jueves, 7 de septiembre de 2023

La última vez...


Lo más difícil de esto es darle carpetazo final a una serie de escritos que me acompañaron durante casi 20 años, es cierto ya no soy la misma persona que fui, o quizás sólo fueron cayendo las capas de encima para develar lo que en el fondo siempre he sido. Lo dijo muy bien Aguilera en aquellos tiempos: “nadie cambia”. 


Han sido 18 años desde que cogí una pluma y unas hojas para comenzar a soltar desvaríos alimentados por el alcohol y las ganas de no tener un futuro, no imaginé siquiera que llegaría tan lejos o que por el contrario seguiría aquí, en el mismo lugar donde comenzó todo. Quizás exagero, porque no es ni la misma casa, ni las mismas condiciones de cuando di inicio a esa serie de escritos con aquel título tan estúpido como identificativo de lo que acontecía: Desierto. 


208 historias que compartí a lo largo de poco más de once años, porque la primera vez que abrí esta página para compartir algo completamente personal, y a la vez ficticio, fue en agosto de 2012, desde entonces publiqué de manera más o menos continua todas aquellas historias o fragmentos que pude, todo aquello que me pareció idóneo en el momento. Algunas veces no tenía el mejor ritmo o la mejor narrativa, pero fueron esos pedazos un poco de lo que acontecía en mi vida. 


Están sentenciados a quedar como fiel testigo de lo que fui por un largo tiempo, que, si bien no fueron los últimos 10 o 15 años, si hay muchas cosas ahí que sucedieron. También es cierto que no se puede negar el bajón que significó en los últimos cinco años, cuando comencé a publicar las historias una vez al mes y ya no por montones en un año. Durante dos años, los primeros, puse en línea cerca de 62 escritos diseminados en 11 meses no continuos.  Más de la tercera parte fue puesto en aquellos dos iniciales años, para luego comenzar el ritual de publicar dos veces al mes y finalmente una cada mes. 


Ella apareció en los escritos hace mucho tiempo, más onírica que real y con ello me remito a mi poco conocimiento del psique humano, a lo que intuimos o deseamos que las otras personas sean y se conviertan, quizás amparados en los cientos o miles de caracteres que se han distribuido a lo largo de los muchos años de lecturas, que pese a todo hace casi 4 años que no leo con asiduidad, apenas unos 10 libros en este periodo tan oscuro, la convertí en la musa inexpugnable y con más virtudes que defectos despojándola de su humanidad. Cabe mencionar que de unos años para acá ella no apareció más, porque dejo de tener ese halo de cuasi divinidad que le había sido otorgada por los años y años que pululo por las historias. No se le extraña a ella o a lo que inspiraba, sino a quien se encargaba de escribirle, a ese tipo ensoñador que dio paso a una calca de un humano complejo. No es que no lo fuera antes, pero pareciera que los patrones se repiten con tanta frecuencia que dan miedo. 


Debo agradecer que durante los últimos once años alguien o muchos alguienes tuvieran la delicadeza de leer lo que escribía, de prestarle 10 o más minutos para dejarse carcomer los ojos por las letras de un sujeto que en vida jamás hablaría más pausado y menos inteligente de lo que podía poner por escrito; el punto máximo de esa atención fue la carta de despedida a mi abuela, sin mencionar jamás a quien iba destinada, porque quise que quien la leyese la pudiera amoldar a su propio duelo, que cada que alguien quisiera recordar ese sentimiento de dolor apabullante en que se convierte el deceso de un ser querido, acudiesen a ese texto con mala sintaxis y mucho dolor y corazón a cuestas. A fin de cuentas, eso es lo que siempre quise hacer, que todo fuese un amasijo de dolor y tripas, de sangre y alcohol, de rabia e impotencia ante el paso del tiempo, entremezclado con algunos toques de alegría, de miedo y de incertidumbre por lo que podría depararnos el tiempo.  Ese pequeño texto, publicado nueve meses después de la muerte de mi viejecilla alcanzó una nada despreciable cifra de 430 vistas, nunca he sabido quien o quienes acudían a ello, pero les agradezco que lo hicieran sin decirme nada.


Fiel a mi costumbre de redactar párrafos larguísimos, que ni la maestría ha podido derrumbar, y lleno de muchas ideas dentro de cada uno, este último texto cumple con una de las máximas que implemente cuando comencé a escribir todo de manera digital, nunca guardar nada hasta no rebasar la primera cuartilla, porque era una especie de reto al destino o a los hados de la suerte para que en caso de que fuese una mierda de escritura fuese obra de la predestinación el que se guardara o no; pocos, por no decir casi ninguno se perdieron de esta manera. 


Hace meses perdí la chispa para escribir, perdí el rumbo para seguir alimentando este sinsentido que es la vida, uno más de los talentos desperdiciados que se murieron por mi incapacidad para nutrirle, por el miedo de seguir vivo. Hace años que dejé de vivir como antaño, y prueba de ello es que me hice más responsable en algunas cosas y más irresponsable en otras, esto último afectó irremediablemente lo que provocó el cierre de este asunto. 


Mi habitación ya no es ese escondrijo de 1.6x2 que me hacía sentir que vivía en un agujero rodeado de mi cinismo, desesperación y alcoholismo-drogadicción, lo más triste es que deje de estar melancólico, o esta ha quedado sepultada bajo una nueva capa de enojo y desesperación. Lo cual me ha impedido nutrir de carne viva a nuevas historias, sin contar la perdida de las casi cuarenta anécdotas que desaparecieron para no volver. 


Sin más, adiós. La oscuridad nos reclamará en algún momento. 


SR. verano de 2005- verano de 2023.


miércoles, 2 de agosto de 2023

Libre de culpa

 -“cada acción tiene consecuencias”… luego esbozó una sonrisa perturbadoramente sexy.
-eso te dijo?
-si…
-quieres decirme, que de cien mil cosas que te podía decir aquella mujer…
-el diablo…
-…el diablo… quieres decirme que de cien mil cosas que te podía decir el diablo, escogió decirte eso?
-pues sí, pero debiste verla. Sonreía como si estuviera fuera de si aquel que llamaba mi amigo.
-no es que desconfié de tus…experiencias, pero quiero creer que sería mejor otra cosa.
-es…no puedo explicarlo.


Su cara reflejaba exactamente aquella contrariedad, José Rodrigo era mi amigo de muchísimos años, quizás más de los que podía contar o imaginar, y lo apreciaba como tal, muchas veces nos habíamos corrido juergas tan largas como demoledoras, habíamos amanecido en lugares tan jodidos que era un milagro que siguiéramos vivos, pero ahora estaba sentado frente a mí, decididamente afectado por aquello que llamaba “experiencia” y que yo tildaba de alucinación. Me había dicho que el diablo lo había estado rondando, pero no quería poseerlo de manera demoniaca, sino que quería perderlo. Mi primera reacción fue de burla, no es que mi amigo fuese un católico o un cristiano ejemplar, al contrario, muchas veces cometía pecados que le era difícil distanciar de lo que él consideraba “moralmente aceptable sin ser malo”. 


-se me paro el miembro, lo juro, con la misma voz que te digo que no pude evitarlo.
-si guey, pero… ¿por qué?
-le agarré una nalga.
-jajajajajajajaj no mames.
-es en serio. Me dijo que cada acción tenía consecuencias y le agarre una nalga. Ella o él, sonrió de manera perversa y me condujo hasta aquel sitio.
-el sitio donde flotó sobre el agua? Como…
-de la misma manera, se reía mientras lo hacía y dijo que era muy sencillo dominar a los hombres, en plural, que nos impresionábamos por cosas tan idiotas como caminar sobre el agua como si fuese un piso sólido.
-bueno, supongamos que es cierto, que paso eso de que haya flotado luego de llevarte a aquel sitio, pero ¿por qué jodidos le agarraste una nalga?
-tú lo hubieras hecho también, cualquier hombre lo hubiera hecho…aun sabiendo que eso acarrearía algo. Fue superior a mis fuerzas, desde que apareció en…
- ¿si?
-te vas a seguir riendo…
-guey, sigo aquí escuchándote ¿qué más te da si me rio o no?
-llevaba un bikini blanco, tan transparente y chico que se desbordaba.
Mi carcajada se debió escuchar a kilómetros a la redonda. Pero lejos de ofuscarse mi amigo, continúo con su relato que por momentos dejaba entrever en sus ojos la chispa de locura que tenía desde hacía casi dos semanas.
-no era nada que haya visto, cualquier mujer que puedo describir me dirías que es mentira. Creo que desde el momento en que apareció por la puerta de la casa me enamore de esa cosa.
- ¿un súcubo quizás?
-se lo pregunté. Me dijo que no, que era mejor porque no me drenaría sexualmente, que únicamente me haría perderme sin que siquiera me tocase.
- ¿no podías conseguirte algo mejor? No me parece justo que tú pierdas todo y ella nada.
- ¿crees que elegí eso? La he acorralado cada que he podido, la he intentado penetrar tantas veces que se ha vuelto un jodido chiste. Su cabello rubio, sus pezones gordos, sus labios vaginales chorreando…y no se me para. ¡Con una jodida! Estoy empalmado ahorita y cuando estoy ahí, no tengo ni la menor energía en el maldito chisme este. Se va todo al carajo.


Lo vi y lo compadecí, porque su locura comenzaba a afectarle, nunca en nuestros casi 20 años de amistad se había referido de esa manera al sexo, asumíamos que el “bien” o “mal” que decíamos cada que nos preguntábamos por como marchaba todo, incluía el sexo. Pero ahora me estaba hablando de impotencia y de querer tener relaciones con una aparición… fuera cierta o no. La broma no me gustaba. Pero le seguía escuchando y sabía que irremediablemente no hacerlo conduciría a una ruptura en nuestra camaradería.


-  ¿Cómo apareció? O ¿por qué apareció mejor dicho? ¿Hiciste una pendejada?
-que carajos voy a hacer, tu sabes que no sé de esas cosas…
-hasta hace 40 minutos no tenía ni puta idea de que supieras de esas cosas.
-pues no, no hice nada, un día simplemente la vi en la calle y no pude evitar seguirle. Su cabello rubio ondeando por aquí, por allá, como si fuera la cosa más inocente del universo. Tu sabes que no soy de esos cabrones que van persiguiendo mujeres en la calle, pero no pude evitarlo, la seguí y casi me atropellan. Ella rio.
- ¿qué? ¿Se rio de que te iban a atropellar?
-sus palabras fueron: “sabía que era un cuerpo sensual, pero casi te atropellan por venir fantaseando conmigo. No deberías verme tanto”. No pude decirle nada, nos fuimos a comer.
-…
-suena a una estúpida cosa inventada, soy el primero en admitirlo, quiero decir, ojalá fuera mejor, ojalá todo empezara conmigo haciendo un pinche pacto para tener un millón de millones o tenerla como caballo, pero no, estaba caminando como cualquier otro pinche día y ella me condujo hacia… bueno, me dijo que lo principal era poner alrededor mío un circulo para que ella me encontrase cada que se le antojara. 


Me rasque la cabeza y nuevamente desee que todo esto fuera una de esas charadas que nos inventábamos cuando estábamos ebrios o drogados, como si fuera una broma de dos viejos lobos de mar que no tienen otra cosa que hacer que establecer un chiste en forma de código. No sé, algo que me dejara ver que no se estaba volviendo loco el cabrón que era mi amigo. 


- ¿te hizo una especie de hechizo?
-no, no sé qué sea, no tengo la menor puta idea que jodidos fue, pero desde esa tarde la veo tan pronto como abro los ojos, tan pronto como despierto ella aparece y me convierte en un pobre estúpido dominado por su cuerpo, por su mente, por sus risas, por su cara. Es la mujer más hermosa que he visto en la condenada vida. Y lo peor es que… no puedo resistir nada.
- ¿te ha pedido hacer cosas malas?
-castigos, siempre castigos. Dice que las elecciones cuestan.
-No chingues…¿has matado a alguien?
-no…no, nada de eso, pero temo que hay cosas que conducen a cosas malas. A cosas insanas, he visto cosas terroríficas. Mi vida se ha vuelto una especie de horror indescriptible.
-lo peor… lo peor, son las pesadillas cuando sueño, sueños tan vividos que despierto gritando, mi mujer ya no duerme conmigo desde entonces…bueno, ni siquiera en la misma casa.
- ¿Sofi se fue?
-Si. Fue luego de un sábado, estaba soñando que… no sé, algo relacionado con una sombra, pero de repente desperté y ella estaba aterrorizada, en un rincón del cuarto, blandiendo un zapato como si fuese un arma. Lloraba y me miraba con odio. No entendía que pasaba hasta que encendí la luz y vi su cara bien, tenía un golpe que comenzaba a hincharse en la frente…
- ¿le pegaste?
-no exactamente, dice que estaba soñando y de repente sintió mi mano en su cabeza, se despertó porque la presión en su pelo era exagerada y…comenzó a gritar, porque vio que mi mano no era como siempre, vamos, ni siquiera puedo decir que haya sido mi mano, dice que parecía más larga de lo normal y que tenía las uñas largas y negras, que la estaba sujetando del pelo y cuando se trató de incorporar y despertarme, la estampe contra la pared. Pero lo peor es que mi brazo estaba en una posición imposible, con una fuerza demencial y no le soltaba. Fue hasta que se quitó con una patada en mi costillar que le solté, desperté 2 minutos después.
-carajo. No la culpo por irse.
-no se fue por eso. Me vio…
- ¿a qué te refieres con que te vio?
-hablando con ella, pero Sofi solo vio una sombra…tan oscura que el miedo la paralizó, no pudo gritar, no pudo correr, se orinó ahí mismo.
-entonces ¿qué hiciste?
-no hice nada, estaba perdido en los ojos de esa mujer.
- ¿el diablo?
-si. No escuche cuando se fue, pero ella me lo dijo, “tu mujer y tu hija se acaban de ir”. Y no tienes ya nada a que aferrarte.
-quiere…
-no. El suicidio es muy sencillo para ella. Quiere un sacrificio a cambio de su sexo.
- o sea que si te ha pedido algo a cambio de coger con ella…
-no… me ha pedido nada, eso es lo endemoniado. Dice que del nivel del sacrificio será mi recompensa…o mi castigo.
-No sé qué decirte viejo, al principio me pareció gracioso, pero ahora me preocupas. ¿Quieres que hablemos con alguien? ¿Quieres que vaya a ver a Sofi?
-ella ya no es ningún problema… pero ni así fue suficiente.
- ¿Qué hiciste cabrón…?
- ¿¡qué!? Nada carajo. No le he puesto una mano encima.
-pues especifica cabrón, dices esas mamadas y luego no quieres que uno reaccione con miedo a lo que te ha pedido hacer.
-no me ha pedido hacer nada.
-bueno, eso… da igual, tienes que buscar ayuda.
-eso hago, quiero que atestigües lo que voy a hacer.
-con una verga…
-no voy a poder vivir después de esto viejo, pero necesito que me guardes en tus escritos, en tu memoria, que alguien más lea esto y entienda que hay entes que pueden perdernos. Quiero que mi sangre sea venerada por dejarla entrar a las mil y una mentes que puedan atestiguar lo que voy a hacer.
-déjate de pendejadas…
-no es ninguna pendejada Manuel, no es ninguna pendejada que te diga que a todas estas personas la vida les brindará la oportunidad de sentir ese escalofrió recorrer su cuerpo, quizás su alma desde que entiendan que lo que han visto es una parte del universo que no pueden comprender, que quizás no estén listos para comprender, pero los estará esperando, porque ahí a donde vamos no hay nada de luz, todo se convierte en la noche eterna. Te veré pronto amigo… atestigua.


En algo si tuvo razón mi amigo, esa mujer es bellísima, la vi solo un fragmento de segundo, quizás un poco más, la reconocí por su sonrisa perlada y su cabello rubio como si no fuese de este mundo, el golpe que me dio Rodrigo para tirarme al suelo me provoco que la viese aún más majestuosa cuando entró por la puerta con una aura tan blanca que me hirió los ojos, es lo último que puedo recordar coherentemente y que no he contado a la policía cuando vinieron, a los medios cuando aparecieron y finalmente a toda mi familia. 7 muertos, todos acuchillados por el vientre, su sangre apestaba por estar mezclada con sus desperdicios, lo peor es escuchar a la gente suplicar por su vida a los dioses que nos ven desde su curul, el llanto al saber que van a morir a manos de un pobre desgraciado que hasta hace 3 meses tenía todo porque luchar. Hoy está encerrado, ni siquiera esa gracia le concedió aquel ente, no murió y es posible que ahí donde esté busque muchas maneras de intentarlo, pero no lo conseguirá y eso lo frustrará más y más y lo perseguirá en esos sueños extraños que han comenzado a tener cierto sentido. No he hablado con él, pero su mirada antes de clavarse el cuchillo en el cuello me dijo todo, me hablo desde el foso en que vivía su cerebro. No sirvió para nada y el sacrificio se trastocó en castigo. 


SR Primavera 2020




martes, 4 de julio de 2023

Un viejo cuento antes de dormir

 Ha dejado de llover hace varios días, fueron las más grandes tormentas que la mayoría recuerden, aunque en realidad pocos llevan un registro de lo que acontece, quizás por ello mi obra ha pasado inadvertida, quizás a nadie le importa un comino lo que estaba sucediendo dentro de las entrañas de esta ciudad. Han comenzado a circular imágenes en los sitios que sólo miran los depravados, una noticia suelta en los grandes diarios, a nadie parece importarle lo que sucede por las noches en aquellos barrios, con aquella gente que sistemáticamente olvidamos porque viven fuera, para el resto es como una colilla en el suelo, aplastada y con las brasas ya marchitas hace bastante tiempo. Son pocos los que reparan en ellos y principalmente lo hacen por un sentido imbécil de la moralidad, de su doble moral, quieren limpiarlos porque con ello creen que lavan sus pecados, o sus propios errores. 


Algún desdichado cambia un par de impresiones con el reportero que le dará unas monedas y luego volverá a mirarle de soslayo, dejando que el vagabundo se pierda en la oscuridad donde habitan, en la noche eterna que responde a sus vidas carcomidas por las farolas nocturnas, las enfermedades mentales y el sinsentido de la existencia. Lo abrazan con tanta enjundia que a veces parecemos nosotros los dementes por aferrarnos a la condenada desdicha de tener que madrugar, lavarnos, mal comer, trabajar hasta que desfallezcamos y luego soportar toda la mierda que viene con ello: el tráfico, la infidelidad, las desgracias llenas de una alimentación deficiente que nos alcanzan en la vejez para recordarnos que no debimos desperdiciar nuestra porquería de vida. Y ellos ahí, mirando hacia algún lado, quizás sintiéndose superiores porque aun su propia existencia no tiene mayor significado que el aquí, el ahora, no hay planes, no hay futuro y ellos están contentos con ello, durmiendo en algún agujero lo suficientemente bueno para sus propios huesos. 


Los tres primeros fueron los más difíciles, porque aún tenía remordimientos, porque no quería parecer un demente, aunque probablemente lo sea, me arme de valor y deje caer la barreta con tanta fuerza como fui capaz, el golpe sordo lleno el espacio nocturno, la cobija se agitó lo suficiente para que el siguiente fuese más violento, más cargado de ira por lo que me habían obligado a hacer, por tener que soltar unas lágrimas que significaban la ruptura de mi consciencia, de lo que quedaba de mi integridad. Eran pocas las cosas que importaban mientras el objeto descendía y se impactaba con lo que pensé con seguridad era el espacio entre su nariz y la quijada. Un golpe más y otro y otro. Así hasta que no quedaba nada de mi por dar, por una masa sanguinolenta debajo de la cobija que seguramente no sabría ni que fue lo que acababa de sucederle debajo de aquel puente. Me aleje con tanta premura que no fui consciente de que dejaba mucha evidencia. 


Me prepare mentalmente para que me arrestasen, para que viniese la chota a encargarse de la escoria de la sociedad que ahora era. Tres días después no había ni siquiera noticia de que algo hubiese sucedido, me acerque con tanto temor al bajo puente, espere ver todo lleno de cintas amarillas, un sinfín de equipos periciales y forenses. Pero no, no había nada, simplemente habían arrastrado el cadáver a la morgue o directamente al hoyo común donde todos terminaremos, al menos todos los que sabemos que la vida es mera absurdez. Ahí aparecía un pequeño recuerdo de la existencia de aquel bastardo, una pequeña vela ahora apagada que algún buen samaritano quiso dejar para señalar de que ahí se había extinguido una vida.


Los días siguientes fueron frenéticos, tres o cuatro golpes bastaban, no era necesario arriesgarme de más. Tres hombres y una mujer fueron los siguientes, ella estaba despierta cuando cayó el primer golpe sobre su ojo derecho, alcanzó a levantar un brazo pero no a emitir ningún gruñido, porque estaba ahogada de su propia miseria, quizás alcohol o algo mejor. Ello no impidió que el segundo testarazo fuese directo a su tráquea. Acabo todo en menos de 10 minutos. La sangre corría acera abajo, un pequeño en su misma condición me observo a lo lejos, pero fue incapaz de decir nada porque tenía el cerebro embotado por tanto activo. Le agende una cita y él lo sabía, que era el ángel exterminador de sus pesadillas de vapor condensado.


Noche calurosa, nada de viento, caminó por aquel barrio a sabiendas de que más adelante se encuentra el desdichado, debe rondar los 50 o más, lo he visto con una mata de pelo llena de mierda y media, debe andar cercano al 1.80, enflaquecido por los años de mala alimentación y de vicio. Todos lo tienen, algunos más que otros, o de manera distinta pero se ciñen a las reglas de la calle. Me espera de pie, porque sabe que su vida no tiene más destino que terminar esa noche. Las estrellas son las únicas que van a presenciar lo que va a suceder, con una timorata luna que a duras penas se deja asomar por una de sus fases más enclenques. No le doy ninguna advertencia, el silbido del metal cortando el aire lo agarra en el medio de la sien, se desploma y de sus brazos inertes cae el bulto que llevaba en ciernes. Una cobija vieja con ribetes de algo parecido a una hoja de lis, el siguiente golpe debiese ser directo en su nuca, pero algo me detiene, el temblor en la cobija se incrementa y el gemido es lastimero. Me detengo pensando en que es un bebé, con curiosidad real remuevo el bulto, un cuerpo de gran tamaño está ahí con temblores incontrolables, su cola se pone rígida y exhala con dificultad, el hombre se mueve y se da vuelta para observarme con sus ojos llenos de arrugas, es más viejo de lo que creía en un inicio, su melena esta teñida de sangre. Me mira con suplica, sabe que es su última noche en esta cloaca, pero no implora por su vida, me mira y luego al perro que yace a su lado, una y otra vez. Suplica por él ¿quiere que lo mate también? Me cruza la pregunta por la mente, al tiempo que observo que el perro gime por lo bajo, está lastimado, tanto por la caída producto de mi golpe, como por algo que lo atosiga. Las lágrimas del hombre se mezclan con la mirada de terror del perro porque no comprende lo que pasa, no entiende que la vida se le está yendo, que pronto dejara de sufrir y entrara a la nada, pero ¿Cómo le explicas eso a un animal? Cómo dejas de lado su miedo primigenio porque la vida se le escapa, lenta e inexorablemente mientras los latidos de su corazón se hacen más lentos y más pausados, el hombre llora por lo bajo, no tiene voz siquiera para pedirme que haga algo por su animal, no tiene fuerza para seguir luchando por su propia vida, dos vidas se están terminando y lo voy a atestiguar. El perro no tiene fuerza siquiera para levantarse o hacer cualquier otra cosa más que abrazar su miedo. Antes de que pueda pensar en otra cosa se queda quieto con los ojos abiertos, pienso que ya no correteara por las calles al lado de ese hombre que lo ha cuidado por los últimos años de su vida, ya no recibirá las palmadas en su ancho lomo y mucho menos meneara la cola decididamente feliz, está muerto y el hombre a su lado llora no por su propia muerte sino porque su perro se ha ido. Lo último que ambos observamos es la exhalación final de su can, cargada de paz eterna. Enseguida le toca a él que tampoco emite ruido alguno, mientras el manto negro se extiende  sobre su cuerpo hasta donde brillan las estrellas en esta noche que pareciera que no terminará nunca.


SR Junio 26 2021


miércoles, 7 de junio de 2023

El carretonero

 Lo vi durante años caminando de aquí para allá, empujando con las fuerzas que le restaban, luego de tanto alcohol y malas comidas, un viejo carro donde lo mismo recogía cartón, pet, aluminio o los cadáveres de los perros atropellados que se arrastraban para morir en la cuneta de la autopista que conectaba al pueblo con otro pueblo y otro pueblo y así hasta que pronto te olvidas de ese lugar lleno de piojos y perros muertos atropellados. Sus nudosas manos reflejaban la dura vida que Manuel había llevado, los pocos dientes que le quedaban; sin embargo, aún le permitían regocijarse de cuando en cuando con un buen atracón de comida de la mejor calidad del tianguis que se colocaba en una de las avenidas paralelas a la autopista. Ahí pasaba en las tardes casi cayendo la noche el viejo y desdentado Manuel, arrastrando su carro que antes había sido tirado por un caballo, luego por un burro, y finalmente por aquel hombre que parecía no tener prisa por conocer a la muerte, pese a que hacia todo lo posible por conocerla.


Era buena persona, lo conocía de vista desde niño, desde que mi madre y padre se santiguaban cuando terminaba el día y me mandaban a tirar los restos de cebolla y cilantro que habían quedado, las ramas y las cascaras más viejas, todo aquello que el fino cuchillo de matarife de mi padre no podía trozar hasta la más fina partícula. Mientras me acercaba al basurero provisional que cada sábado se armaba en uno de los confines del tianguis, el viejo Manuel ya andaba ahí, espantando a uno que otro niño, a uno que otro perro y a las ratas que buscaban en la inmundicia el sustento del día. Le tenía un miedo atroz, hasta que comprendí que solo era apariencia por todo aquello que salía en la televisión.


A veces lo veía discutiendo con alguien, siempre al pendiente de su pacha y rodeado de unos cuatro o cinco perros que cada tanto dejaban de ser los mismo, a veces más a veces menos, pero siempre rodeándolo y esperanzados a que les lanzara algo bueno cuando ellos no podían granjearse su propio alimento entre los distintos puestos, aunque casi siempre eran perros bravos, que no perdían nada, hasta que la autopista o algo peor se atravesaba. Cada que uno moría o desaparecía de su jauría, el viejo Manuel se perdía en el alcohol. Le dolían hasta el alma que sus canes sufrieran o pasaran al otro lado.


Una mañana, y debí tener por aquel entonces unos 27 o 28 años, y ya era más viejo que mi padre cuando comenzó a mandarme a tirar la basura, al viejo Manuel lo encontré tirado en una esquina, el carro a su lado vacío, no se veía ni uno solo de sus acompañantes regulares, lo que se me hizo raro ya que me gustaba uno que él llamaba “caramelo”, un perrazo que se veía fiero y que no pocas veces le había dicho que me lo regalara, era de color gris Oxford, de mirada intensa y bonachón que se dejaba acariciar detrás de las orejas, luego venían el resto, ninguno destacaba de otros, salvo “caramelo”. Pero ahora no se veían por ahí y eso era raro, me acerque a Manuel…


- ¿qué haces tirao viejo? ¿Y los perros?


-… sollozó. Como toda respuesta. Largo y tendido. Me dirigí a la tienda de don Cipriano, no comulgaba con nadie, pero no era mala gente. Le pedí una pacha de caña, y luego se la acerque al viejo, murmuro algo más que no pude sino entender como un gracias ahogado en la miseria de la bebida. 


El chisme se hizo potente, envenenaron a todos los perros, y luego machetearon a “caramelo”, el hijo del delegado del tianguis se puso briago y no le gustó la mirada de “caramelo”; el asesino se puso a tomar con Manuel, y cuando el pepenador estuvo inconsciente enveneno a los canes y a “caramelo” lo macheteo. Y nadie haría nada, porque el chavo andaba pesado, lleno de toda la mierda que la gente así es capaz. Manuel pagó con sus lágrimas y dolor lo que paso con sus canes. No lo vi unos días, cuando regresó estaba como siempre taciturno, alejado de todo lo que parecía terrenal y mundano, volvió a la recolección, apretando la mandíbula cuando se cruzaba con el cabrón que le había macheteado a su perro. Nunca habló de venganza porque no era así, no hablaba mucho pese a que algo contaba.


***


La tarde noche se dejaba sentir, habíamos levantado temprano por la amenaza de lluvia y lo bajo de las ventas, mi señora se llevaba la camioneta y a los mocosos junto al resto de tubos y enseres, y yo me quedaba a beber un par de cervezas con el resto de comerciantes, en aquel localito que un muchacho regenteaba. Vi a lo lejos la figura del carretonero, cada vez más cercano, venia hacia mí, rengueando porque ya estaba casi en las ultimas, habían sido unos años muy duros, la crisis, la devaluación, las desgracias naturales que nunca vienen solas, mis padres se habían retirado, el negocio de las carnitas era mío y de mi esposa, mis dos chavillos repetían mi labor y la de mi carnal de ofrecer refrescos e ir a tirar la basura a los confines de aquel tianguis que se mantenía junto a aquella autopista que cada día parecía más perversa, como si nos fuéramos quedando fuera de la jugada al tiempo que sus desgracias nos pegaban. El viejo Manuel ya no traía perros, aun así, tenía el carro, se hacía difícil verlo sin los perros, pero lo había cambiado por un perico, al que traía en una jaula a manera de proa, el animal berreaba, gritaba, insultaba o chiflaba haciendo a todos desternillarse de la risa. El viejo lo alimentaba con lo mejor que podía, no pocas veces creíamos que el animal comía mejor que muchos de nosotros.


Y, sin embargo, ahí en aquel pequeño lugar que servía de cantina o bar para la gente del tianguis, el viejo Manuel se veía más sombrío y circunspecto que nunca, tuve un viejo déjà vu de cuando era niño y él rodeado de aquellos perros que se me antojaban salvajes y malévolos. Pero que a las primeras de cambio se tiraban patas arriba para que les rascaras la panza. Ahí venia el viejo Manuel, caminando lento y saludándome con la mirada. 


-  ¿quieres una cheve? Me estiro una botella de cuarto que sacó de un cartón nuevecito.


- hey… un tímido gracias le siguió a aquello.


- …el silencio siguió. No era muy conversador, no me gustaba mucho hablar, mi mujer me recriminaba no pocas veces por ello.


- ¿un cigarro?


- vale. Y lo cogí de la cajetilla de viejos faros que me ofrecía con la mano izquierda. Mi padre me había enseñado hace muchísimos años que a alguien en duelo no se le puede rechazar ni el trago ni el cigarro. Y Manuel vivía en duelo eterno desde aquella madrugada. Me percaté de que su mano por fin parecía la de un anciano, mientras el resto de su cara no había sufrido una gran metamorfosis, sus manos reflejaban a la persona que había visto mucha mierda, y pasado por la misma. 


No hablamos nada más, se puso a beber todo lo que pudo, lo que alcanzó y lo que le invité, ya no me podía quedar más, tenía que prepararme para alguna cosa de hombre ocupado, de alguien que debe seguir adelante, pero lo vi ahí, con la cabeza gacha y tarareando por lo bajo algo que regularmente sonaba en las bocinas del tianguis, una de esas canciones que todo mundo ponía para generar el interés del que acude, el viejo Manuel se encargó de convertir una melodía festiva y llena de luz en una marcha fúnebre en la que todos los que estábamos junto a él lo acompañábamos.


Varios años después, tras levantar el puesto me encontré con el carro vacío el ahora más viejo Manuel, el cual no se veía por ningún lado, me imaginé que el perico había muerto, quizás fuera mejor así,  y que el dolor que atravesaba al viejo desde hacía décadas por fin se había apoderado de las mismas calles de ese pueblo polvoso, o eso me pareció, ya que la tormenta que habían estado esperando todos aquellos que ansiaban la lluvia para que sus milpas crecieran por fin arreció, convirtiéndose en un temporal del carajo, de horas y horas de lluvia que transformaron las lodosas calles en los ríos de antaño, quizás no tanto como cuando llegaron los primeros a vivir por ahí, pero si como hacía años que no se veía. Mis padres llevaban años muertos, seguramente un poco de esa agua le hubiera gustado verla, me santigüé mientras caminaba rumbo a la casa. 


Llevaba un rato dormido, arrullado por las gotas que repiqueteaban en la tierra, a las 3 y algo escuche balazos, luego calma y entonces me puse la chamarra y le dije a mi señora que ya volvía, no fui el único, Javier, Antonio y los demás de la calle salíamos a ver qué pasaba, a mi compadre Simón lo tope a la vuelta de la esquina, el carro de Manuel seguía en la esquina del local, a sus pies el viejo desangrándose, quizás ya frito. Alguien corrió por una venda, aunque en realidad debió correr a buscar a Miguel, el doctor vivía cerca, el pinche doctor tenía el sueño pesado y seguro que no había escuchado los tiros, podría caer un autobús por el terraplén de la autopista y no lo escucharía, aunque se llevara la barda de su casa. Me acerque con cautela al cuerpo del viejo, en su mano un machete, en el suelo contiguo un pedazo de carne. No entendí que era al principio, hasta que vi la continuación de una cuenca ocular y un pedazo de nariz, mechones de cabello y sangre. Cerca los casquillos que antaño había contenido las balas que ahora se encontraban en el rostro y pecho de Manuel. 


Antes de que dieran las 4 el viejo comandante Rebollo apareció, con una cara de sueño y el bigote repleto de migajas de pan de azúcar. Vio el cuerpo, le preguntó al dueño del local lo que ahora ya todos sabíamos, porque Demetrio era chismoso y no tardo ni 10 minutos en contarnos, Manuel ajustició al mismo que años atrás le había arrebatado a sus perros, lo cazó por años, por muchísimos años, tantos que casi ninguno de los que estábamos ahí nos percatamos de que lo habíamos olvidado. Pero Manuel no, y espero con la misma paciencia que una araña entiende que comerse a la presa de un bocado no es lo mejor, sino que la tiene que dejar madurar en la red, esperando a que el tiempo se encargue de secar su cuerpo y sus jugos traspasen las paredes del cuerpo. Le asestó un machetazo de frente, justo como hiciera aquel cabrón una mañana con “caramelo”, no le alcanzó para envenenar a la descendencia, pero al menos hizo que uno de ellos le diera 5 o 6 tiros, que le abriera los boquetes que le arrebataron la vida. El veneno se quedaría ahí por siempre porque no habría nada más que hacer. Pero así era aquello.


Nunca supe que le paso al loro. Quiero creer que lo dejo en libertad unos días antes, que aun anda por alguna parte de la zona gritando y maldiciendo, que se reprodujo en la misma cantidad que los perros que tanto quería Manuel lo hicieron, y que mantiene un ojo abierto hacia el cielo que se tiñe con los colores de un otoño más. Eso es lo único que consuela a los viejos.


SR Otoño 2021.

jueves, 4 de mayo de 2023

Los siguientes en la lista de espera

 Estaba ahí, al filo de la cama, sentado mientras fumaba. Esperando a que algo viniese, algo que había surgido en su cabeza horas atrás, no sabía porque lo ansiaba, pero su cerebro le gritaba y le exigía que mantuviese la guardia. Necesitaba esas dos victorias, algo que hiciera presumible su vida ante los demás, pero no para gritar: “¡hey, mírenme, soy la gran mierda!” sino para que supieran que existía. Tenía grabado en video un par de testamentos, así como una carta; el primer testamento era para su esposa, la amaba más que a todo en el mundo, pero no podía explicar por qué a últimas fechas era infeliz, los pleitos habían arreciado, la casa se sentía como una maldita cueva, todo parecía diminuto adentro, parecía que en dos pasos la había recorrido en su totalidad, cualquier cosa lo sacaba de balance, de nada había servido que hiciera las cosas bien en la vida, todo se había convertido en un mero chiste. Nadie lo tomaba en serio, no se sentía a gusto en su piel. Parecía que estaba a punto de reventar cada noche, que quería coger el auto  y estamparse a toda velocidad, no importando que todo se acabara en un santiamén. De hecho lo prefería, pero sabía que no lo haría, luego estaban los golpes. Hacia 3 noches había golpeado a su hija por primera vez en 15 años, no sabía porque, no entendía el porqué. Pero su mano se había abierto y cogido la suficiente altura para descargarla sobre el rostro juvenil. Nadie se movió, todos quedaron en suspenso, como una jodida obra teatral. El video terminaba con la consabida frase: “te amo”. Lo sentía flojo, o trivial, pero no sabía que más decir.


El segundo video, lo había grabado hacía muchos años, cuando aún tenía un poco de humor, casi no lo recordaba, pero cuando lo vio de nuevo, una sonrisa como la que hacía hace años no tenia, apareció en medio de su rostro, convertido por obra y gracia en el depositario de las tragedias que creían le eran exclusivas, lo miró cerca de 4 veces. En todas y cada una de ellas sonreía cuando comenzaba a insultar a todos, llamándoles de las peores formas, aunque bien ganadas. Solo se salvaban su esposa, y eso a duras penas, en realidad también se mofaba de la religión, de todas las formas de creencia. Y gran parte de esa culpa la tenía su familia por ser excesivamente religiosos, incapaces de aceptar que alguien no creyese en esas mierdas. En el video expulsaba todo el veneno que se había guardado por años, de hecho parecía que la grabación de ese video se había convertido en el detonante para todo su mal humor posterior. Ya nadie lo aguantaba más de 15 minutos. Todos le rehuían y en parte, sabía que tenían la razón. 


Esas dos victorias, pírricas si se quiere, tenían que ver una con la lluvia y la otra con una flor. No necesitaba más, pero ambas se habían retrasado por mucho, cada segundo que avanzaba el reloj lo sentía como una cuesta en una montaña, alzándose imparable con el tiempo como aliado. Las baldosas eran grises, y había manchas en varias partes, seguía sudando porque era una condenada fuente de sudor, no había en el mundo un jodido desodorante que pudiera evitar el que todos los días empapara la camisa por las axilas. Encendió el cigarrillo. Era ya casi el vigésimo desde que se había levantado para orinar aquella mañana ¿o era la mañana pasada? Seguía ahí desde entonces. Encerrado en el infierno que representaba estar junto a sí mismo. Nadie sabía dónde estaba, el teléfono había sonado durante horas antes de que se callase. 


¿Y cómo esperar algo que no se puede garantizar? Algo que esta fuera de tus manos, y que solamente eso detendría el hecho de que se iba a pegar un tiro. Aunque sabía que no lo haría, tenía miedo de fallar, tenía tanto jodido miedo que la sensación de cosquilleo en su pene igual que sus ganas de orinar no lo habían abandonado en gran parte del día. Pese a que había orinado ya como 4 veces. La casa esperaba para devorarle, las grietas de las paredes parecían que cederían en cualquier momento. Y aun así no había sucedido nada. Encendió otro cigarrillo, no eran tan fuertes, le gustaban por eso, no se ahogaba y no se mareaba tanto. Llevaba casi 40 años fumando, su padre había muerto de enfisema, su madre había muerto de enfisema, creía que un abuelo igual, estaba condenado, pero no le temía. De hecho, esperaba poder gritar antes de joderse: “le gane al puto cáncer!”. Estaba cansado, veía con dificultad porque no tenía los lentes consigo, y había estado forzando la vista todo el condenado día. 


Pero al final las cosas no mejoran, al final se pega un tiro y deja dos videos que a nadie le importan. Creyó que sí, pero en realidad era otra jodida mota de polvo sin trascendencia.


SR Primavera 2019

miércoles, 5 de abril de 2023

Pequeñas espinas que se asoman

 Había terminado de cenar, siempre solo, en la oscuridad de una sala que lo acompañaba desde hacía casi 3 años, una comida fría la mayoría de las veces; le costaba un huevo calentarla y no tenía el ánimo suficiente para salir de nuevo a la calle a buscar algo mejor. La tele estaba apagada, el único sonido que se escuchaba era el de sus dientes o muelas triturando la comida que su mujer dejaba para que no se muriera de hambre. No era un inútil, al contrario, antes le gustaba cocinar, su especialidad eran las hamburguesas, de carne buena, gordas y llenas de grasa animal que reventaban en el sartén hasta que dejaba de salir sangre por los orificios que se formaban. No usaba nada para que se mantuviera la carne junta y a veces si lo hacía de mala gana terminaba por despedazarse, pero no le importaba mucho, porque el sabor se mantenía y podía inventarse alguna otra cosa que sirviese para matar el hambre. Así había sido por mucho tiempo, su mujer adoraba las hamburguesas que cocinaba, ahora ya no podían comerlas, las arterias no podrían soportar tanto colesterol, aun cuando fuese del bueno, de ese que te deja pidiendo mucho más. Pero seguía añorando un poco aquellos buenos años, cuando podían y querían arreglar el mundo uno con el otro, antes de las cenas frías y los silencios largos e incómodos, por eso ella no lo esperaba más, se metía a dormir a la habitación que había sido del hijo muerto. Había muerto antes que su matrimonio, pero seguían ahí, viéndose ocasionalmente y compartiendo las horas que les separaban para que el domingo fuese menos mierda. ella desde un sillón que parecía a punto de pudrirse por el peso de los años ganados con la comida y el sedentarismo, y él desde un taburete, no había más mobiliario en aquella sala que habían comprado unos meses luego de la boda. Al terminar la cena fría se enfilaba hacia la tarja, lavaba el plato, el vaso que usara, la cazuela con la comida, y se quedaba observando el lento irse del agua por los orificios que aún no se tapaban por completo con los desperdicios, algo tenía que hacerse pero no tenía el espíritu para hacerlo, tanto como si quisiera no podía, eso facilitaría su vida y nada parecía que debiera mejorar en ese aspecto, observó un rato más la tarja plateada ahora sólo salpicada con algunos residuos y deseo que hubiese un triturador de metal en ella, lo suficientemente grande para meter la cabeza, únicamente para saber que seguía vivo. Se apartó con la misma presteza con la que había llegado, la habitación a oscuras, no había foco, hace mucho que no lo había, le costó la misma cantidad de minutos que el día anterior acostumbrarse a la oscuridad que lo absorbía, se descalzó y contó la cantidad de pasos mentalmente y maquinalmente para evitar darse un golpe en el dedo chico del pie, eso podía echar a perder aún más su noche, pero no deseaba experimentarlo. Abrió la pequeña cómoda y dejó su cinturón, su cartera y los lentes que ya no le servían en lo absoluto, necesitaba una nueva graduación. Pero no tenía el dinero ni las ganas de ir a un centro oftalmológico, a escuchar una voz de hombre o mujer decirle que estaba cada día más ciego, luego de un rato de estar tumbado en la oscuridad se encamino hacia el baño. No estaba sucio y lo agradeció, todavía no era día de lavarlo, no recordaba cuando lo había hecho, pero agradecía que su mujer no fuese lo mala que él podía creer que sería, tiró un par de gases en la soledad de la losa color blanco, y notó, mientras descargaba, que el techo requería una pintada, habían aparecido algunas manchas de moho que no sabía que podían ganarle a los productos de limpieza que usaba, se propuso hacerlo, aunque sin mucha convicción, el próximo día de descanso, tallaría con fuerza esperando que salieran algunos demonios y con ello hacer más llevadero el día, pero sabía que era imposible, todo apuntaba a que lo único que conseguiría de ello es que el moho desapareciera un tiempo y luego regresase cuando ya no tuviera tantas fuerzas para combatirle, tiró de la cadena luego de limpiarse, se cepilló los dientes y volvió a su habitación, llena de oscuridad y sombras que se paseaban por todas partes, había aprendido a vivir con ellas, algunas veces lo arrinconaban, pero ya casi no sucedía, quizás porque las había contagiado de su mediocridad y su parsimonia para enfrentar lo que deparaba la vida. Deseó tener un reloj para saber la hora, pero algo le decía internamente, y en eso casi siempre era muy preciso, que faltaba poco para las 12 de la noche, que en menos de 6 horas tendría que volverse a levantar y seguir enfrentando sus errores. A veces sentía que estaba dormido, o creía estarlo, pero no había gran diferencia con hacerlo o no, la oscuridad se cernía sobre su cama, a veces quería recordar de qué color eran las fundas de las almohadas, pero esto únicamente lo comprobaba hasta que llegaba el día que tocaba cambiarlas, y al lavarlas descubría que eran azules, un azul eléctrico como pocos que hubiese visto antes de comprarlas. Le gustaba pensar en ello, en que eran azules, y luego encontraba que no lo eran, que seguramente en un momento de la semana o la noche su mujer le había dejado un nuevo juego de fundas. No esperaba verla pronto, no quería verla pronto, seguramente estaría llorando no porque fuese más débil, sino porque le gustaba hacerlo. Así como a él le gustaba imaginar que podía dormir con los ojos abiertos en una habitación completamente oscura rodeado de aquellas sombras que deambulaban esperando que volviese a tenerles miedo, pero eso no sucedía y parecía que ellas también se estaban marchitando, tan lento pero imposible de detenerse como el tiempo mismo. Se giró para contemplar una sombra gruesa que lo miraba desde un lateral de la cama. No era nada espectacular y cerró lentamente los ojos ante la desesperación de una sombra condenada a desaparecer tarde o temprano.


SR Febrero 2021.


martes, 7 de marzo de 2023

Cuatro canciones

 El autobús traquetea con mayor fuerza de lo normal, no culpo en absoluto al chofer, bastante hace con estar aquí en un día feriado, transportando a una suerte de soldados, quisiera que fuéramos igual de valerosos o ingenuos que aquellos soldados en Vietnam que se internaban en el Việt Cộng esperando encontrar la felicidad en rociar con napalm a unos desventurados comunistas que a duras penas conocían los beneficios de la riqueza del capitalismo, de ser unos hijos favorecidos de dios por nacer rubios o blancos en una tierra llena de tornados, girando las ruedas del progreso para que la humanidad no se estancara para convertirnos a todos en meros sembradores de bambú, caña de azúcar o arroz. Comiendo con las manos y usando aquellos ridículos sombreros de paja o de papel arroz. Hundidos en la miseria del calor que traspasa las ventanas de este armatoste que parece que se va a desmadejar en el próximo bache que el chofer ignore, capaz que atina a cada uno a propósito, pegándole con la fuerza de una metralleta gatling sobre las casas de bambú reforzadas con cáñamo traído de los mercados de la isla contigua. De la misma jodida isla que ahora recibe las fuerzas de la liberación encarnada en un Joel o en un Mike de Wisconsin, Alabama o alguno de esos estados que lo máximo a lo que pueden hacer es alimentar la gran nación americana que describían los poetas americanos, como el que descansa en el bolsillo trasero de mi pantalón desde hace cuando menos 3 meses, Whitman es igual de ignorado que los baches o las señales de stop que el conductor indulgentemente ignora con la displicencia que es necesaria tener para que te suelten una bomba kamikaze de más de 100 toneladas, cargada con reses para el matadero, porque eso son aquellos chicos que usan un uniforme un par de tallas más chicas al inicio, porque igual perderán peso a causa de las condiciones atmosféricas tan distintas a su condenado medio oeste, con tanta humedad y calor que los mismos hijos de perra que vienen a ser liberados usaran como elemento de contra ataque, tan certeros con las balas, los machetes y los mosquitos portadores de una de esas enfermedades del trópico, de esas que algún profesor de medio pelo graduado en las universidades de las costas del este habrá hablado mientras Sam o Niall deseaban meterse en las bragas de la animadora, todo al compás de unas cervezas bud en frio, aunque eso está lejos de esta ruta, aquí sólo existe la cerveza regional que lleva el nombre de un conquistador o mejor dicho la familia de unos conquistadores foráneos que llenaron de sangre y muertes por epidemias a la región para después erigirse como los responsables de velar por estos pobres desgraciados que ahora viajan en un camión repiqueteando por las calles secas y repletas de un color que durante los meses de calor extremo no le piden nada a aquellas selvas imposibles donde los bastardos se fueron a meter, igual a como lo harían casi 400 años antes unos desconocidos barbudos que traían mejor equipamiento, pero que no tenían la música de Jimi o de Morrison para glorificar sus masacres en la tierra de Ho Chi Minh. Esta será una historia contada en tres tiempos, uno pasado, uno remoto y uno alejado en las crónicas de una historia que no amerita ser contada bajo reserva de nada; el silencio del interior es casi tan mortuorio como los ataúdes en los que regresaron tantos chicos valerosos a casa, con su acné, sus problemas de vista, sus dientes desfigurados por los agujeros de las balas o alguna mala higiene que los volvió peligrosamente locos en medio de la selva a más de 5000 kilómetros de la maldita cafetería donde su novia o esposa muy joven los espera con aquellas piernas atractivas que algún día serán abiertas por algún conocido de su ex pareja, el primo que no murió, el tío que la emborrachó, los amigos que partirán después a sufrir la misma suerte o peor, y que regresaran con años y años de alcohol para lavar los horrores de algo que no debía ocurrir, pero sin embargo, Betty o Ann ya no serán aquellas hermosas mujeres que atendían con su mejor sonrisa la cafetería, sino serán las madres de sus hijos que los rechazarán y querrán huir fuera de esos pueblos de mierda donde decidieron quedarse pese a que ellos consideraron que cualquier pueblo americano valía por 100 o mil granjas llenas de mujeres orientales a las que obligaron a copular en la sangre de sus hijos o esposos, mientras se repetían las canciones de los creedence o de los stones en sus cabezas, igual que lo hicieron con las mujeres en estas tierras llenas de mosquitos, sangre y vegetación. La muerte sabría igual allá o acá, pero nada puedo decir si no la he experimentado, pese a que seamos unos cuantos obreros o empleados de grandes corporaciones que se extendieron al amparo de los gobiernos triunfantes de las gestas políticas, que lo mismo les sirven los chinos que los mayas, los blancos que los negros, todos somos carne de cañón usados con los mismos fines que aquellos chicos hace casi 60 años o aquellos bastardos mulatos hace más de 500, las culpas, el miedo, la sangre y la muerte es la misma, todos somos la misma bestia herida y compungida que espera la estocada final mientras nos desangramos por los orificios que la vida se encarga de generar. No han encontrado la forma de evitarlo, los experimentos o las formas se reducen a conducirnos hacia la miseria o la muerte. No hay escapatoria aunque lo quisiéramos, pero mientras tanto sigue avanzando el camión, con las luces rutilantes y de un color cercano a aquellos viejos videos del despliegue de soldados jóvenes en Da Nang, en la maldita selva, en el campo de cultivo de algún pobre perro apaleado que se juntara con otros 100 perros apaleados para impedir el engrandecimiento de esos pobres chicos que únicamente querían la misma gloria que sus padres o abuelos en el 54 o el 44, sin saber que los viejos ahora estaban llenos de agujeros de dolor insuperable, así como sus propios nietos lo estarán en algún desierto iraquí o afgano, o en las calles de una ciudad racista que empobrece aún más a los malditos que osan buscar el sueño de vivir en un lugar establemente tranquilo, da lo mismo que vayan envueltos en plástico para evitar la muerte o que estén empuñando el sable y la ballesta, amén de la armadura que los hunde en el fango de la selva virgen cazando fantasmas asiáticos o mayas. La selva se cubre de moscos, sangre y muerte. Todo es lo mismo, las noches siguen siendo calientes aquí y el sudor nos obliga a actuar de manera errática mientras nos desangran con una mp5 o el salario mínimo. Tiene la misma justicia aquí que hace tantos años, al menos ahora puedes evadirte escuchando la misma música que aquellos muchachos en los camiones de reclutamiento por toda la América blanca y negra. Es el maldito consuelo. 


SR Navidad de 2021.


lunes, 6 de febrero de 2023

La primera vez siempre es importante

 Comenzaba a dolerme la zona hepática nuevamente, no era reciente pero si me incomodaba cada tanto, cada que aparecía para llevarme lentamente hacia la oscuridad. Pero heme allí en la pequeña sala de imitación de cuero, rodeado de unos cuantos hombres y mujeres, la mía está hablando, entrecortadamente, con su hermano; eso es lo único bueno que tiene la muerte, nos emparenta de nuevo o nos permite romper para siempre con toda esa mamada de la familia. Pero no vengo a desentrañar el problema que reside entre mi mujer y su hermano. Muy por el contrario, estamos aquí sentados frente al ataúd de imitación de caoba negra que guardara por la próxima eternidad a mi suegro. Un hombre alto, un buen tipo que me invitaba a beber más que a su hijo, y no porque fuese mejor, sino porque era el único que aguantaba seguirle el ritmo, el único que veía en cada ocasión, funesta o no, la mejor oportunidad para beber, para bajarle lo más posible al contador para ir rumbo a Valle Calacas. También porque podíamos hablar horas y horas sobre futbol. No éramos amigos, pero reconocemos a un igual cuando lo tenemos de frente.


-hazla entender…. Me dice el hombre con cuerpo de niño, de un niño que ha pasado sus mejores años enterrado hasta arriba de papeles, cargando en los hombros el peso de ser el hombre responsable que el padre no era, o mejor dicho que no le interesaba ser, porque prefería hablar de futbol o irse a bailar. Mi suegro era un condenado bailarín que podía animar cualquier lugar con su existencia, pero ahora estaba fiambre. Un terrible asunto.


Me limite a alzar los hombros y seguir contemplando el vacío que se extendía delante de mí. Ya había conferenciado con todos y cada uno de los asistentes, todos habían pasado a dejar el pésame, los 3 únicos bastardos en el mundo. Mi mujer, su hermano y yo. A los niños los dejaban en paz, pese a que Rodrigo tenía la edad suficiente para entender que la muerte nos llegaría a todos en un determinado momento. Y a Susana y Ana lo único que les preocupaba era que su pañal no estuviera tan cargado de mierda como lo estaban ahora su madre y su tío. Quise estar en su lugar, perdido en las ensoñaciones de no tener que preocuparse, aun, de la muerte, que el mundo fuese idóneo e idílico. Alzar los brazos y que mi madre volviese a cargarme como lo hiciera siempre, o que mi viejo me enseñara a sostener una condenada linterna mientras me llenaba de consejos sabios que entrarían por un lado y saldrían por el otro. Eso era un buen recuerdo, mi viejo y yo tomándonos una cerveza, mi madre riñéndolo porque el condenado mocoso tenía 11 años, porque mi padre quería un amigo que le aguantara el ritmo antes que lo matara la bebida. Porque mi madre pese a decir que estaba harta, terminó tan triste que su luz se convirtió en una farola cubierta de niebla en la noche perenne. Así entras a la adultez, en las responsabilidades de tener que cumplir con la cuota necesaria para que el mundo siga girando. Pero todo se solucionaría un par de años después, con mi madre enterrada, mi padre polvo y mis sueños erradicados a base de golpes; ella llegó y su familia detrás, para convertir la soledad en pequeños lapsos cada vez menos lánguidos. Rodrigo y las niñas luego, quizás para que en unos años le dé una cerveza a ese niño que tiene el mismo remolino que se me formaba, cuando aún tenía el cabello suficiente, en la parte superior de la cabeza y su madre me reñirá, me llenará de improperios porque soy el mal ejemplo, y luego estaremos aquí una vez más para que me entierren. Quizás descansando de todo y mis hijos entenderán lo que es la muerte, que todo es un condenado ciclo que se repetirá hasta que la luz se apague. 


Me paró del sillón color betún, me encamino hacia el baño que está más allá de las viejas chismosas de la vecindad de junto, me miran con la condescendencia suficiente para comprender que les vale una mierda lo que esté sucediendo ahí, ellas van a conseguir chismes, a llenar su miserable vida de historias que luego podrán repetir, tantas veces como sea necesario. Y con un “compermiso”, me adentro hacia el pequeño cuarto decorado con un gris verdaceo tan sepulcral que me recuerda el color de un muerto. Alguien llora en uno de los dos apartados, un hombre, con tanta solemnidad que no puedo evitar pensar que mi mujer esta unos metros más allá cargando con toda la mierda de tener que ser la fuerte. Me hago pendejo esperando a que salga el hombre del baño, 10, 15 minutos. El silencio se engrandece con cada milisegundo, incluso si dejo de respirar puedo oír algunas voces que se cuelan por debajo de la rendija de la puerta del cuarto. Pero el hombre no sale, y hago lo único que me queda por hacer, asomarme por debajo de la puerta metálica. Nada, el vacío absoluto de la muerte que decide hacerse presente en esta historia que hablaba de un muerto, y ahora de dos. Quizás la anécdota fuese entretenida si no tuviera la sensación de que es una jugada maestra del destino que en estas circunstancias me pruebe que existen los fantasmas, o por lo menos los universos alternos. 


Me sacudo el pene con la izquierda, y luego cierro el zipper mientras me siguen bombardeando las preguntas que no me atrevo a formular, empiezo a pensar en la forma que deberé de hablar de esto con mi mujer. No me lo creerá ni por asomo, de hecho empiezo a dudar que la casi media hora que llevo cavilando sobre esto no sea una invención de mi cerebro a causa de la cruda y la consiguiente enfermedad a causa del mal café, el pan insípido y las ganas terribles de una buena cerveza o un trago de la botella que mi viejo solía guardar para los momentos especiales. Nunca la probaría él porque el único momento especial que me permitió probarla fue su muerte. Una auténtica bomba que me tumbo hasta que llegó el momento de pararme junto a su tumba aún abierta, observar como unos hombres corpulentos bajaban el ataúd y mi madre rodeada de una camarilla de mujeres que supuse eran sus amigas, se desmayaba. Pero estaba ahí, pálido como el mismo cadáver, lleno de un sufrimiento tan puro como el más, y sin embargo, no podía llorar, no podía soltar nada. Estaba plano.


Abren la puerta, entra un hombre que casi no puedo ver, lo saludo a penas con un movimiento imperceptible de la cabeza, la misma seña que durante años nos hemos hecho al encontrarnos por las tardes, yo llegando de la madriza y él saliendo. No puedo pensar en nada mientras el hombre se saca su miembro frente al orinal comunal que está a mis 12. Tararea por lo bajo mientras desfoga la cantidad suficiente de orina para calcular unas 3 tazas de café bien cargado. De ese café mierdero que una vecina se apresuró a traer para deshacerse de este seguramente. Se sacude, y se aproxima a donde sigo parado frente al espejo y los dos lavabos. Me mira y dice con la voz más ensayada que puede ser alguien capaz de sacar.


-quieres un trago viejo? Esto está de la chingada. Acto seguido saca una lata de cerveza de una de las bolsas abultadas de su cazadora de lona. Mi barba comienza a aparecer bajo mis ojos sumidos en las más abyectas ojeras. Mis casi 45 años son suficientes para que mi rostro parezca ya de una década más. 

Cojo la lata y la destapo con tanta celeridad que ni siquiera ha podido el compañero de armas sacar una nueva. El primer trago siempre abre la garganta, la deja al rojo vivo con las ganas de romper a gritar.


-acabo de ver… oír un fantasma.


-que vergas? 


-gracias por la cerveza la necesitaba. Pero si, un puto fantasma de mierda. De todos los putos lugares, tenía que ser aquí. Nunca había pasado por algo así.


-bueno, siempre hay…


-vete a la verga con eso. Sigo sin creerlo. Un pinche fantasma.


-te impacto más que lo de tu suegro.


Y era cierto, me jodía lo del viejo, me jodía por mi mujer y por mi cuñado, por mis niños que ya no tendrían a su abuelo, pero me jodía mucho más que un puto fantasma se hubiera hecho presente cuando todo estaba fregado. Y peor aún, que ni siquiera fuera lo suficientemente importante como para que se materializara frente a mí. Como si tuviese de nuevo la misma edad cuando me excluían de los juegos en los paseos, ahí viéndolos a todos jugar y correr mientras el puto fantasma únicamente se dejaba oír, pero no ver. Ni siquiera podía decir que era terrorífico o como nos los pintan en las películas. No, el hijo de perra me había dicho directamente con su voz místico especial: eres un jodido eunuco que no puede verme, y tienes suerte que te haya dejado escucharme con esos oídos llenos de mierda.
-gracias. De verdad.


-oye, para eso están lo…


-te vuelvo a ver que le miras el culo a mi vieja y te reviento la madre.


Le di otro trago a la cerveza. 


SR. Noviembre de 2020.


lunes, 9 de enero de 2023

Las piedras del río Magdalena

 Lo encontraron tirado en una banca del jardín Hidalgo, con la cabeza cubierta de sangre, la pistola a sus pies, la cita se había cumplido, casi 60 años después Don Eustaquio se reunía con quien había sido el amor de su vida. Ya no le quedaba nada que lo uniera a este mundo, quizás yo, pero eso sería darme demasiada importancia, había soportado bastante bien los últimos meses, encerrado con sus escritos, con sus viejas manías, rodeado de sus plantas y con el aire viciado que provenía de las calles que hacia tiempo no recorría. No me avisaron a mi, de hecho me enteré por un recorte que me enseño un viejo camarada, claro que él no sabía que conocía al octogenario que había decidido quitarse la vida con un certero disparo en la sien. Sus palabras textuales fueron: “que pinche, solo como un perro”, Román no tenía por que saber que nos conocíamos aquel viejo suicida y yo, de hecho a pocas personas les había hablado, mi mujer acaso, y a algún otro conocido que de repente se sorprendía porque me encontraba menos irascible que antes. 


No lo reconocí de inmediato, me costo darle sentido a los pies desmadejados de aquel hombre que decididamente se había pegado un tiro en medio de un jardín rodeado de muchísima gente, aunque hasta para eso fue discreto, lo hizo cuando no había niños o mujeres a la vista, lo hizo cuando el sol del medio día le dio la fuerza suficiente en los dedos reumáticos para quitarse la vida. Irónicamente el dolor que podía experimentar todos los días durante el invierno a causa de las dolencias no fue el combustible, más bien ya no quería seguir vivo. Y al tiempo que me dolía, me sentía tranquilo porque se fue bajo sus términos, con la fuerza suficiente para arreglar todos sus pendientes y luego ir a sentarse en aquella banca que tantas buenas horas le diera años atrás. 


Me lo había contado tantas veces como lo conocía, una mañana la vio ahí, con los ojos pardos más grandes y hermosos que hubiera de ver jamas, una mujer con todas las de la ley, fuerte y con un rostro que no podía alcanzar a hacerle justicia, pero no fue fácil. Le costó años, le costó sangre aquella mujer, y no se quedaron juntos, de hecho apenas les dio el amor para unos cuantos de gozo absoluto, el carácter duro de ella, la taciturna vida del entonces joven Eustaquio les costo la vida juntos. La añoraba como las lagartijas al sol, así lo decía él, para quedarse tumbado horas bajo el recuerdo de su rostro. Aun no la podía odiar, no lo haría nunca. Se fue a despedir de ella como todo un caballero, con un trío sonando debajo de la ventana de la mujer de casi 40 en ese entonces, ella con su rostro imperturbable, denostando una pequeña satisfacción por tener un hombre de rodillas frente a su ventana aun cuando los años habían transcurrido. No lo corrió, no dijo nada tampoco, y los 5 hombres que estábamos ahí, porque nos fuimos saliendo de una de esas noches cuando bebíamos juntos, nos quedamos hasta que la voz de aquel hombre ya de casi sesenta se agarroto bajo el frio de aquel invierno en las calles de Chimalistac, empedrado y todo nos amanecimos bebiendo una botella de algún brebaje que nos dio fuerza para aguantar todo, los del trío se habían ido con las estrellas aun visibles, pero nosotros seguíamos sentados bajo aquel puente de piedra casi 500 años después de que lo hiciera algún hidalgo español enamorado de alguna indígena, enamorado de una mujer muerta en la epidemia de varicela quizás. 


-me voy a matar un día. Me dijo con la serenidad que puede esgrimir un santo luego de pasarse un trago largo, hirviente, que rompía con la monotonía del silencio que se dejó sentir sobre nuestras cabezas repletas de canas. Apenas repare en sus palabras en aquel entonces, quizás porque estaba mas borracho de lo que quería admitir, no le hice segunda, apenas atinaba a entender desde donde vendría el sol en un par de horas. Casi 20 años después las palabras de aquel hombre que se jactaba de beber todos los días media botella de mezcal, pero del bueno, de ese que te rompe y te une por dentro mientras va bajando con todo su conocimiento milenario, que te hace añorar romper las cadenas que nos sujetan mientras todo se mantiene en su sitio, ese hombre era don Eustaquio, completamente cano desde mucho antes de que lo conociera, siempre vestido con un sombrero de fieltro, el mismo que ahora tenia unas gotas de sangre; por lo pronto le rendiría homenaje bebiéndome una botella de mezcal, de ese que me regaló una mañana, que me dijo que no lo abriera nunca mientras el siguiera vivo, necesario que vacíe la botella recordando a ese viejo que todas las mañanas leía el periódico mientras esperaba que los dedos se le desentumieran, esperando a que la mujer que ocasionalmente lo auxiliaba le llevara aquella pistola que terminaría con su vida en aquel viejo parque. 


No volví a pisar su casa, me quede con los tres libros que me presto la ultima vez que estuve con él, no eran buenos libros, pero supongo que ya nadie podrá reclamar nada. No quiero saber que paso con todo lo que era su vida, con lo que quedaba de ella. Escribo esto mientras observo las tres portadas que forman un pequeño río, parte de una colección que quería leer hace años, pero ahora simplemente no tienen ningún sentido. La botella vacía terminó en la basura, como todos los recuerdos que lo unían conmigo. 


SR último día de noviembre de 2020.