Apuntó en la libreta color negra con pequeños filamentos dorados: cartera negra de piel, un reloj, un celular nuevo, $250 en billetes de diversas denominaciones. No había más, las letras eran desiguales y ribeteadas por trazos que en ocasiones semejaban a la cursiva. A la anotación le antecedían una centena, quizá más. no llevaba la cuenta, pero se dedicaba a ello desde que tenía 15. Por aquel entonces eran los morritos de la primaria que quedaba casi a 3 cuadras de la casa las víctimas. Dos veces le dieron en la madre por ello. Pero ni así escarmentó, se sentía superior a todos cuando llegaba con dinero suficiente para comprar cosas de la cooperativa. Pequeños discos de masa con frijol y cebolla. Bolsas de frituras, dulces, refrescos y pequeños envases de jugo de tetrapak. Luego, invitaba a las niñas que le gustaban, a Marcia le compro un par de aretes que asemejaban a dos diamantes, pura brillantina y cero valor. Luego, a Carmen le dio unos finos, oro puro que le había bajado a una anciana. Así había sido desde entonces, ya no temía a la condenación, sabía que era culpa del de arriba por haberlo dejado sin opciones. Bueno, tampoco es que fuera muy creyente, pero había heredado unas cuantas manías de su madre.
Cuando cumplió 17 entro a chirona por primera vez, no lloró, no imploró, se sentía de la fregada, pero se mantuvo firme. Aprendió unas cuantas mierdas más, sobre todo a ser más selectivo, a no farolear tanto, obtuvo su primer tatuaje, lo había estado buscando. “Ismael” decía. Era el nombre de su padre. El mítico Ismael que un día desapareciera al volver del deber. De combatir a eso mismo que él se había vuelto, lo hizo como una ironía absoluta. Su madre no volvió a verle, le dijo que ni siquiera se atreviese a volver, que ella no solaparía rateros. No supo más de ella, tal vez seguía atrapada en la planchada y lavada ajena, o cocinando a uno de esas mierdas, o siendo abusada por el patrón en turno pese a que debía de rondar los 60 ya. No le importaba que había sido de aquella mujer que sólo le había provisto cuatro paredes y un techo. No era agradecido porque sabía que en esa miseria estaba condenado a existir. No le importaba entonces compartir un poco de esa miseria a cuantos más pudiera, como una infección que buscaba propagar haciendo lo que mejor sabía.
Su segundo tatuaje se lo hizo aquella tercera vez que entró en el cereso, apenas tenía por aquel entonces 21. Lo habían agarrado luego de querer robarle a unos morros una moto. La porquería se patinó y termino con un desmadre. Por aquel entonces vivía con Josefina, gorda, morena y con los pelos tintados en rubio. Lo fue a ver casi 3 meses. Cada 8 días puntualmente llegaba y le contaba cómo estaba el desmadre fuera, como si no viese el con sus propios ojos que todo estaba igual, que pese a toda la mierda que podía existir, tenía peores cosas afuera que adentro. No la quería, de hecho, apenas le toleraba, pero necesitaba algo que mínimamente lo anclara a la realidad para no salir a cometer una idiotez. Josefina lo era. Apenas y sacaba un poco de dinero trabajando en la estética, pero se arreglaba mejor de lo que ganaba. Lo echaron fuera porque no había mucho que hacer con él. Le costó casi 8 grandes salir aquella vez, juró que no le volverían a echar el guante, prefería morirse. Volvió a su cuarto en aquel sitio deplorable, lleno de perros famélicos, gente jodida como él, y un perenne olor a desesperanza. Aquella vez duró casi 4 años afuera.
Lo volvieron a agarrar y estuvo dos años dentro. De nuevo salió, esta vez por “buen comportamiento”. En realidad, no le querían dentro, le sabían una sabandija que no se corregiría en lo mínimo y salía más barato si afuera lo mataban. Aquella vez lo habían agarrado con un par de carteras, pero sólo uno de los imbéciles se presentaría a declarar y señalarlo. La condena fue de 6 años. Al salir se fue directo a la Roma. Agarro a un idiota parado en un pórtico con un celular de los buenos. Consiguió casi 8, lo necesario para rentar un cuarto un par de meses, su vieja zona estaba en obras y casi demolida por lo que buscó nuevos aires. Encontró una colonia que parecía un agujero. Nadie sabía el nombre correcto y las calles a duras penas estaban iluminadas por las noches, no tardó en hacer migas con los recios de la calle. Lacras igual de insanas que él, capaces de vejaciones a todo aquello que tuviera vagina sin importar edad o condición social, a él no le gustaba violar, pero vio un par de situaciones y no actuó. No hizo nada, nunca lo haría porque eso significaría que alguien sentiría algo de alivio en la mierda de vida que debían todos de llevar. Aun así, seguían sin gustarle las violaciones y los vicios. Casi no tomaba y no fumaba. Le asqueaban las drogas y todo lo que tuviese que ver con “aditivos para el cuerpo” como solía referirse a todas las medicinas controladas que algunos ingerían.
La vio caminando, sola, era noche, pero no le importaba, o eso creía, lo cierto es que la mujer caminaba con celeridad y tratando de no aparentar el miedo, la avenida enorme pese a su correcta iluminación. Estaba solitaria, eran casi las 10 y los autos que circulaban lo hacían con excesiva furia, como tratando de llegar más rápido a su funeral, tal vez al de alguien más. Empuño la navaja, mientras se acercaba con mayor velocidad de lo que la chica podía avanzar, no le quedaba ninguna duda, el sujeto que se acercaba a gran velocidad tenía malas intenciones, justo cuando tenía a escasos centímetros de su mano el brazo derecho de la muchacha, sintió un terrible golpe en la espalda, la navaja saldría volando de su mano y la chica no se detendría, sino que esta vez echaría a correr con la mayor cantidad de fuerzas que pudiera reunir. Al momento se incorporó, lo vio. Era altísimo, le debía de sacar unos 10 o más centímetros, una autentica pared humana que también se incorporaba con mayor trabajo, no solo era la estatura o la complexión. Le sacaba unos 20 o más kilos. Sabía que en caso de cometer un error lo iban a hacer papilla. Se quedaron expectantes, el hombre instintivamente subió la guardia, él aprovecho para tirar un golpe con todas sus fuerzas a la boca del estómago, al tiempo que soltaba el otro puño directo a la cara, alguno de los dos terminaría por atinar. El hombre recibió los dos golpes lanzando un bufido ronco, como si le hubiese hecho más daño del que esperaba recibir. Estaba claro que no sabía pelear en lo más mínimo, eso no lo tranquilizo gran cosa, porque sabía que alguien así era muy imprudente y se lanzaría con todo a tratar de atinarle una andanada de golpes. Pero no se soltaba el otro. Se quedó con la guardia ceñida y expectante, donde debiese haber miedo y adrenalina desbordada solo había una cólera que subía y estaba a punto de ebullición.
Nuevamente dos golpes, estos directos a la cabeza, con la dificultad de que tenía que echar el cuerpo hacia delante y casi pegar un salto para atinar. De nuevo conecto y el rival retrocedió a la vez que pareció perder el equilibrio. Se alegró y supo que más que otra cosa, su enemigo estaba acobardado, que toda su fiereza tras lanzarse de la bicicleta lo había impedido a pensar que sucedería algo después de aquello. No esperaba tener una confrontación con una mierda, no esperaba siquiera que su acción sirviese de algo. Y fue allí cuando vio venir los dos nuevos golpes que iban de nuevo a su cara, a la región del pómulo y del labio. Soltó la terrible patada que atino en las dos de su atacante, lo trastabillaron y cayó, sintiendo el dolor de algo que podría sentirse como un bulldozer atacando sus dos muslos. Chocó con el piso de frente, al tratar de incorporarse con la mayor celeridad posible sintió que dos garras lo ceñían del cuello, no para ahogarlo o ponerlo en pie, sino como descubrió inmediatamente para aplastarlo contra el concreto, la sangre mano de su boca y nariz. El dolor aumento desesperadamente, como si cada segundo respirando fuese fuego. Sintió el segundo azote con la misma intensidad que si un martillo atinase a su parte frontal. De nuevo más sangre y justo allí dejó el dolor. Lo acompaño tierra adentro, como si todo su cuerpo estuviese hecho de dolor y sufrimiento, pero físico, como una constante explosión de agujas que se incrustaban en todas las partes del cuerpo. Quiso hablar, pero la cascada de sangre proveniente de su interior le hizo un nudo liquido en la garganta. Únicamente vio a lo lejos, como una mala sintonía de lo que sus ojos experimentaban, el momento en el que la acera se acercaba peligrosamente a ellos. La visión se fue a negro por unos instantes. Volvió a la par que el dolor y adrenalina que intentaba provocar un aneurisma. Pese a que no sentía del todo lo que estaba pasando, alcanzaba a distinguir que el lugar donde había caído se hallaba cada vez más lejano, lo estaba moviendo pensó, vio pasar a menos de 2 centímetros de su cara la navaja. Aquella que había usado, no le gustaba ponerse violento, pero a veces era necesario darles una calentada a aquellos que no cooperaban, 3 veces había picado a alguien, la primera a una chica que se resistió, le clavo la navaja en el brazo y se alejó corriendo cuando comenzó a berrear. Se asustó de tal manera que tardó casi 3 semanas en volver a la calle, la segunda y tercera fueron a hombres, trajeados ambos, uno en el abdomen y el otro en el hombro. En ambas veces obtuvo el botín; pero ahora la navaja iba quedando atrás, cada sacudida que le daba el hombre lo hacía más consciente, pero aquello no le gustaba, porque el dolor dejaba de aislarse y se convertía en un hormigueo violento para su cuerpo. Vio el amarillo del inicio de la banqueta antes de comprender por qué había dejado de sentir dolor.
SR verano 2017.