25 o 26 años tendría aquel. Lo digo de esta forma porque no me caía bien, era otra persona, un bastardo sensible. Claro que lo envidio con el paso de los años, pero no me gustaría pasar por lo que el sufrió. Claro, todo por su culpa, pero eso no le entraba en la cabeza, para su gusto todo estaba jodido y todo lo que hacía era meramente una suerte de acompañamiento. Digo que lo despreciaba, pero no tanto porque era feliz o tenía una sonrisa que pocos le conocían, creo que lo odiaba porque había ganado la partida a beber, estaba en una crisis existencial profunda y no necesitaba beber más de lo necesario. No quiero decir que a duras penas puedo alejarme de la botella y eso que mi vida es condenadamente menos complicada que la de ese perdedor.
Su límite eran cuatro cervezas. Para tener esa edad era una mierda, en cualquier otro momento de la vida esa cantidad merecería una sonora trompetilla, pero para él era suficiente, cada ocho días, cuando únicamente necesitaba dominar la ansiedad. Ocultarla un poco, porque todavía no se volvía la parte fundamental de su vida, como un condenado anexo de su personalidad o una parte integral de su cuerpo. Para aquel, los 1.2 litros de cebada que podía tomar sin descanso por un lapso de casi 2 horas era suficiente, dejaba de sudar y de temblar en espera de la próxima ocasión en que su cerebro le llamase a rendir cuentas. Pero era jodidamente feliz, redondeado por la cercanía de la desgracia. Lo sentía y la presentía en su espalda. No le hacía caminar jorobado, pero algo impedía que todos los días pudiese erguirse como era debido. A duras penas podía un par de horas al día. A veces muy pocas veces más.
¿Por qué era feliz ese desgraciado? Porque la tenía a ella, brillaba a su lado, y la gente lo miraba, por fin podía salir del anonimato. Todos lo creían un miserable, razones no le faltaba a los demás para considerarlo como tal, antes de ella sólo era un lisiado emocional, pero no lo sabía, no lo podía concebir porque no conocía nada de lo que había del otro lado de su mente. Odiaba hablar de ello, para sus conocidos era un sujeto que a duras penas distinguía un lado del otro de la vida, parecía inteligente, pero carecía de tacto para los sentimientos, y creo que debió de aprender un poco antes de embarcarse. Antes de ceder a todo lo que siempre desprecio. Probablemente los momentos que tanto anhelaba estaban inmersos de pozos de desesperación que por su bien debió experimentar cuando era más joven y las heridas sanaban con mayor facilidad. Cuando todo exploto, ese mismo desconocimiento lo arrastró hacia los lugares que tanto le reclamaban, en ese condenado lugar donde nadie parece querer seguir con vida, que cada trago se vuelve un clavo más, que cada noche tirado lo encadenan al suplicio. Los infiernos que cada cual crea, mientras la mirada extraviada se queda en el infinito, alumbrando con una insignificancia los caminos. Si aquel bastardo hubiese sabido todo ello, o lo hubiere recordado, no hubiese sido tan desprendido respecto a lo que lo dominaba, debió callar. Debió callar esas voces que lo iban a terminar por hundir, aunque las voces se parecieran a la suya, aunque tuvieran las mismas ideas, no lo eran y lamentablemente nadie le supo advertir, hasta que todo fue demasiado tarde para dar un paso atrás o siquiera revirar.
Abre los ojos. No lo hace, en realidad nunca escucha cuando debería, está quedándose dormido, esta incesantemente ansioso de morirse por esa noche, son casi las 2 de la mañana, ya no se duerme más tarde, casi nunca, tiene un momento de duda y antes de volver a clavar la mirada en el suelo le da un trago al vino tinto. Ésta mezclado con una condenada gaseosa de algún sabor mierda, no le gusta el sabor, de hecho, preferiría que fuera uno de esos whiskyes dorados, de olor tan dulce y sabor tan jodidamente fuerte, que lo logran sumir en placenteros sueños antes de despertar a su realidad. El vino lo aturde y lo pone sumamente idiota antes de siquiera caer desmayado, no pocas veces ha vomitado esa mezcla. Ahora no está lejos, pero no tiene nada en la panza. No recuerda hace cuanto fue que comió por última vez, tampoco se acuerda como llego ahí. ¿Alguien lo arrastro? Probablemente fuera su padre, por aquel entonces todavía tenía la suficiente fuerza para cargarle, para arrastrarle con toda la condenada humanidad hasta el sillón más cercano. Su corazón bombea con lentitud, pero así le gusta, le gusta el sonido tranquilizante de su respiración que sube y baja con fuerza, profunda y llena de calma injustificada. La baba comienza a acumularse debajo de la lengua, está pintada al igual que su interior, no lo sabe, pero lo intuye porque cada vez que hace aquello sus heces terminan pintadas de un negro brutal, que lo asquea y le recuerda que las noches son su desgracia.
Ella se ha ido para entonces, le rompió el corazón en tantos pedazos que parece incapaz el tiempo de hacerla sanar. No lo hizo a propósito, pero en él nada es así, siempre tira la bola esperando que los vidrios alrededor salgan incólumes, lo peor es que no está triste, lo peor es que se siente miserable porque lo han dejado, pero también se siente miserable porque no tuvo los arrestos para hacerlo por su propia mano. Lo dejo todo en manos de ella, de esa mujer que le dio todo y quizá lo intento demasiado. Nunca lo debió hacer, nunca debió abrirse, se repite una y otra vez mientras gira en la cama, arrepentida de ese amor, jodida por no tener otra salida que llorar. Y lo sabe, con tanta precisión que le da miedo, que él está en su desgracia sumido en el vapor etílico. Que no lo afronta de manera directa porque es cobarde, y sabe que su gran amor se ha ido. Que todo lo que alguna vez soñó a su lado murió porque aquel no supo y no pudo ser sincero. Pero nunca lo fue. O tal vez sí. Nunca le mintió al respecto, era malo. Y era peor porque sabía que iba a hacerle daño. Y no dudo ni un solo momento antes de joderla. Probablemente le agarre la madrugada pensando en ese hombre, mientras el desgraciado se hundirá en alguna bebida con sabor espantoso. Empequeñecido por su demonio líquido. Lo odia más por ello.
Y lleva casi tres meses así, nadie lo puede sacar de ello. Una botella diaria, hace meses que vive de préstamos o pequeños robos que le hace a todo aquel que se deje, alguna vez lo acusaron, pero lo negó con la categoría misma de un gran mentiroso. Su paladar no tiene ninguna comparación, esta jodido, no distingue si es gasolina o algo destilado. Aunque bien pudo haber sido gasolina destilada de alguna toma clandestina, no le sorprendería por lo que costo. Al principio fue chistoso, luego vinieron las críticas y finalmente el llanto. Todos creían que seguiría de frente, que al final era otra historia más, de esas que tanto le gustaba contar sobre las mujeres que lo habían amado y como estas se habían ido destruidas por su ego. Pero aquello era diferente, porque esta vez no quiso hacerlo, no quiso llevar a cabo ninguna mierda de aquellas que lo habían caracterizado antes; sin embargo, el resultado había sido el mismo. Todo apuntaba a que sería la última vez. De hecho, puedo estar seguro que no habrá nadie más después de ella. Él lo va entendiendo poco a poco, con pequeñas cantidades que luego se volverán la muerte. Pero en aquel entonces no lo sabía, era optimista de cara al futuro, porque aún era estúpido y creía que tenía un poco de futuro. Me hubiera gustado darle una guantada sin tumbarme un par de dientes.
SR Otoño 2017