martes, 19 de diciembre de 2017

los otoños del fin

25 o 26 años tendría aquel. Lo digo de esta forma porque no me caía bien, era otra persona, un bastardo sensible. Claro que lo envidio con el paso de los años, pero no me gustaría pasar por lo que el sufrió. Claro, todo por su culpa, pero eso no le entraba en la cabeza, para su gusto todo estaba jodido y todo lo que hacía era meramente una suerte de acompañamiento. Digo que lo despreciaba, pero no tanto porque era feliz o tenía una sonrisa que pocos le conocían, creo que lo odiaba porque había ganado la partida a beber, estaba en una crisis existencial profunda y no necesitaba beber más de lo necesario. No quiero decir que a duras penas puedo alejarme de la botella y eso que mi vida es condenadamente menos complicada que la de ese perdedor.
 
Su límite eran cuatro cervezas. Para tener esa edad era una mierda, en cualquier otro momento de la vida esa cantidad merecería una sonora trompetilla, pero para él era suficiente, cada ocho días, cuando únicamente necesitaba dominar la ansiedad. Ocultarla un poco, porque todavía no se volvía la parte fundamental de su vida, como un condenado anexo de su personalidad o una parte integral de su cuerpo. Para aquel, los 1.2 litros de cebada que podía tomar sin descanso por un lapso de casi 2 horas era suficiente, dejaba de sudar y de temblar en espera de la próxima ocasión en que su cerebro le llamase a rendir cuentas. Pero era jodidamente feliz, redondeado por la cercanía de la desgracia. Lo sentía y la presentía en su espalda. No le hacía caminar jorobado, pero algo impedía que todos los días pudiese erguirse como era debido. A duras penas podía un par de horas al día. A veces muy pocas veces más.
 
¿Por qué era feliz ese desgraciado? Porque la tenía a ella, brillaba a su lado, y la gente lo miraba, por fin podía salir del anonimato. Todos lo creían un miserable, razones no le faltaba a los demás para considerarlo como tal, antes de ella sólo era un lisiado emocional, pero no lo sabía, no lo podía concebir porque no conocía nada de lo que había del otro lado de su mente. Odiaba hablar de ello, para sus conocidos era un sujeto que a duras penas distinguía un lado del otro de la vida, parecía inteligente, pero carecía de tacto para los sentimientos, y creo que debió de aprender un poco antes de embarcarse. Antes de ceder a todo lo que siempre desprecio. Probablemente los momentos que tanto anhelaba estaban inmersos de pozos de desesperación que por su bien debió experimentar cuando era más joven y las heridas sanaban con mayor facilidad. Cuando todo exploto, ese mismo desconocimiento lo arrastró hacia los lugares que tanto le reclamaban, en ese condenado lugar donde nadie parece querer seguir con vida, que cada trago se vuelve un clavo más, que cada noche tirado lo encadenan al suplicio. Los infiernos que cada cual crea, mientras la mirada extraviada se queda en el infinito, alumbrando con una insignificancia los caminos. Si aquel bastardo hubiese sabido todo ello, o lo hubiere recordado, no hubiese sido tan desprendido respecto a lo que lo dominaba, debió callar. Debió callar esas voces que lo iban a terminar por hundir, aunque las voces se parecieran a la suya, aunque tuvieran las mismas ideas, no lo eran y lamentablemente nadie le supo advertir, hasta que todo fue demasiado tarde para dar un paso atrás o siquiera revirar.
 
Abre los ojos. No lo hace, en realidad nunca escucha cuando debería, está quedándose dormido, esta incesantemente ansioso de morirse por esa noche, son casi las 2 de la mañana, ya no se duerme más tarde, casi nunca, tiene un momento de duda y antes de volver a clavar la mirada en el suelo le da un trago al vino tinto. Ésta mezclado con una condenada gaseosa de algún sabor mierda, no le gusta el sabor, de hecho, preferiría que fuera uno de esos whiskyes dorados, de olor tan dulce y sabor tan jodidamente fuerte, que lo logran sumir en placenteros sueños antes de despertar a su realidad. El vino lo aturde y lo pone sumamente idiota antes de siquiera caer desmayado, no pocas veces ha vomitado esa mezcla. Ahora no está lejos, pero no tiene nada en la panza. No recuerda hace cuanto fue que comió por última vez, tampoco se acuerda como llego ahí. ¿Alguien lo arrastro? Probablemente fuera su padre, por aquel entonces todavía tenía la suficiente fuerza para cargarle, para arrastrarle con toda la condenada humanidad hasta el sillón más cercano. Su corazón bombea con lentitud, pero así le gusta, le gusta el sonido tranquilizante de su respiración que sube y baja con fuerza, profunda y llena de calma injustificada. La baba comienza a acumularse debajo de la lengua, está pintada al igual que su interior, no lo sabe, pero lo intuye porque cada vez que hace aquello sus heces terminan pintadas de un negro brutal, que lo asquea y le recuerda que las noches son su desgracia.
 
Ella se ha ido para entonces, le rompió el corazón en tantos pedazos que parece incapaz el tiempo de hacerla sanar.  No lo hizo a propósito, pero en él nada es así, siempre tira la bola esperando que los vidrios alrededor salgan incólumes, lo peor es que no está triste, lo peor es que se siente miserable porque lo han dejado, pero también se siente miserable porque no tuvo los arrestos para hacerlo por su propia mano. Lo dejo todo en manos de ella, de esa mujer que le dio todo y quizá lo intento demasiado. Nunca lo debió hacer, nunca debió abrirse, se repite una y otra vez mientras gira en la cama, arrepentida de ese amor, jodida por no tener otra salida que llorar. Y lo sabe, con tanta precisión que le da miedo, que él está en su desgracia sumido en el vapor etílico. Que no lo afronta de manera directa porque es cobarde, y sabe que su gran amor se ha ido. Que todo lo que alguna vez soñó a su lado murió porque aquel no supo y no pudo ser sincero. Pero nunca lo fue. O tal vez sí. Nunca le mintió al respecto, era malo. Y era peor porque sabía que iba a hacerle daño. Y no dudo ni un solo momento antes de joderla. Probablemente le agarre la madrugada pensando en ese hombre, mientras el desgraciado se hundirá en alguna bebida con sabor espantoso. Empequeñecido por su demonio líquido. Lo odia más por ello.
 
Y lleva casi tres meses así, nadie lo puede sacar de ello. Una botella diaria, hace meses que vive de préstamos o pequeños robos que le hace a todo aquel que se deje, alguna vez lo acusaron, pero lo negó con la categoría misma de un gran mentiroso. Su paladar no tiene ninguna comparación, esta jodido, no distingue si es gasolina o algo destilado. Aunque bien pudo haber sido gasolina destilada de alguna toma clandestina, no le sorprendería por lo que costo. Al principio fue chistoso, luego vinieron las críticas y finalmente el llanto. Todos creían que seguiría de frente, que al final era otra historia más, de esas que tanto le gustaba contar sobre las mujeres que lo habían amado y como estas se habían ido destruidas por su ego. Pero aquello era diferente, porque esta vez no quiso hacerlo, no quiso llevar a cabo ninguna mierda de aquellas que lo habían caracterizado antes; sin embargo, el resultado había sido el mismo. Todo apuntaba a que sería la última vez. De hecho, puedo estar seguro que no habrá nadie más después de ella. Él lo va entendiendo poco a poco, con pequeñas cantidades que luego se volverán la muerte. Pero en aquel entonces no lo sabía, era optimista de cara al futuro, porque aún era estúpido y creía que tenía un poco de futuro. Me hubiera gustado darle una guantada sin tumbarme un par de dientes.
 
SR Otoño 2017

sábado, 2 de diciembre de 2017

Cleto

Las 10.215 libras en sus manos zumbaban al lanzar las combinaciones rápidamente, jactándose de su velocidad y su técnica aprendida durante la juventud, y perfeccionada con el paso de los años. Pequeños saltos que desplazaban sus pies sobre el cuadrilátero en aparente ingravidez, fintaba ahora con la cabeza, izquierda, derecha, atrás, al frente, en ondulación y zig zagueo. El cuero rojo de los guantes, asemejaban enormes avispones, fugaces y peligrosos. Dejó de lanzar golpes y de mover la mollera, pero se mantuvo en movimiento,  lo que hacía era bajar y subir en un ritmo completamente sincronizado con los latidos de su corazón. Uno de sus chicos lo observaba mientras el rival comenzaba a sudar frio; sus ojos henchidos de sangre miraban con horror lo que sucedía al frente. El hombre asustado se miró las manos, sólo para comprobar que un par de guantes sumamente pesados le impedían siquiera alzar los brazos con la misma agilidad que antes; comenzó a salivar, a rezarle a San Jorge y trató de recordar con  todas sus energías, lo que le había enseñado su padre respecto a las peleas. El hombre había comenzado a retroceder en completo shock, sintió las cuerdas gruesas de material parecido a las pelotas desinfladas. A esa sensación de vacío. A muerte.
Tres  segundos. El golpe directo a la mandíbula. Jab apenas volado, sin comba siquiera, con la misma fuerza que sí alguien le hubiese aventado una llanta a más de 80 kilómetros por hora sobre la cara. Saltaron dos dientes o más, la sangre fluye en cantidades y apenas es consciente de que alguien lo ha levantado y lo lleva arrastrando hacia un lugar menos público. Ni siquiera había podido implorar perdón, aunque el mismo supiese que era inútil y poco más que deshonroso.
Escupió en el entarimado, nuevamente estaba con la adrenalina al full y se sentía aprisionado por todo su cuerpo. Con desesperación mando a uno de sus chicos a que tratara de reanimar al pobre infeliz. Nada, estaba ido, completamente frito por el golpe. Se acercó a la esquina pintada de rojo, y al hombre más cercano le hizo la seña para que le ayudase a quitar los guantes. Ni siquiera el esfuerzo por colocarse el par de instrumentos, todo era en vano.  Su hombre le recordó el nombre: Jimmy. 
 
4 años antes ese mismo gimnasio, lleno de un silencio tan sepulcral como estático, era testigo. Había lanzado todas las combinaciones que recordaba y había recorrido los 6x6 en su totalidad; lo más cercano había sido un recto que se quedaba a menos de 1 centímetro de la nariz, ni los golpes en la zona pancreática habían resultado, luego los amarres habían hecho necesarios que ambos soltaran golpes prohibidos lo suficientemente rápido para retroceder. Cada hombre que estaba de pie  viendo el combate se mostraba incrédulo y lleno de aprensión. En casi 7 años nadie había aguantado más de un round. La taza de KO era cercana al 100 en todos los casos, había que sostenerlos después en algo para poderles acomodar la bala. Pero ”Jimmy”  (cuyo verdadero nombre era parecido a Alekzander Bregovic) estaba de pie y tan entero como al principio del combate. Corrió la primera apuesta hecha jamás. 250 gramos a que no lograban tumbar al rival. Se sintió molesto porque justo cuando perdió 10 milésimas de segundo la concentración, un bólido se estampo en la nariz. Alguien paro la pelea con una de las campanas que se hallaba en la esquina del gimnasio. El campeón avanzo encolerizado hacia su hombre, mientras el rival se acercó a su esquina. Pidió agua y espero la escena que se desenvolvió con cierto aire cómico.
 
A Bogdan “cara de perro” Alijcnovic le había parado la pelea su propia esquina. Un tapón de gasa adornaba su nariz, empapado en sangre y sudor. Alguien acepta la apuesta. ”Jimmy” es su nombre y lo va a acrecentar esa noche. Le llevan el líquido, y se da apenas un sorbo, el necesario para reponer el temple. Suda a mares y no tiene tanta condición como lo ha hecho aparentar, sabe esquivar los golpes mejor que tirarlos. En algún momento “cara de perro” querrá finiquitar eso de la mejor manera posible. Un cuchillo o una bala. Sí tan sólo pudiese tirarle un golpe lo suficientemente duro como para hacerle trastabillar un poco, sólo un poco, algo que le metiese menos miedo e inseguridad y que permitiera devolver un poco la confianza para evitar la imprevisibilidad. Alguien vuelve a sonar la misma campana. Se trenzan nuevamente en un feroz “esquiva y acomete” en el escenario apenas alumbrado por un par de lamparones viejos que oscilan peligrosamente encima de ellos. Alguien sube la apuesta, 400 gramos a que” Jimmy” tira al jefe; debe ser el mismo que quiere reclamar lo que él considera como suyo.
 
Bogdan había aparecido súbitamente en la ciudad, sin dinero comenzó a trepar escalafones vía violencia, cuando llamo la atención de los poderosos, en lugar de violentar los acuerdos se movió inteligentemente entre ellos. Con una cuota de poder que subía con la misma velocidad que las edificaciones modernas que querían cambiar el rostro de la ciudad. 3 o 4 ejecuciones necesarias para acomodar el panorama. Luego llego el alineamiento del grupo de Pedraj Mijhailovic, se ganó la confianza de esté y eliminó mediante sus relaciones con la policía y el ejército guerrillero a la competencia interna. Dos o tres veces estuvo a punto de ser asesinado pero ese instinto que lo mantenía siempre en alerta lo había salvado. Falleció Mijhailovic una tarde, todo mundo desconfiaba de “cara de perro” pero nadie podía probar nada, el poder era suyo, rápidamente eliminó a los demás jefes mediante el uso del  mismo terrorismo que se había cargado a los separatistas y a los musulmanes. El poder era absoluto y el dinero corrió a raudales entre aquellos que se le pegaron como lapas. Pero los otros, los que no confiaban en los ojos negros y siempre inquietos de Alijcnovic, estaban agazapados y necesitados de un solo instante para eliminarle. “Jimmy” parecía la opción.
El combate se tornó violento y lleno de golpes bajos por ambos, primero una volada directa a la entrepierna de “Jimmy”, luego la contestación a la nuca de “cara de perro”; aparecieron todos los hombres que conformaban aquel brazo armado poderosísimo al interior de la reconstrucción del país, de repente el intrépido retador soltó un par de jabs, duros y concisos que hicieron la labor de trastabillar al poderoso hombre. La jauría aullaba literalmente con el poderoso intercambio de golpes. Volvió a sonar el pedazo de fierro que simulaba la chicharra. Alguien decretaba que era necesario un lapso de recuperación. Por primera vez en muchos años Bogdan tenía ira en la cara. Las apuestas comenzaron a multiplicarse y estaba 70-30 en la pizarra que se hallaba frente al cuadrilátero. El olor a cigarro y cerveza inundo las alas de “Jimmy”, deseaba un trago más que nada en el mundo, algo que le ayudase a soportar el dolor en el pecho que amenazaba con costarle toda la vida.
 
-3 rounds! Alguien grita, todos parecen de acuerdo, Bogdan escupe el protector bucal a los pies de aquel que ha lanzado el alarido. El rival tiene la mirada llena de sangre, una pequeña cortada en la ceja producto de un cabezazo fortuito le comienza a inundar la visión. Bogdan llama al doctor, quiere que atiendan a “Jimmy”, que lo hagan volver al ring con todo lo que posee. Así sucede, menos de 5 minutos después ambos están trenzados nuevamente en un violento intercambio, “Jimmy” lleva la peor parte, lo sabe, siente esta vez que un gancho ha dado clara ventaja al oponente al incrustarse en su hígado. Luego aparece un nuevo aliciente, un golpe que parecía no llevar nada termina en el cachete derecho del hombre. La hinchazón aparece unos segundos después cuando la campana ha sonado, al condenado le separan menos de 3 minutos para recuperar la vida. Tal vez ser el único. Tal vez poderse alejar de toda la mierda.
 
Ahí está, el grueso Bogdan, con las facciones de un mastín y su casi 1.90 metido en un pequeño vagón color naranja donde todos lo observan; lo acompaña un chico con su piel tostada, contrastando con la apariencia incluso enferma que parece portar el hombretón. Se siente incómodo porque aun cuando presiente que el resto de las personas no son de una clase superior, a él lo miran con el mismo desdén que lo harían ante cualquier mentecato. Su interlocutor habla en un inglés mocho con un joven de apariencia paupérrima. Este contesta con monosílabos o inclusive con pequeñas afirmaciones con la cabeza. Pero hay algo que molesta aún más a “cara de perro”, el olor. Jamás había percibido tal cantidad de sudor y de algo indescifrable, como una especie de mezcla entre pobreza y derrota. Al final se abrieron las puertas y lograron descender del copioso armatoste, la cabeza le duele y pocas ganas de continuar le quedan. Su guía le reconviene con una voz gutural y nasal al mismo tiempo, allá van rumbo a la calle, donde la apeste es peor o más increíble aun que en el carro público.
 
Recorren una buena cantidad de tiendas buscando algo que sólo “cara de perro” sabe; pesa y sopesa cada uno de los diferentes modelos que le muestran, “ningún otro le va a acomodar igual” escucha en ese idioma tan extraño para él, el guía trata de no hacer evidente su malestar, la tarde es calurosa y la cara de pocos amigos del gigantón se acrecienta según recorren los locales llenos de afiches y artículos que son hechos para los amateurs. El día termina y aunque está acostumbrado a trotar y ejercitarse diario, el cansancio lo vence; no está acostumbrado al smog, el calor y la altura del Deefe. En el hotel apenas puede mantenerse en pie y cae rendido en la cama, vacía y blanca. 
El desayuno consiste en un par de rebanadas de melón. Está impaciente y no entiende porque aún no llega el auto, las dos personas que están con él en la habitación se muestran igual de incomodas. Aparece el auto, la movilización es lenta y casi mortuoria, la avenida que ha elegido el chofer tiene cráteres inmensos que le recuerdan las calles de su país, salvo que aquí es por un sentido de modernidad, mientras que allá es mera cuestión militar. Cierra los ojos arrullado por el impaciente sol que emerge tras nubes grasosas y llenas de pereza, el viento sopla con nulidad y el ruido vial y de los puestos va en aumento; un pequeño andrajoso toca en la ventanilla, le lanza una mirada de hambre y él la regresa llena de furia. Cuando ya está a punto de reventar nuevamente, alguien le indica que han llegado, la casa es grande pero no lo suficiente para lo que esperaba. En la placa apenas tiene el nombre: ”Reyes” en chapa de platino. El zaguán es grande y eléctrico. Toca el interfón el guía. Alguien contesta y se muestra reticente a abrir el portón.
 
Uno de los chicos trae una cubeta con trapos húmedos, la deposita a su lado y le colocan uno propiciamente sucio en la frente, otro más va a parar en el costado del cuello y el último en la barbilla, alcanza a distinguir el olor a producto químico, acetona y éter.  En la esquina contraria “Jimmy” tiene problemas para respirar, el corte lo ha dejado sumamente inquieto y sabe que si no se amarra en los próximos segundos podría caer, lanza una mirada que intenta parecer escrutiñadora hacia Bogdan, pero sólo asemeja una pequeña cría esperando a que el hombre lance el ataque final sobre su cuerpo.  Alguien suena la chicharra tras consultar al mafioso, se ponen en pie mientras los hombres que rodean el cuadrilátero lanzan por lo bajo y por lo alto las apuestas, alguien terminará más que cabreado y “jimmy” espera estar en el lado correcto. El primer golpe que tira Bogdan termina en el aire porque el retador se mueve ligero, esperando huir por lo que resta del combate. La cara del “campeón” le resulta preocupante, ya no sólo tiene el instinto de noquear, sino de matarle ahí mismo si es posible con sus propios puños, aunque los guantes rojos le ayuden a soportar un par de golpes más esto no será factible si Bogdan acierta uno.  Suelta la calma, tira un combinado que sorprende a Bogdan porque el hombre parecía batirse en retirada, pero aun así ningún golpe acierta. La respiración le indica al “perro” que es momento de atacar, de dejar ir todo lo que tenga, el premio es innecesariamente corto, pero la satisfacción personal sólo se mide en ver a su rival tirado, no importa si fue por uno  o por varios golpes, el remate es el premio. La calma es rota únicamente por los tres trinos diferentes de los pájaros que anidan en la parte superior del gimnasio, se metieron una tarde de lluvia y ahí viven, lejos y cerca de la maldad humana. Espectadores ajenos de la decisión del destino de un hombre cuyo único pecado fue robarle $50 dólares a Bogdan.
 
El tiro finaliza con Bogdan dándole un upper que manda a la lona desfallecido a “Jimmy” ni los 10 segundos de rigor lo van a levantar, ni nadie más, no atisba que el mafioso con una celeridad poco antes vista, ha pedido que alguien le quite los guantes, en su afán rompe uno de los agujeros donde van las agujetas, pero poco le importa, con todo lo poco elástico que tiene la mano, coge la automática y le suelta dos balazos al hombre que nunca podrá narrar la anécdota de que estuvo a nada de ganarle al campeón, nadie se atreverá fuera del circulo inmediato que lo presenció a recordar siquiera su nombre, para todos los presentes aquello fue un accidente. Bogdan sigue con los nervios azuzados y con la cara más maligna que alguien recuerde haber visto jamás antes.
 
Se explican, el gigantón de acento ruso o ucraniano, según lo intenta descifrar el viejo, le dice en voz agria y despectiva que ha viajado para comprar un par de guantes de la familia, pero ninguno le encaja, ninguno tiene el tamaño necesario. El intérprete espera unos segundos tratando de adivinar la reacción del viejo, éste mira a Bogdan y luego a las manos de este, largas y llenas de nudos, fuertes y repletas de violentos vellos que la surcan desde los nudillos hasta las falanges proximales; justo cuando el irascible hombre parece dispuesto a volver a reiterar su obsesiva visita, calla; el anciano le dice mirándolo directamente a los ojos, que lo siente, pero está retirado de la manufactura de guantes, que en sí hace años que no agarra una aguja y menos un pedazo de cuero de vaca. En su voz no hay burla o alguna justificación innecesaria, pero el campeón siente aquello como un gancho directo a la zona hepática, como un punzante golpe que lo deja fuera de cualquier esperanza. La sangre vuelve poco a poco y ve al achaparrado hombre como un pobre diablo, sin embargo, trata de entender lo que el traductor dice, trata de comprender el significado de las últimas palabras que ha dicho el hombre que lo ve directamente a los ojos a diferencia de todos sus hombres.
 
El viejo extiende un papel con una dirección, Bogdan no entiende una sola de las letras que vienen en él, pero con una inclinación de cabeza agradece las atenciones, sus hombres expectantes suben detrás de él en el auto negro y una vez que se han metido en el vehículo comienzan a hablar por lo bajo; él sigue estrujando el papel que tiene en la mano izquierda, como si algo que nadie más pudiese disfrutar tanto. Se pone en marcha el motor y al cabo de un par de horas están frente a una pequeña casa, no hay sistema novedoso de seguridad o siquiera un vigilante. Nada, es una pequeña casa pintada de color crema de cacahuate y tiene dos ventanas con pequeños cristales en ella. A su alrededor las demás casas tienen un tono igual y a lo largo de la calle que las recorre hay perros hambreados y ratas que corren entre lotes baldíos. El pequeño jardín frontal donde yacen macetas apiladas y una suerte de bancos de madera podridos por la lluvia y el sol, el traductor revisa el papel y confirma con los demás que la dirección es correcta, Bogdan piensa y así lo hace saber a sus hombres que el viejo los ha timado, que lo único que ha hecho es librarse fácilmente de ellos, quiere romper algo, no importa qué. Sin embargo, antes de que estalle todo, el intérprete se adelanta y toca el timbre de la casa que parece deshabitada, instantes después se escucha que descorren el cerrojo; el hombre que está del otro lado de la puerta les mira con suspicacia y a punto de preguntar que desean alguien le extiende el papel.
 
-ya veo. ¿Cuál de ustedes es? Pregunta con una parsimonia que podría pasar como mítica o ancestral.
Todos miran en dirección al delgado joven que suda copiosamente, no sólo por el calor del verano sino porque teme la ira del gigantón. El chico sin ninguna prisa señala a Bogdan, el viejo les invita a pasar, les comunica que únicamente tiene agua si así lo desean y ya una vez todos dentro, el lugar es aún más ruinoso que el exterior, los sillones son mohosos y rechinan apenas sienten el peso de los corpulentos hombres.  Pero todos siguen expectantes, siguen los pasos del viejecillo que trata inútilmente de quitar la mugre ante la visita inesperada. Finalmente tras unos instantes, saca de uno de los muebles del fondo de la estancia principal una cinta métrica, y se acerca al “perro”. Le pide que extienda el brazo, y mide la longitud de este, luego la palma de la mano y finalmente hace una medición del ancho de la muñeca, todos los números que retoma los apunta en un pequeño papel marrón.
 
El viaje es largo, primero porque tienen que burlar los retenes militares y después porque tienen que esperar al hombre de los pasaportes, Bogdan lleva la cabeza metida en sus propias ensoñaciones y hace horas que no habla con nadie, los tres hombres que le acompañan desde hace una semana cada vez tienen menos ganas de hablar entre ellos, y el pequeño departamento que han conseguido en la vieja Bucarest les parece aún peor que la barraca donde varios de ellos han luchado en contra de las milicias de Milosevic. Ninguno de ellos comprende porque están ahí, sólo “cara de perro“ sabe hacia dónde van y que están esperando, los más de 600 kilómetros que antes de todo el problema se hubiesen hecho en menos de 6 horas, les ha tardado casi 4 días. El resto es humo entre ratas, cucarachas y gritos en rumano. Solo esperan que el tren que conecta con Estambul los acerque a su destino y los aleje de ese sitio nocivo.  Han pasado casi 2 semanas fuera, Madrid les recibió con un calor abrazador propio del verano y las calles están repletas de jóvenes que celebran las vacaciones, están en espera de que encuentren un vuelo ya sea directo o no, debido a que la mayoría de los vuelos están vendidos desde meses atrás para cruzar el atlántico. Los 4 hombres van acompañados de un marica que les ayuda a sortear las calles con transito policial y en los 2 días que llevan en Madrid no pocas veces lo han necesitado. “Cara de perro” sigue sin hablar, seguirá sin hacerlo hasta que poco menos de 13 días después estén sentados en el silo que les sirve de refugio ante los bombardeos de la OTAN, el mocetón parecía niño cuando el viejecillo le dio los guantes, rojos, nuevos y absurdamente desproporcionados para alguien que no sea Bogdan.
 
SR verano 2015