lunes, 6 de febrero de 2023

La primera vez siempre es importante

 Comenzaba a dolerme la zona hepática nuevamente, no era reciente pero si me incomodaba cada tanto, cada que aparecía para llevarme lentamente hacia la oscuridad. Pero heme allí en la pequeña sala de imitación de cuero, rodeado de unos cuantos hombres y mujeres, la mía está hablando, entrecortadamente, con su hermano; eso es lo único bueno que tiene la muerte, nos emparenta de nuevo o nos permite romper para siempre con toda esa mamada de la familia. Pero no vengo a desentrañar el problema que reside entre mi mujer y su hermano. Muy por el contrario, estamos aquí sentados frente al ataúd de imitación de caoba negra que guardara por la próxima eternidad a mi suegro. Un hombre alto, un buen tipo que me invitaba a beber más que a su hijo, y no porque fuese mejor, sino porque era el único que aguantaba seguirle el ritmo, el único que veía en cada ocasión, funesta o no, la mejor oportunidad para beber, para bajarle lo más posible al contador para ir rumbo a Valle Calacas. También porque podíamos hablar horas y horas sobre futbol. No éramos amigos, pero reconocemos a un igual cuando lo tenemos de frente.


-hazla entender…. Me dice el hombre con cuerpo de niño, de un niño que ha pasado sus mejores años enterrado hasta arriba de papeles, cargando en los hombros el peso de ser el hombre responsable que el padre no era, o mejor dicho que no le interesaba ser, porque prefería hablar de futbol o irse a bailar. Mi suegro era un condenado bailarín que podía animar cualquier lugar con su existencia, pero ahora estaba fiambre. Un terrible asunto.


Me limite a alzar los hombros y seguir contemplando el vacío que se extendía delante de mí. Ya había conferenciado con todos y cada uno de los asistentes, todos habían pasado a dejar el pésame, los 3 únicos bastardos en el mundo. Mi mujer, su hermano y yo. A los niños los dejaban en paz, pese a que Rodrigo tenía la edad suficiente para entender que la muerte nos llegaría a todos en un determinado momento. Y a Susana y Ana lo único que les preocupaba era que su pañal no estuviera tan cargado de mierda como lo estaban ahora su madre y su tío. Quise estar en su lugar, perdido en las ensoñaciones de no tener que preocuparse, aun, de la muerte, que el mundo fuese idóneo e idílico. Alzar los brazos y que mi madre volviese a cargarme como lo hiciera siempre, o que mi viejo me enseñara a sostener una condenada linterna mientras me llenaba de consejos sabios que entrarían por un lado y saldrían por el otro. Eso era un buen recuerdo, mi viejo y yo tomándonos una cerveza, mi madre riñéndolo porque el condenado mocoso tenía 11 años, porque mi padre quería un amigo que le aguantara el ritmo antes que lo matara la bebida. Porque mi madre pese a decir que estaba harta, terminó tan triste que su luz se convirtió en una farola cubierta de niebla en la noche perenne. Así entras a la adultez, en las responsabilidades de tener que cumplir con la cuota necesaria para que el mundo siga girando. Pero todo se solucionaría un par de años después, con mi madre enterrada, mi padre polvo y mis sueños erradicados a base de golpes; ella llegó y su familia detrás, para convertir la soledad en pequeños lapsos cada vez menos lánguidos. Rodrigo y las niñas luego, quizás para que en unos años le dé una cerveza a ese niño que tiene el mismo remolino que se me formaba, cuando aún tenía el cabello suficiente, en la parte superior de la cabeza y su madre me reñirá, me llenará de improperios porque soy el mal ejemplo, y luego estaremos aquí una vez más para que me entierren. Quizás descansando de todo y mis hijos entenderán lo que es la muerte, que todo es un condenado ciclo que se repetirá hasta que la luz se apague. 


Me paró del sillón color betún, me encamino hacia el baño que está más allá de las viejas chismosas de la vecindad de junto, me miran con la condescendencia suficiente para comprender que les vale una mierda lo que esté sucediendo ahí, ellas van a conseguir chismes, a llenar su miserable vida de historias que luego podrán repetir, tantas veces como sea necesario. Y con un “compermiso”, me adentro hacia el pequeño cuarto decorado con un gris verdaceo tan sepulcral que me recuerda el color de un muerto. Alguien llora en uno de los dos apartados, un hombre, con tanta solemnidad que no puedo evitar pensar que mi mujer esta unos metros más allá cargando con toda la mierda de tener que ser la fuerte. Me hago pendejo esperando a que salga el hombre del baño, 10, 15 minutos. El silencio se engrandece con cada milisegundo, incluso si dejo de respirar puedo oír algunas voces que se cuelan por debajo de la rendija de la puerta del cuarto. Pero el hombre no sale, y hago lo único que me queda por hacer, asomarme por debajo de la puerta metálica. Nada, el vacío absoluto de la muerte que decide hacerse presente en esta historia que hablaba de un muerto, y ahora de dos. Quizás la anécdota fuese entretenida si no tuviera la sensación de que es una jugada maestra del destino que en estas circunstancias me pruebe que existen los fantasmas, o por lo menos los universos alternos. 


Me sacudo el pene con la izquierda, y luego cierro el zipper mientras me siguen bombardeando las preguntas que no me atrevo a formular, empiezo a pensar en la forma que deberé de hablar de esto con mi mujer. No me lo creerá ni por asomo, de hecho empiezo a dudar que la casi media hora que llevo cavilando sobre esto no sea una invención de mi cerebro a causa de la cruda y la consiguiente enfermedad a causa del mal café, el pan insípido y las ganas terribles de una buena cerveza o un trago de la botella que mi viejo solía guardar para los momentos especiales. Nunca la probaría él porque el único momento especial que me permitió probarla fue su muerte. Una auténtica bomba que me tumbo hasta que llegó el momento de pararme junto a su tumba aún abierta, observar como unos hombres corpulentos bajaban el ataúd y mi madre rodeada de una camarilla de mujeres que supuse eran sus amigas, se desmayaba. Pero estaba ahí, pálido como el mismo cadáver, lleno de un sufrimiento tan puro como el más, y sin embargo, no podía llorar, no podía soltar nada. Estaba plano.


Abren la puerta, entra un hombre que casi no puedo ver, lo saludo a penas con un movimiento imperceptible de la cabeza, la misma seña que durante años nos hemos hecho al encontrarnos por las tardes, yo llegando de la madriza y él saliendo. No puedo pensar en nada mientras el hombre se saca su miembro frente al orinal comunal que está a mis 12. Tararea por lo bajo mientras desfoga la cantidad suficiente de orina para calcular unas 3 tazas de café bien cargado. De ese café mierdero que una vecina se apresuró a traer para deshacerse de este seguramente. Se sacude, y se aproxima a donde sigo parado frente al espejo y los dos lavabos. Me mira y dice con la voz más ensayada que puede ser alguien capaz de sacar.


-quieres un trago viejo? Esto está de la chingada. Acto seguido saca una lata de cerveza de una de las bolsas abultadas de su cazadora de lona. Mi barba comienza a aparecer bajo mis ojos sumidos en las más abyectas ojeras. Mis casi 45 años son suficientes para que mi rostro parezca ya de una década más. 

Cojo la lata y la destapo con tanta celeridad que ni siquiera ha podido el compañero de armas sacar una nueva. El primer trago siempre abre la garganta, la deja al rojo vivo con las ganas de romper a gritar.


-acabo de ver… oír un fantasma.


-que vergas? 


-gracias por la cerveza la necesitaba. Pero si, un puto fantasma de mierda. De todos los putos lugares, tenía que ser aquí. Nunca había pasado por algo así.


-bueno, siempre hay…


-vete a la verga con eso. Sigo sin creerlo. Un pinche fantasma.


-te impacto más que lo de tu suegro.


Y era cierto, me jodía lo del viejo, me jodía por mi mujer y por mi cuñado, por mis niños que ya no tendrían a su abuelo, pero me jodía mucho más que un puto fantasma se hubiera hecho presente cuando todo estaba fregado. Y peor aún, que ni siquiera fuera lo suficientemente importante como para que se materializara frente a mí. Como si tuviese de nuevo la misma edad cuando me excluían de los juegos en los paseos, ahí viéndolos a todos jugar y correr mientras el puto fantasma únicamente se dejaba oír, pero no ver. Ni siquiera podía decir que era terrorífico o como nos los pintan en las películas. No, el hijo de perra me había dicho directamente con su voz místico especial: eres un jodido eunuco que no puede verme, y tienes suerte que te haya dejado escucharme con esos oídos llenos de mierda.
-gracias. De verdad.


-oye, para eso están lo…


-te vuelvo a ver que le miras el culo a mi vieja y te reviento la madre.


Le di otro trago a la cerveza. 


SR. Noviembre de 2020.


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