La planta
Me recuerdas poderoso, casi un místico que a todos les despertaba
y les corroía la envidia con solo imaginar la gama de posibilidades que tenia
de frente, que ellos creían que poseía. Nunca me atreví a desmentir esa
creencia, lo sé, fue un error básico porque les permitió ensoñarse con un futuro
que irremediablemente no está ahí, que es muy factible que jamás exista y que
de alguna manera me he encargado de que así sea.
He vuelto a caer en el viejo tema, en el pasado inconexo con
puentes de palabras rebuscadas que terminan por definir el presente, de
amoldarlo a lo que siempre he construido como tal, no hay nada que lo sustente,
no hay memoria en él porque es falso y probablemente un recuerdo que mañana sea
destruido para forjar el nuevo presente; ese es el que espero que valga para
algo, para nada tal vez, como saberlo si rara vez sé que es lo que pasa alrededor
mío. Aquí colgado de este cenicero lo sé,
me imagino el futuro como algo improbable, como algo que a simple vista
nunca va a llegar y que en el fondo todo va a colapsar. Momentos pasados que
vuelven de acuerdo a lo que siempre he creído que va a volver, en cierta forma
lo he sabido de siempre, y sin embargo, me contengo, me diluyo con la misma
facilidad con la que abrazo los consabidos temas de miedo y locura. Temo tanto
perderme en ellos que simplemente abro el grifo de vez en vez, no lo mantengo
constante porque probablemente me perdería con la misma facilidad con la que he
entrado en los terrenos desconocidos.
¿A dónde iba esta historia? Probablemente a ninguna parte,
como la gran mayoría, pero tenía un marcado sentido de la derrota, como solía
pasar antaño, cuando no temías empaparte de ella para sacar adelante las cosas,
la negra noche te cobijaba al lado de un trago de alcohol o un cigarro de
marihuana, curiosamente no escribo cosas sobre ella, casi nunca; porque me deja
en un estado de ingravidez tal, que me es más sencillo dilucidar hacia dónde va
el ser humano que soy, pero sin plasmarlo, solo saberlo y eso me basta. Hace
años deje inconclusas muchas cosas, sumido como estaba en los viajes por todo
el país, hundido anímicamente porque me encontraba peleando siempre contra los
demonios y agazapado en espera de que todo fuera a mejor, aunque bien sabía que
no iba a lograr nada con ello. Comencé a escribir historias que no tenían una
lógica, acaso vaciar la porquería que traía dentro, pero eso también es de sumo
conocimiento por todos, luego avancé y creé historias sobre cosas que veía, lo
cual he ido abandonando porque soy un mal padre, descuido todo. Lo dejo
enterrado en un panteón de olvidos, junto al resto, como todo. La noche no es
más una aliada para intentar avanzar sobre las historias que veo o conozco, al
revés, se ha vuelto su enemiga porque caigo furioso en los sueños que antes no
tenía, que no necesitaba.
Perdí el hilo conductor, inmerso de nuevo en esta
tragicómica idea de que basta mantener una delgada línea que permita esbozar
gritos y llantos por igual, por donde antes corrían historias de todo tipo. No
tengo un límite para congraciarme; por ejemplo, puedo hablar de las historias
de ese hombre que lo ha recorrido todo por la escena nocturna, pero algo me
detiene; he visto sus ojos, cansados, llenos de tristeza o tal vez de una
melancolía que se cree incapaz de abrazar porque ya no es época, que retaca sus
posesiones porque a lo mejor le recuerdan algo que perdió o que siquiera ha
sabido que existía; pero ¿dónde comienza su historia? ¿Quién era antes de que apareciera
en mi cabeza? Con sus canas, sus ojos perennemente tristes, su rostro antaño
bello, surcado por el paso de los años y las dolorosas lecciones de una vida
dura que no a todos les llega. Algunos simplemente van tirando, esperando que
todo acabe y que esto suceda de una manera sorpresiva. El hombre tiene casi 70,
le fallan las rodillas y ha trabajado de todo un poco. Ha bebido lo necesario
para saber que una sola gota de alcohol lo puede arrastrar de nuevo, atraerlo
hacia la oscuridad de la que cree por momentos que ha escapado, pero nadie lo
hace; al final todo te reclama hacia abajo y ahí vamos a acabar todos. Viste
siempre con la pulcritud de un hombre que ha podido poseer al mundo, pero las
malas elecciones lo arrastraron hacia la pobreza, no total, pero vive al día;
vive de aquello que puede considerar como un mero sueldo para ir viendo noche a
noche. Lo sabe y eso no lo derrota, al contrario le gusta la idea de ya no
tener más. Pero, aun tiene un encargo, aún tiene una cosa que hacer y es
mantener la cordura el tiempo suficiente para seguir vivo, ¿Cuánto tiempo? No
lo sabe, no lo quiere imaginar, no le pasa por la cabeza, igual son meses,
igual es una considerable cantidad de años. El hombre tiene la suficiente
fuerza mental para no dejarse caer, pero al mismo tiempo conoce sus límites, es
consciente de que la marea negra cada vez está más cerca.
¿Lo conozco? Claro, lo he visto un par de veces, siempre
viene a pedirme un par de toques, se los doy, no soy mala persona; le he
obsequiado cosas que nadie más le daría por el simple hecho de que nadie más lo
quiere hacer. No es altruismo, es simple y llano conocimiento de la hecatombe
en la que podemos caer si nos dejamos arrastrar, pero él lo sabe de antemano,
por eso sigue tirando; sigue haciendo de tripas corazón mientras le pega unas caladas
a aquellos churros que le he regalado, le gusta perderse en las ensoñaciones de
la marihuana, lo considera casi un acto de magia, por unos instantes se olvida
que tiene que seguir pensando en el porvenir y se deja ir en la cascada de
sentimientos que le despierta el contenido lujurioso de esa planta. Antes no le
gustaba, no le aliviaba ni los dolores, ni la tristeza; ahora simplemente le da
igual, porque ha probado que no es lo mismo que el alcohol, no lo es. Me digo tal
vez para creérmelo, pero así lo siento. Nada le gana a esa sensación de vacío,
y el viejo lo sabe y lo agradece; vaciar la mente mientras el día avanza lento,
mientras las nubes se mecen quien sabe cuántos kilómetros por encima de
nuestras cabezas y esperamos que la noche llegue, él para seguir soñando con
una vida que no fue, yo para escribir letras que no van a ninguna parte y no
hablan de nada en particular, pero siempre están ahí, acechantes a lo poco o
mucho que le deje la planta por hacer; porque ya quedo demostrado que mis
historias y la marihuana están totalmente peleadas con las ensoñaciones que
puedan despertarse. El viejo también se ha graduado en ello, le gusta la idea
de seguir siendo funcional, salvo el par de horas en que la yerba lo arrebata
de la realidad.
¿Quieres cambiar la forma ahora? No basta, no hará ninguna
diferencia, comenzaste hace años a escribir esto y lo has dejado mucho tiempo
de lado, no pudiste detenerte en todos los puntos y comas que has esbozado,
para elaborar otra vez una historia que deja a la mitad todo lo que quisiste
decir, pero que al final lleva a una enseñanza: los golpes en el teclado, el
hacerlo de manera continua, por casi 20 o más minutos, te llenan, te conectan
con esos pequeños pozos de locura que durante años te has atrevido a insinuar,
no pido demasiado a la vida, quiero que sigan las cosas de la manera en que las
he hecho, pero al mismo tiempo me convenzo de que no durara, nada es tan eterno
como para dejarme ahí, libre y escribiendo historias sobre la vida misma y el
dolor de un hombre que se acerca a los 70 y ve que la única alegría que le
queda son esos pocos instantes en que se abandona a toda experiencia. Eso, y
que le gustan los gatos que lo visitan a diario. Todos deberíamos ser felices
con ellos.
SR Octubre 2012- verano 2018
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