Lo vio venir como cada jueves. Arrastrando los pies por el concreto hirviente. Lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció en un punto remoto, cegado por la luz solar que caía con aplomo. La primavera estaba llegando y su alergia se reactivaría en cualquier momento. Alguien toco el claxón. Casi las 2, seguramente era el doctor Herrera, puntual como siempre. Todos los días llegando a esa hora, salvo los segundos lunes de cada mes. Que extrañamente desaparecía, o se olvidaba de ir, aunque eso era muy poco probable; lo conocía desde hacía casi 12 años. Siempre con la misma rutina, de su salón de clases al despacho en el instituto. Luego, cinco o diez minutos después aparece la Señora Fragoso, la secretaria del director. Apestando con todo su cigarro de color café, le gustan esas pequeñas mierdas que compra por cientos o millares seguramente. ¿Cuántos jodidos cigarros puede chingarse una persona en un día como máximo? Ella ostenta el récord o está muy cerca. Casi nunca se le encuentra en su silla porque está fumando las cochinadas esas. Pero es una magnifica persona, pareciese como si todo el humo o el alquitrán le hubieran dado una capa extra de bondad, algo que nadie puede tener porque sí. No sabe cuánto le queda de vida.
Su nombre es Carmela Rodríguez, casi tiene 50, esto no es importante, de hecho, ¿algo lo es? Hace años que trabaja de lo mismo, por un sueldo medianamente suficiente para las labores que realiza, está casada desde que muchos de los que acuden a diario a la universidad aún no habían nacido siquiera y tiene dos hijos que estudian en alguna universidad de paga. No muy buena, pero las calificaciones no les alcanzaron para entrar a una pública. ¿Porque escribe? No lo sabe, hace muchos años leía mucho, pero de repente las letras comenzaron a bailar en el papel y no quiere usar lentes, parecería abuela, se niega a ello. Una puede no tener mucho que hacer, pero aún conserva su dignidad.
El hombre al que sigue con la mirada es joven, debe andar en sus últimos 30s, tiene la mirada acuosa siempre, como si algo lo persiguiera detrás, como si en los hombros gigantes lo atormentara algo que puede parecer un demonio o una red muy compleja de mentiras. Esa es la cara de un mentiroso en potencia, no uno que miente en cosas pequeñas, sino uno que de una pequeña mentira construye un pasado, un presente y un futuro, aunque sabe que no va a durar. La mujer lo observa porque le fascina que no importando el calor insoportable que hace, el hombre camina con paso firme, como si cada uno de ellos lo acercara al fin. Al patíbulo o a la tabla suspendida sobre el mar infinito de verdades y realidad aplastantes. Nunca le ha visto los ojos, duda que tenga, pero eso es imposible, todos los tienen; lo que es, es que tiene pequeños mechones de pelo entrecano en los costados de la cabeza. No debe ser tan viejo si puede caminar una distancia que se antoja de franca pereza. Abre el periódico la mujer justo por la mitad, como una especie de repetición infinita, ha leído la primera parte más temprano. La vida se va al garete y nadie parece hacer o importarle siquiera algo. Tres párrafos después la avenida escolar esta desierta la figura del hombre se está perdiendo en la lejanía, salpicado por esas visiones de agua estancada sobre el asfalto hirviente.
No le gusta la sección deportiva, su esposo es lo único que parece conocer, nada de sociales o política, pero tiene un conocimiento absurdo sobre el condenado panorama deportivo de los periódicos, el compra tres: el universal, La Jornada y el esto. En todos solo lee los deportes. Como si en el mundo no existiera más cosa que el asunto deportivo. Pero le gusta ese mundo, como si nada fuese tan difícil de asimilar, como si las bombas, la hambruna, el peligro inminente del fin de la humanidad no entramara nada imposible. Su esposo tenía una sola vida y pensaba dedicarla a leer sobre deportes, y más en específico sobre su equipo de futbol; aunque no tenía ningún inconveniente en conocer sobre otras disciplinas como el box y el atletismo. Nunca quiso ser futbolista, nunca le gusto participar en juegos, solo admiraba la velocidad con la que ciertos hombres eran capaces de mover una condenada pelota de tramo a tramo y ser buenos en ello. Los 54 años de vida se le han ido en ello, en tratar de entender su fascinación por el deporte y la forma en que funciona para su salud mental ello. A veces le reclamaba un poco la nula participación política que el hombre tenía, o la falta de interés en ella, pero eso fue hace años, cuando comenzaron los despidos injustificados en otros lados, cuando la crisis arrecio, cuando llego el cambio político que no trajo nada salvo muerte y depredación sobre una situación insostenible, al principio los reclamos fueron tibios y exasperantes, pero nunca realmente cruzaron la barrera de la incomodidad, luego escalaron, pero de nueva cuenta el hombre hacía gala de su nula capacidad de comprender el panorama, para él la existencia de los políticos y la forma en que destrozaban el país, era como una quimera interminable, razón no le faltaba. Tenía su porvenir asegurado y deseaba que sus hijos lucharan con más ahínco de lo que él pudo hacerlo.
La mujer queda pensativa mientras observa la calle cálida y llena de onirismos literarios que antes cruzaban por su cabeza, algo le llama la atención de los jóvenes que recorren a diario ese camino bajo el sol de plomo, le gustaría saber en qué piensan, los ve concentrados y llenos de esa vitalidad que a ella se le va escapando entre las manos según pasan los años. El hombre con el caminar eternamente pausado que no importa si es medio día o casi la noche, lo ha visto un par de ocasiones mientras gesticula a la distancia, como si reclamara algo a la fugacidad de la vida, pero raramente se pone a tiro para entender lo que dice, pareciera que camina peleando con los mismos molinos gigantes que antaño persiguieran a otro, pero en cuanto entra en el campo cercano se comporta de la misma manera en que lo haría cualquier persona que trata de pasar por alguien lo suficientemente cuerdo como para caminar bajo un sol abrasivo de casi 30 grados a la sombra y todos los del universo bajo el rayo. Lo compara a veces con el doctor Herrera, ambos deben andar cerca del 1.80, pero mientras que en Herrera la cantidad de horas sentado le han moldeado un cuerpo fofo, en el hombre que siempre avanza por la calzada lo tienen aun con una fortaleza que da miedo, su cara lo hace, no había visto nadie que mezclara al mismo tiempo un rostro lleno de tristeza y de enojo con la vida. Ella sabe que lo sobre examina, no es un gusto o un acto reflejo, es un interés porque alguna vez leyó que esa clase de personas pueden ser o auténticos psicópatas o panes de dios. No lo sabe, quiere creer que algunas personas no están delimitadas por aquello que otros han hecho.
Recibe en ocasiones las llamadas de sus hijos, para ir a algún evento o para irse con los novios respectivos; Javier se llama el de ella, no le gusta mucho porque parece un vago, pero ya a estas alturas de la vida, todos parecen vagos, aunque trabaja haciendo cosas en un local de rótulos, no le gusta que beba como lo hace, eso, dice, es mejor cuando uno ya tiene una cierta cantidad de dolor en su vida, tan joven debería seguir esperando a que todo mejore, lejos del alcohol. Pero su niña lo adora, lo ha convertido en un príncipe lleno de virtudes con una carga de pobreza que no es su culpa, sino de la sociedad en la que les ha tocado nacer. Un par de veces al mes van al cine, o eso quiere creer, igual y se van a algún hotel barato amenazando el futuro de ambos. Tal vez es inevitable que algo así suceda, antes se preocupaba mucho, ahora lo espera como quien sabe que la vida es más que solo preocuparse por las acciones de otros. De su hijo, la cosa es distinta porque tiene muchas oportunidades de lograr algo, no es por ser mejor o peor que la niña, pero le gusta realmente lo que estudia y le pone todas las ganas del mundo, a veces le pone demasiado empeño; sin embargo, hay una sombra de duda sobre él, nunca se sabe realmente como es la vida hasta que te explotan las verdades en la cara, igual y se ha creído más de la cuenta todo lo bueno que sucede con el varón y ha demeritado los esfuerzos de su hija en una clara muestra de machismo que trata de erradicar, a lo mejor la felicidad reside únicamente en abrazar a sus hijos y esperar a que todo salga bien. No lo sabe, pero lo espera con fe.
Ve a la mujer que baja del auto del doctor Herrera, tiene casi 40 y parece un poco menos que alguien con quien sería mejor no tener tratos, no es que le desagrade, al contrario, pero tiene un rostro de amargura, cargada por los años de esfuerzo constante que a veces no corresponde, la observa desde la casetilla donde aguarda a que los días pasen, a que las personas de la universidad sigan su camino y tantas generaciones se terminen, con la lluvia que se cierne sobre la ciudad y relajara un poco el calor bochornoso que hace sudar toda su cara. Son casi las 2 de la tarde de nuevo y ve al hombre que viene arrastrando sus pies, mientras parece gesticular un poco más de la cuenta, como si viniese hablando por el celular invisible que todos tenemos cuando hablamos a solas con nuestras propias voces. Ese hombre que parece avanzar sin hacerlo, como si la vida girara debajo de él como una rueda y lo mantuviese en el mismo sitio por un tiempo indefinido. Como si la vida misma no fuera una condenada caseta de vigilancia situada en una universidad que seguirá existiendo pese a que la mujer exista o no. A eso se aferra la creencia de aquella mujer que da una última mirada al hombre de apariencia violenta, mientras le da un trago a su botella de plástico con aquel refresco a punto de entrar en ebullición. No lo escupe de milagro. ¿Quién puede desperdiciar 13 pesos?
SR Febrero 2017- verano 2018