novia de por aquel entonces, los gritos que le llegaban de otro universo para que no hiciera una tontería, la voz desencajaba y el vómito que se cernían sobre la caliente avenida de aquel año tan lejano. Era una gran mujer que no resistió verlo luego de 2 meses. Míseros meses que eran apenas un suspiro de una eternidad por delante. Abría una nueva botella y le bajaba cerca de un cuartito. Ese era el secreto, primero un trago duro, luego ir abriendo la botella según el tiempo se mueva. A veces no podía siquiera ponerse en pie para salir al trabajo, otras tantas parecía que fluía al ritmo de algún vals. Pero luego bajaba, y cuando eso sucedía deseaba que en todos esos años allá dentro, alguien le hubiera clavado un cuchillo hechizo o un picahielos. Sin embargo, parecía que su castigo era seguir vivo y ser tan jodidamente cobarde para acabar con todo.
 

Caminaba arrastrando aquel balde sucio, lleno de porquería, la porquería que todos arrastrábamos hasta el maldito transporte, Zeferino deseaba enterrarle el mango de la escoba a alguna de esas sabandijas que luego llegaban con mierda canina, en el mejor de los casos, a la estación. Deseaba con todas sus fuerzas que algún día ese animal que había defecado le mordiera el rostro al imbécil que se había embarrado. No tenía tanta suerte, pero luego cuando leía en la nota roja alguna situación semejante, levantaba con más alegría la botella al cielo, como brindando por los milagros recibidos. Así lo hacia día a día, noche a noche, esperando con ansias enterarse de algo así de bueno, no siempre se podía y tenía que encontrar otro motivo más estúpido para justificar que alzará la botella.
 

-esa muchacha se parece a ella…
-no lo es.
-¿cómo lo sabes? Hace casi 30 años que no la ves.
-la reconocería así hubieran pasado siglos. Por eso sé que no es ella.
-¿estás seguro? ¿Tan seguro como para no jugar más?
-si…
-no lo creo, y sabes que no lo crees.
-que te importa…
-ves, si estuvieras seguro no tendríamos está conversación.
-tenemos esta conversación porque no puedo deshacerme de ti…
-¿tienes ganas de pegarme ah…? Sabes que no tienes los pantalones para hacerlo.
-jodete. Déjame en paz.
-vamos a apostar…
-no. Estoy cansado de ello.
-vamos viejo….
-con un demonio. Te dije que no.
-te estas volviendo un chocho.
-eso es algo que no te importa.
-tan débil. Jodidamente anciano. Incapaz de tomar las riendas.
-¡cállate!
-tan fácil, tan jodidamente fácil como siempre lo ha sido.
-no es cierto…
-lo mejor sería que te callaras. Que te des cuenta que no tienes lo que se necesita. Por eso estamos aquí, por eso eres un inútil.
 

El trancazo fue directo a la mandíbula de aire. El siguiente golpe fue al pómulo. Dos viejos más observaban a la distancia aquella situación y se carcajeaban, el espectáculo lamentable les daba unas pocas ocasiones para reír, pero sabían que no tardaría en acabarse. El show era el mismo desde hacía casi dos meses, uno que los ancianos de aquella empresa conocían a la perfección porque era el mismo que tenían consigo todas las noches. Peleando, arañando por seguir siendo alguien que pudo ser. Aquel desdentado tipo era su propia batalla, era su propia psique queriendo desnudarles. Uno comenzó a pasar la botella, eran casi las 12 de la noche.
 

SR Febrero 2020


jueves, 4 de marzo de 2021

Palabras disparatadas en una noche de calor

Alguna vez a manera de castigo me decidí a escribir en las noches del fin de la primavera y el principio del verano, cuando el calor infernal se mezcla con la humedad sin lluvia. Y comencé a escribir en boxers y con unas latas de cerveza a la mano. No eran grandes cosas, de hecho cuando lo hice, tenía casi 2 años sin escribir nada, vivía de la poca mierda que había escrito antes, y por vivía me refiero a que eran mis letras mi modo de no caer en la locura, el dinero provenía de seguir descargando camiones de alimento para animales, jodido como pudiera ser, con la espalda llena de moretones provenientes de costales que en un día bueno pesaban 40 kilos, y cuando la cosa se ponía jodida eran casi 70. Llegue a levantar 80, mi espalda dijo no más aquella vez, tuve que recurrir a un ungüento para evitar que el dolor se extendiese más allá del hombro y la parte alta.
 

Pero eso fue hace mucho, y entonces ya era mucho tiempo atrás cuando había estado en mi mejor forma, podía hacer muchas más cosas y no sentía que la vida pasara, que mientras hubiera alcohol, lo demás no importaba. Estaba también enamorado de una mujer que no era real. A mis casi 25 tenía las mismas ideas sobre las mujeres que tengo ahora, no las comprendo, pero no quería comprenderlas, sólo quería quedarme con las pocas luces sobre ellas. Mi abuelo me había dejado su casa, una sola planta, con tres habitaciones y una pequeña cocina pintada de azul, la habíamos pintado unos días antes de que se pirara, para entonces mi abuela tendría casi 10 o más años muerta. Un jodido espiral de emociones, era un torbellino de sentimientos, quería expulsarlos y la única forma era escribir, pero no podía, no tenía el ánimo suficiente, sin embargo aquella noche cogí un pedazo de papel, no recuerdo lo que tenía atrás y comencé a lanzar frases, dolidas, llenas de algo cercano a la epifanía. Sudaba tan copiosamente que las gotas mancharon el papel, pero no podía detenerme, no quería hacerlo, quería poner fin a todo aquello que me había torturado por mucho tiempo, y las letras seguían su curso, obedientemente insurrectas, lanzándose a un precipicio de violentos significados, no los tenían para mí en absoluto, porque no estaba fijándome en lo que ponía, acaso hablaba sobre una gelatina, sobre hormigas, sobre el desierto y la necesidad que el frio se colara por alguna rendija del universo, pero el calor hacia que todo fuese tan jodidamente real, que el dolor se sintiese de la misma manera, como si no se pudieran expresar de otra manera las sentencias de dolor.
 

Y estaba ahí, rascándome con una mano algún piquete de insecto, mientras la otra seguía tirando de la poca movilidad de mis dedos, no era tan fácil poner en escrito todo aquello que aparecía sin orden en mi cabeza, pero lo estaba logrando, y sabía que no pararía hasta terminar, casi la media noche por entonces, a sabiendas de que al otro día tendría que despertarme a las 7 para seguir cargando todo aquello que pudiera aguantar mi espalda o mi cuello mientras el jodido universo de mis letras se quedaba firme, esperando a que una segunda lectura cambiase el ritmo, le diese una coherencia suficiente para no ser únicamente los lamentos de un hombre que no podía sacar toda la rabia que tenía acumulada por casi dos años. Que tenía un jodido enamoramiento de una mujer que lo rechazaba con todas las fuerzas que podía haber sido capaz alguien de hacerlo por el mero hecho de que sabía de antemano que era escoria aquel hombre. Era incapaz de parar sin sentir que mi mano se rebelaría mas tarde y me haría apretar el gatillo de la pistola 22 que el viejo había comprado alguna vez para dispersar a los rateros. No podía y no quería terminar así aquella noche tan jodidamente calurosa, porque aún me faltaba llegar a toda la demás porquería que vendría después, claro, ahora lo sé, pero por aquel entonces sólo podía aspirar a que el dolor fuese amainando conforme me adentrase en la vida.
 

Lo cierto es que ahora mismo escribo de la misma manera que entonces, lleno de sudor, casi desnudo y con unas latas de cerveza, aquella mujer se fue marchitando con el paso de los años, pero aparecieron más y cada una fue un dolor que parecía insuperable, hasta que la propia experiencia me ha dicho que no, que siempre hay una nueva lección en cuanto al dolor, cuando creas que lo tienes superado, acuérdate que nada es tan infinito –acaso la muerte- como el jodido dolor. La vida se encargara de que lo recuerdes.
 

SR Primavera 2019

domingo, 7 de febrero de 2021

Dinero

Quisiera no escribir sobre derrota, blando en este sobre, que contiene dinero, miles o cientos o incluso apenas lo suficiente para mantenerme un poco de días. En sí, son sus pequeños rostros demacrados, opacos, carentes de alma y de destino lo que inmediatamente me dictan los años por venir. Siempre con caras tan tristes, con rostros repletos de lágrimas, al final las verdades asoman, enseñan su verdadero rostro.

Vacío, carente de pasado. De todos los recuerdos, con hormigas taladrando tu interior. Sin descanso, apenas levantando el rostro, sintiendo que con cada horadación su fin se aproxima. El sol cayendo sobre los lomos impertérritos, imposible detener. El pasado que ahora nos arrincona, en el tiempo, en la distancia, en todas y cada una de las noches.

SR 23 abril 2015.