domingo, 19 de agosto de 2018

2 pm

Lo vio venir como cada jueves. Arrastrando los pies por el concreto hirviente. Lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció en un punto remoto, cegado por la luz solar que caía con aplomo. La primavera estaba llegando y su alergia se reactivaría en cualquier momento. Alguien toco el claxón. Casi las 2, seguramente era el doctor Herrera, puntual como siempre. Todos los días llegando a esa hora, salvo los segundos lunes de cada mes. Que extrañamente desaparecía, o se olvidaba de ir, aunque eso era muy poco probable; lo conocía desde hacía casi 12 años. Siempre con la misma rutina, de su salón de clases al despacho en el instituto. Luego, cinco o diez minutos después aparece la Señora Fragoso, la secretaria del director. Apestando con todo su cigarro de color café, le gustan esas pequeñas mierdas que compra por cientos o millares seguramente. ¿Cuántos jodidos cigarros puede chingarse una persona en un día como máximo? Ella ostenta el récord o está muy cerca. Casi nunca se le encuentra en su silla porque está fumando las cochinadas esas. Pero es una magnifica persona, pareciese como si todo el humo o el alquitrán le hubieran dado una capa extra de bondad, algo que nadie puede tener porque sí. No sabe cuánto le queda de vida.
 
Su nombre es Carmela Rodríguez, casi tiene 50, esto no es importante, de hecho, ¿algo lo es? Hace años que trabaja de lo mismo, por un sueldo medianamente suficiente para las labores que realiza, está casada desde que muchos de los que acuden a diario a la universidad aún no habían nacido siquiera y tiene dos hijos que estudian en alguna universidad de paga. No muy buena, pero las calificaciones no les alcanzaron para entrar a una pública. ¿Porque escribe? No lo sabe, hace muchos años leía mucho, pero de repente las letras comenzaron a bailar en el papel y no quiere usar lentes, parecería abuela, se niega a ello. Una puede no tener mucho que hacer, pero aún conserva su dignidad.
 
El hombre al que sigue con la mirada es joven, debe andar en sus últimos 30s, tiene la mirada acuosa siempre, como si algo lo persiguiera detrás, como si en los hombros gigantes lo atormentara algo que puede parecer un demonio o una red muy compleja de mentiras. Esa es la cara de un mentiroso en potencia, no uno que miente en cosas pequeñas, sino uno que de una pequeña mentira construye un pasado, un presente y un futuro, aunque sabe que no va a durar. La mujer lo observa porque le fascina que no importando el calor insoportable que hace, el hombre camina con paso firme, como si cada uno de ellos lo acercara al fin. Al patíbulo o a la tabla suspendida sobre el mar infinito de verdades y realidad aplastantes. Nunca le ha visto los ojos, duda que tenga, pero eso es imposible, todos los tienen; lo que es, es que tiene pequeños mechones de pelo entrecano en los costados de la cabeza. No debe ser tan viejo si puede caminar una distancia que se antoja de franca pereza. Abre el periódico la mujer justo por la mitad, como una especie de repetición infinita, ha leído la primera parte más temprano. La vida se va al garete y nadie parece hacer o importarle siquiera algo. Tres párrafos después la avenida escolar esta desierta la figura del hombre se está perdiendo en la lejanía, salpicado por esas visiones de agua estancada sobre el asfalto hirviente.
 
No le gusta la sección deportiva, su esposo es lo único que parece conocer, nada de sociales o política, pero tiene un conocimiento absurdo sobre el condenado panorama deportivo de los periódicos, el compra tres: el universal, La Jornada y el esto. En todos solo lee los deportes. Como si en el mundo no existiera más cosa que el asunto deportivo. Pero le gusta ese mundo, como si nada fuese tan difícil de asimilar, como si las bombas, la hambruna, el peligro inminente del fin de la humanidad no entramara nada imposible. Su esposo tenía una sola vida y pensaba dedicarla a leer sobre deportes, y más en específico sobre su equipo de futbol; aunque no tenía ningún inconveniente en conocer sobre otras disciplinas como el box y el atletismo. Nunca quiso ser futbolista, nunca le gusto participar en juegos, solo admiraba la velocidad con la que ciertos hombres eran capaces de mover una condenada pelota de tramo a tramo y ser buenos en ello. Los 54 años de vida se le han ido en ello, en tratar de entender su fascinación por el deporte y la forma en que funciona para su salud mental ello. A veces le reclamaba un poco la nula participación política que el hombre tenía, o la falta de interés en ella, pero eso fue hace años, cuando comenzaron los despidos injustificados en otros lados, cuando la crisis arrecio, cuando llego el cambio político que no trajo nada salvo muerte y depredación sobre una situación insostenible, al principio los reclamos fueron tibios y exasperantes, pero nunca realmente cruzaron la barrera de la incomodidad, luego escalaron, pero de nueva cuenta el hombre hacía gala de su nula capacidad de comprender el panorama, para él la existencia de los políticos y la forma en que destrozaban el país, era como una quimera interminable, razón no le faltaba. Tenía su porvenir asegurado y deseaba que sus hijos lucharan con más ahínco de lo que él pudo hacerlo.
 
La mujer queda pensativa mientras observa la calle cálida y llena de onirismos literarios que antes cruzaban por su cabeza, algo le llama la atención de los jóvenes que recorren a diario ese camino bajo el sol de plomo, le gustaría saber en qué piensan, los ve concentrados y llenos de esa vitalidad que a ella se le va escapando entre las manos según pasan los años. El hombre con el caminar eternamente pausado que no importa si es medio día o casi la noche, lo ha visto un par de ocasiones mientras gesticula a la distancia, como si reclamara algo a la fugacidad de la vida, pero raramente se pone a tiro para entender lo que dice, pareciera que camina peleando con los mismos molinos gigantes que antaño persiguieran a otro, pero en cuanto entra en el campo cercano se comporta de la misma manera en que lo haría cualquier persona que trata de pasar por alguien lo suficientemente cuerdo como para caminar bajo un sol abrasivo de casi 30 grados a la sombra y todos los del universo bajo el rayo. Lo compara a veces con el doctor Herrera, ambos deben andar cerca del 1.80, pero mientras que en Herrera la cantidad de horas sentado le han moldeado un cuerpo fofo, en el hombre que siempre avanza por la calzada lo tienen aun con una fortaleza que da miedo, su cara lo hace, no había visto nadie que mezclara al mismo tiempo un rostro lleno de tristeza y de enojo con la vida. Ella sabe que lo sobre examina, no es un gusto o un acto reflejo, es un interés porque alguna vez leyó que esa clase de personas pueden ser o auténticos psicópatas o panes de dios. No lo sabe, quiere creer que algunas personas no están delimitadas por aquello que otros han hecho.
 
Recibe en ocasiones las llamadas de sus hijos, para ir a algún evento o para irse con los novios respectivos; Javier se llama el de ella, no le gusta mucho porque parece un vago, pero ya a estas alturas de la vida, todos parecen vagos, aunque trabaja haciendo cosas en un local de rótulos, no le gusta que beba como lo hace, eso, dice, es mejor cuando uno ya tiene una cierta cantidad de dolor en su vida, tan joven debería seguir esperando a que todo mejore, lejos del alcohol. Pero su niña lo adora, lo ha convertido en un príncipe lleno de virtudes con una carga de pobreza que no es su culpa, sino de la sociedad en la que les ha tocado nacer. Un par de veces al mes van al cine, o eso quiere creer, igual y se van a algún hotel barato amenazando el futuro de ambos. Tal vez es inevitable que algo así suceda, antes se preocupaba mucho, ahora lo espera como quien sabe que la vida es más que solo preocuparse por las acciones de otros.  De su hijo, la cosa es distinta porque tiene muchas oportunidades de lograr algo, no es por ser mejor o peor que la niña, pero le gusta realmente lo que estudia y le pone todas las ganas del mundo, a veces le pone demasiado empeño; sin embargo, hay una sombra de duda sobre él, nunca se sabe realmente como es la vida hasta que te explotan las verdades en la cara, igual y se ha creído más de la cuenta todo lo bueno que sucede con el varón y ha demeritado los esfuerzos de su hija en una clara muestra de machismo que trata de erradicar, a lo mejor la felicidad reside únicamente en abrazar a sus hijos y esperar a que todo salga bien. No lo sabe, pero lo espera con fe.
 
Ve a la mujer que baja del auto del doctor Herrera, tiene casi 40 y parece un poco menos que alguien con quien sería mejor no tener tratos, no es que le desagrade, al contrario, pero tiene un rostro de amargura, cargada por los años de esfuerzo constante que a veces no corresponde, la observa desde la casetilla donde aguarda a que los días pasen, a que las personas de la universidad sigan su camino y tantas generaciones se terminen, con la lluvia que se cierne sobre la ciudad y relajara un poco el calor bochornoso que hace sudar toda su cara. Son casi las 2 de la tarde de nuevo y ve al hombre que viene arrastrando sus pies, mientras parece gesticular un poco más de la cuenta, como si viniese hablando por el celular invisible que todos tenemos cuando hablamos a solas con nuestras propias voces. Ese hombre que parece avanzar sin hacerlo, como si la vida girara debajo de él como una rueda y lo mantuviese en el mismo sitio por un tiempo indefinido. Como si la vida misma no fuera una condenada caseta de vigilancia situada en una universidad que seguirá existiendo pese a que la mujer exista o no. A eso se aferra la creencia de aquella mujer que da una última mirada al hombre de apariencia violenta, mientras le da un trago a su botella de plástico con aquel refresco a punto de entrar en ebullición. No lo escupe de milagro. ¿Quién puede desperdiciar 13 pesos?
 
SR Febrero 2017- verano 2018

miércoles, 1 de agosto de 2018

Piensas muchas cosas que te llevan a la locura

Los primeros pasos fueron titubeantes, dos o tres de tal forma, sosteniéndose de la malla ciclónica que estaba a su izquierda, apenas podía enfocar correctamente, pero no cejó en su intentona. Los siguientes, fueron un poco más firmes; aun le costaba percibir todo a su alrededor, como si de repente le hubieran bajado la nitidez al mundo, a su mundo. Siguió adelante, aunque el instinto venia subiendo por su garganta, procedente del estómago, tal vez más allá, de sus bolas, por ejemplo. No sabía realmente donde estaba, pero sabía que, hacía lo correcto. Luego, comenzó a dar zancadas, largas y llenas de vigor, como las de un atleta que no conoce la derrota a pesar de ir último en la competición. Sigue adelante, comenzando a notar que la ira lo rebasa, lo inunda, como si estuviese a punto de bullir dentro de él algo peor que el odio. Si es que eso fuese posible. Los distingue en la lejanía, no tanta, tal vez dos o tres calles delante suyo, van corriendo, pero no lo suficientemente rápido como para alejarlos de él. De lo que le viene carcomiendo el alma. Cada largo suyo representa dos de los otros, pero son torpes para correr, al menos uno de ellos, el otro es más ágil, pero viene perdiendo fuelle, debe ser debido a que la sangre corre por uno de sus dedos. No importa si es la mano, igual va dejando el rastro de hemoglobina a su paso y eso lo debilita, el otro simplemente es gordo y va tirando el resto. Uno de ellos se detiene y acciona el arma, pero va tan jodidamente excitado que erra por mucho, sería más fácil si se acerca el desgraciado que les persigue, pero tiene miedo, por primera vez en mucho tiempo tiene miedo. No esperaba esto, nadie lo hace en realidad, lleva casi 3 años dedicándose al robo y nadie les había hecho lo que ese condenado flacucho. Sangra del dedo, le falla la visión, pero sabe que está a menos de tres calles de la casa de su suegra, y tal vez a otro par de la casa de su hermano, seguro que llegando al barrio el tipo los pierde, pero antes le tira otro fogón, falla por más distancia, percibe el grito del gordo, lo urge a que se mueva. También hay desesperación en la voz de este. No sabe porque, entre los dos podrían fácilmente matar al tipo, si no fuese porque ni entre tres pudieron y Gonzalo acabo con dos piernas menos desangrándose en la avenida. Escucha muy lejos el ulular de un carro de emergencia, pero ya ha reemprendido la carrera, las dos calles de ventaja al tipo se han vuelto apenas unos 10 metros. Aun así, no podría darle en ningún punto, porque la mano con la que dispara es la dañada y es tan inútil con la derecha como nadie. Ve los tennis blancos, restallando en medio de la noche, alumbrado a veces por alguna farola en los cielos. Sabe que al gordo lo tiene más lejos, pero no es su objetivo principal, a ese lo puede chingar en menos de lo que canta un gallo, el moreno de la gorra es sin duda el más acuciante, pareciese que huele el perfume muy barato que usa, y el sudor que se empieza a colar en su ropa debido al esfuerzo sobrehumano por ir corriendo con una falange menos, la cual supura sangre y dolor. Otro tiro, menos certero que el anterior, pero no se confía, realmente no sabe cuántas balas traía el bastardo y hasta el momento ha utilizado 5. Sólo una atinó, la más mortal que le ha hecho montar en cólera, ¿y porque? Por un maldito collar, por una maldita cosa de tecnología que siquiera era de marca, por un maletín que no llevaba una laptop, por una cartera que a duras penas tenía lo suficiente para que valiese una semana jodida de trabajo, una ida al cine, un combo, un refresco, un icee, una cerveza helada con los amigos, una maldita comida en algún jodido puesto ambulante que le traería problemas gástricos en corto y mediano plazo, sin contar con la diabetes que le esperaba o la saturación de las arterias. Pero no, eso no le importaba a ese trio de hijos de puta que alegremente llegaron pidiendo aquello que no le molestaría entregar, pero luego sonó aquel disparo, seco, llano y sin detonaciones hollywoodescas, mera muerte atravesando la cara de una mujer que lo quería, que llevaba un par de años con él, a sabiendas de que no era rico, guapo o siquiera divertido, pero lo quería y se la habían arrebatado por una necesidad de joder. Por mera joda. Eso lo sabía y eso lo había convertido en un energúmeno, le soltó un puntapié en el rostro al de la pistola, nunca lo habría hecho si el imbécil no se hubiera acercado a recoger el celular, y fue justo ahí, tras la patada que se pescó con toda su fuerza de su dedo, lo cerceno como si un bistec duro se tratase, lo soltó sólo porque alguno de esos imbéciles le dio un golpe en la nuca, luego con lo último de fuerzas aventó al bastardo que tenía más cerca hacia el arroyo vehicular, donde pasó un auto tan ingenuo como el más tierno monaguillo, le jodió las piernas, pudo escuchar el grito de dolor tan intenso, escucho como corrían, escucho como iban maldiciendo y el del dedo mocho tiraba otro disparo que no le atino por muy poco, se recupera su confianza mientras los ve doblando en la calle que tiene a su izquierda, no sabe que hay ahí pero no le importa, justo al llegar, los ve entrando a una fonda, antes de entrar él, una mujer sale con un cuchillo largo, lleno de manchas de demasiada mierda. Luego salen otros dos y al final una mujer con aspecto violento, todos le dicen que se largue, o se lo carga la chingada, él quiere entrar, pero un golpe viene en su dirección y lo tumba. Patadas y un escupitajo, todas las groserías que se pueden saber le caen también. Se aleja renqueante, ve la calle sumida en la miseria, no sólo económica sino humana, esa que lleva a cometer los peores actos de maldad amparados en la decadencia en la que les tocó nacer.
 
No hay culpables le han dicho, las cámaras no servían, la gente no quiere hablar, mejor no le muevas, agradece que no te paso nada, mejor una vida que dos. Ha escuchado tantas estupideces que simplemente no sabe cuál es peor, su familia está destrozada, pero él no ha dado muestras de nada, sigue reviviendo en su mente ese momento, el sonido del percutor, el grito ahogado que es el último testimonio de una mujer que lo quería. Sigue en su mente el odio hacia la gente que encubrió a dos ratas para seguir haciendo mierda. Los ve salir una tarde, van con otro, un tercero que lleva la misma cara de odio por la humanidad disfrazada de pobreza. De desigualdad, gente que se escuda en ello para sacar su malsana forma de ver el universo, de arrebatar por la fuerza. Los observa desde la cercanía que da el saber que para ellos sólo fue un momento más, tal vez perdieron un conocido, pero eso no les importa, siguen haciendo lo suyo, van a lo suyo, van tirando mierda y muerte. los ve salir del mismo agujero donde deben perecer. Así lo sabe, pero no quiere algo sencillo, no. Sabe que su muerte debe significar un punto de quiebre, una enseñanza. Alguna vez leyó que hacer las cosas por venganza únicamente produce equivocaciones. Lleva dos semanas tras de ellos, misma hora, mismo modo de actuar, nadie pone resistencia, no lo harán tras saber que se cargaron a una mujer inocente. El del dedo ha cedido la pistola y usa un cuchillo, el gordo se ha cortado el pelo, el otro tipo ahora comanda el grupo y trae dos o tres balazos disponibles. Sabe que deberá actuar en el momento indicado. Un cortador de candados le da acceso a la camioneta, el vigilante duerme o está haciéndose pendejo viendo alguna revista porno, tal vez se masturba o bebe, es lo único que hace todas las noches, no varía, parece que es una rutina aprendida con los años. Encuentra fácil el switch, pone la llave y le da marcha, para cuando el hombre escucha el motor, este ha cruzado la baranda y no puede hacer nada. Saca el celular y llama, pero se siente estúpido, como pudo suceder algo que seguramente le va a costar la chamba de 10 años. Un hombre silba una canción feliz, llena de recuerdos pero que en su rostro refleja un odio increíble, maneja con precaución, no está acostumbrado del todo, pero no es tan distinto a un auto viejo. El vehículo pasa junto a una patrulla donde los oficiales duermen tan plácidamente que cualquiera sentiría envidia. Son casi las 5 de la mañana, las desgraciadas ratas deben estar en el quinto sueño, atrapados en sus gloriosas ensoñaciones de un futuro de grandeza fruto de su miseria como seres humanos. Sabe dónde debe atacar, sabe que casa es la que debe afectar. Nadie debe estar despierto, ni los niños, ni la abuela mierda que los lleva a clases, todos deben ser educados, porque al final esos pequeños monstruos van camino a convertirse en nueva mierda, ninguno se salva. Acelera el vehículo con la tanque lleno de gas propano. Ni siquiera se santigua, siquiera cierra los ojos, el dolor será bienvenido. Ahí está el final.
 
SR Invierno 2018.