martes, 8 de diciembre de 2020

No hay nadie que piense en ti

 Lo último que había escrito antes del apagón fue una serie de porno historias, se sentía un adolescente cuando lo hacía. Cuando a cada tecleo venia una oleada de sensaciones, aunque de tanto hacerlo terminó por aburrirle, a no provocarle ni el menor interés en seguir con ello. Pero el trasfondo mostraba su miedo más oculto, que hubiera perdido la capacidad para escribir, se sentaba todos los días frente a la máquina y esperaba a que las palabras acudiesen, esperaba con el fuego en las entrañas, algo lo jodia. Algo detenía lo poco o mucho que pensaba, pero no se atrevía a romper la blancura absoluta de la página.
 

Escuchó el timbre que le trajo recuerdos de una etapa previa donde todo era más fácil, pero resulto que no era su timbre, sino el del vecino, el chico agradable, el tipo bien vestido que todos los días saludaba a la gente que se cruzaba frente a su andar rumbo al trabajo. Ni idea de que era lo que hacía, por la ropa podía intuir que se dedicaba a un oficio pesado. Jornadas que duraban lo suficiente para evitar que la polla se levantase con toda seguridad, pero quizás fuera más allá, uno de esos hombres cuyo trabajo más destacado era el ser una incógnita para todos. Se quedó unos instantes escuchando a la persona que estaba del otro lado del pasillo que separaba las dos viviendas, oscuro, tétrico pasillo con una bombilla que parpadea y que refleja la dificultad de encontrar un encargado de mantenimiento adecuado. Nadie se molestaba en tratar de arreglar cualquier desperfecto, pagaban lo suficiente al arrendatario para que cualquiera se volviese un inútil frente a los problemas.
 

-Eres un imbécil!
 

La voz indudablemente de una mujer, chillona, la imagina flaca con poca altura y una cara aniñada que le regresa la memoria a su adolescencia, cuando estuvo atrapado por una niña así, una pequeña bastarda que lo mantenía dentro de los límites de la amistad, él no quería eso, él quería todo de ella, pero jamás paso de ser el mejor amigo. La voz le revuelve el estómago, porque le revela una etapa que le hace daño, que le muestra aquella realidad que jamás desea enfrentar; ya no solo como ejemplo del desastre que es su vida amorosa, sino la etapa en que se rompió el brazo, en que tuvo que trabajar para salir de la miseria, de la casa con sus padres peleando todos los días hasta que la mujer se fuera, hasta que la familia colapsara, y todo ello viene envuelto en aquella voz que cree que es una maldición de su propio pasado, de su memoria que lo atormenta en las noches sin que pueda recordar al día siguiente nada. Irremediablemente se retrae, sin darse cuenta su codo choca con la mesa que se halla al lado de la puerta.
 

Se encoje de hombros, no le importa. Al final todo lo tiene aquí, lo malo, lo bueno y lo imposible. Lo más seguro es que aquella mujer que se encuentra en el grisáceo pasillo mal y poco iluminado, sea una más de la colección que su vecino tiene. No lo envidia, no desearía ni estar siquiera 10 minutos en sus zapatos; no, esa vida es muy compleja para alguien como él, alguien que tiene casi un mes sin escribir una mierda, que no encuentra los motivos suficientes para desatascar el torrente de palabras que se agolpan en sus dedos. La electricidad la siente, la palpa, no es como si hubiera desaparecido o nunca la hubiera poseído. Pero no puede, y no tiene los enunciados necesarios para que la historia avance.
 

-ojalá te pudras! Hijo de las mil…
 

La puerta vibra, el departamento parece que se vendrá abajo, la voz continua con toda la retahíla de obscenidades de las que se puede acordar. La mujer debe ser una autentica fiera. Pero recuerda algo, recuerda que afuera esta oscuro, y aunque hace bastantes días que no sale al sol y siquiera lo ve en la ventana filtrándose por lo bajo, sabe que debe ser de noche, las historias venían siempre así. De noche, aleteando en sus fosas, vomitando toda la histeria acumulada en el día a día. Vuelve a escuchar con detenimiento el tic-tac de un reloj que no es capaz de ubicar en su propio departamento, las mismas paredes de un color cercano al rosa, pero que seguramente su propia incapacidad para conocer más allá de los colores que aprendió en la primaria le vuelven incompetente para determinar qué color es en realidad.
 

El tic-tac deja su lugar a un taconeo que se escucha como perdido en el tiempo, en las lágrimas de una relación que se murió sin llegar jamás al puerto al que todo mundo le dijo que llegaría. No es una historia bonita, no es una historia siquiera, no hay ninguna mujer de apariencia elegante tras la puerta en el pasillo tocando la puerta de un vecino inexistente. Son poco más de las 1 de la madrugada, escribiendo desde un rincón de la memoria, buscando los pretextos necesarios para que el ciclo reinicie, con la violencia necesaria, los golpes en el teclado que le apresan los dedos, buscando la historia tan perfecta que sea capaz de ir para atrás y para adelante, sin importar que en el último párrafo todo parezca una confusa mierda, no creo que sea nada personal. Era necesario mientras escucho corridos y espero que una cerveza bien fría tenga el ánimo de inventar una historia que un día me ponga chinita la piel del brazo. Quizás lo haga, quizás está tan cansado para imaginar que lo único que hago, es inventar una historia sobre esa mujer que tocó la puerta de mi vecino, un día tan distinto, una tarde más de la vida.
 

SR Invierno 2020

martes, 3 de noviembre de 2020

Ensoñaciones

 Todo iba mal, había vuelto a beber y una noche deje la botella semivacía. Algo me estaba convirtiendo en todo aquello que odiaba, o que imaginaba que odiaba. Algunas veces parece que todo irá por el camino menos transitable, y comenzamos a sacudirnos con la violencia necesaria. Los pequeños movimientos que arrancan los suspiros, deje de caminar y me senté a la orilla del camino, había un riachuelo a lo lejos, el sol estaba en todo lo alto y yo en medio de la nada; quise decir que no había tal camino, era el que me iba labrando con mis botas, no usaba algo de marca, de hecho no tenía botas, eran simples zapatillas deportivas que amenazaban con hacerme caer por alguna de las laderas escarpadas. No tenía ni puta idea por donde estaba, el cielo era claro, el ruido de la nada, el sol en todo lo alto mientras algunas aves vuelan alrededor, haciendo el amor en el aire, como hemos soñado todos los malditos humanos desde el comienzo de la vida misma, volar por encima de otros, defecarnos en las leyes de la física y la biología que nos mantienen unidos al condenado suelo. El cielo era claro, azul, con algunas nubes muy lejanas, en ningún momento cubrían el rayo inclemente del sol. El sol estaba en todo lo alto, con mis recuerdos jugándome a la contra, deje de beber una noche de otoño. La recuerdo porque seguía atrapado en las noches jodidas de no poder escribir nada, de estar sometido a la tortura de la idea. Siguiendo las pautas de unos ruidos infernales, quise abrir los brazos y dejarme caer en aquellos montes cubiertos de zarzas y cactáceas altas como dándole un dedo medio a aquel jodido calor de desierto. Estaba en una zona que a nadie le gustaría estar, hable antes de un riachuelo, mentí, lo más probable es que sea otra de esas alucinaciones auditivas que me escuecen dentro de la mente cada tanto. Quisiera que me dejara el sol, el condenado rayo de los medios días de un día de octubre, tal vez septiembre. Faltaban muchas horas para que el manto de oscuridad se deje sentir, en realidad no tengo ningún interés en conocer a los coyotes; hay coyotes, famélicos que roban una gallina acá o un pinche conejo en algún punto de este cerro desvencijado. Abrí los ojos aquella tarde, en medio de la nada, con el sonido más puro, la inocencia de alguna niña siendo violada por los vaivenes infernales de la catequesis. Quise abrir los ojos realmente, no podía, el miedo estaba presente, siempre lo ha estado, como si las mentiras fueran su principal combustible. El sol estaba en todo lo alto, mientras los pequeños insectos de colores tan antojables como repelentes se aparean en espera de otro invierno jodido, el sol calienta las espaldas de todos y cada uno de los que nos encontramos aquí, pequeños insectos de vientre claro que danzan mientras enseñan a la siguiente generación a morir tan rápido, algunos no conocen otra estación que aquella en la que han nacido. No hay eclosión continua, los días son rápidos y tienen un trasfondo peligroso. Di un par de pasos hacia el vacío, que se abre con unos 10 o 15 metros debajo. Alucinaciones dañinas, en realidad eran 3 o 4 metros, si fuese más ágil me brincaría para no rodear, ahora lo comprendo, debo rodear esa pequeña caída, en lugar de avanzar de frente, lo que reduciría el tiempo en 1 o 2 horas, me veo en la necesidad de caminar por un trayecto más largo, tal vez 5 horas más perdido, aunque no tengo realmente a donde ir. O porque apurarme. El sol estaba en todo lo alto, enseñando los colmillos en medio de la nada. Quisiera ver tus dientes, el perro dorado camina tras de mí, siguiendo los pasos de alguien que vacila cada tanto, traigo la ingle rosada. Hace muchas horas, no quiero seguir avanzando, no quiero seguir perdido, necesitamos el comienzo de la noche. Pero aún está lejos, la cosa debe andar cercana a los 35 grados, para mí el infierno está mucho más congelado. Los días sucesivos vendrán tras momentos de calma absoluta, estas seguro que por más que quieras seguir de frente, el golpe de aquella mañana te evitara seguir, sigues vivo, bajo aquel rayo del sol, luego de caminar por casi 4 horas, con la jodida entrepierna envuelta en fuego. Debiste ser más listo, no lo eres, el sol te ha dicho eso, todos te lo han dicho, te has perdido en el abismo, no ese pequeño agujero cubierto de maleza que se abre frente a ti en esa tarde de otoño, sino aquel hoyo negro que te obliga a seguir mirando hacia la nada para entender porque sigues vivo. Abrazas el calor que sube desde la hedionda entrepierna, desearías estar muerto, al menos no tendrías el futuro que se avecina, ese donde sigues vivo y arrepintiéndote por no darte un tiro cuando pudiste, son las casi 2 de la tarde, el sol está en todo lo alto y tu estas perdido en una ensoñación innecesaria. Quisiera ser más divertido y no hundirme. Son las 2 de la tarde de una tarde de otoño, te has visto reducido a esto, a hablar sobre el destino cruel que te espera, casi 3 horas después logré avanzar, nadie hay aquí. El sol está en todo lo alto.
 

SR Otoño 2018

sábado, 3 de octubre de 2020

Los mensajes que nos perdemos por encontrarnos idiotizados

 Nunca había estado ahí, no me gustaba de hecho, las dos puertas abatibles de madera aún se balanceaban cuando me deje caer en una de las sillas de metal, el poco público asistente apenas me dirigió una mirada. No era nuevo en eso de ir a las cantinas, pero si era nuevo en aquella, lejos de todas las anteriores, un sitio deplorable con una mesera que lentamente, como si deseara estar muerta se acercaba viéndome con su infinita sabiduría.
 

-¿quiere ordenar?
 

Aun no me resignaba a que comenzaran a tratarme como un adulto, digo, tenía poco arriba de los 30, pero de alguna manera me sentía como un jodido adolescente todavía. Mi ropa no era síntoma de ella, hacia casi 3 meses que vestía formalmente, así no tuviera empleo. Un traje carcomido por la mierda. Pedí una cerveza, luego de observar la carta, todo lo demás era muy de adulto contemporáneo, me sentía un poco rebelde, pero a nadie allí parecía importarle lo mas mínimo. Llevaba un par de días atascado en el alcohol. Mi madre había muerto apenas 4 días atrás. Nadie le había llorado tanto como mi hermano, estaba devastado, pero increíblemente tenía la fuerza suficiente para hacer todas las gestiones, yo estaba jodido. Perdido en cuanto bar o sitio me encontrara. De nada servía todo eso, lo tenía bien claro, pero no sabía que más hacer, no era tan jodidamente fuerte para llorar por todos los rincones a la menor provocación, y luego arreglar la cantidad de jodidas cosas que había que hacer. Mi hermana tenía que vérselas con sus propios problemas, un esposo un hijo de puta, su hija una puta y un destino incierto; para nadie era un secreto que le podía sacar mucho dinero a todo eso. Mi madre no era rica, nunca lo había sido, pero había trabajado hasta el último día de su vida para el gobierno, y alguien tenía que hacerse cargo de su plaza. Mi hermana era la buena para ello, yo no quería ni podía, y mi hermano no era muy bueno para ello. La cerveza sabía peor que una patada en los testículos. Llame a la mujer, que se arrastró decididamente por todo el piso recién encerado por la mañana de aquel lugar, lo sabía por el brillo.
 

-¿si?
 

En su escaso vocabulario encontré las respuestas necesarias, pedí una nueva cerveza de esa mugre que comenzaba a aflojar todo, como si fuera un tobogán, donde los recuerdos se sucedían con la misma celeridad que una pendiente de jodidos 65 grados, esperándome al final un condenado foso lleno de pinchos, de todos los malos momentos que podía esperar, de la cantidad increíblemente pesada de mierda que se aglutinaba al fondo. Pero no era nada que no hubiera pasado antes, quería a mi madre, pero no tanto como para hundirme en la mierda. ¿A quien jodidos quería engañar? Su muerte era una excusa para seguir bebiendo, porque a un ebrio le puedes dar la mínima y necesaria idea para que todo se convierta en su motivación para el vicio. Lo necesitaba, lo anhelaba y deseaba hundirme en él. Apareció la mujer con la bebida y ya pronto me trajo un plato de alguna mierda, no se veía nada apetecible pero decidí probar, al rincón de mi estómago junto a aquellos frijoles refritos que comí hace 2 días le pareció repugnante y así me lo hizo saber con un gruñido, o quizás era el hambre devastadora.
 

La mujer tenía la cara hundida y picada por la necesidad de alcohol, ella abría el grifo tal vez más que yo, sus piernas eran torneadas, llenas de varices, llenas de moretones de algunos golpes en las mesas que rodean la mía. También incluso por los golpes que seguramente el hombre que se la coge le propinaba, debía ser lo suficientemente inteligente para no atrofiar lo mejor que tenía aquella mujer, entrada seguramente en sus 40s, con una docena de kilos en aquella cintura que alguna vez fue decididamente firme. Los glúteos oprimidos por una falda que invitaba a pensar que era cuando menos dos tallas menos, pero sigo creyendo que la vida era toda ilusión y que los mismos fantasmas que me recorrían eran los que me hacían creer que estaba peor de lo que podía imaginar aquella mujer. Abrió su boca, el chicle asomo por encima de la lengua y en medio de aquellos dientes picados por los años y años de mala higiene bucal, me estaba tocando el hombro, jodidamente esperanzador, le hice señas para que se acercara y le pregunte por la cantidad de pesos necesarios para que se empinara y me dejara verle el ojete. Sonrió un poco, y luego se fue meneando el culo. Grotescamente fabuloso, me empalme. Nunca lo suficiente para que se notara o fuera muy evidente para que me sacaran de ese sitio de mala muerte. Me apunto un numero en la servilleta, su nombre y acaso la cantidad que pedía. No esperaba tanto, solo quería sentirme útil una vez más, llegar a casa de mamá y decirle: ¡mira, si soy capaz de hacer algo aparte de beber hasta perderme! Pero lo más seguro es que nunca pasará, que me emborracharía hasta perder el conocimiento y algún o alguna buena samaritana me despojaría de mi dinero, no sería la primera vez.
 

La pequeña máquina que suena incesantemente con música de borracho y amores perdidos me recuerda que hace algunos años yo estaba igual, trenzado por los errores que había cometido y abrazado a cuanto extraño me dejara invitarle un trago para relatarle las idioteces que había cometido en nombre del amor o lo que yo creía que era tal; algunas mujeres habían pasado desde entonces y me había vuelto más cínico, jodido por siempre mientras los días se hacían largos y lentos, con el pelo cayéndose y las estrellas que se ocultaban bajo el jodido smog de la ciudad. Las caléndulas muertas por mi propia equivocación, por mis descuidos y la acción de la vida misma. Pero así era siempre, terminaba todo con una serie de errores garrafales que al iniciar el día se equiparaba con la peor cruda, así había sido por aquel entonces, tenía casi 27 o 28, la verdad no lo recuerdo con tanta claridad como lo podría esperar, pero así había sido, mi vida una autentica porquería llena de alcohol y amaneceres confusos.
 

Apenas 4 días desde que había enterrado a mi madre y ya estaba borracho nuevamente, perdido en la necesidad de no querer entender lo que había pasado, como si con cada copa o botella tomada la idea de que estuviera muerta fuera menos dura, pero aún seguía sin quebrarme, aunque probablemente mi actitud pareciera menos proclive a ello, mi vida era un completo desastre empezando por la jodida cerveza tan mala que estaba bebiendo, siguiendo por la jodida mujer que no quería cogerme pero estaba esperando a que le marcara y me untara su labial horrible y oliera su condenado aroma a cantina, estaba oyendo música que perpetuaba la idea de que debía seguir bebiendo porque eso era la idea de ser un jodido borracho, nada bueno empezaba en aquel sitio, nadie salía vivo de allí, y sin embargo tenía una especie de stop que me impedía entregarme por completo a lo que estaba pasando allí, a que todo ese humo que no se sabía de donde venía me estaba embruteciendo más que la misma cerveza, a que las horas poco a poco dejaban de tener valía, para convertirse en el mismísimo infierno, en aquello que ya se sabía que era tal, mi vida era eso, una reiteración de que el infierno nos lo estábamos granjeando a cada segundo.
 

Abrí de nueva cuenta la boca y saboree su lengua rasposa, llena de los años de vida desigual que había llevado, su aliento me convertía en una masa informe, el pene que entra y sale de su panocha llena de años y años de mala vida, no es que lo mío fuera mejor, pero me sentía menos jodido al expresarlo, y abriéndonos en par mientras la vida se estampaba en las ventanas de aquel motel con olor a cientos de parejas copulando en la semana, quizás sin una verdadera limpieza a fondo, con chinches correteando por todos los rincones oscuros y visibles, con un foco de color imposible de determinar que alumbra justo encima del medio de la cama, con una vida llena de mierda que se acumula por todos los poros que están liberando sudor, y llenando el espacio de un olor tan nauseabundo que me hacía muy difícil contener las ganas de vomitar, de odiarme por no poder detener todo cuando debí, de ser tan jodidamente débil como para no llorarle a mi madre y hundirme en el alcohol, en ese sabor a mierda que recorre mis intestinos desde hace varios días y noches. Y al final sigo allí, sin querer dejar de sentirme como un jodido imbécil, sin dejar de empujar mi miembro dentro de aquella mujer jodida, odiándome a muerte, deseando llorar, sin poder evitar que mis ganas de beber me lleven de nuevo a ese sitio, condenado a repetir todo una y otra vez, como si no fuera suficiente con las repeticiones de mi cerebro, como si fuera necesario que lo vea una y otra y otra vez hasta que todo apunte al final. No debiera tardar tanto.
 

SR Primavera 2019




viernes, 4 de septiembre de 2020

hacía tanto calor que escribí esto en calzones

Conducía en el metro. Lo conocía de vista previamente, tenía unos 45-50 o esa edad indeterminada que nos parece cuando realmente no sabemos que hay con esas personas. Tienen la edad suficiente para estar conscientes de la mierda de vida, pero aún mantienen un rayo de esperanza, igual y no es cierto, pero quieren creerlo. Le daba igual tener un poco de miedo, bebía cada noche al finalizar el turno, se levantaba tarde todos los días y bebía hasta que amanecía, luego paraba para irse a dormir, su esposa e hijos se habían ido. No sabía cómo o cuando, o parecía no tenerlo en cuenta, en realidad no parecía importarle. Los días eran iguales a los anteriores, pero conducir por espacio de 5 horas en la enorme red de gusanos naranjas lo hacía apreciar la vida, parecía que no porque su rostro rara vez sonreía, pero lo hacía en serio, lo puedo asegurar con la misma certeza de que lo esperaba todas las noches al finalizar el turno, siempre en la orilla de los sitios de desesperanza, parecía que nos entendíamos lo suficiente para no invadir el jodido espacio uno del otro. Tenía una idea bastante acertada de lo que podría suceder. Alguna vez vi a alguien que cruzo el punto, ambos le caímos encima, dos dientes menos para el tipo, no volvimos a verle, no sabíamos nada de él, solo que le gustaba beber, con la misma celeridad que el universo se contraía.
 

-dos de Tecate y unos marlboro.
 

Fumaba rojos, hacia casi 20 años, o más. El no fumaba, decía que le hacía doler la cabeza, soportaba que el humo se acercara lo suficiente para tener sus días contados. Todos los teníamos. Pero algunas estábamos decididas a llegar hasta el final, caer en la hondonada de zarzas y espinas. De una caída de casi 40 metros, nadie sobreviviría a ello. Tenía casi 35, salía de trabajar a las 9 pero esperaba siempre a que él saliera de trabajar, lo comencé a esperar con el único afán de tener alguien que me hiciera compañía. No éramos más, no teníamos ninguna aproximación carnal. Todos lo daban por sentado, pero nuestra idea acerca de la compañía tenía como principio rector el no ir más allá. Quien puede saber si ambos lo cumplíamos cabalmente.
 

Los días eran tan jodidamente idénticos que se puede decir que los mismos fines de semana no parecían tal. No sabíamos realmente que había en ello. Nuestras vidas eran un par de porquerías que nos sabían a mierda. La nata de la noche igual, solo esperaba por nosotros para sentir en su vientre el aroma oscurecido del alcohol. Escuchábamos música, no hablábamos casi, quien quería saber si todos los días queríamos estar muertos. Alguna vez nos pusimos a beber con otras personas, no soportamos sus necesidades de existir, de pelearse por la porquería de vida que llevaban, por demostrar que podían querer a todos y a nadie por encima del resto de las personas. Bebíamos variado, aunque quizá cerveza era nuestra predilecta, aunque no es para menos, la oscura era mejor que lo demás, si bien no teníamos en verdad preferencia, bien podríamos esperar hasta que ambos cayésemos desmayados por tanto vino. Una vez así paso, él se cayó y no despertaba, alcance a llamar a una ambulancia, no pude articular todo correctamente, me fui a negro justo después de llamar, apareció en el hospital, ambos lo hicimos, nos robaron todo lo que poseíamos, pero no importaba, nunca lo hacía. Era casi un invierno, de esos que esperas lo suficiente para que la bebida no sea tanto problema para el resto de la humanidad. No es que importase, pero al menos así podíamos beber incluso en su trabajo.
 

La casa donde vivíamos era una porquería, parecía a veces que no había nadie que estuviera tan estúpido para vivir en ella, toda maleza por fuera y un despropósito de afectaciones, lo único que manteníamos era el gas y el agua. Ni la luz pagábamos y todos los vidrios que daban a la calle estaban rotos. Alguna vez aparecieron un par de ladrones que intentaron jodernos el mundo, nos dejaron sin un quinto. Parecía que la vida era una bola que gustaba de fregarnos. Tenía casi 18 cuando probé por primera vez el alcohol, mis padres eran una chalada religiosa y un tipo que amaba el golpear a su beata mujer. No había más, no caí antes porque tenía miedo, luego todo fue para abajo, me quede con el puesto del viejo, mi madre murió, todos se iban. No se mantenían ni las plantas. Él apareció de la nada, me pareció el sujeto más interesante, carente de maldad; amante de la insensatez. No quería nada con el mundo, y parecía que por más intentos que hacía para que la vida se fuera al garete, esto no llegaba, nos vimos con el mismo reflejo. Ambos éramos feos para el resto, eso nos permitía aislarnos, no estar esperando a que alguien nos jale hacia la vida. Preferíamos hacernos compañía en la soledad de nuestros pensamientos, como si fuera una certeza, de todos los días que nos quedaban por vivir, afrontábamos la vida como una loza pesada. Le agregábamos ideas destructivas con cada mañana, con cada golpe que dábamos.
 

Solo lo vi pelear una vez, algo que nunca más se repetiría, como si fuera la última exhalación de su vida, de la necesidad de ser alguien, la gano, necesito tres golpes. Creo que necesitaba eso, necesitaba una última victoria que pudiera rememorar en su cabeza cada noche antes de que se acabase todo el rollo. No recuerdo el interior de la casa, probablemente había un pequeño sillón donde dormía la mayoría de las veces, lleno de arañazos, quemaduras y vómito, un caldo de cultivo de la desgraciada vida. Apenas teníamos dos años así, cuando llego su final, lo atropellaron una tarde de abril, caliente abril, con el cráneo golpeo la acera negra, su sangre se convirtió en abono para las nubes, no pudo continuar su descenso, no le odio siquiera, no esperaba que siguiéramos muchos años. Quizá esperaba irme primero. Quizá quería que muriera después de todo. Ya no importa, aunque en realidad jamás importó.
 

SR Primavera 2019

sábado, 15 de agosto de 2020

Vida contada

 Mi suegro era un hombre duro, jodidamente duro, de esos que entienden que a veces ser conciliador y no violento es más difícil que ser un jodido troglodita; no le gustaba mi dureza imposta, no le gustaba que me sentara frente a la mesa con unas latas y comenzara a teclear por las noches, detestaba el ruido de cada una de las teclas, odiaba con infinita amargura el sonido particular que hacía la barra espaciadora que a veces se trababa y tenía que ser arreglada con algún herrumbre viejo que solían abundar en la casa, se sentaba en las noches y me veía con esos ojos que han visto mucha miseria mientras desanillaba una lata tras otra y comenzaba a escribir sobre viejos perdedores. Mi suegro lo había visto todos los días desde que estaba ahí, desde que cogía la lata 1 hasta que terminaba la 6ª; quizás me odiase porque él había sido alcohólico. Yo me burlaba de aquellos que no podían aguantar ir hasta el final, no le caía bien por eso, por eso y porque me culeaba a su hija, a la más pequeña de las 3, a la más rebelde, a la que parecía que ningún hombre le merecería jamás y que siempre hacía gala de su enorme capacidad de rechazo, y ahora me veía ahí, tomando cerveza, escribiendo una jodida cosa, en calzones y en su comedor. Me gustaba fregar, no me decía nada para evitar los pleitos con su hija, a él nunca le había hecho ninguna grosería, pero quería que supiera que sentarme a beber esa cerveza era lo único que nos distanciaba, que nos daba una distinción. Nos parecíamos cuanto más queríamos alejarnos, pero éramos al mismo tiempo dos condenados tan diferentes, él había sido guapo, al menos eso revelaban las imágenes que había visto de cuando usaba un tremendo traje blanco con una apariencia de saber moverse por la noche, todo lo contrario a mí, nunca parecería un dandi, más bien era un perro pitbull parado en dos patas, y eso a él lo jodía, lo molestaba más que el hecho de que a veces trabajaba y a veces no, pero seguía apareciendo con dinero, y eso lo jodía, porque él quería producir dinero, pero ya no podía, ya no tenía las fuerzas para salir de aquella casa sin sentir que las piernas lo romperían. Y ahora me tenía de frente a él como hacía todos los días que podía, escribiendo, tecleando sobre alguna cosa horrible, en sus propias palabras, sobre algún viejo chalado que no sabía siquiera las reglas básicas de ser un caballero, que seguramente se sacaba los mocos secos cuando creía que nadie lo veía, cuando se rascaba el ojete por culpa de las jodidas hemorroides, aunque seguramente él las llamaría “almorranas”; el viejo de la historia me odiaría también, si pudiera romper con su papel de víctima de un cáncer voraz, pero no lo hacía, estaba enclaustrado en una pequeña hoja en blanco que contenía muchas palabras innecesarias. Mi suegro lo sabía perfectamente, entendía el problema aun cuando no se lo hubiera platicado, había hecho de todo, siempre hasta el final, excepto morir por el alcohol, pero sus intestinos eran fieles testigos de cuanto lo intentó. Siempre tenía hambre, y eso lo jodía, porque le recordaba cuando tenía 7-9 años y sus hermanos iban desde los 2 hasta los 13, todos jodidamente muertos de hambre, la vieja no se sabía dónde carajo andaba, el padre debía estar trabajando de algo que lo va a matar de hambre a él y a toda la familia; eran 6 niños, muriendo de hambre, recargados en una pared que ni siquiera está completamente sellada, y se balancean de atrás hacia adelante, en medio de un día jodidamente largo, canturreando por lo bajo, chillando de frio y hambre, mientras dicen con la última voz que les sale por el remedo de boca: “una masita, una masita…tenemos hambrita”. Y estoy suavizando el asunto, estoy condenadamente suavizando el carajo de hambre que sentían, que quisieran tener terrones de lodo para mínimo sentir que algo desliza por el gaznate, pero no hay siquiera agua, no hay nada que les ayude a pararse. Y de ahí, el viejo decide junto con el hermano mayor, junto con el muchachillo de las piernas más delgadas que puedas imaginar, que van a hacerse cargo, que no se pueden quedar esperando la muerte, aunque esta ya campea a su alrededor, saboreándose por el delicioso festín que se le ofrece. Y apenas trasponen las puertas de aquella panadería, el hombre gordo del mandil lleno de grasa, sal, harina y su propia ira, trata de prevenir el momento que sucederá en un abrir y cerrar de ojos, uno corre despavorido hacia la calle de arriba sin asfaltar, el otro rodeara, pero el hurto será exitoso; 3 bolillos, tan jodidamente pequeños que no parecen siquiera alcanzar, pero eso será todo lo que coman, y tendrá que rendir para todos, lo malo es que se quemaron los dos, ahora su padre les va a dar una zurra cuando sepa que han ido a robar. Pero mi suegro me ve, desde sus gafas desgastadas y me lanza una mirada de desaprobación, quisiera que estuviera muerto, eso le simplificaría la vida, porque volvería a preocuparse de la diabetes, del jodido colesterol alto, de los triglicéridos que parecen inofensivos hasta que explotan, no tendría por qué preocuparse por un hombre que está sentado frente a él, rascándose las pelotas y bebiendo de una cerveza que se le antoja a muerte. Le recuerdo a alguien que conoció en uno de los cientos, o miles de bares en los que trabajo, le recuerdo a alguien que era jodidamente malo porque podía serlo, algo en mis ojos pequeños le recuerda a ese hombre que era judicial, que lo odiaba porque siempre llegaba alardeando de lo jodidamente culero que era como policía, como hombre de la DSF, pero lo odiaba por lo que le hizo a una pequeña muchacha, frágil y coqueta. Trabaja con él en aquel teibol, por entonces él debía de tener casi 45 y la chica 18-19, era bonita y simpática, no sentía atracción sexual, y eso que la chica tenía un buen cuerpo, bailaba menos de lo que fichaba, y no solía estar sola ni una noche, pero una tarde aquel hombre le hinco el ojo, se volvió su cliente frecuente y una noche pago la salida. Él intentaría hacerla razonar, sabía que era malo, en su mente tenía que detenerle, pero fue incapaz de reaccionar a tiempo, ella se fue y no la volvió a ver en meses. No regreso nunca a trabajar, pero supo, supo que aquel hombre le hizo todas las vejaciones habidas y por haber, y no contento con ello le jodió la cabeza, no volvió a ser la misma; de la chica bonita y segura quedo una frágil mancha en el mundo, llena de temblores y con el sistema nervioso destrozado, pero a nadie le importo que aquella chica de 18-19 años tuviera la pierna tronada, en el hospital sabían que era una puta, en la calle sabían que era una puta, y las putas no tenían ningún derecho. Como si al calzarse los zapatos ostentosos, la ropa brillante y vender su cuerpo, dejaran de ser seres humanos; para aquel hombre era necesario destruir algo bonito, apagar de las pocas cosas buenas que existían en el mundo, para que pudiera regodearse en su maldad. Me lo contó una noche, mientras parecía que todo tenía el mismo sentido que el sin castigo que acontece a los malos. Le recordaba a ese hombre, grandote, idiota y con esos ojos de alguien que no sabe qué hacer para realizar el mal. No era malo, me había cansado de intentar probárselo, así que ahora bebía frente a él, quería que me viese cuando dejaba de mirar la hoja en blanco y comenzaba a mirarle a los ojos y seguía tecleando, pesando en todo lo que a él lo jodía eso. Luego volteaba hacia abajo y veía que lo que había escrito era una oda a los ojos claros de aquel hombre, que serenamente intuía que había jodido la historia de aquel hombre que tenía almorranas, se sacaba los mocos y escupía en el suelo para demostrar que seguía siendo un chingón. Todo reducido a cenizas por el fuego de los ojos de mi suegro que irremediablemente extrañaba a su ex esposa, muerta antes de que yo apareciese en su vida. Era una buena mujer, de esas que solo aparecen una vez cada centuria, yo le habría caído bien de conocerme, porque a ultimas era incapaz de odiar, y eso jodía a todos los que nacemos con ese don, no sabemos qué hacer con aquellos que nos aman, por lo tanto los tratamos con desprecio y esperamos a que un día, por algún motivo, en cualquier situación o circunstancia, su odio se desencadene y se rebajen al mismo estado en el que nos encontramos el resto de los mortales. Odiando y queriendo que todo se vaya al garete en la primera oportunidad, pero ella tenía el pelo negro, jodidisimamente negro, parecía un muñeca de pelo lacio y enorme, con aquellos ojos de radiante capacidad de amar al prójimo, no la conocí, y siento que de tanto que me hablaron de ella puedo hacerme una idea muy vivida; mi suegro la quería más de lo que ha querido admitir siempre, porque hacerlo, sería darle motivo a ese sujeto que escribe porquerías de hacer mofa en un relato que no llevaría a ningún lado, y solo contaría anécdotas de un viejo que había tenido una taquería. Una taquería que no pudo despegar nunca, porque tenía buen sazón pero no sabía hacer negocios, le hubiera gustado haber conocido antes a este estúpido que se estaba acostando con su hija, a este pelmazo que le salían los negocios aunque nunca tuviera más que para un jodido six de cervezas que se iban entibiando conforme seguía escribiendo por las noches; pero la taquería se había ido, la mujer había muerto, su hija menor había crecido y las otras dos se habían largado con la misma rapidez que un rayo parte un árbol en medio de la tormenta, todo apuntaba a un cierre, como lo venía presupuestando desde que comenzaron los problemas, entonces, para acortar gastos los tres vivirían juntos, de la enorme sala que antes tenían, tuvieron que poner un comedor, un comedor que más parecía un escritorio donde aquel pelmazo colocaría la máquina y un bote justo al lado, ahora veía la maquina cada que se sentaba a comer, odiaba eso, desearía que ese pedazo de mierda nunca hubiera aparecido, pero me tenía que soportar, no había nadie más con quien pelear, aunque no tuviéramos nunca palabras para comunicarnos, los gruñidos eran parte de nuestra rutina diaria, dos hombres metidos en una realidad tan jodidamente odiosa como podía serlo, no parecía que nadie más quisiera estar ahí. Ella bien pronto se fue, quizás por la misma preocupación de haber, quizás porque no podía estar plenamente feliz mientras observaba como el consumo de alcohol me acercaba a lo que había sido su padre, mientras me derrumbaba sobre las teclas, dejando que todas las espantosas noches de soledad se abalanzaran sobre lo que ahora era, no sabía de donde jodidos venia el dinero, pero ahí estaba siempre con una dotación de cerveza, mientras dejaba caer el odio hacia la vida con cada violenta tecla que hacia el favor de contar aquella historia acerca de los fantasmas que me rodeaban, no les temía, siquiera sabía que era, por lo demás el lugar ahora era una especie de leonera llena de agujeros, con el agua colándose hasta la medula, con los zapatos raídos y la oscuridad cerniéndose sobre mi incapacidad para ver más allá de lo que podía aspirar. Ojala todo fuera como aquellas noches en que todo era radiante, el viejo escupiendo de rabia y mi mujer con la misma sonrisa que su madre tenía antes del cáncer, antes del infarto al miocardio, antes de una bala que atraviesa de arriba abajo y mucho antes de que yo comenzara a escribir una jodida historia que hablaba sobre un hombre duro que no soportó la idea de permanecer mucho tiempo aquí luego de lo de su esposa e hija, luego de que un bastardo se estuviera hundiendo con alcohol y una máquina de escribir con las teclas rígidas por la acción del tiempo.
 

Casi son las 4 am, en un par de horas tendré que ir a trabajar, y luego podré seguir viviendo en el agujero que me he convertido.
 

SR Otoño 2019

domingo, 2 de agosto de 2020

Tan frágil como el perro que se ahogaba en el Potomac

Ramiro González no era un buen hombre, técnicamente no se podría considerar siquiera alguien que debiese seguir vivo, o que tuviera una razón válida para existir, pero ahí estaba ahora, sentado en una silla que parecía a punto de desvencijarse, con el forro rojo hundido por el peso de sus carnes y con el respaldo de madera (o lo que asemejaba ser tal), completamente roto devorando el lomo de aquel hombre, llevaba más de 12 horas bebiendo sin parar, de hecho hacía más de 4 horas que no sabía siquiera que se había meado encima y que un rastro de vomito cubría una parte importante de las baldosas del baño. El sitio era un agujero lleno de suciedad, polvo, papeles y botellas tiradas por doquier, manchas de sangre e incluso algunos bichejos que se asomaban la menor cantidad del tiempo posible cuando el hombre estaba por ahí, ahora estaban inquietos porque llevaban casi un ciclo del sol sin probar el aire que circulaba viciosamente por el interior de lo que hace años fuese una casa. La casa de los padres de Ramiro, ellos, los viejos, habían muerto hace más de lo que puede extenderse este relato, pero nunca desearon que ese hombre, que tenía todas las malas mañas conocidas por la sociedad, los representara como ejemplos de lo que trabajaron en vida. Lo último que supieron de él, fue que cayó en chirona, atrapado y procesado por robo y violencia. Ahí se graduó con honores de la peor clase, pero nadie aprende nada que no desee, y aquel hombre estaba convencido de que necesitaba aprender aún muchas cosas cuando llego a ese lugar.

-p…a…p…á…

Un pequeño susurro se mezcla con el viento que se cuela por los vidrios rotos tapiados con bolsas negras o hule transparente  adherido con cinta canela, proviene de un rincón cercano del piso segundo, un fragmento de pensamiento que se pierde en el interior de aquel sitio que nunca pudo siquiera imaginar. La chica ha sollozado todo lo que su cerebro le da para hacerlo, no es que pueda hacerlo tanto, pero en su imaginario, en su pequeño cerebro la han despertado a una terrible realidad, hay hombres que no merecen llamarse así, hay horrores peores que los monstruos que se esconden en la oscuridad, los reflejos de ellos tienen voz humana y una apariencia tan real que fácilmente los podemos confundir. Su confusión se transformaba en miedo y luego en horror y finalmente en una pesadilla que parece no tener fin, no tiene voluntad sobre su cuerpo, ya si antes era muy complejo, ahora es mucho menos. No pudo evitar cagarse encima. Siente el hedor que emana de su trasero y el ardor que recorre desde la parte que sus padres, y especialmente su padre, le dijeron que nunca debía de ser tocado por nadie más que ella. No reconoce, pero lo siente desde lo más hondo de su cuerpo ese dolor infinito que comenzó cuando el hombre, que se parecía demasiado a su vecino el del pelo chistoso, le introdujo aquello en su vagina, así le había dicho su madre que se llamaba, así le había dicho su padre que se llamaba, así la conocía ella. El dolor se extendía a las dos masas de carnes que le colgaban, ambas tenían tantas marcas de dientes que era imposible no sentir que cada una respiraba fuego, cada centímetro de sus pechos estaban en llamas y su cerebro parecía colapsar, desearía conocer las palabras suficientes para expresar todo ello, pero se limitaba a llorar y a llamar por lo bajo a su padre. No sabía que él estaba tirado en un camellón, con medio cerebro de fuera.

No sintió lo mismo, era lo mejor que se había tirado pero no sintió lo mismo, le atizo la cara a golpes, le mordió los enormes melones con la suficiente rabia como para sangrarle, quería devorar cada centímetro de ese cuerpo inmaculado, siquiera tocado por sus propios deseos, entrar tanto y tan profundo en su culo apretado como en la vagina, sentir como cada centímetro de su pene era estrangulado por el canal tan delicado que escondía la mujer aquella. No debía de pasar de los 20 y pico, pero su cerebro era de aquellos que no se desarrollan nunca, tal vez 7 o menos. Aun quería jugar con muñecas, aun no entendía que su cuerpo podía volver loco a cualquiera, y ese era aquel hombre que los había seguido una mañana cuando los encontró por una fortuita casualidad en el transporte público. Bastaron que le diese una mirada de 5 segundos para comprender que aquella era una hembra que pedía su furia. Seguramente era una de esas perras que gozaban cuando las sodomizaban, pero también bastaron esos 5 segundos para entender que no era así, que aquella mujer era distinta, que no tenía el mínimo deseo sexual y que era lo más parecido a tener a una niña en sus manos. Los siguió por espacio de 20 minutos cuando bajaron, espero a que el hombre se descuidara y actuó, le hundió el martillo en el cráneo con toda la violencia que su sexo le demandaba para cogerse a aquella retrasada. Porque ahora lo sabía, estaba a punto de hacer algo que no sabía que deseaba, pero que ahora lo comprendía como el fin mismo de su existencia. El golpe mato instantáneamente al padre, la chica no lo comprendió pese a que vio cómo se desplomo y su cerebro se convirtió en abono para el pasto de aquel camellón tan solitario, al que nadie se acercó aun cuando la mujer-niña llevaba 12 horas de horrible existir.

-p…a…p…á…

Pero no fue como esperaba, nada salió como esperaba, le había molido la cara deforme a golpes porque no le gusto esa mirada de angustia infantil y de no comprender nada que aquella mujer tenía, no le gustó la disparidad de aquellos dientes picados por la enorme cantidad de dulce consumido, no le gusto que al primer envión de su verga, y al grito desaforado de la mujer le viniese un estallido de frases balbuceantes, pero venía desde antes, desde que no tuvo que forcejear con ella para desnudarla, que no puso ninguna resistencia conocida por que no sabía lo que estaba a punto de suceder, aquello no sería lo que él esperaba, aquello solo era el inicio de un choque en su cerebro, que no importaban los casi 25 minutos que duró dentro una vez que la silencio y le rompió los dientes careados, le dio la vuelta y creyó que con no ver su rostro y disfrutar del voluminoso culo le satisfaría, y pese a que estaba acostumbrado a lidiar con aquellas mujeres que se zurraban de miedo o de odio hacia su violencia, aquello no se parecía en nada, algo muy dentro suyo se había roto en cuanto le metió el pene. En cuanto sintió como el esfínter se rompía para comenzar a eyacular dentro del cuerpo mezclando la porquería con sangre y su propio semen. Le azotó la cara en el sucio suelo hasta que no emitió ruido alguno, se paró y se limpió la verga. No sabía que más hacer, no sabía por primera vez en casi 8 años que hacer con aquella mujer, porque generalmente la hubiera seguido violando por horas y días, pero ahora estaba jodido. Abrió a cerveza que tenía en la hielera roja. Y estaba temblando, estaba jodidamente preocupado por lo que había sucedido. Por lo que debía de suceder, no atinaba a entender que eran esos sentimientos que sobre él pesaban. Ya casi eran dos horas de que había terminado la primera vez y seguía estupefacto, inmerso en el laberinto que su mente era, apenas atinando a beber rítmicamente mientras el sol se asomaba por las ventanas rotas. La primera arcada apareció apenas el sol apareció completamente, quemando todo a su paso, al menos así le había parecido, que el sol purificaba con un fuego infinitamente imposible de calcular todo lo que tocaba, que el mundo llegaba a su fin con la gente ardiendo y gritando, gritos que se asomaban en su cerebro, que se reproducían cada segundo, cada instante. No podía hablar porque cada trago lo sumía en un vertedero de lo que habían sido los últimos años de su vida, con mujeres gritando, con adolescentes pataleando y despidiéndose de la vida sin atender que nunca se casarían, que no tendrían que sufrir las inclemencias del tiempo y con el ardor inflamando sus pulmones porque estos se aferraban a la vida. Pero ya no tenían casi nada de ella cuando el terminaba. Y luego tirarlas lejos, desaparecer de sus gustos por unos días y luego volver a hacerlo porque solo ello le permitía vivir, pero ahora no entendía que jodidos estaba sucediendo en los rincones de aquello que tenía por cerebro. La mujer ya no respondía a nada, pero no estaba muerta, seguramente le había provocado algún derrame cerebral, si no es que agravaba el que ya tenía de antes.

Ramiro González abrió los ojos, y vio que el cuerpo inerte de  la retrasada se había esfumado, ¿no sucedió? Se preguntó, no tenía nada a su alrededor que lo confirmara, pero sabía que la mató. Abrió el grifo del agua, el dolor de las articulaciones era más que ayer. Por la ventana el sol se alzaba juguetón en espera de que la estación se acabase. El hombre volteó al rincón donde la había dejado tirada, ahora ocupado por una cómoda que había visto sus mejores años en un tiempo bastante pretérito. Allí guardaba los periódicos que le iban sobrando y con los cuales forraba las ollas de barro que transformaba en piñatas. Casi siempre con 5-6 puntas terminadas en tiras de papel que se agitaban en los lazos donde eran colgadas en espera de que algún niño o los padres de este, la eligieran para ser destruida en un acto catártico. Le costaba mucho tiempo ponerse en marcha por las noches, porque generalmente le dolía todo el cuerpo, porque hacía años que abusó de su suerte y pagaba por ello con la misma entereza que lo hace un condenado a muerte. Y estaba ahí, convertido en un esclavo de ese recuerdo que le perseguía de una vida pasada, de una enfermedad pasada, de un destino distinto al que desempeñaba. No quería que su memoria se viese reducida a esos fragmentos, pero era difícil distinguir donde comenzaba o terminaban sus recuerdos reales de todo aquello que soñó o creyó soñar. Pero ese recuerdo era jodidamente real, podía sentir el olor a mierda todavía en sus fosas nasales. Aunque no comprendía porqué se imaginaría algo semejante.

Casi no tenía ganas de comer, porque todo le producía vomito. Su misma cabeza le provocaba mareos. Eran casi 7 y treinta y seis de la tarde y en el cielo las nubes asemejaban un rio que se abría paso en la bóveda.

SR Diciembre 2019

viernes, 3 de julio de 2020

De nuevo había bebido más de la cuenta

Se llamaba Arnaldo, tenía cara de Arnaldo de hecho, de esos tipos que no entiendes porque era popular con las personas, o querido o respetado, un jodido dios de las relaciones públicas. No era de aquí, era de Mérida o algún punto cercano, quizá era una treta, no lo sé, forma parte de las cosas que no se pueden explicar pero lo sabes. Mientras la mayoría manejamos nuestro misticismo con silencios u omisiones casi mentiras, hay jodidas personas que lo cubren con verdades como escupitajos en el rostro. Bebimos un par de tragos, llevaba unos días en ello, quizás más de los que uno quiere admitir; mi mujer me había dejado cuando menos dos semanas atrás, se había fugado con todo el condenado dinero que podía tener. No es mala persona, de hecho quizás lo merecía, por toda la mediocridad que tuvo que soportar conmigo.

El sitio era apenas iluminado, me vendió algunas cantidades de droga, no sabía porque la había comprado, pero estaba ahí y acepte su ofrecimiento. Atrás de nosotros estaba un tipo callado, jodidamente callado, con una mirada de asesino inconfundible, o por lo menos de gente que no tiembla en los momentos de tensión, uno de esos hombres que todos intentamos ser en algún jodido día.  Hablaban todos por encima de la música, olvidable como el resto de la noche, comenzaba a creer que todo era una puesta necesaria por el destino, para conseguir lo que durante tantísimos años me estaba amenazando, llevarse de mi lado lo poco de cordura que poseía. Alguien dijo que era colombiano, no entendía mis chistes, quizás ni yo, pero en la gloriosa mente de un condenado ebrio eso suena a afrenta, de repente estaba haciendo chistes en doble sentido, esperando a que el hijo de puta se levantara y sacara una condenada fusca, que me diese plomazos y entonces mi madre fuera a buscar un cadáver que seguramente no tendría una sonrisa sardónica como la mía, sino una muestra de miedo indescriptible. Pero estaba ahí, esperando eso, o cualquier accidente de la vida que por fin me diese el valor de demostrar algo.

Sorbí del tarro enorme, unos punks entran con toda la parafernalia, la chica es decididamente fea. No quizás de la manera que para el resto del mundo lo sea, pero en mi fuero interno la vida es una porquería que todos los días nos escupe; desvarió, la chica observa el local, no confía en que en ese lugar puedan disfrutar, todo huele a rancio; las paredes, las mesas, la gente que parece sacada de un jodido televisor viejo. Ahí estamos todos, metidos en la realidad de un tiempo pasado, como si nos hubiera transportado el puto umbral que hemos atravesado, afuera se respira el smog de los años venideros, el ritmo es distinto, huele a sangre en todos lados, el tipo con un mohawk nos observa porque teme convertirse en uno de nosotros, no son las arrugas lo que le dan miedo, sino todos esos jodidos temores que nos devoran. Somos un ejemplo viviente del miedo en que vive el mundo. Los hijos de puta que viven con miedo. Pero la chica punk sonríe, con esa maldita docilidad que tienen los que saben o creen saber que pueden cambiar el sistema siendo unos descreídos de él. Pero saben al mismo tiempo que no sobrevivirían ni 10 minutos en la anarquía total. Su cabello es amarillo y me recuerda a una mala peluca. Pero va acorde al vestuario. Su novio la besa apasionadamente, está feliz, quizá coja con ella. No será la primera vez.

Arnaldo, o el que creo que así se hace llamar, coge su mochila, una de las dos, la que pesa menos, pero al mismo tiempo es la más voluminosa, tiene que serlo, trae drogas en ella, no mucho más de la misma marihuana que de cristal. Eso lo va a hundir algún día, en otra realidad, hoy no, hoy va rumbo a uno de esos camiones donde la gente huye, para aparecer años o meses después en una fosa  clandestina en medio del desierto o la selva, quizá él sea uno de ellos, con un tiro en la cara, o el resto del cuerpo maniatado y torturado, pero hoy de nueva cuenta vivirá para despedirse de mí, de los demás hombres y mujeres que están bebiendo por un poco de calor humano, nos acercamos a la primavera dura, a esos días donde el jodido calor te provoca urticaria. No te gusta ni por mucho, para ti es la peor experiencia del año. O eso dices ahora, como si no recordaras aquellos meses, metido en la jodida lluvia con mosquitos, sin luz. Rogando que amaneciera pronto para descansar de verdad. Pero ahora es primavera, o casi, estamos 8 personas ahí adentro en un local ínfimo, con un baño que no tiene agua, con unas terribles ganas de que todo tenga sentido. Pero no hoy, no en esta fecha, no sin que ofrendes un poco de tu sangre, que bebas hasta que te caigas camino a casa, con las rodillas y una mano entumidas por el golpe. Aunque no lo recuerdes, no importa, no tienes prisa porque todo parezca llevar un fin determinado, estas empezando a joder de nuevo tu cerebro con tanto alcohol como lo puedas llevar. Con un whisky escondido debajo de la mesa del comedor, con latas de cerveza apilándose en la basura. Son casi los elementos que necesitas para que todo tenga sentido, de nueva cuenta, quizás no pronto, quizás mañana se aclare.
 
El colombiano se ha ido, nunca sonrió más de lo necesario, los punks llenan de amor adolescente y calentura el jodido lugar, no dudo que se la va a coger, no dudo que el tipo que sale en un camión perdido hacia Mérida, conocerá a una de esas extranjeras que lo siguen todo el tiempo, no dudo que mi mujer en algún momento regrese a llevarse lo poco que no se ha llevado, quizás ya no esté vivo para entonces, pero ¿acaso hay prisa? No cuando el jodido alcohol ha vuelto a tu torrente, no cuando te has hecho daño y no te acuerdas. Ni siquiera al tener una cruda tan espantosa que por poco vomitas, lo que no habías hecho hace muchos años, cuando eras un adolescente cachondo como los punks, pero estabas jodidamente imbécil para hacer algo al respecto. Abres la boca para soltar un escupitajo al suelo, la línea amarilla que separa a la muerte se ve difusa, con menos sentido que el resto de los días previos. Pero debe ser estúpido saltar, cuando todos siguen siendo, ahí, cuando el alcohol ha vuelto a ti. Te pegas a la pared, y disfrutas el condenado aire que sopla el convoy al entrar al andén, no sabes cómo jodidos regresaras, pero nunca te ha fallado el instinto de ebrio.
 
SR otoño 2018- Primavera 2019

jueves, 4 de junio de 2020

Había una botella de whisky bajo la cama

Había una botella vacía de whisky bajo la cama, ahí estuvo durante casi 3 años, sin tocarse, el maldito polvo se había acumulado de tal forma que la etiqueta y el borde estaban irreconocibles. Es uno de esos lugares a donde nunca te planteas voltear, porque le tienes miedo a lo que ahí se encuentra. A lo que mora en cada uno de los tragos que evidentemente lo despiertan. Un tipo correoso y lleno de cicatrices en el alma, quizá no la tenga, pero le gusta fanfarronear con ello, era un condenado a muerte pero sin el ánimo de buscarle. Indeciso durante gran parte de su vida y con una tremenda irresponsabilidad. Le diste un golpe una vez, te lo regreso y se volvieron amigos inseparables, lamentablemente murió una noche, ahora vuelve como un condenado cadáver que quiere a toda costa renacer, ocupar el mundo terrenal para volver a colocar el mundo patas arriba.
 
Lo escuchas arañando las paredes, es poco factible que logre entrar, es concreto sólido, llevan muchos años ahí, casi has perdido la cuenta, lo poco de cordura que te queda tras la mierda que ha pasado, no es que sea muy coherente. Calculas unos 14 o más de años desde que todo comenzó a irse muy rápidamente al diablo, contrario a lo que se crea no eras ni más remotamente feliz por aquel entonces, estaba cansado, quería morirme y a veces me preguntaba por qué no hacerlo, ya no conocía a nadie en este mundo, todos se habían ido, algunos más cobardemente que otros, pero sin detenerse, nunca he entendido por qué no lo he hecho. Estoy viviendo horas prestadas desde hace mucho, creo que es el subidón de adrenalina que impide que mi corazón se detenga, curiosamente mi padre se fue de eso, todos los viejos se iban de eso, era sinónimo de que eras un jodido varón de cepa. No valía para nada irse luchando o aferrándose a la vida, para ellos, lo que ha pasado los últimos años sería peor que la idea de quedarse sin cerveza.
 
Le disparé en el rostro a mi mujer, no tenía ningún sentido dejar que viviera toda esta pesadilla, no la odiaba, pero mucho menos la amaba, mis hijos eran insufribles y no entendían que la vida es una porquería, su madre se los había inculcado, todo lo que saliera de mi boca era mierda. Mejor seguir así. No supe cuando murieron, quizás un par de meses antes de que encontrara  a su madre, no los busque tampoco, quizás nunca reciba el premio al hombre del año. Pero ahora estaba en aquella casa que durante tantos años me sirvió para ocultarme cuando era necesario, cuando mis padres me ayudaban a no hundirme. Quizá mi madre se sentiría orgullosa de ver como sobrevivo. Que sigo odiando bañarme, y que no he sido un santo ni mucho menos. Lo más probable es que mi padre solo me recriminara una cosa: no haberme muerto aun de un condenado infarto. Directo y sin escalas a tierra calacas, bueno, a donde quiera jodidos que vayamos cuando despertemos convertidos en esas mierdas.
 
El condenado whisky sabe mejor de lo que recordaba, me sentía como imagino que se sentiría un eunuco si le volviesen a funcionar las bolas, dos o tres tragos después, maldije no poder estar viendo el caos en que estoy metido. Seguramente para estas horas del ¿día? ¿Noche? Ya tenga ahora si los números suficientes para que en la rifa de muerte me saque el premio gordo, quizás sea peor y siga viviendo otro día para tener que soportar una cruda más, la primera en muchos años, aún recuerdo la noche en que volvía de beber, antes de que todo se fuera al garete, trabajaba tan cerca que podía ir en bicicleta, el único imbécil que lo hacía. Pero alguien pago las rondas de cerveza, no recuerdo cuando me caí, el dedo fracturado, solo que al día siguiente me dolía tanto la cabeza, la garganta y el jodido dedo. Ahora comprendo que me había peleado y algún imbécil me quiso ganar. Yo, que he sobrevivido más que cualquiera y que ahora bebo un jodido whisky sabroso, no iba a ser derrotado por un sujeto que usaba bermudas y calcetines tan cortos que eran invisibles. No sabía de modas, simplemente odiaba a esos bastardos que tenían la complexión física para verse bien en bermudas. El bronceado perfecto. Le revente la cara, le atice un golpe en el pómulo izquierdo, le rompí dos dientes, me hundí en el alcohol. Había vuelto a ser el mismo, el sol salía de nueva cuenta. Por última vez.
 
Al parecer serán mis últimas líneas, quizás sea necesario salir a buscar al hijo de puta que ha dejado entrar a mi amigo, no sin antes terminar con ese hijo de perra. Su madre era buena, no merece el calificativo. La señora nunca tuvo oportunidad, llego su nieto o nieta y la jodio. Lo vi todo, la sangre, el condenado griterío, nadie atinaba a nada y la señora me miró con los ojos de la muerte. Nunca lo había dicho, no hubo funeral, no hubo entierro o música de banda como quería mi amigo que funcionase. Luego no hubo luz, nada, todo al carajo, le abrí al grifo del agua de los recuerdos, creo que eso significa que voy a morir, espero que lleguen en el momento justo en que le dé el último trago a esto, sería la mejor forma de irse, exceptuando quizás el morir de viejo y rodeado de tus seres queridos, lleno de paz y tranquilidad y no con la incertidumbre de cuánto tiempo sufrirás hasta que se paren tus funciones, que veas y sientas como desgarran tu piel y sea un océano de sangre. Abrazo el optimismo porque las noches eternas sean mejores que el jodido día que me ha tocado enfrentar, quizá muera sin haber resuelto la verdad de que jodidos hacía aquí, pero al menos me fui con una botella de whisky.
 
SR Primavera 2019

domingo, 3 de mayo de 2020

ocho golpes en el espacio

Debía de estar en la peor racha inimaginable, quizá estaba acostumbrándome a ser lo que tantos años había negado. Un cooptado más por el sistema, lo sabía bien, querías vivir bien, estabas deseoso de convertirte en tu propio muñeco judío. No sé porque a veces creo que solo los judíos sobrevivirán, no soy antisemita. Quizá sí, pero también anticatólico, anti islámico y anti budista, me purgan todas las condenadas religiones que hemos creado para no estar tan jodidamente solos, pero es hermoso estarlo, la gente seguramente cogería todo el rencor del que son capaces y eliminarían uno a uno a toda esa gente que odia, pero inmediatamente les quedaría solo su condenado feo rostro para odiarle, por eso no lo hacen; en fin divago, siempre pasa, no únicamente cuando escribo sobre detalles de las cosas que suceden, sino cuando todos tiran la cadena para que su mierda se aleje por el retrete, pase por las cañerías y termine en un desagüe donde seguramente vivirá algún tipo que vive mucho mejor que nosotros, su preocupación más inmediata es solo que no llueva, o quizá lo anhela para que la vida termine siendo ese maldito agujero que tanto le ha costado. O a lo mejor es un pinche enajenado que antes vendía millones en un solo día, perdía y ganaba dinero que la mayoría solo soñamos. Algo lo rompió y decidió vivir como un maldito monje tibetano. Con un perro negro de mascota, igual de famélico y condenado, pero uno tan feliz como el otro. Hasta nuestros perros viven estresados. Comparten nuestras enfermedades mentales y a su vez nosotros las de ellos. Algunas veces desearía que la mía fuera solo un poco mejor que la que ellos tienen. Pero no, aquí esta ese hombre que vive en la calle, cubriéndose con un jodido cartón de algún refrigerador. Donde putas consiguen esos sitios, nunca he podido conseguir nada más allá de esos mierdas cartones de televisión de 1000 pulgadas, pero incapaces de soportar la vida. Quizá por ello fueron creados así, para que nadie desee vivir en nuestras televisiones tan jodidamente enormes que amenazan con engullir todo lo que en la tierra mora. El hombre vive en aquel drenaje por donde nuestra mierda se ¿desliza? ¿flota? ¿Nada? Alguna condenada vida que se mueve, luego va recorriendo el universo entero, mejor ella que yo. Después de todo ella no tiene miedo, no sabe que su destino es unirse al macrocosmos y perderse en la infinita nata de la mierda de todos nosotros. Hundidos sin darnos cuenta, flotando en un caldo de mierda tan inimaginable como oloroso. Así somos, unos pedazos de estiércol necesitados de afectos y tan deplorablemente inútiles como el más ínfimo grano de arena. Aun esta con una mejor oportunidad para servir a la vida. Había tardado más de un año en completar una nueva tanda de poemas, tan jodidamente malos como todos los anteriores, cada vez me odiaba más por intentar hacer poesía aunque sabía que diariamente desearía tener la capacidad para hacerla. Ojala la poesía fuese tan sencillo como abrir el maldito grifo antes de que el agua inunde el lavabo en donde hundirás el rostro, esperando a que sientas el eco de tu cabeza bajo litros de agua. Anhelando que la muerte no llegue de tal manera. Quieres algo limpio pero tienes el jodido miedo para llevarle a cabo, desearías que alguien más lo hiciera por ti. Siempre así, tus padres, tus novias, el maldito equipo que tenías antes. Los amigos, sus mujeres. Todos por delante para que puedas seguir tomando una cerveza o aquello que te destruya cada domingo. ¿O era cada lunes? Dejaste de tener una idea aproximada de los días que bebías. Ya no bebes, ya no escribes, de hecho te tardaste más de un año en terminar una condenada lista de palabras reunidas en lo que llamas poesía. Ojala te quitaran los ánimos de escribir. Haces lo que siempre quisiste, escribir esta mierda mientras escuchas a Brahms. Te da igual, entiendes poco de música clásica, distinguí alguna vez la mierda que hacían los grandes clásicos, pero no entiendo un carajo. Como la misma vida. Ahí están resumidos una infinidad de meses, todo lo que ha pasado es un condenado espectáculo, dejaste de tener una guía y te identificaste con el resto de la gente. Escuchando la música corriente, que hacen, que viven, que les toca las fibras. ¿Recuerdas a esa mujer? ¿Cómo se llamaba? A Betty la odiaste a muerte. No sabes porque, nunca escribiste nada bueno de ella, ella era buena, pero eres una lapa. Abrí el grifo de la nostalgia, de esa mierda que aparece cuando bebes, lo estás haciendo ahora, llevas un par de días haciéndolo, esperando a que la vida de los demás se convierta en un suspiro tan lento y pesado que parezca una vida totalmente distinta. Te gustaba creer que Betty tenía un aprecio por ti verdadero. Te la chupo en el cine una cantidad enferma de veces. No la recuerdas por nada más, a veces desearías que estuviera aquí, luego recuerdas que no eres una buena persona. Betty tenía linda sonrisa, es lo único bueno que puedo decir de ella, como si la necesidad de insultarla fuera superior a todas mis fuerzas. Abrí el grifo de la ira. De la condenada mierda obsoleta en la que vives, seguramente ella tiene un buen hombre a su lado, quizás una mujer con unas tetas enormes. Ella no tenía tantas, pero tenía miedo de que le abandonaras por ello. La dejaste por que la odiabas, no por su falta de senos. Era un hombre de mucha menos inteligencia de lo que pueda esperarse. Una noche quise arrear a un perro a patadas, era mi propio perro, no tenía ningún rencor hacia él, pero mi pie estaba destinado a encontrarse con su abdomen, quise que fuera tan jodidamente inteligente para darme los golpes a mí, para enseñarme un par de cosas sobre la vida, pero sobre todo para dejarme tirado como muchas veces he hecho, no recuerdo de hecho las noches que había sido bueno con él, pero si recordaba que él había estado conmigo demasiado tiempo, esperando a que mis manos se posaran sobre su lomo y jugara con aquellas orejas en pico. Tenía una noche terrible y el aparecía meneando la cola y quedándose junto al fuego. Velaba mis borracheras y sobre todo amanecía junto a mí, mis resacas eran sus resacas, el frio era de ambos y la vida apestaba para ambos. No debí patearle, no debí hacerlo pero seguramente fue lo mejor. No lo esperaba, no lo quería. Me regreso la violencia con una mordida que aún no sana, tiene más de 10 años y sigue ahí, como símbolo de la cobardía, de alguien tan jodidamente cobarde que le arreó a su perro una patada porque la maldad estaba dentro. Hace unos años que murió, sigue conmigo, sigue todas las noches llegando a confortarme, a resguardarse de su guardia en la otra vida para esperar a que deje de beber, lo alimente y espere pacientemente a que la luz del sol vuelva a brillar por encima de la baranda donde amanecía junto a mí.

SR primavera 2019

viernes, 3 de abril de 2020

Hice doscientas sentadillas diarias en algun momento de mi vida

¿Tienes dolor? Te gusta el dolor. Lo admites con la misma celeridad que entras en las depresiones que antaño no sentías porque creías que vivías bien, o que por lo menos no te afectaban las decisiones que otras personas tomaban con respecto a tu vida. A eso que llamas vida y que de alguna manera sigues enfatizando para creértelo, no bebes hace ¿cuánto? ¿Qué es lo último que recuerdas de aquella ocasión? Las zapatillas o zapatos deportivos que daban grandes zancadas para llegar a casa, la noche que parecía quererte devorar mientras los sonidos se magnificaban por la soledad absoluta en la que se encontraba aquel paraje que alguien ha olvidado, pequeñas luces fugaces que deambulan a tu alrededor, coloreando un poco las sombras que arrojan las farolas que no alcanzas a ver, porque tu cabeza va gacha, estas hundido, hacía años que no bebías tanto, y de alguna manera sabes que no fue así, que en realidad las noches son pequeñas motas de tristeza; miras el retrovisor mental y te sabes más lento y tonto. Pero de alguna manera lo compensas con sabiduría, o aquello que intentas hacer parecer como tal; actúas de manera impulsiva y ello te arrastra hacia el agujero de las depresiones, no era tan sencillo dejar de ser lo que habías sido hasta hace un par de años, cuando trabajabas todos los días y observabas la inquietud avanzar, crecer y mutar en algo más peligroso que al final te trajo hacia tu futuro inmediato. Pero también sembró las bases para lo que vas a terminar siendo, si es que todo sigue igual, tal vez no hoy, tal vez no mañana pero de manera inequívoca ahí vas a terminar, aunque no es la primera ni la última vez que lo planteas. Tienes miedo de alargar la mano hacia el mueble, sacar la botella de whisky y darle candela a esas neuronas. Tienes miedo porque sabes que es tan sencillo arrastrarte a todo aquello que tu amigo padeció, a todas esas lagrimas que has vertido desde tan recién. Como si fuera un ligero toque de mierda en tu vida, quisieras ser de piedra como antaño, cuando todo pasaba por las horas que terminabas perdido en las botellas debajo de tu cama. Cuando tenías tan surtido ahí abajo que parecía un método infalible para acabar todo, lento y pausado, luego aparecieron los problemas y terminaste roto, tal vez más que antes, pero incapaz de salir por el agujero, incapaz de siquiera plantear la posibilidad de que todo fuese tan sencillo, quieres abrir aquella botella que tiene tu nombre, que tiene la suficiente fuerza para que las letras se expandan con la celeridad del queroseno, pero no lo haces, te hundes en la ensoñación de que no es necesario, que tienes todo controlado y que no es suficiente razón para desconocer tu incapacidad de entender al resto de las personas. Antes no te importaba, eras tan cabeza dura que podías gritar en un estado de enloquecida tristeza sobre la mierda de vida que llevabas y todos creían que eras solo un pobre solitario infeliz incapaz de tomar una decisión, un chiste viviente que le gustaba el trago, las novelas de sexo y alcohol y las cosas sin importancia. Un jodido hedonista anacoreta  que pedía a gritos que todo terminara, a nadie has engañado y todos los esfuerzos que la gente te dedicaba eran para evitar que te hundieras en la mediocridad que tanto amas. En esa nata gris que de forma increíble te ha moldeado desde que puedes recordarlo, para nadie era un secreto; todos los vieron con la misma certeza que tú. Lo proyectabas con tanta seguridad como si fuera una mancha indeleble. Abrazas las letras esperando a que alguna cosa tenga sentido, pero hace meses que no tienes coherencia alguna y por ende tienes que recurrir a las historias que habías dejado inconclusas, o a repantigarse en los viejos tópicos y formas que más que forma tiene un pobre contenido. La lengua raspa cada uno de los dientes cariados que te imprimen dolor, que te hacen requerir cada vez más frecuentemente dosis más altas de aquella hierba que en un principio dijiste que no te atraparía, que eras más fuerte que ella, pero has probado una y otra vez que tienes demasiadas ganas de hundirte en los vicios, primero el azúcar, luego el alcohol y ahora la condenada yerba que tienes metida hasta los poros. Debiste intentar hacerlo antes de que fuera demasiado tarde, antes de que todo estuviera tan jodidamente cerca de colapsar. Aun ahora no tienes idea de por donde discurre la vida, quieres que tenga alcohol, para justificar que eres un condenado mediocre, que escribe cosas tristes y carentes de cualquier empatía con el mundo, solo para no sentirte mal. Observas el pasado con tanta nostalgia que los triunfos actuales no te saben a nada, solo a ceniza que los días se encargan de esparcir durante las ráfagas de miedo, de llanto y de desconsuelo. Quieres embriagarte con la misma displicencia de antes, pero ahora estas solo, ya nadie bebe hasta caerse, todos han madurado y se esconden detrás de las responsabilidades para ocultar todo aquello que les hizo tomar los caminos que ahora discurren. Tú mismo lo haces, dejaste de beber para no sentirte tan jodido y ahora lo anhelas porque deseas ese sentimiento con tanta desesperación como anhelabas el sentimiento de amor. No puedes escapar hacia los rincones ocultos, aquellos que escondes con tanto celo que pareciera que es ilegal. Y en realidad lo es, pero están esperando a que te equivoques una vez, una jodida vez que seguro llegara, porque deberá de ser el detonante del fin. De ese final que has esperado, de esa idea absurda que no debes ser feliz, que tienes miedo del presente y te refugias en el pasado triste, en ese que durante años te hizo lo que hoy eres. No puedes dejar de comprender la paradoja en la que vives, en la que vivirás hasta que dejes de quejarte y actúes. Aunque ello lleve aparejado dejar el pasado atrás y todo. Así de imbécil suena todo esto, que comenzó como una oda a querer estar ebrio en algunos lapsos, pero no tienes la valentía o el arrojo para hacerlo, quieres creerlo pero no lo tienes ya. Solo lagunas que se van secando, que se van perdiendo en los remansos del olvido.
 
SR Verano 2018

lunes, 2 de marzo de 2020

Las ganas de hundirme en el mar y no regresar

Pablo, se llamaba Pablo algo, era un viejo rechoncho, debía andar cercano a los 80, aún tenía la vitalidad para moverse por aquella zona llena de casas vendedoras de azulejos y toda la mierda que podía servir para un baño. En eso había trabajado desde que tenía memoria. Se sorprendió cuando le dije que si quería un pulque.

-¿de qué putas hablas pendejo?
 
Le explique que quería escribir una historia sobre un hombre que estaba en busca de un último trabajo fuerte. De esos que te dejan un dinero suficiente para hacer mierdas de una hora por el resto del año, pero en este caso, a sabiendas que podría morirse mientras se repantigaba en el baño de una familia medio acomodada.
 
-¿eres puto?
 
Su cara parecía un poema de desconcierto, no entendía porque un tipo que a leguas se veía que no podía hilar tres frases seguidas sin tomar aire o poner una pausa, se pudiera dedicar a pegar pequeños párrafos de mierda. Le asegure que no me interesaba en lo más mínimo su culo o que me la chupara, podía contratar una putilla más barata en algún lugar cercano a Tlalpan. No acepto de primeras, parecía que estaba consciente de que podía ser un truco para robarle los órganos, si es que me interesara darle a un hipotético cliente una media de vida de 3 meses.
 
-vamos pues.
 
Caminamos sin apenas hablar, acaso para preguntarle un par de cosas sobre si le gustaba el curado. O si prefería los de ajo. No hablaba mucho, monosílabos. Antes de empezar a caminar las cuatro calles que nos separaban de la pulquería, encargo su pequeño letrero que rezaba “se hacen trabajos de mampostería, pego azulejos y loza”, el tipo a quien le dio tal misión era casi de la misma edad, ya volvería por él algún día, tal vez si las razones que me daba el viejo no me satisfacían para mi historia. Pero henos ahí que habíamos traspasado las puertas abatibles y pedí una cubeta. No le quise decir que más allá de la necesidad de querer saber sobre su oficio, quería beber con alguien, la última vez me había sentado solo atrás de una rockola y mientras todo el mundo bebía y disfrutaba, yo estaba hundido en los recuerdos de las malas cosas que habían pasado a lo largo de la relación que 
tenía con aquella mujer.
 
-¿no hablas mucho?
 
Le dije que no me interesaba contar mi historia, que estaba jodido con ella. Quise saber sobre su vida. Que lo arrastraba a ese agujero del mundo donde salía a beber con un completo extraño que aseguraba ser un jodido escritor, aunque más bien tuviera pinta de policía corrupto.
 
-la vida es dura chavo, tuve todo, viví de todo, hijos, nietos, creo que un bisnieto. Muchas mujeres, mi esposa me sigue escogiendo la ropa todos los días, una dieta mustia, un café que viene en un frasco raro que no se pronunciar. ¿Quieres que siga? No termine la secundaria, no recuerdo siquiera si la empecé. Probablemente no, no recuerdo donde la hice, pero sé que éramos de arriba de Toluca, Atizapán o por allá, hace muchos años que no voy, ¿a qué? Ya ni vive nadie que conozca; mi madre, que dios la tenga en su santa gloria, se murió hace casi 40 años. Todavía vivía mi hermano Eustaquio, pero ya murió hace 20 o 15. Sus hijos no me querían, éramos como perros, nos pegábamos duro, tengo un buen gancho. Hace muchos años que no me pego con nadie, la última me quede ciego unos días, desprendimiento de ve a saber que mugre. La doctora se sorprendió cuando volví a ver. ¿Para qué? ¿Para ver unos hijos que golpean a sus esposas? Hijas que viven de caridad. Todos los domingos voy a misa de 7, no sé lo que es levantarme tarde, ese es el problema de estas nuevas gentes, les gusta dormir hasta medio día y cuando despiertan ya todo ha pasado. Nadie te contrata porque creen que te vas a morir en su maldito baño de 2x2. Y lo han hecho. Ha pasado, había un buen amigo que se llamaba Gonzalo, Gonzalo Jaramillo era su nombre completo, se murió hará 3 o 4 años, a su velorio fuimos dos personas, sus hijos no lo querían, se había separado hace casi 25 años, todos son puras fechas del pasado. No sabemos vivir en el presente. El día que vi que podían verse las caras mientras hablaban por teléfono sentí que me volvería loco. ¿Sabes? Ya no sé porque vivó. Y aquí estoy, bebiendo pulque con un pendejo que me lo ha pagado. No te ofendas amigo, pero nadie regala nada, si de algo estoy seguro es que la gente se ha vuelto más mala con los años, hace poco vi como acuchillaban a uno de las tiendas de ahí, porque no traía más que 50 chavos. Dices: ¡que pinche mundo! No me gusta vivir con tantas groserías pero se aprenden; a veces, cuando todavía podía, les ayudaba a los de la tienda de ahí a cuidar, medio vigilante que no aparecieran los que roban. Pero luego contrataron a un señor todo embravecido. Juvenal, ¿sabes que es buena onda cuando acaba el turno? Saca los marlboro. Ya casi no fumo, uno en la mañana y otro en la noche. No más, me operaron de un pulmón hace años, 10 creo. Todavía trabajaba con seguro. Luego me corrieron, o nos jubilaron. Éramos puros abuelos ya, toda la gente creía que nos íbamos a morir ahí dentro, no nos dieron chance. A nadie lo quieren enterrar rodeado de gente, luego te odian tanto. No les gusta que les recuerdes que se van a ver así, que es imposible evitar su futuro. Éramos 4 viejos, Arnaldo, que vivía en el sur, ya murió. Camilo que era su compadre se fue y no sabemos si vive o no. Luego estaba yo, que era el más chico y Gutiérrez, él era muy buena persona, todavía lo veo de vez en vez. Nos juntamos a jugar dominó. A ver la tarde de los domingos como todo se va, a veces otro día, no siempre podemos huir de la vida que seguimos teniendo. Ya no escucha muy bien, algo con un cohetón en una procesión. Era muy religioso, casi un santo, de esos que se saben la vida de todos los importantes; a veces lo dejo ganar solo para ver como esboza su sonrisa y se persigna, todos debieran poder decir eso de las gentes. Vive ya solo, su hijo más grande se murió hace un año o dos, ya era grande, pero le dejo a su nuera y a los nietos que no lo visitan. Lo tratan como un mueble, por eso creo que solo es feliz con sus santos y con los pequeños triunfos del dominó. No te he dicho nada de como hago mi trabajo ¿verdad? Llevo un banquito, y voy pegando uno a uno. Sudando como un condenado. Los cortó primero y les voy dando orden, todo aquí arriba ¿sabes? Me enseñó a hacerlo un señor que era muy grosero. Bien pinche grosero y borracho. Nunca he sido un borracho, pese a que tenía muy buenas influencias para serlo, pero ese señor era muy bueno, él fue el encargado de poner la loza del Regis. ¿Sabes cuál era el Regis? Era un hotelote que se cayó en el 85. Pues ese señor le puso el azulejo a todos los baños, le había quedado bien bonito. Y lo recomendaron para otros hoteles, pero era bien borracho. Muy borracho; llegaba, pegaba una línea o una hilera y se ponía a tomar, tres días le duraba la tomadera, luego lo veías pegar y pegar sin descansar para quitarse la cruda, hacia cosas maravillosas y todo lo empezaba aquí arriba. Le daba durísimo al frasco, y tenía un montón de pegue. Era bien chingón para las chavas. Ricas eh, no sabemos si era por su afición a cantar o qué, pero traía luego unas jovencitas que hasta daba miedo porque parecían ya sus hijas de tan chicas que eran. Y luego que llegaba, pum pum a pegar y agarrar el frasco. Así me enseño él, pero no aprendí a tomar como él, quizá ya estuviera muerto ahorita. No vivió para ver el terremoto, yo vi cuando se cayeron tres edificios pegaditos, corrí y nos aventamos un mes en eso. Nos pagó el gobierno para sacar por atrás los muertos. Los últimos días el asunto ya apestaba horrible, un olor infernal. Una de esas cosa que no se te olvidan pese a que te venga el alzhéimer o como se diga. No me gusta mucho el pulque, prefiero la cerveza pero sigo creyendo que es más por la baba. Y por la panzota. A mí se me hace una panzota como de caricatura. Le aprendí todo a ese señor. ¿Sabes cómo se murió? Le dio una embolia mientras conducía un camión grandote, no solo se llevó como 10 carros, sino que echó a perder la chamba que traía. Salió en los periódicos. Muchos años ya. Sigo pensando que no le fue mal en cuanto a todo lo que podía haberle pasado. Hay gente muy vengativa. Hay gente que prefiere ver que se quemen las cosas antes que compartirlas. Me gusta este lugar, luego vienen unas muchachotas bien güeras, de esas que traen unos shorts que parecen calzones. Y quemadas por el sol, parecen camarones recién pelados. ¿No hablas mucho verdad? Que me dices de tu vida, como carajos te dedicas a escribir mierda sobre la gente, ¿las imaginas o realmente sabes de que hablan? No puedo imaginarme una cosa más inútil, sin ofender, que sentarte tras una máquina de esas y escribir sobre alguien que no conoces. ¿Para qué? ¿A quien le puede interesar la vida de un viejo, o de un muchachillo? ¿Me dijiste tu nombre? Te he visto antes, creo. Tienes una cara que no es fácil olvidar muchacho, como de perro. Bueno, sin ofender, como no sé, mi señora diría que tienes mala estampa, pero hablas muy poco, pareciera que siempre quieres decir más. ¿De dónde vienes? Tienes pinta de norteño, pero no, quizás por ahí de Guadalajara. Escritor. Que cosas inventan.
 
SR Primavera 2019

lunes, 10 de febrero de 2020

Muerte anunciada

Todo se reducía a la ansiedad. Pasaba por una mala racha, había dejado de beber y el trabajo estaba estancado, a nadie parecía importarle que todo iba encaminado hacia el desastre, como si los guiños a la muerte de la editorial fueran cosa de todos los días; prácticamente estábamos en el limbo y nadie movía un musculo; seguían gastando dinero en publicidad atrapabobos, hecha por los mismos y con nulo interés en que nosotros fuéramos los responsables de una docena o más de familias. Eso era el trabajo, ruido y juntas interminables donde los más avezados intentaban imponerse a los recién llegados. Una plana de idiotas por todos lados de donde se viera. Me gustaba Carolina, tenía bonitas piernas y escribía poesía en sus ratos libres. Odiaba su poesía, me parecía una mala copia de algo que ya se había hecho previamente, como si con cada verso intentara sacudirse la polilla de la entrepierna. Se jactaba de numerosos amantes, pero salvo que estos tuvieran múltiples vidas, ninguno era real. 
 Estaba sola, pero ¿quién carajos en esa época no estaba solo?
 
Carolina era la antítesis de Sofía, no es que ya no quisiera a mi mujer, pero los años cansan y más cuando nos la vivíamos como perros y gatos por nuestro carácter tan jodido. Para ella los mejores años estaban repletos de vivencias donde el alcohol discurría por mi gaznate. No era ninguna sorpresa que me prefiriera ebrio, así me volvía la mar de complaciente y no sólo un perro herido en búsqueda de sangre. Ella me engañaba. Lo sabía, aunque lo negara con la misma vehemencia que me negaba a asumir que la había dejado de querer. Éramos un par de desgraciados que nos negábamos al abandono por el mero hecho de que no sabíamos querer a nadie más con la misma intensidad que alguna vez lo habíamos hecho, cuando teníamos casi veintipico. Las canas nos habían traído cobardía; y todo aquello que nos habíamos jurado, se había ido por el retrete con algunos coágulos de sangre, procedentes de nuestra dieta rica en altas dosis de carne. No había noche en que no nos acurrucáramos juntos, aunque secretamente deseábamos que algo acabara con la existencia mutua. Así de desgraciados éramos por aquel entonces.
 
Aparecía en las noticias el fin de la ciudad, todo se estaba yendo al caño, como si la sola humanidad no bastara para acabar con todo, nos esforzábamos sin ningún desacelere, en que todo nos valiese pepino. Ella decía que nos teníamos bien merecidos la mierda que se cernía sobre todos nosotros, yo era más cínico y vociferaba que algo tenía que detener la catástrofe, por aquello de que las nuevas generaciones podían salvarnos. En el fondo hubiese querido tener un rifle de alto poder y salir a cazar incautos que pregonaban que la mejor época de la civilización era ahora. Rodeados de sus caros cafés, de sus tés chai, de sus armazones de pasta gruesa, de sus bufandas ridículas, de sus barbas de leñadores homosexuales, de sus perros con nombres más ridículos que mis pretensiones de buen escritor.
 
Me invito Carolina a beber, un bar, un lugar de esos pijos donde te cobran hasta por verte feo. Por olerte como si trajeras la mierda embarrada en la frente. Dije que no, tal vez ahí perdí mi oportunidad de engañar a mi mujer, no tenía apetencia por ello, no lo necesitaba, no quería sentirme más macho, no necesitaba alimentar otra vagina urgida por su vanidad, tampoco quería meterme en líos de codependencia y de celos disfrazados de su ilógica forma de vivir. Así habían transcurrido los años pasados, la vida entera ya me parecía ello. ¿Dónde había quedado mi ilusión por el romance, por los detalles, por los poemas llenos de frases incoherentes y con brutalidad sincera? ¿Qué había sido de mis anhelos, de mis esperanzas y de mi forma tan descarnada por ver la vida? Todo se reducía a que los años se habían encargado de convertirme en todo aquello que le achacaba a mi padre, a mi abuelo y a todos mis viejos: estaba jodido. Lo peor es que sabía que la forma correcta de acabar con ello iniciaba y terminaba con el fin de la editorial. Pero tenía miedo. ¿Cómo carajos no tener miedo? No conocía a nadie que empezara de nuevo a sus casi 50. No conocía a nadie que no tuviera un deseo oculto por vivir más de lo que habían vivido sus ancestros, pero, sobre todo: no quería irme sin pagarle cada una de sus infidelidades a mi mujer.
 
La había conocido cuando todos nos amábamos, cuando todos estábamos locos por creer en el milagro de que la economía se podía sostener por la voluntad del presidente en turno, nos vendieron esa bendita idea, nos hicieron soñar con una casita blanca, una cerca y un jardín. Ahora la verdad era irreprochable, largos asentamientos urbanos donde la calidad de vida se inclinaba por las posesiones estúpidas. No me quejo de ello, al contrario, me alegro de poder vivir en un jodido mundo donde puedo cargar toda la cochina colección musical en un aparato apenas más grande que la palma de la mano. Pero no me engaño, nos ha costado una mierda cambiar el sueño de la casita y la cerca, por una vivienda tan jodidamente opresora, que el salto al vacío desde el piso 20 no parece una mala idea. Enormes edificios que son asolados por la desigualdad social, por la falta de servicios básicos en otrora colonias populosas y por asaltos cada vez más irrisorios. A eso nos hemos reducido, a una masa de imbéciles que son capaces de robar y matar, y a otros más imbéciles que son capaces de luchar y morir por objetos que no valen ni para una mierda.
 
Sofía dice que estoy loco, que me he vuelto una copia al carbón de mi padre; igual con su odio por la humanidad que no le comprende, que no le acepta porque pertenece a una época más simple, a una civilización que se ha extinguido como lo hicieron los dinosaurios, los tigres, los elefantes, los rinocerontes. Somos viejos y anquilosados, llenos de pelo blanco en la cabeza (o al menos en las partes que aún tienen algo de pelo), con ideas estúpidas de un mundo aún más estúpido. Ella se mantiene joven, o al menos no se ve tan fregada, porque tiene amantes, se entretiene con aquellos que le sacan un poco de dinero, o un viaje o algo. Nunca más grandes, nunca más ricos. Siempre peleles que le ayuden a aumentar su ego y su libido. La mía está más muerta que las vaquitas marinas. Lástima, me quede con ganas de probarles en tacos de tortilla verde.
 
Esa era una gran línea, debí finalizar todo ahí, pero me niego a dejar esto cuando el odio aun corre por mis venas, lo más probable es que termine soltando obscenidades en un rincón solitario, tal vez llorando, tal vez imaginando que el rostro de aquellos jóvenes lumpen que se cogen a mi mujer, le han contagiado alguna condenada enfermedad que le esté devorando el cerebro. Poco a poco, sin prisa, con todo el daño humano que se pueda gestar por una condenada ETS. Esas letras me gustan, suenan como una condenación. Algo muy acorde con mi pesimismo actual; ese que se niega a abandonarme mientras todos en la editorial buscan que robarse. El ultimo debe intentar dejar el edificio antes de que lleguen los del banco con las ejecuciones para recuperar algo. Mi silla es cómoda, pero ni eso vale el esfuerzo de darle $200 al portero para que me deje sacarle. Prefiero hacer algo mejor. Prefiero esperar a que lleguen esos hijos de perra y romper cristales, aventar la silla y alguno que otro mobiliario por el hueco recién abierto a casi 14 pisos de altura. Luego prenderle fuego a todo. A todos los que no hayan salido. A Martita y sus panes, a Lucero y su venta por catálogo, a Chucho por sus quinielas deportivas, a Efraín por sus chistes estúpidos, a Carolina y sus piernas de infarto. Verles a todos achicharrados y derritiéndose mientras sus jugos los doran. Una suerte de comida china para dioses. Eso encajaría muy bien. Un condenado vuelco a la historia de un tipo de mediana edad que usa lentes bifocales, que maneja un auto condenadamente feo y de un color infinitamente mamón. Con un par de hipotecas que se acercan peligrosamente a los números que nadie quisiera ver. Pero no quiero que al investigar digan que fue por eso, me gustaría que dijeran que lo hice sólo por verles arder.
 
Demonios. Otra gran frase, no siempre salen y aquí ya he desperdiciado dos. Sofía dice eso: Que no sé en qué momento parar; que quiero forzar todo y llevarme al traste la poca gloria que he logrado. Veo su rostro, veo sus ojos almendrados. Veo su cabello teñido cubriéndole las canas. Nos estamos volviendo un par de carcamales que se odian más de lo que odian a Dios o al condenado hijo de puta que nos trajo a sufrir. Ella no lo quiere decir, pero si pudiera me encajaría el tenedor de plata que nos regaló mi madre hace casi 15 años. En aquella boda que no debió celebrarse; siempre dije que nos debimos haber separado, cuando aún había cariño, cuando aun tenían algo de chispa sus ojos. Cuando aún podía agacharme a abrocharme las agujetas. Cuando usaba gel para el cabello, cuando la vida tenía algo de sentido. Pero no, henos allí, sin fuerzas para dejarnos y con toda una vida de felicidad por delante. A menos de que algún imbécil que tenga deudas monetarias consiga un poco de gasolina y rocié el edificio, que arda hasta los cimientos y todos nos convirtamos en pequeñas manchas de tripa y sangre quemada. Nada ansió tanto como ello.
 
SR Verano 2017

jueves, 2 de enero de 2020

Una tarde que esperaba por ella pensé en esto

No sé el número exacto de escalones, quizás 8 o 9 por cada rellano, donde hay dos rellanos por piso. 11 de ellos, a nadie le gusta trabajar tan alto, pero a veces es necesario para tratar de cambiar el mundo. No soy la mejor ni mucho menos, acaso soy un pedazo de todas las demás, de todos y cada uno de los que nos rodean. Eso somos, pequeños fragmentos de las ideas de otros. Pero con mis casi 50 años ya no hay mucho que esperar, acaso el retiro y la vejez con los nuestros. Se me hacía imposible a veces recorrer más allá del piso 7, se lo dejaba a las nuevas, a las que tienen todavía sangre y lágrimas que llorar, pero el sudor es prioritario en una profesión como esta. ¿Seré acaso de las más longevas? Mari tiene casi mi misma edad, pero no ha estado aquí tanto tiempo, nunca sabré la historia completa de esa mujer, no porque no me la pueda imaginar, sino porque a veces se pasa de misteriosa. Sigo bajando, el condenado número en letras rojas dice 6. Me faltan todavía bastantes, como he reclamado que vengan a arreglar el elevador, casi dos semanas sin que funcione correctamente, pero alza la voz un poco y te castigan.
 
-le tocan dos semanas nocturnas.
 
Seco y sin aventar agua primero, el mendigo de Rubiales le dio la orden a Carmelita. Me odia la muy arpía, me odia a muerte porque los doctores me hacen más caso a mí que a ella. Pero la desdichada se alió con Rubiales y me pasaron a fregar. Dos semanas en la guardia, ¡a mi edad! Debí hacerme la fuerte y renunciar, ya de todos modos quedan muy poquitas de aquellas buenas mujeres, la mayoría se ha ido retirando, cansadas de la sangre y los enfermos.
 
Se me olvidó decirle a la nueva que le retire la sonda al señor González. Pobre, lleva muchos días ya en la misma, nadie sabe que tiene, parece que se va marchitando día a día, como sus visitantes, como sus acompañantes, nadie resiste, nadie puede saber las horas que alguien puede aguantar el dolor. Luego resistir las sillas incomodas o los quejidos de los compañeros de cuarto. Quien pueda soportar que a media noche dejen de sonar ciertos aparatos porque alguien ya no pudo resistir. De verdad, ¡cuántos escalones!
 
Del otro lado de la pared con el numero 5 están en la última ronda antes del cambio de turno, allí debería estar, pero ya me dio hambre, no es fácil romper la rutina de desayunar a las 5, 20 años llevo haciéndolo, y unas semanitas no me lo van a quitar. Así se lo dije a Susana, chica linda, se va a casar con un muchacho de San Luis, creo. Ojala pudiéramos ir todos, pero ni aun cuando se detuviera el mundo podrían faltar tantas enfermeras y doctores. Creo que el Doctor Carmona le raspa a la pista. Así dijo la vez que lo cacharon con una música tropical en su despacho. No me gustan los sitios como este, siempre parece todo tan endeble, como un cartón pintado de blanco. Pero creo que lo que menos me gusta es la cantidad de doctores, siempre hablando como en cantina. Escandalosos y vanidosos, hace años no les hubieran dejado que se expresaran así. No me tocará ir a la fiesta de Susi, pero le voy a mandar con doña Soco una plancha. Todo matrimonio que se jacte de duradero empieza con una buena plancha, nada que una blusa o pantalón bien planchado no arregle.
 
Debería hablarle a Gonzalo, estoy segura que lleva estas dos semanas despertándose mal, si a mí me cuesta acostumbrarme a esto, no me quiero imaginar al pobre viejo. Con todo y que le dije a Juanito que me lo despertara antes de irse a la escuela, no confió en ninguno de los dos, seguramente se están tapando para que no me entere, pero el condenado viejillo me va a escuchar. De Juanito ya no me asombra nada, tres años estudiando para Doctor y de repente va y dice que ya no quiere, que le gusta la literatura. No sabe que de eso nadie vive. Las mejores calificaciones y va y las tira por leer a esos rojos. No le sirvieron las veces que su papá le hablo de los muertitos del 71. O como varios de sus amigos fueron desaparecidos en la sierra. A él no le gustaba la grilla y prefirió salirse antes de que todo se fuera a la… bueno, ese Juanito ahora trae el pelo largo y la barba mugrosa, mi viejo estaba furico. Le dejo de hablar un par de meses, pero al final son iguales, un par de liosos con alma noble.
 
Ya el 4 y aquí fue donde el condenado de Luis dijo que se le apareció aquella mujer, hermosa y triste, ¿No son así todos esos condenados espíritus? Pero, bueno, ese Luis no es el más fiable, si su hermano le ha sacado canas verdes a Gonzalo, Luis se pinta solo. Cuando iba en la secundaria me acuerdo que me pase más horas en las juntas con el profesor que con nadie más. Y ahí tan campante, como si el mundo fuera suyo. Les dije a todos los profesores que tenían bola blanca para castigar, pero nadie fue más allá de unos tizazos y unos coscorrones, pese a todo era un caco sinvergüenza pero muy simpático. De esos muchachitos que te les quedas mirando embobada, mientras observas como se roba unos bolillos o alguna fruta. Una sonrisa maravillosa y llena de picardía. 7 novias que le he conocido. Un total despropósito, su papá orgulloso, pero de repente le digo que no sería tan feliz si el condenado embaraza a una de esas muchachillas. Entonces si va a estar bueno. Que le consienta tanto, que sea su alcahuete. De todos modos nunca encontramos nada del espíritu, seguramente que se la imaginó. Dicen que “la planchada” es real, pero en todos los años que llevo aquí no la he visto. No me gustaría por supuesto, pero por lo menos así le daría un voto de confianza a ese condenado.
 
-¿quieres un tamalito Elenita preciosa?
-no Jacintita, ¡un café mejor!
 
Siempre con su café, si por ella fuera cambiara todo el refresco por café en el mundo entero. La pobre no quiere nunca subir más allá del 3º, dice que tiene vértigo, le creo, aquella vez que nos fuimos con las de intendencia a la latino, se estaba muriendo, aunque aguantó estoicamente, pero si sufrió mucho la pobre. A ella la conocí cuando inauguraron el piso de maternidad. Le gustaban mucho los niños, pero subir hasta el piso 6 solo para cargarlos y mimarlos era más de lo que podía esperar. Se parece a mí Trini, siempre jugando a las muñecas desde niña, ya es una señorita ahorita, pero como le gustan los bebés. A veces le digo a mi viejo que hicimos mal, y que a ver si no le hicimos un mal, por andarle metiendo desde niña los bebés. Vivimos con ese miedo, pero que podemos hacer. Por ahí andaba un muchachillo que le andaba hablando en las tardes, se pasa las horas pegada al condenado aparato. Al rato se le pasa el gusto, porque quisiéramos que termine la prepa mínimo. Aún está muy chica para que piense en la familia, salió muy buena para la escuela, mejor que los otros dos, pero me da miedo que se le alborote todo, ya una vez le chiflaron por usar esas faldas cortas. Me recuerda a Zulmita, ella era muy buena para las inyecciones, juraría que nació con una jeringa bajo el brazo, encontraba la vena en milésimas y ni que decir que nunca nadie se quejó por su mano. Pero Zulmita se casó con ese taxista y se fue a tener hijos a Pachuca. Todavía me manda de vez en vez con su mamacita unos pastes.
 
Quisiera que me dejaran de planta en el piso dos, todo esta tan tranquilo todos los días por aquí, que se parece un poco a una catedral, lo malo es que desde que llego Rubiales ya nadie puede permanecer en un mismo piso o área, todos los días es subir hasta el cielo y esperar a que su majestad se digne a asignarnos roles. A mi edad, y con esos guiños.
 
El ventanal que da hacia la avenida a veces pareciera que está vivo, con sonidos propios, sé que suena a superchería, pero así lo parece, aunque solo lo he escuchado un par de veces, tan rápido y fugaz como si no hubiera estado ahí, después de todo no tengo tanto tiempo libre ahora como en el día, siempre hay que estar checando a los pacientes, cambiar catéteres, acomodar almohadones, ver que esos condenados no sufran tanto. Me gustaba la época cuando me sentía un poco más vivaracha, tenía energía para ver aquí y luego irme a la casa con los muchachos y el viejito. Cuando llegaba muerta pero con la alegría de ver a los niños correteando por ahí. Voy pensando en ello, y en el tamal de rajas que me espera, que ansió con la misma fuerza que puede sentirse cuando pasan los de volteo en la avenida. Desde que están levantando una obra a la vuelta en Reforma, se llena esto de pequeñas vibraciones cada que los camiones avientan carrera o lamina. Lo bueno es que ya acabo el martirio de estar bajando escalones, la puerta únicamente me separa del día.
 
El aire matutino me llena de chapas las mejillas, pese a todo no hace tanto frio como cabía esperar, pero a veces pasa que sientes bastante el cambio de temperatura. Voy tallándome un ojo, la noche todavía me pasa factura. Le doy los buenos días a Doña Jesusa, desde que llegamos aquí hace varios años, ella ya estaba aquí. No alcanzó a decir más nada, ni el pedido, ni la contestación a su pregunta, el suelo me levanta lo suficiente para que caiga desmadejada. No soy la única, por lo menos unos 20 hombres y mujeres están igual; aquí viene la reacción, nada se queda en pie. Nada. El edificio de donde acabó de salir chirria, en seguida todo se va a blanco enceguecedor. Un ruido como un condenado silbido permanente me llena, donde antes había un día que comenzaba a solear, hay neblina. Muy densa, toso, o eso creo porque en realidad no escucho ni siento nada. Por allí se ve algo moviéndose, en medio de lo que parece un remolino de tierra que no desciende para nada. Es un hombre, creo, la sangre le mana de la cabeza y toda su ropa debajo del muslo esta deshecha, bañada en sangre. Su camisa es una mancha terrible, no va a salir con nada. Me niego a creer que sigamos vivos. Lo sé, estoy muerta y no fui lo suficientemente buena para que me reciba el cielo. Doy dos pasos en falso, como si me negara a avanzar por el miedo que me provoca comprobar todo esto. Que no sea verdad, que me haya quedado dormida en la guardia, me sorprendo pensando, creyendo que en realidad alguien puede pensar eso en momentos así. Mis oídos zumban con menor intensidad, pero sigue ahí, no me deja entender nada, miro mis manos, llenas de suciedad, con múltiples cortadas aunque ninguna de consideración. Unos dos metros a la derecha distingo algo abollado, un bote inerte. De latón, lleno de suciedad, rodeado de cosas que nadie fuera de un quirófano debiera ver. Pero está mal, no debería haber un pie ahí, no así solo, no sin un dueño, un pie de mujer, de mujer anciana. Pero ¿quién nos mató? ¿Quién fue? Ahí había un edificio. Ahí estaba mi edificio. Vengo de ahí, estoy ahí. Dos montones inmensos, llenos de suciedad, apenas somos unas pequeñas manchas a sus pies, pero debiera tener forma, ahí había un maldito ventanal que cruje, ¡un maldito ventanal! No esa pared hueca que abarca cientos de vidas. No ese agujero inmenso de donde salen miles de sustancias vertidas en un instante. Hay dos hombres que gritan algo, con desesperación, sin contener al mismo tiempo el llanto y el miedo. Eso huele. Hay miedo en sus rostros, comienzan a quitar piedras a lo tonto, como si dos piedritas que caben en sus manos hicieran la diferencia. Abro la boca para gritarles algo, pero no sale nada, no hay aire, no hay fuerza, solo un grito desgarrador que los aparta por un segundo de su tarea inútil, nos vemos con miedo, con un jodido miedo que nos paraliza por unos segundos, hasta que una piedra particularmente deforme se mueve y le pega a uno de ellos en el pie, lo trastabilla y eso rompe el encanto, vuelve a buscar entre las piedras, veo cada vez más gente que aparece de aquí y allá, con miedo, con un miedo que te carcome las entrañas, comienzan a gritar y a buscar hacer palanca para mover las piedras que sus manos torpes les permiten. Y entonces me giro, y allí donde debiese estar el futuro solo hay muerte. Demasiada muerte. Zapatos, ropa, cosas que nadie esperaría ver tirados a esa hora de la mañana, están ahí, como si el dueño los hubiera abandonado a propósito. Un hombre llega en una camioneta con un gancho y trata de juntar a otros para que lo ayuden a enganchar uno de los enormes varillajes que salen de una columna torcida. Tal vez si estoy muerta, debiera serlo, pero el dolor creciente en una de mis rodillas me empieza a inquietar, pero lo que de verdad transforma el miedo en terror es que estoy empezando a comprenderlo todo.
 
Sigo viva, seguimos vivos todos los que estamos aquí, allá dentro, de toda la cantidad de escombros que fueran vidas, están atrapados, algunos gritan, algunos lloran con un desgarro que te rompe, ya estamos rotos, pero igual cala. Replicas, se hunden varios pisos más, las sirenas de todos los vehículos disponibles suenan, la gente se baja de los autos para ayudar, con las manos peladas, con un calcetín de un color y de otro, algunos con la cara de un susto que los ha terminado por despertar si no lo hubiera hecho lo que acaba de pasar, madres que imploran por sus hijos, padres que tratan de romper el concreto con sus puños, se organiza como puede alguien para ponerle sabanas y cobertores a todos aquellos que van apareciendo sin vida. Sigo temblando pero el horror me impide seguir impasible, quiero correr a un teléfono público para llamarle a alguien, ¿a quién? Mis hijos probablemente estén en las escuelas, mi viejo en el trabajo. ¿Realmente lo están? ¿Siguen vivos acaso? Una compañera del turno matutino llega tras dos horas de infierno, dice que la ciudad está colapsada, parece que todo se cayó. Quiero huir, quiero correr a ver a mis hijos, quiero hacer todo y atino únicamente a buscar un botiquín que alguien trajo, pongo un par de gasas a un hombre que requiere una cirugía o perderá el brazo, se le oye quejarse, llorar y rabiar, su esposa y su hijo recién nacido estaban dentro, todos estaban dentro, la vida estaba dentro. Aquí solo hay muerte y caos. Nuevas palpitaciones que arrecian el llanto, la mugre, el miedo. Todo es un jodido caos. Mis hijos. Mi esposo. Quizá vivan. Quizá ya este muerta, nada me garantiza que no esté bajo toneladas y toneladas de concreto y varillas. Desearía estarlo, así todo se hubiera acabado y no estaría en la incertidumbre, pero aquí sigo, tratando de auxiliar en lo que puedo, en lo que sé. Algunos no llegaran más allá de la noche, otros ni al atardecer. No hay suficientes doctores, no tenemos suficientes manos. Quisiéramos multiplicarnos hasta decir basta. Hasta reemplazar a todos aquellos que están allá adentro, pero nos toca ver el horror, de vez en vez sale alguien con buenas noticias, gente que se encuentra, gente que se abraza. Muchos más lloran.
 
SR marzo 2019