viernes, 31 de mayo de 2013

Cambio de página

Cambio de página

He comenzado muchas veces esta historia, tal vez no 100, tal vez ni siquiera 20, pero han sido en realidad  un buen número de ocasiones. Lo he intentado iniciar desde la comodidad de la *maría*, de la brutalidad etílica que aguanto cada vez menos y también desde la paranoia constante que significa para mí el estar consciente y sobrio-limpio. Ninguna de esas ocasiones ha funcionado, el papel se enrosca en la pluma o lápices y termina sirviendo de abono a las papeleras, las páginas electrónicas de la computadora se convierten en bits perdidos y ocupados por cosas más trascendentales –como el porno duro-; así ha sido con esta historia; he repasado miles de adjetivos (que tampoco es que sean tantos), realizado cientos de tachones (y aquí en realidad es que creo que si es una cantidad mucho mayor a la supuesta) y muchas, demasiadas botellas de cualquier cosa que embrutezca (y algún día he de tratar de explicar que entiendo por brutal y como es que lo utilizo para saciar mis explicaciones sin lógica de lo que hace el alcohol por mi), cientos de mierdas que han pasado para evitarlo. La historia en si no es diferente a lo demás que hago siempre: un tipo –generalmente, muy generalmente, parecido a mí, con mis propios traumas y con mis propias hazañas- se embriaga mientras reclama al universo –o a Dios, que para el cabo es el mismo y que lo utilizó muy frecuentemente pese a decir desde hace cuando menos 8 años que no creo en él- y le canta letras basura a sus amores poco afortunados –que la mayoría de las veces es para una sola mujer y partiendo de esa dama juego con su propia identidad para que la susodicha no se dé por enterada- y que afortunadamente o no siempre han de terminar esas historias en una frase que parece genial y definidora –cual doble biss en el platillo de 16’’de las baterías al termino de un buen rock & roll-, así escribo; para que negarlo?

Por supuesto que a lo largo de los años han surgido otras cosas menos divertidas, más profundas y sin sentido, que las considero el epitome de mi talento imaginativo (craso error porque a la gente no le gusta pensar que su conocido tiene ideas matricidas, parricidas y bastante enfermas donde todo termina en sangre) y el problema con ellas es que le falta el detonante de imaginar a otros seres humanos debido a que carezco de un sentido de empatía común y corriente. Bueno, más o menos así ha sido desde que comencé a usar las letras para mensajear a esa mujer que me abandono –está bien, está bien, yo la abandone y me arrepentí, y llore, y grite y me convertí en el papa negro… ahora entienden que mi sentido del humor bastante retorcido es otro de los demonios contra los que tengo que luchar a diario- y que rompiese mi corazón hasta fragmentarlo por la eternidad, y esas cosas que tanto uno adolece cuando se siente herido. Ella, la mujer ficticia no la real, ha sido poseedora de curvas más pronunciadas que la actriz más buenota del universo, inteligencia superior al promedio y mucho, mucho sentido del humor para aguantar mis cambios hormonales enfermizos, sin embargo no creo recordarle nada en realidad que la hiciera destacar más allá de lo promedio y de lo corriente –soy muy rencoroso por si no lo habían notado y recuerden que ella me abandono en el libreto público-, por supuesto de repente se entremezclan otros fantasmas de mujeres que también me hicieron mal –estas sí lo hicieron- y termina todo en que esa mujer es igual o peor a las que me hirieron, concepto terminado.

Ella (la eterna ella), sin embargo, entra en esta historia que comencé a intentar escribir muchas líneas arriba por mera casualidad ya que es lo opuesto a lo que todos creen en cuanto la observan por primera vez, podrá parecer medio boba (pese a ser muy guapa) y estar bastante bien físicamente. Descripción? Ojos gigantescos de pupila  negra, pelo ensortijado negro y largo , tez pálida, dientes casi perfectos (en realidad los tiene algo chuecos, pero quien quiere saber sobre una mujer perfecta?), cuerpo delgado, y una miopía que se vuela las bardas –exagero nuevamente- que le permite usar lentes y de repente parecer una maestra cachonda, una bibliotecaria  jariosa o una literata de pornografía rosa; en cualquier negro y malsano pensamiento recae en su físico para mí. Luego intelectualmente es de izquierda, combativa, subversiva y no contradice sus dichos con sus hechos –como yo suelo hacer-, una autentica diosa griega de la izquierda y del feminismo –pese a que no pocas veces la hice por lo menos sonreír con una de mis muchas cualidades de macho latinoamericano del siglo XIX y mi modo tan coloquial de hablar con las mujeres una vez que entro en contacto fraterno con ellas-, tiene nombre por supuesto y se llama Teresa (un acrónimo para evitarme repercusiones gratuitas).

Teresa o “tere” –como suelo emplear para referirme a ella en esta historia- tendría que tener (en la historia) un pasado tormentoso y que alimente su espíritu de lucha, padres muertos por un ejército represor –que bien puede ser el gobierno, la DFS o cualquier brigada de guante blanco que se les antoje- y que ha crecido solitaria, triste y enojada porque sus padres no estuvieron con ella para guiarla físicamente, solo espiritualmente. Luego viene el héroe –que en realidad es un SR bastante viejo y abotagado por los años y años de combate suicida contra la maquinaria económica del mundo- que no quiere serlo, que no quiere sentirse como algo que inevitablemente es, pero ella llega y lo quiere ayudar para rescatar  los recuerdos de ese viejo –SR- y tratar de darle un cierre final a ese pasado tormentoso que le impide ser completamente feliz , hasta que encuentre a un tipo duro y sin malas ondas –que nuevamente es una copia del SR actual- y tenga su descendencia revolucionaria para salvar a nuestro país de la hecatombe política- social y económica.  Ok, hasta allí los dos personajes principales; pero 2 personajes para un relato de cuando mínimo 50 páginas?  Es una blasfemia, no tengo tanto cerebro para darles el poder a dos personajes creados por mí para dialogar por 30 minutos o más hasta que se canse la vista y mejor decida el lector regresar otro día con más disposición de entendimiento a los devaneos de un borracho sádico que ama a una mujer (que ya no lo ama) y tiene amigos que son borrachos y aman las cervezas y las mujeres; entonces? Pues hago lo único que puede suceder para que el asunto discurra alegremente a lo largo de miles de palabras puestas: secciono el problema y creo micro historias donde ni siquiera hablan los personajes principales sino un narrador bastante atrofiado con el lenguaje y enojado con la vida (aunque sigo sin entender la relación de una y otra cosa), y es allí donde muere en cada intento realizado el cuento que cambiara las reglas de la gramática en el país.  Se vuelven cientos de palabras comprimidas en el pecho de un borracho antes de que lo dejen cantar las versiones con mariachi que él se sabe.

Punto y seguido (aunque aquí parezca punto y aparte), abro el paréntesis más grande del que pueda hacerse uso para redactar una historia de esta trama de complejidades socio-políticas e históricas para un ser  poco evolucionado (mentalmente hablando) como yo; aparece el pasado del viejo, el pasado de cómo es que se une a la lucha revolucionaria (que no acaba por convencerme en ninguna de sus aristas)  al que lo hago un guiñapo, un muñeco del destino y dependiente total de lo que una mujer como Valentina (ah el tercer personaje que utilizó para esta narrativa) decida qué hacer con su alma y su cuerpo, la mujer en cuestión –de su pasado romántico- le obliga a tomar las armas vía la guerra de guerrillas dependiendo de la relación entre los grupos de izquierda extrema de extracción marxista-leninista y los grupos económicos del país ávidos por ascender en la escala de poder al interior del partido reinante, es decir la caída de unos postpuberes  por parte de la economía nacional en un remolino de violencia.  Y es allí que vuelvo a caer en el complejidad –que en realidad no lo es- de que todo debe ir encausado desde la óptica de un tipo maleable que es muy capaz de perderse en la serranía Guerrerense con tal de que la mujer que tanto ama –platónicamente- lo ame de la misma manera –de manera carnal y emocionalmente- , he allí el fallo 1; el segundo fallo es la imprudencia inverosímil  de atraer un ataque terrorista contra un ejército mexicano plagado de asesinos que ni los videojuegos más sangrientos podrían poseer, seres cuasi intocables e impenetrables de valor absoluto e incorruptibles, sin plantear un trasfondo de realidad. El tercer fallo es la investigación histórica pertinente a este relato en concreto, ya que acostumbrado a exprimir un texto–cortesía de la formación académica-, no alcanzo a salir de la objetividad pactada y los hechos explicativos de una y otra situación. Así por ejemplo: mientras la mujer se encuentra situada en una Ciudad de México sesentera, se me escapa como es que piensan las mujeres de esa época, que buscaban, que tenía ella en particular para atraer con su sola presencia un grupo dispuesto a morir por ella y no tanto por la ideología que representa, como habla una mujer guerrillera de estos temas, en resumen: tengo los hechos y el contexto pero no el pensamiento que alimente dicha historia.  Basura sin sentido que se vuelve la historia que intento contar.

Eliminado el pasado más remoto del personaje masculino, el tiempo avanza a grandes –si no es que gigantescos- pasos y lo ubicamos 10 años después en el México setentero del priismo vulgar de cine de ficheras y televisión para jodidos, el hombre tiene a su cargo ahora un grupo de jóvenes idealistas –entre los que se encuentran los padres de la heroína- que están planeando un gran golpe de proporciones épicas que cambiara el rumbo del país; error por supuesto el mío al creer que un grupo de chavitos pueden cambiar el país donde todos se hacen viejos apenas cruzan la decena de vida, sin dotarles de un pensamiento político-militante de buenas maneras. El asunto es que allí en ese departamento (situado increíblemente en la narración en la misma colonia donde el viejo SR vive para cuando llega Teresa) los chicos son abatidos por una traición interna (que ya para estas alturas el tema es más que conocido como el plagio del plagio de obras y obras que utilizan este recurso), y se suceden escenas rescatadas de la memoria de quien suscribe (que ha visto mucho cine de criminales); así el héroe escapa por los pelos dejando tras de sí un sin número de camaradas muertos y los tiros resonando a escasos centímetros de su cráneo, balas y hemoglobina por doquier en un símil de película de Tarantino o John Woo pero a la mexicana,  o séase mientras en las películas ultra coreografiadas hay estética y arte, en el manuscrito planteado hay solamente sesos esparcidos en un florero, dos jóvenes atravesados por las balas de un FAL (porque los  miembros del escuadrón anti soviets nacional llevan lo último de lo ultimo hasta un edificio de interés social), y suciedad y cucarachas en las paredes.  Viene luego la retirada (que no derrota pese a que todo apunta a ello) del ahora veterano SR que se carga a un par de matones con un sencillo revolver calibre 22 que seguramente no atraviesa ni el chaleco de un policía de la delegación Iztacalco (donde se sitúa la trama) y escapa por los pelos con una mujer ensangrentada en los brazos y que al llegar al auto (a todas luces viejo y desvalido) se debate en la disyuntiva de abandonar o no a la mujer; decide llevarla sólo para que ella muera mientras una tapa de rin sale proyectada al primer volantazo y chirrido de llantas (exactamente como en una película de policías del cine nacional donde en cualquier momento espero que el SR múltiplemente aludido se transforme en Hugo Stiglits o en José Carlos Ruiz).

Ahora bien, aquí cierro el paréntesis gigantesco y retomo la historia con Teresa en el departamento mientras ella toma una coca cola y el viejo un té verde casero, la chica llora porque ni el mismo SR sabe a ciencia cierta si murió esa misma noche o si fue llevada cual bulto la madre de Teresa –por supuesto que se da por entendido que el padre murió en la gresca en el departamento- y le dice que si su madre vivió, seguramente no fue por mucho tiempo (como ven el viejo SR tiene exactamente los mismos modales sin sentimientos del actual SR). Allí cierro el cuento, pero no la historia, porque a duras penas me logra dejar vencer la curiosidad el plantearme varias incógnitas: que buscaba Teresa saber? Si sus padres estaban vivos? Como habían muerto? Encontrar algo de su pasado?  Incógnitas que ni yo me atreví a resolver y me centre en la historia de ese viejo SR que vuelve por sus fueros a la ciudad (unos 8 años antes de que Teresa irrumpa en su departamento) ya en plena época tecnológica y se presenta en un departamento de baja, muy baja ralea para ayudar a un joven universitario a desentrañar el misterio de los grupos de extrema izquierda en el país en su tesis de titulación (no era yo), por supuesto que no todo es color de rosa en la historia y el chamaco tiene cuando menos mil y un problemas porque ha abandonado la esperanza de titularse, tiene un hijo y una esposa, un empleo que odia y no toma (siendo aquí lo que en realidad lo dota de un carácter pusilánime, a mi consideración), en fin el viejo se presenta y no es el mismo viejo que el actual, pero ya es grande, se sabe mover sin ser detectado y parece un paranoico de la seguridad y la inteligencia (que supongo lo ha vuelto una especie de agente secreto porque conoce con pelos y señales la información vitalicia de todos los que rodean al joven, pero que al parecer esa misma inteligencia se acaba en los 8 años posteriores porque no logra ocultar su paradero a una joven no versada en la contrainteligencia militar como es Teresa, y ese asunto espero resolverlo pronto), la realidad  es que lo que en realidad quiere el viejo SR es ayudar al joven universitario a desenmascarar a un político importante que mueve los hilos del partido de izquierda (para ese entonces)  y que es precisamente el hombre que traiciono al grupo de los padres de Teresa. El final (hasta el momento) de la historia no podría ser más irónico,  ya que una vez más SR  desaparece en plena matanza donde la familia del chico es muerta por sicarios contratados por el hombre importante.

Hasta allí se cierra la tercera historia del viejo en el pasado y la empareja con una cuarta historia, que no nació como tal y que en si no tiene absolutamente nada que ver con Teresa y el viejo SR, y que de hecho a partir de esta historia se desenvuelven una serie de errores literarios que terminaron con una historia grandilocuente de un atentado terrorista que nunca ha podido salir a la luz pública (la historia) porque cada que empiezo a redactar algo medianamente coherente algún hijo de puta se le ocurre hacer algo estúpido en algún punto del país o del mundo y que haría parecer la narración como algo oportunista. En fin en esta historia violenta como la que más y perfecta por parte de los malos (que resultan no ser tanto) recurro a otros héroes de viejas sagas que no he podido terminar por considerar que carecen de sentido o porque en realidad son muy malas historias plagiadas de libros oscuros que he comprado por allí con el dinero destinado a la cerveza. Me refiero a personajes como José Rodrigo (un anagrama de un amigo), el Rocho (el alter ego de otro), Ramón Xirau (homenaje al maestro, sin que por ello tenga el .1% de su intelecto) y Eugenio Ramírez (que es periodista investigador y amigo demasiado íntimo de Xirau).  La historia discurre con una serie de puzles dejados al azar por parte de la gente que firma como “Liberación Nacional” comandados por el tal Rocho y que realizan un atentado mayúsculo al volar (dinamitar) las cámaras de senadores y diputados y proceder a realizar una serie de actos terroristas al asesinar con suma violencia a turistas extranjeros en las playas del territorio nacional, sangre y muerte por doquier, pánico y sacudidas de conciencia cuando menos. Sin embargo el punto álgido es el asesinato de una mujer inocente por parte de las autoridades nacionales en vivo y a todo color al buscar el paradero del tal Rocho (el líder de “liberación Nacional) que genera la invasión “protectora” de los gringos y la unificación de un ejército nacional “autentico” para pelear contra los gabachos. Ahora bien, que jodidos tiene que hacer esta historia con un cuento que inicialmente se refería a Teresa y SR? Bueno en realidad es que mucho y nada porque la madre del Rocho era la otra mujer del chico muerto en la última aventura del viejo SR y que está unida a la historia de Teresa porque ambas en algún punto de su vida coincidieron con un hombre llamado José Rodrigo, el que a su vez deja unos diarios llenos de metáforas (por no decir motaforas) que la madre del terrorista le inculca a su hijo para salvar a  un pueblo que no desea ser salvado. Complejo? Claro que sí y bastante onírico porque para empezar cuantas reglas tendrían que romperse para que en una historia dos historias resulten en una sexta historia llena de sin sentidos y que de alguna forma u otra nace como la causal para que ambas historias tengan un punto en común.

Todas estas  historias tienen sin embargo un tópico común, carecen de un final (descontando por supuesto la ausencia  de hilo conductor), pero lo que las distingue de muchas otras mierdas escritas antes y después es la ausencia de un personaje bien escrito, vamos que inclusive hasta música ambientadora tienen,  ya que mientras la historia central de Teresa y SR (el viejo) está ambientada con música de protesta en la más pura onda del hardcore de la escena neoyorquina de mediados de los 90s, la historia del jovencísimo SR va acorde tras acorde con el folk de Joni Mitchell, el primer Dylan, Buffalo Springfield y así, para pasar a la música incidental (compuesta por el desaparecido hijo de Carmelita Salinas en todas y cada una de las películas de ficheras) de la historia de la matanza de los padres de Teresa; luego viene ya el rock acido de la historia del chico que intenta develar el pastel de los políticos ratas y finalmente cierra con música de cámara (que no es original sino versiones adaptadas para la gente culta de piezas de metal) que le dan un toque bastante oscuro y frikeante  a la historia de los atentados terroristas del “Liberación Nacional”. 

Cuentos caóticos, confusos, llenos de aseveraciones que no son ciertas, personajes sin sentido y poco trabajados, sin final y sin principio (sin un punto de arranque que les dé una razón de autentico peso para salir del hoyo negro de la punta de la pluma), así son estas historias que iniciaron para resarcirme conmigo mismo por haber perdido la fe en la nueva revolución, que se quedan  en un mero intento acéfalo por reivindicarme con mis héroes, Práxedis Guerrero y José Silva Sánchez y que a inicios de una de las muchas historias pensadas y jamás plasmadas nos hallábamos (mentalmente hablando) los tres departiendo con unas buenas aguas de horchata (porque el viejón Guerrero era abstemio) y unas fichas para jugar algo. En tal historia me reclaman por alejarme del hacer histórico revolucionario y acercarme a los dueños de los medios en un afán de ganar dinero, en un afán de olvidar cual era el asunto primordial; regañada y derrota en el juego que sostenemos. También me reclamaron por darme por vencido con esa mujer y por caer en la debilidad de ser un consumado bebedor de cerveza y cualquier cosa que me tumbe para no pensar. Esa es la verdadera historia que debí comenzar a contar desde el inicio y no los chistes ilógicos de una tragedia copiada de quien sabe cuántos libros y películas. Sin embargo no he podido en esta 101 vez.

SR mayo 2013

martes, 28 de mayo de 2013

Retratos personales

Retratos personales

Ahondo en la herida, muy superficial, apenas visible para el ojo común;  sangra un poco mientras todo lo demás discurre simple y llano. Estoy enamorado y ni así soy feliz pese a que estoy viviendo con esta chica tan guapa y que además es artista;  no es suficiente el dolor y hago más grande la herida hecha con una navaja al tratar de sacar el corcho de la botella de vino, ella exclama un pequeño *ay* que se queda ahogado dentro de la misma botella verde y el néctar rojo sangre que espera con ansia ser bebido. Agarro la navaja multiusos que mi abuelo me heredo (junto a la calvicie y un sombrero Fedora verde unas cuantas tallas más pequeño) y escarbo en la herida, ella sonríe y se pierde en los pocos grados de alcohol que tienen estas botellas de vino tinto Cabernet chileno que compre en la tarde para celebrar que le publicarán un libro, el primero, siempre es importante porque te ayuda a salir del anonimato para ser considerado un perdedor más con un bendito libro publicado que solamente tus familiares y amigos leerán sin realmente importarles una mierda lo que dice, ojearan el libro y tras un par de párrafos caerá en el cajón de los olvidos, junto a la biblia y el escapulario. Pausa, bebo y ella bebe, pausa etílica donde sus labios y la lengua se ven morados gracias a la uva procedente de esa población lejana o cercana de Atacama, a quien coños le importa en realidad eso cuando sus manos alegremente trazan en el aire las figuras de unas pinturas que ha hecho hace un par de semanas mientras bebíamos unos tragos de vodka con naranja porque fuimos inspirados por una bebida que Capote mencionaba. Ella bebe mientras el azul del cielo se torna gris en el comienzo del verano capitalino que ambos conocemos.

La conocí una mañana de invierno, invierno crudo y desértico de la ciudad que se configura en cielos grises y contaminación abrasiva, sol en exceso y la gente transitando sin un destino claro más que el de sobrevivir, viviendo con el impulso de saberse necesarios para una suerte de miserable vida; por aquel entonces ella pintaba una serie de cuadros en un centro comercial, yo siquiera escribía mierda alguna, bebía siempre pero me era imposible escribir una sola frase coherente. Me gusto su perfil, me gusto su necedad de no caer en la belleza convencional, me gusto su rostro perfilado en cincel y argamasa viviente. Ella me salvo? O yo a ella? Nunca nos hemos puesto de acuerdo pero coincidimos en que ambos estábamos atascados en la miseria de no saber cómo y cuándo hacer algo, de no arriesgarnos, de no atrevernos a dar el salto de fe necesario para alcanzar el orgasmo. Ella volteo con sus ojos sombreados de rojo y quede prendado; no, en realidad me sumergí en su historia, en lo expresivos que eran y la fuerza contenida a duras penas. Ella me ha dicho que le guste porque me veía desvalido, un condenado cachorro gigante con la mirada triste eterna que no sonreía ni porque enfrente hubiese un espectáculo de degradación humana que tanto amamos ambos, eso y que le gustaban mis modos de borracho decadente. De hecho ella acaba de reír mientras una hilerita de sangre serpentea por el dedo medio de mi mano derecha gracias a la herida antes mencionada. Su *quieres una sonrisa?*  me abrió un universo desconocido hasta entonces, nuestras mentes bailaron en un vals o un tango que brilló con la bendición del destino (brinca mi corazón solo de recordar su rostro, de recordar su primera sonrisa para mí, tímida, franca, coqueta, universal, inmortal e inenarrable, no podría siquiera acercarme a lo que fue ver sus labios curvos al verme derrotado como siempre), bailes eternos que estamos siempre gozando en nuestros encuentros en la memoria.

Dos meses después la volví a ver en el mismo sitio, en el mismo lugar señalado por los dioses o por mis propios pies que me devolvieron a su sonrisa, a su voz tersa y suficiente para llenar mis oídos, eran los últimos resquicios de invierno, con la primavera asomando su nariz en nuestros cuerpos, ella no necesitó sonrisa alguna (tenia grabada cada fibra y milímetro de su rostro y cuerpo en mi cerebro) para sacudir mi centro de gravedad hasta entonces impávido, no fueron necesarias palabras de reconocimiento, su olor lleno todo, su calor inundo el pabellón de mármol falso donde trabajaba y sus ojos volvieron a iluminar todo a nuestro alrededor. La invite a lo que mejor sé hacer: beber. Bebió conmigo y hablamos, hablamos como siempre hemos hecho a partir de ese segundo encuentro, hablamos de sus sueños, de mis miedos, de sus metas y mis demonios que se volvieron tema recurrente hasta que estaba medio bebido, el momento esperado por ella porque me libero de mis ataduras y era lo que ella siempre espera, el adorador absoluto del mundo y particularmente de su belleza, sin cortapisas que contuvieran mi lengua y mis neuronas, el estado prolífico para abrazar con la lengua metáforas directas y  adorarle cada milímetro de su dermis y las vocales lanzadas desde su cerebro. Mis labios rozaron por primera vez su piel, su mano adornada con aquellos dos brillantes anillos que compro en una plaza mientras unos viejos bailaban y un borracho hacía el ridículo (alguien tan parecido a mí solo que encausa su amor por el mundo moviendo los pies en lugar de crear párrafos sin origen), su piel sabor a mandarina, morena y ríspida por los materiales que usa y los quehaceres que hace; mano y boca, ella la razón y yo la acción, sus letras y mi voz acabada por el alcohol que suena a la lija que alguna vez utilizó su padre para hacer la cama en donde hoy dormimos, luego su mejilla de bronce absoluto que se sonrojaba al sentir el contacto de mi barba de conquistador,  hijo de españoles, nieto de españoles, bisnieto de españoles, tataranieto de españoles sin dinero o fortuna alguna que no sea el tono claro de su piel y el pelo crespo que se caerá dentro de muy poco. Su mano recorrió sinuosamente el contorno de mi cara, tatuando en sus neuronas cada poro, cada vello, cada saliente distinto que remata en el hoyuelo en la barbilla que adora besar de noche y día cuando se para en las puntas de los pies de bailarina para alcanzarme. Para hacerme sentir necesario para alguien en el mundo.

Nos vemos a los ojos, tiempo actual, los suyos  tan cristalinos (que alguna vez lloraron mucho) y que intenté una vez al verlos tristes y desbordándose cual cortina de represa de agua remediar con una serenata, con una serenata que nunca le habían llevado antes, que nunca experimentó el grito de *amor eterno* entonado por un borracho acompañado de sus igualmente borrachos camaradas de bebida que traen en sus manos botellas y botes de diversa graduación etílica, ella sonrió desde su ventana, ella lloró porque el tipo más arcaico y sin expresión alguna que haya conocido le había llevado serenata para cumplir otra de sus fantasías: saberse lo más importante para alguien, no importando que sean las 3 am de un jueves, no importando que fuese febrero y el aire silbase mientras ella dormía, ella sonrió y el borracho que canta las canciones típicas que  su padre le enseño llora por dentro sin poder expresar nada, sólo canta, canta mientras puede cantar y no se caiga en completa infestación masiva de vino, cerveza, vodka o tequila que al final de cuentas ya todo sabe igual; canta y grita para que sepa que por ella hará lo que haga falta, que sepa que por ella ha de luchar contra todo el infierno que se cierne sobre su mente embotada por el tequila que llevaba casi 10 horas bebiendo mientras intentaba escribir, mientras intentaba sacar todo ese dolor que llevo en el pecho, por mi madre, por mi futuro, por mi corazón múltiplemente no correspondido, mientras ella sonreía con una  nueva lagrima atorada en el rabillo del ojo y cantaba en voz baja las canciones que tanto ha dicho que detesta pero que agradecía más que la lluvia en cualquier mes de sequía. Ella  también sabia de sequía en el alma. Mis ojos negros y que no se apartan de los suyos, nos vemos siempre intentando ganar la batalla del uno y el otro sin realmente tener en mente nada más que comunicarnos para siempre con la mirada.

*grita!* *grita!* y yo gritaba mientras ella gritaba con toda la fuerza de sus pulmones, mientras ella lloraba de coraje, mientras ella se desternillaba de la risa, mientras ella se acurrucaba en mi hombro, mientras ella me hacía sentir como el protector del universo, mientras ella se erigía como un ser completo y sin fisuras que era incapaz de cometer errores, mientras ella volteaba a verme y yo a ella con la sensación de que el tiempo no pasaba por nosotros mientras todos caían y morían, y nacían y volvían a ser engendrados para converger alrededor nuestro, su sonrisa es capaz de todo eso y más, su risa es la savia necesaria para llevar a cabo cualquier modificación universal, ella me sonríe con los dientes perlados y el alma. Y su risa es el detonante para dar el paso, para dar el siguiente paso, tan necesario como el aire, tan impredecible como la lluvia que se anuncia por horas en el cielo borrascoso y termina alejándose por la aparición del  viento del oriente de la capital, nos encontramos una tarde en su casa -que para entonces ya era “nuestra” – y nos vimos desnudos, hicimos el amor sudando, riendo, descubriendo el paraíso oculto entre sus muslos y los míos, noche negra, larga noche que deseábamos que no acabara nunca, sus pequeños gritos de placer y mi arritmia haciendo música de alcoba, autentica música para nuestros hijos (si es que algún día nos decidimos a tenerlos), la musa y el borracho, el muso y la borracha. Sangre y esperma (aunque no recuerdo si también fuese suya la hemoglobina) que surgen esa noche, el pacto silente mientras veo su espalda con los tres lunares en el descenso hacia las nalgas, se acurruca en mi pecho y yo en su cabeza de olor a menta fresca.  Nada de palabras amorosas, nada de falsas promesas de amor, todo termina con un beso de despedida en su mentón, que dice todo. Quería en realidad no salir de ella nunca.

Escribo, escribo después de muchos meses, tecleo con furia mientras ella me observa desde la silla frontal donde comía un helado, me ve contraer la frente mientras ella lengüetea con sadismo el barquillo y escurre por sus dedos el caramelo derretido del chocolate, me habla mientras el tac-tac-tac de las teclas se sucede uno a uno; me dice incoherencias que no logro descifrar a tiempo hasta que termina el helado en la máquina de escribir antigua que me regalo mi padre una navidad de 3 años atrás. No ríe más, su boca esta crispada y ahí recuerdo lo mucho que odia que no le hagan caso, en especial yo; sus ojos brincan sin salirse rebosantes de ira, que da paso a su risa fría y despectiva cuando arranca la hoja y comienza a leer lo que escribí, lo que  pensaba de ella, lo que creía que ella pensaba de mí. Ríe y me avienta su frase favorita *madura*. La primer pelea de la noche, la primera de muchas que se sucederán toda vez que ella saque al otro yo, al otro sujeto que aparece ni bien caigo en desgracia cuando me suceden cosas buenas y hermosas, que vivo terriblemente deprimido cada que ella sonríe para mí, cada que ella grita a viva voz que me ama. Lo conoce y lo desprecia pero no puede evitar amarlo al mismo tiempo, se pone en pie (sin dejar la hoja) y camina hacia la habitación continua donde dormimos apenas un par de horas atrás, no hago el menor esfuerzo por seguirla, miro el suelo, miro mis tenis, la firma descubierta de mis calcetines que se asoman.  Regresa y habla, regresa y azota la hoja en mi regazo e inmediatamente me da un beso profundo, que me despierta cada que lo hace, cada que lo utiliza. Se va y sigue riendo, solo que esta vez ya es otra ella, es la de siempre, la que tan feliz me hace cuando hablamos por horas de películas, música y libros, la que grita a viva voz *te quiero* sin importarle que yo nunca conteste, sin pudor, sin moral, sin ataduras a la ley, ella se aleja riendo y miro la hoja que tiene letras escritas a tinta por ella: <no sirve, sigue intentando> y vuelvo a darle a la máquina que ahora es suya porque  ya no escribo nada y ella la utiliza para hablar con la gente con sus historias maravillosas sobre su cultura ancestral y sobre su segundo tema favorito: el borracho con el que vive que trabaja en una librería de viejo ganando una miseria  y bebiendo casi a diario. Ambos lo hacemos.

SR Mayo 2013

viernes, 24 de mayo de 2013

Aullando a la noche

Aullando a la noche

Le veo al cerrar los ojos mientras las lámparas de luz blanca y fría escuecen mis corneas aun con los parpados en punto muerto, le sigo viendo aun mientras me sobo el puño que debió ser para él y no lo fue, cada instante que vomito sobre las baldosas de ese baño pulcramente aséptico de color blanco brillante  le veo sonriendo socarronamente y tomando de ese vaso que se vuelve eterno, que se hace eterno en sus manos gigantes como manoplas de beisbol o guantes de box; no logro serenar mi mente que se quiere dejar perder en la inmensidad de la penumbra de los tantos grados de alcohol que había en esa botella de tequila, y en esa botella de bacardi y en esas muchas cervezas que desfilaron, en toda esa comida que me supo a poco conforme avanzo la noche y las palabras se volvieron el fuego en donde debí poner a freír un poco más de esas tortillas diminutas para calmarme. Qué paso conmigo? Cómo logró evitar que explotara frente a él? De qué forma sus ojos rojos y sin perdidos en una ira desbocada se vuelven una victoria de mierda para él y un sangrado profuso en el labio para mí? Arde el pecho, arden las piernas, arde el esófago y todo lo que va acompañado a la bebida, pero hay algo mas, algo que quema y abrasa todo desde el mismo centro de gravedad que poseo; no lo entiendo, no esta noche, tal vez con la cabeza despejada, tal vez con una buena siesta y un buen desayuno me logre dar cuenta de donde procede tanta calentura por alguien que en apariencia es insignificante, alguien que ni siquiera sonríe bien, que parece dejarse perder por momentos en cualquier elemento habido y por haber en el universo que posee en la mente. Que me hizo?

En realidad no sé ni la hora, no tengo la menor idea de que pinche momento de la noche sea, solo atiendo las pocas instrucciones que me dieron: “serénate”,  ”toma agua”, “no te duermas boca arriba”, “tómate esta pastilla, te va a hacer bien”, “no tienes de que preocuparte, te voy a estar cuidando toda la noche”. Cosas que una enfermera hace, cosas que ella hace muy bien, me cuida pese a que soy más grande que ella, me protege pese a que actué mal, que me perdí hoy como hacía años no pasaba. Fue él, fue el tiempo, fue una serie de condiciones que se dieron cita, debimos marcharnos cuando se empezó a enfriar la tarde, debimos salir pitando de ahí nada mas comenzaron a destapar las cervezas tibias y la segunda vuelta de comida. Fui una estúpida por no prever que eso podría pasar después de tanto sin beber, no era una fiesta, no era una reunión, era una trampa de ese tipo, de su negra mirada y conciencia que vio el momento idóneo y no se amilano, no sucumbió ante mi fuerza, no me hizo caso. Me trato como trata la gente a un trapo, a un borracho más, a un maldito borracho al que le está enseñando una lección. No sé como lo hizo.

Mareo, maldito mareo que viene en cuanto cierro los ojos, los abro y en realidad las lámparas bailan en rededor, me hago un ovillo y lloro sin soltar un solo puñetero lamento, mirando fijamente el camastro continuo completamente  blanco, sin nadie que le ocupe, nadie llorando por no ser lo suficientemente fuerte para vencer a lo que hay en el fondo de esa botella de tequila que venía acompañado del maldito sabor a refresco de cola; dulce, exceso de dulce y él lo sabía, por eso bebía el agave solo, en ese vaso eterno que nunca vi que lo llenase, que únicamente lo arrimaba a sus labios y los remojaba. Y volvía adoptar la misma infranqueable pose de maestro, de gran maestre que les va a enseñar a sus discípulos el ultimo ritual antes de hablar con el otro mundo, su otro mundo, el condenado mundo que anida en su cabeza y que fue imposible desentrañar; no picó, no se obsesionó, no enmudeció por ningún motivo y a cada ataque contestaba con el aire de superioridad que sentía poseer. Un maldito bicho raro que no le molesta que le llamen así, que más bien se siente feliz de serlo, de poner en jaque a todos los presentes con su mirada inquisitoria, como si el maldito bastardo fuese mejor que todos, como si supiera algo que nosotros no, sintiéndose como un iluminado y usando una máscara de caballero. No lo es, ningún caballero trata así a las mujeres, ninguno mete en medio de una conversación adulta un chiste jocoso sobre dimensiones sexuales; un cerdo en toda la extensión de la palabra que bebe desde horas atrás más que cualquiera que este a su alrededor, que no se le nota lo borracho pese a que parece que se podría caer en cualquier momento; no lo hace, no cae, no pica, no grita, no se encoleriza, no hace nada más que beber y sonreír con los ojos dilatados ante una presa que ha caído una y otra y otra en su juego de permitirle saberse un ente superior.

Grito, mientras pataleo y escupo la saliva dulce durante el mismo tiempo que me concentro en odiarle, en aborrecerle aquí llorando amargamente y vomitando hasta perder litros y litros de vitales líquidos en sudor y jugos gástricos que han subido por mi laringe, que se anidan en mis dientes y me provocan nuevas arcadas; ella me cuida, me acaricia la cabeza y me da pequeñas palmaditas en el cráneo que me hacen sentir aun más estúpida, me hacen enojarme conmigo, con ella, con la otra, con todo el jodido universo que aterriza en sus ojos cafés penetrando los míos sin importar la presencia de nadie, sin atemorizarse por nada, me escupe al tiempo que se burla con esa mirada de soslayo, de compasión que me desnuda sin ser nada sexual, sin tenderme ninguna trampa utilizada por cualquier tipo que desee vejar sexualmente a  una mujer borracha, lo  hace para hurgar, para recrearse mentalmente porque es un maldito pervertido que gusta de tener en jaque a los que son diferentes a él. No hay fuego en esa mirada que va a parar a la pared que está detrás de mí, no logro encontrar el punto para que se enoje, para que me dé un pequeño triunfo. No es normal, es un bichejo raro que repta por el subconsciente y deposita los huevos que quiera en el torrente sanguíneo hasta que eclosionan en el cerebro después de ser arrastrados por el tequila que toma en caliente, sin hielo, sin refresco, sin hacer aspavientos de que le corte el aliento y lo llene de fuego, parece que estuviera bebiendo medicina para la tos, carraspea un poco pero ni siquiera por eso se deja aturdir, ni siquiera por eso deja de sonreír con sus ojos llenos de veneno, completamente ajenos a la ira que crece y crece dentro mío y que amenaza con explotar, pero no lo hará, no lo hará frente a él pese a que él es la causa de tal encabrite.

Me arde el estomago, me crujen las tripas, me carcome el cerebro de tanto tequila, no logro sin embargo apartar mis pensamientos de todos y cada uno de sus movimientos, de sus calculados movimientos de borracho avaricioso que se guarda para si sus mejores chistes, sus caídas; que se comporta como un jodido ermitaño enclaustrado en su propio bosque mental, quiero insultarlo abiertamente, quiero gritarle obscenidades que he ido aprendiendo para este momento, para momentos como este, que me haga enojar tanto que le suelte un par de golpes o bofetones que borren su mueca de falso mesías. Ojala me hubiesen dejado a solas con él, ojala me hubiesen permitido enseñarle que soy fuerte, que soy tremendamente fuerte física y mentalmente, que pese a que no logré que me contestara nunca como cualquier otro, era más fuerte mentalmente que él, seguro que se hubiera acobardado y hubiese perdido los papeles intentando ser gracioso en lugar de hacer que yo pareciese necesitada de atención, como si necesitara que todo se centrara en mi. No lo hicieron porque temieron por él, sabían de mi calentura, era visible para todos, traía una locura creciendo y a punto de hacer ebullición en contra del primero que se atreviese a intentar calmarme, no pagó quien debió hacerlo, no pagó él; y mientras yo me hundo en esta cama lejana a la mía, él debe estar acurrucado junto a su dignidad, envuelto en las cobijas de la mediocridad de alguien que no es ni siquiera para defenderse con palabras duras, una almohada perfecta hecha para un pusilánime que me miraba desde atrás de ese vaso inacabable y que se pasaba las manos gigantes por su rostro duro, picado, con la barba a medio crecer porque seguramente no la ha rasurado para asustar y provocar a la gente a que le mire, a que le pongan en el centro de su atención como si no fuese suficiente su tamaño y su cara dura, picada e impenetrable. Un borracho extraño al que me dieron ganas de golpearle en cuanto lo escuche haciéndose el conocedor. Que me atrajo a su juego de darle la bola para que fuese el centro de atención que persigue tal como haría un perro a un auto.

Escucho el ruido de un catéter gota a gota en este mismo piso, a lo lejos hay una pequeña mujer que avanza a pasos apesadumbrados porque es domingo en la madrugada y quisiera estar en cualquier sitio que no fuese este, ella se acerca y me acaricia la espalda, habla por celular diciendo en voz baja y trémula “está bien”, “algo intoxicada”, “le di un suero y una pastilla”; se aleja contoneándose lentamente mientras cierra la puerta de la habitación comunal donde estoy sola por ahora.  Duerme, seguro de sí mismo, duerme encima con una docena de vasos de tequila y de bacardi y quien sabe cuántos más de cerveza. Lo hace a sabiendas de que me hirió al no atacarme, al no defenderse usando el instinto de cavernícola que generalmente acompaña a los que se le parecen; un bofetadón que debí darle para evitarme la calentura, la pelea posterior, el terminar aquí en lugar de estar en mi casa durmiendo plácidamente; debí obligarlo a que me dijera alguna grosería y que fuese él el excomulgado, que le atosigaran los pensamientos de resarcirse a él. No lo hice, no lo hice porque caí en su juego de beber, de beber y beber hasta que todo parece factible aun cuando no lo sea. Estos golpes que le doy a la almohada dura de color blanca hospital debiesen ser para él, uno en sus genitales, otro más en su estomago, pecho, cara, cara, cara. Molerle la cara a golpes, desaparecerle esa sonrisa torcida que deja ver sus dientes gigantes. Romperle la nariz chata y picada por el acné, que no le importo cuidarla, machacar sus pómulos grasientos que enmarcan sus ojos de cerdo, de voyeur, de maldito cobarde que no cae en ninguna provocación y que en lugar de mirarme ve hacia el fondo eterno del vaso cada que lo acerca a sus labios grandes, y que mojan el bigote ridículo que usa.

Qué superioridad moral esconde? Qué secreto universal cree poseer para mirar así a todos, para hacerles menos pese a que no lo sean? Qué hay  en esa cabeza con el pelo a rape que lo hace verse más viejo de lo que en realidad es? Por qué no pude, por qué no pude? Se oye el rugido de los autos que pasan a gran velocidad afuera de este edificio, grandes vehículos que se internan en la madrugada que comienza a morir, a ceder paso a otro día, al día siguiente a mi derrota, a la mañana que no quiero que llegue aun, que se pierda mejor entre los pliegues de la comisura de sus labios, en el arco formado por sus cejas que se elevan en un momento dado para evitar mostrar cualquier síntoma de malestar, que se funda en la raya que atraviesa su frente y que señala su constante mirada dura, el seño fruncido que sin embargo esta noche se pierde, se pierde y se pierde en el fondo del vaso transparente y el ruido de la música que él ha puesto, en el fondo sigue cantando todo lo que pone, jamás me ha sabido tan mal la música como en este momento, jamás estaría sentada bebiendo esta mugre caliente si no fuese porque ha sabido tender la trampa, aquí nadie hace nada sin que él haya previsto que así sucediese, como si anticipara todo y a todos antes que el mismo universo.

Bebe, bebe y seguramente siguió bebiendo mientras yo  recorría las calles vacías en la espesa madrugada; fría, atípica de una primavera que se ha caracterizado por el calor extremo de punta a punta en la ciudad que he recorrido casi por completo para huir de las acciones; quién o qué es él? Quién carajos le dio esa serenidad para beber y responder con su voz atípica de adolescente atrapada en el cuerpo de un hombretón de casi 30 años? Porque bebe y sigue bebiendo mientras corro aullando y gritando sandeces contra todos mientras la noche se pierde en los ductos de ese caño maloliente que pasa a penas unos metros por detrás de mí; el auto viaja con las luces internas apagadas, mi cara recargada en el vidrio resopla y bufa mientras seguramente él bebe ese tequila duro, lo hace sin importarle en lo mas mínimo que me sintiese del carajo, que quiera vomitar mientras el caucho roe las marcas hechas por miles, cientos de miles de autos que han pasado diariamente por aquí; fría noche, atípica, que se contrae desde el fondo de mi estomago y bulle hacia arriba, hacia arriba, hasta el cielo, hasta la condenada estratosfera donde reposa su mente una y otra vez perdida y encumbrada en la nada, vomito que me surge de la nada y el todo, vomito que alecciona lo aprendido hoy, vomito que tiene más del 80% de sus acciones en hiel y bilis antes que tequila, bacardi y cerveza. Eran las 3 am y él sabía, él sabía que en la hora del lobo nadie debe de vomitar, porque si vomitas en esa hora has perdido todo lo conseguido y se vuelve una derrota absoluta. La guerra perdida por el vomito que deja sus rastros en los dientes, encías y lengua. El vomito es su corona de laureles.

SR mayo 2013

sábado, 18 de mayo de 2013

Arenal

Arenal

38 años y me siento acabado, derrotado desde cuando menos un par de años atrás; no me quedo de otra que refugiarme (aunque más bien el verbo seria huir) en la vieja casa de la anciana. Cuatro paredes, un techo, una cama gigante que cruje apenas te sientas en ella, una pequeña cómoda donde entra toda mi ropa y un foco en medio de todo ello. Sin tele, sin radio, sin máquina de escribir; el mismo fin del mundo seguramente tendrá más cosas que este sitio. Llego sin mayores pretensiones que olvidarme que hace casi 2 años no tengo un empleo fijo, que la casa se está yendo a la chingada y que mi esposa e hijos se comportan como unas sabandijas (aunque no los culpo, quien podría no hacerlo con un sujeto que se la pasa ebrio casi todos los días y vive del recuerdo a través de los escritos que tienen 8 años o más). No se alegraron tal vez tanto como imagine que harían cuando les anuncie que me marcharía a desintoxicarme, pero al menos me dieron su bendición.

La casa es una ruina que hubo que limpiar de cabo a rabo, dos horas para que el insecticida hiciera efecto, 45 minutos sacando cadáveres y moribundos bichejos que anidaron durante años en las tejas y el techo de lámina ahora  antes de carrizos, otros tantos minutos para esperar que murieran en el rayo del sol, las camas son sacudidas con el viejo atizador, he ajustado un par de tornillos de la base de la cama con la herramienta del auto que ni yo sabía que existía. Debo descansar, 3 horas de sueño reparador antes de buscar la tienda con licores más cercana. Interrumpo el sueño y me levanto para buscar bebida antes de la media hora, casi 2 horas para encontrar un sitio donde me vendan un par de tequilas de marca dudosa, 3 charanas, media caja de anises dulces y cuatro cartones de cerveza. Dos sándwiches de jamón local embadurnados de algo parecido a la mayonesa expuesta al sol y medio litro de jugo de uva que sabe a gloria. Las compras terminaron con mi cuerpo derrotado a un lado de la cama más próxima a la entrada principal, orinado y vomitado. No llevo ni 12 horas y ya he sucumbido. Me levanto cerca de la media noche cuando ya la casa (si es que se puede llamar tal a falta de una familia) se ha vuelto a infestar de grillos y demás fauna, volveré a dormirme junto al arrullo de las patas de esos bastardos.

Despierto temprano y cojo la petaca que he traído, me detengo por casi 10 minutos recordando que la vieja guardaba debajo de la cómoda un mapa, tal vez nunca lo uso pero lo tenía allí  en caso de que se le “fueran los recuerdos” (como solía llamarle ella al Alzheimer). No sirvió de nada tanta prevención, paro cardiaco fulminante y adiós miedos de perder la memoria;  en fin hay debajo de la cómoda el mapa que mi madre solía guardar para las emergencias y al tomarlo recorrí con el dedo chato la sinuosa carretera que corría unos 10 km debajo de la cima, un par de kilómetros más allá se hallaba “el monte del muerto” y apenas un par de kilómetros hacía acá una pequeña población que antaño fuese de otomíes y ahora era un cumulo de rateros y narcotraficantes en sienes que me conocían de antaño y aun así no dudaban en verme con esa mirada de desconfianza; cierro la petaca repleta de whisky y la deposito cual si se tratase de un niño sagrado sobre la almohada y meto en la mochila cerveza. Decido ir hacia el cerro donde antaño corriese y brincase mientras mi padre cuidaba un pequeño rebaño de cabras que me molestaban, las odiaba con toda mi alma, con toda mi condenada alma, nunca supe el porqué les tenía la misma aversión que ellas a mí. Llegue al cabo de casi una hora (a pie) mientras notaba la fresca apariencia de los arbustos muertos por la erosión de las condenadas cabras de mi padre, no había nada más que desolación; siento pesada la mochila, recuerdo las latas de cerveza y abro una para aplacar la sed,  la mitad se riega en el suelo a causa del temblor en mi mano izquierda y la otra mitad la vació en el intestino, fría aun, fría y desperdiciada cerveza. La veo, primera vez que la veo y me sonríe, cual si de una aparición se tratase, cual de una virgen inmaculada que se  aparece primero frente a frente y luego en el ayate para que me consideren un condenado loco. Así es ella, así la he  visto por vez primera de pie frente a un par de cabras, de pie con el cerro detrás que mi padre y un yo más joven habíamos ayudado a deforestar y matar de poco a poco.

Desaparece y gritó, gritó porque en el fondo creo haberla imaginado y que mi cerebro ya era una mierda, dos segundos después se asoma entre una piedra descomunalmente gigante y un árbol que se niega a morir de soledad. Me saluda con un *está usted  bien señor?* que me hace sentir como un estúpido, no eran alucinaciones de la falta de alcohol; en realidad está de pie, frente a mí, acompañada por 8 cabras y dos perros medianos que se han regresado después de mi grito y allí de cuatro patas se sitúan al lado de ella para hacer frente a cualquier amenaza. Para ellos yo era el mismo diablo. *sí…perdona, creí que te alucinaba* digo turbado y fuera de cualquier proporción mientras pego la lata de cerveza a mi frente. Se ríe, suelta una pequeña carcajada ahogada por el primer bufido de sus canes, las cabras ajenas a lo que transitaba por mi mente  patean un par de piedras formando un ligero alud de piedra y tierra para los insectos que allí viven atrapados como lo estaba mi imaginación por tenerla de frente, por ver esos ojos castaños viéndome, distinguiendo algo que no alcanzo a comprender que es. Me vuelvo a quedar de piedra mientras ella camina entre las piedras sueltas de las cabras malditas alejándose a varios pasos ya de mi memoria.

Regreso a casa tras la expedición que bien me pudo costar la vida debido a la soledad; me he caído un par de veces, víctima de mi propia imprudencia de beber solo. Aquí  y ahora el ágora de mis demonios se cierne  sobre mí en el momento mismo que cruzo el umbral de la casa de adobe cocido cuando menos hacia 50 años, cuando mi madre y mi padre decidieron que ese terreno ajeno a las rancherías contiguas serviría para sembrar un poco de maíz, un poco de frijol o cebollas; nada se dio y mi padre se convirtió en pastor excelso de cabras que acabaron por ayudar a criar a 3 hijos. Mauro el grande, el hijo prodigo, el jodido niño de cabello negro poblado y chino que veía con circunspección desde detrás de un sombrero de ala ancha al mundo  y que murió hace ya casi 20 años víctima de la estupidez; luego venía Carlos, un chico travieso, un infierno para todos -inclusive para mis viejos y al cual yo no  soportaba-, las gentes no aguantaban su humor fácil, sus risas malignas que lanzaba al aire cada que  agarraba a alguien desprevenido y acababa lleno de barro, lleno de estiércol o cualquier arma que considerase oportuna que acabara en la cara o la ropa del imbécil en turno; y finalmente el débil, el que volteaba antes a ver a mama para decidirse a dar un paso, el menos afortunado para el coraje, pero el único que sobrevivió. El único que les dio nietos, a mi padre lleno de deudas y a mi madre que los cobijaba con sus pliegues exorbitantes y el mandil apestando a humo, el primer recuerdo que tengo sobre mi madre es el olor a humo. Me largue y los deje a su suerte, me largue con el tío Antonio a la ciudad, a estudiar, a progresar y falle, tal vez lo mejor hubiese sido terminar metido en el monte sembrando maíz o marihuana para los caciques. Luego en esos recuerdo aciagos llega mi mujer Amparo; la boda con ella y mi suegro apuntándome con sus ojos rojos y turbios, mis cuñados odiándome por robarme a una niña cuando yo era un borracho perdido, en realidad nunca lo quisieron ver pero fue ella quien me robo una noche mientras me encontraba llenando el oído de su amiga con poemas baratos de un libro que había robado de una librería. Ella me obligo a casarme con su sexo húmedo y sus palabras saladas; claro, eso no lo dices con 285 invitados en una ceremonia religiosa y con toda su familia esperando que aparezcan mis viejos indios con sus mejores garras para no sentirse tan mal y su decepción cuando apareciesen solo mi madre y mi hermano Carlos porque el viejo se negó a viajar fuera por la lluvia que esperaba ya por casi 30 años.  Así pasaron los años, con groserías por parte de ambas familias y en medio los niños que no se enteraban de nada, salvo de que su progenitor era un borracho que escribía un par de días si y otros 3 no en un diario de circulación local, que tenía un libro de cuentos que su editor saco a regañadientes para cubrir una cuota y que llevaba 5 años (cuando llego Marcelo el menor) atorado en la misma página 285 de una novela sobre un matrimonio fallido. Todos mis temores me vuelven una y otra vez cuando el tapón de esa botella claridosa sale disparado hacia un lado de la cama de metal,  el primer trago me sabe a ambrosia, y cada mililitro que se entierra en mis mejillas hinchadas me vuelve de nueva cuenta el héroe de la historia, el Prometeo que nunca  será castigado por su deshonra hacia los dioses, aunque siendo sinceros me difumino con cada trago, me pierdo con cada pensamiento que se ahoga en los ríos de fermentación que van deslizándose con salvaje ira por mi cuerpo abotagado por la miseria de querer morir al compas de esa tarde que azota sin pudor alguno el metal del techo. Antes de caer rendido ante los demonios que rodean mi sitio privilegiado de horror, veo la estampa de santa Cecilia que me sonríe desde el altar que le he construido en menos de 2 días con botellas vacías y envolturas de productos caducos que ni el mismísimo Satanás podría tragarse, sonríe cual beata en espera de la visita nocturna del párroco en turno, esta es su gran esperanza.  Es de noche otra vez cuando salgo a vaciar la vejiga en un pequeño monte crecido  de yerbas sin ton ni son en medio de lo que en antaño fue un patio apisonado por completo y ahora es solo un arenal abandonado que mi viejo dejo hace muchos años cuando quiso tirar un piso y se quedo sin dinero para el cemento, es  la obscuridad que se asienta en mi y en todo lo que esté a mi alrededor por lo que volteo hacia el cielo iluminado por miles o cientos de miles de estrellas para notar que no me dicen ya nada y parecen mofarse de mi rabia cotidiana.

***

Le dije mi nombre, dos veces (siempre dos veces porque al parecer la primera vez me lo digo a mi mismo para cerciorarme que sea el correcto) y ella sonrió al escucharlo y más al repetirlo con su voz tersa cual piel de esas cabras que la acompañaban. Fue un sueño pero igual  vi a esa mujer correr nuevamente libre en medio de la tierra y el polvo que levantaban sus zapatillas azul celeste viejas como mi alma sin pudor alguno de rozar el tiempo que no se detenía, me escuchó y solo sonrió, la sonrisa que me cautivo la primera vez y que hacia juego con sus ojos obscuros. 

Es miércoles por la mañana mientras pienso en ella y caliento un par ollas de agua caliente en el fogón de maderas para bañarme, las mismas maderas viejas que son nidos de arañas de caparazón negro, casi 7 años desde que están apoltronadas allí atrás de la casa, un lustro cuando menos que alguien puso un pie en este sitio por última vez; no tenía derecho a molestar su vivienda, sin embargo lo hice y ahora seguramente me miran con el mismo odio que mis hijos desde sus múltiples pares de ojos inyectados de furia asesina. Y qué ve? Pues lo que todos los que han pasado alguna vez por “La Candorosa” han visto, un ebrio que se encierra en su mundo y se tira a escribir pedazos de letras que terminan por envolver la mierda aguada en medio de algún baño, es cierto, mis mejores escritos se van al caño literalmente porque nunca hay papel suficiente cuando llega la diarrea mental y la física. Allí terminan mis ideas de antiguo idealista y cronista perfecto.

Sigo atrapado en la misma mañana y es que  estoy perdido en la nata indefinida del vaho propio y la cadenciosa existencia de la neblina acantonada en la entrada de la casa materna, apenas 2 metros por delante es que se observa algo y comienzo a descender por el camino de terracería,  hay piedras sueltas que dificultan el caminar y el ardor en las plantas de los pies se concentra en el arco imperfecto que poseo, soledad absoluta que reproduce las pisadas por la escena; 15 minutos después vislumbro la primera muestra de que la sociedad no se murió durante la noche pasada como idiotamente creí, saludo con un *buenos días* que vagamente recibe respuesta y el sonido que entra por mis oídos percibe únicamente el “…días” que esboza aquella mujer enjuta de rebozo negro que en la mano izquierda lleva una olla de peltre azulado con quesos de leche de cabra cubiertos por una fina tela blanca. Tardo más de 30 minutos antes de alcanzar el sitio donde la mujer de las cabras y los perros  fieros me sobresalto con su materialización, no demora en hacer acto de presencia, no se tarda nada en desanudar el morral que lleva cruzado en el pecho colocado allí por la madre nodriza que se antoja a la imaginación como la mezcla de una Venus y una Afrodita, son casi las 7 am y el dolor en el pecho crece en mis entrañas y me obliga a voltear a mi mochila obscura, allí aguardan pacientemente las latas de cerveza y la anforita de metal que me regalara mi profesor de literatura en la universidad para brindar por mejores porvenires; hoy, esa mismo pedazo de metal  me mira desde su obscura intensidad con la mirada de fuego de su contenido dulce y atrayente hacia la muerte etílica. La joven saca de su morral un libelo que supongo contienen las primeras letras, aquellas que aprendió en un cuarto pintado de blanco con pizarra clásica y sillas de madera pulida desgastada por el uso y abuso del tiempo que ocupo tanto mi trasero como el de mis hermanos o en realidad es la obra maestra de algún literato que ha podido escapar a la purga de las buenas conciencias y se prepara para asaltar otra joven víctima, no lo sé. Repasa, letra a letra, consonante tras vocal y viceversa las líneas que su dedo índice acusan de inmediato mientras mi contemplación apenas la distrae de esos garabatos sin traza definida, sin orden alguno dictaminado por la regla infernal de un pastor laico. Son las 10 am cuando las chivas arrecian en su malestar por caminar poco más allá de la verja de palos viejos y alambrada metálica que mi padre ayudo a poner hace casi 50 años. Molesta, ella, levanta la vista sin reparar en mi o en los envases vacios de vidrio que yacen a mis pies apenas un par de cientos de metros a su flanco izquierdo  y guarda el cuaderno de hojas amarillentas y  trazos apenas visibles por la cantidad de veces que se le ha requerido, coge su cayado hecho con el tronco hueco de un carrizo del rio que serpentea unos 10 kilómetros mas abajo y arrea a sus animales infernales cuesta arriba, desaparece nuevamente. Silencio, silencio espantoso que se cuela en mis neuronas porque me doy cuenta de la miseria en que estoy, silencio que repta por cada poro de lo que yo era antes de que abriera la primera botella cuando tenía 18 años, comencé viejo siempre me repito, y mi padre no era bebedor, de hecho ni mi tío que me acogió con tanto cariño como se puede acoger a un niño de cabellera rebelde; no, nunca he intentado hacer teoría sobre qué fue lo que me impulso a beber, tal vez todo, tal vez nada. Soy y seré así hasta que muera… aunque para ello falte bastante o muy poco. 5 horas sentado en una piedra inmensa que no se mueve ni con la tierra, ni con el movimiento del aire frio que procede de la montaña; hace sol y hace frio, sudo en la frente pero mis brazos se hallan congelados hasta el punto que los huesos pareciesen hechos de nieve o hielo de algún casco polar que visite el verano de mi pasantía en Argentina.  Nadie supo el verdadero motivo de mi visita a ese sitio, nadie entendió que en realidad quería ver las auroras australes y maravillarme, saber que aun podía apreciar la belleza, nadie me toma como alguien que se pueda maravillar por algo.  Hace frio y es pasado el medio día, el sol calienta el copete desprovisto de cabello y se conjuga con el sabor del anís para dejarme estático y sin ánimo de mover uno solo de mis músculos para buscar una frazada que me caliente algo.  El cielo está abierto pese a que el aire arroja finos hilos de brizna que rebaja el calor corporal y las nubes se asientan en la memoria para evitar que traiga una vez más aquella noche cuando mirando el cielo estrellado hasta el infinito me decidí a largarme de esta vida y me condene a lo que mi cerebro dictaminase en lugar de lo indefinido, aun duele saberme un traidor a mis padres y a mis hermanos. Ella se ha ido y yo pernocto en una misma posición porque el alcohol ha enmohecido mis articulaciones hasta volverlas un nódulo en el ligamento y el cartílago. El día sucumbe y yo con este.

Camino, subo por el monte mientras el alma resuella por levantarme a las 5 y 30 para preparar la marcha hacia lo que años atrás he conocido de sobra y hoy parece que se mantiene igual, seco, estepario, siniestro a la vez que el sol le recorre de palmo a palmo cada día y el aire se encumbra para dejar caer sobre quien se atreva esas rachas de hielo que hieren en el rostro y los brazos desnudos que el chaleco impermeable deja al descubierto. No hay luz en el cielo aun cuando parto hacia el cerro, hacia el centro mismo de la existencia humana o por lo menos lo que mi mente ha determinado que se defina como tal, tras de todo queda el miedo a la vida, atrás se va a quedar ella con sus ojos marrones que iluminan los sueños de un ebrio que canta canciones que escucho desde su juventud en compañía de su tío y luego de sus camaradas de mesa y botella. 2 horas más tarde el sol ya alumbra los rocíos matutinos evaporando lo poco que hay que evaporar y caldeando el ambiente, transpiro frio en la cabeza y algo parecido al ron pasado por años y años de procesos metabólicos en el hígado a través del resto de la dermis. No hay nadie salvo el aire que silba en dirección a los oídos de gente trabajadora, hay quietud que solo se ve interrumpida cuando un sonoro bruuuummm se cuela entre la maleza marchita y el calor asfixiante propio como un eco preciso de la carretera que hay pasando dos valles sinuosos.  Caminó y caminó y sigo andando sin detenerme a tomar un poco de aliento, toda la fuerza viene de la petaca amarrada al pecho con su contenido ardiente y color ambarino, el medio día raya en el cielo mientras las piedras dejan paso a pequeños montes cubiertos de zacate que no hacen más fácil o más difícil el andar, todo el sudor que genera mi cuerpo se ha adherido a la ropa y el cráneo hierve bajo la fina hilera de pelos que aun posee mi cabeza. Son kilómetros atrás que me dejaron de importar los cientos o miles de años que pase encerrado en la casa escuchando los gritos y lloriqueos de mis hijos que hoy como todos unos hombres me odian, me ven con los ojos rojos y me desprecian hasta el cansancio. Debe pasar ya el medio día porque el sol me va a derrotar en cualquier momento mientras mis pies tartamudean con cada paso dado sobre las rocas de basamentos antiguos. No hay nadie que me recogiese en caso de que caiga y probablemente muera en la desolación consumido por los animales nocturnos que primero olfatearían en torno al percibir el olor rancio del hombre y luego se acercarían despacio, poco a poco para jalar un zapato, tentar a la suerte para saber si todavía hay peligro. No lo hay, no al menos que sus venas tengan alcohol, no a menos que su carne este envinada. Seguirán primero con las partes fáciles, mis muslos, los pies, el estomago antes de que al amanecer lleguen los buitres y las moscas y se adueñen del festín completo. Sabré que al menos mi muerte sirvió para alimentar a tantos como sea posible en una alegoría bastante mezquina de lo que siente Cristo cada que devoran su carne y su sangre para perpetuarlo hasta la saciedad. Caigo la primera vez a la sombra de un matorral que no alcanza siquiera a cubrir las llagas que se forman debajo de la manga corta de la playera azul. Me levanto y ando y sigo caminando hasta que el cielo termina en un infernal caleidoscopio de colores que gira y gira y gira sin detenerse en instante alguno y termina su ruleta al chocar con un matorral lo suficientemente grande como para albergarme a mí y a un par de víboras que salen huyendo. Abro la anforita de metal resplandeciente perteneciente antes a un hombre muy diferente, con sueños, hijos, esposa, una carrera por explotar y sobre todo mucho, tal vez demasiado talento que se fue terminando como los litros de cerveza consumida bajo el pino que había detrás de la primera casa y que se volvió baño y confidente al mismo tiempo; la anforita vierte sobre mí su contenido sin prisa, sin detenerse tampoco, fluye como el rio donde seguramente la chica de los ojos hermosos se baña cada verano o se zambulle para obtener algo de alimento o algo de fresco, donde el rio que yo he conocido en antaño se llena una vez al año en verano para después dejar paso a cientos o miles de charcos putrefactos de lama y renacuajos enterrados que no llegan a ver su mundo vuelto un maremágnum de ramas, arena y agua, agua…agua. Un pie tras otro, y otro tras otro y así hasta regresar por el camino que me devuelve a sus ojos compasivos y tristes, un brazo aleteando intermitentemente hasta que el roce en mi axila se vuelve insoportable, el sol cae de costado y el fuego de mis intestinos se asienta, se vuelve uno con mi respiración cortante, discordante, atrapada en el cansino ir y venir que alimenta el cerebro y los pulmones de aire frio. El corazón bombea sangre a ritmo frenético, suena cual si de un tambor sin ritmo, desbocado y marcial sonara dentro de la caja torácica. Esta oscuro cuando paso bajo el umbral de la casa de mis viejos, esta oscura la casa y no se siente mayor presencia que la de los insectos que se arrastran, reptan o trepan mientras me desplomo sin fuerza y completamente ebrio en la cama rechinante. El cerebro se desconecta de golpe y ella desaparece de mi memoria, de mis manos que aun no la han tocado y de mi sexo que la quiere poseer. No hay nada bebible, más que el veneno incoloro e insípido del agua perteneciente al pozo. La noche es larga y apenas inicia.

De nueva cuenta me he levantado en medio de la noche, a qué? A sufrir por la orina caliente que fluye a pocos metros de distancia de lo que antes fuese un pirulí y hoy es una costra de ramas y carbón, allí donde mi madre nos correteaba con una de sus ramas endebles para castigarnos por haber roto el cántaro o por haberle visto los calzones a la tía fulana, allí donde mi padre fue testigo de la primera complicación de piedras en el riñón, o donde mi hermano se hizo hombre con aquella mujer de las perlas en la boca, toda una vida de decencia e indecencia que se ha marchitado en el mismo momento en que la vieja se murió, en que el hijo prodigio se enchufo con la bebida y se olvido de sus raíces. Me toca reparar el daño que he hecho a este mundo pero no quiero, no quiero y no puedo hacerlo, estoy en una cruzada interminable para terminar con mis intestinos de a poco, de a mucho, con sangre y vino. 

Son las 9 am, hace muchas horas atrás que se ha terminado la ultima botella que traje de mi visita al pueblo, no lo hare más, no más. Quiero dejarlo mientras el último escalofrió me recorre, me contrae la piel y la vuelve ultra sensible. Salgo corriendo mientras el temblor me sacude de arriba abajo, sigo corriendo mientras mi cerebro rebota en su prisión y le atiza aguijoneando la necesidad, estoy sudando frio nuevamente pese a que el sol se haya por todo lo alto en una mañana fresca, estoy temblando y vomitando mientras los animales alrededor bailan en un ritual de muerte y agonía intima conmigo. Dos números tocan, vida y muerte; dos números bailan, cazador y presa; no me toman por nada importante, no salen huyendo y me observan con sus ojos calientes y vivos, no me compadecen y son eternos. Ella llega, ella me ve y huye, ella. Todo se queda en total quietud mientras me convulsiono con la boca reseca y con sabor a dulce, lo sé, lo he sabido siempre que el final llegará cuando y donde quiera el condenado Cristo que hizo tan rica su sangre. *Vuelve!*gritó,* vuelve!*gritó de nueva cuenta en espera de que me dedique la misma mirada de miedo que un animal pequeño, no es ella, no es ella quien viene cerca, dos, tres metros quizás. Me levantan con la misma seguridad que alguien carga a un niño desvalido, pasos sin vacilar, pasos que se afianzan sobre la tierra obscura, pasto seco, una piedra que rueda y va a terminar varios metros más allá. Es de día todavía, es de día cuando me acuestan en una colcha vieja y me llevan por kilómetros y kilómetros en una camioneta descubierta, el cielo parece inmóvil, parece quedarse estático mientras todo a su alrededor se mueve en dirección contraria. Oigo a lo lejos la voz de un hombre que grita, un hombre que me sacude cada tanto mientras mantiene asido el volante de su vehículo que apesta a orines, mis orines. Deja de bombear sangre, deja de pensar, muérete ya de una vez, deja de dar lastima, deja de embrutecerte con lo peor, deja de abrazar historias de vida y muerte que se agolpan en el cerebro y se pierden en el lápiz o el papel. Muerte, muerte. No estoy muerto, no todavía, no todavía pese a que me sabe a vomito la lengua, mis dientes y encías sucias. No estoy muerto y lloro, de lado, de costado mientras alguien me da unas pequeñas palmadas en el hombro, no estoy muerto y desearía estarlo para no sentir esa sensación de necesidad, de necesitar el  alcohol para vivir. Ahí en el cajón metálico que se sigue moviendo con rapidez el vomito de alcohol se confunde con mi orina, con mi sangre, con mis letras y mis pensamientos que fluyen con la misma rapidez hacia el precipicio, hacia la nada y el todo que se va quedando detrás. 

Quién es? Quién es este ángel metálico que me trae de nueva cuenta a la vida? Porqué lo hizo? Se parece a él, se parece a Mauro, se parece a Carlos, se parece al viejo. No, no se parece, en realidad es el viejo, es la reencarnación del viejo; mi padre ha venido a auxiliarme en la lucha mortal que sostengo, pero no, el viejo no me ayudaría, al contrario me hubiese dado una patada; me hubiese gritado que era un marica y que no importara si tenía uno o dos hijos seguía siendo un mariquita que clamaba por su madre, que imploraba que le trajesen a su madre por cualquier cosa que le diera miedo en la vida del monte. No, el viejo jamás me habría sacado, al contrario me hubiese dado una botella y me obligaría a bebérmela toda, hasta el fondo, hasta que el gusano durmiese su sueño eterno en mi esófago y se pudriera por fin allí. No, el viejo no pudo ser, el viejo jamás manejaba, el viejo odiaba los autos y más aun las camionetas desde que una de esas mato a “su” Mauro, desde que una Dodge 70 le arrebato al condenado Mauro por ir enfiestado y con las botellas dentro.  Es Mauro, es Mauro y en su venganza es que me lleva con él hacia el infierno por no haberme muerto con él esa noche; es Mauro que quiere un acompañante en su viaje. Pero Mauro no manejaba una Durango, Mauro siquiera manejaba la camioneta cuando murió. Tal vez es Carlos que por fin pudo terminar de robar algo de valor, algo que valiese la pena y no la basura que siempre llevaba, tal vez esta vez se robo la camioneta del esposo de Citlali, y van en fuga hacia el otro mundo, hacia el otro universo, me llevan con ellos como lo prometió alguna vez.  Pero no, Citlali no usaba el pelo largo  y siempre traía un moño,  el adorno color morado que quedo embarrado en el machete de su esposo. No, Citlali jamás hubiese permitido que llegara a orinarme y casi morir, antes me habría traído una cubeta de agua helada y me hubiese volteado boca abajo, así era ella, una santa, una mujer que nació para amar a muchos y no a uno solo. Una verdadera virgen de la piedad que era ella. Quién es? Quiénes son? Porque hablo en plural de ellos cuando solo he visto y sentido la mano de ese buen hombre idéntico a Mauro, idéntico a Carlos, y a mi padre. Tal vez un poco a mí y a los chicos, no logro enfocar la mirada y me pierdo en el alucine de creer que son mis muertos y mis vivos los que me han recogido para evitar que me pudra en el matorral como siempre desee hacerlo.

Al lado mío esta la mesita con mi cartera, mi cinturón, mi pantalón, mi petaca plateada abollada y mi camisa a cuadros llena de tierra, vomito y demás, al otro lado esta ella, con su pelo castaño desbordado por la cama entera y profundamente dormida  apoyando su pequeña y delicada cabeza apenas a unos 20 centímetros de mi entrepierna, me entra un escalofrió. Frente a mí, opuesto al cristo de madera que me cuida la retaguardia esta él, alto, duro, correoso, de bigote poderoso y las manos callosas de una vida dura en el monte, el pecho imposible, la mirada dura y moralmente brutal, me mira y no hace mayor aspaviento, lo hace y me golpea mentalmente con el látigo de su desprecio, me sabe débil, me sabe un cobarde amparado al alcohol. Sin embargo no le conozco, no tengo la menor idea de quien sea, o que jodidos quiera de mi aparte de salvarme la vida. Habla, me cuenta por qué y  cómo es que ha llegado a mí; me conoce de antaño, me recuerda el pasado, sabe cosas que nadie fuera de la familia tendría que saber. Al final sus palabras cubren el hueco en mi memoria y se forma ese recuerdo que había jurado nunca más volver a revivir, es mi medio hermano, es la sangre de mi padre que nunca se mantuvo quieto. Mayor que yo, mayor que mis vicios y temores, seguro de sí mismo pese a que el viejo lo visito una o dos veces antes de que Mauro muriera. Manuel es su nombre, Manuel se llamaba mi padre, Manuel se llamaba su padre y el padre de su padre que reposa en el camposanto como si el engaño y el traer hijos por fuera de su juramento ante Cristo sea un acto de buen católico. Es Manuel, es Manuel mi medio hermano, el padre de esa mujer que me ha rescatado de la muerte, que con su preocupación me salvo de la muerte y me permitió volver a vivir para morir otra noche, otra tarde, en algún momento cuando se acabe el suero etílico que corre apenas lo justo por mis brazos, piernas y arterias que juguetea por todo el atravesado cuerpo.  *espero que te mejores* y vuelve a salir, desaparece de mi vista con su presagio infernal de que nunca más le veré, que allí queda el pasado y lo único que me ata a mi padre en el futuro, la misma barba partida, los brazos fuertes y los ojos cansados, tal vez algún día descansen para siempre esos recuerdos donde deben permanecer.
Hay sudor, hay lágrimas de odio hacia el mismo universo, me estoy 
muriendo con la boca seca y con ese sabor a cobre que tanto agradezco por las mañanas, cualquier mañana excepto esta; el doctor ha dicho que nada de alcohol o me muero. El doctor puede morir y me vendría importando una mierda. Son las 12:23 del mediodía y mi cerebro solo procesa la información de que mi hígado, mi páncreas, todo el maldito sistema nervioso me exige una bebida que no tengo y nadie quiere darme absolutamente nada. Escupo hacia el piso de concreto mientras ella me mira con sus ojos temblorosos, ella me mira mientras maldigo a dios, a los ángeles, a todos  los condenados al purgatorio en espera de que el alcohol salga en tropel desde la maldita bolsa de suero que gotea, plop- plop- plop, 14 gotas por cada hora, 14 inyecciones letales para mí y mis vicios mientras el suelo se convierte en un inferno viviente, una mezcla de putrefacción y maldiciones. Son las 12:25 y no consigo serenar el fuego de mi corazón. Una enfermera se acerca y anota con su pluma blanca en una hoja pegada a una tablilla, el plop-plop aumenta hasta 16 y sigue subiendo gradualmente mientras grito y me arranco con mis últimas fuerzas la aguja que va a parar a un costado de la cama, metal contra concreto, frio contra ardor, estoy fundido y aturdido cuando me logro poner en pie, son las 12:27 y el cielo cruza el horizonte de la ventana mientras vuelvo a regresar a la cama auxiliado por dos mujeres fornidas y vestidas de blanco pulcro, mis gritos son correspondidos a un *cállate hijo* no lo consigo y una nueva andanada de golpes y sujeciones me atan a la cama dura y sin forma definida de un hospital. Ella ve todo, asustada como el primer día, tiembla que tiembla frente a la secuencia de imágenes de un borracho del cuerpo de nuestro salvador y que arroja espumarajos por la boca deseando estar muerto, deseando que todo hubiese acabado en el cerro o en la camioneta que lo trajo a la vida nuevamente, maldice a quien lo aparto del trote de los caballos que lo llevaban hacia su destino merecido.

Le tiendo la mano después de la infructuosa lucha con mis ángeles de peso considerable y se queda observando esa mano delicada apenas un poco más blanca que la suya pero infinitamente con menos vida; parece una eternidad la que transcurre hasta que por fin la toma entre las suyas; ásperas, de callos y uñas idénticas a las de un felino exótico. Lloro, lloro e imploro que me saque de allí, que me lleve al menos una petaca con ron o mezcal o cualquier combinación que me ayude a sobrevivir. Me sigue viendo a los ojos que ahora comprendo son la mar de idénticos a los míos, a los del viejo y los de mis hijos que ahora seguramente flotan en un paraíso terrenal al librarse por fin de ese yugo, el lastre que soy para ellos. No me da nada, me deja flotando entre la inconsciencia y el letargo de una muerte que me reclama desde hace muchos años, esta trazado en mi destino según me dijo una adivina un día.

Hay niebla o es otro sueño? Ella me acompaña pese a que no tiene porque hacerlo, se ha quedado a mi lado aun después de que viniese mi mujer y al verme allí conectado al aparato literalmente me hizo firmar el divorcio, ella se quedó muda, estática, cual estatua contemplando el saqueo de Roma a mano de los Tártaros o cualquier grupo vandálico que fue esclavo y amo al tiempo. Me mantiene asido por un brazo, el más débil, mientras salimos con el sol pegando de frente mío, casi no recuerdo otra cosa que no sea su nombre, casi consigo olvidar el mío en el transcurso de la noche, de toda una vida; allí de pie a la carretera minúscula que pasa frente al hospital esta la camioneta de Manuel, me ve y sonríe, son casi las 10 de la mañana de un sábado de gloria y no saben lo bien que me caería que el señor me bañase con su sangre.

SR Marzo/mayo 2013

jueves, 9 de mayo de 2013

La llamada

La llamada

Andrea comenzó a releer su tarea, le parecía insulsa y carente de sentido práctico pero era lo que la profesora de literatura había pedido; tachoneó un par de errores ortográficos y cambio dos veces el titulo, se fusiló un par de líneas pertenecientes a una canción que no podía dejar de tararear y que se había aprendido en el día después de escucharla cerca de 20 veces. Tarareaba la misma canción mientras leía y corregía el trabajo escolar. Sonó una vez su celular, no contesto, sonó dos veces y mantuvo la goma del lápiz en su labor de borrar los tachones que había hecho minutos antes, tres, cuatro veces, hasta que se quedo mudo por fin. Instantes después timbro el teléfono inalámbrico que estaba a menos de 3 pulgadas de su codo, era la llamada que había estado esperando, sin variar la expresión dijo secamente “ahí estaré”. Los ojos azules se asomaron por el pasillo adyacente a la puerta y relampaguearon al notarlo vacio, se dirigió a la puerta que daba a la calle y al salir volteo hacia el cielo “probablemente mañana llueva”.

Los ojos azules le regresaban la mirada mientras se maquillaba débilmente con una sombra pálida, no quería llamar la atención, se metió en unos viejos jeans y una sudadera obscura, escucho  el timbre apenas segundos después de que pasara su cabello obscuro por la pieza elástica con la que se hizo una cola. Se sonrió con el chico guapo que entraba minutos después, un pequeño beso y ambos se dirigieron al jardín, se tumbaron allí y comenzaron a hablar de música, chismes, música, tv, chismes, música; cuando se hubo acabado el encanto ella lo despidió con un beso en los labios y un adiós lento y pausado como la tarde.

Abrió los ojos aun medio pegados por el sueño y el sudor, tenía hambre pese a que eran las 7 de la mañana. Bajo lentamente por los dos tramos de escaleras y al abrir el refrigerador  saco un cartón de leche y cogió de la estantería el cereal. Un solo plato y lo lavo en cuanto termino de desayunar. Se volvió a su habitación y se coloco la misma ropa que traía ayer, bajo nuevamente los dos tramos de escalera y en lugar de agarrar a la derecha, hacia la puerta principal, torció a la izquierda, a la puerta blanca que daba al sótano, descendió después de encender la luz, encontró la pala que su padre había comprado y recomenzó a abrir el agujero en el que había trabajado gran parte de la noche, sudaba nuevamente mientras la sinfonía número 9 de Beethoven salía en pequeños silbidos de su boca, sonreía con cada palada y cada golpe certero del pico que atravesaba una pequeña porción de la tierra ennegrecida. Se sentía feliz en esa pequeña burbuja por ella creada, en aquel espacio totalmente suyo que la apapachaba como nunca nadie hizo en vida, ahora era una persona completa. Había nacido por fin.

Depositó con todo el cuidado del mundo la cabeza de su madre, mirándola fija desde los ojos de terror infinito, enseguida la cabeza de su padre con el mechón de cabellos aun semi-arrancado y finalmente la del pequeño Bruno, su hermanito que no atinaba a entender en esa mirada pétrea el cómo o el que. Cogió el cuchillo que había usado la noche anterior y se abrió las venas llenando con su sangre las bocas de sus padres y hermano, minutos después se desplomaba sin fuerzas sobre el agujero cubriendo las cabezas, al fin había cumplido con la llamada de Dios.

SR Abril 2006

sábado, 4 de mayo de 2013

Caminando

Caminando

Nadie le hacía caso, nunca, ni su madre, ni su ex mujer, ni los alumnos, ni siquiera el perro que cuidaba aparentemente de él. Rosco prefería vivir fuera de aquella casa antes que compartirla con Manuel, en cuanto lo escuchaba llegar por las noches se paraba junto a la puerta y apenas la traspasaba el hombre el canino salía disparado para volver hasta la madrugada cuando comenzaba a ladrar para que el desdichado le abriese. Así había sido durante los últimos 6 años. Manuel era un perdedor y jamás se arriesgaba en nada, así lo había dicho su mujer, así lo había mandado al cuerno su propia madre. En la colonia lo conocían como “el tacuches” sin embargo rara vez era respetado o siquiera auxiliado por sus vecinos; incluso en su propia contra tenía el raquítico sueldo que obtenía como profesor de español en una secundaria, que se le iba en visitas al médico, el cual harto ya de informarle a Manuel que no sufría de ninguna enfermedad comenzaba a cobrarle mas y mas por placebos que ilusionaban al tipo.

Recorría en metro desde Pantitlán al Politécnico y de ahí abordaba el camión que iba hacia Cuautitlán, se bajaba en San Marcos y de ahí caminaba 5 minutos para llegar apenas barriéndose a dar su primera clase en la vieja secundaria. Había sufrido ya 3 asaltos, y dos de ellos a manos de sus propios alumnos, en los cuales perdió el reloj que su padre le diese antes de irse, las identificaciones (que después encontraría en el tambo de la basura de la secundaria) y dinero. Los sábados y domingos los pasaba encerrado en la casa de tabique desnudo ubicado en la avenida 7 y en cuatro ocasiones había tenido que reponer la televisión y una computadora de escritorio que meses después el vecino de al lado le insto que ayudara a reparar. Manuel lo hizo y pago la compostura.

Todo era monótono, repetitivo y descorazonante para él, había dejado de esperar cualquier aliciente para su vida hasta que una mañana al llegar a su trabajo saludo amablemente a la portera que barría la entrada mientras mascaba uno de esos chicles de nicotina y le espeto un “cállate imbécil”, Manuel siguió su camino sin detenerse a contestarle a la mujer que mantuvo la vista fija en el encorvado hombre mientras volvía a mascullar “pendejo”.  Manuel tocó a la puerta de la oficina de profesores esperando encontrar a su amigo Rodolfo (que fungía como su asistente en algunas ocasiones) y no lo encontró, sin acelerar o disminuir el paso enfilo hacia el salón de usos múltiples donde encontraría a su amigo entrañable dándole caña a su ex mujer encima de una de las tarimas “que te parece perra, nada como un verdadero macho verdad? O quieres que te coja como el pendejo de Manuel?” “calla, calla…no menciones a ese pendejo”. No reacciono, no mudo la expresión, regreso por donde había subido y paso nuevamente a través del acceso principal de la escuela, camino y camino rumbo a la parada del camión, pero no se detuvo, sino que siguió rumbo abajo hasta encontrar Periférico, mantuvo el paso y mantuvo el desconcierto ni bien siguió su rumbo hacia el metro, llego a casa de noche y al encender la luz del traspatio encontró a Rosco en un charco de sangre, un balazo en la cabeza, muerto y meado encima, salió nuevamente a la calle mientras elevaba los ojos al horizonte negro y lleno de contaminantes, una tormenta parecía nacer hacia el este. 

SR Abril 2006