Había terminado de cenar, siempre solo, en la oscuridad de una sala que lo acompañaba desde hacía casi 3 años, una comida fría la mayoría de las veces; le costaba un huevo calentarla y no tenía el ánimo suficiente para salir de nuevo a la calle a buscar algo mejor. La tele estaba apagada, el único sonido que se escuchaba era el de sus dientes o muelas triturando la comida que su mujer dejaba para que no se muriera de hambre. No era un inútil, al contrario, antes le gustaba cocinar, su especialidad eran las hamburguesas, de carne buena, gordas y llenas de grasa animal que reventaban en el sartén hasta que dejaba de salir sangre por los orificios que se formaban. No usaba nada para que se mantuviera la carne junta y a veces si lo hacía de mala gana terminaba por despedazarse, pero no le importaba mucho, porque el sabor se mantenía y podía inventarse alguna otra cosa que sirviese para matar el hambre. Así había sido por mucho tiempo, su mujer adoraba las hamburguesas que cocinaba, ahora ya no podían comerlas, las arterias no podrían soportar tanto colesterol, aun cuando fuese del bueno, de ese que te deja pidiendo mucho más. Pero seguía añorando un poco aquellos buenos años, cuando podían y querían arreglar el mundo uno con el otro, antes de las cenas frías y los silencios largos e incómodos, por eso ella no lo esperaba más, se metía a dormir a la habitación que había sido del hijo muerto. Había muerto antes que su matrimonio, pero seguían ahí, viéndose ocasionalmente y compartiendo las horas que les separaban para que el domingo fuese menos mierda. ella desde un sillón que parecía a punto de pudrirse por el peso de los años ganados con la comida y el sedentarismo, y él desde un taburete, no había más mobiliario en aquella sala que habían comprado unos meses luego de la boda. Al terminar la cena fría se enfilaba hacia la tarja, lavaba el plato, el vaso que usara, la cazuela con la comida, y se quedaba observando el lento irse del agua por los orificios que aún no se tapaban por completo con los desperdicios, algo tenía que hacerse pero no tenía el espíritu para hacerlo, tanto como si quisiera no podía, eso facilitaría su vida y nada parecía que debiera mejorar en ese aspecto, observó un rato más la tarja plateada ahora sólo salpicada con algunos residuos y deseo que hubiese un triturador de metal en ella, lo suficientemente grande para meter la cabeza, únicamente para saber que seguía vivo. Se apartó con la misma presteza con la que había llegado, la habitación a oscuras, no había foco, hace mucho que no lo había, le costó la misma cantidad de minutos que el día anterior acostumbrarse a la oscuridad que lo absorbía, se descalzó y contó la cantidad de pasos mentalmente y maquinalmente para evitar darse un golpe en el dedo chico del pie, eso podía echar a perder aún más su noche, pero no deseaba experimentarlo. Abrió la pequeña cómoda y dejó su cinturón, su cartera y los lentes que ya no le servían en lo absoluto, necesitaba una nueva graduación. Pero no tenía el dinero ni las ganas de ir a un centro oftalmológico, a escuchar una voz de hombre o mujer decirle que estaba cada día más ciego, luego de un rato de estar tumbado en la oscuridad se encamino hacia el baño. No estaba sucio y lo agradeció, todavía no era día de lavarlo, no recordaba cuando lo había hecho, pero agradecía que su mujer no fuese lo mala que él podía creer que sería, tiró un par de gases en la soledad de la losa color blanco, y notó, mientras descargaba, que el techo requería una pintada, habían aparecido algunas manchas de moho que no sabía que podían ganarle a los productos de limpieza que usaba, se propuso hacerlo, aunque sin mucha convicción, el próximo día de descanso, tallaría con fuerza esperando que salieran algunos demonios y con ello hacer más llevadero el día, pero sabía que era imposible, todo apuntaba a que lo único que conseguiría de ello es que el moho desapareciera un tiempo y luego regresase cuando ya no tuviera tantas fuerzas para combatirle, tiró de la cadena luego de limpiarse, se cepilló los dientes y volvió a su habitación, llena de oscuridad y sombras que se paseaban por todas partes, había aprendido a vivir con ellas, algunas veces lo arrinconaban, pero ya casi no sucedía, quizás porque las había contagiado de su mediocridad y su parsimonia para enfrentar lo que deparaba la vida. Deseó tener un reloj para saber la hora, pero algo le decía internamente, y en eso casi siempre era muy preciso, que faltaba poco para las 12 de la noche, que en menos de 6 horas tendría que volverse a levantar y seguir enfrentando sus errores. A veces sentía que estaba dormido, o creía estarlo, pero no había gran diferencia con hacerlo o no, la oscuridad se cernía sobre su cama, a veces quería recordar de qué color eran las fundas de las almohadas, pero esto únicamente lo comprobaba hasta que llegaba el día que tocaba cambiarlas, y al lavarlas descubría que eran azules, un azul eléctrico como pocos que hubiese visto antes de comprarlas. Le gustaba pensar en ello, en que eran azules, y luego encontraba que no lo eran, que seguramente en un momento de la semana o la noche su mujer le había dejado un nuevo juego de fundas. No esperaba verla pronto, no quería verla pronto, seguramente estaría llorando no porque fuese más débil, sino porque le gustaba hacerlo. Así como a él le gustaba imaginar que podía dormir con los ojos abiertos en una habitación completamente oscura rodeado de aquellas sombras que deambulaban esperando que volviese a tenerles miedo, pero eso no sucedía y parecía que ellas también se estaban marchitando, tan lento pero imposible de detenerse como el tiempo mismo. Se giró para contemplar una sombra gruesa que lo miraba desde un lateral de la cama. No era nada espectacular y cerró lentamente los ojos ante la desesperación de una sombra condenada a desaparecer tarde o temprano.
SR Febrero 2021.