Tenía el esqueleto de 27 historias, la mayoría una sarta de mierdas en las que definitivamente no gastaría más horas o minutos o semanas tratando de encontrar las palabras idóneas para hacerlas funcionar. ¿Acaso tengo la necesidad de que funcionen todas? Lo dudo, la mayoría son fantasías ególatras que alguna vez desee vivir. Me sentiría mejor si una de ellas tiene el espíritu suficiente para hacerlas parecer a las demás como ciertas. Algo, una condenada rata verdadera, un salto de cama necesario para evitar el desastre, la luna eterna que se cuela por nuestras narices. Todas aquellas ideas que nacían y fenecían mientras devoraba litros de alcohol, convertidos ahora en pequeñas limosnas que suelo otorgarle al hígado, como si no fuese suficiente la forma, como si todo aquello que deseaba de niño se hubiera convertido en una pesadilla infinita. Recorro el pasado con el mismo sigilo que un gato en espera de la muerte. Todos lo estamos.
Esta historia no nace al amparo de una anforita, o una lata de cerveza, carajo ni siquiera de un pulque. No, nace en una botella gigante de agua. Carajo, hasta eso suena estúpidamente aburrido, nada bueno puede surgir de una botella de plástico corriente cuyo contenido es el líquido insípido. Aunque probablemente tenga que ver porque es igual de transparente en esa presentación que un condenado ebrio en las noches de serenata. Llevo muchas veces puesta la palabra noche. Tal vez porque son las horas idóneas para escribir una historia que ha comenzado con una botella de agua, y que de manera idéntica tiene necesidad por seguir viva. Igual que el resto, igual que todos. La vida misma.
Abro la ventana que da hacia el pasillo minúsculo donde un hombre desdentado fuma. Lleva años en la misma lógica, se ha vuelto uno de esos payasetes que tanto agradan porque siguen un patrón y evitan que nuestras manías y taras destaquen por encima. No es lo mismo que un tipo fume todas las noches tras quitarse la dentadura, mientras su esposa mea o caga en el wáter, a que un pelmazo se atragante con un pedazo de fruta. Alguna vez pasó, al tipo de enfrente; todos lo oímos, nadie hizo nada, todos lo vimos salir en camilla por última vez. Cubierto por una sábana blanca y la hija berreando, tenía 16, estaba bien. Le gustaba chupar las paletas de forma indecente, algunos viejos verdes nos encendíamos de verdad. Nos gustaba su forma de chupar, deseábamos que fuera así siempre y que llegara a los 18 lo más pronto posible, aunque realmente nadie estaba por labor de dársela, nos gustaba alimentar la fantasía. Pero ella se fue y llego un bastardo con problemas tempranos de alopecia, lleno de odio hacia el mundo y que tres veces madreo al fumador sin dientes. Dos de ellos se los había tumbado el desgraciado aquel, nadie supo por qué. No bebe, no grita, no maldice, pero es un hijo de puta que golpea ancianos que gustan fumar en el pasillo minúsculo que da fuera de mi ventana. A mí me respeta, sólo porque cree que le puedo tronar la espalda. Temo el día que se le quite el miedo y venga de frente, porque probablemente comprobara que como peleador soy mejor como escritor. A nadie le gusta el tipo, a mi menos, su madre está bien, se llama Laura, buenas tetas, de campeonato, era sobrina del muerto. Le gusta trabajar, le gusta no saludar. Se contonea mientras se aleja y pinta un dedo. Los viejos cerdos nos enamoramos de su trasero. Monumental, lleno de vivencias y al parecer celulitis. Amo la condenada celulitis, te demuestra que son culos dignos de voltear a ver. Que puedes vivir en él y pactar con satanás por él. Su madre está bien, le gusta la música de José Alfredo, a veces canto desafinadamente las canciones del maestro para que sepa que no le saco al sentimiento. Que el dolor y yo somos parte de la misma camada. No le caigo bien, no la culpo.
Abro la ventana que da hacia el pasillo minúsculo donde un hombre desdentado fuma. Lleva años en la misma lógica, se ha vuelto uno de esos payasetes que tanto agradan porque siguen un patrón y evitan que nuestras manías y taras destaquen por encima. No es lo mismo que un tipo fume todas las noches tras quitarse la dentadura, mientras su esposa mea o caga en el wáter, a que un pelmazo se atragante con un pedazo de fruta. Alguna vez pasó, al tipo de enfrente; todos lo oímos, nadie hizo nada, todos lo vimos salir en camilla por última vez. Cubierto por una sábana blanca y la hija berreando, tenía 16, estaba bien. Le gustaba chupar las paletas de forma indecente, algunos viejos verdes nos encendíamos de verdad. Nos gustaba su forma de chupar, deseábamos que fuera así siempre y que llegara a los 18 lo más pronto posible, aunque realmente nadie estaba por labor de dársela, nos gustaba alimentar la fantasía. Pero ella se fue y llego un bastardo con problemas tempranos de alopecia, lleno de odio hacia el mundo y que tres veces madreo al fumador sin dientes. Dos de ellos se los había tumbado el desgraciado aquel, nadie supo por qué. No bebe, no grita, no maldice, pero es un hijo de puta que golpea ancianos que gustan fumar en el pasillo minúsculo que da fuera de mi ventana. A mí me respeta, sólo porque cree que le puedo tronar la espalda. Temo el día que se le quite el miedo y venga de frente, porque probablemente comprobara que como peleador soy mejor como escritor. A nadie le gusta el tipo, a mi menos, su madre está bien, se llama Laura, buenas tetas, de campeonato, era sobrina del muerto. Le gusta trabajar, le gusta no saludar. Se contonea mientras se aleja y pinta un dedo. Los viejos cerdos nos enamoramos de su trasero. Monumental, lleno de vivencias y al parecer celulitis. Amo la condenada celulitis, te demuestra que son culos dignos de voltear a ver. Que puedes vivir en él y pactar con satanás por él. Su madre está bien, le gusta la música de José Alfredo, a veces canto desafinadamente las canciones del maestro para que sepa que no le saco al sentimiento. Que el dolor y yo somos parte de la misma camada. No le caigo bien, no la culpo.
La mujer del desdentado tiene dos amigas, señoras bastardas y cabroncetas que gustan de sentirse idiotas, mientras degustan el chisme de la zona; dicen, con justa razón, que si quieres saber que pasa en el mundo lo único que debes hacer es buscarles. Arpías con pelucas o imitación de tales. Las quisiera ver arrolladas por un autobús, o que se cayesen por las escaleras del edificio al que pertenecen. Típicas brujas que debieron matar al marido y los espermas que las debieron preñar. Pero da gusto saber que no dejaran descendencia, cualquier cosa que venga de ahí seguramente estaría maldito. La mujer que las reúne es un poco menos idiota, pero no por mucho, le gusta sentirse mejor que el resto, a veces la sorprendo robando los recibos de los demás, sólo para enterarse de sus deudas, luego regresa los documentos con el sobre abierto y se justifica arguyendo que no traía lentes cuando les abrió. La bastarda conoce mejor que nadie la situación económica de todos, ni el puto banco lo puede conocer tan bien como ella. Usa dos bifocales que le compro al hijo de puta de la esquina, le gusta endeudarse y siempre quejarse cuando le cobran, el tipo es igual, aunque pensándolo bien, no conozco a nadie que amablemente acepte pagar sus deudas. ¿A quién le gustaría? Bueno, hace años conocí a un tipo que sí, que le gustaba pagar sus deudas y las sentía como una acción de honor, estúpido, como si gastarte una pasta en pendejadas fuese digno de admiración. El bebía al ritmo que yo, de hecho, era mal bebedor, porque nunca se perdía, lo llegaba a encontrar sumido en sus pensamientos, con lágrimas al borde y llenando una estúpida escupidera que evitaba que vomitara. Era bueno para eso, jamás lo vi vomitando y eso que ganas y ocasiones no faltaron. El tipo era bueno, pero muy pendejo, todos lo timaron y el prefirió quitarse la vida, se colgó de un puente. Se acabó el muy idiota. Así era él, pero eso es tiempo pasado y no tiene nada que ver con esa mujer que es chismosa, que tiene un perro estúpido y unas amigas idiotas.
Vivo solo, no necesito favores de nadie, durante años viví con una mujer, una autentica santa, mi madre la odiaba por ello, me quito el alcohol, me alejo de los agujeros, me saco de la sarna, pero le pague con odio. No la entendí, no la pude amar, y ella se fue marchitando y agriando en su carácter, podía verlo claramente, como cambiaba su rostro cuando cruzaba la puerta de este lugar, su chispa se extinguía y se convertía en una sombra, nada que ver con su belleza o con su ingenio, pero todo se iba perdiendo, me sentía como un condenado agujero negro que le robaba el alma. Lo era, lo sabía y lo aproveche para hundirle, la conocía de antemano y sabría que se quedaría, no podría dar todo y luego irse. La corrí, la avente por una escalinata de piedra, no le pedí nunca disculpas, no supe cuando llegaron sus hermanos, la golpiza me dejo con una pierna coja, sabían los hijos de puta donde golpear, ella los instruyo, ella los mando con aquella ira desbocada, logre soltar dos golpes antes de que mi rodilla fuese a piso, nunca más me levante ante ellos. Los volví a ver un par de años después, buenos hijos de puta que siquiera me guardaban rencor, porque sabían que era un pobre diablo, me invitaron unos tragos, mezcal para ellos, yo con ron y agua mineral, era lo único que no me dejaba convertirme en un estúpido. Los tuve que acompañar a vomitar, uno de ellos se metió con un choto, creo que ahora está preso. Hace años que no sé de ellos, la familia que destroce, porque de forma alguna me culparon de ello, me culparon de ser peor que el diablo, peor que el infierno, el condenado hijo de puta que destrozaba vidas. No los culpo, la mujer tenía todas las de perder, la vida la jodió conmigo, pero sus hermanos me jodieron a mí. La rodilla aún les recuerda.
Cuando ella se fue, me quedé dando tumbos, nadie me contrataba, todos me huían, mi madre me dio una suerte de pensión, sólo para que no me hundiera, pero nadie o nada podían con la depresión que cargaba; decidí hacer lo correcto: un cinturón y colgarme. Pero no pude, al final gano el juicio común y me convertí en un espectro de alguien. Lleno de odio, lleno de rencor, aunque nada de ello era nuevo, lo más probable es que así fuese desde siempre, o al menos desde que conocí a un niño lleno de pecas, lleno de sueños y luego ese bastardo se murió, sumiéndome en una condenada depresión que todo lo arrastra, que todo lo condena.
SR Marzo 2018