viernes, 29 de mayo de 2015

cuento inconcluso

Cuento inconcluso
 
Comencé a escribir un escrito sobre un par de hermanos a punto de romperse la madre (o como gusten decirle al noble acto del uno contra uno), parados en medio de una campiña inglesa del siglo XVIII o tal vez del XIX, mientras en sus chaquetines y botas altas de cuero para montar a caballo llevaban grabados el escudo de armas de la familia (que eran un par de potros salvajes en un campo verde y un higo en el campo abovedado por las estrellas), y comencé a sentirme enfermo; vamos que sólo en pensar en gastar horas y horas para darle un sentido no lineal al condenado duelo verbal que sostienen el par de idiotas me produjo una jaqueca brutal, y es que suena tan jodidamente de telenovela clásica mexicana todo el rollo, donde el noble 1 debía tener el rostro de un Manolo Fábregas y el noble 2 tendría que tener el porte de una copia barata y al carboncillo de Arturo de Córdoba. Desistí, no sólo porque me parecía un extracto ya muy probado por los grandes y que carezco del talento suficiente para llevarlo a buen puerto. En mi mente era otro de esos sobados dramas entre dos miembros de la familia por una mujer de curvas de alarido (para la época, cuestión que al parecer siempre es olvidado por los guionistas y cuentistas al adaptar cuentos con mujeres más bien poco adecuadas a ese determinado periodo histórico) y todo el chiste era resumido a versionar literariamente una historia que había visto seguramente en la televisión por cable y sus amores instantáneos estilo Cinemax.

Comencé a desestructurar el asunto, por partes, al comienzo de todo estaba el problema de banalizar a esa mujer que podría provocar la ruptura entre dos hermanos y llevarlos hasta el dilema siempre monstruoso del duelo (que a ciencia cierta nunca tuve intención de llegar porque todo el drama se centraba en mostrar a los hermanos como un par de cobardes), la mujer en cuestión tenía que ser lo suficientemente inteligente y hermosa como para lograrlo, pero luego recordé que mi visión de macho petulante podría ofender a ciertos sectores femeninos que abogan por un papel digno para la mujer y la consabida retahíla de situaciones misóginas que suelo emplear. Fracase y cree una heroína (o anti heroína según gustos) formada con los cuerpos esculturales de las salvavidas del traje rojo de los 90s en la televisión gringa (rubias con mas plástico en las protuberancias mamarias que en el instrumento inflable que utilizaban para realizar su labor, y estúpidamente inteligentes, tanto así que podían hacerse pasar como estúpidas con tal de lograr su objetivo) y con el rostro perfeccionado de alguna actriz de primer orden en los charts actuales. Me confieso un macho cerdoso.

Luego venia el dilema del alcohol, hacer un escrito sobre demonios en la carne y problemas familiares y no incluir el alcohol sería un aspecto que mis viejos maestros de la botella no me indultarían jamás, sobra decir que uno de los dos hermanos (al que abandonan sobre todo) tenía pensado hacerlo un maldito borracho de alcantarilla, pero luego reflexione y pensé para mis adentros: bueno si al final uno de los dos ha de ser borracho al menos has que éste sea el que parece más pinche guapo y al mismo tiempo que sea esta su principal arma para que le pueda robar a la casta y pura novia (aunque esta vista atuendos que ni en una fantasía porno podríamos encontrar). Me sumerjo en el carácter de ese don Juan de pacotilla e interiorizo el dialogo que atormenta su alma de pobre desdichado: “Demonios de la carne que sobreviven a las purgas hechas con alcohol y mariguana casera, desdoblando los bandazos dados por un cerebro que se apaga lento pero incesantemente. Cierro los ojos, nada existe sino lo que creo bajo la sombra etílica de los fantasmas de la carne, allí aparece el cuerpo principal bañado en cerveza obscura, mientras  el cuerpo secundario lo bebe de la mujer emparentada con alguna deidad mágica”. Alcohol por aquí y por allá mientras el asunto se iba enfriando y entraba en esa rachita negra donde nada bueno procede de mis dedos incapaces de mantener ajeno al demonio del sueño.

Retomo a la heroína, la cual está llena de virtudes físicas e intelectuales (las cuales soy incapaz de enumerar para no alienar a mis lectoras y amigas), que se derrite cual queso en horno de leña cuando el galán borracho alza la ceja y le habla con esa voz cavernosa y llena de testosterona en un dialogo surgido de la mezcla entre Sam Spade y Han Solo. La fémina cae rendida a sus pies pero aun duda del amor sincero (el cual no existe en esta ficción, porque al parecer el hermano menor es un hijo de puta consabido que aborrece la felicidad de su hermano y sólo por eso le baja a la chica), ante lo cual el tipo la levanta en el aire y le planta un beso brutal-seca-conciencias-húmedas, donde el lector se moja tan solo con imaginar la descripción de un tipo tan patán como amoroso. Y es que al final eso es lo que buscan ellas (me repito incesantemente mientras observo la lista de amores perdidos que terminan andando con este grupo en particular de personajes), pero luego recuerdo que eso es una estupidez y recapacito a tiempo como para demostrar que la fémina llevaba una doble intención: Ama tanto a ese tramposo bastardo que está dispuesta a sacrificarlo en medio de la campiña ante la mirada derrotada de su novio. El perdedor no lo interpreta así y les sorraja un tiro a ambos con tan buena suerte literaria que atraviesa ambos corazones fundiendo su sangre en un amoroso epíteto que enamora a las chicas y les saca la lágrima escondida a los tipos duros. Ambos caen despacio cual si el paneo de la cámara no fuese suficiente con el dramatismo de la escena. La sangre va cubriendo rápidamente el vestido blanco de la mujer (que no era el de bodas, simplemente me gusto el color para tan melodramático evento), mientras yace muerta y el hermano ebrio se arrastra lo suficiente como para decir a su hermano mayor y quejumbroso cual marica ingles de novela costumbrista (y con sanos y puros sentimientos): “perdóname, perdóname manito por haberme querido pasar de bolas con tu vieja!” (obvio mi conocimiento sobre el lenguaje sajón no está de por medio en este escrito y si la historia risible y contenida de vicisitudes y dramas propios de la televisión nacional). El tipo puro, casto y virginal (aunque que yo sepa todos refieren a la misma cuestión) se aleja con el sonido de una gaita (chingao como no) sonando lastimeramente mientras una lagrima le escurre cual si de semen se tratase.

Hasta allí terminaba el asunto de un cuento que estaba tramando hace un par de meses (nada más y nada menos que 7) porque al parecer una mujercita me gustaba (luego resulto que no) y que era la novia de mi amigo (aunque tampoco es que el tuviese la concesión en exclusiva), no me haría caso nunca; pero a lo que iba es que yo terminaba como el muerto y mi amigo con la lagrima porque en el fondo siempre he sido un patán, borracho y mal hablado que se enamora de las mujeres que son de mis amigos (bueno no siempre, pero si no como chingados saco adelante un cuento que nació muerto en el mismo instante que decidí llevarlo a la campiña inglesa en el siglo XIX y no en un barrio marginal del de efe atestado de perros famélicos, olor a mierda pasada por agua, orines y niños gritando desde los ventanales donde sus padres los han recluido para evitar que se asomen a la realidad del siglo XXI). Y sobre todo que me había gustado una chica muy guapa y muy inteligente.  Me imaginaba como un moderno Capuleto  sacrificado por sus actos impuros de confraternizar más allá de lo permisible con el alcohol y sus derivados mientras con la otra neurona viva me dedicaba a desvivirme por la mujer de mi amigo. La mujer en ciernes por supuesto no era inocente y así lo revelo una tarde de hace unos ayeres cuando le puso el cuerno a mi compa con otro sujeto igual de abarrotado en alcohol como quien suele escribir tantas elegías a la cerveza y sus efectos. La chica no solo eligió al ebrio sobre el virtuoso, sino que ejemplifico todo aquello que siempre he creído sobre las chicas guapas y los tipos jodidos. Nos aman más de lo que quieren admitirlo. Les gusta que seamos un completo desastre, que nos desvivamos más por algo intangible como el último reducto de una unidad completa de galletas que por ellas, y finalmente que les hagamos el corazón como ellas hacen con el resto de la humanidad.

En fin, cosas aparte (y razones chaquetas inmiscuidas), solo basta decir que el cuento de los hermanos finalmente termina con el hermano superviviente metido de lleno en un cuarto de mala muerte rodeado de prostitutas y con el dinero familiar agotado en opio y oporto. Así me gusta terminar todo, con un baño de inmisericorde de realidad donde los ricos son mierda, los pobres son mierda y la cochina vida no merece ni un jodido duro.

SR Octubre 2013- marzo 2014

miércoles, 6 de mayo de 2015

Rodilla al pecho

Rodilla al pecho

La situación no estaba para nada bien, el tipo sangraba profusamente de ambas fosas nasales, mientras yo tenía contra el concreto reforzado de la acera al hijo de puta que le había roto la cara a mi compañero de parranda. Le estampé dos veces el cráneo contra el cemento frio y con olor a caucho quemado, las estrellas a miles de millones de kilómetros parpadeaban intermitentemente como la ira que me embargaba, no tanto porque le hubiese acomodado un par de golpes directos a la cara de mi casi hermano el sujeto con claras tendencias cocainómanas, sino porque me había costado una buena botella de whisky que ahora yacía rota, en decenas de fragmentos en el suelo de la vieja edificación donde solíamos reunirnos a beber el viejo Nico y yo.
 
Le oprimía con fuerza mi rodilla sobre el pecho, mientras hablaba con toda la mala leche de la que pudiera alguien conocerme *mira pendejo, no te quiero volver a ver por aquí, me vale pito que seas alguien pesado… sí te vuelvo a ver por aquí te rompo tu puta madre, y después te mato cabrón* su respiración era pausada, lenta… no podía hacerlo correctamente debido a la presión que ejercían mis casi 100 kilos sobre su humanidad enclenque. El tipo presumía a diario que era un verdadero hijo de puta, pero en menos de 2 segundos le había dejado tumbado en el suelo con un simple derribe al estilo judoca.

+ya guey… suéltalo+ dijo Nico que se había metido un par de tapones en la nariz para detener el flujo hemofílico procedente del tabique roto. +no te comprometas…+ nuevamente alcanzaba a escuchar su voz lejana y a trompicones, el instinto que tanto tiempo me costaba calmar de adrenalina desbordada y vehemente, dejaba paso a una ira fría que se extendía desde la nuca hasta el último resquicio de mis dedos haciendo aun mayor presión sobre la cabeza que cada vez exhalaba con mayor desesperación.  Quería hundirle un par de costillas en el plexo y ver como poco a poco se desangraba, mientras sus pulmones se llenaban de sangre y liquido por haber sido perforados, pero en el fondo quería ver sus pómulos hundirse bajo el mazo implacable de mis puños, nada sencillo le resultaría tratar de pararme si empleaba todo mi cuerpo para imprimir la fuerza suficiente en los golpes.

Le azoté una vez más contra el pavimento y le repetí la sentencia de no quererlo ver nunca más por allí, era una fría noche de invierno y me preparaba para tal bebiendo ese whisky caro, mientras el cielo despejado dejaba entrever que esa madrugada tal vez helaría las plantas y arbustos de la colonia. Atrás alcance a escuchar el ruido de los grillos, perros ladrando ante el ruido de mi voz y autos que pasaban más rápido de lo usual para alejarse de un par de ebrios golpeando a un cocainómano que no se iba a dejar vencer así como así; todo el mundo cercano al viejo establecimiento que frecuentábamos el viejo Nico y yo lo sabía. Me había agenciado una sentencia que ni mi estado etílico podía desaparecer al día siguiente con la cruda.  Ahora la ira se concentraba y desaparecía para dar paso a ese instinto primario de supervivencia.  Sentí la mano de Nico jalarme para que dejara que el cocainómano se pusiera en pie, quería trabarme en el suelo y darle unas cuantas patadas, sin embargo nada de eso era aconsejable. Ya comenzaban a chiflar las mierdas que acompañaban de siempre al jodido bastardo aquel.

Me incorpore y sin darle la espalda en ningún momento retrocedí hasta llegar a la puerta del edificio, era negra y tenía un par de agujeros de bala que la banda en turno había recién abierto; lento, sin prisa alguna, sabiendo que mi exceso de respuesta volteaba las cosas a su favor el bastardo cabeza rapada se puso en pie. Me sentencio con sus dedos sobre el cuello y comenzó a caminar hacia la esquina contraria donde ya se hallaban dos de sus camaradas. +ese hijo de la chingada no se va a quedar contento+ dijo Nico mientras trataba infructuosamente de encontrar algo que nos sirviera para afrontar la noche que se nos venía encima.

Minutos después, o tal vez no tanto, un par de mierdas más se unieron a los primeros, ambos discutían por lo bajo y se mostraban impacientes, querían hacer valida su opción de venganza, mi compa y yo mientras tanto recogíamos todo lo que pudiese servirnos como arma para defendernos en caso de que el tipo y sus compinches decidieran actuar esa noche, y agarrarnos a la mala. *Esto se va a poner feo, sabes salir por la calle del Farolito?* pregunte con cierta nota de pánico en la voz +si, pero no mames, no te voy a dejar aquí para que esos cabrones te agarren+ contesto Nico apenas dejando salir las silabas desde la garganta afectada, agradecí en el fondo aquella afirmación de lealtad y camaradería, pero sabía en el fondo que en caso de que se armara la gresca, la lealtad iba a tener un par de cadáveres en lugar de uno solo. *la cosa es que vamos a tener que tener despejada esa salida en cualquier caso guey, ya sea por la puerta de la calle o la pinche barda de atrás* sabía que un par de metros al fondo estaba la barda, lo malo es que debido a mi tamaño y a mis viejas lesiones de futbol, una caída desde una altura mayor a dos metros y medio me fracturaría o luxaría el tobillo, y correr pues podríamos hacerlo pero sería complicado. +Pues entonces así sea guey, si nos separamos, nos vemos allí en el farolito o en el camino pa’ arriba+. Note que temblaba el tubo que había logrado agarrar en una de las habitaciones destinadas a los materiales para edificar el asunto, la boca la sentía seca y la adrenalina bullía y se mostraba atenta a cualquier ruido, a cualquier señal de que los tipos ya se habían puesto en marcha.

Se escuchó la primera detonación haciendo añicos una de las chapas de la puerta principal mientras tres sujetos aparecían por la misma puerta, nos habíamos logrado ocultar en uno de los puntos ciegos a falta de luz, pero en cuanto entrarán y comenzarán a avanzar seriamos blancos fáciles. Sonaron más detonaciones, no dentro, sino fuera, donde los primeros que habían logrado ingresar estaban en animación suspendida, se habían quedado congelados tras la segunda descarga de metralla, ninguna de ellos; en algún punto de la esquina donde solían juntarse se había chingado algo, sin detenernos a contemplar aquello, nos lanzamos hacía la barda posterior, había tres tambos metálicos con tapa, si lográbamos mantener el equilibrio de 2, la barda sería una cosa menor, se recrudeció el ruido procedente de la calle, los perros aullaban y los ecos de autos en scratch se multiplicaron, algo había alertado a la gente de la colonia y viendo disminuidos al pinche pelón lo habían cercado. Nosotros estábamos a punto de saltar desde una barda de cuando menos 3 metros cuando se dejaron oír las primeras sirenas. Venían seguramente por la calle larga, las farolas de varias casas prendidas, los ruidos de pisadas por toda la calle se hacían sentir por encima de los gritos de la banda del cocainómano. 

Alcance a ver a dos de sus hombres sometidos por la gente, otra tanta llegaba de sepa la madre de donde, ya eran muchas que tenían guardadas, por ahí sonó una detonación seca, parecida a algo que no corresponde a un sitio, el viejo Nico me hace señas para que brincará, que esa parte de la calle esta despejada, logre brincar justo cuando se escuchan los gritos de la gente señalando que un par se acaban de pelar por la parte de atrás de la construcción, para ellos todos los que no van en bata o pijama son de la mierda que deben extirpar hoy si o sí. Corremos, pese a que no somos los indiciados, corremos mientras la sangre se agolpa en mi muslo, nunca vi cuando me pego un rebote, ligero, parecido a un rasguño que hace brotar sangre y va llenando la pequeña calle apenas iluminada por dos farolas color naranja. 

Recién nos paramos en la esquina del farolito cuando me llega el primer pinchazo de dolor, me sostengo en la barda de don Pancho, necesito sutura, de cuando menos alcohol y una gasa. La noche sigue su curso para todos los elementos no humanos, por ahí una sombra que se sacude de la modorra, peluda y con los ojos ambarinos. Huye cuando siente la presencia de más humanos, un par de grillos delatando la presencia de entes ajenos. La mueca de satisfacción de Nico se trastoca hacia un jodido dios! Se escuchan las voces beligerantes de la buena gente de la sociedad que anda excitada. Que quiere sangre y es probable que paguemos todos.

Me quito la chamarra y hago una especie de torniquete en la pierna, la sangre comienza a formar un charco tras correr por mi pantorrilla y descansar finalmente en el suelo. Hace frio, pero nosotros sudamos la mar, seguimos agitados y las voces se hacen más fuertes, deben de estar a menos de 100 pasos, volvemos a emprender la carrera justo cuando oímos el: *párense ahí cabrones* torcemos hacia la calle de Valeria, seguro que ahora debiese estar dormida o con toda seguridad meneándole la cola a algún bastardo suertudo. Mientras sigo perdiendo sangre y llenando la chamarra de mezclilla que me regaló mí madre cuando menos 10 años atrás, la borrega falsa cubierta de sangre, tal cual debió terminar el animal verdadero antes de volverse un rico desayuno. La suerte es que hay dos baldíos, en uno es poco probable que nos busquen, salvo que se hayan dado cuenta que voy rengueando y sangrando, y el otro tiene el inconveniente de que la reja es alta y antes siquiera de llegar al otro lado ya nos habrán cogido. La suerte es que calle arriba, casi llegando a la tienda de doña Angi no hay luz, se acaba la luz y nos perderíamos en el rio nocturno de estrellas burlonas. Nos miramos en microfracciones de segundo, sin hablar, sin pensarlo casi. Nos metemos en el baldío a rezar que se sigan de frente, que nos olviden, que se centren en ir a perseguir fantasmas sangrantes de pies jodidos. Nico se esconde pecho a tierra tras una inmensa zacatera, yo como puedo intentó apagar mis colores de la ropa, y quedarme inmóvil. Justo cuando dejo de respirar, pasan dos hombres, sendos palos en mano, una linterna en la otra, tiran la luz hacia el interior del baldío y no nos dan por milésimas, siguen hacia la zona alta de la calle, aparece un tercero, un cuarto y un quinto que se ve que van dando las ultimas, deben de ser los más viejos y los que llevan los machetes o la fusca. Lanzan una mirada escrutadora hacia la negrura del matorral del baldío y detienen en lo alto la linterna de uno. Se mueve algo detrás de nosotros y la sangre se vuelve hielo, todos atentos al ruido y se oye el chiflido de uno de los hombres rezagados. 

*Están acá!* nos preparamos para salir a trompicones, cuando se despereza un can, famélico que ha decidido ir a ver que lo ha despertado. Los hombres lo encuentran justo en la entrada y los olfatea, ellos vuelven a enfocar hacia la espesura pero no dan con nada humano, pese a que 3 milésimas de segundo mi pie había estado en el curso de la luz. *Nada, era el pinche roñas!* ríe uno mientras nosotros estamos morados o azules por tanta falta de oxígeno. 
 
Se van mientras las luces de muchas más casas se van encendiendo, a menos de 15 metros de la orilla del baldío una persona gorda sale  y pregunta por el jaleo. Le contestan que van por la banda del Flama. Grita algo inteligible y tras unos segundos sale con un cuchillo de cocina tan jodidamente grande que nos hace replantear el para qué jodidos lo utiliza el viejo Guadarrama. En pantalón y poca menos de ropa arriba, se une a la partida de los hombres que van calle arriba a buscar a dos cabrones que se metieron en el baldío de la reja. 
 
El frio se extiende por todas esas áreas donde el sudor va volviéndose un impedimento para no entrar con una pulmonía. *nos arriesgamos?, si tenemos suerte llegamos a tu casa y nos brincamos la bardita* Nico niega, antes de su casa está la farola de la calle grande y con toda suerte nos van a ver todos los que anden juntando mecate y machete para darle en la madre a los drogos. Ni siquiera planteo mi casa porque está justo a la otra orilla de la plaza, tan vigilada que es más seguro entregarnos a la gavilla que nos anda dando caza. Se oyen más tiros y más jaleo, la gente anda brava y todo comenzó como una noche donde Nico y yo íbamos a bebernos unos tragos de whisky fino. Al parecer mi compadre ya no sangra, quisiera tener la misma perspectiva. Se escuchan a lo lejos otras sirenas, más carros de policía y todo parece clamar que la cosa se va a poner chiles y  es cuestión de minutos para que aparezca la torreta en la esquina, luego otra y finalmente nos descubran, y nos quieran llevar a chirona por ser de la banda del pinche flama. Mi pierna me mata y le hago la seña a mi compa para que relajemos la presión. La noche natural se calla, como si presintiera algo, luego aparece el bramido infernal de la campana de la iglesia de la plaza. Suena como un maldito infierno, el repiqueteo termina por sacudir la apatía de los pocos que no estaban participando en el desmadre de esta noche. Por doquier se alcanzan a vislumbrar las luces encendidas de las casas, gente que sale en ropa de dormir o en mangas, por allá don Clemente sale con una vieja  escopeta con la que solía venadear en el monte, luego la gorda Toribia con dos revólveres que seguramente eran de tata Castro. Más viejos e inservibles que la calma. Más sirenas, tiros, gente que sale de las camas y los sillones para corriendo unirse a la bola de cabrones que ya van de retache por la calle, saben que los campanazos no sugieren nada bueno, menos de 10 pasos atrás pasan los hombres que nos daban alcance, corriendo tras ellos una jauría de perros que salen de cualquier parte y de ninguna, nos quedamos nuevamente de piedra cuando la luz se detiene por lo mismo que un suspiro sobre nuestras humanidades pero el dueño va más pendiente de no tropezar que de buscar a los lacras que se pelaron para la noche. 
 
Dos gritos de mujer, la noche se infernea, suenan más balas, más campanas y de repente toda la colonia de esa antigua colonia bicicletera está en la calle y tiene toda la intención de ajusticiar a los drogos de la esquina de la construcción. Sirenas de cruz roja, sirenas de bomberos y sirenas de patrullas, luego están los gritos de la gente y los ruidos de perros que se alebrestan cuando alguien saca de las bodegas o los escondites los cohetones con que celebran a San Rafael. Parecen dos bengalas que anuncian la llegada de satanás, porque inmediato, apenas se apagan en el cielo negro los dos chismes lanzados, se oyen tres tiros. Luego más gritos y comienza el pandemonio, por acá y por allá se oyen los tiros, los piedrazos que vuelan hacia alguna cabeza, los repiqueteos de la campana de la iglesia y los gritos de esa masa que pierde sentido cada que lo repaso en la cabeza, luego más sirenas y de la nada a menos de que por tanta muchedumbre no se dejara escuchar, aparece una luz desde arriba y el sonido de un helicóptero con la bocina invitando a la gente a que vuelva a sus casas. Luego otro cohetón que surca el aire, iluminando el cielo y la cara del piloto del aparato. Se oyen piedras y tubos de la construcción volar, no estamos cerca y aun así el olor a caucho quemado nos llega, luego alguien hace más tiros. Poco a poco las voces se van quedando sordas ante el ruido del helicóptero y de las sirenas. Nico está casi llorando desesperado por salir de ahí, y yo estoy otro tanto cerca de ello. La pierna me vuelve más un estorbo que una ayuda y le digo ya sin medir la modulación de la voz que debe tratar de llegar a su casa, que ya ahorita la cosa vale dos pepinos, ya a nadie le importamos, un herido de bala de esas que han sonado. Acabo de decir eso cuando suena. Lo oímos clarito como la voz del mismo señor Cienfuegos, el pukpukpukpuk que pone a correr a todos, que silencia la campana de San Rafa, que vuelve en cuestión de segundos una noche infernal en el hecatombe. Es el cuerno de chivo de Cienfuegos. Todos lo conocemos, todos sabemos que ya valió madres y que le van a contestar los tiras, se oye apenas acaba de rociar la última carga, la contestación, tiros y tiros hacia quien sabe dónde, la vuelta a casa de Nico se jodió. Más tiros, más gritos de gente que ya no sabe ni para donde correr, luego la calma. Parece que de la nada alguien les apago el switch. Suena un bramido diferente al cohetón, diferente a las palomas gigantes. Eso fue una granada. Y apenas se recupera todo, vuelven los tiros, más y más tiros de quien sabe quién hacia otro ser amorfo. De vuelta se deja oír el pukpukpuk y aparecen en la orilla del baldío muchas gentes corriendo, ya no cazan, ahora huyen y con pavor en la mirada, luego más balas, luego más gritos y la campana que suena alocada. Se oyen más sirenas, y finalmente voces que gritan desde el helicóptero: *esquina contraria, se le cayó el cuerno!* y luego otra andanada de balas. Otro helicóptero, pero este parece diferente, como más pesado, sin luz externa, llega y lanza dos bengalas, como podemos nos echamos a caminar fuera del baldío, nos topa un vecino llamado Gerardo y apenas repara en nosotros cuando le grita a otros que vienen en sentido contrario: *ya llegaron los guachos!* pero no hay pánico en su voz, hay rabia y antes siquiera de que nos demos cuenta, los que venían hacia acá traen todas las armas viejas, esas armas que usaban para venadear cuando esto era un cerro. Nos pasan como si no existiéramos y se pierden calle abajo. Luego suenan más balas viejas coronadas por el pukpukpuk de Cienfuegos. 
 
Menos de 5 minutos después tocó en la casa de Valeria, sale su viejo con un palo inmenso, le comento que me pegaron un tiro en la pierna, que si nos lleva al hospital. Me ve y ve mi palidez absoluta. Niega con la cabeza y cierra, vuelve  a salir tras unos minutos, con las llaves de la camioneta y todo el camino al hospital de las monjas reniega de lo imprudente que somos por andar queriendo darle en la madre al flama.

SR invierno 2006-invierno 2015