miércoles, 15 de noviembre de 2017

Ticoman

11 pm. El maldito tráfico de la ciudad ha disminuido y sigo recorriendo en vano las calles. Un par de cuadras más delante de lo habitual, comienza el show de verdad ya que es la zona de los travestis (que en realidad hace apenas 6 horas o menos, se llamaban Carlos o Ignacio y trabajan como pueden o en lo que se deja), la cercanía con el sitio me recuerda la situación apenas sucedida un par de días atrás, 6 noches para ser exactos, cuando uno de ellos me hizo la parada en la esquina de Romero y Pérez de León, algo que no me pasó desapercibido ya que generalmente están más al norte o al sur. Con su *buenas noches* algo tímido y voz aguda me hizo dudar sobre que era. Le voltee a ver en el retrovisor del taxi y divise la línea de sus ojos, tristes y cansados como si la vida fuese una correa que lo sujetaba a un árbol en pleno parque veraniego. * ¿A dónde?* obtuvo como toda mi respuesta. No soy homofóbico como tal y les tolero, pero en cierta forma no me agrada la necesidad de vestirse de tal manera para aquellos que se venden (con todo y que tienen que  hacer lo que se pueda para subsistir).
 
*¿Puede llevarme a Ticomán?* preguntó nuevamente sabiendo que no diría que no, pero le preocupaba tal vez que quisiera exagerar con el precio.
 
 *taxímetro nocturno* le indique sin voltear en ningún momento mi cabeza, mantenía mi rostro impasible y la mirada huraña viéndole por el retrovisor en todo momento, y atento a las laterales para intentar descubrir alguna celada. La calle, sin embargo, está bastante iluminada y sólo unas cuantas “damas” se alcanzan a percibir varias farolas más adelante, era temprano y el aire soplaba tanto de la avenida cercana, como de los propios designios del clima.
 
 *está bien* aceptó, mientras termina por acomodarse en el asiento, al fondo a la derecha, mirando hacia la calle obscura que comenzaba a quedarse atrás conforme le daba marcha al auto. Me seguí por la calle hasta llegar a Isabel la Católica y de ahí a Niños Héroes, pensé que diría que estaba dando mucha vuelta, pero en ningún momento hizo reparos y no realizo comentario alguno cuando me reincorpore a la arteria principal, esta vez en dirección al norte.  Aceleré con el tráfico a mi favor por toda la avenida en espera de que no hubiese mayores contratiempos y que el taxímetro contara rápido con su gasto. 15 minutos justos llevaba cuando llegue a la 20 de Noviembre y esperaba lento el cambio para incorporarme a Izazaga.  Pocos autos, algunos que iban al límite de velocidad, otros tantos que manejaban despacio, para tratar de engañar a las copas que traían encima, mientras que mucha gente dormitaba en el transporte colectivo, algunas soñaban, otras tenían pesadillas, muchas más se aferraban a la cochina vida.
 
*¿Lleva mucho de taxista?* me aturde su pregunta y me saca de concentración. No conteste de inmediato y cuando por fin junte las palabras, pareciese que ya no estaba interesado en hablar
 
*un par de años, la situación no mejora*. De nuevo el silencio que se mezcla con el poco tráfico que hay por la avenida,  la música casi incidental  salía de los parlantes nuevos. La luz roja en Arcos de Belén la aprovechó para volver a hablar. La vieja iglesia esta iluminada y las figuras de cantera se antojan siniestras pese a que es imposible que cojan vida, a no pocos metros de la entrada del metro que se halla frente a estás, un par de muchachillos (una chica y un chico) se balancean de lado a lado, deben de llevar sus buenos tragos encima porque ella se cuelga con todo el peso de su cuerpo y el tambalea.
 
*¿Qué era antes de serlo?* quite el freno de mano y volví a poner primera. El auto despego con un suave brinco hacia el frente y la velocidad suficiente para agarrar bien la curva, aquella que me incorporaba al Eje Central. Tarde casi el mismo tiempo que antes en contestarle, y de nueva cuenta sentí que estaba siendo algo antipático.
 
 *era… bueno soy administrador de empresas, no he tenido suerte y junto más dinero aquí*
 
 *¿es casado?* suelta esta vez con una voz débil, sin embargo, ya no demore casi nada y aproveche el cada vez más raquítico fluir de aquellas cafeteras, para perder algo de la concentración que me había ufanado en crear.
 
*juntado; dos hijos, de 10 y 7* anticipé su pregunta y mantuve los ojos en el frente y los espejos laterales esperando cambiar al carril de la extrema derecha.
 
*¿Niños ambos?*
 
*Le voltee a ver y note que no me veía, sino que mantenía la vista fuera en las obscuras calles iluminadas por las miles de farolas de la ciudad. El palacio como siempre, lustroso y majestuoso, con figuras ornamentadas de mármol, las que vigilaban el sueño de unos cuantos borrachos en las bancas de la peligrosa Alameda, con sus miles de ratas y cucarachas que disputan palmo a palmo el pan que alguien dejo por allí. Obscuridad que traga a todos los que se atreven a dejarse caer para nunca más volver a salir a flote, un pedazo de tierra de nadie donde los años han abandonado el glamour de antaño.
 
*Hey* Conteste de manera automática, como presintiendo que la noche sería diferente.
 
*¿Ese es tu nombre?* pregunta mientras noto que miraba el recuadro pegado en la parte frontal del asiento con mi fotografía y mis datos.
 
*Para servirte* comencé a tutearle ya que había hecho él lo mismo. Un mariachi abordó un pequeño auto compacto, ofreciendo la promoción de quien sabe cuántas canciones, de esas que duelen, de esas que la gente utiliza para olvidar sólo por lo que dure su dolor. El mariachi tiene una botonadura dorada que deslumbra turistas cuando le pegan las farolas del taxi, su bigote no es mejor que el mío, pero la panza amenaza con reventar el traje remendado que ha visto sus mejores años pasar. Sus compañeros no desentonan.
 
*Mi nombre es Daniel* dijo apenas pasando la plaza, en donde me volví a figurar con casi 19 años, y cantando al oído de quien entonces fuera mi novia, las canciones de José Alfredo y Vicente; recordé también la noche cuando borracho le pegue a una travestida, igual a Daniel y ella en venganza se acercó con un cuchillo que fue a parar a mi muslo derecho. Me costó dejar el futbol, y nunca más volví a pararme por Garibaldi, y mucho menos acercarme a las vestidas.  Regrese a la realidad al tiempo que pasaba por debajo de Reforma en dirección al Eje 2.
 
*¿Llevas mucho en “eso”?* esa vez fui yo quien rompió el tenso silencio con Daniel, y dejando el tiempo suficiente para responder y articular sus ideas me contesto.
 
 *Aquí no tanto, apenas 4 meses, en Guadalajara llevaba desde los 16*
 
*Jalisco ah, y ¿por qué te jalaste para chilangolandia, hay más chamba acá?*
 
*No, de hecho ya no tengo tanto trabajo como antes, pero ya no podía seguir allá, las cosas se complicaron mucho*
 
*Debe ser difícil ¿no? Digo, cuidándote de los clientes, sorteando la discriminación, tratando de sobrevivir* pase velozmente la Manuel González ganándole el pulso a un par de motociclistas, que venían zigzagueando en el carril confinado al transporte público.
 
*Es complicado*.
 
*¿Te puedo preguntar algo?*
 
*Depende, si no es muy privado* contesto algo menos triste que al inicio, pero sintiendo aun en cada una de sus palabras la melancolía que le obligaba a mantener la vista en las calles.
 
*ja, no, no sé; es simple y llana curiosidad* dije al tiempo que rebasaba un par de autos de compañeros que se habían detenido para arreglar un desperfecto. El tráfico en aquella zona comenzaba a ser más abundante aunque sin llegar a ser un gran problema.
 
*¿Estás operado?* Solté sin titubear, pero fijándome en su expresión de las cejas delineadas en una curva delgada y enigmática.
 
*…si, legalmente soy una mujer ahora* tardo un tiempo considerable en contestar y lo hizo con un hilo de voz, como si pronunciar cada palabra le doliese lo mismo que la operación.
 
*vamos es que es…como decirlo, no te ves como los demás, pareces mujer a cierta distancia y tal vez un poco de cerca, pero… no sé, no puedo explicarlo* dije recién al incorporarme a Insurgentes, y calculé que unos 10 o 15 minutos estaría en Ticomán.
 
*Déjame hacerte una pregunta que contestaría la mía ¿desde cuándo sabes que eres hombre?* Su pregunta fue franca y sin embargo, esto hace que me quede pensando una fracción enorme de tiempo; voltee a ver el retrovisor, seguía con la mirada perdida en las calles y también cavilaba.
 
*Desde siempre… supongo* alcance a escuchar una nota menos trágica en su voz cuando volvió a hablar.
 
*Bueno, pues a mí me pasa igual. Desde niño sabía que no estaba cómodo en mi cuerpo; desde que tuve edad para entender muchas cosas me sentí atraído por otros niños, pero quería más. No me conformaba con quién era y como era;  siempre me sentía rechazado y no porque los otros se burlaran de mí, sino que al sentirme distinto, diferente, me alejaba de ellos y me encerraba en mis propios abismos. Creo que durante 10 años fui mi peor enemigo* terminó de hablar, mientras le lanzaba una mirada fugaz, no variaba su postura y seguía perdida su mirada en la calle, estábamos cerca de Potrero y debía comenzar a buscar la orilla para agarrar hacia Montevideo.
 
*Tienes razón, es complicado* dije mientras accionaba la palanca que encendía la direccional.
 
*¿Y por qué te prostituyes? Digo una cosa no va enlazada con la otra o ¿sí?* suelto, como aquellas preguntas que surgen de la boca de un niño, cuya idea de la vida es tan simple que puede hacer cuestiones como esas.
 
*jeje no, no lo va; pero empecé en esto porque necesitaba dinero para el tratamiento psicológico y el proceso* dijo al tiempo que volvía a perder la poca chispa que le había detectado minutos antes. Hace una pausa para jalar aire o tal vez pasar saliva. *Sabes, antes de que me metiera con un hombre mi padre me llevo a un prostíbulo en Lagos. Me dijo:  “mira cabrón, aquí te vas a hacer machito y se te van a olvidar tantas ideas puñeteras de sentirte diferente”, no sabía que su acción me dio la fuerza necesaria para hacerlo, me di cuenta que nunca podría llevar una doble vida, es mucha jodidez* Termina y el nudo de la garganta también me pasa a mí, mis propias palabras se atoran antes de volver a abrir la boca.
 
*No te voy a mentir, la neta no me imagino siquiera la cantidad de cosas que llevabas encima. Finalmente con pedos y todo, pero me toco una vida sencilla* sentencie mientras cogía el volante con mayor firmeza al entrar en la avenida Montevideo donde no había tráfico, a excepción de los camiones de carga que circulaban a todo gas mientras levantaban estelas de polvo pertenecientes a la tierra suelta por las obras.  Al llegar a Politécnico mantuve la velocidad, y comencé a recordar que no hacía mucho tiempo un compañero había sido asaltado apenas llegando a Zacatenco; se resistió y le acomodaron 16 navajazos entre el cuello y la espalda. Su velorio estuvo lleno de café malo, y unos toques de  ron que nos financio “el mameluco”. Su viuda era guapa y dejaba un niño de brazos, éste se la pasaría todo el funeral llorando a moco tendido en el rebozo de su abuela materna. Nadie de la flotilla había vuelto a ver aquel sitio con buenos ojos.  Me retraje de mis pensamientos cuando escuche nuevamente su voz (menos rígida que al inicio, pero sin duda aun un tanto apagada).
 
*En la esquina, a la derecha por favor* dijo.
 
*Claro, lo que tú digas; oye ¿no has pensado en dejar esto?*  pregunte finalmente antes de bajar la barra de plástico que prendía la direccional.
 
*Muchas veces, pero no sé, no tengo estudios, no tengo un trabajo… Me dejas allí en la librería por favor; ¿cuánto te voy a deber?* el indicador luminoso marcaba $125.60. El auto se me jalonea un poco al momento de tratar de aparcar sin obstruir la vialidad, escudriño la calle, esta obscura y nadie camina siquiera pese a que no pasan de las 3. Le digo el costo y él mete la mano a su cartera de piel roja de donde extrae  un billete de$500.
 
*¿No tienes cambio? la noche ha sido mala y no he juntado casi nada*
 
 *No, sólo tengo ese*
 
* ¿Vives allí? si quieres metete y espero a que salgas con el cambio; nomás me dejas una ife o algo* pese a toda la desconfianza que tenía la casa donde me señalo que vivía no se veía tan mala, contaba con una entrada amplia, rematada con un portón de color café; las paredes habían sido respetadas por los graffiteros locales y estaba bien iluminada hacia el exterior.
 
*Hagamos una cosa, te dejo el billete y mañana a las 3 de la tarde pasas por mí para llevarme a unos asuntos y en la noche me regresas ¿estamos?* dice algo menos apagado, pero sin embargo la voz sigue siendo débil y ello obliga a que tenga que prestarle toda mi atención.
 
 *Pues por mí no hay pepe; pero estas segura que puedes pagar un taxi por dos días?*
 
*No te preocupes, te agradezco que me hayas dado platica y no te hayas cortado, por… bueno ya sabes*
 
*No tengo ningún problema, en esta vida nos tenemos que atener a lo que hayamos escogido* al despedirme, me da su número de celular y tras ver como se metía en el portón enfile de nueva cuenta hacia el oriente de la ciudad, en espera de cazar algo más. El aire nocturno aun no es frio, y sin embargo, una ligera brisa en determinadas situaciones se vuelve un cuchillo que rasga y corta el poco calor.
 
Fui al siguiente día, aún medio desvelado por trabajar hasta casi las 5; llegué a la casa que ahora a plena luz de día se miraba algo avejentada, con pintura carcomida por varias partes, y el zaguán, que parecía de esos eléctricos, se veía sumamente abollado a causa del ensanchamiento de la madera corriente que se había empleado. Lo que una noche antes me había parecido una colonia no demasiado peligrosa de día se miraba como un sitio idóneo para desaparecer, no había un alma a la vista pese a que era la tarde en pleno, la avenida se escuchaba ruidosa pero fuera de eso no caminaba nadie por allí. Marqué el número de Daniel y tras un par de timbrazos me mando al buzón de voz. Justo comenzaba a marcar de nueva cuenta cuando note que se abría la puerta pequeña de la casa. Salió con el pelo recogido en una coleta y unos inmensos lentes negros que le cubrían prácticamente la mitad del rostro
 
*¿qué hay Daniel?* pregunte con un poco de tranquilidad al notar que no iba vestido de manera estrafalaria, sino como cualquier chica joven que sale de compras a un centro comercial.
 
 *Gracias por regresar* fue su contestación e inmediatamente se subió al taxi sumergiéndose en la tela gris cubierta por la cobija delgada de color roja.  Lance una última mirada a la colonia y encendí el motor, ni bien hube cambiado el letrero de libre a ocupado.
 
*y bien a ¿dónde vas?* lance directo y sin cortarme al sentir su mirada en mi nuca.
 
 *err necesito ir al doctor, sabes dónde está la clínica 57 en la Quebrada? *
 
*sip, espero que no haya mucho tráfico*
 
*Gracias* y volvió a sumergirse detrás de los lentes negros gigantes. Me quede un par de segundos pensando cual sería la mejor forma de llegar y finalmente resolví que tenía que llegar por la Gustavo Baz, sabía que habría demasiado trafico pero era la forma más directa para llegar sin dar tanta vuelta.
 
SR junio 2013-diciembre 2014

jueves, 2 de noviembre de 2017

Escribo desde el dolor

Escribo desde el dolor, desde la punta del cometa que desciende sobre la tierra y nos convierte en sus esclavos para no dejarnos indiferentes ante el fin del universo conocido de acuerdo a nuestros paradigmas, mantras que se forman en cada recoveco de nuestro enfisema pulmonar que gana a pasos agigantados respecto a los métodos de curación, son gramos que se pierden con cada colilla terminada. Pero en el transcurso de los tiempos nos dejamos caer en el ostracismo de ese espíritu desganado y corriente que firma la noche y firma el día, cada monumento aleccionado a las estampas de la misericordia procedentes de ese templo originario y destacado de los sitios periféricos de nuestra ciudad. No mentiré, no diré esas cosas que llenan los libros de historia relatando las mentiras aleccionadoras de la gran mentira blanca y rica que nos nutre y nos corrompe según la mierda que lo ilustra, quiero creer que aun encuentro la verdad en una plaza llena de calor, llena de sudor y sexo que se haya en las olas de ese mar que se adentra en el rio que corre arriba según la noche, según los grados etílicos que el destino nos marca. 14 grados marca el termómetro manual que cargo conmigo para recordarme porque el frio se adentra en el sisma de cada milímetro, de cada horizonte que a duras penas he logrado recapitular.
 
Es allí donde descansa la victoria, es en los brazos de la noche donde el grito de guerra deja de volverse como un esfínter apretado para soltar toda la carga. Mis reinos se diluyen según avanza el asalto sobre la inocencia y el pudor. ¿Quieres creer en el esfuerzo? Ayúdame a redimir la mierda que se adentra en los corazones de los residentes. No hay nada más trepidante que un sujeto cargado de basura, no hay nada más aleccionador que un grupo de sujetos queriendo ser buenos. El universo colapsa y todos cogen su lugar en la obra del todo bosquejado por una fuerza que inclementemente adora los rituales paganos.
 
Son los cambios que se avecinan y el horizonte que se haya oculto bajo las capas y capas de maquillaje barato, el cual retiro sistemáticamente de cada una de mis camisas para evitar el oprobio, mañanas, tardes y noches colmadas de risas que se elevan como si todo fuese sagrado y lleno de misticismo. Lo cierto es que no lo es, sólo son pequeños gritos de soledad, de lastimera pena porque se saben solos ante el universo, ante los designios de una inmensa masa depositada en crueles dioses sin rostro y sin alma. Reproducción fotostática de su propia realidad. Quieres apostar por ellos, quieres tirar de la cadena que resuelva los problemas de la vida, pero no tienes las agallas, porque te las han cortado desde que naces, desde que un sujeto con un jodido escalpelo o unos fórceps de metal se acercan para sacarte de la comodidad plena para restregarte el condenado universo al que has venido a parar. Donde debes luchar día a día, donde debes dejarte la piel y las pocas neuronas esperando a que alguien de su sello de aprobación para tener unas pocas monedas que de otra manera irán a parar a otro imbécil que aplauda día y noche como foca amaestrada, todo lo que puedes hacer es dejarte ir, es seguir soltando la correa de la vida para que una noche, o un jodido día, te encuentres a alguien con el mismo sentido jodido de la existencia, congenien, tengan sexo, se reproduzcan y legues al universo unos bastardos que te odiaran con la misma fuerza que has odiado a tu padre y madre desde que tienes consciencia, porque te han traído a luchar, te han condenado a ser parte del problema, de la solución, de la condenada vida que te afanas en despreciar pero que estas tan ansioso por seguir.
 
Vuelves el rostro hacia arriba constantemente, esperando que sea una broma, una condenada jugarreta del destino que te tira un poco de mierda solo para reírse de ti, como si los agujeros negros no fuesen reales y sólo existieran en tu cabeza, aunque de hecho algo así ha aparecido, porque te estas hundiendo en la oscuridad, en esa condenada mancha borrosa que se conjuga con todo lo que fluctúa a tu alrededor; por ejemplo, dejas de ver claramente conforme avanzan los días, conforme el condenado chiste del señor inicia su auto crecimiento sostenido, como las pequeñas gotas de sudor toda vez que algún bastardo ha atropellado a una pobre alma caritativa que solamente quería atravesar la autopista sin importarle que un grupo inclemente de idiotas circule a 150 por hora para llegar a que la explotación laboral le permita ingresar números y números en una computadora, mientras desearía ser ese pobre bastardo que ha muerto y dejado arruinado el parachoques de su auto, flamantemente nuevo con incrustaciones de piel y diente nácar. Todos somos los bastardos en la carretera del señor. De ese maldito cerdo que nos han obligado a creer en su existencia, pese a que lo único que sabemos de él, sea que a veces se le ocurre concederle un poco más de vida a gente que se ha salvado de un cáncer en el culo o en algún lugar semejante, para morir años después conociendo la verdad: que su mujer le odia, que sus hijos le aborrecen, que le apesta la boca desde el tiempo de las quimioterapias, que se volvió estéril por tanto milagro medico al que se sometió para combatir su propia estupidez alimenticia o su conducta de vida. No somos mejores que ese bastardo de barba blanca y sonrisa perfecta que nos juzgara en la eternidad, condenándonos a vivir según sus reglas en su paraíso, o dejándonos en este estercolero que alguien tuvo a bien fabricar para que nosotros lo destruyamos conforme nos hacemos adultos.
 
¿Quién no desea eso? Quien no desea ser el tipo que puede decidir si miles o cientos de miles de millones de bastardos se condenan bajo su manto o se regresan otra eternidad a seguir oliendo los desperdicios de su anterior vida; sin recordar un carajo por supuesto, es como seguir anclado a un circulo lleno de mierda. La condenada vida que nos apachurra para ser mejores que el resto, pero menos que los siguientes y así ad infinito. Todos lo deseamos en apariencia, pero nos cuesta tanto creernos dioses, porque nos han inculcado que aquellos que osaron volar más allá de sus posibilidades, terminaron cayendo en la desgracia más abyecta; y sin embargo, día a día, noche a noche nos enteramos de pequeños miserables que viven según sus propias reglas, según sus propias ideologías (o la ausencia de ella) para vivir como auténticos dioses del olimpo por unas noches, tal vez menos de 1000, tal vez las suficientes para que otros imbéciles quieran imitarlos y consigan únicamente muertes espectaculares, como si la jodida fuese mejor si entráramos a la muerte con una carreta externa donde van nuestras piezas corporales. Moriría literalmente por ello.
 
“Abramos los ojos” dicen los mercaderes de la religión fanatizados vía televisión, “abramos la mente” dicen los contrarios, pero que hay, ¿Qué frase podemos usar aquellos que estamos hartos de que ambos bandos nos quieran lobotomizar? ¿Dónde nos quedamos todos aquellos que únicamente nos gusta un bendito vaso de whisky por las noches para alejar los malos pensamientos que nos obligan a pensar que nos iría igual de bien si violáramos a la vecina de 12 años que usa ropa ajustada y que se pasea cual efeba frente a nosotros sin saber que si pudiéramos seguir lo haríamos sin temor alguno? Qué jodidos nos pueden decir a nosotros los que vemos en el fondo del trago la solución mágica de los problemas del universo, que todo es más sencillo si el grado etílico acompañara a todos. Imaginaos una contienda desigual por el control del mundo libre entre un adicto a las metas y un adicto al alcohol de grano, delicioso alcohol procesado en algún oscuro agujero del cual nadie apenas sabe nada, pero ese bastardo conoce todos los límites del alambique, como si fuese parte de su ser, convirtiéndose en uno con el universo cerrado que se ha creado a partir de pequeñas partículas de agua, etanol y centeno. La vida sería más deliciosa así, si todos abrazáramos la decadencia como espíritu. Ellos lo saben y por eso nos lo sueltan poco a poco, como si la condenada correa nos fuera a lastimar por engolosinarnos con un bendito trago diario. Que al final es lo que nos está matando, tan lento y tan delicadamente como una operación quirúrgica para extirpar parte de ese condenado cáncer que ha crecido en tu hígado, en las partes negras que se han podrido o en las manchas amarillas porque así lo decidimos desde que teníamos la suficiente edad para agarrar por las noches un condenado trago. A escondidas de tus padres, de tus hermanos y de tu novia, de tus animales de compañía y de la sirvienta que usaba faldas escandalosamente cortas y que no pocas veces la encontraste robando, pero se lo perdonabas porque tenía unos muslos deliciosos que te dejaba tocar solo un poco, sólo unas cuantas veces a la semana porque tenía que irse a casar de blanco con su novio que seguramente era un padrote. Luego, la encontraste haciéndole una mamada al jardinero, y al plomero y al condenado sacristán. Todos se beneficiaban de que eras un pendejo para la vida, pero a ti te valía madres, porque esos minutos donde tus manos inexpertas recorrían la piel ardiente de aquella mujer morocha eran el equivalente a los tragos que descubriste. Eran la panacea autentica que habías leído por ahí.
 
Pero eso fue antes, cuando aún creías en el amor, cuando todavía te podías poner de pie para seguir luchando o dejando al menos que alguien luchara por ti, ahora solo eres la bosta. Lo sabes tan bien como que pronto volverás a fumar, como que pronto volverás a beber, como que pronto volverás a ser la mierda que eras antes de que todo colapsara, porque ese es tu infierno, estas destinado a repetirlo, a no aprender nada nuevo. Al final eso te gusta.
 
SR Primavera 2013-otoño 2017