Lo sentía como una carga infernal, las miles de palabras que se sentían constreñidas por la autocensura impuesta, por no demostrar que te sentías afectado, mi viejo compañero de bebidas lo sabía, me veía distante, preocupado y sin atender los negocios de siempre. Me lo dijo mientras veíamos un juego de futbol en la tele, no le ponía ninguna atención al partido, la mente se iba y venía con la misma frecuencia que los equipos se equivocaban. Me gustaba estar frente a aquella pantalla, perderme en la estupidez colectiva de miles de ojos pendientes de un resultado, una cerveza en la mano y un millón de pensamientos residiendo en la cabeza. La concurrencia a aquel lugar era la misma, una suerte de hombres dejados de la vida, de los sueños, carentes e ilusiones que volcaban todo su fervor y su poca vida restante en ver a aquellos millonarios correr tras un balón. En el fondo éramos parte de una religión más peligrosa, no lo queríamos aceptar, pero seguíamos de ritual en ritual el acontecer de los eventos. La cerveza era más mala que buena, no es que crea que hay mejores cervezas que otras, pero hay veces que ni la mejor cerveza del mundo te ayuda a sortear los problemas, el bloqueo de las palabras es el peor, porque nadie parece entender que tu infelicidad reciente pase por un jodido atasque. La mayoría se siente consternada por no poder encender un jodido auto, o ver que el universo se está yendo al carajo con nuestra depredación, pero aquellos imbéciles que nos dejamos aterrar por el jodido atasque me parece que estamos más jodidos que otros. No somos especiales, pero nos sentimos así, aunque ¿Quién jodidos no lo hace? Hasta nuestras depresiones sentimos que son mejores que las de los demás, que donde ellos fracasan, nosotros estaríamos en un lecho de rosas. Ahora mismo lo creo así, pendiente de la mierda que sigue saliendo. Las 9 de la noche, mi viejo compañero no quería llegar a casa, la solitaria casa, llena de horrores por las equivocaciones cometidas, los divorcios, las peleas infinitas, todo para parecer igual de felices que el resto ante los condenados ojos del mundo, pero aquello es lo que le da sentido a la vida. ¿Qué seriamos sin la maldita posesión de nuestros problemas diarios? Un jodido espectro que se dedica a rascarse el culo mientras el grifo gotea, mientras el cielo se llena de naves espaciales y quedamos a la buena de una civilización que nos usaría como combustible. Y no somos mejores que otros, somos la escoria que nos hemos encargado de parir. Mi amigo bebía para resarcir sus errores, para cometer nuevos y si era posible, para hipotecar a futuro. Le gustaba aquello, le gustaban las mujeres mucho, pero a mí también, y no puedo negar que a veces me gustaría que no fuera así, para no errar tanto, para dejar de comportarme tal cual un simio afeitado cada que ellas aparecen, todos queremos impresionar a aquellas mujeres que son inalcanzables, aun así estén recién pariendo al hijo de tu enemigo, vas a intentar hacer menos a aquel imbécil que le está saliendo de las entrañas. Somos cáncer. Y no podemos evitar sonreír mientras vemos que el equipo tiene una oportunidad de oro para irse arriba, para demostrar que nuestro apoyo virtual funciona mejor que un talego de imbecilidades de creencia espiritual. La mujer que nos observa seguramente querrá que le invitemos algo, la mujer que nos observa seguramente es mejor persona que yo. Pero eso es fácil, porque cualquiera es mejor que yo, ya sea para levantarse temprano y correr, hasta para practicar una jodida operación a corazón abierta, yo soy bueno para beber y escuchar mientras el mundo se cae a pedazos, decirle a mi amigo que su ex mujer no se está revolcando con una nueva pareja, y que sus hijos lo amaran por siempre, claro. Así funciona todo. Pero él está más preocupado porque el pendejo que cobra lo que nosotros en un año por patear penales, lo vaya a fallar, aunque también creo que si lo mete ambos terminaremos ebrios, llenos de golpes por los rivales que nos encontraremos y probablemente con alguna enfermedad venérea por las putas que nos vamos a coger sin condón. Aunque no queramos, aunque creamos que seremos buenos y respetaremos nuestros cuerpos, en realidad no hay ninguna esperanza. El hombre que viene por la espalda no lo vimos en ningún momento, no vimos su mirada, no sentimos su aliento a mierda podrida, aunque también pudiera ser que le guste el olor a cloaca que despide su boca, no vimos que ha sacado un pequeño puñal y que está decidido a acabar con uno de los dos, porque al parecer somos la siguiente mierda en la lista de la jodida calamidad. No vemos que se sitúa al lado suyo y lanza hacia delante y hacia tras la hoja y la empuñadura del maldito objeto, atinando en un costado de mí. No vemos hasta muy tarde, que repite la operación mientras me sujeto lleno de horror el flato, mientras caigo del taburete que me sostenía en aquel bar que solíamos frecuentar cada que jugaba el equipo, antes de que pusieran unas luces demasiado chillonas en la parte superior de la pared adosada de botellas que probablemente nunca se hallan abierto, porque así son todos esos lugares, pequeños recipientes que contienen la historia del mundo, y heme allí lanzándoles una última mirada que nunca nadie entenderá. Y la pequeña barra de imitación de madera se tiñe con mi sangre que sale despedida en un violento ataque que va acabando con mi propia y jodida existencia. Y el pinche pendejo ha fallado el penal, porque así son esos cabrones, parecen tener todo controlado, pero internamente saben que un imbécil acaba de ser apuñalado hasta la muerte en un jodido bar de un rincón de esta pinche ciudad.
SR primavera 2019
No hay comentarios:
Publicar un comentario