No suda. Es extraño, pero pese a todo el condenado calor no puede sudar. Le gustaría porque a lo mejor así podría refrescarse un poco. Lleva tres años en Mérida y sigue sin acostumbrarse al calor. ¿Quién puede? Piensa mientras observa por la ventana de aquel hotel en la periferia. Casi no hay nada ahí, salvo vegetación y animales. Llego a la ciudad blanca en una primavera, se alquiló primero como guía de turistas freelance, pero no lograba sacar el dinero suficiente para subsistir. No en sus términos. Así que consiguió trabajo en un hotel y ahí seguía, llevando extranjeros a visitar todas las zonas aledañas, así había transcurrido su vida a últimas, desde que había salido de Morelia.
Encendió el cigarro mientras dejaba que las cortinas volvieran a su posición habitual, poco menos de las 12 de la noche, domingo; al parecer aún quedan un poco menos de 3 horas para que el camión salga rumbo al Distrito Federal. No le apetece recorrer el camino por carretera, pero no tenía tanto para el avión, además de que no siempre es bueno aquello. Desearía que Alma lo acompañase, pero ella fue tajante, no podría ir con él nunca, no después de la última pelea. Sabe que se le fue un poquito el carácter, pero no fue para tanto, nadie debió meterse, menos los papás y el hermano. Pero eso ha quedado atrás. De verdad le hubiera gustado que funcionara con ella, tenía un bonito trasero y era muy bonita. Además de que siempre sonreía. Claro, hasta esa noche. Luego todo fue para mal. Pero ahora espera que todo se solucione, que su partida finiquite todos los problemas y de alguna forma le permita comenzar de nuevo. Se calza las botas, número 10, regalo de la francesa que se enamoró de él hace 2 años.
No le gustaba que le hicieran regalos, pero la chica insistió tanto; le dijo que era un pequeño presente por las horas y momentos vividos, por supuesto que le gustaba ¿a quién no le gustaría una arquetípica estudiante parisina? Lamentablemente aquello duro muy poco. A ella le gustaba su pelo negro y su piel lechosa, además de que era muy alto para ser un “mexican curious” como le habían dicho alguna vez ciertos turistas holandeses. No importaba eso para Jasmine, no era muy alta y tenía un olor natural perfecto para sus ojos. Lo que le gustaba más de ella eran sus ojos. Entre almendrados y algo más claro, por supuesto que el sexo había sido fantástico, pero luego ella se fue a seguir su aventura y no volvió nunca más. Sólo quedaban aquellas botas de piel para recordarla.
Observa la habitación por última vez antes de aventurarse a caminar hasta la central de camiones, conoce la ruta de memoria. Va al cesto de la basura y tira la cajetilla de cigarros, ahí tiró el envoltorio de los condones y el condón usado que aún tiene rastros de materia fecal y sangre. Luego, recorre minuciosamente el cuarto minúsculo de baño, se lleva una de las botellitas de shampoo que guarda en la bolsa delantera del pantalón que usa. Vuelva a salir y se sienta un instante en la cama que se hunde con su peso de ese costado. Se acuesta y recarga la cabeza en el cuerpo frio de Alma, el torniquete alrededor del cuello está hecho con su propia playera y el tubo de la cortina del baño. Le da un rápido beso en la mejilla y se endereza.
Observa la habitación por última vez antes de aventurarse a caminar hasta la central de camiones, conoce la ruta de memoria. Va al cesto de la basura y tira la cajetilla de cigarros, ahí tiró el envoltorio de los condones y el condón usado que aún tiene rastros de materia fecal y sangre. Luego, recorre minuciosamente el cuarto minúsculo de baño, se lleva una de las botellitas de shampoo que guarda en la bolsa delantera del pantalón que usa. Vuelva a salir y se sienta un instante en la cama que se hunde con su peso de ese costado. Se acuesta y recarga la cabeza en el cuerpo frio de Alma, el torniquete alrededor del cuello está hecho con su propia playera y el tubo de la cortina del baño. Le da un rápido beso en la mejilla y se endereza.
No se despide, no le gustan las despedidas, las siente como algo ficticio, como promesas vacías que la gente normalmente espera no cumplir realmente, o deseos que sólo caen en saco roto, pero le da una última mirada a lo que fuese Alma y murmura: ojalá. No en un sentido de esperanza, sino como una suerte de anhelo de que no hubiese sucedido de esa manera, como si todo lo que había pasado desde que Alma Pérez entrara en aquella habitación marcada con el 7, con la ilusión de finiquitar todo ese desgraciado asunto; sabía de antemano que iba a morir, por eso se había vestido como una fácil. Aquella minifalda que tanto le enojaba que usara cuando salía con él, la playera delgada sin mangas que dejaba admirar su bronceado permanente y ese olor a azucenas. Lo odiaba, porque sólo lo usaba cuando andaba caliente. Cuando creía que él no sabía que se veía con quien sabe cuántos más, allá por su casa cerca de la Biblioteca. Era estudiante de posgrado. Alguna cosa social y de ahí habían surgido algunos de sus primeros roses, debido a que ella abogaba por la igualdad femenina, mientras que se vestía como una cualquiera para que nadie tuviese la suficiente coherencia o sangre en el cerebro para rebatírselo. Sólo le permitió dos cachetadas, antes de que le diera la primera golpiza. Acabo con tres dientes menos la muy estúpida.
El camino es larguísimo, no recuerda tanto que se demorara en llegar a la gran mancha urbana, la última vez que estuvo en el Distrito conoció a una chica de Canadá, era muy guapa y tenía mucho dinero, pero no duro aquello, la chica pronto regresaría a estudiar a Alberta y no le quiso dar su número, termino violándola en un callejón oscuro y después boto su cadáver en un canal de aguas negras, el auto lo dejo en una colonia donde se encargarían de desaparecerlo, Genevieve. Así se llamaba, pelo castaño como de anuncio de shampoo, piernas kilométricas y pálidas, quemadas en aquel entonces por la acción del sol. La encontró en el templo mayor, el carro era de una amiga que vivía por Tacubaya, ahí se quedaba Genevieve. Ahí le iba a dejar la muy puta. No la dejo, le dio un golpe seco con el volante y después se perdió en aquel sitio lúgubre.
Contrario a lo que había leído sobre la gente que era como él, y de los cuales abundaban estudios en el internet, no le gustaba coleccionar nada de ellas, no entendía eso de los trofeos, sólo eran estupideces que hacían que los policías se acercaran a él. Le gustaba acabar todo con sus manos, le maravillaba ver cómo iban desesperadamente finiquitando sus respiraciones. Sus ojos comenzando a sumirse en la negrura y terminar por extinguirse la luz de ellos finalmente. A la par de que realmente gozaba la sensación de que sus manos se llenaran de las palpitaciones del cuello de aquellas mujeres.
Los lloriqueos de su madre cuando decidió salir de Morelia para recorrer el mundo le dolían todavía, pero era necesario; Rosario y Carmela tenían hermanos pesados y no tardarían en saber que él las había ayudado a salir de su agonía. Rosario tenía 17 y era muy bajita, delgada y de pelo tan oscuro que a veces sentía que era el manto de alguna jodidera de esas que usaba su abuela cuando iba a misa. La había llevado a pasear aquella tarde que todo se descontrolo. En el camino a la presa recogieron a Carmela, la conocía poco y era muy parecida a Rosario, si acaso que tenía un poco más de cuerpo. No le cayó bien, inmediatamente se puso a la defensiva con él, no le hacía ninguna gracia sus chistes y menos las veladas amenazas en forma de broma que le hacía a Rosario. Se lo dijo apenas bajaron de la camioneta roja. Era de un carácter especial. Tuvo que actuar a la impulsiva. Por suerte nadie había cerca de aquel lugar, desde que empezaran las ejecuciones la presa era un sitio perfecto para desaparecer, a Rosario la golpeo con el six, a Carmela con la llave de cruz cuando la alcanzo. No las violo. Fueron las únicas dos que no fueron suyas completamente. Le hubiera gustado, pensó con el tiempo, pero estaba muy nervioso, no había salido nada bien, estaba ahí para coger con Rosario y a buena hora se le ocurrió invitar a la otra impresentable. Les amarro un par de piedras y las arrastro hasta donde le fue posible sin hundirse el mismo. De la misma manera había ahí abajo un centenar de cadáveres o tal vez dos. No lo sabía. Las chicas fueron reportadas dos días después, para entonces él ya estaba camino al Distrito. Y de ahí abordaría el avión hacía Mérida.
Su madre creía que estaba en alguna parte de EU, pero jamás pensó ni por asomo cruzar la frontera, sabía que del otro lado sería muy sencillo que lo encontraran y que además lo condenarían a la silla. Aquí al menos si lo agarraban, pasaría unos cuantos años encerrado y luego saldría. Eso sí lo encontraban. Aunque nadie lo buscaba.
Su madre creía que estaba en alguna parte de EU, pero jamás pensó ni por asomo cruzar la frontera, sabía que del otro lado sería muy sencillo que lo encontraran y que además lo condenarían a la silla. Aquí al menos si lo agarraban, pasaría unos cuantos años encerrado y luego saldría. Eso sí lo encontraban. Aunque nadie lo buscaba.
La llegada al deefe fue complicada, mermados sus ahorros por las últimas semanas en Mérida, había comenzado a buscar un hostal barato donde quedarse hasta que alguna mujer lo invitara a vivir con él, así había sido, tenía un don de palabra y el suficiente carisma para que en menos de lo que pudiera parecer decoroso las mujeres le invitaran. Así había sido desde niño, desde que su madre, sus abuelas, sus tías, todas las féminas lo mimaran y le creyeran todo. En algún momento había menguado su habilidad, pero fue justo cuando conoció a su padre, un completo idiota al que erróneamente había idealizado, como si todo ese talento le hubiera sido heredado por una mano gloriosa del padre, descendiente, en sus más febriles fantasías, de un linaje lleno de conquistadores y gentes de importancia. Aquellos meses fueron duros porque el viejo estaba a punto de morir, sólo lo buscó para quitarse el peso de encima de lo que había sido errar sin futuro, sin su hijo y sin la mujer que lo había amado hasta la saciedad. De manera que fue una mala época para sus anhelos. No lo sabía por aquel entonces, pero siempre se sintió mejor cuando obtenía lo que buscaba cuando empleaba embustes. Ahora era un experto, no sólo en crear historias tan fantasiosas como ilógicas, sin embargo, encontraba en todo momento el sitio exacto para cambiar el sentido de esos chismes. Conoció a Pamela. Alta, la más grande de todas las que había logrado conocer. Tenía 26, era muy inteligente y ganaba bien, pero le había pasado el síndrome de las cuarentonas, creer que su éxito alejaba a los hombres, que era imposible seguir el sendero de las relaciones. Creyó encontrar a ese ser mítico que le describían todas las revistas en línea que seguía. Alto, de pelo corto a la moda, barba crecida y pulcramente recortada y con una plática magnifica. Salió 3 veces con él antes de dejarse llevar. Siempre riendo, le encantaba el baile y tenía un bronceado espectacular. Metió la mano por debajo de la falda de mezclilla, dos dedos incrustados tenía dentro de ella cuando soltó el primer golpe directo a la cara. La reacción sería de rabia pura, no sólo intento forcejear, sino que el rostro delicadamente blanco cambio a un rojo intenso, tanto por la vergüenza como por la sangre que manaba sin parar de la nariz. Los gritos lo enardecieron, el siguiente golpe le atino en uno de los costados de la cara, se desmayó. Fue su último momento consciente. Nunca lo supo. Su cadáver apareció en su departamento, le robo varias cosas y la policía nunca investigo con ganas.
No creyó en la ansiedad que según algunos de esos asesinos famosos habían sentido y que los había llevado a cometer sus crímenes, hasta que observo el cuerpo tendido de Clara en la cama de aquel hotel. Llevaba saliendo con ella casi dos meses. Trabajaba para ella en aquellos billares donde todos terminaban ebrios antes de salir al frio de la ciudad. Se comenzaron a tutear y luego a llevar muy cariñosamente. Esa noche tenía un ansia de retorcerle el pescuezo. Pero no podía, estaba muy comprometido, lo conocían todos, sabían que llevaba tanto tiempo saliendo con ella, vio de nuevo el rostro de aquella mujer de pelo corto y negro, menuda y con un sentido del humor exquisito y sintió el deseo más grande de dejarse llevar. Toda esa noche la paso en vela, sopesando todas las posibilidades, la primera y más complicada era como sacar un cadáver o su propia presencia de una casa de tres pisos que remataba en una sala atestada de billaristas. Luego el desaparecer, si bien su sueldo había mejorado ostensiblemente de lo que percibía en el caribe, aquí todo era muy caro y no tenía prácticamente ni un duro para seguir. Bosteza. Quiere despertarla para joder. Decide no hacerlo y le da la vuelta, antes de que la mujer alcance a comprender lo que sucede, el ardor rectal le sube por la espina y el cerebro despierta de golpe. Las lágrimas le corren por las mejillas y a cada nuevo embiste su garganta emite un grito seco y sin fuerza, toda se va por ahí. Tiene todo el dolor del mundo y su novio sigue en lo suyo, como si no hubiera tenido acción alguna en meses.
Recoge 3 piedras en el camino, la calle esta oscura y los pocos automóviles se desplazan ajenos a lo que se esconde en las sombras, las farolas están parcialmente cubiertas por arboles torcidos. Vislumbra la fachada del hotel, enfrente los billares, la marquesina de ambos brilla con intensidad suficiente para marear a quien ose ver directamente. Ahí, en la parte superior esta la ventana de ella, debe estar acostada porque no se observa ninguna lámpara prendida, ya paso la hora de lectura, avienta el primero de los guijarros librando por poco una rama de las jacarandas. Da en el blanco y espera. La segunda piedra recorre el mismo destino y se aleja apenas unos centímetros del anterior sitio de impacto. La ultima piedra vuelve a acertar justo en el momento en que se distingue una figura menuda del otro lado del cristal.
Vengo a despedirme y a darte la oportunidad de que nos vayamos los dos juntos. Esgrime mientras observa a ambos lados de la calle, ansioso. ¡Estas enfermo! ¡Terminamos hace dos semanas! ¡Voy a llamar a la policía! No hagas estupideces Clara, sabes que eso que te contaron es falso. ¡No he matado a nadie! La mujer se repantiga, mientras busca a tientas el teléfono celular que se le ha caído, las manos le tiemblan lo suficiente como para que se le resbale un par de veces. Desde la calle el hombre busca algo más que aventar, como si con la voluntad propia fuera capaz de dirigir el proyectil hasta la cabeza de Clara y terminar con todo. Sin embargo, lo único que medianamente puede servirle es el casco de la motocicleta. Lo duda un instante solamente y tras escuchar el sonido de una torreta que se acerca, lo avienta con todas las fuerzas haciendo que rebote en el marco de la ventana. De la cual el vidrio se hace cachitos con el posterior grito de la muchacha que atina a gatear lo más rápido posible hasta el baño. Las dos patrullas se estacionan en la parte frontal de los billares, ni señas del hombre o de la moto. Las cámaras de seguridad de la ciudad lo captan unos segundos antes de que se pierda en la noche.
Odia el calor, al menos este condenado calor. Lleva 12 días en Juárez, todo es calor, todo es desierto y ráfagas de aire caliente que lo hacen desear estar muerto. Nadie repara en él, tiene un empleo jodido en una de las múltiples fabricas que abundan, de las pocas que contratan hombres, de las que contratan gente que no tiene papeles, el 99% serán ilegales que ansían llegar al otro lado, que están a la espera de que aparezca su coyote, que los dólares vengan del sur, que alguien los contrate como mulas, que alguien haga jodida sea la cosa. Pero están ahí, parados, metidos en una enorme trampa de hormigón y concreto que los hace sudar porque no tiene aire acondicionado, jamás pensó que algo así sería fundamental, hasta ahora. Dos veces ha hablado a Michoacán, su madre colgó en cuanto reconoció la voz. La segunda habló a casa de la vecina, ella al tiempo que hablaba con él, comenzó a marcar el número de la policía. No lo intentará más, sabe que todo fue culpa de Clara, de todas esas mujeres estúpidas que lo hicieron tan débil. La hora de comida termina y todos vuelven hacía el interior. El jodido calor le tiene frito el cerebro.
SR Marzo-Abril 2017
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