Todo iba mal, había vuelto a beber y una noche deje la botella semivacía. Algo me estaba convirtiendo en todo aquello que odiaba, o que imaginaba que odiaba. Algunas veces parece que todo irá por el camino menos transitable, y comenzamos a sacudirnos con la violencia necesaria. Los pequeños movimientos que arrancan los suspiros, deje de caminar y me senté a la orilla del camino, había un riachuelo a lo lejos, el sol estaba en todo lo alto y yo en medio de la nada; quise decir que no había tal camino, era el que me iba labrando con mis botas, no usaba algo de marca, de hecho no tenía botas, eran simples zapatillas deportivas que amenazaban con hacerme caer por alguna de las laderas escarpadas. No tenía ni puta idea por donde estaba, el cielo era claro, el ruido de la nada, el sol en todo lo alto mientras algunas aves vuelan alrededor, haciendo el amor en el aire, como hemos soñado todos los malditos humanos desde el comienzo de la vida misma, volar por encima de otros, defecarnos en las leyes de la física y la biología que nos mantienen unidos al condenado suelo. El cielo era claro, azul, con algunas nubes muy lejanas, en ningún momento cubrían el rayo inclemente del sol. El sol estaba en todo lo alto, con mis recuerdos jugándome a la contra, deje de beber una noche de otoño. La recuerdo porque seguía atrapado en las noches jodidas de no poder escribir nada, de estar sometido a la tortura de la idea. Siguiendo las pautas de unos ruidos infernales, quise abrir los brazos y dejarme caer en aquellos montes cubiertos de zarzas y cactáceas altas como dándole un dedo medio a aquel jodido calor de desierto. Estaba en una zona que a nadie le gustaría estar, hable antes de un riachuelo, mentí, lo más probable es que sea otra de esas alucinaciones auditivas que me escuecen dentro de la mente cada tanto. Quisiera que me dejara el sol, el condenado rayo de los medios días de un día de octubre, tal vez septiembre. Faltaban muchas horas para que el manto de oscuridad se deje sentir, en realidad no tengo ningún interés en conocer a los coyotes; hay coyotes, famélicos que roban una gallina acá o un pinche conejo en algún punto de este cerro desvencijado. Abrí los ojos aquella tarde, en medio de la nada, con el sonido más puro, la inocencia de alguna niña siendo violada por los vaivenes infernales de la catequesis. Quise abrir los ojos realmente, no podía, el miedo estaba presente, siempre lo ha estado, como si las mentiras fueran su principal combustible. El sol estaba en todo lo alto, mientras los pequeños insectos de colores tan antojables como repelentes se aparean en espera de otro invierno jodido, el sol calienta las espaldas de todos y cada uno de los que nos encontramos aquí, pequeños insectos de vientre claro que danzan mientras enseñan a la siguiente generación a morir tan rápido, algunos no conocen otra estación que aquella en la que han nacido. No hay eclosión continua, los días son rápidos y tienen un trasfondo peligroso. Di un par de pasos hacia el vacío, que se abre con unos 10 o 15 metros debajo. Alucinaciones dañinas, en realidad eran 3 o 4 metros, si fuese más ágil me brincaría para no rodear, ahora lo comprendo, debo rodear esa pequeña caída, en lugar de avanzar de frente, lo que reduciría el tiempo en 1 o 2 horas, me veo en la necesidad de caminar por un trayecto más largo, tal vez 5 horas más perdido, aunque no tengo realmente a donde ir. O porque apurarme. El sol estaba en todo lo alto, enseñando los colmillos en medio de la nada. Quisiera ver tus dientes, el perro dorado camina tras de mí, siguiendo los pasos de alguien que vacila cada tanto, traigo la ingle rosada. Hace muchas horas, no quiero seguir avanzando, no quiero seguir perdido, necesitamos el comienzo de la noche. Pero aún está lejos, la cosa debe andar cercana a los 35 grados, para mí el infierno está mucho más congelado. Los días sucesivos vendrán tras momentos de calma absoluta, estas seguro que por más que quieras seguir de frente, el golpe de aquella mañana te evitara seguir, sigues vivo, bajo aquel rayo del sol, luego de caminar por casi 4 horas, con la jodida entrepierna envuelta en fuego. Debiste ser más listo, no lo eres, el sol te ha dicho eso, todos te lo han dicho, te has perdido en el abismo, no ese pequeño agujero cubierto de maleza que se abre frente a ti en esa tarde de otoño, sino aquel hoyo negro que te obliga a seguir mirando hacia la nada para entender porque sigues vivo. Abrazas el calor que sube desde la hedionda entrepierna, desearías estar muerto, al menos no tendrías el futuro que se avecina, ese donde sigues vivo y arrepintiéndote por no darte un tiro cuando pudiste, son las casi 2 de la tarde, el sol está en todo lo alto y tu estas perdido en una ensoñación innecesaria. Quisiera ser más divertido y no hundirme. Son las 2 de la tarde de una tarde de otoño, te has visto reducido a esto, a hablar sobre el destino cruel que te espera, casi 3 horas después logré avanzar, nadie hay aquí. El sol está en todo lo alto.
SR Otoño 2018
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