miércoles, 4 de diciembre de 2019

Lina

Ella dijo “no”, con toda seriedad, dejando de sonreír por unos instantes, mientras todo a su alrededor parecía que se congelaba. El tipo se quedó con la mirada perdida en algún punto de las estrellas, sorbiendo su desgracia. Raúl Campos no era un hombre que hablara mucho, vamos ni siquiera era capaz de expresar dos ideas juntas sin antes tomarse su tiempo para pensar lo que diría a continuación, cada conversación pasaba por un ajedrez mental, a veces fortuito, a veces decepcionante. Bajo la cabeza y se quedó mirando el pasto que crecía a desigual manera en la extensión de tierra en que se encontraba de pie, roto, sin alma ya. La chica camino rápidamente fuera de su órbita, alejándose cada vez más no solo físicamente sino astrológicamente, el sabia de eso, había estudiado por años los astros y las estrellas en espera de que le indicaran el momento propicio para encontrar a su alma gemela. Creyó –erróneamente- que esa noche era la indicada. 
 
Caminó hacia su compañero de juegos, de hazañas y mujeres de otras épocas, Manuel González se encontraba sentado en el capo del auto blanco perla, no sonrió cuando vio aparecer a Raúl, pero sabía que su amigo había vuelto a fallar; destapo una cerveza y se la extendió mientras él buscaba en la hielera otra igual de fría. No hablaron durante casi ¾ de hora que estuvieron allí al lado de una camioneta pick up negra, Raúl tenía el nudo en la garganta y la cerveza ya tibia en la mano. Su compadre encendió el auto y ambos se  acomodaron en el sillón largo y polvoso que había visto sus mejores épocas hacía muchos años. Arranco Manuel y se perdieron en la noche polvorosa.
 
Viajaron en silencio con las estrellas mudas testigos de la situación incómoda, el bum-bum del vehículo rebotando en cada uno de los baches cubiertos por la tierra y demás manchas de suciedad, no había más que hablar, el volante oscilaba cada tanto sin llegar a ser un problema para la pericia de Manuel; aún tenían que trabajar, que más deseaba el conductor que la noche se hubiera podido acomodar para que terminaran en algún antro de la carretera celebrando que la mujer le había dado el sí a su compadre. Pero no, las habilidades de Raúl no llegaban a tanto, parecía que todo lo bueno que les había ocurrido en el jale durante los pasados dos años, repercutiera inmediatamente en el aspecto amoroso del hombre que iba sumido en los pensamientos más funestos. No lo entendía, no podía comprender que sus predicciones y vaticinios fueran erróneos de nuevo. No con ella, ya había anticipado cualquier problemática, pero no contó con que ni siquiera le aceptara las flores. Las cortó el mismo, las arreglo con esmero y no dio resultado alguno, ¿Qué había salido mal? ¿Qué cosa tan grave había cometido para no poder remediar su soledad?
 
La noche estaba silenciosa a su alrededor, unas cuantas sombras se movían en la oscuridad, imperceptibles para los dos hombres, la camioneta seguía de frente por una brecha que parecía no tener un final cercano. Casi dos cuartos de hora después divisaron el caserío que los regresaba a la realidad, a su destino forjado a base de fuego, sangre y drogas. No eran buenas personas, pero tenían un sentido de decencia que parecía absurdo con tanta muerte. Estaban esperando a un hombre que les daría el santo y seña de los que andaban buscando, también estaban en peligro porque no se podía hacer paradas largas, sin embargo el talante taciturno de Raúl enrarecía el ambiente, Manuel no tenía gana alguna de ponerse en movimiento, mucho menos de conversar, era otra de esas noches, a lo largo de dos años habían tenido algunas así, por no decir que una, por lo menos, cada mes; siempre bajo la misma y absurda situación, alguna mujer que se le había metido entre ceja y ceja a su compadre lo había bateado, la última se había llamado Lina. Era realmente hermosa, no era definitivamente para ese hombre que estaba atolondrado por el maldito efecto de un nuevo rechazo. Lo había visto venir desde semanas atrás su compañero, siempre se preparaba para lo que pasaría días después. Se encargaba en los días previos de traer la hielera de la camioneta llena de cervezas, para que llegado el día no se diera cuenta el otro. Afortunadamente así pasaba, Raúl jamás se daba cuenta de que su compadre sabía que fracasaría.
 
-Se llama Fortunato. Vive atrás de los mecánicos en la salida para Y.
-nos vemos.
 
Las llantas chirriaron al salir en búsqueda del infortunado, la pura adrenalina bastaba para olvidar por unos instantes que la chica había repetido casi textualmente lo mismo que las ultimas 5, “no me gustas”, “realmente no pienso así de ti” y “no quiero hacerte daño”. La misma cara desencajada que el hombre mostraría por lo menos las próximas semanas. Ojos rojos de tanto alcohol y sobre todo un aire de compungido que harían desear a Manuel que alguien los emboscara. Tres minutos después divisaron la casa, parecía en paz, no era para menos, debían ser casi las 12 de un día laboral. 

Fortunato se dedicaba a vender mariscos a bordo de un viejo triciclo. Eran realmente buenos, pero su suerte estaba echada, no había pagado las últimas dos tandas. Se habían pedido la cabeza porque Raúl le tenía un par de cuentas pendientes, sobre todo porque alguna vez Lina dijo que era muy guapo el hombre. Se bajaron tan rápido que parecían conocer al dedillo la situación. Llevaban casi 3 semanas sin un encargo, solo patrullando y tratando de que Lina dejara de hacerse del rogar por salir con Raúl. La noche había terminado mal, todo lo hacía siempre. Al brincarse la barda vieron que alguien corría al fondo del pequeño terreno repleto de árboles de mango. Manuel soltó la primera tanda, le pegaron en la espalda al que corría. Siguieron más movimientos, algún perro ladrando en la oscuridad de las casas cercanas, nuevos tiros, más sangre, menos humanidad. Lo encontraron en un pequeño cuarto, estaba herido de la pierna, o lo que había sido una pierna. Manuel lo ejecuto, sin delación, sin aspavientos, sin mencionar a Lina; Raúl, se encargó de buscar a más personas, ya no había nadie, cuatro muertos más, la vida seguía siendo igual que antes de esa noche, pero lo más probable es que Raúl siguiese con esa idea de ya no dedicarse a esto. De volverse santero profesional.
 
La camioneta seguía dando tumbos, los árboles que le rodeaban y en ocasiones dejaban sus marcas al paso de la camioneta, esta apenas se distinguía por lo cerrado de la brecha. Manuel manejaba esperando a que la voz ronca de Raúl se escuchara de nuevo, por lo menos que hiciera un ruido mayor al de estar bebiendo cerveza, pero ya se le pasaría, siempre pasaba así. No sería la primera ni la última que le mandaban a la jodida.
 
SR Diciembre 2013-Abril 2019

lunes, 4 de noviembre de 2019

daños hepaticos

Vuelta a escribir sobre esa mujer. Ocasionalmente hablo de ella cuando el momento es idóneo, que es casi siempre. ¿Pero qué puedo hacer? La vida es así y todos tenemos nuestras demencias. Todo inicio con la lluvia torrencial de agosto. A mí no me gustaba que lloviese así, no por otras cosas, sino porque recordaba el pasado, las horas sentado en la oscuridad, mientras el clima descendía y todo el licor iba hacia abajo. Me duele recordarlo porque ya no puedo hacerlo. Joder, lo que daría por poderme empinar una botella entera importándome un comino lo que sucedería al día siguiente o siquiera si habría uno.
 
Recordar aquellas noches cuando el dolor venia de la mano de los recuerdos por esa mujer, ¿o esas mujeres? No lo recuerdo, pero si tengo la certeza de que todo aparecía y desaparecía con la ingesta de alcohol, solo así me permitía tener esos sentimientos, tener todas esas ideas sobre lo que debería de ser. Pero ya no más, hace años que no, que todo se circunscribe al presente, a todo lo que hay que dar o intentar dar, para que la mierda funcione. Para que el sol salga una vez más, y la cosa de vida que se ha elegido se mantenga en movimiento, como una especie de rueda de hámster, condenado a esclavizarte por la mierda menos necesaria y la bola de situaciones que te hacen pasar por un ente normal. Desearías no haber tratado con tanto ahínco, dedicarte a morir en paz. Todos los momentos pasados llenos de dolor y alcohol, esas noches donde nada era seguro y cualquier cosa podría pasar. Aunque al día siguiente todo fuese igual y esperara la noche para volver a hundirme.
Demasiada de esa mierda, demasiado de quejarse por lo mismo, elegiste el camino, con el saco dorado, la corbata plateada y la camisa cara que te recuerda cada mañana, qué si no lo haces bien, las deudas te vendrán a comer. Los monstruos que temíamos cuando niños eran más divertidos, nada mejor que presumir que el miedo era a un condenado vampiro o a una criatura que solo existía en la mente. Hacienda y las tarjetas bancarias no son cools, son la mierda de vida misma. Pero aquello era genial, te hace rememorar el pasado siempre,
 
Mi mujer me odiaba, yo la odiaba, mi mujer no tiene un amante, no le apetece, prefiere hacerme cargar con el peso de su frígida vida, prefiere verme caer por un pozo antes que decirme un: “cariño, ten cuidado!”. Yo preferiría vivir en una banqueta, rodeado de perros callejeros; tendría dos grandes y un pequeño, el líder sería un condenado perro con la cara más desgraciada que pueda existir, bueno pa’l trompo y para robar comida, que no dependiese de mi mano jodida, el pequeño sería el hijo que me odia. Ese maldito bastardo que me ha costado 16 años de educación, de matarme trabajando para que no sea capaz de mantenerme la mirada un segundo, sin soltarme un: “quiero dinero, maldito jodido piojoso!” juro que eso dicen sus ojos. Todas las mañanas lo veo irse con un jodido peso en la espalda, es el sentimiento de jodidez, ese que todos hemos cargado una mañana de lunes tras regresar de unas vacaciones que pagamos con los ahorros de un año o más. Pero él lo tiene multiplicado por la estupidez de la juventud. Desearía ser igual de imbécil. Pero no puedo, no ahora, no sin la garantía de que todo irá bien, de que el futuro no puede ser esta mierda. Famélicos viviríamos los 4, mis tres perros y yo. Tal vez a ellos las hembras si los amaran, tal vez con sus hocicos llenos de enfermedades tuvieran todos los coños que yo soñé, o siquiera imagine. Bollos calientitos de mujeres que a duras penas supieron que existí. Toda esta historia es por una de ellas.
 
Debo entrar en materia, el asunto iba así. Mi mujer me odia, mi hijo me odia, la maldita perra que llama de las tarjetas me odia, le chocan mis pujiditos cuando escucho temas económicos, seguro es una de esas féminas de coñito olorosito que tiene dos parejas. Uno la coge y le paga la comida de los días, el otro solo la cena. Uno es el imbécil que conoció en la escuela y la quiere bien desde hace 6 o más años, el otro es un hijo de puta casado que se la coge en la sala de copias, todos lo saben, todos lo envidian. No porque sea la mujer más guapa, sino porque es un coñito rosado, la mayoría lo conocen y saben bien. Pero si, es condenadamente guapa y condenadamente una perra conmigo. Quisiera estrangularle con esa correa que usa para evitar que sus lentes caigan al piso. 
 
En fin, todos me odiaban y quisieran verme muerto, o mejor siquiera que haya existido, así se ahorrarían la ficha por el odio. Ella no. Ella me miraba bien, me hablaba bien y se reía conmigo, pero no quería nada más, probablemente alejarse rápidamente. Ella desapareció hace años, cuando bebía, cuando no estaba condenado a beberme una cerveza ocasionalmente (esto es, cada que la economía, la salud y la mujer lo permiten). Quisiera creer que a su lado hubiera sido mejor, pero es imposible ello, mi idea era acabar tan pronto como se pudiera; sin embargo, llevo ya casi 50 años en esta mierda. La crisis de la mediana edad consistió en comprarme una cartera de piel, algo que ya usaba, pero nueva. No hubo moto, no hubo convertible rojo, no hubo novia menor de 25 y con ansias locas por la fiesta. Mi compañera de cubículo no es la más proclive a las aventuras extramaritales y ciertamente dudo que tenga las neuronas suficientes para salir más allá de las estampitas religiosas que usa para todo. Quisiera verle un día los calzones. Saber que en el fondo es una perra en brama. No haría nada más, pero sería algo grato de recordar para la posterioridad.
 
Encendí la televisión, nada más relajante que escuchar los muertos del día, de la vida, de la contradicción que somos para que todos los demás que no estamos aún tan jodidos, sigamos así por lo menos un par de días más. Escribí un par de poemas esa noche, nada memorables, no tenía la inspiración suficiente, como no fueran los ronquidos de mi mujer y los gemidos ahogados provenientes de la computadora de mi hijo que veía seguramente mejor porno del que me pudiera imaginar. Letras largas y profundas carentes de emoción y empatía. Así me salió aquella letanía de idioteces, abrí otra cerveza, a sabiendas que tendría una condenada recaída en la gastritis. Un trago que sabe a gloria, a esa cosa que debe manar de los bollos de las féminas que aparecen en las pornos. O eso que nos han vendido como néctar de diosa. Aunque yo prefiero el sabor real, de algo de orina y sudor. Sudor de la panocha de una mujer que ha recorrido los infiernos mientras el sol abrasa todo, sudor de piel y vellos negros. De sabor a hogar. Pero en fin, toda la noche era una mierda, los días lo eran desde hacía varios meses, sobre todo cuando me di cuenta que todo lo que había trabajado únicamente había servido para hacerme más jodido. Para tenerme sujeto por las pelotas en las noches. Deje de escribir mucho tiempo. Los dedos están rígidos y las ideas paralizadas. Son días pequeños, de victorias tristes.
 
La vi, recargada en un aparador, tendría por aquel entonces yo unos 22. Mucha mierda ha desde entonces, nada del otro mundo, pero no pude dejar de verla, ni ese día ni los siguientes 4 años. Pero nunca dije nada. ¿Qué podría decirle? “hola, soy un imbécil que escribe poemas y bebe como desesperado para morirse!” se fue una tarde de lluvia, pero entonces ya las odiaba y creo que eso no ayudo a que mejorara mi relación con ellas; luego, vinieron unos años de mujeres, de más alcohol y muchas letras, nada espectacular, el whisky apareció y la cerveza se hizo dueña de mi hígado, de mi cerebro y de los escritos. Pero no podía dejar de aparecer en los condenados relatos, ya con su nombre, ya con otro. Todo estaba jodido, así me sentía y así parecía.
 
Quise abrir ese correo, no pude y mejor me perdí en la noche. Porque era más sencillo, todo tiene unos días para irse al culo y sigo aquí tecleando y perdido en los vapores de los recuerdos, de esas cosas que duelen tan profundo que siguen haciendo que broten las lágrimas, pero no podía estar conmovido por otra cosa, solo por mí jodido futuro que en realidad nunca existió. Era como una de esas jodidas bromas que el todo poderoso te pone, darte una condenada inteligencia por encima del promedio y hacerte un condenado mierda que solo la usa para derrocharla en letras pasadas por el pasado tristerrimo y lleno de sangre y mierda, tal cual una violación. Nada más que poder y violencia ejercidos desde el mismo tumor que eres. Pero no quiero sonar como un jodido mamarracho que no puede pasar ni 10 segundos sin olfatearse el trasero y conmiserarse. No lo merecería en lo absoluto, de nuevo, no por un acto de bondad, sino porque soy cobardemente miserable como para intentar lograr el perdón. Me senté en la oscuridad mientras la ciudad ardía. Bueno, eso es una jodida mentira. De hecho hacia frio, uno de esos tantos días que tiene el año, frio y lluvias, y sin embargo viene precedido por una ola de calor infernal. Ya estaba acostumbrado, todas las tardes al volver del trabajo la misma rutina, la misma caminata, el mismo tiempo en la jodida avenida a bordo de un auto que la empresa paga, cualquier desperfecto lo pago yo. Cualquier mierda lo pago yo. La gasolina ni siquiera es buena, de hecho la compro a unos rapaces mierderos que espero que un día estallen en una toma clandestina, llevándose a media ciudad con ellos, pero no pasara, y no pasara por que  la jodida fortuna no quiere que dos imbéciles sean recordados. Así me sentía día a día. No podía evitarlo aunque quisiera.
 
Llegué una noche, no había un solo mísero ruido, prendí la luz de la sala, nada; el pasillo desierto, los demás cuartos igual, salvo el del pequeño bastardo, quise coger una pala y enterrarlo vivo, que lo último que viesen sus ojos antes de ser completamente cubiertos por tierra y microorganismos, fuera mi dedo medio haciéndole una seña obscena. Desearía con toda mi alma ello, pero su luz siempre está encendida, abro, nadie hay. Que poder místico ha sucedido, pienso mientras camino hacia el cuarto nupcial donde está más vacío de lo que pueda recordar. Se ha llevado todo, lo suyo y lo que no. No dejo ni sus ridículos zapatos que odiaba a muerte, se cargó las joyas de mi madre; vamos, ni la ropa que ya no le quedaba me ha dejado. Pareciese que lo pensó bien y se ha dado cuenta que todo esto era una mierda, que no necesitaba más. Que estaba jodida de seguir haciendo esto. Era un día de junio o julio, no recuerdo ya siquiera cuando es que se ha marchado, veo los recortes de diarios del pasado, las imágenes que me devuelven sonrisas cálidas. Ahí en primera plana se encuentra una mujer que irremediablemente en el pasado o futuro me ha roto el corazón, porque así lo he predispuesto, me cegó la inmediatabilidad de los pasos, como si ya estuviese dicho todo de antemano, como si los hados me hubieran otorgado una señal de que el camino debe ser de tal forma o no será, pero soy viejo y estoy cansado para andar adivinando los designios de esos entes terribles que son los heraldos de la muerte, o ¿que a acaso es algo distinto el tiempo? Pero no dejo de respirar por la boca, de echar espumarajos y después sentir que algo se está quebrando dentro mío, como si la vida me quisiera castigar por haber sido tan imbécil como para seguir de pie mientras los golpes llovían de cualquier parte. Al final somos un peligro para nuestra propia existencia, porque no dejamos de querer ser algo mejor. Que no diera yo por estar menos jodido, o tal vez de una vez por todas entrar al juego final.
 
El tiempo me dará o no la razón.
 
SR Verano 2018

viernes, 4 de octubre de 2019

30 días

Escucho algunos perros ladrar. Quizá no muy lejos de aquí, han aparecido un par de bichejos que temerosos se acercan, olfatean o rasgan el aire con sus antenas y se preparan para darse el gran festín de fin de año, su fin de año o su condenada navidad anticipada, como si existiera un jodido dios insecto o rata que pudiera ser venerado en el día de su nacimiento. Con una pequeña clasificación existente para sus creencias. Acaso no están tan jodidos todavía y siguen adorando al gran dios Sol únicamente, porque lo ven allí y saben que si lo ven al otro día, estarán vivos para seguir subsistiendo. A base de porquería, o carroña. Peleando lo que puedan con las hormigas o las moscas que se reproducen a una velocidad alarmante. El mundo entero podría estar cubierto de moscas si no fueran capaces de morir tan rápido. He escuchado por días los lamentos de una sociedad inmersa en su propia desgracia, la mujer lleva casi 20 años pariendo, lo sigue haciendo. El más grande es una piltrafa, los tres que le siguen no son mucho mejores, todos amontonados dentro de un condenado cuarto que divide los aposentos de cada quien con una cortina, una para las chicas, otra para los hombres. La ultima para los padres; él un teporocho, ella una chismosa. No, no. Esto no debe ir así, simplemente debo hablar de la jodida vida que llevan todos los que estamos aquí. Parados, como si no existiera una salida real, como si todas las noches estamos condenados. De hecho lo están, pero se niegan a aceptar que sea así. La vida misma es una porquería, te levantas todos los días a las 4-5 am para llegar a trabajar por un sueldo de mierda que ya no alcanza para nada, bebes cuando puedes, cagas siempre que se te antoja en los baldíos cercanos a este hoyo infernal. ¿Has visto lo que sucede? Todos los días hay muerte, todos los días demostramos que estaríamos mejor si una bomba nuclear nos cayese. Extinguiera la vida misma, dejando nada, un yermo vacío, que no fuera capaz ninguna raza o especie de volverse a encaramar como la jodida dominante. Que apareciera un monstruo mitológico y devorara el universo mismo. Por lo menos la galaxia, dejando que el planeta se consumiera con la noche eterna. ¿Cuántos días tardaríamos en morir si el sol se extinguiese? Quizá el frio de la inmensidad fuera el castigo necesario para toda esta porquería de existencia. Dos días, hace dos días que perdí la cuenta de las noches que llevo aquí. No recuerdo tampoco la razón o el motivo por el cual lo hice. Es probable que lleve más de un mes colgando de la viga, únicamente se sacude mi cuerpo cuando hay temblores, pero estamos tan lejos de uno que ya nadie puede siquiera imaginar que el ruido de una soga alrededor del cuello, sujeto a una trabe mal cimentada es lo que les impide dormir. Sé que les cuesta conciliar el sueño a todos esos bastardos que habitan en la parte inferior, porque así debe ser. Algo que les recuerde que la vida se compone de más cosas que lo que siempre deseamos ver. No tenía un buen final lo que se venía. Mi mujer de más de 8 años se había ido con otros, plural. Así lo deseó, así lo hizo y no se detuvo siquiera a ver los pedazos que dejaba atrás. Pero no estoy aquí por ella, de hecho poco me importo, estaba más concentrado en quererme coger a la compañera de las cajas. Y ni eso, en realidad quería la emoción que eso me pudo haber aportado, daba lo mismo si hubiera sido con ella o con un jodido eunuco, todo lo que me importaba era que se sintiera algo dentro de mi cabeza. No lo conseguí, y termine por colgarme de una viga de este lugar que infinitamente será mi sitio de descanso, espero que los pobres imbéciles que vengan a rentar tengan por lo menos dos dedos de frente para no procrear más mierda para el universo, como si fuera necesario que un par de mozalbetes con granos en el culo se sentaran en mi mierda. A veces desearía que no fuera todo como un jodido espectáculo, estoy seguro que el día que alguien venga, habrá cámaras, hombres y mujeres asomándose por alguna rendija, tratando de recordar el quien jodidos era el fiambre este, aunque ahora este negro y lleno de gusanos y mierda y media, lo cierto es que la descomposición vende. Si no, vean a los gobiernos que hemos tenido, me caga la política, casi como los implantes de mi mujer, la dotaron de una seguridad que antes no tenía, que me había encargado de soterrar. Pero véanla ahora, el condenado centro de atención, apenas 32 y el mundo se le viene encima, o medio mundo por lo menos, o cuando más los jodidos compañeros de trabajo que comenzaron a alejarla de mí, aunque en gran medida yo lo hice, siempre encerrado, siempre pensando en colgarme de una viga que ni siquiera el puto edificio sostiene. Es un edificio construido con las patas, como si el que lo hubiera hecho deseara vengarse de la gente que aquí vendría. Su venganza épica con un cementerio lleno de cadáveres frescos. Nadie más ha muerto, nadie se quiere condenar a que una vez muerto, su eternidad sea aquí. Pero heme yaciendo debajo de la condenada viga que se dobló un poco, lo necesario para que la agonía fuera tan lenta e insoportable como lo fueron los 14 días antes de que me decidiera, lo he dicho antes, hace dos días que no recuerdo la cantidad de días transcurridos, uno deja de tomar en cuenta esas cosas, se centra en lo importante, en contar las cucarachas que aparecen atraídas por el olor dulzón que nadie más nota, o que les importe siquiera, no recuerdo que fue lo último que comí, tal vez unas buenas garnachas o la mierda ¿Qué importa? En realidad lo que estaba haciendo tampoco tiene sentido, me llamaba… y mi mujer me dejo por otros. Tenía un empleo mediocre, una vida mediocre y no la culpo por haberse marchado, empezó como todo lo que terminara mal. Pero sobre todo sin que me diese cuenta porque en realidad, y como ya lo mencione arriba, no me importaba en lo más mínimo, seguro la perra se creerá que lo hice por ella, debí dejar una nota, donde dijera: ojala te contagien las ladillas, no quiero que muera, sólo que sea incomodo por un rato, que le contagie los bichos a algunos imbéciles y sobre todo que le dé una condenada vergüenza ir a que le receten una crema para tratar esa mierda. Algunas veces las mejores ideas no son remediadas con la muerte, sino con las vergüenzas que te tienes que cargar por siempre. Pero eso no importa realmente, las ratas no se impresionan con esas historias, las muy bastardas se antojan y se relamen pensando que pueden tener un pedazo, ansían a que algo caiga y les dé la oportunidad de tener dicho banquete, algo así como que lo han intentado, basta ver los dos hoyos existentes en mis zapatos. ¿Quién en su sano juicio se cuelga usando zapatos? No se me ocurrió quitármelos para que las pinches ratas tuvieran un festín suculento con mis desperdicios. La peor idea es hacerlo de día y sobre todo debajo de láminas de asbesto. Eso recubre mucho y te indican que eres mediocre hasta para hacer lo último en tu condenada vida. Mis compañeros de trabajo me tenían por un loco, no porque realmente les diese ideas acerca de quién era, sino porque no hablaba con ellos, no jugaba con ellos, no bebía con ellos y no parecía un condenado a muerte por los años que vinieran, atendían en mi mirada la decisión de que no importan los años buenos, puedes cometer una locura, en su cabeza diminuta, sólo porque tienes unas ganas terribles de que todo acabe. Pero al final sabes que no acaba, que sigues aquí oyendo la misma mierda, aunque que ya no puedes hacer nada para evitarle. Me hubiera gustado dejar una nota donde culpaba a alguien para ver como se lo cargaba la chingada, aunque en realidad no tenía a nadie que odiase tanto, requiere demasiada energía odiarles. Prefería ser un fantasma más. Una pequeña mota en el viento que se mantiene a flote por alguna casualidad ¿no somos eso todos al final? Algunos con mayor duración que otros, pero todos tarde o temprano vamos a terminar por caer. Lamentablemente no tengo la menor idea de quien me descubrirá, o la cara que pondrá cuando lo haga, igual y es tan cobarde que no se atreve a mirar mis ojos vacíos, donde alguna vez existió vida, o quizá se atreva, y se haga una foto que le acompañe para presumir. Quizá sea la niña chica, para librarse del estigma de ser bonita y tener que huir de los futuros traumas que le causaran los toqueteos del borracho de su padre. O el niño que tiene un labio hendido, que igualmente es abusado por el mendigo hermano mayor. La vida es una mierda, no tenemos más escapatoria. Quisiera que no estuviera tan escondido este lugar, pero hasta para el suicidio me contente con lo poco que podía aspirar, o que quise. Las noches frías han dejado de existir. La noche eterna es una quimera.
 
SR Invierno 2019

lunes, 2 de septiembre de 2019

debían ser las 2

Debían ser casi las 2 de la madrugada, o tal vez después, no logro recordarlo del todo. Hace un clima del culo, aunque es primavera, parece que seguimos en el invierno, o eso me quiero decir a mí mismo, porque pareciese que por la ropa que usaba estaba en algún jodido punto recóndito del círculo polar. Pero sigo bebiendo, hace un par de días que lo hago, es la forma…o mejor dicho: la única forma que conozco. Si no supiera que he usado el mismo argumento desde que tengo cerebro, creería que esto es nuevo, pero siempre termino así, hablando sobre una botella, una cerveza o marihuana que me estaba aliviando el alma, la jodida alma que todo lo parecía contener, como si fuera un jodido recipiente de todo lo que somos, aunque no creo en ello, creo en un estúpido cerebro que dicta nuestras acciones y toda la mierda que de ello deriva, me gustaría que fuera algo como el alma, cargarle las cuentas a algo tan jodidamente abstracto como puede ser discernir que es esa mierda.
 
No me gusta meterme en ese tipo de cuestiones, siempre sale uno trasquilado, enfebrecido por cosas que realmente no tienen la menor y maldita importancia, aunque pueda parecerlo al inicio. Pero luego todo se revela y nos terminamos por sentir como una mierda, una de esas cosas sin importancia, justo como lo que trataba de señalar al inicio de toda esta situación jodida.
 
La noche estaba jodida, bueno…así lo veo ahora, probablemente haya sido una buena noche, porque siempre me pasaba así, terminaba siendo una jodida noche buena, con pequeñas explosiones de alegría matizadas por las horas y horas de estar aplastado. Me gustaba la sensación, tener pequeños momentos de alegría a cambio de muchas horas de sana destrucción… bromeo, a quien jodidos le alegraría estar feliz unas pocas veces. Estar feliz es síntoma de que tienes una enfermedad mental. Todos los seres humanos somos jodidos.
 
Bebía por algo sin importancia, aunque siempre arguyo eso. En realidad estaba muy jodido… pero eso siempre lo digo. Me gustaba beber para sentirme como una piltrafa, me gustaba cargar todos mis problemas a la bebida, a que no podía controlarla y cosas por el estilo. Pero en realidad estaba bien seguro que hacía trampa, que siempre que llegaba a un punto donde estuviera a punto de joderla, me detenía, la experiencia no te da eso, la experiencia te hace hundirte más y más, aguantar como el puto desierto espera ese día lluvioso que viene cada cien años, o esa noche que se vuelve un segundo porque el puto círculo polar ártico está a nada de tu cerebro, aunque luego anochezca a las tres de la tarde, mientras en un jodido mundo paralelo el sol te quema la jodida mano que teclea furiosamente una carta de odio. Otra de esas pinches frases que no llevan a ningún lado, que me hacen sentir como un jodido improvisador de mierda que no tiene sentido alguno del tiempo o la distancia. Solo está ahí, atrapado en un condenado fraseo interminable, que pareciese ocupar la noche, el día, el invierno y el mismo universo. No sueltas el fraseo, lo dejas que se consuma, que te consuma y se traslade hasta el centro de tu existencia, que te marque por dentro, con fuego, con una violenta erupción de volcán incesante y carente de toda la visión que nos acomoda en este pequeño tiempo. No puedes dejarte ir, te frenas, te da miedo perderte.
 
Algo se rompió aquella noche, algo que no había alcanzado a comprender, como si fuera el fin de la historia que te habías negado a concluir por miedo a lo que vendría después, a la soledad que te esperaba con los brazos abiertos, como si fuera tu condenada madre, llena de rabia y desesperación porque le habías abandonado, te creíste la historia de que podías ser feliz, podrías tenerlo todo, pero al final resulta que sigues dentro de lo mismo, como un jodido vicio, tu verdadero, el que ocultas debajo de las drogas y el alcohol. La mentira y la traición, eres jodido vicioso solitario que esperabas estar lo suficientemente cuerdo como para amar a alguien, no lo haces, no lo puedes hacer, y lo peor es que jodiste a alguien, pero eso ya lo sabías que iba a pasar. Porque así estaba escrito desde que lo empezaste.
 
Quisieras alguna vez no ser ese tipo que hace trampa, que es recto y hace todo lo correcto en todo momento. Siempre buscas el camino más corto, el más sencillo, te gustaría creer que eres capaz de ser distinto, pero lo único que has hecho toda la vida es brincarte las normas. Volví a caer en el mismo rincón. Como si fuera una de esas cosas que vuelven cada cierto tiempo, un condenado cometa que surca el existir, que no solo vuelve y destroza, sino que cada vez te deja más tocado. Hundido en el fango.
 
Quisiste escribir una historia corta donde no hablaras de tus problemas y volviste a caer, ese es el limbo que te espera, ahí vas a morar por siempre.
 
SR Abril 2016-Noviembre 2018.

jueves, 8 de agosto de 2019

Veranos Tóxicos

Hace tanto que no escribes que parece que fue otra vida la última vez que lo hiciste. Tal vez así haya sido ¿quién nos dice que no estás muerto? ¿Quién puede justificar que sigues entre los imbéciles que caminan y hablan sólo porque puedes hacerlo? Te estas dejando ir sin nada que poner, tal vez has llegado al final. ¿Recuerdas la historia de ese hombre? Un tipo cualquiera, como todos los que abundan por el mundo, con un pasado idéntico al de cientos o miles de cucarachas, con una familia que lo odia, o tal vez no. Con una filosofía de vida que parece pasarle factura cada noche, o tal vez solo se deja ir porque es lo más conveniente, tú lo estás haciendo. ¿Recuerdas la mujer que más parecía hombre? Que decía que tenías un marcado rumbo de veleta. Que te quería retar a golpes cada noche y tu solo dejabas que hablara y hablara, después supiste su historia. Trágica y llena de oscuridad como las noches cuando comenzaste a hablar con la mujer que te convirtió en un santo. Tal vez exagero, es una mujer especial, llena de talentos y virtudes que chocaban con la destreza de tu desgracia. Pero ella no lo quería afrontar, para ella eras un ente bueno, con ideas equivocadas a veces, pero que casi siempre se redimía en el último instante, como si todo fuese así de simple. Te estabas hundiendo y con ello todo lo que podías poner por escrito.

Bebiste una noche de una botella que no tenía etiquetas, te daba igual si era matarratas o simple vino que ya parecía vinagre. Te importaba un comino porque sentías que el mundo era un lugar sin ningún punto de luz que te permitiera seguir adelante. Cambiaste los grados etílicos por las pastillas para no morirte. Dejaste de luchar en el momento en que viste algo que delato tu edad. Eso eras por aquel entonces, claro, la tristeza infinita había cambiado por dicha y alegría. Pero en tu fuero interno deseabas abrazar la melancolía que durante años te había moldeado, ya no podías, seguías aferrado a ser feliz, a tener un poco menos de dolor en la vida, a refugiarte en aquellas cosas buenas que te habían sido dadas en un momento extraño. Pero también anhelabas poder ver a esos hombres, a esas mujeres llenas de derrota, que te saltaban con cada madrugada que te embrutecías. 

¿Recuerdas aquella mujer que viste de pie en el metro? Con la mirada sin saber que hacer de su vida, con el greñero de pelo lleno de ensortijados problemas, la comisura sucia de los labios que invitaban a perderse en las botellas de cerveza. Porque a pesar de ser bajita y delgada, se veía que le gustaba el trago, probablemente así nació su hija. Aquella niña que te hizo pasar de estar molesto con la vida por estar apretujado, a comprender; que no había molestia alguna, que la lluvia caía por fuera y que la vida era lenta, que tu vida era lenta porque así lo habías deseado desde que tenías la suficiente cordura para ponerte a ello. Tenía pedazos de pizza en los dientes, mascaba con lentitud pero con fiereza, no sabía cuándo volvería a comer, no sabía si seguiría viva. Aunque los niños no se preocupan por ello, tu sí. Porque estas jodido, no sabes hacer otra cosa que preocuparte por la gente, aun cuando no les conozcas.
Abriste las fosas nasales aquella tarde para degustar el aroma de la lluvia sobre la tierra húmeda, era casi el principio oficial del verano y todos parecían estar temerosos porque sabían que eso irremediablemente traería aparejada lluvia y caos, en una ciudad que le encantaba todo eso. Que no podía seguir funcionando de otra manera, con aquellos hombres y mujeres que luchaban día a día por seguir vivos, tal vez intentando arrastrarse contracorriente sin saberlo, como salmones fuera del curso. Ellos y ellas olfateaban también el aire, pero no les parecía nada agradable el apeste a orina, a mierda de cloaca pestilente que recubría el fin de la primavera. No les gustaba comprender que su vida era un poco mejor que la de otros que seguramente enfermarían y muy probablemente se hundirían en el dolor. Porque la vida es eso: dolor y comprender que nos estamos muriendo. 

Alguien toco en el vidrio por fuera aquella noche, cerrada, como si la luna nunca hubiera existido para iluminar un poco lo que sucedía en la parte que le tocaba cubrir cada día. El miedo subió por la espina dorsal, ella lo llamaba miedo de supervivencia, yo solo sé que me estaba negando a abrir la mente a todo aquello que seguramente ocurría cuando los ojos no están adecuados a la oscuridad; oí, o me pareció escuchar, tres golpeteos tenues en aquella oscura crujía que era mi habitación. La mujer había insertado el miedo en mi cabeza y este recorría impunemente todo el cuerpo, la sensación de hormigueo ante lo que no puedes explicar, ante la necesidad de comprenderlo todo y ver que es imposible. Dos golpes. No lo soñaste, no te estas engañando, no es tu mente, no son efectos sonoros de películas que has visto. Son dos condenados golpes que vienen de un sitio, al cual nadie puede llegar, a menos de que… bueno, de que sucedan dos o tres cosas que tu mente no va a admitir que pueden suceder. Lo sabes, estas temblando, tal cual un niño ante la oscuridad, o ante su inmisericorde apreciación de que está vivo. El miedo te dice que estas vivo. Te lo enseña y te escupe en el rostro para que seas totalmente consciente de que las cosas pueden descarrilarse con una facilidad asombrosa. No hay adrenalina como cuando te han intentado asaltar, no hay oportunidad de seguir alargando la mentira. Está ahí, y ha tocado tu ventana. Un toque. Solo escuchas su risa apagada por la noche. Suena a un pequeño golpe en el ego, ante lo desconocido, solo niégalo. Ella te ha embrujado, o algo peor, tú no tienes miedo de nada, eres incólume a esos eventos. Pero, algo, algo que ni siquiera te planteas que exista, ha tocado desde el otro lado del cristal, en un piso 3º. Rodeado de los ruidos de la ciudad, que ha decidido callar, o tal vez solo te has concentrado demasiado en los latidos de tu corazón y en determinar que no hay nada allá afuera que pueda tocar tres veces y con esa seguridad derrotarte. Ella solo dijo: “está afuera de tu ventana”. Todo lo demás, te lo has imaginado, todo lo demás lo has convertido en una historia que evidencia que no tenías nada de que escribir. Aunque sin duda el miedo es un buen aliciente para hacerlo, convertir todo en un párrafo gigantesco que denote tu miedo infantil a que una mujer de negro este flotando frente a tu ventana en una calurosa noche de septiembre. Al final respondiste abriendo la ventana. La noche oscura se abría paso frente a la nada mientras caías arropado por su manto negro. 

SR verano 2018

jueves, 4 de julio de 2019

la caminata más larga desde que comencé a engordar

Quería dejar de sentirme culpable, quería enfrentar el mundo como alguien libre de culpas, pero no me lo permitían, en cada instante alguien me regresaba a la realidad, a mi cómoda realidad de la que durante años había renegado, creyendo que durante algún instante me había convertido en todo aquello que anhelaba ser, un completo fracaso, como me sentía, condenado a no ser más nada, pero de nuevo la realidad me golpeaba con toda saña, haciéndome participe de que había tenido todo, y no me refiero a los lujos y las comodidades de una clase económica por encima de lo soñado, sino que había tenido una familia, un condenado hogar, tres comidas diarias y sobre todo un perfecto universo cimentado por la eterna despreocupación de la existencia. Podría tener un rostro picado por los años, pero era más a causa de una decisión propia que una autentica consecuencia de las situaciones difíciles; no conocía el hecho de pelear a la contra siempre. Incluso todo apuntaba a que mis temores eran demasiado fáciles para la mayoría, todos temían exactamente lo terrenal, mientras yo fantaseaba con lo ultraterreno.
 
¿Hacia cuanto que no bebía nada? Seguía en la etapa oscura de mi vida, pero lo que en realidad hacía era volverme más y más temeroso. Nunca lo había experimentado hasta que comprendí que la vida era un disparate y solo existía esto. Pero eso ya lo sabía de antemano, en realidad creo que mi miedo pasaba por las horas posteriores a la felicidad que me otorgaba el trago. ¿Saben? Es como si un buen amigo viniese a casa, te llenara de atenciones, se divirtiesen rememorando todas esas cosas complejas por las que pasaron ambos y al final, te duermes y el hijo de puta abusaba de ti, te dejaba hecho una mierda para violarte. Como un jodido animal, como una pantera llena de violencia. No quiero decir que estos animales sean así, pero justo así me tomaba el desgraciado alcohol. Luego toda tarde posterior desearía no haber existido, a todos les pasa, a todos nos devuelve la necesidad de no querer existir. Pero luego regresa, y vuelve y vuelve. Hasta que eres un condenado despojo viviente que se tiene que arrastrar para sobrevivir sin él. O morir en él. Esas eran las opciones. La mía era la cobarde y cada vez estaba más lejos ese condenado líquido. Quisiera tener 20 años de nuevo y volver a beber como entonces, sin sentir que lo que pasara en 15 o 20 me importase. Al carajo con ese viejo, lo más probable es que este muerto.
 
Me he zambullido por ella, me arrodille y busque dentro de la inmensa oscuridad que era el espacio entre el suelo y la cama, para encontrarle. Sigue firme, más que tú. Más que todos tus sueños. La jaló con dos dedos, casi me hace perder el equilibro por la desesperación de que no salía. Pero hela allí. Su cuerpo perfecto cubierto por una fina capa de polvo. Más bien gruesa, llena de telarañas incluso, y una que otra repleta a reventar por tanto insecto que ha comido, decide alejarse de la fuente extraña de calor. Un gigante que apremiado por la necesidad de hundirse una noche busca el objeto de vidrio que durante los pasados meses sirvió de sostén para la ramificación de su perfecta trampa. Ve como se aleja y comprende que el universo ha cambiado, para mal y para muy mal. Aunque las posibilidades son infinitas, quien no puede ver ello. Y he que le doy un trago que realmente no sabe a nada, siquiera disfrute las notas que durante años has leído que posee el whisky, pero es porque sigues tomándolo directo de la botella, como un condenado animal. ¿Qué has aprendido durante los últimos años? Que la vida es una mierda, que el jodido whisky te alimenta el fuego que terminas por volcar en estas letras y que probablemente el mundo sería mejor si estuvieras muerto.
 
¿Comenzaste a beber para tranquilizar los fantasmas de tu vida o lo hiciste para crearlos? Esos pequeños fantasmas que ante la realidad se vuelven humo invisible, como aquellas cosas que la mayoría simplemente ignora por considerarlo demasiado innecesario, para convertirse en volutas de atención minúscula. ¡La vida es esto hijo! Me grito aquella vez esa mujer desdentada en la calle. No la entendí porque la condenada vida hasta eso me ha quitado, la capacidad de entender a otros seres vivos. Tal vez condenándome a creerme único y superficialmente imposible. Lo cierto es que comencé a beber cerveza, como hacían todos, luego pase al condenado: “lo que caiga”. No me perdí, y a veces me arrepiento de ello, porque debí hundirme hasta no saber más, empezar algo y acabarlo por una condenada vez en la existencia. Ni al alcohol había respetado. ¿Puedes sentir como el alcohol entra en esos dientes fregados que te hacen sentir cada vez más cerca de la tragedia? ¿Puedes sentir el dolor minúsculo ayer, hoy más fuerte y seguro la antesala de cosas escalofriantes por venir? Pequeñas notas de dolor que se van apoderando de todos los matices que eres capaz de vislumbrar. Tienes un poco de miedo por ello, pero sigues en el camino descendente hacia lo inevitable. ¿Quién eres para oponerte a ello?
 
La mujer canta seguramente baladas tristes mientras suelta un poco de llanto de sus ojos gigantes. Es la medianoche y no quiere seguir triste pero la vida es esta perra que no deja de tirar dientazos por aquí y por allá, tiene tanto miedo por el futuro que pareciese que no conoció un sentimiento distinto. Como si toda su vida se hubiera transformado en aquellas sensaciones de terror que le acompañan noche a noche, desde hace muchas noches, desde hace muchas horas de su vida. Quiere ser tan fuerte como lo permita la noche, pero también desea perderse en las risas fáciles y el alcohol. Que no diese por poderlo hacer, por encontrarse un día tan perdida que los problemas pareciesen un diminuto ingreso dentro de la cruda. Un papel insignificante en la tragedia de la vida amenizada con cerveza o vodka. Suenan canciones que le gusta entonar mientras nadie la escucha, porque a veces bebe sola, algo aprendió de aquel sujeto, aquel muchacho que la tocó una noche y quizá le gusta más la sensación de poder hundirse en solitario cuando lo requiera la noche. Baila en pequeños círculos dentro de su habitación, tan minúscula como la innecesaria sucesión de sueños y pesadillas que han acometido su vida. Vence el sueño de las 3 am, comienza el ascendente camino hacia la purificación que solo otorga quedarse hasta que el sol atraviesa el nacimiento. Recargada en una pared llena de recuerdos arrancados, perforados por la nostalgia y la vida misma. Sacudida por los años perdidos. Todos lo estamos.
 
De tres tragos te jodiste el maldito whisky con agua. Estaba caliente, no lo disfrutaste y es seguro que iras por otro. Sigues inmerso en la debilidad cada que te sientes tentado, de nada sirve que lo escondas detrás de la aparente careta de la tranquilidad, bebes porque no sientes ataduras emocionales con ello, has sumado una nueva, te perseguirá por los años que te queden, te humillaste para no convertirte en un bufón. Eres un eunuco. Pero antes de que creas que esto es un epitafio, que tal vez suene más convincente cuando lo leas una mañana sin tantas telarañas de alcohol, debes ver que detrás hay música, toda aquella creación que te ha salvado de quedarte en el condenado odio hacia el universo, te conecta con el destino y las estrellas que se columpian a miles de millones de kilómetros por encima de tu rostro picado por la desgracia y el resentimiento. ¿Cuantas noches te has hundido y renovado cuando aparece la canción idónea? lo ignoras, pero seguramente más de las que puedes contar con las estrellas en el pedazo de cielo que te corresponde desde la tumba donde está escrito el condenado epitafio. Quieres cabalgar en la vía láctea mientras esperas a que todo vaya hacia abajo.
 
¿Qué quieres? Pregunto aquella mujer. Todas preguntan lo mismo, no lo sabes, no lo quieres saber, sabes que la muerte es la opción preferida, que todo lo que hay detrás de ello es mero formalismo, como si fuera una obligación verte inmerso en el proceso de la vida. Tienes apenas unas horas para salir de frente, no puedes dejar de pensar que cometes errores tras errores en pos de una realidad que no te pertenece, una fantasía carente de sustento; pero hete ahí, convertido en un auténtico monolito pese a que le pediste a tu madre que te incinerara y perdiera tus cenizas, ni eso pudiste obtener, una resaca de sueños perdidos en la inmensidad de un planeta minúsculo, un mero fragmento del eterno polvo que nutre el universo.
 
SR Primavera 2019

lunes, 3 de junio de 2019

Azucenas

No suda. Es extraño, pero pese a todo el condenado calor no puede sudar. Le gustaría porque a lo mejor así podría refrescarse un poco. Lleva tres años en Mérida y sigue sin acostumbrarse al calor. ¿Quién puede? Piensa mientras observa por la ventana de aquel hotel en la periferia. Casi no hay nada ahí, salvo vegetación y animales. Llego a la ciudad blanca en una primavera, se alquiló primero como guía de turistas freelance, pero no lograba sacar el dinero suficiente para subsistir. No en sus términos. Así que consiguió trabajo en un hotel y ahí seguía, llevando extranjeros a visitar todas las zonas aledañas, así había transcurrido su vida a últimas, desde que había salido de Morelia. 

Encendió el cigarro mientras dejaba que las cortinas volvieran a su posición habitual, poco menos de las 12 de la noche, domingo; al parecer aún quedan un poco menos de 3 horas para que el camión salga rumbo al Distrito Federal. No le apetece recorrer el camino por carretera, pero no tenía tanto para el avión, además de que no siempre es bueno aquello. Desearía que Alma lo acompañase, pero ella fue tajante, no podría ir con él nunca, no después de la última pelea. Sabe que se le fue un poquito el carácter, pero no fue para tanto, nadie debió meterse, menos los papás y el hermano. Pero eso ha quedado atrás. De verdad le hubiera gustado que funcionara con ella, tenía un bonito trasero y era muy bonita. Además de que siempre sonreía. Claro, hasta esa noche. Luego todo fue para mal. Pero ahora espera que todo se solucione, que su partida finiquite todos los problemas y de alguna forma le permita comenzar de nuevo. Se calza las botas, número 10, regalo de la francesa que se enamoró de él hace 2 años.
 
No le gustaba que le hicieran regalos, pero la chica insistió tanto; le dijo que era un pequeño presente por las horas y momentos vividos, por supuesto que le gustaba ¿a quién no le gustaría una arquetípica estudiante parisina? Lamentablemente aquello duro muy poco. A ella le gustaba su pelo negro y su piel lechosa, además de que era muy alto para ser un “mexican curious” como le habían dicho alguna vez ciertos turistas holandeses. No importaba eso para Jasmine, no era muy alta y tenía un olor natural perfecto para sus ojos. Lo que le gustaba más de ella eran sus ojos. Entre almendrados y algo más claro, por supuesto que el sexo había sido fantástico, pero luego ella se fue a seguir su aventura y no volvió nunca más. Sólo quedaban aquellas botas de piel para recordarla.
Observa la habitación por última vez antes de aventurarse a caminar hasta la central de camiones, conoce la ruta de memoria. Va al cesto de la basura y tira la cajetilla de cigarros, ahí tiró el envoltorio de los condones y el condón usado que aún tiene rastros de materia fecal y sangre. Luego, recorre minuciosamente el cuarto minúsculo de baño, se lleva una de las botellitas de shampoo que guarda en la bolsa delantera del pantalón que usa. Vuelva a salir y se sienta un instante en la cama que se hunde con su peso de ese costado. Se acuesta y recarga la cabeza en el cuerpo frio de Alma, el torniquete alrededor del cuello está hecho con su propia playera y el tubo de la cortina del baño. Le da un rápido beso en la mejilla y se endereza.
 
No se despide, no le gustan las despedidas, las siente como algo ficticio, como promesas vacías que la gente normalmente espera no cumplir realmente, o deseos que sólo caen en saco roto, pero le da una última mirada a lo que fuese Alma y murmura: ojalá. No en un sentido de esperanza, sino como una suerte de anhelo de que no hubiese sucedido de esa manera, como si todo lo que había pasado desde que Alma Pérez entrara en aquella habitación marcada con el 7, con la ilusión de finiquitar todo ese desgraciado asunto; sabía de antemano que iba a morir, por eso se había vestido como una fácil. Aquella minifalda que tanto le enojaba que usara cuando salía con él, la playera delgada sin mangas que dejaba admirar su bronceado permanente y ese olor a azucenas. Lo odiaba, porque sólo lo usaba cuando andaba caliente. Cuando creía que él no sabía que se veía con quien sabe cuántos más, allá por su casa cerca de la Biblioteca. Era estudiante de posgrado. Alguna cosa social y de ahí habían surgido algunos de sus primeros roses, debido a que ella abogaba por la igualdad femenina, mientras que se vestía como una cualquiera para que nadie tuviese la suficiente coherencia o sangre en el cerebro para rebatírselo. Sólo le permitió dos cachetadas, antes de que le diera la primera golpiza. Acabo con tres dientes menos la muy estúpida.
 
El camino es larguísimo, no recuerda tanto que se demorara en llegar a la gran mancha urbana, la última vez que estuvo en el Distrito conoció a una chica de Canadá, era muy guapa y tenía mucho dinero, pero no duro aquello, la chica pronto regresaría a estudiar a Alberta y no le quiso dar su número, termino violándola en un callejón oscuro y después boto su cadáver en un canal de aguas negras, el auto lo dejo en una colonia donde se encargarían de desaparecerlo, Genevieve. Así se llamaba, pelo castaño como de anuncio de shampoo, piernas kilométricas y pálidas, quemadas en aquel entonces por la acción del sol. La encontró en el templo mayor, el carro era de una amiga que vivía por Tacubaya, ahí se quedaba Genevieve. Ahí le iba a dejar la muy puta. No la dejo, le dio un golpe seco con el volante y después se perdió en aquel sitio lúgubre.
 
Contrario a lo que había leído sobre la gente que era como él, y de los cuales abundaban estudios en el internet, no le gustaba coleccionar nada de ellas, no entendía eso de los trofeos, sólo eran estupideces que hacían que los policías se acercaran a él. Le gustaba acabar todo con sus manos, le maravillaba ver cómo iban desesperadamente finiquitando sus respiraciones. Sus ojos comenzando a sumirse en la negrura y terminar por extinguirse la luz de ellos finalmente. A la par de que realmente gozaba la sensación de que sus manos se llenaran de las palpitaciones del cuello de aquellas mujeres.
 
Los lloriqueos de su madre cuando decidió salir de Morelia para recorrer el mundo le dolían todavía, pero era necesario; Rosario y Carmela tenían hermanos pesados y no tardarían en saber que él las había ayudado a salir de su agonía. Rosario tenía 17 y era muy bajita, delgada y de pelo tan oscuro que a veces sentía que era el manto de alguna jodidera de esas que usaba su abuela cuando iba a misa. La había llevado a pasear aquella tarde que todo se descontrolo. En el camino a la presa recogieron a Carmela, la conocía poco y era muy parecida a Rosario, si acaso que tenía un poco más de cuerpo. No le cayó bien, inmediatamente se puso a la defensiva con él, no le hacía ninguna gracia sus chistes y menos las veladas amenazas en forma de broma que le hacía a Rosario. Se lo dijo apenas bajaron de la camioneta roja. Era de un carácter especial. Tuvo que actuar a la impulsiva. Por suerte nadie había cerca de aquel lugar, desde que empezaran las ejecuciones la presa era un sitio perfecto para desaparecer, a Rosario la golpeo con el six, a Carmela con la llave de cruz cuando la alcanzo. No las violo. Fueron las únicas dos que no fueron suyas completamente. Le hubiera gustado, pensó con el tiempo, pero estaba muy nervioso, no había salido nada bien, estaba ahí para coger con Rosario y a buena hora se le ocurrió invitar a la otra impresentable. Les amarro un par de piedras y las arrastro hasta donde le fue posible sin hundirse el mismo. De la misma manera había ahí abajo un centenar de cadáveres o tal vez dos. No lo sabía. Las chicas fueron reportadas dos días después, para entonces él ya estaba camino al Distrito. Y de ahí abordaría el avión hacía Mérida.
Su madre creía que estaba en alguna parte de EU, pero jamás pensó ni por asomo cruzar la frontera, sabía que del otro lado sería muy sencillo que lo encontraran y que además lo condenarían a la silla. Aquí al menos si lo agarraban, pasaría unos cuantos años encerrado y luego saldría. Eso sí lo encontraban. Aunque nadie lo buscaba.
 
La llegada al deefe fue complicada, mermados sus ahorros por las últimas semanas en Mérida, había comenzado a buscar un hostal barato donde quedarse hasta que alguna mujer lo invitara a vivir con él, así había sido, tenía un don de palabra y el suficiente carisma para que en menos de lo que pudiera parecer decoroso las mujeres le invitaran. Así había sido desde niño, desde que su madre, sus abuelas, sus tías, todas las féminas lo mimaran y le creyeran todo. En algún momento había menguado su habilidad, pero fue justo cuando conoció a su padre, un completo idiota al que erróneamente había idealizado, como si todo ese talento le hubiera sido heredado por una mano gloriosa del padre, descendiente, en sus más febriles fantasías, de un linaje lleno de conquistadores y gentes de importancia. Aquellos meses fueron duros porque el viejo estaba a punto de morir, sólo lo buscó para quitarse el peso de encima de lo que había sido errar sin futuro, sin su hijo y sin la mujer que lo había amado hasta la saciedad. De manera que fue una mala época para sus anhelos. No lo sabía por aquel entonces, pero siempre se sintió mejor cuando obtenía lo que buscaba cuando empleaba embustes. Ahora era un experto, no sólo en crear historias tan fantasiosas como ilógicas, sin embargo, encontraba en todo momento el sitio exacto para cambiar el sentido de esos chismes. Conoció a Pamela. Alta, la más grande de todas las que había logrado conocer. Tenía 26, era muy inteligente y ganaba bien, pero le había pasado el síndrome de las cuarentonas, creer que su éxito alejaba a los hombres, que era imposible seguir el sendero de las relaciones. Creyó encontrar a ese ser mítico que le describían todas las revistas en línea que seguía. Alto, de pelo corto a la moda, barba crecida y pulcramente recortada y con una plática magnifica. Salió 3 veces con él antes de dejarse llevar. Siempre riendo, le encantaba el baile y tenía un bronceado espectacular. Metió la mano por debajo de la falda de mezclilla, dos dedos incrustados tenía dentro de ella cuando soltó el primer golpe directo a la cara. La reacción sería de rabia pura, no sólo intento forcejear, sino que el rostro delicadamente blanco cambio a un rojo intenso, tanto por la vergüenza como por la sangre que manaba sin parar de la nariz. Los gritos lo enardecieron, el siguiente golpe le atino en uno de los costados de la cara, se desmayó. Fue su último momento consciente. Nunca lo supo. Su cadáver apareció en su departamento, le robo varias cosas y la policía nunca investigo con ganas.
 
No creyó en la ansiedad que según algunos de esos asesinos famosos habían sentido y que los había llevado a cometer sus crímenes, hasta que observo el cuerpo tendido de Clara en la cama de aquel hotel. Llevaba saliendo con ella casi dos meses. Trabajaba para ella en aquellos billares donde todos terminaban ebrios antes de salir al frio de la ciudad. Se comenzaron a tutear y luego a llevar muy cariñosamente. Esa noche tenía un ansia de retorcerle el pescuezo. Pero no podía, estaba muy comprometido, lo conocían todos, sabían que llevaba tanto tiempo saliendo con ella, vio de nuevo el rostro de aquella mujer de pelo corto y negro, menuda y con un sentido del humor exquisito y sintió el deseo más grande de dejarse llevar. Toda esa noche la paso en vela, sopesando todas las posibilidades, la primera y más complicada era como sacar un cadáver o su propia presencia de una casa de tres pisos que remataba en una sala atestada de billaristas. Luego el desaparecer, si bien su sueldo había mejorado ostensiblemente de lo que percibía en el caribe, aquí todo era muy caro y no tenía prácticamente ni un duro para seguir. Bosteza. Quiere despertarla para joder. Decide no hacerlo y le da la vuelta, antes de que la mujer alcance a comprender lo que sucede, el ardor rectal le sube por la espina y el cerebro despierta de golpe. Las lágrimas le corren por las mejillas y a cada nuevo embiste su garganta emite un grito seco y sin fuerza, toda se va por ahí. Tiene todo el dolor del mundo y su novio sigue en lo suyo, como si no hubiera tenido acción alguna en meses.
 
Recoge 3 piedras en el camino, la calle esta oscura y los pocos automóviles se desplazan ajenos a lo que se esconde en las sombras, las farolas están parcialmente cubiertas por arboles torcidos. Vislumbra la fachada del hotel, enfrente los billares, la marquesina de ambos brilla con intensidad suficiente para marear a quien ose ver directamente. Ahí, en la parte superior esta la ventana de ella, debe estar acostada porque no se observa ninguna lámpara prendida, ya paso la hora de lectura, avienta el primero de los guijarros librando por poco una rama de las jacarandas. Da en el blanco y espera. La segunda piedra recorre el mismo destino y se aleja apenas unos centímetros del anterior sitio de impacto. La ultima piedra vuelve a acertar justo en el momento en que se distingue una figura menuda del otro lado del cristal.
 
Vengo a despedirme y a darte la oportunidad de que nos vayamos los dos juntos. Esgrime mientras observa a ambos lados de la calle, ansioso. ¡Estas enfermo! ¡Terminamos hace dos semanas! ¡Voy a llamar a la policía! No hagas estupideces Clara, sabes que eso que te contaron es falso. ¡No he matado a nadie! La mujer se repantiga, mientras busca a tientas el teléfono celular que se le ha caído, las manos le tiemblan lo suficiente como para que se le resbale un par de veces. Desde la calle el hombre busca algo más que aventar, como si con la voluntad propia fuera capaz de dirigir el proyectil hasta la cabeza de Clara y terminar con todo. Sin embargo, lo único que medianamente puede servirle es el casco de la motocicleta. Lo duda un instante solamente y tras escuchar el sonido de una torreta que se acerca, lo avienta con todas las fuerzas haciendo que rebote en el marco de la ventana. De la cual el vidrio se hace cachitos con el posterior grito de la muchacha que atina a gatear lo más rápido posible hasta el baño. Las dos patrullas se estacionan en la parte frontal de los billares, ni señas del hombre o de la moto. Las cámaras de seguridad de la ciudad lo captan unos segundos antes de que se pierda en la noche.
 
Odia el calor, al menos este condenado calor. Lleva 12 días en Juárez, todo es calor, todo es desierto y ráfagas de aire caliente que lo hacen desear estar muerto. Nadie repara en él, tiene un empleo jodido en una de las múltiples fabricas que abundan, de las pocas que contratan hombres, de las que contratan gente que no tiene papeles, el 99% serán ilegales que ansían llegar al otro lado, que están a la espera de que aparezca su coyote, que los dólares vengan del sur, que alguien los contrate como mulas, que alguien haga jodida sea la cosa. Pero están ahí, parados, metidos en una enorme trampa de hormigón y concreto que los hace sudar porque no tiene aire acondicionado, jamás pensó que algo así sería fundamental, hasta ahora. Dos veces ha hablado a Michoacán, su madre colgó en cuanto reconoció la voz. La segunda habló a casa de la vecina, ella al tiempo que hablaba con él, comenzó a marcar el número de la policía. No lo intentará más, sabe que todo fue culpa de Clara, de todas esas mujeres estúpidas que lo hicieron tan débil. La hora de comida termina y todos vuelven hacía el interior. El jodido calor le tiene frito el cerebro.
 
SR Marzo-Abril 2017

miércoles, 1 de mayo de 2019

le escribí una carta de amor y ella la despreció

Tenía el esqueleto de 27 historias, la mayoría una sarta de mierdas en las que definitivamente no gastaría más horas o minutos o semanas tratando de encontrar las palabras idóneas para hacerlas funcionar. ¿Acaso tengo la necesidad de que funcionen todas? Lo dudo, la mayoría son fantasías ególatras que alguna vez desee vivir. Me sentiría mejor si una de ellas tiene el espíritu suficiente para hacerlas parecer a las demás como ciertas. Algo, una condenada rata verdadera, un salto de cama necesario para evitar el desastre, la luna eterna que se cuela por nuestras narices. Todas aquellas ideas que nacían y fenecían mientras devoraba litros de alcohol, convertidos ahora en pequeñas limosnas que suelo otorgarle al hígado, como si no fuese suficiente la forma, como si todo aquello que deseaba de niño se hubiera convertido en una pesadilla infinita. Recorro el pasado con el mismo sigilo que un gato en espera de la muerte. Todos lo estamos.
 
Esta historia no nace al amparo de una anforita, o una lata de cerveza, carajo ni siquiera de un pulque. No, nace en una botella gigante de agua. Carajo, hasta eso suena estúpidamente aburrido, nada bueno puede surgir de una botella de plástico corriente cuyo contenido es el líquido insípido. Aunque probablemente tenga que ver porque es igual de transparente en esa presentación que un condenado ebrio en las noches de serenata. Llevo muchas veces puesta la palabra noche. Tal vez porque son las horas idóneas para escribir una historia que ha comenzado con una botella de agua, y que de manera idéntica tiene necesidad por seguir viva. Igual que el resto, igual que todos. La vida misma.
Abro la ventana que da hacia el pasillo minúsculo donde un hombre desdentado fuma. Lleva años en la misma lógica, se ha vuelto uno de esos payasetes que tanto agradan porque siguen un patrón y evitan que nuestras manías y taras destaquen por encima. No es lo mismo que un tipo fume todas las noches tras quitarse la dentadura, mientras su esposa mea o caga en el wáter, a que un pelmazo se atragante con un pedazo de fruta. Alguna vez pasó, al tipo de enfrente; todos lo oímos, nadie hizo nada, todos lo vimos salir en camilla por última vez. Cubierto por una sábana blanca y la hija berreando, tenía 16, estaba bien. Le gustaba chupar las paletas de forma indecente, algunos viejos verdes nos encendíamos de verdad. Nos gustaba su forma de chupar, deseábamos que fuera así siempre y que llegara a los 18 lo más pronto posible, aunque realmente nadie estaba por labor de dársela, nos gustaba alimentar la fantasía. Pero ella se fue y llego un bastardo con problemas tempranos de alopecia, lleno de odio hacia el mundo y que tres veces madreo al fumador sin dientes. Dos de ellos se los había tumbado el desgraciado aquel, nadie supo por qué. No bebe, no grita, no maldice, pero es un hijo de puta que golpea ancianos que gustan fumar en el pasillo minúsculo que da fuera de mi ventana. A mí me respeta, sólo porque cree que le puedo tronar la espalda. Temo el día que se le quite el miedo y venga de frente, porque probablemente comprobara que como peleador soy mejor como escritor. A nadie le gusta el tipo, a mi menos, su madre está bien, se llama Laura, buenas tetas, de campeonato, era sobrina del muerto. Le gusta trabajar, le gusta no saludar. Se contonea mientras se aleja y pinta un dedo. Los viejos cerdos nos enamoramos de su trasero. Monumental, lleno de vivencias y al parecer celulitis. Amo la condenada celulitis, te demuestra que son culos dignos de voltear a ver. Que puedes vivir en él y pactar con satanás por él. Su madre está bien, le gusta la música de José Alfredo, a veces canto desafinadamente las canciones del maestro para que sepa que no le saco al sentimiento. Que el dolor y yo somos parte de la misma camada. No le caigo bien, no la culpo.
 
La mujer del desdentado tiene dos amigas, señoras bastardas y cabroncetas que gustan de sentirse idiotas, mientras degustan el chisme de la zona; dicen, con justa razón, que si quieres saber que pasa en el mundo lo único que debes hacer es buscarles. Arpías con pelucas o imitación de tales. Las quisiera ver arrolladas por un autobús, o que se cayesen por las escaleras del edificio al que pertenecen. Típicas brujas que debieron matar al marido y los espermas que las debieron preñar. Pero da gusto saber que no dejaran descendencia, cualquier cosa que venga de ahí seguramente estaría maldito. La mujer que las reúne es un poco menos idiota, pero no por mucho, le gusta sentirse mejor que el resto, a veces la sorprendo robando los recibos de los demás, sólo para enterarse de sus deudas, luego regresa los documentos con el sobre abierto y se justifica arguyendo que no traía lentes cuando les abrió. La bastarda conoce mejor que nadie la situación económica de todos, ni el puto banco lo puede conocer tan bien como ella. Usa dos bifocales que le compro al hijo de puta de la esquina, le gusta endeudarse y siempre quejarse cuando le cobran, el tipo es igual, aunque pensándolo bien, no conozco a nadie que amablemente acepte pagar sus deudas. ¿A quién le gustaría? Bueno, hace años conocí a un tipo que sí, que le gustaba pagar sus deudas y las sentía como una acción de honor, estúpido, como si gastarte una pasta en pendejadas fuese digno de admiración. El bebía al ritmo que yo, de hecho, era mal bebedor, porque nunca se perdía, lo llegaba a encontrar sumido en sus pensamientos, con lágrimas al borde y llenando una estúpida escupidera que evitaba que vomitara. Era bueno para eso, jamás lo vi vomitando y eso que ganas y ocasiones no faltaron. El tipo era bueno, pero muy pendejo, todos lo timaron y el prefirió quitarse la vida, se colgó de un puente. Se acabó el muy idiota. Así era él, pero eso es tiempo pasado y no tiene nada que ver con esa mujer que es chismosa, que tiene un perro estúpido y unas amigas idiotas.
 
Vivo solo, no necesito favores de nadie, durante años viví con una mujer, una autentica santa, mi madre la odiaba por ello, me quito el alcohol, me alejo de los agujeros, me saco de la sarna, pero le pague con odio. No la entendí, no la pude amar, y ella se fue marchitando y agriando en su carácter, podía verlo claramente, como cambiaba su rostro cuando cruzaba la puerta de este lugar, su chispa se extinguía y se convertía en una sombra, nada que ver con su belleza o con su ingenio, pero todo se iba perdiendo, me sentía como un condenado agujero negro que le robaba el alma. Lo era, lo sabía y lo aproveche para hundirle, la conocía de antemano y sabría que se quedaría, no podría dar todo y luego irse. La corrí, la avente por una escalinata de piedra, no le pedí nunca disculpas, no supe cuando llegaron sus hermanos, la golpiza me dejo con una pierna coja, sabían los hijos de puta donde golpear, ella los instruyo, ella los mando con aquella ira desbocada, logre soltar dos golpes antes de que mi rodilla fuese a piso, nunca más me levante ante ellos. Los volví a ver un par de años después, buenos hijos de puta que siquiera me guardaban rencor, porque sabían que era un pobre diablo, me invitaron unos tragos, mezcal para ellos, yo con ron y agua mineral, era lo único que no me dejaba convertirme en un estúpido. Los tuve que acompañar a vomitar, uno de ellos se metió con un choto, creo que ahora está preso. Hace años que no sé de ellos, la familia que destroce, porque de forma alguna me culparon de ello, me culparon de ser peor que el diablo, peor que el infierno, el condenado hijo de puta que destrozaba vidas. No los culpo, la mujer tenía todas las de perder, la vida la jodió conmigo, pero sus hermanos me jodieron a mí. La rodilla aún les recuerda. 
 
Cuando ella se fue, me quedé dando tumbos, nadie me contrataba, todos me huían, mi madre me dio una suerte de pensión, sólo para que no me hundiera, pero nadie o nada podían con la depresión que cargaba; decidí hacer lo correcto:  un cinturón y colgarme. Pero no pude, al final gano el juicio común y me convertí en un espectro de alguien. Lleno de odio, lleno de rencor, aunque nada de ello era nuevo, lo más probable es que así fuese desde siempre, o al menos desde que conocí a un niño lleno de pecas, lleno de sueños y luego ese bastardo se murió, sumiéndome en una condenada depresión que todo lo arrastra, que todo lo condena.
 
SR Marzo 2018

lunes, 8 de abril de 2019

La política esta muerta

Cuando era más joven intenté pasar una semana con una dieta a la jim Morrison, una semana con nada más que Whisky y cigarros. Lamentablemente no me gustaba el sabor del cigarro y el whisky era muy caro. Intente la versión para la que mi cerebro me daba. Una semana de cerveza y mota. Cabe decir que a los 2 días o día y medio, mi cerebro únicamente podía pensar en comer, comer y no parar de hacerlo, además de que vivía en una terrible paranoia constante. El mundo giraba y yo no, tal vez eso era lo que más me preocupaba en aquellos dos días de por aquel entonces. Escuchaba a mis vecinos tener sexo con el radio a todo volumen, su selección musical era la misma cada que lo hacían, cada que la vieja terminaba gritando todos aquellos jesuses. Su esposo por supuesto que no se llamaba así, mi mente idiota creía que lo hacía por un sentido hondo de religiosidad. No me imaginaba que la tipa, que debían andar cerca de los 50, se estaba cepillando a su hijastro. Un tipo que luego me compraba marihuana. Un tipo cool, creo que tenía 16 o 17, por aquel yo andaba cerca de los 22. Me gustaba su novia, su madrastra casi no. Tal vez porque su novia parecía una pequeña puta. Me gustaba su madrastra, su novia no. Tal vez porque su madrastra parecía una autentica puta. No duraron mucho ahí, tal vez cuatro o cinco meses. Un día ambos se fueron, quiero creer que se la sigue cepillando en algún lugar, siendo mancornadores de aquel hombre calvo. Su padre era calvo, seguramente ahora él lo es, yo lo soy y por aquel tenía más pelo que todos en mi familia. Pero ahora todo está jodido, el tipo tenía un auto muy malo, muy jodidamente ruidoso, así sabían que llegaba, les daba tiempo de irse a lugares distantes luego de oírle desde por lo menos una cuadra o dos antes. Se colgó. Tenía casi 45. Me caía bien, hablaba de futbol y de cerveza, bebía mucha cerveza, a los dos nos gustaba la condenada cerveza. Pero no su mujer, creo que era marica, no me importaba, me caía bien el condenado marica. Aun así se colgó tres días después de que su hijo se fuera, la mujer no le importaba, pero su hijo era todo. Un condenado nudo estaba en medio de su cuello, le gustaba la cerveza. Estaba ahí, sentado en la sala, oyendo a los vecinos coger, les gustaba hacerlo hasta que oían el motor del vecino; llevaba unas cervezas encima, tenía jodida hambre, la cerveza no estaba fría. Tenía muchas ganas de orinar, odiaba todo lo malo que era estar solo, odiaba estar vivo. Pero amaba la condenada cerveza, y ahí todos estaban idiotizados, mi perro, mis gatos, el fantasma que vivía en la planta alta. Había un pinche fantasma, había un condenado fantasma en la casa, miento, no sé qué jodidos fuera. Incluso empiezo a creer que era mi propia idea de soledad, algo que me ayudaba a no volverme imbécil y ahí estaba rodeado del humo de aquella marihuana barata, y repleto de la condenada cerveza. Y me hundía en los sillones, en aquellos sillones que mi madre se había encargado de forrar, lamente que hubiera muerto tan joven, aunque realmente eso hizo que mi padre se consiguiera no menos de 10 novias, ninguna de ellas se parecía a la vecina, pero pocas mujeres como ella, me gustaba y la novia de su hijo. Me gustaba ambas porque parecían putas sacadas de alguna película erótica, no pornografía, sino esas películas que solo insinuaban todo, demasiado estético, demasiado cuidado, llevar a la vida real la cuidadísima estética de las fotografías. Lo que más me gustaba era permanecer acostado viendo el televisor sin sonido, me comenzaba a sentir bien, tan jodidamente bien cómo era posible, pero nada duraba, no al menos que fuera la maldita paranoia que tenía en aquellos días, cualquier condenado ruido me sobresaltaba, pese a que la casa del vecino nunca estaba en calma, cuando no estaban teniendo sexo, estaban gritándose padre e hijo. Así supe que se querían, porque cuando un hijo y un padre no se gritan a rabiar están inmersos en la indiferencia total. Mi padre rara vez me dirigía la palabra si no tenía nada nuevo que decir. Le gustaba el rock, le gustaba el maldito rock, creo que eso ayudó a que no se volviera loco, digo más, cuando ella murió. No la recuerdo casi, ya no, la marihuana y la cerveza se han encargado de ello. Mis dos tías que vinieron al funeral casi no hablaron, se la pasaron llorado y recordando anécdotas que las hacían llorar de nuevo, pero mi padre estaba sentado en una silla que apenas y no se quebraba por su peso, estaba hundido ahí mientras yo recibía a los condenados invitados, deudos, los tipos vestidos de negro. Odiaba al mundo, quería que todos se fueran al carajo, estaba atascado de marihuana cuando mamá murió, ella así lo habría querido. Le gustaba el olor que dejaba en mi cuarto, distinto de esa maldita cerveza, no menos de 5 veces tuvo que limpiar mi vomito. El viejo ha muerto hace unos dos años, tenía casi 70, ya no veía casi nada, quiero creer que en sus ojos eternamente ciegos se acordaba a diario de mi madre, aunque no fuera así, la última de sus mujeres le vació la casa aprovechando que yo había salido. Le dejo en su habitación encerrado mientras ella llegaba con un camión de mudanzas, el tipo rompió el espejo, un buró y una pata de la cama, tuvimos que emparejarla y a partir de ahí durmió con el colchón en el suelo, vendí algunas cosas para pagar lo elemental, sobre todo el condenado horno de microondas, no sabíamos cocinar ni un huevo. Nos estábamos muriendo de hambre, llenos de humo de marihuana y hambre que nos devoraba las tripas; él se murió un lunes, no recuerdo el velorio, no recuerdo gran cosa porque estaba muy jodido. Estaba solo y me gustaba demasiado la idea. Luego regrese a casa, a buscar una chamarra, sentí que mi padre y mi madre seguían allí, viendo como todo se comenzaba a ir a la mierda, sin trabajo, sin nada que hacer y condenado a beber cerveza. Llovió dos días seguidos, sin detenerse, sin parar un condenado momento de llover, para entonces la ciudad estaba colapsada, había un rio de mierda afuera de la casa, los niños se cagaban en el rio que corría con salvaje destino. Abrí una cerveza y me senté a esperar a que todo se fuera al demonio, pero no fue así, no pasó nada que no hubiera sucedido antes, no sucedió nada que fuera relevante. Por aquel entonces debí andar cerca de los 30 o más. Vendí la casa, vendí todo lo que había dentro y me mude a este departamento. No hay vecinos cogiendo, no hay nadie al lado, todos estamos muertos.
 

SR Otoño 2018