lunes, 17 de diciembre de 2018

Las uñas que se atoraron en el teclado

El primer trago te quema, arde como una condenada sopa recién hecha. Pero es diferente, porque inmediatamente todo allá arriba se pone en marcha. Justo cuando elevas la botella de nuevo, descubres que no ha pasado un minuto siquiera, que la necesidad te obliga a hacerlo. Te lame las bolas y succiona los pensamientos. Y ahí van, todos los neurotransmisores encendiendo fogatas por todas partes, el incendio recorre de los 5 puntos cardinales y te cubre en fuego. Imparable, lleno de todo el sentido. No suena esta vez un canto ranchero, sino la condenada voz de Morrison, la que revienta los parlantes; el fuego se extiende desde sus genitales cubiertos por ese cuero negro, el torso desnudo y la noche que se ha cubierto de sexualidad. El siguiente trago despierta cada uno de los dedos, los pone en alerta y les hace escupir letra a letra la inflamable cantidad de palabras suficientes para que los astros te volteen a ver. Hace un jodido calor que nada tiene que ver con el Whisky, al contrario, lo deja hacer, lo nutre y le da mayor fuerza a la pegada. Son casi las dos am, como siempre.
 
Es así, lees sobre sexo, violencia, drogas, literatura y las escupes dentro de una pequeña narración cubierta de enseñanzas putrefactas. No eres dueño de la verdad, a duras penas sostienes tu vida, más interesado en los grados alcohólicos. Escuchas tu respiración, o mejor dicho la exhalación. Es como una marea que azota el suelo virgen de una playa perdida en la historia, como si un bombardero se aproximara a las piernas de una mujer deseosa y frondosa que te odia.
Acudes en tropel a dejarte la vida, tan difícil e imposiblemente que los gritos se cuelan entre las notas de un delicioso grupo de melodías, precedidas por la noche que no muestra las estrellas porque no las hay, barridas por la intransigencia de querer seguir vivo. ¿Que golpes puedes esperar de alguien que espera la soledad para enfrentarse a aquello que lo atormenta? Frenas cada que te duele la mano, te detienes como cuando tienes sexo, no te quieres hundir, sin embargo, lo estas.
 
Inmerso con sus jugos, en la risa, la volatilidad de sus caderas. Gritos y arañazos depositados en cada trago. Su pubis se seca y se vuelve a retraer conforme el líquido corre por mi cerebro, dando vociferantes notas, desnudando los pocos embistes, con sangre y dolor que se enquista en los huesos y en la noche. Quiero aullar a la noche con cada jodido trago, gritar entre tus nalgas, mientras países enteros se hundirán en la penumbra de la descomposición social.
 
Tienes la vida para arreglarlo y heme aquí, cayendo de bruces frente al pelotón, inclusive antes siquiera de que amartillen el arma, porque sigues siendo un cobarde, encargado de volver la mirada atrás y no sentirte arrepentido por nada.
 
Ahora el cosquilleo se concentra en el brazo izquierdo, sabes que el final vendrá de ahí. Tan rápido como el mismo descenso del licor hacia las historias, trasmutando grados etílicos en palabras 
soporíferas.
 
SR Marzo 2018

domingo, 2 de diciembre de 2018

El hombre que se estacionó en doble fila

El hombre que se estaciono en doble fila
 
Quería beber algo, quería desesperadamente empujarme algo con demasiado fuego para hacer que se me olvidaran las cosas, no había nada que funcionase solo, todo requería preparación y una condenada mezcla de jodidas hídricas que me quitarían el brutal exabrupto. Todos están ahí con la consigna de honrar a aquel hombre, y yo pensaba únicamente en que su mujer estaba muy buena, en que sus hijas estaban muy buenas y en que era un jodido lugar donde no tenían una condenada botella de mezcal. Siempre hablo de whisky o de cerveza, casi nunca de mezcal porque requiere una situación especial, algo que me haga resistir todo lo que se pueda el golpe duro. Él era duro, de esos tipos que tienen siempre las respuestas, o parecen tenerlas, capaz de encender un infierno el solo para demostrar que tiene razón, pero no algo ilógico o erróneo, sino la pura y absoluta verdad, un jodido ente dotado por alguna inteligencia fuera de este condenado planeta, y lo peor es que en su jodida casa no había una sola botella de mezcal, que me hiciera aguantar de pie las horas subsecuentes. Es su funeral, nadie dice eso, todos sabemos que es un velorio, hay por ahí una desconsolada viuda con buen trasero, hay un par de adolescentes que pintan bien, hay un sinfín de imbéciles que gustan de alardear lo machos que son y lo estúpido que suelen ponerse mientras los culos ardientes de sus mujeres se revuelcan con tipos con él. Jodidamente el ciclo sin fin.
 
Lo odiaba a muerte, desearía que, si el cáncer no se lo llevaba, hubiese tenido los medios para deshacerme de él mientras violaba a su mujer o a alguna de sus hijas. Pero no, alucinaba, en realidad debe ser que el condenado matarratas que me consiguieron está subiéndose a la cabeza; un golpe de la caña que viene acompañando el líquido de dudosa procedencia. Los días son iguales cuando nadie bebe, los días se encienden cuando algún maldito bastardo invita las rondas. Él sabía perfectamente eso, le gustaba presumir de su grandeza como ser humano, siempre llenando de fantasmas los rincones de las mentes de todos, abriendo la boca de manera descontrolada y con aquella tesitura que comenzó a debilitarse cuando el bastardo cáncer apareció en su páncreas. Un dolor jodido, lo fui a ver mientras se restablecía en su casa. La mujer con el vestido más entallado que pudo conseguir me hizo olvidar por unos instantes que jodidos hacia ahí, pero al final siempre terminaba al lado de su cama. Lo escuche, con aquella voz llena de intensidad, aun la poseía, era un condenado hijo de puta que le encantaba mostrarse mejor de lo que se encontraba. Mientras estuve con él, no pocas veces lo sorprendí viendo los cuartos traseros de sus hijas. Pueden decir que miento, lo sé, no tengo la confianza de nadie que importe, pero juraría por Dios que ese bastardo enfermo de cáncer pancreático le vio las nalgas a sus hijas en un par de ocasiones.
 
Me ven y huyen, no porque sea malo o les recuerde algo que todos enfrentaran en un momento, sino porque tienen miedo de que suceda lo mismo que aquella vez que él me encontró ebrio. Frente a todos, con todo el sentido de justicia, o al menos lo que entendía por ello, me hizo arrodillarme mientras pegaba el cañón de una pistola en mi cráneo, no pensaba matarme, pero le gustaba jugar a ello. Nadie lo quiere recordar, y juran que fui yo, que hice todo aquello porque le odiaba a muerte, y por qué estaba ebrio. Lo más probable es que fuese así, pero aun con todo ello, el tipo era despiadado, lo sabía desde que el sol se ponía, hasta que el sol regresaba, un condenado ciclo que ese hombre poseía.
 
Nadie más que yo sabía dónde guardaba su alijo de alcohol, todas aquellas botellas caras que había comprado a lo largo de los años, marcas famosas en ediciones especiales y algunas de ellas aun intactas, pero el jodido hijo de perra las ha escondido o las ha tirado alguna de esas mujeres que tanto le amaban, quisiera a veces que ellas fueren las que sufrieron por años, pero no hay nada de justicia en este mundo, él era un hombre duro, de esos que terminas amando por sobre todas las cosas porque te enseñan las jodidas cosas como son en verdad. Pero me ha timado, se llevó a la tumba el secreto del alcohol, y ahora mientras reposa en un ataúd forrado de algo semejante a las nubes, me encuentro aquí si un jodido trago, lo más probable es que personalmente lo hubiese tirado en el fregadero o regalándoselo a los malditos ebrios que pululan por estos lares, lo debía hacer sabiendo que me iba a enfrascar en una ardua labor de disminuir todo lo que estuviese a mi alcance. Y si fuese posible intentar meterle mano a su mujer o a sus hijas, lo veía en mi mirada, lo sabía por todo aquello que le habían contado. Aun cuando nada de ello fuese cierto.
 
Ojala alguien hubiera dejado por aquí algo que medianamente pudiera embriagarme, guardarle luto a mi viejo amigo, lo conocía en realidad hace poco menos de dos años, pero para alguien sin futuro o pasado visible, dos años son toda una eternidad, nunca intente saber que hacía o siquiera como es que podía mantener su estilo de vida, pero eso no me incumbía, no sabía nada de lo que sucedía dentro de ese lugar que él llamaba su segundo amor. No sabía nada de aquello que intentaba hacer mientras el resto del mundo se colapsaba en sus necesidades de atraer la desgracia. Aquel hombre únicamente quería seguir vivo, tener la suficiente vida para hacer justicia o reclamarla y no le alcanzó, al final creo que los gritos que emanaban de su boca eran lo suficientemente fuertes para hacer llorar al más valiente. Así lo hizo, así lo intento hasta que pudo resistir, hasta que el último aliento le abandonase; para mí era un ente completo que bien podría convertirse en un jodido mesías si lo hubiese intentado, pero se conformó con un trabajo como todos los mortales, lo hizo su vida junto a sus mujeres y nunca cejó en un solo instante.
 
No me quiero poner melancólico, pero es justo lo que logra el maldito alcohol tan barato, tan lleno de mierda como pueda estarlo al ser elaborado en alguna maquina industrial sin pizca de alma, que no posea el sudor en cada uno de sus procesos, porque ya todo está automatizado; que jamás huela la sangre de un hombre que se rompió el trasero para que un maldito borracho pueda tener un momento de paz y serena calma de muerte pequeña. Los gritos que emanan de todas las maquinas es el progreso sin espíritu humano, mera destrucción de aquellas pasiones que nos vuelven impredecibles y capaces de tener tanto odio como el mas de los bastardos en la historia, o un ser tan bondadoso que haga ver al nazareno como un jodido amateur. Así los tragos de estas mierdas que te desuellan por dentro, se convierten en pequeños clavos de ataúd que van sumados a la cantidad de mierda que te meten por los ojos, por la nariz y por el recto. Aun cuando no estés consciente, aun cuando deseas proclamar que eres la jodida verga del universo, aun cuando tus gritos sean pequeñas brisas en el desarrollo de la jodida vida de alguien con verdadero fin. Él seguramente estaría aquí bebiendo o viéndome beber mientras aguardo con total parsimonia que sea mi momento de pasar al frente o al lado del ataúd para guardarle solemnemente respeto por haber tenido una maravillosa vida que no pudo sino escupirlo de la realidad hacia la inconsciencia, donde probablemente siga cogiéndose a sus mujeres.
 
En realidad no me importa, en realidad solo quisiera brindar una última vez mientras todos desaprueban mi comportamiento, pero lo hacen porque no son capaces de hacerlo ellos, porque se encuentran sujetos a lo que la buena costumbre les dicta, aquello de volverse completos inútiles frente a la batalla, sumidos en la oscuridad de la mierda, de la noche, de los sin sabores de anuncios neón sobre hoteles baratos que tienen pinches chinches en sus camas. Él se ha ido, mientras el resto se conforma con asistir a su sepelio, intentar repegarse a su mujer e hijas y beberse su alcohol, tal vez por eso no lo encuentro, tal vez por eso me gustaría brindar una vez más en este condenado día. Larga vida viejo.
 
SR Primavera 2018

viernes, 16 de noviembre de 2018

inverosimil

Caminó más aprisa, no corría, pero sentía ella misma que sus piernas estaban desbocándose y lo peor, que el hombre que venía detrás se había percatado de ello y por ende también había acelerado el paso. No creía que se atreviera a nada más, pero sin duda no estaba de más extremar precauciones, cuántas mujeres no había desaparecido de la misma manera, y eso sin contar la cantidad de agresiones sexuales que se habían suscitado en las últimas fechas.  Aferró la bolsa de mano que llevaba, comenzó a repasar mentalmente si en ella encontraría algo que pudiera usar para defenderse, lamentaba no haber hecho caso de las recomendaciones de su hermano de aprender a tirar golpes, o de usar algo como arma de defensa personal. Pensó inmediatamente que lo más pesado que llevaba era el perfume caro que había encargado con la chica de los catálogos, en realidad era agua muy destilada que tenía una fragancia cutre; sin embargo, las deudas había que pagarlas y a ello se sumaban los pagos de los zapatos y de la bolsa que ahora tintineaba peligrosamente anunciando una gran cantidad de objetos metálicos que cualquiera podría confundir con mucha morralla. Lamento no tener la tranquilidad suficiente para domar la adrenalina que comenzaba a desbordarse por todos sus poros, imaginó que si le hacía frente el hombre la atacaría y quedaría a merced de lo que fueran sus intenciones, aunque también creía, y tenía la ligera esperanza de que así fuera, de que lo asustaría lo suficiente para hacer que se diera la vuelta o huyera. Cualquiera de las dos ideas le aterraba porque no creía ser lo suficientemente fuerte para soportar que algo malo sucediera.
 
Dio tres larguísimas zancadas que le parecieron trotada, no pudo evitarlo, el miedo se había instalado en su cabeza, metió instintivamente la mano al bolso y sujetó lo más fuerte que pudo el frasco de color transparente con el líquido ambarino. Lo hizo justo cuando sintió que el aliento del hombre le daba alcance, cuando percibía casi con el rabillo del ojo que aquel sujeto se acercaba con la firme intención de robarle o algo peor. No llego a saber nunca, porque esas cosas son obra de la casualidad o del destino funesto, que el hombre la trataba de alcanzar para advertirle, si es que eso era posible debido a su incapacidad para hablar, de que estaba cerca de una falsa coladera que llevaba sobre puesta varias semanas. La mujer cayó de cabeza en un agujero que la trago inmediatamente y del cual rescataron su cuerpo unas horas después. En la mano derecha, llevaba un fuerte olor a frambuesa procesada, el frasco roto le había abierto y moriría desangrada.
 
SR Otoño 2017

jueves, 1 de noviembre de 2018

Dos noches seguidas que te contemple en las estrellas

Era un hombre extraño, bebía a ratos y a ratos desaparecía de su ser la necesidad por beber. No le conocía otra afición, trabajaba como todos y en lo mismo que la mayoría, siendo un gusano que sin voz o voto que decidiera el destino de millones. Un jodido espectro en la realidad, en ese tejido social en que su existencia estaba determinada por cuantas porquerías poseía y a cuantas mujeres u hombres había amado. Él estaba inmerso en ello y parecía acomodado. Lo conocí a través de una mujer que nos señaló con su dedo flamígero. La amamos al mismo tiempo y ella parecía determinada a terminar con ambos, finiquitar la broma ingrata que había comenzado hacia 26 años para mí y casi 40 para él. Ella se deslizaba como una pantera, sinuosa, llena de obcecaciones y virtudes que terminaban en un despropósito inmundo. Tenía los ojos más jodidamente hermosos y sabia sacar partido de ello, como hipnotizando y seduciendo con su brillante fulgor. Su nombre era Sofía, pero eso es lo de menos, ella no tiene tanta importancia, me interesa deshebrar el asunto con ese tipo, porque era tan parecido y a la vez tan distinto a mí. Una copia mal hecha que había sido encargada por los dueños de la verdad absoluta o el infinito. Imaginar a un ser omnipotente y omnipresente dirigir sus influencias sobre el cosmos para determinar que un par de seres minúsculos sean tan parecidos entre sí; pero que pareciese al tiempo que existen en dos distintas realidades. Lo encaré una noche, visiblemente alterado por el alcohol, lo perseguí durante una hora que me pareció eterna, deslizándome entre las sombras, con un único objetivo. Atizarle y demostrar que yo era el bueno. Ambos nos encontramos de frente, con una sola ley: sobrevivir. Dimos lo mejor de nosotros. Cada uno por su respectivo existir, sin embargo, nos declaramos inoperantes pese a que yo sangraba de la nariz y él tenía la mano rota. La derrota nos escampaba a ambos, nos perseguía y nos moldeaba, seguramente ella, la terrible ella, nos observaba absorta en sus pensamientos sanguinarios sobre nuestra inutilidad. Era eso lo que más disfrutaba, que sin su existencia la nuestra estaba totalmente jodida. O siquiera con algún viso de existir. Abrí los ojos, él se hallaba al teléfono, con la mano henchida hasta parecer un globo alegremente inflado para el divertimento de los menos capaces. El dolor también se reflejaba en su rostro, la mueca era significativa; nada me costaba enderezarme rápido y terminar con su sufrir, pero bien rápido que lo intente, termine de nuevo en el fondo de la vida, me había noqueado con la misma fuerza que yo lo había buscado. Anhelaba que su fuerza terminase conmigo, pero sólo conseguí un bonito acomodo de la nariz y un tremendo chichón en la parte noreste de la cabeza, ahí donde la casualidad quiso que compartiésemos un condenado lunar, el mío más obscuro y protuberante, mientras que, en él, era apenas un tono más café que el de su rostro. De nuevo lo enfoco con problemas, pero habla con una mujer, no es ella, ella jamás se prestaría a esto, seguramente es una mujer, aunque tiene el rostro más equino que jamás haya visto. Los dos se abrazan y el hombre llora, el cuadro lo completan un par de patrullas que sin duda alguna vienen a tratar de conseguir un poco de dinero, no los culpo, la situación no está del todo bien, todos necesitamos una ayuda, y que mejor si es por culpa de dos tarados que decidieron romperse la madre de manera tan ridícula que salieron perdedores ambos. Los hombres de ley reconocen a los rijosos, un par de sátrapas, conseguirán dinero, claro, pero lo verán con asco, porque les darán asco ese par de hombretones que se han puesto a llorar pese a que son adultos. Lloran como un par de críos que han perdido la oportunidad de subirse a un juego mecánico en el último día de la feria. Los aborrecen porque tienen la pinta de haber tenido una mejor vida que la suya, pero en el fondo son un par de cobardes que siquiera pueden terminar con su sufrimiento. Todo por esa mujer, ellos no la conocen, ellos jamás han estado entre sus risas, entre sus ojos enormes, entre sus sueños. Jamás tendrán esa dicha, sólo el otro bastardo que tiene ahora un vendaje en la mano que sostiene en el aire para evitar que se haga más grande y más morada, aunque ello parece imposible; lo más probable es que termine siendo una extremidad inútil por los próximos meses. Sin embargo, mi cara también tendrá las secuelas, además de mi amor propio perdido en esos momentos de oscuridad absoluta. Él no es mala persona, digo peor que yo no podría serlo, y en todo caso, mejor tampoco. El asunto es que le gusta demasiado esa mujer, le gusta demasiado la forma en que lo hace sentir y sobre todo, la mejora en su vida tras su aparición; pero no puede negarlo, al igual que lo afirmo yo, que es una desgracia, que todo lo que puede sentir hacia nosotros es una repulsa, una forma sofisticada de odio, porque somos los dos perfectos imbéciles que le aman, que la idolatran y quisieran que su existencia fuese lo suficiente para que ella no tenga que buscar al otro. Somos una parte que complementa lo del otro, sin necesidad de que alguien lo deduzca por nosotros, nos damos cuenta y nos entregamos a los designios de la muerte, de la vida, de todo aquello que pueda sacarnos de esto, convertirnos de nuevo en entes funcionales. Al parecer jamás lo lograremos, somos igual de cobardes y terminaremos llenos de desventura, al final somos eso, un par de tipos podridos que un día tuvieron suerte, que un día se levantaron con el sol matutino y decidieron que era necesario ser parte de algo más, aunque no es lo que esperaban, somos el resultado de la existencia que hemos elegido.
 
SR Mayo 2018

lunes, 15 de octubre de 2018

Pequeños triunfos en la vida de un borracho

No tiene ninguna sensación. Ni agradable o desagradable. Podría estar sentado sobre un bloque de hielo y aun así no sentirle. Vive encerrado dentro de esa silla de ruedas. Silla de ruedas. Silla de ruedas. Confinado por creerse con la suficiente capacidad moral de dejar de beber. Si, tan irónico como pueda ser que el hombre dejase de beber justo un par de meses atrás. Cuando aún sentía un poco de emoción por la vida, la emoción producto de sentir como se iba perdiendo en las rémoras de su mente. Atravesando desiertos o llanuras infinitas, pero apenas siendo consciente de ello, nada se lo regresara, parece que incluso la imaginación se ha ido, lo abandono, igual que él hiciera con el alcohol meses atrás. Cuando se creyó mejor que sus eternos camaradas, los cuales lo vieron como un completo imbécil, así había sido la última vez, hasta que los volvió a ver con sus ojos eternamente rojos, y las narices picadas por las enfermedades de la juventud y la mala circulación producto de beber, de siempre beber, ellos si era alcohólicos empedernidos, a él únicamente le gustaba perderse algunas noches, muchas más de las que le aconsejaban los doctores, o su propia familia. Pero todo eso se había marchado, ido y ahora estaba confinado a un entorno eterno, lleno de sus propios miedos, incapaz siquiera de terminar con su vida o expresar que alguien más lo hiciera. Lo había suplicado con la mirada, llorado y mostrado los síntomas inequívocos de alguien que desearía que todo acabase con la misma celeridad que lo había embestido aquel camión en aquella mañana. Siquiera sintió el golpe, todo acabo en negro y cuando quiso pararse para ir a orinar, sintió el metal en su pene, la ingrata comezón que le impedía ser rascada, la desesperación de saber que así sería de aquí en más. Porque alguien le hizo creer que sería mucho mejor persona si dejaba de beber, si olvidaba lo bien que se sentía por aquellos instantes en que se perdía en el alcohol, o las borrascosas mañanas invernales cuando se despertaba en medio del frio para ir a defecar u orinar. Cuando le iba bien, cuando aún podía controlar los esfínteres y no tenía que estar sujeto a que alguien más lo hiciera de mala manera, que lo viera como un condenado bulto y sólo porque a su madre le pareció más cristiano dejarle vivo. No tuvo los cojones para pedir que alguien le asfixiara por la noche, o que lo aventase en medio del mar y perderse, al menos ahí sería feliz sabiendo que todo terminaría en cuestión de instantes. Aquí no puede hacer nada, está sujeto a una silla de metal que se mueve dos veces al día, la primera para sacarlo al sol, la segunda para regresarlo a su lugar, luego lo desamarran y lo acuestan, las lágrimas no son tan profusas como para ahogarle mientras está ahí, inerte, carente de la suficiente movilidad para terminar con todo. Para enmendar el error cometido cuando aquella tarde dejo de beber, cuando se sintió profusamente agradecido con la vida por darle una segunda oportunidad sin saber que esta se iba a cobrar con creces aquella chanza. Lo dejo en el peor modo posible de existir. Ni una planta era tan innecesaria en el mundo como él. ¿Porque no le dejaban morir? ¿Porque seguía sujeto a esa silla de ruedas que estaría mucho mejor con algún bastardo o bastarda que tuviera la suficiente materia gris para desear estar incompleto en un mundo que ansiaba la perfección o el cinismo necesario para que no se notaran las falencias humanas? Les odiaba a todos desde antes, mucho antes del accidente o del golpe o de dejar el alcohol, se estaba matando a su ritmo y lo peor que podían hacerle era quitarle aquello. No necesitaba sus condolencias o las muestras de lástima que día a día recibía por parte de aquellos que se sentían culpables por dejarle vivo. Veía a su madre y le odiaba y deseaba que ardiera en el infierno, ese mismo infierno que él estaba padeciendo allí, atado a una silla de ruedas, llena de todo ese odio insano hacia la persona que él más había querido antes, cuando le robaba un poco de dinero para comprarse una botella de destilado, o unos cigarros sin filtro que le acercaban más a la tumba que deseaba estuviera desierta, porque su intención era quedar tirado en algún paraje desconocido sirviendo para alimento de animales salvajes que hicieran mejor uso de su cuerpo que el mismo. Todos los días pedía al cielo, al infierno, a las estrellas, que algo lo matase; un terremoto, una falla eléctrica, una explosión o la falla cardiaca. Pero no, seguía ahí, secuestrado por el infinito y pagando las deudas de su osadía a creerse mejor que otros, a tener la suficiente fuerza de voluntad para dejar el alcohol. Y señalarlo cada que era posible en una hoja, un punto por cada día que había vencido la necesidad y el sentir de la abstinencia, no importando que hubiera subido de peso, no importando que odiara con más intensidad al mundo, estaba ahí, pulcramente anotado en una mesita cercana a la silla de ruedas, riendo desde inmovilidad, asemejándosele a lo que era él ahora. Un pedazo inerte que esperaba que el tiempo le borrase el contenido.
 
El sol se colaba por las persianas todas las mañanas.
 
SR Invierno 2018

martes, 2 de octubre de 2018

Excusándome en el peor momento posible


La planta

Me recuerdas poderoso, casi un místico que a todos les despertaba y les corroía la envidia con solo imaginar la gama de posibilidades que tenia de frente, que ellos creían que poseía. Nunca me atreví a desmentir esa creencia, lo sé, fue un error básico porque les permitió ensoñarse con un futuro que irremediablemente no está ahí, que es muy factible que jamás exista y que de alguna manera me he encargado de que así sea.

He vuelto a caer en el viejo tema, en el pasado inconexo con puentes de palabras rebuscadas que terminan por definir el presente, de amoldarlo a lo que siempre he construido como tal, no hay nada que lo sustente, no hay memoria en él porque es falso y probablemente un recuerdo que mañana sea destruido para forjar el nuevo presente; ese es el que espero que valga para algo, para nada tal vez, como saberlo si rara vez sé que es lo que pasa alrededor mío. Aquí colgado de este cenicero lo sé,  me imagino el futuro como algo improbable, como algo que a simple vista nunca va a llegar y que en el fondo todo va a colapsar. Momentos pasados que vuelven de acuerdo a lo que siempre he creído que va a volver, en cierta forma lo he sabido de siempre, y sin embargo, me contengo, me diluyo con la misma facilidad con la que abrazo los consabidos temas de miedo y locura. Temo tanto perderme en ellos que simplemente abro el grifo de vez en vez, no lo mantengo constante porque probablemente me perdería con la misma facilidad con la que he entrado en los terrenos desconocidos. 

¿A dónde iba esta historia? Probablemente a ninguna parte, como la gran mayoría, pero tenía un marcado sentido de la derrota, como solía pasar antaño, cuando no temías empaparte de ella para sacar adelante las cosas, la negra noche te cobijaba al lado de un trago de alcohol o un cigarro de marihuana, curiosamente no escribo cosas sobre ella, casi nunca; porque me deja en un estado de ingravidez tal, que me es más sencillo dilucidar hacia dónde va el ser humano que soy, pero sin plasmarlo, solo saberlo y eso me basta. Hace años deje inconclusas muchas cosas, sumido como estaba en los viajes por todo el país, hundido anímicamente porque me encontraba peleando siempre contra los demonios y agazapado en espera de que todo fuera a mejor, aunque bien sabía que no iba a lograr nada con ello. Comencé a escribir historias que no tenían una lógica, acaso vaciar la porquería que traía dentro, pero eso también es de sumo conocimiento por todos, luego avancé y creé historias sobre cosas que veía, lo cual he ido abandonando porque soy un mal padre, descuido todo. Lo dejo enterrado en un panteón de olvidos, junto al resto, como todo. La noche no es más una aliada para intentar avanzar sobre las historias que veo o conozco, al revés, se ha vuelto su enemiga porque caigo furioso en los sueños que antes no tenía, que no necesitaba. 

Perdí el hilo conductor, inmerso de nuevo en esta tragicómica idea de que basta mantener una delgada línea que permita esbozar gritos y llantos por igual, por donde antes corrían historias de todo tipo. No tengo un límite para congraciarme; por ejemplo, puedo hablar de las historias de ese hombre que lo ha recorrido todo por la escena nocturna, pero algo me detiene; he visto sus ojos, cansados, llenos de tristeza o tal vez de una melancolía que se cree incapaz de abrazar porque ya no es época, que retaca sus posesiones porque a lo mejor le recuerdan algo que perdió o que siquiera ha sabido que existía; pero ¿dónde comienza su historia? ¿Quién era antes de que apareciera en mi cabeza? Con sus canas, sus ojos perennemente tristes, su rostro antaño bello, surcado por el paso de los años y las dolorosas lecciones de una vida dura que no a todos les llega. Algunos simplemente van tirando, esperando que todo acabe y que esto suceda de una manera sorpresiva. El hombre tiene casi 70, le fallan las rodillas y ha trabajado de todo un poco. Ha bebido lo necesario para saber que una sola gota de alcohol lo puede arrastrar de nuevo, atraerlo hacia la oscuridad de la que cree por momentos que ha escapado, pero nadie lo hace; al final todo te reclama hacia abajo y ahí vamos a acabar todos. Viste siempre con la pulcritud de un hombre que ha podido poseer al mundo, pero las malas elecciones lo arrastraron hacia la pobreza, no total, pero vive al día; vive de aquello que puede considerar como un mero sueldo para ir viendo noche a noche. Lo sabe y eso no lo derrota, al contrario le gusta la idea de ya no tener más. Pero, aun tiene un encargo, aún tiene una cosa que hacer y es mantener la cordura el tiempo suficiente para seguir vivo, ¿Cuánto tiempo? No lo sabe, no lo quiere imaginar, no le pasa por la cabeza, igual son meses, igual es una considerable cantidad de años. El hombre tiene la suficiente fuerza mental para no dejarse caer, pero al mismo tiempo conoce sus límites, es consciente de que la marea negra cada vez está más cerca. 

¿Lo conozco? Claro, lo he visto un par de veces, siempre viene a pedirme un par de toques, se los doy, no soy mala persona; le he obsequiado cosas que nadie más le daría por el simple hecho de que nadie más lo quiere hacer. No es altruismo, es simple y llano conocimiento de la hecatombe en la que podemos caer si nos dejamos arrastrar, pero él lo sabe de antemano, por eso sigue tirando; sigue haciendo de tripas corazón mientras le pega unas caladas a aquellos churros que le he regalado, le gusta perderse en las ensoñaciones de la marihuana, lo considera casi un acto de magia, por unos instantes se olvida que tiene que seguir pensando en el porvenir y se deja ir en la cascada de sentimientos que le despierta el contenido lujurioso de esa planta. Antes no le gustaba, no le aliviaba ni los dolores, ni la tristeza; ahora simplemente le da igual, porque ha probado que no es lo mismo que el alcohol, no lo es. Me digo tal vez para creérmelo, pero así lo siento. Nada le gana a esa sensación de vacío, y el viejo lo sabe y lo agradece; vaciar la mente mientras el día avanza lento, mientras las nubes se mecen quien sabe cuántos kilómetros por encima de nuestras cabezas y esperamos que la noche llegue, él para seguir soñando con una vida que no fue, yo para escribir letras que no van a ninguna parte y no hablan de nada en particular, pero siempre están ahí, acechantes a lo poco o mucho que le deje la planta por hacer; porque ya quedo demostrado que mis historias y la marihuana están totalmente peleadas con las ensoñaciones que puedan despertarse. El viejo también se ha graduado en ello, le gusta la idea de seguir siendo funcional, salvo el par de horas en que la yerba lo arrebata de la realidad.

¿Quieres cambiar la forma ahora? No basta, no hará ninguna diferencia, comenzaste hace años a escribir esto y lo has dejado mucho tiempo de lado, no pudiste detenerte en todos los puntos y comas que has esbozado, para elaborar otra vez una historia que deja a la mitad todo lo que quisiste decir, pero que al final lleva a una enseñanza: los golpes en el teclado, el hacerlo de manera continua, por casi 20 o más minutos, te llenan, te conectan con esos pequeños pozos de locura que durante años te has atrevido a insinuar, no pido demasiado a la vida, quiero que sigan las cosas de la manera en que las he hecho, pero al mismo tiempo me convenzo de que no durara, nada es tan eterno como para dejarme ahí, libre y escribiendo historias sobre la vida misma y el dolor de un hombre que se acerca a los 70 y ve que la única alegría que le queda son esos pocos instantes en que se abandona a toda experiencia. Eso, y que le gustan los gatos que lo visitan a diario. Todos deberíamos ser felices con ellos.

SR Octubre 2012- verano 2018

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Asuntos sin concluir en el bar frente a la catedral

Llegó con un impulso y se situó frente a la barra, tal vez debería de decir que solamente era un mueble gigantesco de madera muy corriente, pero nosotros le decíamos así, su nombre era Antonio. Lo conocía de vista y de alguna que otra ocasión en que nos habíamos dado la mano; era un poco alto, para la media, y muy blanco. El pelo comenzaba a encanecer, tenía una mirada de ebriedad evidente, le gustaba el trago y le gustaba invitar a sus amigos más cercanos a beber. Casi siempre lo veía detrás de la barra, con su uniforme pulcramente planchado y lavado, envidiaba su condición, porque para que una mujer dejara así la ropa, era jodidamente hábil o una profesional. No se encontraba bien, su rostro desencajado era sinónimo de que algo andaba mal, pero no me atreví a preguntarle, tal vez porque no llegaba a tanto nuestra familiaridad y sobre todo porque no tenía un solo motivo real para hablarle; al final éramos dos ebrios que nos encontrábamos en un punto intermedio de la vida. Yo por mis problemas con aquella mujer, él, seguramente huyendo de otros tantos conflictos. Pidió un trago, una cuba si mal no recuerdo, coca y ron, más de lo último, casi imperceptible el gusto al refresco, pero ahí estaba presente, como todo. Lo bebió de un fregadazo, sin parar en ningún momento para limpiarse las comisuras por lo derramado y es que temblaba fuertemente, como jamás había visto a nadie hacer, de esas cosas que únicamente pasan en la literatura o en las películas. Pero alzó el brazo y pidió otro, igual o más cargado si es posible, entonces repare en todo lo que era él; pequeñas perlas de sudor resbalaban por su cabeza y le pegaban el pelo al cuero cabelludo, la ropa no era la blanca de siempre, sino que usaba una camisa de algún color que no me siento lo suficientemente capaz de especificar. La mancha creciente de sudor proveniente de la axila era comparable solo con la mancha gigante de sangre que mostraba el frente.
Sangre. Comenzaba a oxidarse sobre la ropa y lo más probable es que no sirviese nunca más, o que quedara la mancha para la posterioridad, como esas cosas que aprendes por experiencia; volvió a repetir la operación mecánicamente, el líquido desapareció del jaibol en menos de lo que puedas imaginar y alzó la mano, seguramente para estas alturas ya debía de andar tocado, pero lo más importante es de quien era la sangre. Y más aún, si era un peligro para mis planes de pasar otra de esas veladas tristes llenas de recuerdos dolorosos provocados por mi propia capacidad de volver infeliz a todo el mundo. Antonio comenzó a tartamudear, pareciera que el líquido había restablecido un poco de lucidez o le había atraído hacia la realidad, no sé bien cómo funciona eso en las personas, pero a veces basta un trago para destrabar todos los problemas.
 
No paró de balbucear incoherencias hasta que el cuarto trago hubo desaparecido, sólo entonces atisbe que su cara estaba pálida y que el fuego contenido de las cubas lo traía de nuevo a la vida, lo habían restaurado en un modo tal que se hallaba totalmente sobrio y cuerdo cuando volteo a verme con ese rostro picado por alguna enfermedad cutánea cuando era más joven, y los ojos perennes en rojo que denotaban a un ebrio, de eso sabía bastante. Abrió la boca y comenzó a relatar la noche que había pasado, habló sobre su amigo y una madrota, de esas que ya casi no abundaban porque a la mayoría las habían erradicado los políticos locales para colocar a sus allegados. Todos tenían cola que les pisaran, eran algunos cuantos los peces gordos, pero la mayoría tenían negocios turbios, parece que al llegar el puesto de poder viene aparejado un grado de corrupción y perversión antes desconocido en ellos. Para mí no era nueva su historia, o diferente por decirlo de alguna manera, siempre habrá un par de picaros que hagan alguna jugarreta o triquiñuela y al final tengan que responder, pero para Antonio los dados habían caído en doble 7 todas las noches durante un año y no comprendía como es que la suerte lo había abandonado. Se repetía una y otra vez sin llegar al meollo del asunto, por qué seguía de pie ahí con la camisa manchada en sangre y un rostro encanecido de repente. Al final contó lo que esperaba, el origen de la hemoglobina se debía a que habían matado a su amigo a su lado, no es nada nuevo le dije. O eso me pareció que había dicho, pero seguí interesado, dos hombres les habían rodeado, tal cual de una película de Juan Orol, malos gánsteres, llenos de clichés y si acaso diferenciados únicamente uno del otro por la cantidad de gel que usaba uno en el pelo. Dos balazos en el costado antes de que Antonio detuviera el auto de alquiler que lo saco de ahí, todavía sonaron más disparos tras de él y el taxi, pero el tirador erro por su falta de control en la adrenalina, al parecer no eran tan bravos como se imaginaron y darle un par de plomazos a alguien por la espalda no es lo mismo que controlar los nervios luego de que los planes salgan mal.
 
Le brinde un trago, mientras siguió contando que todo había salido bien hasta antes de las 7, habían ido a casa de la madrota, se habían tirado a un par de las chicas y habían cobrado el dinero que les debían, tenían que pagar unas deudas con cierta gente y al llegar a pagar, algo no les gusto a los del hombre fuerte. Alguien se equivocó en un paso, o dijo alguna mala palabra en un momento erróneo. Al final el resultado era el mismo, un muerto y un hombre que había encanecido de repente. Había logrado huir gracias a la pericia del taxista, un hombre bueno dijo, al menos no me cobró por los dos tiros que le quedaron en la cajuela. Tal vez temió que le fueran a matar o no sé, muchas cosas pasan por la cabeza cuando uno va a la desesperada, eso lo sabía bastante bien. Mi padre lo había hecho siempre, le faltaba algo de serenidad y terminaba por echar por la borda las cosas, siempre llevado por su temperamento, ese que tanto habíamos temido mi madre y yo. El viejo no bebía por cierto, odiaba a los borrachos, no comprendía como podía alguien dejarse guiar por una bebida, no veía que él hacía lo mismo con su ira.
 
Pedí una botella, no recuerdo que mierda era, tal vez algo con sabor caribeño o algo que sólo puedes beber cuando ya no te importa nada lo que viene después. Pero ahí estábamos, un hombre con la camisa desfigurada por la sangre y un hombre con un sentido de derrota que lo acusaba a diario. Había sido así desde que ella se marchara, tenía entonces cerca de 16 o 17 años, era un jodido mocoso cuando me atreví a amar a alguien y eso nunca lo había superado. Todo lo que llego después fue una reiteración continua de desventuras provocada por mi falta de pericia como ser humano, pero Antonio de eso sabia, me contó sobre su mujer y sus sospechas de que lo engañaba; era una mujer guapa y llena de fuerza, pero para Antonio era más importante el alcohol y los amigos, un tipo complejo que le gustaba más estar rodeado de problemas a causa de su afición que por las faldas, quería aprender de él, deseaba ser su alumno, porque igual y al despertar al día siguiente, el alcohol como máximo te haría vomitar o tal vez llenarte de dolor el estómago y con un cáncer como todo futuro; pero el tener problemas de mujeres, era estar siempre jodido, siempre lleno de malas experiencias y condenado a no ser lo que ellas esperaban y no querer serlo.
 
Clavó el pico, se abandonó momentáneamente en la mesa de madera que nos contenía, su última palabra coherente fue: hija. Hacía años que la buscaba, hacía años que había desaparecido, toda su vida se había ido con ella, la felicidad también, según me dijo; una mañana la llevo a la escuela y por estar crudo no noto el cambio en el ambiente, que no había carros, que no había personas, que todo parecía detenido, un hombre de 30 y tantos con una niña de menor a 10, caminando en una calle tan jodidamente solitaria que el respirar intranquilo de la menor era audible a kilómetros, luego sintió el golpe. Justo en la cabeza, justo en el sitio indicado para hacer que su cruda se fuera por un par de minutos, los suficientes para que todo se fuera al garete. Nadie lo vio venir, prácticamente su niña fue el inicio de una serie de robos indiscriminados de niños en aquellas colonias perdidas de nuestro mundo. Aquellos sitios donde la policía es uña y mugre con el dolor. Nadie vio nada, nadie supo nada, la niña desapareció con la misma celeridad que los días subsecuentes lo hicieron. Se volcó al alcohol entonces, como un tipo sin esperanza, sus risas eran menores que sus lágrimas a diario, y solamente en contadas ocasiones no lo resentía, habían transcurrido 6 años y el dolor seguía ahí, anclado como el destino mismo. Ella no volvería.
 
SR Abril 2018

domingo, 2 de septiembre de 2018

tenía un par de golpes en el codo derecho cuando le avente por la escalera

El morral blanco de yute estaba mugroso, su bigote era cano, perteneciente a otra época, a años posteriores a los 70s; parecía un tipo atrapado en su pasado, el cual obviamente no volvería; tenía más de 40 años en el mismo rutinar. Pidió una modelo, pensé que hasta sus gustos eran arcaicos, como sometido a los vaivenes del viento o de las olas. Le despacharon el bote, y pidió permiso para beberlo en el pequeño escalón que se encontraba en la entrada de la tienda. El hombre santo que comenzaba a perder mechones de pelo, le dijo que sí, pero que no molestara y que se cuidara de la patrulla. Yo era un habitual de ese lugar, el tendero me vio y antes siquiera de preguntarme metió la cabeza en el refri y saco una caguama.
 
Nada extraordinario, era otro viernes, llevaba muchos así, saliendo de mi casa a hurtadillas para ponerme a platicar con el viejo Federico. Lo conocía hace casi 10 años, pero sólo 6 meses que me la pasaba ahí los viernes; en ocasiones le ayudaba a espantar a los jóvenes o a evitar que alguno cometiera un hurto. No pocas veces le había dado una zurra a un vagabundo y el tendero me ofrecía una cerveza, total cortesía de la casa. Estimaba mi rutina, era ya un viejo jubilado prematuramente por la desaparición de mi puesto de trabajo, con tan mala o buena fortuna que seguiría recibiendo mi pensión hasta que me muriese. No tenía hijos y mi esposa prefería ver las telenovelas que hablar conmigo, no la culpaba, era aburrido hacerlo, quien quería oírme hablar de lo mismo durante casi 25 años que llevábamos juntos.
 
El viejo del morral bebía mirando hacia la avenida, ruidosa, caótica, llena de embotellamientos y autos que circulaban a velocidades que bien podían ir desde la nada a una velocidad de vértigo. Me gustaba estar ahí, observando todo, mirando con total perplejidad que los viernes transcurrían sin mayor variación, hasta los eventos fortuitos parecían estar cortados por el mismo patrón. Igual que en el trabajo, parecía que la monotonía me seguía a donde quiera que fuese. Me empezó a hablar el hombre, su voz era baja, como si deseara que las palabras se perdieran en los escapes de los autos. Se llamaba Macario.
 
Conocía el nombre, por la película; me gustaba, sonaba exótico, aunque bien a bien, no tenía la menor idea de que era ese pinche concepto. Pero el viejo Macario me dijo que se dedicaba a comprar idioteces, “como si no fuese todo un jodido circo”, le respondí aunque con el mismo tono apagado, y realmente no supe si llego a escuchar aquello. Le gustaba el brandy, pero ya no podía tomar, la diabetes, dijo. A todos nos está cargando esa mierda, primero te das cuenta que la vida es una mierda y luego te lo comprueban, llenándote de enfermedades que en los tiempos de nuestros ancestros no existían. Como si fuera un avance en los jodidos males y no en la calidad de vida. Dijo mientras le daba otro sorbo a la lata. No me fije si le había limpiado, alguna vez vi un par de ratas peleándose por anidar en los contenedores de una empresa dedicada a las conservas, no supe si lo lograron o si fueron muertas dejando su mierda encima. Sólo sé que nunca más volví a ver ninguna lata con buenos ojos.
 
Me contó que había tenido dinero alguna vez, “¿pero todos lo hemos tenido no?”, algunos puede decirse que sí, pero la mayoría nacen jodidos y así van a morir, respondió categóricamente, mientras volteaba a la arteria buscando señales de la patrulla. Les tenía miedo, les conocía y sabia de la mierda que eran capaces; yo también, alguna vez me dieron una calentada por exigir que hicieran su trabajo y agarraran lacras y no borrachos inofensivos. Dos puntos de sutura, fue mi recompensa civil; siguió hablando, dijo que el dinero le había quemado las manos, tuvo que gastarlo en estupidez tras estupidez, como si fuera una maldición y no pudiera contenerlo, como agua se iba mientras todos a su alrededor se hundían en el fango de la corrupción, no en esa cosa política, sino en la depravación y la avaricia. El que menos, dijo, se había agarrado a balazos con su padre por unas joyas y una mujer. Lo nunca visto, dijo, eran un par de buenas gentes que un día, sin deberla o temerla, les entró la locura y se enfrentaron, tres tiros le dio el padre al hijo con el horror subsecuente de la madre que tuvo que enterrar a su primogénito y visitar en la cárcel al padre. Luego hablo de los años que había pasado en la cárcel, porque todo lo que fácil viene, fácil te chinga, dijo, “le abrí la puerta a la desgracia, como si fuera necesario que me castigara por haber sido lo que fui.”
 
Su historia no me conmovió en lo más mínimo, la calle estaba llena de ese tipo de situaciones, gente buena que se tiene que envilecer para no ser pisoteada, para defender un poco la mísera vida que llevan. Les gusta después lo que sienten y  terminan por caer en actos de auténtica podredumbre humana. Así había varios casos, algunas mujeres de por ahí así lo habían hecho, mi propia mujer se había convertido en un asco de persona con tal de no dejar de ver esa bendita caja idiota, no la soportaba y deseaba verla muerta. Mi madre me golpearía si supiera que pienso esas cosas. Lo bueno es que lleva casi 15 años muerta.
 
Macario siguió hablando, primero de aquellas primeras horas en que perdió todo y luego en las semanas subsecuentes, cuando todo empieza a irse, cuando los amigos se van y te dejan con un palmo de narices, cuando las mujeres de paga te dejan con la cartera vacía, cuando despiertas una mañana y ves tu inmensa casa tan vacía que dudas en que alguna vez hubiera estado rebosante de vida, dijo, como si el pasado fuera un sueño repleto de cosas que nunca más han de volver. Lo vi, atrapado en sus pensamientos y con el rostro cetrino viendo directo hacia el sol que empezaba a empequeñecerse en el horizonte de la metrópoli, a mí me gustaban esos días, largas mañanas y tardes que se convertían en noches calurosas donde el sexo de las mujeres olía bien. A sexo, a sudor y gloria. Pero mi mujer no, parecía que estaba muerta y atrapada por la televisión, hubiese pagado por que tuviera una aventura e incluso fantasee alguna vez con ello, hasta que me confirmaron que estaba lobotomizada por las horas frente al televisor. Ella se volvió una mujer feliz el día que lleve un plasma de 43’. Acomodo su sillón favorito frente a la pantalla y no se movió en lo que parecía ser una semana. Yo bebía más por aquel entonces.
 
“me hice tanto daño que pensé que estaría tullido de por vida”. Eso había dicho Macario justo antes de depositar el bote en el suelo. Su última frase significaba que estaba listo para marcharse, le detuve y le ofrecí otro trago, a lo que negó con vehemencia con la cabeza, dijo que no, que no podía o no quería, porque la última vez que se encarrilo terminó con una persona muerta, su esposa o hija, lo he olvidado, dijo que se bebió todo lo que pudo, todo lo que le permitía su cuerpo enclenque almacenar, se orino encima, se desplazó hacia su casa, con la certeza de que podía llegar sin caerse, obvio no llego, se derrumbó o tropezó cerca de la primera esquina. Las siguientes calles fueron un constante levantarse, tenía las rodillas en carne viva cuando pudo introducir la llave en la chapa metálica. Su esposa salió, su hijo salió, su nuera salió. Todos estaban en la sala viendo como trataba de meterse el pene, lleno de mugre y alguna enfermedad venérea que le corría en las entrañas desde hacía unos meses. Vio a la mujer o a la hija que apareció y lo quiso subir por las escaleras, él se defendió y dijo que no era ningún inútil, el hijo se calentó y le dio unos golpes, tan fuertes que lo tumbaron, nadie decía nada, todos estaban hartos. Todos querían dormir y ese hombre estaba como una maldita cuba. Vocifero desde el suelo, aun cuando entre las mujeres lo intentaron poner en pie, lo hicieron así y el hombre se encamino hacia la escalera. Noto el dolor del codo, había caído mal cuando le pego el hijo, o en alguna de las caídas. No lo sabía, sólo vio el par de moretones y raspones que asomaban de la camisa rota. Subió los peldaños con la mujer a sus espaldas, la quería más que a nadie, por eso nunca comprendió el momento en que la tomo de los cabellos y le acomodo dos cachetadas, le grito que era una golfa y la aventó. No sobrevivió, nada sobreviviría. Todos estaban condenados a lo que aquel hombre había hecho, a lo que vendría después, a las horas y días subsecuentes cuando todo se hizo oscuridad, cuando las vidas que habían cambiado, de nuevo mutaban en cosas totalmente distintas. Todos dispersos, todos alejados por la ira y la corrupción.
 
Macario dejo la lata y se subió bien el morral que colgaba de su lado derecho, me hizo una inclinación con la cabeza y se alejó hacia el norte. Con pequeñas ráfagas de viento que levantaban el condenado aire hirviente en esta ciudad condenada a la sequía. Todos estamos jodidos.
 
SR Primavera 2018

domingo, 19 de agosto de 2018

2 pm

Lo vio venir como cada jueves. Arrastrando los pies por el concreto hirviente. Lo siguió con la mirada hasta que su silueta desapareció en un punto remoto, cegado por la luz solar que caía con aplomo. La primavera estaba llegando y su alergia se reactivaría en cualquier momento. Alguien toco el claxón. Casi las 2, seguramente era el doctor Herrera, puntual como siempre. Todos los días llegando a esa hora, salvo los segundos lunes de cada mes. Que extrañamente desaparecía, o se olvidaba de ir, aunque eso era muy poco probable; lo conocía desde hacía casi 12 años. Siempre con la misma rutina, de su salón de clases al despacho en el instituto. Luego, cinco o diez minutos después aparece la Señora Fragoso, la secretaria del director. Apestando con todo su cigarro de color café, le gustan esas pequeñas mierdas que compra por cientos o millares seguramente. ¿Cuántos jodidos cigarros puede chingarse una persona en un día como máximo? Ella ostenta el récord o está muy cerca. Casi nunca se le encuentra en su silla porque está fumando las cochinadas esas. Pero es una magnifica persona, pareciese como si todo el humo o el alquitrán le hubieran dado una capa extra de bondad, algo que nadie puede tener porque sí. No sabe cuánto le queda de vida.
 
Su nombre es Carmela Rodríguez, casi tiene 50, esto no es importante, de hecho, ¿algo lo es? Hace años que trabaja de lo mismo, por un sueldo medianamente suficiente para las labores que realiza, está casada desde que muchos de los que acuden a diario a la universidad aún no habían nacido siquiera y tiene dos hijos que estudian en alguna universidad de paga. No muy buena, pero las calificaciones no les alcanzaron para entrar a una pública. ¿Porque escribe? No lo sabe, hace muchos años leía mucho, pero de repente las letras comenzaron a bailar en el papel y no quiere usar lentes, parecería abuela, se niega a ello. Una puede no tener mucho que hacer, pero aún conserva su dignidad.
 
El hombre al que sigue con la mirada es joven, debe andar en sus últimos 30s, tiene la mirada acuosa siempre, como si algo lo persiguiera detrás, como si en los hombros gigantes lo atormentara algo que puede parecer un demonio o una red muy compleja de mentiras. Esa es la cara de un mentiroso en potencia, no uno que miente en cosas pequeñas, sino uno que de una pequeña mentira construye un pasado, un presente y un futuro, aunque sabe que no va a durar. La mujer lo observa porque le fascina que no importando el calor insoportable que hace, el hombre camina con paso firme, como si cada uno de ellos lo acercara al fin. Al patíbulo o a la tabla suspendida sobre el mar infinito de verdades y realidad aplastantes. Nunca le ha visto los ojos, duda que tenga, pero eso es imposible, todos los tienen; lo que es, es que tiene pequeños mechones de pelo entrecano en los costados de la cabeza. No debe ser tan viejo si puede caminar una distancia que se antoja de franca pereza. Abre el periódico la mujer justo por la mitad, como una especie de repetición infinita, ha leído la primera parte más temprano. La vida se va al garete y nadie parece hacer o importarle siquiera algo. Tres párrafos después la avenida escolar esta desierta la figura del hombre se está perdiendo en la lejanía, salpicado por esas visiones de agua estancada sobre el asfalto hirviente.
 
No le gusta la sección deportiva, su esposo es lo único que parece conocer, nada de sociales o política, pero tiene un conocimiento absurdo sobre el condenado panorama deportivo de los periódicos, el compra tres: el universal, La Jornada y el esto. En todos solo lee los deportes. Como si en el mundo no existiera más cosa que el asunto deportivo. Pero le gusta ese mundo, como si nada fuese tan difícil de asimilar, como si las bombas, la hambruna, el peligro inminente del fin de la humanidad no entramara nada imposible. Su esposo tenía una sola vida y pensaba dedicarla a leer sobre deportes, y más en específico sobre su equipo de futbol; aunque no tenía ningún inconveniente en conocer sobre otras disciplinas como el box y el atletismo. Nunca quiso ser futbolista, nunca le gusto participar en juegos, solo admiraba la velocidad con la que ciertos hombres eran capaces de mover una condenada pelota de tramo a tramo y ser buenos en ello. Los 54 años de vida se le han ido en ello, en tratar de entender su fascinación por el deporte y la forma en que funciona para su salud mental ello. A veces le reclamaba un poco la nula participación política que el hombre tenía, o la falta de interés en ella, pero eso fue hace años, cuando comenzaron los despidos injustificados en otros lados, cuando la crisis arrecio, cuando llego el cambio político que no trajo nada salvo muerte y depredación sobre una situación insostenible, al principio los reclamos fueron tibios y exasperantes, pero nunca realmente cruzaron la barrera de la incomodidad, luego escalaron, pero de nueva cuenta el hombre hacía gala de su nula capacidad de comprender el panorama, para él la existencia de los políticos y la forma en que destrozaban el país, era como una quimera interminable, razón no le faltaba. Tenía su porvenir asegurado y deseaba que sus hijos lucharan con más ahínco de lo que él pudo hacerlo.
 
La mujer queda pensativa mientras observa la calle cálida y llena de onirismos literarios que antes cruzaban por su cabeza, algo le llama la atención de los jóvenes que recorren a diario ese camino bajo el sol de plomo, le gustaría saber en qué piensan, los ve concentrados y llenos de esa vitalidad que a ella se le va escapando entre las manos según pasan los años. El hombre con el caminar eternamente pausado que no importa si es medio día o casi la noche, lo ha visto un par de ocasiones mientras gesticula a la distancia, como si reclamara algo a la fugacidad de la vida, pero raramente se pone a tiro para entender lo que dice, pareciera que camina peleando con los mismos molinos gigantes que antaño persiguieran a otro, pero en cuanto entra en el campo cercano se comporta de la misma manera en que lo haría cualquier persona que trata de pasar por alguien lo suficientemente cuerdo como para caminar bajo un sol abrasivo de casi 30 grados a la sombra y todos los del universo bajo el rayo. Lo compara a veces con el doctor Herrera, ambos deben andar cerca del 1.80, pero mientras que en Herrera la cantidad de horas sentado le han moldeado un cuerpo fofo, en el hombre que siempre avanza por la calzada lo tienen aun con una fortaleza que da miedo, su cara lo hace, no había visto nadie que mezclara al mismo tiempo un rostro lleno de tristeza y de enojo con la vida. Ella sabe que lo sobre examina, no es un gusto o un acto reflejo, es un interés porque alguna vez leyó que esa clase de personas pueden ser o auténticos psicópatas o panes de dios. No lo sabe, quiere creer que algunas personas no están delimitadas por aquello que otros han hecho.
 
Recibe en ocasiones las llamadas de sus hijos, para ir a algún evento o para irse con los novios respectivos; Javier se llama el de ella, no le gusta mucho porque parece un vago, pero ya a estas alturas de la vida, todos parecen vagos, aunque trabaja haciendo cosas en un local de rótulos, no le gusta que beba como lo hace, eso, dice, es mejor cuando uno ya tiene una cierta cantidad de dolor en su vida, tan joven debería seguir esperando a que todo mejore, lejos del alcohol. Pero su niña lo adora, lo ha convertido en un príncipe lleno de virtudes con una carga de pobreza que no es su culpa, sino de la sociedad en la que les ha tocado nacer. Un par de veces al mes van al cine, o eso quiere creer, igual y se van a algún hotel barato amenazando el futuro de ambos. Tal vez es inevitable que algo así suceda, antes se preocupaba mucho, ahora lo espera como quien sabe que la vida es más que solo preocuparse por las acciones de otros.  De su hijo, la cosa es distinta porque tiene muchas oportunidades de lograr algo, no es por ser mejor o peor que la niña, pero le gusta realmente lo que estudia y le pone todas las ganas del mundo, a veces le pone demasiado empeño; sin embargo, hay una sombra de duda sobre él, nunca se sabe realmente como es la vida hasta que te explotan las verdades en la cara, igual y se ha creído más de la cuenta todo lo bueno que sucede con el varón y ha demeritado los esfuerzos de su hija en una clara muestra de machismo que trata de erradicar, a lo mejor la felicidad reside únicamente en abrazar a sus hijos y esperar a que todo salga bien. No lo sabe, pero lo espera con fe.
 
Ve a la mujer que baja del auto del doctor Herrera, tiene casi 40 y parece un poco menos que alguien con quien sería mejor no tener tratos, no es que le desagrade, al contrario, pero tiene un rostro de amargura, cargada por los años de esfuerzo constante que a veces no corresponde, la observa desde la casetilla donde aguarda a que los días pasen, a que las personas de la universidad sigan su camino y tantas generaciones se terminen, con la lluvia que se cierne sobre la ciudad y relajara un poco el calor bochornoso que hace sudar toda su cara. Son casi las 2 de la tarde de nuevo y ve al hombre que viene arrastrando sus pies, mientras parece gesticular un poco más de la cuenta, como si viniese hablando por el celular invisible que todos tenemos cuando hablamos a solas con nuestras propias voces. Ese hombre que parece avanzar sin hacerlo, como si la vida girara debajo de él como una rueda y lo mantuviese en el mismo sitio por un tiempo indefinido. Como si la vida misma no fuera una condenada caseta de vigilancia situada en una universidad que seguirá existiendo pese a que la mujer exista o no. A eso se aferra la creencia de aquella mujer que da una última mirada al hombre de apariencia violenta, mientras le da un trago a su botella de plástico con aquel refresco a punto de entrar en ebullición. No lo escupe de milagro. ¿Quién puede desperdiciar 13 pesos?
 
SR Febrero 2017- verano 2018