martes, 19 de diciembre de 2017

los otoños del fin

25 o 26 años tendría aquel. Lo digo de esta forma porque no me caía bien, era otra persona, un bastardo sensible. Claro que lo envidio con el paso de los años, pero no me gustaría pasar por lo que el sufrió. Claro, todo por su culpa, pero eso no le entraba en la cabeza, para su gusto todo estaba jodido y todo lo que hacía era meramente una suerte de acompañamiento. Digo que lo despreciaba, pero no tanto porque era feliz o tenía una sonrisa que pocos le conocían, creo que lo odiaba porque había ganado la partida a beber, estaba en una crisis existencial profunda y no necesitaba beber más de lo necesario. No quiero decir que a duras penas puedo alejarme de la botella y eso que mi vida es condenadamente menos complicada que la de ese perdedor.
 
Su límite eran cuatro cervezas. Para tener esa edad era una mierda, en cualquier otro momento de la vida esa cantidad merecería una sonora trompetilla, pero para él era suficiente, cada ocho días, cuando únicamente necesitaba dominar la ansiedad. Ocultarla un poco, porque todavía no se volvía la parte fundamental de su vida, como un condenado anexo de su personalidad o una parte integral de su cuerpo. Para aquel, los 1.2 litros de cebada que podía tomar sin descanso por un lapso de casi 2 horas era suficiente, dejaba de sudar y de temblar en espera de la próxima ocasión en que su cerebro le llamase a rendir cuentas. Pero era jodidamente feliz, redondeado por la cercanía de la desgracia. Lo sentía y la presentía en su espalda. No le hacía caminar jorobado, pero algo impedía que todos los días pudiese erguirse como era debido. A duras penas podía un par de horas al día. A veces muy pocas veces más.
 
¿Por qué era feliz ese desgraciado? Porque la tenía a ella, brillaba a su lado, y la gente lo miraba, por fin podía salir del anonimato. Todos lo creían un miserable, razones no le faltaba a los demás para considerarlo como tal, antes de ella sólo era un lisiado emocional, pero no lo sabía, no lo podía concebir porque no conocía nada de lo que había del otro lado de su mente. Odiaba hablar de ello, para sus conocidos era un sujeto que a duras penas distinguía un lado del otro de la vida, parecía inteligente, pero carecía de tacto para los sentimientos, y creo que debió de aprender un poco antes de embarcarse. Antes de ceder a todo lo que siempre desprecio. Probablemente los momentos que tanto anhelaba estaban inmersos de pozos de desesperación que por su bien debió experimentar cuando era más joven y las heridas sanaban con mayor facilidad. Cuando todo exploto, ese mismo desconocimiento lo arrastró hacia los lugares que tanto le reclamaban, en ese condenado lugar donde nadie parece querer seguir con vida, que cada trago se vuelve un clavo más, que cada noche tirado lo encadenan al suplicio. Los infiernos que cada cual crea, mientras la mirada extraviada se queda en el infinito, alumbrando con una insignificancia los caminos. Si aquel bastardo hubiese sabido todo ello, o lo hubiere recordado, no hubiese sido tan desprendido respecto a lo que lo dominaba, debió callar. Debió callar esas voces que lo iban a terminar por hundir, aunque las voces se parecieran a la suya, aunque tuvieran las mismas ideas, no lo eran y lamentablemente nadie le supo advertir, hasta que todo fue demasiado tarde para dar un paso atrás o siquiera revirar.
 
Abre los ojos. No lo hace, en realidad nunca escucha cuando debería, está quedándose dormido, esta incesantemente ansioso de morirse por esa noche, son casi las 2 de la mañana, ya no se duerme más tarde, casi nunca, tiene un momento de duda y antes de volver a clavar la mirada en el suelo le da un trago al vino tinto. Ésta mezclado con una condenada gaseosa de algún sabor mierda, no le gusta el sabor, de hecho, preferiría que fuera uno de esos whiskyes dorados, de olor tan dulce y sabor tan jodidamente fuerte, que lo logran sumir en placenteros sueños antes de despertar a su realidad. El vino lo aturde y lo pone sumamente idiota antes de siquiera caer desmayado, no pocas veces ha vomitado esa mezcla. Ahora no está lejos, pero no tiene nada en la panza. No recuerda hace cuanto fue que comió por última vez, tampoco se acuerda como llego ahí. ¿Alguien lo arrastro? Probablemente fuera su padre, por aquel entonces todavía tenía la suficiente fuerza para cargarle, para arrastrarle con toda la condenada humanidad hasta el sillón más cercano. Su corazón bombea con lentitud, pero así le gusta, le gusta el sonido tranquilizante de su respiración que sube y baja con fuerza, profunda y llena de calma injustificada. La baba comienza a acumularse debajo de la lengua, está pintada al igual que su interior, no lo sabe, pero lo intuye porque cada vez que hace aquello sus heces terminan pintadas de un negro brutal, que lo asquea y le recuerda que las noches son su desgracia.
 
Ella se ha ido para entonces, le rompió el corazón en tantos pedazos que parece incapaz el tiempo de hacerla sanar.  No lo hizo a propósito, pero en él nada es así, siempre tira la bola esperando que los vidrios alrededor salgan incólumes, lo peor es que no está triste, lo peor es que se siente miserable porque lo han dejado, pero también se siente miserable porque no tuvo los arrestos para hacerlo por su propia mano. Lo dejo todo en manos de ella, de esa mujer que le dio todo y quizá lo intento demasiado. Nunca lo debió hacer, nunca debió abrirse, se repite una y otra vez mientras gira en la cama, arrepentida de ese amor, jodida por no tener otra salida que llorar. Y lo sabe, con tanta precisión que le da miedo, que él está en su desgracia sumido en el vapor etílico. Que no lo afronta de manera directa porque es cobarde, y sabe que su gran amor se ha ido. Que todo lo que alguna vez soñó a su lado murió porque aquel no supo y no pudo ser sincero. Pero nunca lo fue. O tal vez sí. Nunca le mintió al respecto, era malo. Y era peor porque sabía que iba a hacerle daño. Y no dudo ni un solo momento antes de joderla. Probablemente le agarre la madrugada pensando en ese hombre, mientras el desgraciado se hundirá en alguna bebida con sabor espantoso. Empequeñecido por su demonio líquido. Lo odia más por ello.
 
Y lleva casi tres meses así, nadie lo puede sacar de ello. Una botella diaria, hace meses que vive de préstamos o pequeños robos que le hace a todo aquel que se deje, alguna vez lo acusaron, pero lo negó con la categoría misma de un gran mentiroso. Su paladar no tiene ninguna comparación, esta jodido, no distingue si es gasolina o algo destilado. Aunque bien pudo haber sido gasolina destilada de alguna toma clandestina, no le sorprendería por lo que costo. Al principio fue chistoso, luego vinieron las críticas y finalmente el llanto. Todos creían que seguiría de frente, que al final era otra historia más, de esas que tanto le gustaba contar sobre las mujeres que lo habían amado y como estas se habían ido destruidas por su ego. Pero aquello era diferente, porque esta vez no quiso hacerlo, no quiso llevar a cabo ninguna mierda de aquellas que lo habían caracterizado antes; sin embargo, el resultado había sido el mismo. Todo apuntaba a que sería la última vez. De hecho, puedo estar seguro que no habrá nadie más después de ella. Él lo va entendiendo poco a poco, con pequeñas cantidades que luego se volverán la muerte. Pero en aquel entonces no lo sabía, era optimista de cara al futuro, porque aún era estúpido y creía que tenía un poco de futuro. Me hubiera gustado darle una guantada sin tumbarme un par de dientes.
 
SR Otoño 2017

sábado, 2 de diciembre de 2017

Cleto

Las 10.215 libras en sus manos zumbaban al lanzar las combinaciones rápidamente, jactándose de su velocidad y su técnica aprendida durante la juventud, y perfeccionada con el paso de los años. Pequeños saltos que desplazaban sus pies sobre el cuadrilátero en aparente ingravidez, fintaba ahora con la cabeza, izquierda, derecha, atrás, al frente, en ondulación y zig zagueo. El cuero rojo de los guantes, asemejaban enormes avispones, fugaces y peligrosos. Dejó de lanzar golpes y de mover la mollera, pero se mantuvo en movimiento,  lo que hacía era bajar y subir en un ritmo completamente sincronizado con los latidos de su corazón. Uno de sus chicos lo observaba mientras el rival comenzaba a sudar frio; sus ojos henchidos de sangre miraban con horror lo que sucedía al frente. El hombre asustado se miró las manos, sólo para comprobar que un par de guantes sumamente pesados le impedían siquiera alzar los brazos con la misma agilidad que antes; comenzó a salivar, a rezarle a San Jorge y trató de recordar con  todas sus energías, lo que le había enseñado su padre respecto a las peleas. El hombre había comenzado a retroceder en completo shock, sintió las cuerdas gruesas de material parecido a las pelotas desinfladas. A esa sensación de vacío. A muerte.
Tres  segundos. El golpe directo a la mandíbula. Jab apenas volado, sin comba siquiera, con la misma fuerza que sí alguien le hubiese aventado una llanta a más de 80 kilómetros por hora sobre la cara. Saltaron dos dientes o más, la sangre fluye en cantidades y apenas es consciente de que alguien lo ha levantado y lo lleva arrastrando hacia un lugar menos público. Ni siquiera había podido implorar perdón, aunque el mismo supiese que era inútil y poco más que deshonroso.
Escupió en el entarimado, nuevamente estaba con la adrenalina al full y se sentía aprisionado por todo su cuerpo. Con desesperación mando a uno de sus chicos a que tratara de reanimar al pobre infeliz. Nada, estaba ido, completamente frito por el golpe. Se acercó a la esquina pintada de rojo, y al hombre más cercano le hizo la seña para que le ayudase a quitar los guantes. Ni siquiera el esfuerzo por colocarse el par de instrumentos, todo era en vano.  Su hombre le recordó el nombre: Jimmy. 
 
4 años antes ese mismo gimnasio, lleno de un silencio tan sepulcral como estático, era testigo. Había lanzado todas las combinaciones que recordaba y había recorrido los 6x6 en su totalidad; lo más cercano había sido un recto que se quedaba a menos de 1 centímetro de la nariz, ni los golpes en la zona pancreática habían resultado, luego los amarres habían hecho necesarios que ambos soltaran golpes prohibidos lo suficientemente rápido para retroceder. Cada hombre que estaba de pie  viendo el combate se mostraba incrédulo y lleno de aprensión. En casi 7 años nadie había aguantado más de un round. La taza de KO era cercana al 100 en todos los casos, había que sostenerlos después en algo para poderles acomodar la bala. Pero ”Jimmy”  (cuyo verdadero nombre era parecido a Alekzander Bregovic) estaba de pie y tan entero como al principio del combate. Corrió la primera apuesta hecha jamás. 250 gramos a que no lograban tumbar al rival. Se sintió molesto porque justo cuando perdió 10 milésimas de segundo la concentración, un bólido se estampo en la nariz. Alguien paro la pelea con una de las campanas que se hallaba en la esquina del gimnasio. El campeón avanzo encolerizado hacia su hombre, mientras el rival se acercó a su esquina. Pidió agua y espero la escena que se desenvolvió con cierto aire cómico.
 
A Bogdan “cara de perro” Alijcnovic le había parado la pelea su propia esquina. Un tapón de gasa adornaba su nariz, empapado en sangre y sudor. Alguien acepta la apuesta. ”Jimmy” es su nombre y lo va a acrecentar esa noche. Le llevan el líquido, y se da apenas un sorbo, el necesario para reponer el temple. Suda a mares y no tiene tanta condición como lo ha hecho aparentar, sabe esquivar los golpes mejor que tirarlos. En algún momento “cara de perro” querrá finiquitar eso de la mejor manera posible. Un cuchillo o una bala. Sí tan sólo pudiese tirarle un golpe lo suficientemente duro como para hacerle trastabillar un poco, sólo un poco, algo que le metiese menos miedo e inseguridad y que permitiera devolver un poco la confianza para evitar la imprevisibilidad. Alguien vuelve a sonar la misma campana. Se trenzan nuevamente en un feroz “esquiva y acomete” en el escenario apenas alumbrado por un par de lamparones viejos que oscilan peligrosamente encima de ellos. Alguien sube la apuesta, 400 gramos a que” Jimmy” tira al jefe; debe ser el mismo que quiere reclamar lo que él considera como suyo.
 
Bogdan había aparecido súbitamente en la ciudad, sin dinero comenzó a trepar escalafones vía violencia, cuando llamo la atención de los poderosos, en lugar de violentar los acuerdos se movió inteligentemente entre ellos. Con una cuota de poder que subía con la misma velocidad que las edificaciones modernas que querían cambiar el rostro de la ciudad. 3 o 4 ejecuciones necesarias para acomodar el panorama. Luego llego el alineamiento del grupo de Pedraj Mijhailovic, se ganó la confianza de esté y eliminó mediante sus relaciones con la policía y el ejército guerrillero a la competencia interna. Dos o tres veces estuvo a punto de ser asesinado pero ese instinto que lo mantenía siempre en alerta lo había salvado. Falleció Mijhailovic una tarde, todo mundo desconfiaba de “cara de perro” pero nadie podía probar nada, el poder era suyo, rápidamente eliminó a los demás jefes mediante el uso del  mismo terrorismo que se había cargado a los separatistas y a los musulmanes. El poder era absoluto y el dinero corrió a raudales entre aquellos que se le pegaron como lapas. Pero los otros, los que no confiaban en los ojos negros y siempre inquietos de Alijcnovic, estaban agazapados y necesitados de un solo instante para eliminarle. “Jimmy” parecía la opción.
El combate se tornó violento y lleno de golpes bajos por ambos, primero una volada directa a la entrepierna de “Jimmy”, luego la contestación a la nuca de “cara de perro”; aparecieron todos los hombres que conformaban aquel brazo armado poderosísimo al interior de la reconstrucción del país, de repente el intrépido retador soltó un par de jabs, duros y concisos que hicieron la labor de trastabillar al poderoso hombre. La jauría aullaba literalmente con el poderoso intercambio de golpes. Volvió a sonar el pedazo de fierro que simulaba la chicharra. Alguien decretaba que era necesario un lapso de recuperación. Por primera vez en muchos años Bogdan tenía ira en la cara. Las apuestas comenzaron a multiplicarse y estaba 70-30 en la pizarra que se hallaba frente al cuadrilátero. El olor a cigarro y cerveza inundo las alas de “Jimmy”, deseaba un trago más que nada en el mundo, algo que le ayudase a soportar el dolor en el pecho que amenazaba con costarle toda la vida.
 
-3 rounds! Alguien grita, todos parecen de acuerdo, Bogdan escupe el protector bucal a los pies de aquel que ha lanzado el alarido. El rival tiene la mirada llena de sangre, una pequeña cortada en la ceja producto de un cabezazo fortuito le comienza a inundar la visión. Bogdan llama al doctor, quiere que atiendan a “Jimmy”, que lo hagan volver al ring con todo lo que posee. Así sucede, menos de 5 minutos después ambos están trenzados nuevamente en un violento intercambio, “Jimmy” lleva la peor parte, lo sabe, siente esta vez que un gancho ha dado clara ventaja al oponente al incrustarse en su hígado. Luego aparece un nuevo aliciente, un golpe que parecía no llevar nada termina en el cachete derecho del hombre. La hinchazón aparece unos segundos después cuando la campana ha sonado, al condenado le separan menos de 3 minutos para recuperar la vida. Tal vez ser el único. Tal vez poderse alejar de toda la mierda.
 
Ahí está, el grueso Bogdan, con las facciones de un mastín y su casi 1.90 metido en un pequeño vagón color naranja donde todos lo observan; lo acompaña un chico con su piel tostada, contrastando con la apariencia incluso enferma que parece portar el hombretón. Se siente incómodo porque aun cuando presiente que el resto de las personas no son de una clase superior, a él lo miran con el mismo desdén que lo harían ante cualquier mentecato. Su interlocutor habla en un inglés mocho con un joven de apariencia paupérrima. Este contesta con monosílabos o inclusive con pequeñas afirmaciones con la cabeza. Pero hay algo que molesta aún más a “cara de perro”, el olor. Jamás había percibido tal cantidad de sudor y de algo indescifrable, como una especie de mezcla entre pobreza y derrota. Al final se abrieron las puertas y lograron descender del copioso armatoste, la cabeza le duele y pocas ganas de continuar le quedan. Su guía le reconviene con una voz gutural y nasal al mismo tiempo, allá van rumbo a la calle, donde la apeste es peor o más increíble aun que en el carro público.
 
Recorren una buena cantidad de tiendas buscando algo que sólo “cara de perro” sabe; pesa y sopesa cada uno de los diferentes modelos que le muestran, “ningún otro le va a acomodar igual” escucha en ese idioma tan extraño para él, el guía trata de no hacer evidente su malestar, la tarde es calurosa y la cara de pocos amigos del gigantón se acrecienta según recorren los locales llenos de afiches y artículos que son hechos para los amateurs. El día termina y aunque está acostumbrado a trotar y ejercitarse diario, el cansancio lo vence; no está acostumbrado al smog, el calor y la altura del Deefe. En el hotel apenas puede mantenerse en pie y cae rendido en la cama, vacía y blanca. 
El desayuno consiste en un par de rebanadas de melón. Está impaciente y no entiende porque aún no llega el auto, las dos personas que están con él en la habitación se muestran igual de incomodas. Aparece el auto, la movilización es lenta y casi mortuoria, la avenida que ha elegido el chofer tiene cráteres inmensos que le recuerdan las calles de su país, salvo que aquí es por un sentido de modernidad, mientras que allá es mera cuestión militar. Cierra los ojos arrullado por el impaciente sol que emerge tras nubes grasosas y llenas de pereza, el viento sopla con nulidad y el ruido vial y de los puestos va en aumento; un pequeño andrajoso toca en la ventanilla, le lanza una mirada de hambre y él la regresa llena de furia. Cuando ya está a punto de reventar nuevamente, alguien le indica que han llegado, la casa es grande pero no lo suficiente para lo que esperaba. En la placa apenas tiene el nombre: ”Reyes” en chapa de platino. El zaguán es grande y eléctrico. Toca el interfón el guía. Alguien contesta y se muestra reticente a abrir el portón.
 
Uno de los chicos trae una cubeta con trapos húmedos, la deposita a su lado y le colocan uno propiciamente sucio en la frente, otro más va a parar en el costado del cuello y el último en la barbilla, alcanza a distinguir el olor a producto químico, acetona y éter.  En la esquina contraria “Jimmy” tiene problemas para respirar, el corte lo ha dejado sumamente inquieto y sabe que si no se amarra en los próximos segundos podría caer, lanza una mirada que intenta parecer escrutiñadora hacia Bogdan, pero sólo asemeja una pequeña cría esperando a que el hombre lance el ataque final sobre su cuerpo.  Alguien suena la chicharra tras consultar al mafioso, se ponen en pie mientras los hombres que rodean el cuadrilátero lanzan por lo bajo y por lo alto las apuestas, alguien terminará más que cabreado y “jimmy” espera estar en el lado correcto. El primer golpe que tira Bogdan termina en el aire porque el retador se mueve ligero, esperando huir por lo que resta del combate. La cara del “campeón” le resulta preocupante, ya no sólo tiene el instinto de noquear, sino de matarle ahí mismo si es posible con sus propios puños, aunque los guantes rojos le ayuden a soportar un par de golpes más esto no será factible si Bogdan acierta uno.  Suelta la calma, tira un combinado que sorprende a Bogdan porque el hombre parecía batirse en retirada, pero aun así ningún golpe acierta. La respiración le indica al “perro” que es momento de atacar, de dejar ir todo lo que tenga, el premio es innecesariamente corto, pero la satisfacción personal sólo se mide en ver a su rival tirado, no importa si fue por uno  o por varios golpes, el remate es el premio. La calma es rota únicamente por los tres trinos diferentes de los pájaros que anidan en la parte superior del gimnasio, se metieron una tarde de lluvia y ahí viven, lejos y cerca de la maldad humana. Espectadores ajenos de la decisión del destino de un hombre cuyo único pecado fue robarle $50 dólares a Bogdan.
 
El tiro finaliza con Bogdan dándole un upper que manda a la lona desfallecido a “Jimmy” ni los 10 segundos de rigor lo van a levantar, ni nadie más, no atisba que el mafioso con una celeridad poco antes vista, ha pedido que alguien le quite los guantes, en su afán rompe uno de los agujeros donde van las agujetas, pero poco le importa, con todo lo poco elástico que tiene la mano, coge la automática y le suelta dos balazos al hombre que nunca podrá narrar la anécdota de que estuvo a nada de ganarle al campeón, nadie se atreverá fuera del circulo inmediato que lo presenció a recordar siquiera su nombre, para todos los presentes aquello fue un accidente. Bogdan sigue con los nervios azuzados y con la cara más maligna que alguien recuerde haber visto jamás antes.
 
Se explican, el gigantón de acento ruso o ucraniano, según lo intenta descifrar el viejo, le dice en voz agria y despectiva que ha viajado para comprar un par de guantes de la familia, pero ninguno le encaja, ninguno tiene el tamaño necesario. El intérprete espera unos segundos tratando de adivinar la reacción del viejo, éste mira a Bogdan y luego a las manos de este, largas y llenas de nudos, fuertes y repletas de violentos vellos que la surcan desde los nudillos hasta las falanges proximales; justo cuando el irascible hombre parece dispuesto a volver a reiterar su obsesiva visita, calla; el anciano le dice mirándolo directamente a los ojos, que lo siente, pero está retirado de la manufactura de guantes, que en sí hace años que no agarra una aguja y menos un pedazo de cuero de vaca. En su voz no hay burla o alguna justificación innecesaria, pero el campeón siente aquello como un gancho directo a la zona hepática, como un punzante golpe que lo deja fuera de cualquier esperanza. La sangre vuelve poco a poco y ve al achaparrado hombre como un pobre diablo, sin embargo, trata de entender lo que el traductor dice, trata de comprender el significado de las últimas palabras que ha dicho el hombre que lo ve directamente a los ojos a diferencia de todos sus hombres.
 
El viejo extiende un papel con una dirección, Bogdan no entiende una sola de las letras que vienen en él, pero con una inclinación de cabeza agradece las atenciones, sus hombres expectantes suben detrás de él en el auto negro y una vez que se han metido en el vehículo comienzan a hablar por lo bajo; él sigue estrujando el papel que tiene en la mano izquierda, como si algo que nadie más pudiese disfrutar tanto. Se pone en marcha el motor y al cabo de un par de horas están frente a una pequeña casa, no hay sistema novedoso de seguridad o siquiera un vigilante. Nada, es una pequeña casa pintada de color crema de cacahuate y tiene dos ventanas con pequeños cristales en ella. A su alrededor las demás casas tienen un tono igual y a lo largo de la calle que las recorre hay perros hambreados y ratas que corren entre lotes baldíos. El pequeño jardín frontal donde yacen macetas apiladas y una suerte de bancos de madera podridos por la lluvia y el sol, el traductor revisa el papel y confirma con los demás que la dirección es correcta, Bogdan piensa y así lo hace saber a sus hombres que el viejo los ha timado, que lo único que ha hecho es librarse fácilmente de ellos, quiere romper algo, no importa qué. Sin embargo, antes de que estalle todo, el intérprete se adelanta y toca el timbre de la casa que parece deshabitada, instantes después se escucha que descorren el cerrojo; el hombre que está del otro lado de la puerta les mira con suspicacia y a punto de preguntar que desean alguien le extiende el papel.
 
-ya veo. ¿Cuál de ustedes es? Pregunta con una parsimonia que podría pasar como mítica o ancestral.
Todos miran en dirección al delgado joven que suda copiosamente, no sólo por el calor del verano sino porque teme la ira del gigantón. El chico sin ninguna prisa señala a Bogdan, el viejo les invita a pasar, les comunica que únicamente tiene agua si así lo desean y ya una vez todos dentro, el lugar es aún más ruinoso que el exterior, los sillones son mohosos y rechinan apenas sienten el peso de los corpulentos hombres.  Pero todos siguen expectantes, siguen los pasos del viejecillo que trata inútilmente de quitar la mugre ante la visita inesperada. Finalmente tras unos instantes, saca de uno de los muebles del fondo de la estancia principal una cinta métrica, y se acerca al “perro”. Le pide que extienda el brazo, y mide la longitud de este, luego la palma de la mano y finalmente hace una medición del ancho de la muñeca, todos los números que retoma los apunta en un pequeño papel marrón.
 
El viaje es largo, primero porque tienen que burlar los retenes militares y después porque tienen que esperar al hombre de los pasaportes, Bogdan lleva la cabeza metida en sus propias ensoñaciones y hace horas que no habla con nadie, los tres hombres que le acompañan desde hace una semana cada vez tienen menos ganas de hablar entre ellos, y el pequeño departamento que han conseguido en la vieja Bucarest les parece aún peor que la barraca donde varios de ellos han luchado en contra de las milicias de Milosevic. Ninguno de ellos comprende porque están ahí, sólo “cara de perro“ sabe hacia dónde van y que están esperando, los más de 600 kilómetros que antes de todo el problema se hubiesen hecho en menos de 6 horas, les ha tardado casi 4 días. El resto es humo entre ratas, cucarachas y gritos en rumano. Solo esperan que el tren que conecta con Estambul los acerque a su destino y los aleje de ese sitio nocivo.  Han pasado casi 2 semanas fuera, Madrid les recibió con un calor abrazador propio del verano y las calles están repletas de jóvenes que celebran las vacaciones, están en espera de que encuentren un vuelo ya sea directo o no, debido a que la mayoría de los vuelos están vendidos desde meses atrás para cruzar el atlántico. Los 4 hombres van acompañados de un marica que les ayuda a sortear las calles con transito policial y en los 2 días que llevan en Madrid no pocas veces lo han necesitado. “Cara de perro” sigue sin hablar, seguirá sin hacerlo hasta que poco menos de 13 días después estén sentados en el silo que les sirve de refugio ante los bombardeos de la OTAN, el mocetón parecía niño cuando el viejecillo le dio los guantes, rojos, nuevos y absurdamente desproporcionados para alguien que no sea Bogdan.
 
SR verano 2015
 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Ticoman

11 pm. El maldito tráfico de la ciudad ha disminuido y sigo recorriendo en vano las calles. Un par de cuadras más delante de lo habitual, comienza el show de verdad ya que es la zona de los travestis (que en realidad hace apenas 6 horas o menos, se llamaban Carlos o Ignacio y trabajan como pueden o en lo que se deja), la cercanía con el sitio me recuerda la situación apenas sucedida un par de días atrás, 6 noches para ser exactos, cuando uno de ellos me hizo la parada en la esquina de Romero y Pérez de León, algo que no me pasó desapercibido ya que generalmente están más al norte o al sur. Con su *buenas noches* algo tímido y voz aguda me hizo dudar sobre que era. Le voltee a ver en el retrovisor del taxi y divise la línea de sus ojos, tristes y cansados como si la vida fuese una correa que lo sujetaba a un árbol en pleno parque veraniego. * ¿A dónde?* obtuvo como toda mi respuesta. No soy homofóbico como tal y les tolero, pero en cierta forma no me agrada la necesidad de vestirse de tal manera para aquellos que se venden (con todo y que tienen que  hacer lo que se pueda para subsistir).
 
*¿Puede llevarme a Ticomán?* preguntó nuevamente sabiendo que no diría que no, pero le preocupaba tal vez que quisiera exagerar con el precio.
 
 *taxímetro nocturno* le indique sin voltear en ningún momento mi cabeza, mantenía mi rostro impasible y la mirada huraña viéndole por el retrovisor en todo momento, y atento a las laterales para intentar descubrir alguna celada. La calle, sin embargo, está bastante iluminada y sólo unas cuantas “damas” se alcanzan a percibir varias farolas más adelante, era temprano y el aire soplaba tanto de la avenida cercana, como de los propios designios del clima.
 
 *está bien* aceptó, mientras termina por acomodarse en el asiento, al fondo a la derecha, mirando hacia la calle obscura que comenzaba a quedarse atrás conforme le daba marcha al auto. Me seguí por la calle hasta llegar a Isabel la Católica y de ahí a Niños Héroes, pensé que diría que estaba dando mucha vuelta, pero en ningún momento hizo reparos y no realizo comentario alguno cuando me reincorpore a la arteria principal, esta vez en dirección al norte.  Aceleré con el tráfico a mi favor por toda la avenida en espera de que no hubiese mayores contratiempos y que el taxímetro contara rápido con su gasto. 15 minutos justos llevaba cuando llegue a la 20 de Noviembre y esperaba lento el cambio para incorporarme a Izazaga.  Pocos autos, algunos que iban al límite de velocidad, otros tantos que manejaban despacio, para tratar de engañar a las copas que traían encima, mientras que mucha gente dormitaba en el transporte colectivo, algunas soñaban, otras tenían pesadillas, muchas más se aferraban a la cochina vida.
 
*¿Lleva mucho de taxista?* me aturde su pregunta y me saca de concentración. No conteste de inmediato y cuando por fin junte las palabras, pareciese que ya no estaba interesado en hablar
 
*un par de años, la situación no mejora*. De nuevo el silencio que se mezcla con el poco tráfico que hay por la avenida,  la música casi incidental  salía de los parlantes nuevos. La luz roja en Arcos de Belén la aprovechó para volver a hablar. La vieja iglesia esta iluminada y las figuras de cantera se antojan siniestras pese a que es imposible que cojan vida, a no pocos metros de la entrada del metro que se halla frente a estás, un par de muchachillos (una chica y un chico) se balancean de lado a lado, deben de llevar sus buenos tragos encima porque ella se cuelga con todo el peso de su cuerpo y el tambalea.
 
*¿Qué era antes de serlo?* quite el freno de mano y volví a poner primera. El auto despego con un suave brinco hacia el frente y la velocidad suficiente para agarrar bien la curva, aquella que me incorporaba al Eje Central. Tarde casi el mismo tiempo que antes en contestarle, y de nueva cuenta sentí que estaba siendo algo antipático.
 
 *era… bueno soy administrador de empresas, no he tenido suerte y junto más dinero aquí*
 
 *¿es casado?* suelta esta vez con una voz débil, sin embargo, ya no demore casi nada y aproveche el cada vez más raquítico fluir de aquellas cafeteras, para perder algo de la concentración que me había ufanado en crear.
 
*juntado; dos hijos, de 10 y 7* anticipé su pregunta y mantuve los ojos en el frente y los espejos laterales esperando cambiar al carril de la extrema derecha.
 
*¿Niños ambos?*
 
*Le voltee a ver y note que no me veía, sino que mantenía la vista fuera en las obscuras calles iluminadas por las miles de farolas de la ciudad. El palacio como siempre, lustroso y majestuoso, con figuras ornamentadas de mármol, las que vigilaban el sueño de unos cuantos borrachos en las bancas de la peligrosa Alameda, con sus miles de ratas y cucarachas que disputan palmo a palmo el pan que alguien dejo por allí. Obscuridad que traga a todos los que se atreven a dejarse caer para nunca más volver a salir a flote, un pedazo de tierra de nadie donde los años han abandonado el glamour de antaño.
 
*Hey* Conteste de manera automática, como presintiendo que la noche sería diferente.
 
*¿Ese es tu nombre?* pregunta mientras noto que miraba el recuadro pegado en la parte frontal del asiento con mi fotografía y mis datos.
 
*Para servirte* comencé a tutearle ya que había hecho él lo mismo. Un mariachi abordó un pequeño auto compacto, ofreciendo la promoción de quien sabe cuántas canciones, de esas que duelen, de esas que la gente utiliza para olvidar sólo por lo que dure su dolor. El mariachi tiene una botonadura dorada que deslumbra turistas cuando le pegan las farolas del taxi, su bigote no es mejor que el mío, pero la panza amenaza con reventar el traje remendado que ha visto sus mejores años pasar. Sus compañeros no desentonan.
 
*Mi nombre es Daniel* dijo apenas pasando la plaza, en donde me volví a figurar con casi 19 años, y cantando al oído de quien entonces fuera mi novia, las canciones de José Alfredo y Vicente; recordé también la noche cuando borracho le pegue a una travestida, igual a Daniel y ella en venganza se acercó con un cuchillo que fue a parar a mi muslo derecho. Me costó dejar el futbol, y nunca más volví a pararme por Garibaldi, y mucho menos acercarme a las vestidas.  Regrese a la realidad al tiempo que pasaba por debajo de Reforma en dirección al Eje 2.
 
*¿Llevas mucho en “eso”?* esa vez fui yo quien rompió el tenso silencio con Daniel, y dejando el tiempo suficiente para responder y articular sus ideas me contesto.
 
 *Aquí no tanto, apenas 4 meses, en Guadalajara llevaba desde los 16*
 
*Jalisco ah, y ¿por qué te jalaste para chilangolandia, hay más chamba acá?*
 
*No, de hecho ya no tengo tanto trabajo como antes, pero ya no podía seguir allá, las cosas se complicaron mucho*
 
*Debe ser difícil ¿no? Digo, cuidándote de los clientes, sorteando la discriminación, tratando de sobrevivir* pase velozmente la Manuel González ganándole el pulso a un par de motociclistas, que venían zigzagueando en el carril confinado al transporte público.
 
*Es complicado*.
 
*¿Te puedo preguntar algo?*
 
*Depende, si no es muy privado* contesto algo menos triste que al inicio, pero sintiendo aun en cada una de sus palabras la melancolía que le obligaba a mantener la vista en las calles.
 
*ja, no, no sé; es simple y llana curiosidad* dije al tiempo que rebasaba un par de autos de compañeros que se habían detenido para arreglar un desperfecto. El tráfico en aquella zona comenzaba a ser más abundante aunque sin llegar a ser un gran problema.
 
*¿Estás operado?* Solté sin titubear, pero fijándome en su expresión de las cejas delineadas en una curva delgada y enigmática.
 
*…si, legalmente soy una mujer ahora* tardo un tiempo considerable en contestar y lo hizo con un hilo de voz, como si pronunciar cada palabra le doliese lo mismo que la operación.
 
*vamos es que es…como decirlo, no te ves como los demás, pareces mujer a cierta distancia y tal vez un poco de cerca, pero… no sé, no puedo explicarlo* dije recién al incorporarme a Insurgentes, y calculé que unos 10 o 15 minutos estaría en Ticomán.
 
*Déjame hacerte una pregunta que contestaría la mía ¿desde cuándo sabes que eres hombre?* Su pregunta fue franca y sin embargo, esto hace que me quede pensando una fracción enorme de tiempo; voltee a ver el retrovisor, seguía con la mirada perdida en las calles y también cavilaba.
 
*Desde siempre… supongo* alcance a escuchar una nota menos trágica en su voz cuando volvió a hablar.
 
*Bueno, pues a mí me pasa igual. Desde niño sabía que no estaba cómodo en mi cuerpo; desde que tuve edad para entender muchas cosas me sentí atraído por otros niños, pero quería más. No me conformaba con quién era y como era;  siempre me sentía rechazado y no porque los otros se burlaran de mí, sino que al sentirme distinto, diferente, me alejaba de ellos y me encerraba en mis propios abismos. Creo que durante 10 años fui mi peor enemigo* terminó de hablar, mientras le lanzaba una mirada fugaz, no variaba su postura y seguía perdida su mirada en la calle, estábamos cerca de Potrero y debía comenzar a buscar la orilla para agarrar hacia Montevideo.
 
*Tienes razón, es complicado* dije mientras accionaba la palanca que encendía la direccional.
 
*¿Y por qué te prostituyes? Digo una cosa no va enlazada con la otra o ¿sí?* suelto, como aquellas preguntas que surgen de la boca de un niño, cuya idea de la vida es tan simple que puede hacer cuestiones como esas.
 
*jeje no, no lo va; pero empecé en esto porque necesitaba dinero para el tratamiento psicológico y el proceso* dijo al tiempo que volvía a perder la poca chispa que le había detectado minutos antes. Hace una pausa para jalar aire o tal vez pasar saliva. *Sabes, antes de que me metiera con un hombre mi padre me llevo a un prostíbulo en Lagos. Me dijo:  “mira cabrón, aquí te vas a hacer machito y se te van a olvidar tantas ideas puñeteras de sentirte diferente”, no sabía que su acción me dio la fuerza necesaria para hacerlo, me di cuenta que nunca podría llevar una doble vida, es mucha jodidez* Termina y el nudo de la garganta también me pasa a mí, mis propias palabras se atoran antes de volver a abrir la boca.
 
*No te voy a mentir, la neta no me imagino siquiera la cantidad de cosas que llevabas encima. Finalmente con pedos y todo, pero me toco una vida sencilla* sentencie mientras cogía el volante con mayor firmeza al entrar en la avenida Montevideo donde no había tráfico, a excepción de los camiones de carga que circulaban a todo gas mientras levantaban estelas de polvo pertenecientes a la tierra suelta por las obras.  Al llegar a Politécnico mantuve la velocidad, y comencé a recordar que no hacía mucho tiempo un compañero había sido asaltado apenas llegando a Zacatenco; se resistió y le acomodaron 16 navajazos entre el cuello y la espalda. Su velorio estuvo lleno de café malo, y unos toques de  ron que nos financio “el mameluco”. Su viuda era guapa y dejaba un niño de brazos, éste se la pasaría todo el funeral llorando a moco tendido en el rebozo de su abuela materna. Nadie de la flotilla había vuelto a ver aquel sitio con buenos ojos.  Me retraje de mis pensamientos cuando escuche nuevamente su voz (menos rígida que al inicio, pero sin duda aun un tanto apagada).
 
*En la esquina, a la derecha por favor* dijo.
 
*Claro, lo que tú digas; oye ¿no has pensado en dejar esto?*  pregunte finalmente antes de bajar la barra de plástico que prendía la direccional.
 
*Muchas veces, pero no sé, no tengo estudios, no tengo un trabajo… Me dejas allí en la librería por favor; ¿cuánto te voy a deber?* el indicador luminoso marcaba $125.60. El auto se me jalonea un poco al momento de tratar de aparcar sin obstruir la vialidad, escudriño la calle, esta obscura y nadie camina siquiera pese a que no pasan de las 3. Le digo el costo y él mete la mano a su cartera de piel roja de donde extrae  un billete de$500.
 
*¿No tienes cambio? la noche ha sido mala y no he juntado casi nada*
 
 *No, sólo tengo ese*
 
* ¿Vives allí? si quieres metete y espero a que salgas con el cambio; nomás me dejas una ife o algo* pese a toda la desconfianza que tenía la casa donde me señalo que vivía no se veía tan mala, contaba con una entrada amplia, rematada con un portón de color café; las paredes habían sido respetadas por los graffiteros locales y estaba bien iluminada hacia el exterior.
 
*Hagamos una cosa, te dejo el billete y mañana a las 3 de la tarde pasas por mí para llevarme a unos asuntos y en la noche me regresas ¿estamos?* dice algo menos apagado, pero sin embargo la voz sigue siendo débil y ello obliga a que tenga que prestarle toda mi atención.
 
 *Pues por mí no hay pepe; pero estas segura que puedes pagar un taxi por dos días?*
 
*No te preocupes, te agradezco que me hayas dado platica y no te hayas cortado, por… bueno ya sabes*
 
*No tengo ningún problema, en esta vida nos tenemos que atener a lo que hayamos escogido* al despedirme, me da su número de celular y tras ver como se metía en el portón enfile de nueva cuenta hacia el oriente de la ciudad, en espera de cazar algo más. El aire nocturno aun no es frio, y sin embargo, una ligera brisa en determinadas situaciones se vuelve un cuchillo que rasga y corta el poco calor.
 
Fui al siguiente día, aún medio desvelado por trabajar hasta casi las 5; llegué a la casa que ahora a plena luz de día se miraba algo avejentada, con pintura carcomida por varias partes, y el zaguán, que parecía de esos eléctricos, se veía sumamente abollado a causa del ensanchamiento de la madera corriente que se había empleado. Lo que una noche antes me había parecido una colonia no demasiado peligrosa de día se miraba como un sitio idóneo para desaparecer, no había un alma a la vista pese a que era la tarde en pleno, la avenida se escuchaba ruidosa pero fuera de eso no caminaba nadie por allí. Marqué el número de Daniel y tras un par de timbrazos me mando al buzón de voz. Justo comenzaba a marcar de nueva cuenta cuando note que se abría la puerta pequeña de la casa. Salió con el pelo recogido en una coleta y unos inmensos lentes negros que le cubrían prácticamente la mitad del rostro
 
*¿qué hay Daniel?* pregunte con un poco de tranquilidad al notar que no iba vestido de manera estrafalaria, sino como cualquier chica joven que sale de compras a un centro comercial.
 
 *Gracias por regresar* fue su contestación e inmediatamente se subió al taxi sumergiéndose en la tela gris cubierta por la cobija delgada de color roja.  Lance una última mirada a la colonia y encendí el motor, ni bien hube cambiado el letrero de libre a ocupado.
 
*y bien a ¿dónde vas?* lance directo y sin cortarme al sentir su mirada en mi nuca.
 
 *err necesito ir al doctor, sabes dónde está la clínica 57 en la Quebrada? *
 
*sip, espero que no haya mucho tráfico*
 
*Gracias* y volvió a sumergirse detrás de los lentes negros gigantes. Me quede un par de segundos pensando cual sería la mejor forma de llegar y finalmente resolví que tenía que llegar por la Gustavo Baz, sabía que habría demasiado trafico pero era la forma más directa para llegar sin dar tanta vuelta.
 
SR junio 2013-diciembre 2014

jueves, 2 de noviembre de 2017

Escribo desde el dolor

Escribo desde el dolor, desde la punta del cometa que desciende sobre la tierra y nos convierte en sus esclavos para no dejarnos indiferentes ante el fin del universo conocido de acuerdo a nuestros paradigmas, mantras que se forman en cada recoveco de nuestro enfisema pulmonar que gana a pasos agigantados respecto a los métodos de curación, son gramos que se pierden con cada colilla terminada. Pero en el transcurso de los tiempos nos dejamos caer en el ostracismo de ese espíritu desganado y corriente que firma la noche y firma el día, cada monumento aleccionado a las estampas de la misericordia procedentes de ese templo originario y destacado de los sitios periféricos de nuestra ciudad. No mentiré, no diré esas cosas que llenan los libros de historia relatando las mentiras aleccionadoras de la gran mentira blanca y rica que nos nutre y nos corrompe según la mierda que lo ilustra, quiero creer que aun encuentro la verdad en una plaza llena de calor, llena de sudor y sexo que se haya en las olas de ese mar que se adentra en el rio que corre arriba según la noche, según los grados etílicos que el destino nos marca. 14 grados marca el termómetro manual que cargo conmigo para recordarme porque el frio se adentra en el sisma de cada milímetro, de cada horizonte que a duras penas he logrado recapitular.
 
Es allí donde descansa la victoria, es en los brazos de la noche donde el grito de guerra deja de volverse como un esfínter apretado para soltar toda la carga. Mis reinos se diluyen según avanza el asalto sobre la inocencia y el pudor. ¿Quieres creer en el esfuerzo? Ayúdame a redimir la mierda que se adentra en los corazones de los residentes. No hay nada más trepidante que un sujeto cargado de basura, no hay nada más aleccionador que un grupo de sujetos queriendo ser buenos. El universo colapsa y todos cogen su lugar en la obra del todo bosquejado por una fuerza que inclementemente adora los rituales paganos.
 
Son los cambios que se avecinan y el horizonte que se haya oculto bajo las capas y capas de maquillaje barato, el cual retiro sistemáticamente de cada una de mis camisas para evitar el oprobio, mañanas, tardes y noches colmadas de risas que se elevan como si todo fuese sagrado y lleno de misticismo. Lo cierto es que no lo es, sólo son pequeños gritos de soledad, de lastimera pena porque se saben solos ante el universo, ante los designios de una inmensa masa depositada en crueles dioses sin rostro y sin alma. Reproducción fotostática de su propia realidad. Quieres apostar por ellos, quieres tirar de la cadena que resuelva los problemas de la vida, pero no tienes las agallas, porque te las han cortado desde que naces, desde que un sujeto con un jodido escalpelo o unos fórceps de metal se acercan para sacarte de la comodidad plena para restregarte el condenado universo al que has venido a parar. Donde debes luchar día a día, donde debes dejarte la piel y las pocas neuronas esperando a que alguien de su sello de aprobación para tener unas pocas monedas que de otra manera irán a parar a otro imbécil que aplauda día y noche como foca amaestrada, todo lo que puedes hacer es dejarte ir, es seguir soltando la correa de la vida para que una noche, o un jodido día, te encuentres a alguien con el mismo sentido jodido de la existencia, congenien, tengan sexo, se reproduzcan y legues al universo unos bastardos que te odiaran con la misma fuerza que has odiado a tu padre y madre desde que tienes consciencia, porque te han traído a luchar, te han condenado a ser parte del problema, de la solución, de la condenada vida que te afanas en despreciar pero que estas tan ansioso por seguir.
 
Vuelves el rostro hacia arriba constantemente, esperando que sea una broma, una condenada jugarreta del destino que te tira un poco de mierda solo para reírse de ti, como si los agujeros negros no fuesen reales y sólo existieran en tu cabeza, aunque de hecho algo así ha aparecido, porque te estas hundiendo en la oscuridad, en esa condenada mancha borrosa que se conjuga con todo lo que fluctúa a tu alrededor; por ejemplo, dejas de ver claramente conforme avanzan los días, conforme el condenado chiste del señor inicia su auto crecimiento sostenido, como las pequeñas gotas de sudor toda vez que algún bastardo ha atropellado a una pobre alma caritativa que solamente quería atravesar la autopista sin importarle que un grupo inclemente de idiotas circule a 150 por hora para llegar a que la explotación laboral le permita ingresar números y números en una computadora, mientras desearía ser ese pobre bastardo que ha muerto y dejado arruinado el parachoques de su auto, flamantemente nuevo con incrustaciones de piel y diente nácar. Todos somos los bastardos en la carretera del señor. De ese maldito cerdo que nos han obligado a creer en su existencia, pese a que lo único que sabemos de él, sea que a veces se le ocurre concederle un poco más de vida a gente que se ha salvado de un cáncer en el culo o en algún lugar semejante, para morir años después conociendo la verdad: que su mujer le odia, que sus hijos le aborrecen, que le apesta la boca desde el tiempo de las quimioterapias, que se volvió estéril por tanto milagro medico al que se sometió para combatir su propia estupidez alimenticia o su conducta de vida. No somos mejores que ese bastardo de barba blanca y sonrisa perfecta que nos juzgara en la eternidad, condenándonos a vivir según sus reglas en su paraíso, o dejándonos en este estercolero que alguien tuvo a bien fabricar para que nosotros lo destruyamos conforme nos hacemos adultos.
 
¿Quién no desea eso? Quien no desea ser el tipo que puede decidir si miles o cientos de miles de millones de bastardos se condenan bajo su manto o se regresan otra eternidad a seguir oliendo los desperdicios de su anterior vida; sin recordar un carajo por supuesto, es como seguir anclado a un circulo lleno de mierda. La condenada vida que nos apachurra para ser mejores que el resto, pero menos que los siguientes y así ad infinito. Todos lo deseamos en apariencia, pero nos cuesta tanto creernos dioses, porque nos han inculcado que aquellos que osaron volar más allá de sus posibilidades, terminaron cayendo en la desgracia más abyecta; y sin embargo, día a día, noche a noche nos enteramos de pequeños miserables que viven según sus propias reglas, según sus propias ideologías (o la ausencia de ella) para vivir como auténticos dioses del olimpo por unas noches, tal vez menos de 1000, tal vez las suficientes para que otros imbéciles quieran imitarlos y consigan únicamente muertes espectaculares, como si la jodida fuese mejor si entráramos a la muerte con una carreta externa donde van nuestras piezas corporales. Moriría literalmente por ello.
 
“Abramos los ojos” dicen los mercaderes de la religión fanatizados vía televisión, “abramos la mente” dicen los contrarios, pero que hay, ¿Qué frase podemos usar aquellos que estamos hartos de que ambos bandos nos quieran lobotomizar? ¿Dónde nos quedamos todos aquellos que únicamente nos gusta un bendito vaso de whisky por las noches para alejar los malos pensamientos que nos obligan a pensar que nos iría igual de bien si violáramos a la vecina de 12 años que usa ropa ajustada y que se pasea cual efeba frente a nosotros sin saber que si pudiéramos seguir lo haríamos sin temor alguno? Qué jodidos nos pueden decir a nosotros los que vemos en el fondo del trago la solución mágica de los problemas del universo, que todo es más sencillo si el grado etílico acompañara a todos. Imaginaos una contienda desigual por el control del mundo libre entre un adicto a las metas y un adicto al alcohol de grano, delicioso alcohol procesado en algún oscuro agujero del cual nadie apenas sabe nada, pero ese bastardo conoce todos los límites del alambique, como si fuese parte de su ser, convirtiéndose en uno con el universo cerrado que se ha creado a partir de pequeñas partículas de agua, etanol y centeno. La vida sería más deliciosa así, si todos abrazáramos la decadencia como espíritu. Ellos lo saben y por eso nos lo sueltan poco a poco, como si la condenada correa nos fuera a lastimar por engolosinarnos con un bendito trago diario. Que al final es lo que nos está matando, tan lento y tan delicadamente como una operación quirúrgica para extirpar parte de ese condenado cáncer que ha crecido en tu hígado, en las partes negras que se han podrido o en las manchas amarillas porque así lo decidimos desde que teníamos la suficiente edad para agarrar por las noches un condenado trago. A escondidas de tus padres, de tus hermanos y de tu novia, de tus animales de compañía y de la sirvienta que usaba faldas escandalosamente cortas y que no pocas veces la encontraste robando, pero se lo perdonabas porque tenía unos muslos deliciosos que te dejaba tocar solo un poco, sólo unas cuantas veces a la semana porque tenía que irse a casar de blanco con su novio que seguramente era un padrote. Luego, la encontraste haciéndole una mamada al jardinero, y al plomero y al condenado sacristán. Todos se beneficiaban de que eras un pendejo para la vida, pero a ti te valía madres, porque esos minutos donde tus manos inexpertas recorrían la piel ardiente de aquella mujer morocha eran el equivalente a los tragos que descubriste. Eran la panacea autentica que habías leído por ahí.
 
Pero eso fue antes, cuando aún creías en el amor, cuando todavía te podías poner de pie para seguir luchando o dejando al menos que alguien luchara por ti, ahora solo eres la bosta. Lo sabes tan bien como que pronto volverás a fumar, como que pronto volverás a beber, como que pronto volverás a ser la mierda que eras antes de que todo colapsara, porque ese es tu infierno, estas destinado a repetirlo, a no aprender nada nuevo. Al final eso te gusta.
 
SR Primavera 2013-otoño 2017

martes, 17 de octubre de 2017

Brechas


Estoy abrazando mis piernas, las llevo entumidas. El resto del cuerpo no está en mejores condiciones, levanto la cabeza hacia lo que aún queda de día, todo desaparece más allá de lo que pueda imaginarme. Es casi de noche, pequeños puntos perdidos en el espesor de los árboles se elevan apenas perceptibles. Hundo  la cabeza en ese universo seguro que forman mis piernas y el pecho, mientras me concentró en contener el temblor, la sudadera es minúscula, color azul opaco, un dibujo central de algo que aún no tengo certeza acerca de que es. A diferencia del otro punto de donde salimos apenas hace unas horas éste es frio, condenadamente frio; en toda mi vida había experimentado esta clase de miedos gélidos. Pero es todo en sí: la neblina, el cerrado tramado de las nubes, el sol oculto tras una maraña de ellas o la cercanía de esa oscuridad procedente del bosque; sin embargo, nada de eso es lo que me da miedo, cualquiera de ello lo puedo enfrentar, puedo hacer frente a todo ello; no, en realidad lo que me tiene acorralado en una parte de la inmensa caja de la camioneta, es que estoy solo. Jodidamente solo, alguien conduce el armatoste, pero aquí atrás estoy enfrentando todos esos miedos; milenarios miedos a lo que no percibimos, a lo que imaginamos que puede suceder tras de uno. Son mis fobias a todo aquello que inevitablemente comienzo a dejar de observar, ya sea por necesidad o por qué así lo prefiero.  Sujetó mis piernas delgadas, mientras miro con total pesadumbre las rayas que forman mis tennis apenas un par de decenas de centímetros debajo de la nariz. Pequeña porción de tela color negra, las franjas están cubiertas de fango y otras linduras, pero son azules. Mamá los eligió antes de salir de vacaciones. Ahora me miran, ajenos a todo lo me rodea.
 
Pienso en el resto de la familia. A menudo lo hago cuando tengo miedo. Cuando me toca revisión con el médico, cuando se va la luz y el único ruido que procede es el de la calle o de los pequeños insectos; el miedo al vacío bajo la cama, al cementerio donde enterraron al abuelo, a las escondidillas de noche, a toda esa oscuridad que se cierne atrás de las paredes de lámina azul de la camioneta que traquetea sin prisa alguna por los sinuosos caminos de terracería. El chofer prende los cuartos, lo veo reflejado en la tierra que levantan los neumáticos, rojo, y un poco de amarillo. Aun así el espectro de colores que iluminan las partículas de tierra me sobrecoge. Nadie aparece, y mejor, porque si viese la figura de alguien en el borde me pondría a gritar. Tal vez me daría tanto miedo que mojaría la ropa. Alguna vez pasó. No por miedo, pero si por aguantarme. Mi papá me regaño, con esa voz llena de ira, igual a la del maestro aquella tarde. Igual que la del viejo, igual que la voz del protagonista de esa película. Hundido, todo el camino a casa lloré.
 
Pero ahora las voces de mis ancestros no están aquí, debiesen estarlo, acompañándome mientras discurrimos por aquel camino polvoso y olvidado; no hay una sola alma, salvo una que otra chabola de madera y ventanas cubiertas con pequeñas mantas. Alguna vez he querido vivir así, lejos del ruido de la ciudad, lejos de la contaminación que nos impide a veces salir al recreo o a la educación física. Mirándonos las caras mientras el sol quema el patio solitario; pero eso está lejos, otro universo, caliente y con vida retozando unos a otros. Sonriendo y jugando, comiendo o hablando con los amigos y las amigas. Aquí hay un silencio que se ve interrumpido de vez en vez por una pequeña sacudida de la caja. O el muelleo de los ejes que saltan poco y recorren nada. Pareciese que llevamos aquí años, que esto es un sueño. En algún momento así lo parecía, el paisaje al menos, la falta de ruido y las nubes tocando la copa de los árboles.
 
Levanto un poco el cuerpo, no lo suficiente para que vuelva a entrar en circulación la sangre, porque parece que llevo centurias sentado en el metal de la caja de la Ford azul 84. Un hombre de escaso cabello conduce en el interior de la cabina, lo acompaña otro hombre, moreno y de voz aguardientosa, tiene los ojos claros y sonríe también con ellos. Van platicando de algo, tan intrascendente que la llegada de la noche les parece poca cosa; surgen dos barrancos que van bordeando de un lado a otro, se sumergen en una negrura aun mayor, el polvo va dejando paso a un camino accidentado lleno de lodo. De muescas de llanta que han transcurrido por él, no hoy, no ayer, probablemente hace muchos días, pero ellos siguen platicando sobre cosas que nadie más que sus cerebros pueden responder. No dirigen nunca la mirada al retrovisor, de hecho en ocasiones dejan de ver la brecha, se concentran en la nada, en el espectáculo mismo de no saber hacia dónde van. Son grandes, pero no lo suficiente para hacerse cargo de un chico de 8 años que lleva el escapulario entre los dientes, como si morderlo o impregnarlo de saliva lo fuese a sacar de sus miedos o por lo menos para que lo ayuden a combatir el miedo a la soledad. Al frio que se cuela por mis piernas  blancas y con pequeñas cicatrices de aquellas veces que me caído de la bicicleta.
 
De repente el miedo se vuelve mayor, el ruido al que me he acostumbrado, el motor v8 de la camioneta desaparece. El chofer suelta el volante que comienza a oscilar peligrosamente de lado a lado, no se alcanza a oír que grita, pero el otro le festeja la ocurrencia; rechinan con mayor vigor los resortes de la camioneta y las llantas se escuchan huecas. El descenso es largo, no tan empinado cómo para que la camioneta se salga de control, pero si lo suficiente como para que la misma coja una velocidad considerable que hasta el momento no habíamos experimentado. Ambos hombres en el frente se dedican a mantener la mirada atenta a toda la tierra y piedras que vienen por delante. Su risa sería contagiosa si estuviese con ellos en la comodidad del sillón de la camioneta, pero eso sería demasiado, porque ya llevo casi ¾ de hora rechinando mis dientes en espera de que así me calme un poco el miedo. No funciona nada y sigo con la cabeza gacha, tratando de que con ello se compadezcan un poco y me dejen entrar, me permitan salir de la pesadilla que parece no tener fin.
 
Comienzo a recordar una noche que vi una película no tan vieja, malas actuaciones, tres o cuatro fragmentos de miedo autentico y luego el desenlace que llevo años viendo. La conozco de principio a fin, pero antes cuando era más chico recuerdo que había una pequeña escena en un bosque, la chica y su novio se pierden entre los árboles, parecía que sólo era cuestión de dar marcha atrás y salir a la calle por donde habían entrado, pero sin proponérselo se van internando cada vez más y más, no hay ningún peligro real ahí, pero el bosque parece mágico, sobrenatural, lleno de todos los miedos inimaginables; con pequeños animales que reptan o lanzan gemidos de agonía, de muerte. Pero todos estamos muriendo ¿no? Todos estamos en el camino inexorable hacia la tumba, a quedar cubiertos por tierra y piedras, por el llanto y las rosas de las mujeres que rodean los sepulcros. Y allí es cuando los protagonistas muestran su verdadero miedo, cuando comprenden que ya están muertos, que siempre lo han estado, o al menos desde que decidieron internarse hacía los pinos o abetos que parecen un laberinto de sus propios mundos. De sus temores y sus fobias más grandes. Ellos mueren 10 minutos después (lo he cronometrado), uno empalado por una  rama puntiaguda y la otra con la cabeza cercenada. No me dan miedo los asesinatos de las películas, me da miedo el desarrollo que va a desencadenar en ese suceso. Pero de eso no hay nada aquí porque en verdad no creo que aparezca un maniático con un hacha, o peor aún, con una sierra a gasolina y una máscara de piel. En sí, temo más a esa neblina que pareciese ser algo sólido que rodea la casa de Reagan, porque antecede a todo lo malo que puede existir. La niña siquiera me da miedo, es el frio, la gélida atmosfera que rodea la casa y todas las habitaciones pese a que parezcan iluminadas; así es aquí en el borde del mundo, el frio que entumece los sentidos y las expectativas.
 
Casi ha caído el sol, mientras las nubes que antes rosadas o de colores pastel se asomaban en las cercanías de la carretera sin pavimentar, ahora se muestran obscuras, malvadas, tan cerca que pueden ser el mismo fin. Pero no lo es, y aunque parece que rozan las copas de los árboles, en realidad no están tan cerca, en realidad es probable que todo lo esté imaginando, a veces me pasa cuando comienzo a jugar; imaginarme en un hotel solitario, sin más destino que morir, tal vez mi soledad actual se deba a ello, a que suelto las correas a mi cerebro y todo el tiempo estoy soñando despierto, con cosas de miedo, con sustos inimaginables para alguien que no debiese ver esas películas. Que no debiese quedarse hasta tan tarde los viernes viendo películas de vampiros, hombres lobo, momias y hombres invisibles. Sin embargo lo soy, soy ese niño ingenuo que todos los momentos de su corta existencia quiere tener tanto miedo que la realidad parezca menos cruel, más adornada, llena de oropel y pequeñas guirnaldas del color escarcha que tanto me gusta cuando mamá decora el árbol para navidad.  Pero hoy no hay nada que celebrar, un camino olvidado por todos y en dirección a ninguna parte. Un niño solitario que va acabando con el esmalte de los dientes y lleva un pedazo retorcido de tela café entre ellos, tratando de evitar susurrar la oración que se aprendió en el catequismo. Prenden el motor de nuevo, las luces en todo lo fuerte que pueden ser, alumbran los arboles tan pegados en el frente y el costado que pareciese que no hay remanso alguno.
 
Luego, de la nada, cuando ya parece perdido todo, que me voy a morir lleno de angustia y escalofrió por aquello que no puedo ver, pero adivino que se esconde tras la espesura de los árboles y los pequeños matorrales, con su machete y su máscara de hockey cubierta de lodo y sangre, tan ancho como los troncos más gordos, y tan jodidamente fuerte que pueda partir a la mitad a cualquiera, la música comenzaría a sonar para anunciar el principio del fin, en cambio oigo un par de golpes que me sacan del miedo, los dos hombres me hacen señas a través del medallón trasero de la camioneta.
 
 La noche cubre con su manto todo lo que hay alrededor de la camioneta; el frío, sin embargo, esta afuera, ahuyentado por los faros cristalinos que marcan el camino. La caja se antoja lejana, perdida en la neblina que poco a poco va quedándose fuera de mí.
 
SR Noviembre 2015

lunes, 2 de octubre de 2017

compleja

Había comenzado a beber cuando recién cumplió los 16, el administrador de los bienes no opuso ningún reparo, al contrario estaba encantado por ver que el muchacho comenzaba el declive que lo acercaba a hacerse con el total de la herencia. Parecía que eso era lo único que le importaba a la gente, así pensaba en aquel entonces, y así lo hacía ahora. Tenía casi los 24 años cumplidos, sin nadie que lo guiase o siquiera le diese la debida orientación para hacer algo con su vida, se la vivía metido en bailes, peleas, y la cárcel. Era cliente habitual y salía generalmente por la intervención del hombre que había manejado su vida durante gran parte de su niñez y ahora seguía ahí, pese a que era un hombre y derecho. El viejo Antonio estaba amargado y cada que tenía que acudir con la bolsa de cuero para sacarle de los calabozos y del reclutamiento forzoso lo hacía de peor humor. Sus años se habían ido conforme avanzaba la adultez descarriada, y pese a todo el pago había sido un desprecio absoluto hacia él por parte del mozalbete, cada día, cada segundo era una mierda como ser humano. No le podía expresar su odio malsano, pero la mirada lo fulminaba, cuestión que era recíproca, sabía de antemano que el hombre había gastado dinero a manos llenas en negocios familiares que no redituaron para nada, en testaferros que terminaban en letras muertas y en una increíble serie de despilfarros que le hacían preguntarse hasta qué grado había tenido dinero su familia.
 
Los gritos de aquella noche lo seguían desde que era un niño, lo perseguían mientras bebía o estaba a punto de perderse, fuera de esos tiempos donde perdía la noción del tiempo, era desgraciado; parecía que su flor había sido arrancada desde que tenía uso de razón, no les recordaba en lo absoluto o siquiera si alguna vez fue besado por su madre, pero creía recordar las risas interminables con sus hermanos mayores. Eran 3, Pedro, Miguel y Sebastián. Los recordaba a menudo, pese a que el más grande apenas había rebasado los 18 cuando murieron. Regresaban a él cuando veía un atisbo de familiaridad en su propio rostro o en el de los demás parroquianos, el mayor. Sebastián ni siquiera había probado el dolor o el miedo antes de aquella noche; habían vivido como auténticos príncipes que jamás tendrían que trabajar por algo, él tampoco lo había hecho, con todo y que Antonio se había exacerbado con sus gastos. No olvidaba las noches fastuosas que organizaba el viejo administrador una vez cada quince días, cuando la crema y nata de la sociedad del Departamento se dejaba ver en los salones y jardines de la casa grande. Mentirosos y abusivos todos, vivieron con zozobra por el temor a su padre, pero ninguno había tenido siquiera los cojones para delatar a sus asesinos. No lo olvidaba que había tenido que contemplar desde su habitación las bacanales que se organizaban por obra y gracia de Antonio. El enseñoramiento de la familia del albacea, los viajes al extranjero acompañados de sus escoltas, dos hijos de perra tan codiciosos que si alguna parte del adolescente hubiese sido buena para comercializar lo hubieran hecho.
 
Pero tardó mucho en darse cuenta, apenas cumplía los 14 cuando se sintió desplazado, los hijos y nietos del hombre que debía ver por él, lo opacaban y se paseaban como auténticos dioses bajados del Olimpo por las calles de la polvorosa ciudad. Bajando de las calesas blancas y adoptando poses reales, con fastuosidad morbosa y haciendo gala de algo que simplemente no pudo dejar pasar. A partir de entonces se negaba a salir con ellos, o siquiera a ocupar el mismo espacio, el odio se exacerbo por ambas partes; para ellos era un lastre, para él unos advenedizos que se habían apoderado de algo que ni siquiera tendrían porque tener sino fuese por aquella noche.
 
Su padre no era buena gente, al contrario era un cabrón que se había aprovechado de la ingenuidad de los naturales de la zona para implementar una serie de tiendas y robos de tierra que sirvieron para poner en funcionamiento viñedos, el dinero comenzó a llegar y con ello el poder, ello provoco que en poco menos de 10 años, su tierra abarcase más de la mitad del estado, que en ocasiones al retirado militar y todavía coronel, le viniesen a visitar personajes tan importantes como el mismo Ministro de Hacienda o el del interior. Grandes caravanas que se dejaban observar desde cuando menos 3 días de distancia y que anunciaban la llegada de alguien tan importante con noticias del presidente o con la misión de pacificar más territorios. Por el patio central de la casa se dejaron caer políticos, militares, escritores, curas y la más variopinta raza de aventureros empresarios que querían un poco del capital de su padre. Los negocios le fueron bien hasta la noche que murió. Lo encontraron con múltiples tasajeadas en el cuerpo, él vería la sangre en la tierra. Alguien grito los nombres, alguien más fue por Pedro, él llamo a los otros dos, alguien les trajo monturas y dos enormes rifles, al otro le arrimaron un par de pistolas y todos llevaban machete, él siempre dudo que tuviesen la menor idea de cómo usarlo, ha creído que lo hicieron para deshacerse de todos. Al mismo tiempo, como si su existencia fuese lo más profano del universo.
 
Recuerda su vuelta, todos envueltos en sábanas blancas, raídas y con manchas en algunas partes, la sangre se extendía desde muchas partes convirtiendo todo en un escenario dantesco. Tenía 7 años por aquel entonces, Pedro tenía 13, aquella noche le dieron tantas tajadas que no tenía un brazo y parte de la cara era un cumulo de tendones y desgarrones. Alguien se lo dijo, o lo había escuchado de una de las señoras que cuidaban la casa, sin duda los habían llevado al matadero y su hermano más inmediato no había sido ni siquiera respetado por su condición de cuasi adolescente. Para los asesinos había sido un hombre que acudió a vengar la muerte de su padre. Debía morir igual o más dolorosamente, nunca vio la cara, pero supuso que la mueca de dolor debió ser espantosa. Sabía por las mismas ancianas que Miguel de 17 había muerto primero, de un balazo en el pecho. Tan certero que nunca se llegó a enterar de que a sus hermanos los masacrarían. No tuvo siquiera la oportunidad de sacar la enorme arma que le habían enjaretado. Para él, no había tenido sentido nada después de esa noche, bebía tratando de acabar consigo y con ello activar la cláusula que le había mantenido con vida durante el tiempo transcurrido. En caso de que muriese antes de dejar descendencia o muy joven, todo el dinero, los bienes y la mayoría de cuanto poseyera su padre, irían a manos del gobierno y de manos sacras.
 
La cláusula especificaba que era inherente a cualquier hijo natural del viejo coronel y su descendencia legitima de estos, a los antiguos amigos de su padre les faltó tiempo para organizarle celadas para que se desposara con sus vástagas. Él bien pronto lo adivino y antes siquiera de que pudieran advertirlo se concentró en beber para joderlo todo, para que muriese bien por un accidente, o por la acción del alcohol. La vida discurría mientras sus antiguos amigos y camaradas cuando niño le dejaban por ver que sería imposible seguir esperando que se convirtiese en un hombre que fuese útil a sus planes. Él vivía para beber y para dejar parte de su dinero en las manos del ambicioso administrador.
 
-sabes que alguna vez pensé que fuiste tú quien orquesto todo? Créeme, viví un tiempo con esa certeza, me devoraba los sesos pensando que habías sido tu quien preparo la muerte de mi padre y de mis hermanos, pero luego, algo me iluminó, me dejó bien claro que eras un completo imbécil, te has pasado los últimos 18 años gastando dinero que no te pertenece, igual a mí tampoco pero tu avaricia y ambición desmedida no te va a llevar a ninguna parte. Y no, bien pronto deseche la posibilidad de que fueras tan inteligente como para urdir un plan tan Maquiavélico, más bien, alguien te hizo ese favor y al mismo tiempo te condenó, porque puedes gastar dinero, pero como no posees tierras o siquiera esta casa, eres y seguirás siendo el empleado del coronel y de su bastardo hijo borracho. Pero he, no te sientas mal Antonio, has llegado muy lejos, tus hijos se han codeado con la crema y nata y tienen cierta posición económica que ha permitido que los dos parásitos mayores se casarán con algunas mujeres prominentes, pero siguen siendo basura. Estiércol de alguno de esos caballos pura sangre que tanto te gusta presumir como propios y que sin embargo, tienen fecha de caducidad. Debes de saberlo, y te debe de consumir poco a poco, me muero Antonio, no me queda mucho y lo sabes, por eso tu cara antes suficiente ahora es un cumulo de miedo y de incertidumbre, porque vas a quedarte en la miseria, a nadie le interesa estar siquiera cerca de un achichincle que ordeno la muerte de su jefe. O qué? Creías que nadie lo piensa? Todo mundo lo sabe, todo mundo quiere ver tu caída, para que tu mascara de autosuficiencia se reduzca a nada, se convierta en polvo. Ves donde estuvo tu salvación respecto a que tomara medidas drásticas? Si hubieras hecho todo perfecto no sería tu plan, pero como salió de la mierda, quiere decir que alguien más te embarro. Y te jodió, creo que más que odiar a mi padre o a la familia, te odiaba a ti. Más que a nadie en el universo. Sé que me oyes debajo de esa indiferencia tan marcada, cada uno de tus nervios está a punto de explotar, basta que diga algo más y sé que cometerás el error final, el mismo que te hará perder todo. Puedo decírtelo hoy, ahora, mientras el traqueteo te produce una jaqueca y acelera tus pulsaciones que llenan el interior de esta mugre. Debería hacerlo, quiero hacerlo, pero incluso eso, sería una liberación para tu espíritu. No quiero eso, quiero que te consumas, y me gustaría verlo, pero sé que no podré. De cualquier forma es tarde, no me gustaría que mi muerte quede como un simple accidente. Quiero que todo sea tan condenadamente perfecto, que tú mismo te entregues por los asesinatos que has cometido, tanto los que hiciste bajo amparo de mi padre, como los del mismo y los de todos esos bastardos que se han reído de tu cara tan estúpida. Es noche Antonio, tienes la mano tan cerca de la pistola que podrías accidentalmente confundir mi pierna con la tuya. Descansa y no olvides que probablemente muera de una congestión, o estrangulado por alguno de tus esbirros mientras urdes alguna estratagema por huir. Estas atrapado por tu propia estupidez anciano.
 
Bebe nuevamente mientras todo el sitio se mueve en torno suyo, como si le hubiesen puesto un resorte que contrae y expande las paredes de madera, como si los bancos que sostienen a la gente fueran simples acordeones que se desdoblan cada segundo, cada milésima, o más. Es casi media noche de nuevo y las luciérnagas del camino cercano al borde de los arboles le atraen, a menos de dos kilómetros a la izquierda su padre había caído por primera vez. Ahora intenta no vomitar la mugre que ha tomado, le gustaría tener tanto dinero que fuese capaz de cambiarle el sabor a algunas bebidas. Pero justo cuando cae en cuenta de que tiene mucho dinero, justo antes de esbozar una sonrisa que le acompaña desde niño. Algo dentro suyo se rompe, un dolor tan repentino como brutal se cuela desde su pecho hasta la punta de las uñas del pie, todo comienza a desaparecer mientras alguien grita su nombre por última vez. No puede seguir bebiendo.
 
SR Verano 2017.

jueves, 21 de septiembre de 2017

¿Y la cena?



13 días antes, el sonido se encapsulaba en las pequeñas paredes de la casa de la calle Avellaneda, el hombre nunca indagaría porque llevaba tal nombre, siendo que el resto de las calles y avenidas que circunscribían el plano, tenían nombres muy distintos. Por las bocinas de aquel estéreo que había comprado recién, se discurrían los sonidos de varias melodías; las más románticas, las menos llenas de arrepentimiento. Sin embargo, el hombre apenas les prestaba atención, está se centraba en la pequeña pistola que tenía en la mano izquierda. No menos de 5 pasos a su derecha se encontraba el cuerpo de una mujer, su mujer; 1.70, guapa, cabello rubio obscuro tirándole a lo cenizo, con un agujero que le había arrancado la existencia y que había manchado de hemoglobina la ropa. El líquido le bañaba desde la sien, corría por su cuello antes glorioso y ahora desvencijado, los ojos tornados en rojo y uno más desenfocado que  el otro; cerca del cadáver de quien había sido su esposa por 10 años, se hallaba una silla donde había estado horas antes tomando el desayuno, todo tan tranquilo; en las horas previas la mujer sonríe poco, pero desde que la conoce lo hace, su pequeña niña berreaba con cada nuevo grito que el hombre elevaba, no importaba si era por culpa de un mal resultado deportivo o porque lo habían estafado en el trabajo, su voz se tornaba peligrosamente fuerte y las dos mujeres que lo rodeaban no hacían sino enclavarse en el suelo, llenas de pánico. Eso era cada mañana. 

Pero ahora él estaba ahí, con una pistola que su mujer había empleado para suicidarse, horas y horas han transcurrido desde que llegase a casa, no oler la cena o escuchar el volumen de la televisión lo preocupó, pero apenas tenía espacio en su cerebro para ello, porque las cervezas le hacían olvidar que todo estaba bien jodido, que a duras penas le alcanzaba para pagar el préstamo, que su esposa no tenía llenadera con el gasto, que su otra mujer le quería endilgar un chamaco; parecía que todas las mujeres de su vida eran un dechado de idioteces, cada una más imbécil que la anterior y con la única tarea de joderle la existencia; su esposa e hija, su madre, su hermana, sus tías, inclusive las mendigas viejas que le habían tocado por abuelas. Todas jodían su existencia, pero había encontrado a una lo suficientemente castrante para lograr lo que ninguna había podido: sacar su lado violento. Diario le atizaba con el cinturón, a veces por cualquier pendejada, a veces porque le nacía del alma hacerlo para demostrarle que la ley estaba aún de su lado, y que no por ser una pinche universitaria eso le impediría imponerse.

Aunque nada importaba eso, eran las 10 de la noche y la niña no estaba, su mujer tenía un balazo en la cabeza y nadie contestaba en casa de su suegro. Dentro de poco tendría que hacer la llamada para que la policía acudiera, aunque dudaba que alguien creyese que él no era responsable; las chismosas vecinas seguro soltarían la sopa de cómo le daba a su mujer, las trabajadoras sociales darían cuenta de las cicatrices y los hematomas que aun guardaba su cuerpo.

-me jodiste Juana. Al final lo hiciste mejor que ninguna otra.

Su voz suena grave. No la reconoce, por el miedo, sabe que nadie le va a defender, pese a que le asiste la razón de años y años de golpes, la justicia no es para un pobre asalariado que bebe todos los días unas cuantas cucharadas, nadie le podía decir nada porque no pudiese conseguir un trabajo mejor o diferente porque los trabajos que sabe hacer son menos importantes que un maldito gusano; ahora iría para peor, porque su carta de antecedentes penales tendría una jodida mancha por algo que ni siquiera se había planteado hacer nunca. En toda su existencia posterior al cortejo  de Juana  no había planteado jamás el matarle, era suya y lo sería hasta que el infierno se presentara en la tierra. Pero ella, con su cara de rata, con sus dientes frontales sobresaliendo cada que sonreía lo había jodido todo. Y ahora yacía en el frio piso de aquella casa que con tanto esfuerzo había logrado sacar adelante, por él mismo, sin necesidad de pedir dinero alguno a su padre, el asqueroso sumiso, menos a su hermana que ganaba lo suficiente para mantener un amante menor de edad;  finalmente lo había logrado con todos sus quebraderos de cabeza, con los malditos glúteos sangrando, incluso por las horas que había invertido en la maldita empresa que los alienaba lo suficiente para hacerle ver números y números en las noches que intentaba conciliar el sueño, como si fuese tan sencillo alejar de la memoria de los ojos el jodido brillo de los monitores. Día y noche veía, aun con los ojos cerrados, ese color blanco que le perseguiría hasta el día de su condenación.

Pero ella lo había hecho, se había pegado un tiro y nada le quitaría el estigma que ahora pendía de su cabeza regordeta, con aquel peinado que todos usaban, pero no a todos les quedaría tan bien una vez que ingresará al penal; porque lo suyo era casi cárcel directa, nadie podría evitarlo. Golpeo la mesa y se maldijo una vez más. Llevaba ya una vida en ello, que jodidos importaba que lo hiciera otra vez.
Se escuchaban las sirenas de autos de emergencia, por primera vez en años su sentido mórbido de querer adivinar qué era lo que se acercaba hacía su ubicación había desaparecido. No importaba, porque seguramente sería la última vez que intentaría adivinar, recordaba por instantes las horas que en algún momento de su juventud menos violenta debió pasar en los separos, hacia un frio de la chingada que le duró años en remitir, jamás lo diría, o siquiera lo admitiría, pero temía regresar a un sitio donde todo parece suspendido en el tiempo, un loop interminable que obligaba a todos los que entraban ahí a querer saber la hora, cuanto jodido tiempo transcurría desde que te ingresaban, hasta que te comenzabas a cagar el cerebro porque crees que encontraran los sobres con coca que guardabas en el ropero. Pero nada ocurriría de verdad aquella vez, no al menos comparado con esto, no había padre, ni madre que le viniese a consolar o sacar de uno de esos sitios. Su padre había muerto y su madre no tenía la energía suficiente para consolarle en ese asunto, jamás lo haría por él, prefería verlo pudrirse en vida antes que permitir que su alma se condenara y joderle la eternidad. Pero nada sucede, 10 minutos después del último ulular, el hombre se halla ahí en el pequeño espacio que forman las 4 sillas del comedor y ese monstruo que es el refrigerador. Ni un ruido siquiera, nada que delate que las incomodas vecinas no han regado el asunto. O los gritos enardecidos de la multitud pidiendo que sea mutilado y cortado. En realidad, no parece que tenga ningún sentido el estar más tiempo allí contemplando el cadáver de su Juana, preferiría marcharse antes que la cárcel. ¿Pero dejar todo por lo que ha luchado desde que salió de su casa hace tantos años?

Todo lo anterior se ve interrumpido por un flashazo que le llega a la parte consciente de su persona ¿Y la niña? ¿Dónde carajos esta su hija? Debiese estar dormida, pero no era tan tarde cuando llego a la casa, y era común que la pequeña bastarda se desvelara viendo sabe que madres en el internet, por lo menos escucharía el moverse lentamente de alguna sabana o tal vez el ruido del crujir del colchón o los muelles de la cama, pero nada, no se percibe un solo sonido y eso lo aterra más, como si la condena no fuese a ser solo por un cuerpo. avanza pegado a la pared, esperando que de repente todo sea una condenada broma y que su mujer deje de lado la sangre falsa y la pistola resulte una muy buena imitación, luego saldría su hija con un gran pastel o un globo y todos reirían esa noche, comerían un pedazo del pan y mirarían la televisión. Ruega en silencio porque sea un poco cierto, que el jodido revolver que lleva en la mano sea una piltrafa, que todo sea un jodido espectáculo nocturno, “noches de cabaret presenta: ¡la tragicomedia de Arturo Blancarte!” y un público vehemente silba y rabia en el aire mortecino de ese condenado día. Más no es así, su lento avance hacía la recamara situada en la parte trasera de la casa es medido, centímetro a centímetro y con todo el sigiló del mundo.

Piensa en la niña, nunca la quiso, pocas veces hizo algo por ella, sin embargo, no le deseaba ningún mal, al final de cuentas era una víctima de la mierda existente en el cerebro de la madre y el poco trato con él. Pero ahora se siente mortificado por lo que podría esperarle al otro lado de la puerta con el adorno de un unicornio, y un poster de alguna de esas bandas mediocres de púberes moja conchitas vírgenes.  Abre con cautela la falsa imitación de madera y a tientas, ubica el interruptor de la luz. Respira tan profundo que hasta el mismo se sobrecoge, en la cama no hay nada, no se ven signos de lucha o de que alguna tragedia ocurriese ahí, abre cajones esperando encontrar algo que es imposible que entre ahí, levanta el colchón de su base y sólo encuentra las cajoneras con algo de ropa y zapatos, no hay ni rastro de su hija. Pero el miedo aun no lo abandona, nada le dice que la hubiese matado en su cuarto, bien podría estar en su propia habitación, o en el condenado baño, o en la parte posterior donde debiese ladrar el perro. Si tuviesen uno.

“El peor error que puedes cometer en este tipo de situaciones es tomar decisiones apresuradas.” Se sorprendió diciendo en voz alta, tal vez no fuese así y en realidad lo había pensado, o eso creía él. En todo caso su recorrido por el resto de la casa no arrojo más datos significativos acerca del paradero de su hija, o algo que medianamente le sirviese para esgrimir una mejor defensa ante el juez; quién, sin duda alguna, le impondría cadena perpetua o de mínimo 20 años por un crimen –el único- que no había cometido. Observó las piernas desmadejadas de la que hubiese sido su mujer y comenzó a realizar cálculos, tal vez si la destazo y la hago pasar por desaparecida, tal vez si la entierro y a la jodida me peló de aquí, tal vez la arrojo al canal de aguas negras y espero que el maldito lirio acuático haga su parte y la sumerja por los siglos de los siglos. Todas sus ideas acababan tan pronto le venían a la cabeza, desearía ser más inteligente o por lo menos tener un poco de imaginación, para hacer de cuenta que podría tener una solución. Luego venía la parte de fingir, eso no iba con su forma de ser,  porque sabía que en cuanto el juez o el abogado lo presionaran un poco se iba a quebrar de lo lindo, iba a cantar hasta el número del seguro social, si es que tenía uno. Su mujer sigue en la misma posición, como si supiera que el color avellana de sus ojos, le iban a jugar una última pasada a la mente de ese hombre, que sigue de pie frente al cuerpo sangrante de quien respondiera al nombre de Juana. No tiene ni ganas de abrir una cerveza, si es que hubiese alguna en el refrigerador cromado.

SR Marzo 2016