No sé el número exacto de escalones, quizás 8 o 9 por cada rellano, donde hay dos rellanos por piso. 11 de ellos, a nadie le gusta trabajar tan alto, pero a veces es necesario para tratar de cambiar el mundo. No soy la mejor ni mucho menos, acaso soy un pedazo de todas las demás, de todos y cada uno de los que nos rodean. Eso somos, pequeños fragmentos de las ideas de otros. Pero con mis casi 50 años ya no hay mucho que esperar, acaso el retiro y la vejez con los nuestros. Se me hacía imposible a veces recorrer más allá del piso 7, se lo dejaba a las nuevas, a las que tienen todavía sangre y lágrimas que llorar, pero el sudor es prioritario en una profesión como esta. ¿Seré acaso de las más longevas? Mari tiene casi mi misma edad, pero no ha estado aquí tanto tiempo, nunca sabré la historia completa de esa mujer, no porque no me la pueda imaginar, sino porque a veces se pasa de misteriosa. Sigo bajando, el condenado número en letras rojas dice 6. Me faltan todavía bastantes, como he reclamado que vengan a arreglar el elevador, casi dos semanas sin que funcione correctamente, pero alza la voz un poco y te castigan.
-le tocan dos semanas nocturnas.
Seco y sin aventar agua primero, el mendigo de Rubiales le dio la orden a Carmelita. Me odia la muy arpía, me odia a muerte porque los doctores me hacen más caso a mí que a ella. Pero la desdichada se alió con Rubiales y me pasaron a fregar. Dos semanas en la guardia, ¡a mi edad! Debí hacerme la fuerte y renunciar, ya de todos modos quedan muy poquitas de aquellas buenas mujeres, la mayoría se ha ido retirando, cansadas de la sangre y los enfermos.
Se me olvidó decirle a la nueva que le retire la sonda al señor González. Pobre, lleva muchos días ya en la misma, nadie sabe que tiene, parece que se va marchitando día a día, como sus visitantes, como sus acompañantes, nadie resiste, nadie puede saber las horas que alguien puede aguantar el dolor. Luego resistir las sillas incomodas o los quejidos de los compañeros de cuarto. Quien pueda soportar que a media noche dejen de sonar ciertos aparatos porque alguien ya no pudo resistir. De verdad, ¡cuántos escalones!
Del otro lado de la pared con el numero 5 están en la última ronda antes del cambio de turno, allí debería estar, pero ya me dio hambre, no es fácil romper la rutina de desayunar a las 5, 20 años llevo haciéndolo, y unas semanitas no me lo van a quitar. Así se lo dije a Susana, chica linda, se va a casar con un muchacho de San Luis, creo. Ojala pudiéramos ir todos, pero ni aun cuando se detuviera el mundo podrían faltar tantas enfermeras y doctores. Creo que el Doctor Carmona le raspa a la pista. Así dijo la vez que lo cacharon con una música tropical en su despacho. No me gustan los sitios como este, siempre parece todo tan endeble, como un cartón pintado de blanco. Pero creo que lo que menos me gusta es la cantidad de doctores, siempre hablando como en cantina. Escandalosos y vanidosos, hace años no les hubieran dejado que se expresaran así. No me tocará ir a la fiesta de Susi, pero le voy a mandar con doña Soco una plancha. Todo matrimonio que se jacte de duradero empieza con una buena plancha, nada que una blusa o pantalón bien planchado no arregle.
Debería hablarle a Gonzalo, estoy segura que lleva estas dos semanas despertándose mal, si a mí me cuesta acostumbrarme a esto, no me quiero imaginar al pobre viejo. Con todo y que le dije a Juanito que me lo despertara antes de irse a la escuela, no confió en ninguno de los dos, seguramente se están tapando para que no me entere, pero el condenado viejillo me va a escuchar. De Juanito ya no me asombra nada, tres años estudiando para Doctor y de repente va y dice que ya no quiere, que le gusta la literatura. No sabe que de eso nadie vive. Las mejores calificaciones y va y las tira por leer a esos rojos. No le sirvieron las veces que su papá le hablo de los muertitos del 71. O como varios de sus amigos fueron desaparecidos en la sierra. A él no le gustaba la grilla y prefirió salirse antes de que todo se fuera a la… bueno, ese Juanito ahora trae el pelo largo y la barba mugrosa, mi viejo estaba furico. Le dejo de hablar un par de meses, pero al final son iguales, un par de liosos con alma noble.
Ya el 4 y aquí fue donde el condenado de Luis dijo que se le apareció aquella mujer, hermosa y triste, ¿No son así todos esos condenados espíritus? Pero, bueno, ese Luis no es el más fiable, si su hermano le ha sacado canas verdes a Gonzalo, Luis se pinta solo. Cuando iba en la secundaria me acuerdo que me pase más horas en las juntas con el profesor que con nadie más. Y ahí tan campante, como si el mundo fuera suyo. Les dije a todos los profesores que tenían bola blanca para castigar, pero nadie fue más allá de unos tizazos y unos coscorrones, pese a todo era un caco sinvergüenza pero muy simpático. De esos muchachitos que te les quedas mirando embobada, mientras observas como se roba unos bolillos o alguna fruta. Una sonrisa maravillosa y llena de picardía. 7 novias que le he conocido. Un total despropósito, su papá orgulloso, pero de repente le digo que no sería tan feliz si el condenado embaraza a una de esas muchachillas. Entonces si va a estar bueno. Que le consienta tanto, que sea su alcahuete. De todos modos nunca encontramos nada del espíritu, seguramente que se la imaginó. Dicen que “la planchada” es real, pero en todos los años que llevo aquí no la he visto. No me gustaría por supuesto, pero por lo menos así le daría un voto de confianza a ese condenado.
-¿quieres un tamalito Elenita preciosa?
-no Jacintita, ¡un café mejor!
-no Jacintita, ¡un café mejor!
Siempre con su café, si por ella fuera cambiara todo el refresco por café en el mundo entero. La pobre no quiere nunca subir más allá del 3º, dice que tiene vértigo, le creo, aquella vez que nos fuimos con las de intendencia a la latino, se estaba muriendo, aunque aguantó estoicamente, pero si sufrió mucho la pobre. A ella la conocí cuando inauguraron el piso de maternidad. Le gustaban mucho los niños, pero subir hasta el piso 6 solo para cargarlos y mimarlos era más de lo que podía esperar. Se parece a mí Trini, siempre jugando a las muñecas desde niña, ya es una señorita ahorita, pero como le gustan los bebés. A veces le digo a mi viejo que hicimos mal, y que a ver si no le hicimos un mal, por andarle metiendo desde niña los bebés. Vivimos con ese miedo, pero que podemos hacer. Por ahí andaba un muchachillo que le andaba hablando en las tardes, se pasa las horas pegada al condenado aparato. Al rato se le pasa el gusto, porque quisiéramos que termine la prepa mínimo. Aún está muy chica para que piense en la familia, salió muy buena para la escuela, mejor que los otros dos, pero me da miedo que se le alborote todo, ya una vez le chiflaron por usar esas faldas cortas. Me recuerda a Zulmita, ella era muy buena para las inyecciones, juraría que nació con una jeringa bajo el brazo, encontraba la vena en milésimas y ni que decir que nunca nadie se quejó por su mano. Pero Zulmita se casó con ese taxista y se fue a tener hijos a Pachuca. Todavía me manda de vez en vez con su mamacita unos pastes.
Quisiera que me dejaran de planta en el piso dos, todo esta tan tranquilo todos los días por aquí, que se parece un poco a una catedral, lo malo es que desde que llego Rubiales ya nadie puede permanecer en un mismo piso o área, todos los días es subir hasta el cielo y esperar a que su majestad se digne a asignarnos roles. A mi edad, y con esos guiños.
El ventanal que da hacia la avenida a veces pareciera que está vivo, con sonidos propios, sé que suena a superchería, pero así lo parece, aunque solo lo he escuchado un par de veces, tan rápido y fugaz como si no hubiera estado ahí, después de todo no tengo tanto tiempo libre ahora como en el día, siempre hay que estar checando a los pacientes, cambiar catéteres, acomodar almohadones, ver que esos condenados no sufran tanto. Me gustaba la época cuando me sentía un poco más vivaracha, tenía energía para ver aquí y luego irme a la casa con los muchachos y el viejito. Cuando llegaba muerta pero con la alegría de ver a los niños correteando por ahí. Voy pensando en ello, y en el tamal de rajas que me espera, que ansió con la misma fuerza que puede sentirse cuando pasan los de volteo en la avenida. Desde que están levantando una obra a la vuelta en Reforma, se llena esto de pequeñas vibraciones cada que los camiones avientan carrera o lamina. Lo bueno es que ya acabo el martirio de estar bajando escalones, la puerta únicamente me separa del día.
El aire matutino me llena de chapas las mejillas, pese a todo no hace tanto frio como cabía esperar, pero a veces pasa que sientes bastante el cambio de temperatura. Voy tallándome un ojo, la noche todavía me pasa factura. Le doy los buenos días a Doña Jesusa, desde que llegamos aquí hace varios años, ella ya estaba aquí. No alcanzó a decir más nada, ni el pedido, ni la contestación a su pregunta, el suelo me levanta lo suficiente para que caiga desmadejada. No soy la única, por lo menos unos 20 hombres y mujeres están igual; aquí viene la reacción, nada se queda en pie. Nada. El edificio de donde acabó de salir chirria, en seguida todo se va a blanco enceguecedor. Un ruido como un condenado silbido permanente me llena, donde antes había un día que comenzaba a solear, hay neblina. Muy densa, toso, o eso creo porque en realidad no escucho ni siento nada. Por allí se ve algo moviéndose, en medio de lo que parece un remolino de tierra que no desciende para nada. Es un hombre, creo, la sangre le mana de la cabeza y toda su ropa debajo del muslo esta deshecha, bañada en sangre. Su camisa es una mancha terrible, no va a salir con nada. Me niego a creer que sigamos vivos. Lo sé, estoy muerta y no fui lo suficientemente buena para que me reciba el cielo. Doy dos pasos en falso, como si me negara a avanzar por el miedo que me provoca comprobar todo esto. Que no sea verdad, que me haya quedado dormida en la guardia, me sorprendo pensando, creyendo que en realidad alguien puede pensar eso en momentos así. Mis oídos zumban con menor intensidad, pero sigue ahí, no me deja entender nada, miro mis manos, llenas de suciedad, con múltiples cortadas aunque ninguna de consideración. Unos dos metros a la derecha distingo algo abollado, un bote inerte. De latón, lleno de suciedad, rodeado de cosas que nadie fuera de un quirófano debiera ver. Pero está mal, no debería haber un pie ahí, no así solo, no sin un dueño, un pie de mujer, de mujer anciana. Pero ¿quién nos mató? ¿Quién fue? Ahí había un edificio. Ahí estaba mi edificio. Vengo de ahí, estoy ahí. Dos montones inmensos, llenos de suciedad, apenas somos unas pequeñas manchas a sus pies, pero debiera tener forma, ahí había un maldito ventanal que cruje, ¡un maldito ventanal! No esa pared hueca que abarca cientos de vidas. No ese agujero inmenso de donde salen miles de sustancias vertidas en un instante. Hay dos hombres que gritan algo, con desesperación, sin contener al mismo tiempo el llanto y el miedo. Eso huele. Hay miedo en sus rostros, comienzan a quitar piedras a lo tonto, como si dos piedritas que caben en sus manos hicieran la diferencia. Abro la boca para gritarles algo, pero no sale nada, no hay aire, no hay fuerza, solo un grito desgarrador que los aparta por un segundo de su tarea inútil, nos vemos con miedo, con un jodido miedo que nos paraliza por unos segundos, hasta que una piedra particularmente deforme se mueve y le pega a uno de ellos en el pie, lo trastabilla y eso rompe el encanto, vuelve a buscar entre las piedras, veo cada vez más gente que aparece de aquí y allá, con miedo, con un miedo que te carcome las entrañas, comienzan a gritar y a buscar hacer palanca para mover las piedras que sus manos torpes les permiten. Y entonces me giro, y allí donde debiese estar el futuro solo hay muerte. Demasiada muerte. Zapatos, ropa, cosas que nadie esperaría ver tirados a esa hora de la mañana, están ahí, como si el dueño los hubiera abandonado a propósito. Un hombre llega en una camioneta con un gancho y trata de juntar a otros para que lo ayuden a enganchar uno de los enormes varillajes que salen de una columna torcida. Tal vez si estoy muerta, debiera serlo, pero el dolor creciente en una de mis rodillas me empieza a inquietar, pero lo que de verdad transforma el miedo en terror es que estoy empezando a comprenderlo todo.
Sigo viva, seguimos vivos todos los que estamos aquí, allá dentro, de toda la cantidad de escombros que fueran vidas, están atrapados, algunos gritan, algunos lloran con un desgarro que te rompe, ya estamos rotos, pero igual cala. Replicas, se hunden varios pisos más, las sirenas de todos los vehículos disponibles suenan, la gente se baja de los autos para ayudar, con las manos peladas, con un calcetín de un color y de otro, algunos con la cara de un susto que los ha terminado por despertar si no lo hubiera hecho lo que acaba de pasar, madres que imploran por sus hijos, padres que tratan de romper el concreto con sus puños, se organiza como puede alguien para ponerle sabanas y cobertores a todos aquellos que van apareciendo sin vida. Sigo temblando pero el horror me impide seguir impasible, quiero correr a un teléfono público para llamarle a alguien, ¿a quién? Mis hijos probablemente estén en las escuelas, mi viejo en el trabajo. ¿Realmente lo están? ¿Siguen vivos acaso? Una compañera del turno matutino llega tras dos horas de infierno, dice que la ciudad está colapsada, parece que todo se cayó. Quiero huir, quiero correr a ver a mis hijos, quiero hacer todo y atino únicamente a buscar un botiquín que alguien trajo, pongo un par de gasas a un hombre que requiere una cirugía o perderá el brazo, se le oye quejarse, llorar y rabiar, su esposa y su hijo recién nacido estaban dentro, todos estaban dentro, la vida estaba dentro. Aquí solo hay muerte y caos. Nuevas palpitaciones que arrecian el llanto, la mugre, el miedo. Todo es un jodido caos. Mis hijos. Mi esposo. Quizá vivan. Quizá ya este muerta, nada me garantiza que no esté bajo toneladas y toneladas de concreto y varillas. Desearía estarlo, así todo se hubiera acabado y no estaría en la incertidumbre, pero aquí sigo, tratando de auxiliar en lo que puedo, en lo que sé. Algunos no llegaran más allá de la noche, otros ni al atardecer. No hay suficientes doctores, no tenemos suficientes manos. Quisiéramos multiplicarnos hasta decir basta. Hasta reemplazar a todos aquellos que están allá adentro, pero nos toca ver el horror, de vez en vez sale alguien con buenas noticias, gente que se encuentra, gente que se abraza. Muchos más lloran.
SR marzo 2019