domingo, 3 de mayo de 2020

ocho golpes en el espacio

Debía de estar en la peor racha inimaginable, quizá estaba acostumbrándome a ser lo que tantos años había negado. Un cooptado más por el sistema, lo sabía bien, querías vivir bien, estabas deseoso de convertirte en tu propio muñeco judío. No sé porque a veces creo que solo los judíos sobrevivirán, no soy antisemita. Quizá sí, pero también anticatólico, anti islámico y anti budista, me purgan todas las condenadas religiones que hemos creado para no estar tan jodidamente solos, pero es hermoso estarlo, la gente seguramente cogería todo el rencor del que son capaces y eliminarían uno a uno a toda esa gente que odia, pero inmediatamente les quedaría solo su condenado feo rostro para odiarle, por eso no lo hacen; en fin divago, siempre pasa, no únicamente cuando escribo sobre detalles de las cosas que suceden, sino cuando todos tiran la cadena para que su mierda se aleje por el retrete, pase por las cañerías y termine en un desagüe donde seguramente vivirá algún tipo que vive mucho mejor que nosotros, su preocupación más inmediata es solo que no llueva, o quizá lo anhela para que la vida termine siendo ese maldito agujero que tanto le ha costado. O a lo mejor es un pinche enajenado que antes vendía millones en un solo día, perdía y ganaba dinero que la mayoría solo soñamos. Algo lo rompió y decidió vivir como un maldito monje tibetano. Con un perro negro de mascota, igual de famélico y condenado, pero uno tan feliz como el otro. Hasta nuestros perros viven estresados. Comparten nuestras enfermedades mentales y a su vez nosotros las de ellos. Algunas veces desearía que la mía fuera solo un poco mejor que la que ellos tienen. Pero no, aquí esta ese hombre que vive en la calle, cubriéndose con un jodido cartón de algún refrigerador. Donde putas consiguen esos sitios, nunca he podido conseguir nada más allá de esos mierdas cartones de televisión de 1000 pulgadas, pero incapaces de soportar la vida. Quizá por ello fueron creados así, para que nadie desee vivir en nuestras televisiones tan jodidamente enormes que amenazan con engullir todo lo que en la tierra mora. El hombre vive en aquel drenaje por donde nuestra mierda se ¿desliza? ¿flota? ¿Nada? Alguna condenada vida que se mueve, luego va recorriendo el universo entero, mejor ella que yo. Después de todo ella no tiene miedo, no sabe que su destino es unirse al macrocosmos y perderse en la infinita nata de la mierda de todos nosotros. Hundidos sin darnos cuenta, flotando en un caldo de mierda tan inimaginable como oloroso. Así somos, unos pedazos de estiércol necesitados de afectos y tan deplorablemente inútiles como el más ínfimo grano de arena. Aun esta con una mejor oportunidad para servir a la vida. Había tardado más de un año en completar una nueva tanda de poemas, tan jodidamente malos como todos los anteriores, cada vez me odiaba más por intentar hacer poesía aunque sabía que diariamente desearía tener la capacidad para hacerla. Ojala la poesía fuese tan sencillo como abrir el maldito grifo antes de que el agua inunde el lavabo en donde hundirás el rostro, esperando a que sientas el eco de tu cabeza bajo litros de agua. Anhelando que la muerte no llegue de tal manera. Quieres algo limpio pero tienes el jodido miedo para llevarle a cabo, desearías que alguien más lo hiciera por ti. Siempre así, tus padres, tus novias, el maldito equipo que tenías antes. Los amigos, sus mujeres. Todos por delante para que puedas seguir tomando una cerveza o aquello que te destruya cada domingo. ¿O era cada lunes? Dejaste de tener una idea aproximada de los días que bebías. Ya no bebes, ya no escribes, de hecho te tardaste más de un año en terminar una condenada lista de palabras reunidas en lo que llamas poesía. Ojala te quitaran los ánimos de escribir. Haces lo que siempre quisiste, escribir esta mierda mientras escuchas a Brahms. Te da igual, entiendes poco de música clásica, distinguí alguna vez la mierda que hacían los grandes clásicos, pero no entiendo un carajo. Como la misma vida. Ahí están resumidos una infinidad de meses, todo lo que ha pasado es un condenado espectáculo, dejaste de tener una guía y te identificaste con el resto de la gente. Escuchando la música corriente, que hacen, que viven, que les toca las fibras. ¿Recuerdas a esa mujer? ¿Cómo se llamaba? A Betty la odiaste a muerte. No sabes porque, nunca escribiste nada bueno de ella, ella era buena, pero eres una lapa. Abrí el grifo de la nostalgia, de esa mierda que aparece cuando bebes, lo estás haciendo ahora, llevas un par de días haciéndolo, esperando a que la vida de los demás se convierta en un suspiro tan lento y pesado que parezca una vida totalmente distinta. Te gustaba creer que Betty tenía un aprecio por ti verdadero. Te la chupo en el cine una cantidad enferma de veces. No la recuerdas por nada más, a veces desearías que estuviera aquí, luego recuerdas que no eres una buena persona. Betty tenía linda sonrisa, es lo único bueno que puedo decir de ella, como si la necesidad de insultarla fuera superior a todas mis fuerzas. Abrí el grifo de la ira. De la condenada mierda obsoleta en la que vives, seguramente ella tiene un buen hombre a su lado, quizás una mujer con unas tetas enormes. Ella no tenía tantas, pero tenía miedo de que le abandonaras por ello. La dejaste por que la odiabas, no por su falta de senos. Era un hombre de mucha menos inteligencia de lo que pueda esperarse. Una noche quise arrear a un perro a patadas, era mi propio perro, no tenía ningún rencor hacia él, pero mi pie estaba destinado a encontrarse con su abdomen, quise que fuera tan jodidamente inteligente para darme los golpes a mí, para enseñarme un par de cosas sobre la vida, pero sobre todo para dejarme tirado como muchas veces he hecho, no recuerdo de hecho las noches que había sido bueno con él, pero si recordaba que él había estado conmigo demasiado tiempo, esperando a que mis manos se posaran sobre su lomo y jugara con aquellas orejas en pico. Tenía una noche terrible y el aparecía meneando la cola y quedándose junto al fuego. Velaba mis borracheras y sobre todo amanecía junto a mí, mis resacas eran sus resacas, el frio era de ambos y la vida apestaba para ambos. No debí patearle, no debí hacerlo pero seguramente fue lo mejor. No lo esperaba, no lo quería. Me regreso la violencia con una mordida que aún no sana, tiene más de 10 años y sigue ahí, como símbolo de la cobardía, de alguien tan jodidamente cobarde que le arreó a su perro una patada porque la maldad estaba dentro. Hace unos años que murió, sigue conmigo, sigue todas las noches llegando a confortarme, a resguardarse de su guardia en la otra vida para esperar a que deje de beber, lo alimente y espere pacientemente a que la luz del sol vuelva a brillar por encima de la baranda donde amanecía junto a mí.

SR primavera 2019