martes, 2 de octubre de 2018

Excusándome en el peor momento posible


La planta

Me recuerdas poderoso, casi un místico que a todos les despertaba y les corroía la envidia con solo imaginar la gama de posibilidades que tenia de frente, que ellos creían que poseía. Nunca me atreví a desmentir esa creencia, lo sé, fue un error básico porque les permitió ensoñarse con un futuro que irremediablemente no está ahí, que es muy factible que jamás exista y que de alguna manera me he encargado de que así sea.

He vuelto a caer en el viejo tema, en el pasado inconexo con puentes de palabras rebuscadas que terminan por definir el presente, de amoldarlo a lo que siempre he construido como tal, no hay nada que lo sustente, no hay memoria en él porque es falso y probablemente un recuerdo que mañana sea destruido para forjar el nuevo presente; ese es el que espero que valga para algo, para nada tal vez, como saberlo si rara vez sé que es lo que pasa alrededor mío. Aquí colgado de este cenicero lo sé,  me imagino el futuro como algo improbable, como algo que a simple vista nunca va a llegar y que en el fondo todo va a colapsar. Momentos pasados que vuelven de acuerdo a lo que siempre he creído que va a volver, en cierta forma lo he sabido de siempre, y sin embargo, me contengo, me diluyo con la misma facilidad con la que abrazo los consabidos temas de miedo y locura. Temo tanto perderme en ellos que simplemente abro el grifo de vez en vez, no lo mantengo constante porque probablemente me perdería con la misma facilidad con la que he entrado en los terrenos desconocidos. 

¿A dónde iba esta historia? Probablemente a ninguna parte, como la gran mayoría, pero tenía un marcado sentido de la derrota, como solía pasar antaño, cuando no temías empaparte de ella para sacar adelante las cosas, la negra noche te cobijaba al lado de un trago de alcohol o un cigarro de marihuana, curiosamente no escribo cosas sobre ella, casi nunca; porque me deja en un estado de ingravidez tal, que me es más sencillo dilucidar hacia dónde va el ser humano que soy, pero sin plasmarlo, solo saberlo y eso me basta. Hace años deje inconclusas muchas cosas, sumido como estaba en los viajes por todo el país, hundido anímicamente porque me encontraba peleando siempre contra los demonios y agazapado en espera de que todo fuera a mejor, aunque bien sabía que no iba a lograr nada con ello. Comencé a escribir historias que no tenían una lógica, acaso vaciar la porquería que traía dentro, pero eso también es de sumo conocimiento por todos, luego avancé y creé historias sobre cosas que veía, lo cual he ido abandonando porque soy un mal padre, descuido todo. Lo dejo enterrado en un panteón de olvidos, junto al resto, como todo. La noche no es más una aliada para intentar avanzar sobre las historias que veo o conozco, al revés, se ha vuelto su enemiga porque caigo furioso en los sueños que antes no tenía, que no necesitaba. 

Perdí el hilo conductor, inmerso de nuevo en esta tragicómica idea de que basta mantener una delgada línea que permita esbozar gritos y llantos por igual, por donde antes corrían historias de todo tipo. No tengo un límite para congraciarme; por ejemplo, puedo hablar de las historias de ese hombre que lo ha recorrido todo por la escena nocturna, pero algo me detiene; he visto sus ojos, cansados, llenos de tristeza o tal vez de una melancolía que se cree incapaz de abrazar porque ya no es época, que retaca sus posesiones porque a lo mejor le recuerdan algo que perdió o que siquiera ha sabido que existía; pero ¿dónde comienza su historia? ¿Quién era antes de que apareciera en mi cabeza? Con sus canas, sus ojos perennemente tristes, su rostro antaño bello, surcado por el paso de los años y las dolorosas lecciones de una vida dura que no a todos les llega. Algunos simplemente van tirando, esperando que todo acabe y que esto suceda de una manera sorpresiva. El hombre tiene casi 70, le fallan las rodillas y ha trabajado de todo un poco. Ha bebido lo necesario para saber que una sola gota de alcohol lo puede arrastrar de nuevo, atraerlo hacia la oscuridad de la que cree por momentos que ha escapado, pero nadie lo hace; al final todo te reclama hacia abajo y ahí vamos a acabar todos. Viste siempre con la pulcritud de un hombre que ha podido poseer al mundo, pero las malas elecciones lo arrastraron hacia la pobreza, no total, pero vive al día; vive de aquello que puede considerar como un mero sueldo para ir viendo noche a noche. Lo sabe y eso no lo derrota, al contrario le gusta la idea de ya no tener más. Pero, aun tiene un encargo, aún tiene una cosa que hacer y es mantener la cordura el tiempo suficiente para seguir vivo, ¿Cuánto tiempo? No lo sabe, no lo quiere imaginar, no le pasa por la cabeza, igual son meses, igual es una considerable cantidad de años. El hombre tiene la suficiente fuerza mental para no dejarse caer, pero al mismo tiempo conoce sus límites, es consciente de que la marea negra cada vez está más cerca. 

¿Lo conozco? Claro, lo he visto un par de veces, siempre viene a pedirme un par de toques, se los doy, no soy mala persona; le he obsequiado cosas que nadie más le daría por el simple hecho de que nadie más lo quiere hacer. No es altruismo, es simple y llano conocimiento de la hecatombe en la que podemos caer si nos dejamos arrastrar, pero él lo sabe de antemano, por eso sigue tirando; sigue haciendo de tripas corazón mientras le pega unas caladas a aquellos churros que le he regalado, le gusta perderse en las ensoñaciones de la marihuana, lo considera casi un acto de magia, por unos instantes se olvida que tiene que seguir pensando en el porvenir y se deja ir en la cascada de sentimientos que le despierta el contenido lujurioso de esa planta. Antes no le gustaba, no le aliviaba ni los dolores, ni la tristeza; ahora simplemente le da igual, porque ha probado que no es lo mismo que el alcohol, no lo es. Me digo tal vez para creérmelo, pero así lo siento. Nada le gana a esa sensación de vacío, y el viejo lo sabe y lo agradece; vaciar la mente mientras el día avanza lento, mientras las nubes se mecen quien sabe cuántos kilómetros por encima de nuestras cabezas y esperamos que la noche llegue, él para seguir soñando con una vida que no fue, yo para escribir letras que no van a ninguna parte y no hablan de nada en particular, pero siempre están ahí, acechantes a lo poco o mucho que le deje la planta por hacer; porque ya quedo demostrado que mis historias y la marihuana están totalmente peleadas con las ensoñaciones que puedan despertarse. El viejo también se ha graduado en ello, le gusta la idea de seguir siendo funcional, salvo el par de horas en que la yerba lo arrebata de la realidad.

¿Quieres cambiar la forma ahora? No basta, no hará ninguna diferencia, comenzaste hace años a escribir esto y lo has dejado mucho tiempo de lado, no pudiste detenerte en todos los puntos y comas que has esbozado, para elaborar otra vez una historia que deja a la mitad todo lo que quisiste decir, pero que al final lleva a una enseñanza: los golpes en el teclado, el hacerlo de manera continua, por casi 20 o más minutos, te llenan, te conectan con esos pequeños pozos de locura que durante años te has atrevido a insinuar, no pido demasiado a la vida, quiero que sigan las cosas de la manera en que las he hecho, pero al mismo tiempo me convenzo de que no durara, nada es tan eterno como para dejarme ahí, libre y escribiendo historias sobre la vida misma y el dolor de un hombre que se acerca a los 70 y ve que la única alegría que le queda son esos pocos instantes en que se abandona a toda experiencia. Eso, y que le gustan los gatos que lo visitan a diario. Todos deberíamos ser felices con ellos.

SR Octubre 2012- verano 2018

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