Engañando a diciembre
El sonido repercutía en las esquinas y el resto del
espacioso recinto. La abrace por lo bajo mientras sentía las pulsaciones de su corazón
repiqueteando a través de sus carnosos pechos y la tela que los cubría, encerrados bajo la opresión de mis
brazos. Bailamos sin dirección en la
tierra suelta mientras a nuestro alrededor cuando menos 1000 parejas más hacían
lo mismo. El tipo de la voz desaforada dejo de cantar otra de esas tonadas
dulces y cursis que hablaban sobre amores tan imposibles como el de una sirena
y un marinero. Nos dejamos arrastrar entonces por la multitud que comienza a
moverse hacia atrás y hacia adelante y viceversa en búsqueda de un sitio mejor.
Mas polvo que se mete en todos los poros de la cara, con los converse rotos
llenos de esa misma capa de tierra que los vuelve de un color indeterminado y
sus piernas descubiertas están empanizadas cual pescado en plena hora de la comida.
Los megáfonos y los bafles gigantes
reproducen el sonido de una banda menos famosa pero igual de efectiva. Se
desprende de mí y se acerca a la barra de bebidas, pide cervezas y paga para
inmediatamente regresar a entregarme el vaso de unicel ribeteado de cerveza y
chile. Me entrega también mi cartera que ha sacado de mi bolsillo trasero. Las
risas no se hacen esperar. Su pinche risa es contagiosa.
2 cervezas grandes tras se apresta la marabunta humana y
ebria hacia el frente donde un grupo nutrido de personajes disfrazados con
trajes multicolores asaltan el escenario, el sonido profundo y doloroso de la
tuba arranca el segundo encuentro. Nos volvemos a hundir en el misticismo de
los brazos alrededor del cuello y la cintura, su estatura lo dificulta, pero no
importa. Seguimos trenzados frente al embate de los otros miles de danzantes y
sólo nos soltamos cuando empieza el ritmo festivo de una canción veloz, álgida
y divertida que enerva las emociones de los presentes. Nos mantenemos lejos
mirándonos a los ojos. Los suyos verde estanque cubierto de lirios sin florecer
aun, los míos negros de noche perdida sin estrellas. La agrupación se enraíza
en las emociones lúdicas y ello nos aleja cada segundo que todos festejan y
bailan violentamente levantando más y más tierra suelta que inunda los pulmones
y mucosas en su recorrido. Alto total, luces por todas partes, seguimos
enfrascados en las miradas de dos amantes deseosos de que vuelva el momento íntimo
que hemos dejado de lado. No defraudan nuestras aspiraciones y el tipo de la
voz seca y gris toma el micrófono mientras dos trompetas, acordeón y corchetas
gimen lastimeramente por el amor de una mujer que se ha ido con otro. Ella
cierra los ojos y se aferra a mí con cada nota, con cada violenta sacudida de
la masa humana que nos mueve de un lado a otro y hace que su camisa a cuadros
se impregne de olores de otras personas además de su olor de durazno
artificial. Es su corazón también que parece quererse salir de sus límites y
que interconecta con el mío en algún plano astral donde el sonido de esa balada
dulce y adolorida al mismo tiempo es su campo de juego. Polvo, huele a tierra
seca en todas las puntas de ese cabello negro azabache que posee y que siempre
disfruto oler.
Otra interrupción, el ambiente se tensa por momentos debido
a que hay mujeres muy guapas y borrachos muy estúpidos que malinterpretamos un
parpadeo con un guiño y un accidental roce de caderas con la ocasión para
invitarlas al hotel. Así pasa y tras un ríspido minuto el tipo y yo terminamos
comprando cerveza clara y diciéndonos con el gesto festivo: a la verga compa!
Hay muchas pinches viejas para andar dándonos en la madre por una! Ella me
espera con su vaso en la mano y una sonrisa que parece decir: “eres bien
estúpido” pero que en el fondo le eleva la moral de hembra porque se sabe lo
suficientemente atractiva para hacer que dos idiotas nos partamos la cara. Sus
manos cogen la nueva cerveza helada y hace un gesto que no me pasa
desapercibido, ella está ahí y aguanta todo solo por mí, no le gusta el gentío,
no le gusta esa música y no le gusta la cerveza clara. Sonrió una vez más
pidiendo perdón. Suena más música por los altavoces y una invitación a la
próxima jornada de grupos. Nos vemos a los ojos porque sabemos que no será
posible hacerlo más. No decimos más nada.
Última llamada, el grupo estelar toma lugares lentamente
haciendo sonar sus instrumentos que en solitario suenan huecos, sin alma,
descoloridos. Aparece por fin el tipo del bombo y la formación suena compacta y
llena de vida. Aparecen los dos hombres, morenos, con panza de trabajador
antiguo del campo. Sus ojos cubiertos por el plástico brillante comprado en
alguna boutique carísima de los Ángeles o Houston. Las mujeres de este lado aúllan
como monos dementes al tótem sagrado descubierto por primera vez. Ella las
imita solo para verme sonreír, una vez más; luego se contonea cual poseída por algún
efebo salido de los pantanos de azufre. Bajo sexto y entra el tipo de la voz
gangosa, ritmo frenético que no impide saber que es una oda al amor
desilusionado por una fémina que se ha ido con el mejor amigo. Atino a bailar o
eso creo porque llevo encima tanta cerveza como la cantidad de dinero que
poseía. Ella me guía a través de las nubes etílicas y adoloridas de miles de
personas que mantienen sus cuerpos unidos en un espacio vital. Todos nosotros
nos evadimos de la realidad de otro friolento diciembre. Pausa, todos cantan
las coplas adoloridas con el mero fondo de la tuba, sonido grotesco producto de
las gargantas de miles de sueños de amor incomprendido. Ella se aferra, no
quiere que acabe el ritmo, desea que todo sea una cruel broma del destino. Pero
en realidad es la única verdad de todo lo que ha sucedido esta noche. Siente mi
empalme en la entrepierna pero no se separa ni un milímetro. Se cuelga de mi
cuello y sus pies bailan encima de mis converse, dejando el tacón justo por
fuera.
Son las 4:49 de la madrugada cuando seguimos en la tierra,
solos, la banda hace casi 20 minutos se despidió. Nosotros no queremos pese a
que es la única opción viable. Ella se casa en menos de 12 horas con mi casi
hermano. Ella se va y yo me quedo a limpiar el polvo de mi tenis, rotos y de
color pardo como mi corazón en estos momentos.
SR Diciembre 2013