miércoles, 7 de junio de 2023

El carretonero

 Lo vi durante años caminando de aquí para allá, empujando con las fuerzas que le restaban, luego de tanto alcohol y malas comidas, un viejo carro donde lo mismo recogía cartón, pet, aluminio o los cadáveres de los perros atropellados que se arrastraban para morir en la cuneta de la autopista que conectaba al pueblo con otro pueblo y otro pueblo y así hasta que pronto te olvidas de ese lugar lleno de piojos y perros muertos atropellados. Sus nudosas manos reflejaban la dura vida que Manuel había llevado, los pocos dientes que le quedaban; sin embargo, aún le permitían regocijarse de cuando en cuando con un buen atracón de comida de la mejor calidad del tianguis que se colocaba en una de las avenidas paralelas a la autopista. Ahí pasaba en las tardes casi cayendo la noche el viejo y desdentado Manuel, arrastrando su carro que antes había sido tirado por un caballo, luego por un burro, y finalmente por aquel hombre que parecía no tener prisa por conocer a la muerte, pese a que hacia todo lo posible por conocerla.


Era buena persona, lo conocía de vista desde niño, desde que mi madre y padre se santiguaban cuando terminaba el día y me mandaban a tirar los restos de cebolla y cilantro que habían quedado, las ramas y las cascaras más viejas, todo aquello que el fino cuchillo de matarife de mi padre no podía trozar hasta la más fina partícula. Mientras me acercaba al basurero provisional que cada sábado se armaba en uno de los confines del tianguis, el viejo Manuel ya andaba ahí, espantando a uno que otro niño, a uno que otro perro y a las ratas que buscaban en la inmundicia el sustento del día. Le tenía un miedo atroz, hasta que comprendí que solo era apariencia por todo aquello que salía en la televisión.


A veces lo veía discutiendo con alguien, siempre al pendiente de su pacha y rodeado de unos cuatro o cinco perros que cada tanto dejaban de ser los mismo, a veces más a veces menos, pero siempre rodeándolo y esperanzados a que les lanzara algo bueno cuando ellos no podían granjearse su propio alimento entre los distintos puestos, aunque casi siempre eran perros bravos, que no perdían nada, hasta que la autopista o algo peor se atravesaba. Cada que uno moría o desaparecía de su jauría, el viejo Manuel se perdía en el alcohol. Le dolían hasta el alma que sus canes sufrieran o pasaran al otro lado.


Una mañana, y debí tener por aquel entonces unos 27 o 28 años, y ya era más viejo que mi padre cuando comenzó a mandarme a tirar la basura, al viejo Manuel lo encontré tirado en una esquina, el carro a su lado vacío, no se veía ni uno solo de sus acompañantes regulares, lo que se me hizo raro ya que me gustaba uno que él llamaba “caramelo”, un perrazo que se veía fiero y que no pocas veces le había dicho que me lo regalara, era de color gris Oxford, de mirada intensa y bonachón que se dejaba acariciar detrás de las orejas, luego venían el resto, ninguno destacaba de otros, salvo “caramelo”. Pero ahora no se veían por ahí y eso era raro, me acerque a Manuel…


- ¿qué haces tirao viejo? ¿Y los perros?


-… sollozó. Como toda respuesta. Largo y tendido. Me dirigí a la tienda de don Cipriano, no comulgaba con nadie, pero no era mala gente. Le pedí una pacha de caña, y luego se la acerque al viejo, murmuro algo más que no pude sino entender como un gracias ahogado en la miseria de la bebida. 


El chisme se hizo potente, envenenaron a todos los perros, y luego machetearon a “caramelo”, el hijo del delegado del tianguis se puso briago y no le gustó la mirada de “caramelo”; el asesino se puso a tomar con Manuel, y cuando el pepenador estuvo inconsciente enveneno a los canes y a “caramelo” lo macheteo. Y nadie haría nada, porque el chavo andaba pesado, lleno de toda la mierda que la gente así es capaz. Manuel pagó con sus lágrimas y dolor lo que paso con sus canes. No lo vi unos días, cuando regresó estaba como siempre taciturno, alejado de todo lo que parecía terrenal y mundano, volvió a la recolección, apretando la mandíbula cuando se cruzaba con el cabrón que le había macheteado a su perro. Nunca habló de venganza porque no era así, no hablaba mucho pese a que algo contaba.


***


La tarde noche se dejaba sentir, habíamos levantado temprano por la amenaza de lluvia y lo bajo de las ventas, mi señora se llevaba la camioneta y a los mocosos junto al resto de tubos y enseres, y yo me quedaba a beber un par de cervezas con el resto de comerciantes, en aquel localito que un muchacho regenteaba. Vi a lo lejos la figura del carretonero, cada vez más cercano, venia hacia mí, rengueando porque ya estaba casi en las ultimas, habían sido unos años muy duros, la crisis, la devaluación, las desgracias naturales que nunca vienen solas, mis padres se habían retirado, el negocio de las carnitas era mío y de mi esposa, mis dos chavillos repetían mi labor y la de mi carnal de ofrecer refrescos e ir a tirar la basura a los confines de aquel tianguis que se mantenía junto a aquella autopista que cada día parecía más perversa, como si nos fuéramos quedando fuera de la jugada al tiempo que sus desgracias nos pegaban. El viejo Manuel ya no traía perros, aun así, tenía el carro, se hacía difícil verlo sin los perros, pero lo había cambiado por un perico, al que traía en una jaula a manera de proa, el animal berreaba, gritaba, insultaba o chiflaba haciendo a todos desternillarse de la risa. El viejo lo alimentaba con lo mejor que podía, no pocas veces creíamos que el animal comía mejor que muchos de nosotros.


Y, sin embargo, ahí en aquel pequeño lugar que servía de cantina o bar para la gente del tianguis, el viejo Manuel se veía más sombrío y circunspecto que nunca, tuve un viejo déjà vu de cuando era niño y él rodeado de aquellos perros que se me antojaban salvajes y malévolos. Pero que a las primeras de cambio se tiraban patas arriba para que les rascaras la panza. Ahí venia el viejo Manuel, caminando lento y saludándome con la mirada. 


-  ¿quieres una cheve? Me estiro una botella de cuarto que sacó de un cartón nuevecito.


- hey… un tímido gracias le siguió a aquello.


- …el silencio siguió. No era muy conversador, no me gustaba mucho hablar, mi mujer me recriminaba no pocas veces por ello.


- ¿un cigarro?


- vale. Y lo cogí de la cajetilla de viejos faros que me ofrecía con la mano izquierda. Mi padre me había enseñado hace muchísimos años que a alguien en duelo no se le puede rechazar ni el trago ni el cigarro. Y Manuel vivía en duelo eterno desde aquella madrugada. Me percaté de que su mano por fin parecía la de un anciano, mientras el resto de su cara no había sufrido una gran metamorfosis, sus manos reflejaban a la persona que había visto mucha mierda, y pasado por la misma. 


No hablamos nada más, se puso a beber todo lo que pudo, lo que alcanzó y lo que le invité, ya no me podía quedar más, tenía que prepararme para alguna cosa de hombre ocupado, de alguien que debe seguir adelante, pero lo vi ahí, con la cabeza gacha y tarareando por lo bajo algo que regularmente sonaba en las bocinas del tianguis, una de esas canciones que todo mundo ponía para generar el interés del que acude, el viejo Manuel se encargó de convertir una melodía festiva y llena de luz en una marcha fúnebre en la que todos los que estábamos junto a él lo acompañábamos.


Varios años después, tras levantar el puesto me encontré con el carro vacío el ahora más viejo Manuel, el cual no se veía por ningún lado, me imaginé que el perico había muerto, quizás fuera mejor así,  y que el dolor que atravesaba al viejo desde hacía décadas por fin se había apoderado de las mismas calles de ese pueblo polvoso, o eso me pareció, ya que la tormenta que habían estado esperando todos aquellos que ansiaban la lluvia para que sus milpas crecieran por fin arreció, convirtiéndose en un temporal del carajo, de horas y horas de lluvia que transformaron las lodosas calles en los ríos de antaño, quizás no tanto como cuando llegaron los primeros a vivir por ahí, pero si como hacía años que no se veía. Mis padres llevaban años muertos, seguramente un poco de esa agua le hubiera gustado verla, me santigüé mientras caminaba rumbo a la casa. 


Llevaba un rato dormido, arrullado por las gotas que repiqueteaban en la tierra, a las 3 y algo escuche balazos, luego calma y entonces me puse la chamarra y le dije a mi señora que ya volvía, no fui el único, Javier, Antonio y los demás de la calle salíamos a ver qué pasaba, a mi compadre Simón lo tope a la vuelta de la esquina, el carro de Manuel seguía en la esquina del local, a sus pies el viejo desangrándose, quizás ya frito. Alguien corrió por una venda, aunque en realidad debió correr a buscar a Miguel, el doctor vivía cerca, el pinche doctor tenía el sueño pesado y seguro que no había escuchado los tiros, podría caer un autobús por el terraplén de la autopista y no lo escucharía, aunque se llevara la barda de su casa. Me acerque con cautela al cuerpo del viejo, en su mano un machete, en el suelo contiguo un pedazo de carne. No entendí que era al principio, hasta que vi la continuación de una cuenca ocular y un pedazo de nariz, mechones de cabello y sangre. Cerca los casquillos que antaño había contenido las balas que ahora se encontraban en el rostro y pecho de Manuel. 


Antes de que dieran las 4 el viejo comandante Rebollo apareció, con una cara de sueño y el bigote repleto de migajas de pan de azúcar. Vio el cuerpo, le preguntó al dueño del local lo que ahora ya todos sabíamos, porque Demetrio era chismoso y no tardo ni 10 minutos en contarnos, Manuel ajustició al mismo que años atrás le había arrebatado a sus perros, lo cazó por años, por muchísimos años, tantos que casi ninguno de los que estábamos ahí nos percatamos de que lo habíamos olvidado. Pero Manuel no, y espero con la misma paciencia que una araña entiende que comerse a la presa de un bocado no es lo mejor, sino que la tiene que dejar madurar en la red, esperando a que el tiempo se encargue de secar su cuerpo y sus jugos traspasen las paredes del cuerpo. Le asestó un machetazo de frente, justo como hiciera aquel cabrón una mañana con “caramelo”, no le alcanzó para envenenar a la descendencia, pero al menos hizo que uno de ellos le diera 5 o 6 tiros, que le abriera los boquetes que le arrebataron la vida. El veneno se quedaría ahí por siempre porque no habría nada más que hacer. Pero así era aquello.


Nunca supe que le paso al loro. Quiero creer que lo dejo en libertad unos días antes, que aun anda por alguna parte de la zona gritando y maldiciendo, que se reprodujo en la misma cantidad que los perros que tanto quería Manuel lo hicieron, y que mantiene un ojo abierto hacia el cielo que se tiñe con los colores de un otoño más. Eso es lo único que consuela a los viejos.


SR Otoño 2021.