sábado, 3 de octubre de 2020

Los mensajes que nos perdemos por encontrarnos idiotizados

 Nunca había estado ahí, no me gustaba de hecho, las dos puertas abatibles de madera aún se balanceaban cuando me deje caer en una de las sillas de metal, el poco público asistente apenas me dirigió una mirada. No era nuevo en eso de ir a las cantinas, pero si era nuevo en aquella, lejos de todas las anteriores, un sitio deplorable con una mesera que lentamente, como si deseara estar muerta se acercaba viéndome con su infinita sabiduría.
 

-¿quiere ordenar?
 

Aun no me resignaba a que comenzaran a tratarme como un adulto, digo, tenía poco arriba de los 30, pero de alguna manera me sentía como un jodido adolescente todavía. Mi ropa no era síntoma de ella, hacia casi 3 meses que vestía formalmente, así no tuviera empleo. Un traje carcomido por la mierda. Pedí una cerveza, luego de observar la carta, todo lo demás era muy de adulto contemporáneo, me sentía un poco rebelde, pero a nadie allí parecía importarle lo mas mínimo. Llevaba un par de días atascado en el alcohol. Mi madre había muerto apenas 4 días atrás. Nadie le había llorado tanto como mi hermano, estaba devastado, pero increíblemente tenía la fuerza suficiente para hacer todas las gestiones, yo estaba jodido. Perdido en cuanto bar o sitio me encontrara. De nada servía todo eso, lo tenía bien claro, pero no sabía que más hacer, no era tan jodidamente fuerte para llorar por todos los rincones a la menor provocación, y luego arreglar la cantidad de jodidas cosas que había que hacer. Mi hermana tenía que vérselas con sus propios problemas, un esposo un hijo de puta, su hija una puta y un destino incierto; para nadie era un secreto que le podía sacar mucho dinero a todo eso. Mi madre no era rica, nunca lo había sido, pero había trabajado hasta el último día de su vida para el gobierno, y alguien tenía que hacerse cargo de su plaza. Mi hermana era la buena para ello, yo no quería ni podía, y mi hermano no era muy bueno para ello. La cerveza sabía peor que una patada en los testículos. Llame a la mujer, que se arrastró decididamente por todo el piso recién encerado por la mañana de aquel lugar, lo sabía por el brillo.
 

-¿si?
 

En su escaso vocabulario encontré las respuestas necesarias, pedí una nueva cerveza de esa mugre que comenzaba a aflojar todo, como si fuera un tobogán, donde los recuerdos se sucedían con la misma celeridad que una pendiente de jodidos 65 grados, esperándome al final un condenado foso lleno de pinchos, de todos los malos momentos que podía esperar, de la cantidad increíblemente pesada de mierda que se aglutinaba al fondo. Pero no era nada que no hubiera pasado antes, quería a mi madre, pero no tanto como para hundirme en la mierda. ¿A quien jodidos quería engañar? Su muerte era una excusa para seguir bebiendo, porque a un ebrio le puedes dar la mínima y necesaria idea para que todo se convierta en su motivación para el vicio. Lo necesitaba, lo anhelaba y deseaba hundirme en él. Apareció la mujer con la bebida y ya pronto me trajo un plato de alguna mierda, no se veía nada apetecible pero decidí probar, al rincón de mi estómago junto a aquellos frijoles refritos que comí hace 2 días le pareció repugnante y así me lo hizo saber con un gruñido, o quizás era el hambre devastadora.
 

La mujer tenía la cara hundida y picada por la necesidad de alcohol, ella abría el grifo tal vez más que yo, sus piernas eran torneadas, llenas de varices, llenas de moretones de algunos golpes en las mesas que rodean la mía. También incluso por los golpes que seguramente el hombre que se la coge le propinaba, debía ser lo suficientemente inteligente para no atrofiar lo mejor que tenía aquella mujer, entrada seguramente en sus 40s, con una docena de kilos en aquella cintura que alguna vez fue decididamente firme. Los glúteos oprimidos por una falda que invitaba a pensar que era cuando menos dos tallas menos, pero sigo creyendo que la vida era toda ilusión y que los mismos fantasmas que me recorrían eran los que me hacían creer que estaba peor de lo que podía imaginar aquella mujer. Abrió su boca, el chicle asomo por encima de la lengua y en medio de aquellos dientes picados por los años y años de mala higiene bucal, me estaba tocando el hombro, jodidamente esperanzador, le hice señas para que se acercara y le pregunte por la cantidad de pesos necesarios para que se empinara y me dejara verle el ojete. Sonrió un poco, y luego se fue meneando el culo. Grotescamente fabuloso, me empalme. Nunca lo suficiente para que se notara o fuera muy evidente para que me sacaran de ese sitio de mala muerte. Me apunto un numero en la servilleta, su nombre y acaso la cantidad que pedía. No esperaba tanto, solo quería sentirme útil una vez más, llegar a casa de mamá y decirle: ¡mira, si soy capaz de hacer algo aparte de beber hasta perderme! Pero lo más seguro es que nunca pasará, que me emborracharía hasta perder el conocimiento y algún o alguna buena samaritana me despojaría de mi dinero, no sería la primera vez.
 

La pequeña máquina que suena incesantemente con música de borracho y amores perdidos me recuerda que hace algunos años yo estaba igual, trenzado por los errores que había cometido y abrazado a cuanto extraño me dejara invitarle un trago para relatarle las idioteces que había cometido en nombre del amor o lo que yo creía que era tal; algunas mujeres habían pasado desde entonces y me había vuelto más cínico, jodido por siempre mientras los días se hacían largos y lentos, con el pelo cayéndose y las estrellas que se ocultaban bajo el jodido smog de la ciudad. Las caléndulas muertas por mi propia equivocación, por mis descuidos y la acción de la vida misma. Pero así era siempre, terminaba todo con una serie de errores garrafales que al iniciar el día se equiparaba con la peor cruda, así había sido por aquel entonces, tenía casi 27 o 28, la verdad no lo recuerdo con tanta claridad como lo podría esperar, pero así había sido, mi vida una autentica porquería llena de alcohol y amaneceres confusos.
 

Apenas 4 días desde que había enterrado a mi madre y ya estaba borracho nuevamente, perdido en la necesidad de no querer entender lo que había pasado, como si con cada copa o botella tomada la idea de que estuviera muerta fuera menos dura, pero aún seguía sin quebrarme, aunque probablemente mi actitud pareciera menos proclive a ello, mi vida era un completo desastre empezando por la jodida cerveza tan mala que estaba bebiendo, siguiendo por la jodida mujer que no quería cogerme pero estaba esperando a que le marcara y me untara su labial horrible y oliera su condenado aroma a cantina, estaba oyendo música que perpetuaba la idea de que debía seguir bebiendo porque eso era la idea de ser un jodido borracho, nada bueno empezaba en aquel sitio, nadie salía vivo de allí, y sin embargo tenía una especie de stop que me impedía entregarme por completo a lo que estaba pasando allí, a que todo ese humo que no se sabía de donde venía me estaba embruteciendo más que la misma cerveza, a que las horas poco a poco dejaban de tener valía, para convertirse en el mismísimo infierno, en aquello que ya se sabía que era tal, mi vida era eso, una reiteración de que el infierno nos lo estábamos granjeando a cada segundo.
 

Abrí de nueva cuenta la boca y saboree su lengua rasposa, llena de los años de vida desigual que había llevado, su aliento me convertía en una masa informe, el pene que entra y sale de su panocha llena de años y años de mala vida, no es que lo mío fuera mejor, pero me sentía menos jodido al expresarlo, y abriéndonos en par mientras la vida se estampaba en las ventanas de aquel motel con olor a cientos de parejas copulando en la semana, quizás sin una verdadera limpieza a fondo, con chinches correteando por todos los rincones oscuros y visibles, con un foco de color imposible de determinar que alumbra justo encima del medio de la cama, con una vida llena de mierda que se acumula por todos los poros que están liberando sudor, y llenando el espacio de un olor tan nauseabundo que me hacía muy difícil contener las ganas de vomitar, de odiarme por no poder detener todo cuando debí, de ser tan jodidamente débil como para no llorarle a mi madre y hundirme en el alcohol, en ese sabor a mierda que recorre mis intestinos desde hace varios días y noches. Y al final sigo allí, sin querer dejar de sentirme como un jodido imbécil, sin dejar de empujar mi miembro dentro de aquella mujer jodida, odiándome a muerte, deseando llorar, sin poder evitar que mis ganas de beber me lleven de nuevo a ese sitio, condenado a repetir todo una y otra vez, como si no fuera suficiente con las repeticiones de mi cerebro, como si fuera necesario que lo vea una y otra y otra vez hasta que todo apunte al final. No debiera tardar tanto.
 

SR Primavera 2019




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