Llegó con un impulso y se situó frente a la barra, tal vez debería de decir que solamente era un mueble gigantesco de madera muy corriente, pero nosotros le decíamos así, su nombre era Antonio. Lo conocía de vista y de alguna que otra ocasión en que nos habíamos dado la mano; era un poco alto, para la media, y muy blanco. El pelo comenzaba a encanecer, tenía una mirada de ebriedad evidente, le gustaba el trago y le gustaba invitar a sus amigos más cercanos a beber. Casi siempre lo veía detrás de la barra, con su uniforme pulcramente planchado y lavado, envidiaba su condición, porque para que una mujer dejara así la ropa, era jodidamente hábil o una profesional. No se encontraba bien, su rostro desencajado era sinónimo de que algo andaba mal, pero no me atreví a preguntarle, tal vez porque no llegaba a tanto nuestra familiaridad y sobre todo porque no tenía un solo motivo real para hablarle; al final éramos dos ebrios que nos encontrábamos en un punto intermedio de la vida. Yo por mis problemas con aquella mujer, él, seguramente huyendo de otros tantos conflictos. Pidió un trago, una cuba si mal no recuerdo, coca y ron, más de lo último, casi imperceptible el gusto al refresco, pero ahí estaba presente, como todo. Lo bebió de un fregadazo, sin parar en ningún momento para limpiarse las comisuras por lo derramado y es que temblaba fuertemente, como jamás había visto a nadie hacer, de esas cosas que únicamente pasan en la literatura o en las películas. Pero alzó el brazo y pidió otro, igual o más cargado si es posible, entonces repare en todo lo que era él; pequeñas perlas de sudor resbalaban por su cabeza y le pegaban el pelo al cuero cabelludo, la ropa no era la blanca de siempre, sino que usaba una camisa de algún color que no me siento lo suficientemente capaz de especificar. La mancha creciente de sudor proveniente de la axila era comparable solo con la mancha gigante de sangre que mostraba el frente.
Sangre. Comenzaba a oxidarse sobre la ropa y lo más probable es que no sirviese nunca más, o que quedara la mancha para la posterioridad, como esas cosas que aprendes por experiencia; volvió a repetir la operación mecánicamente, el líquido desapareció del jaibol en menos de lo que puedas imaginar y alzó la mano, seguramente para estas alturas ya debía de andar tocado, pero lo más importante es de quien era la sangre. Y más aún, si era un peligro para mis planes de pasar otra de esas veladas tristes llenas de recuerdos dolorosos provocados por mi propia capacidad de volver infeliz a todo el mundo. Antonio comenzó a tartamudear, pareciera que el líquido había restablecido un poco de lucidez o le había atraído hacia la realidad, no sé bien cómo funciona eso en las personas, pero a veces basta un trago para destrabar todos los problemas.
Sangre. Comenzaba a oxidarse sobre la ropa y lo más probable es que no sirviese nunca más, o que quedara la mancha para la posterioridad, como esas cosas que aprendes por experiencia; volvió a repetir la operación mecánicamente, el líquido desapareció del jaibol en menos de lo que puedas imaginar y alzó la mano, seguramente para estas alturas ya debía de andar tocado, pero lo más importante es de quien era la sangre. Y más aún, si era un peligro para mis planes de pasar otra de esas veladas tristes llenas de recuerdos dolorosos provocados por mi propia capacidad de volver infeliz a todo el mundo. Antonio comenzó a tartamudear, pareciera que el líquido había restablecido un poco de lucidez o le había atraído hacia la realidad, no sé bien cómo funciona eso en las personas, pero a veces basta un trago para destrabar todos los problemas.
No paró de balbucear incoherencias hasta que el cuarto trago hubo desaparecido, sólo entonces atisbe que su cara estaba pálida y que el fuego contenido de las cubas lo traía de nuevo a la vida, lo habían restaurado en un modo tal que se hallaba totalmente sobrio y cuerdo cuando volteo a verme con ese rostro picado por alguna enfermedad cutánea cuando era más joven, y los ojos perennes en rojo que denotaban a un ebrio, de eso sabía bastante. Abrió la boca y comenzó a relatar la noche que había pasado, habló sobre su amigo y una madrota, de esas que ya casi no abundaban porque a la mayoría las habían erradicado los políticos locales para colocar a sus allegados. Todos tenían cola que les pisaran, eran algunos cuantos los peces gordos, pero la mayoría tenían negocios turbios, parece que al llegar el puesto de poder viene aparejado un grado de corrupción y perversión antes desconocido en ellos. Para mí no era nueva su historia, o diferente por decirlo de alguna manera, siempre habrá un par de picaros que hagan alguna jugarreta o triquiñuela y al final tengan que responder, pero para Antonio los dados habían caído en doble 7 todas las noches durante un año y no comprendía como es que la suerte lo había abandonado. Se repetía una y otra vez sin llegar al meollo del asunto, por qué seguía de pie ahí con la camisa manchada en sangre y un rostro encanecido de repente. Al final contó lo que esperaba, el origen de la hemoglobina se debía a que habían matado a su amigo a su lado, no es nada nuevo le dije. O eso me pareció que había dicho, pero seguí interesado, dos hombres les habían rodeado, tal cual de una película de Juan Orol, malos gánsteres, llenos de clichés y si acaso diferenciados únicamente uno del otro por la cantidad de gel que usaba uno en el pelo. Dos balazos en el costado antes de que Antonio detuviera el auto de alquiler que lo saco de ahí, todavía sonaron más disparos tras de él y el taxi, pero el tirador erro por su falta de control en la adrenalina, al parecer no eran tan bravos como se imaginaron y darle un par de plomazos a alguien por la espalda no es lo mismo que controlar los nervios luego de que los planes salgan mal.
Le brinde un trago, mientras siguió contando que todo había salido bien hasta antes de las 7, habían ido a casa de la madrota, se habían tirado a un par de las chicas y habían cobrado el dinero que les debían, tenían que pagar unas deudas con cierta gente y al llegar a pagar, algo no les gusto a los del hombre fuerte. Alguien se equivocó en un paso, o dijo alguna mala palabra en un momento erróneo. Al final el resultado era el mismo, un muerto y un hombre que había encanecido de repente. Había logrado huir gracias a la pericia del taxista, un hombre bueno dijo, al menos no me cobró por los dos tiros que le quedaron en la cajuela. Tal vez temió que le fueran a matar o no sé, muchas cosas pasan por la cabeza cuando uno va a la desesperada, eso lo sabía bastante bien. Mi padre lo había hecho siempre, le faltaba algo de serenidad y terminaba por echar por la borda las cosas, siempre llevado por su temperamento, ese que tanto habíamos temido mi madre y yo. El viejo no bebía por cierto, odiaba a los borrachos, no comprendía como podía alguien dejarse guiar por una bebida, no veía que él hacía lo mismo con su ira.
Pedí una botella, no recuerdo que mierda era, tal vez algo con sabor caribeño o algo que sólo puedes beber cuando ya no te importa nada lo que viene después. Pero ahí estábamos, un hombre con la camisa desfigurada por la sangre y un hombre con un sentido de derrota que lo acusaba a diario. Había sido así desde que ella se marchara, tenía entonces cerca de 16 o 17 años, era un jodido mocoso cuando me atreví a amar a alguien y eso nunca lo había superado. Todo lo que llego después fue una reiteración continua de desventuras provocada por mi falta de pericia como ser humano, pero Antonio de eso sabia, me contó sobre su mujer y sus sospechas de que lo engañaba; era una mujer guapa y llena de fuerza, pero para Antonio era más importante el alcohol y los amigos, un tipo complejo que le gustaba más estar rodeado de problemas a causa de su afición que por las faldas, quería aprender de él, deseaba ser su alumno, porque igual y al despertar al día siguiente, el alcohol como máximo te haría vomitar o tal vez llenarte de dolor el estómago y con un cáncer como todo futuro; pero el tener problemas de mujeres, era estar siempre jodido, siempre lleno de malas experiencias y condenado a no ser lo que ellas esperaban y no querer serlo.
Clavó el pico, se abandonó momentáneamente en la mesa de madera que nos contenía, su última palabra coherente fue: hija. Hacía años que la buscaba, hacía años que había desaparecido, toda su vida se había ido con ella, la felicidad también, según me dijo; una mañana la llevo a la escuela y por estar crudo no noto el cambio en el ambiente, que no había carros, que no había personas, que todo parecía detenido, un hombre de 30 y tantos con una niña de menor a 10, caminando en una calle tan jodidamente solitaria que el respirar intranquilo de la menor era audible a kilómetros, luego sintió el golpe. Justo en la cabeza, justo en el sitio indicado para hacer que su cruda se fuera por un par de minutos, los suficientes para que todo se fuera al garete. Nadie lo vio venir, prácticamente su niña fue el inicio de una serie de robos indiscriminados de niños en aquellas colonias perdidas de nuestro mundo. Aquellos sitios donde la policía es uña y mugre con el dolor. Nadie vio nada, nadie supo nada, la niña desapareció con la misma celeridad que los días subsecuentes lo hicieron. Se volcó al alcohol entonces, como un tipo sin esperanza, sus risas eran menores que sus lágrimas a diario, y solamente en contadas ocasiones no lo resentía, habían transcurrido 6 años y el dolor seguía ahí, anclado como el destino mismo. Ella no volvería.
SR Abril 2018
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