lunes, 15 de octubre de 2018

Pequeños triunfos en la vida de un borracho

No tiene ninguna sensación. Ni agradable o desagradable. Podría estar sentado sobre un bloque de hielo y aun así no sentirle. Vive encerrado dentro de esa silla de ruedas. Silla de ruedas. Silla de ruedas. Confinado por creerse con la suficiente capacidad moral de dejar de beber. Si, tan irónico como pueda ser que el hombre dejase de beber justo un par de meses atrás. Cuando aún sentía un poco de emoción por la vida, la emoción producto de sentir como se iba perdiendo en las rémoras de su mente. Atravesando desiertos o llanuras infinitas, pero apenas siendo consciente de ello, nada se lo regresara, parece que incluso la imaginación se ha ido, lo abandono, igual que él hiciera con el alcohol meses atrás. Cuando se creyó mejor que sus eternos camaradas, los cuales lo vieron como un completo imbécil, así había sido la última vez, hasta que los volvió a ver con sus ojos eternamente rojos, y las narices picadas por las enfermedades de la juventud y la mala circulación producto de beber, de siempre beber, ellos si era alcohólicos empedernidos, a él únicamente le gustaba perderse algunas noches, muchas más de las que le aconsejaban los doctores, o su propia familia. Pero todo eso se había marchado, ido y ahora estaba confinado a un entorno eterno, lleno de sus propios miedos, incapaz siquiera de terminar con su vida o expresar que alguien más lo hiciera. Lo había suplicado con la mirada, llorado y mostrado los síntomas inequívocos de alguien que desearía que todo acabase con la misma celeridad que lo había embestido aquel camión en aquella mañana. Siquiera sintió el golpe, todo acabo en negro y cuando quiso pararse para ir a orinar, sintió el metal en su pene, la ingrata comezón que le impedía ser rascada, la desesperación de saber que así sería de aquí en más. Porque alguien le hizo creer que sería mucho mejor persona si dejaba de beber, si olvidaba lo bien que se sentía por aquellos instantes en que se perdía en el alcohol, o las borrascosas mañanas invernales cuando se despertaba en medio del frio para ir a defecar u orinar. Cuando le iba bien, cuando aún podía controlar los esfínteres y no tenía que estar sujeto a que alguien más lo hiciera de mala manera, que lo viera como un condenado bulto y sólo porque a su madre le pareció más cristiano dejarle vivo. No tuvo los cojones para pedir que alguien le asfixiara por la noche, o que lo aventase en medio del mar y perderse, al menos ahí sería feliz sabiendo que todo terminaría en cuestión de instantes. Aquí no puede hacer nada, está sujeto a una silla de metal que se mueve dos veces al día, la primera para sacarlo al sol, la segunda para regresarlo a su lugar, luego lo desamarran y lo acuestan, las lágrimas no son tan profusas como para ahogarle mientras está ahí, inerte, carente de la suficiente movilidad para terminar con todo. Para enmendar el error cometido cuando aquella tarde dejo de beber, cuando se sintió profusamente agradecido con la vida por darle una segunda oportunidad sin saber que esta se iba a cobrar con creces aquella chanza. Lo dejo en el peor modo posible de existir. Ni una planta era tan innecesaria en el mundo como él. ¿Porque no le dejaban morir? ¿Porque seguía sujeto a esa silla de ruedas que estaría mucho mejor con algún bastardo o bastarda que tuviera la suficiente materia gris para desear estar incompleto en un mundo que ansiaba la perfección o el cinismo necesario para que no se notaran las falencias humanas? Les odiaba a todos desde antes, mucho antes del accidente o del golpe o de dejar el alcohol, se estaba matando a su ritmo y lo peor que podían hacerle era quitarle aquello. No necesitaba sus condolencias o las muestras de lástima que día a día recibía por parte de aquellos que se sentían culpables por dejarle vivo. Veía a su madre y le odiaba y deseaba que ardiera en el infierno, ese mismo infierno que él estaba padeciendo allí, atado a una silla de ruedas, llena de todo ese odio insano hacia la persona que él más había querido antes, cuando le robaba un poco de dinero para comprarse una botella de destilado, o unos cigarros sin filtro que le acercaban más a la tumba que deseaba estuviera desierta, porque su intención era quedar tirado en algún paraje desconocido sirviendo para alimento de animales salvajes que hicieran mejor uso de su cuerpo que el mismo. Todos los días pedía al cielo, al infierno, a las estrellas, que algo lo matase; un terremoto, una falla eléctrica, una explosión o la falla cardiaca. Pero no, seguía ahí, secuestrado por el infinito y pagando las deudas de su osadía a creerse mejor que otros, a tener la suficiente fuerza de voluntad para dejar el alcohol. Y señalarlo cada que era posible en una hoja, un punto por cada día que había vencido la necesidad y el sentir de la abstinencia, no importando que hubiera subido de peso, no importando que odiara con más intensidad al mundo, estaba ahí, pulcramente anotado en una mesita cercana a la silla de ruedas, riendo desde inmovilidad, asemejándosele a lo que era él ahora. Un pedazo inerte que esperaba que el tiempo le borrase el contenido.
 
El sol se colaba por las persianas todas las mañanas.
 
SR Invierno 2018

martes, 2 de octubre de 2018

Excusándome en el peor momento posible


La planta

Me recuerdas poderoso, casi un místico que a todos les despertaba y les corroía la envidia con solo imaginar la gama de posibilidades que tenia de frente, que ellos creían que poseía. Nunca me atreví a desmentir esa creencia, lo sé, fue un error básico porque les permitió ensoñarse con un futuro que irremediablemente no está ahí, que es muy factible que jamás exista y que de alguna manera me he encargado de que así sea.

He vuelto a caer en el viejo tema, en el pasado inconexo con puentes de palabras rebuscadas que terminan por definir el presente, de amoldarlo a lo que siempre he construido como tal, no hay nada que lo sustente, no hay memoria en él porque es falso y probablemente un recuerdo que mañana sea destruido para forjar el nuevo presente; ese es el que espero que valga para algo, para nada tal vez, como saberlo si rara vez sé que es lo que pasa alrededor mío. Aquí colgado de este cenicero lo sé,  me imagino el futuro como algo improbable, como algo que a simple vista nunca va a llegar y que en el fondo todo va a colapsar. Momentos pasados que vuelven de acuerdo a lo que siempre he creído que va a volver, en cierta forma lo he sabido de siempre, y sin embargo, me contengo, me diluyo con la misma facilidad con la que abrazo los consabidos temas de miedo y locura. Temo tanto perderme en ellos que simplemente abro el grifo de vez en vez, no lo mantengo constante porque probablemente me perdería con la misma facilidad con la que he entrado en los terrenos desconocidos. 

¿A dónde iba esta historia? Probablemente a ninguna parte, como la gran mayoría, pero tenía un marcado sentido de la derrota, como solía pasar antaño, cuando no temías empaparte de ella para sacar adelante las cosas, la negra noche te cobijaba al lado de un trago de alcohol o un cigarro de marihuana, curiosamente no escribo cosas sobre ella, casi nunca; porque me deja en un estado de ingravidez tal, que me es más sencillo dilucidar hacia dónde va el ser humano que soy, pero sin plasmarlo, solo saberlo y eso me basta. Hace años deje inconclusas muchas cosas, sumido como estaba en los viajes por todo el país, hundido anímicamente porque me encontraba peleando siempre contra los demonios y agazapado en espera de que todo fuera a mejor, aunque bien sabía que no iba a lograr nada con ello. Comencé a escribir historias que no tenían una lógica, acaso vaciar la porquería que traía dentro, pero eso también es de sumo conocimiento por todos, luego avancé y creé historias sobre cosas que veía, lo cual he ido abandonando porque soy un mal padre, descuido todo. Lo dejo enterrado en un panteón de olvidos, junto al resto, como todo. La noche no es más una aliada para intentar avanzar sobre las historias que veo o conozco, al revés, se ha vuelto su enemiga porque caigo furioso en los sueños que antes no tenía, que no necesitaba. 

Perdí el hilo conductor, inmerso de nuevo en esta tragicómica idea de que basta mantener una delgada línea que permita esbozar gritos y llantos por igual, por donde antes corrían historias de todo tipo. No tengo un límite para congraciarme; por ejemplo, puedo hablar de las historias de ese hombre que lo ha recorrido todo por la escena nocturna, pero algo me detiene; he visto sus ojos, cansados, llenos de tristeza o tal vez de una melancolía que se cree incapaz de abrazar porque ya no es época, que retaca sus posesiones porque a lo mejor le recuerdan algo que perdió o que siquiera ha sabido que existía; pero ¿dónde comienza su historia? ¿Quién era antes de que apareciera en mi cabeza? Con sus canas, sus ojos perennemente tristes, su rostro antaño bello, surcado por el paso de los años y las dolorosas lecciones de una vida dura que no a todos les llega. Algunos simplemente van tirando, esperando que todo acabe y que esto suceda de una manera sorpresiva. El hombre tiene casi 70, le fallan las rodillas y ha trabajado de todo un poco. Ha bebido lo necesario para saber que una sola gota de alcohol lo puede arrastrar de nuevo, atraerlo hacia la oscuridad de la que cree por momentos que ha escapado, pero nadie lo hace; al final todo te reclama hacia abajo y ahí vamos a acabar todos. Viste siempre con la pulcritud de un hombre que ha podido poseer al mundo, pero las malas elecciones lo arrastraron hacia la pobreza, no total, pero vive al día; vive de aquello que puede considerar como un mero sueldo para ir viendo noche a noche. Lo sabe y eso no lo derrota, al contrario le gusta la idea de ya no tener más. Pero, aun tiene un encargo, aún tiene una cosa que hacer y es mantener la cordura el tiempo suficiente para seguir vivo, ¿Cuánto tiempo? No lo sabe, no lo quiere imaginar, no le pasa por la cabeza, igual son meses, igual es una considerable cantidad de años. El hombre tiene la suficiente fuerza mental para no dejarse caer, pero al mismo tiempo conoce sus límites, es consciente de que la marea negra cada vez está más cerca. 

¿Lo conozco? Claro, lo he visto un par de veces, siempre viene a pedirme un par de toques, se los doy, no soy mala persona; le he obsequiado cosas que nadie más le daría por el simple hecho de que nadie más lo quiere hacer. No es altruismo, es simple y llano conocimiento de la hecatombe en la que podemos caer si nos dejamos arrastrar, pero él lo sabe de antemano, por eso sigue tirando; sigue haciendo de tripas corazón mientras le pega unas caladas a aquellos churros que le he regalado, le gusta perderse en las ensoñaciones de la marihuana, lo considera casi un acto de magia, por unos instantes se olvida que tiene que seguir pensando en el porvenir y se deja ir en la cascada de sentimientos que le despierta el contenido lujurioso de esa planta. Antes no le gustaba, no le aliviaba ni los dolores, ni la tristeza; ahora simplemente le da igual, porque ha probado que no es lo mismo que el alcohol, no lo es. Me digo tal vez para creérmelo, pero así lo siento. Nada le gana a esa sensación de vacío, y el viejo lo sabe y lo agradece; vaciar la mente mientras el día avanza lento, mientras las nubes se mecen quien sabe cuántos kilómetros por encima de nuestras cabezas y esperamos que la noche llegue, él para seguir soñando con una vida que no fue, yo para escribir letras que no van a ninguna parte y no hablan de nada en particular, pero siempre están ahí, acechantes a lo poco o mucho que le deje la planta por hacer; porque ya quedo demostrado que mis historias y la marihuana están totalmente peleadas con las ensoñaciones que puedan despertarse. El viejo también se ha graduado en ello, le gusta la idea de seguir siendo funcional, salvo el par de horas en que la yerba lo arrebata de la realidad.

¿Quieres cambiar la forma ahora? No basta, no hará ninguna diferencia, comenzaste hace años a escribir esto y lo has dejado mucho tiempo de lado, no pudiste detenerte en todos los puntos y comas que has esbozado, para elaborar otra vez una historia que deja a la mitad todo lo que quisiste decir, pero que al final lleva a una enseñanza: los golpes en el teclado, el hacerlo de manera continua, por casi 20 o más minutos, te llenan, te conectan con esos pequeños pozos de locura que durante años te has atrevido a insinuar, no pido demasiado a la vida, quiero que sigan las cosas de la manera en que las he hecho, pero al mismo tiempo me convenzo de que no durara, nada es tan eterno como para dejarme ahí, libre y escribiendo historias sobre la vida misma y el dolor de un hombre que se acerca a los 70 y ve que la única alegría que le queda son esos pocos instantes en que se abandona a toda experiencia. Eso, y que le gustan los gatos que lo visitan a diario. Todos deberíamos ser felices con ellos.

SR Octubre 2012- verano 2018