viernes, 19 de agosto de 2016

Noches de cadencia.

Noches de cadencia.
 
Difícilmente tenía otra opción. Arrastré por la calle la pesada maleta y aguarde a que algún taxi parase. 10 minutos después las luces de la ciudad bombardeaban mi rostro y el resto, mientras el auto se desplazaba con una rapidez inaudita para el día y la hora. Fuera de las ventanas, cientos de post adolescentes reían y tomaban alcohol o tal vez follaban por cuarta vez en la noche. Pocos, por no decir ninguno, reparaban en el semblante destrozado de quien viajaba en la parte trasera de un auto, con calcomanías de fórmula uno y estaciones de radio que pasaban música triste para nostálgicos de la vida. El asfalto parecía seco, la lluvia solo había caído en algunos puntos de la megalópolis, y tal vez este rumbo era de los que no había recibido una sola gota. O puede que solo alucinase con la lluvia, igual que con el resto. Pequeñas y casi imperceptibles oscilaciones de mi cabeza me producían mareo constante. A veces solo de noche, la mayoría del tiempo durante el día. Con estrés o tan calmado, como lo podría estar tras un perfecto sábado de estar muerto en vida. Abril había terminado con una ola infernal de calor; incendios y pequeñas dosis de locura pululaban entre la población. Cada minuto la situación parecía estar a punto de reventar, y sin embargo no, ahí seguíamos, llenos de odio por el universo, cagándonos de leche porque las cosas no salían como era lo esperado o simplemente dejándonos arrastrar por las nulas corrientes de aire tibio que llegaba a soplar. Por lo demás la situación era lo cotidiano, una vida de mierda, rodeado de gente mierda y respirando mierda. Aun así seguía tratando de luchar, seguía tirando golpes a la vida, a la oportunidad… a la caza mejor dicho,  de un solo instante que permitiese el siguiente round, la supervivencia de la especie dominante. Y sin embargo, no había nada de esperanza; la última semana y media era prueba fehaciente de ello. Abro los ojos, el auto se ha detenido frente a una fachada corriente, pequeñas esferas sin encender decoran una marquesina que ha visto sus mejores años cuando menos una treintena atrás. El tipo me ha arreglado un descuento con el administrador, dada la situación no me extrañaría nada que al  siguiente día  amaneciera con un par de tubos en vez de vísceras. Si es que despierto. Últimamente me cuesta más levantarme, tan solo abro los ojos como un acto reflejo para comprobar que no he muerto durante la noche, a veces solo desearía que todo acabase, que fuese tan sencillo como encender una bombilla o desconectar a alguien durante el sueño. Pero no sucede, y mecánicamente sigo en la rutina de lo esperado; el aliento jodidamente fétido me revuelve la tripa, que clama por un poco de paz, por algo que le permita creer que va a comer bien hoy. Una certeza. Pero no sucede nada, el tipo me entrega una llave de la habitación situada en la planta inmediata a la recepción, donde un espejo nos separa a cliente-chofer y empleado desvelado con cara de querer estar muerto. No lo culpo, quien en su sano juicio desearía estar, en las jodidas épocas que corren, a punto de entrar a su turno de 12x12 en una pequeña salita de estar, tan pesimamente mal decorada que es un milagro que no se haya vuelto loco y comenzará el jodido infierno de fuego y muerte que la sala clama para extinguirse. El sitio incluye detalles sutiles estilo retro, la infaltable onda minimalista, y por si fuera poco, hay que sumar los colores tan jodidamente apagados como la inmundicia de un estudio de televisión de los malos, de aquellos que irremediablemente se dedican a transmitir programas viejos de chistes pésimos y patiños bisoños. No importa, porque apenas me entrega la llave y observo de reojo la complicidad de taxista –proxeneta,  comprendo que el resto de las habitaciones debe de estar ocupado por la ralea baja de prostitutos y prostitutas sin alma,  vuelvo a emprender el lento ascenso por las escaleras tapizadas de un sutil color bermellón atacado por los años, la podredumbre y los huevos de cucaracha. Millones de esos pequeños bastardos inmortales deambulan por paredes, techos, camas, excusados y toda la carroña que pueda esconder entre los tapices falsos de alegorías felices. Probablemente sea mejor que todo se acabe, o al menos es en lo que pienso mientras me desfallezco sobre el pedazo de mierda que dice llamarse cama matrimonial. Y que está plagada de los millones de insectos más repugnantes. Ella nunca aceptaría quedarse aquí. Por qué la traigo a colación? Porque alguna vez fuimos a un hotel en unas vacaciones, era menor a lo que ella esperaba y mucho mejor a la mierda que me habían prometido para comenzar a ascender en la práctica de ser un yogui de mierda. Pequeños seres humanos tan jodidos que desean compartir su hedónica existencia mediante la irradiación de pequeños movimientos apenas imperceptibles, como si las estrellas se fijasen en las posturas ridículas de un grupo de gente estúpida. Las vacaciones fueron todo menos vacaciones, cuando no estábamos arrepintiéndonos de estar ahí, nos la vivíamos peleando, ella porque sabía que todo era un error, yo porque quería creer lo contrario. Lo realmente cierto, es que a pesar de los gritos a voz pelada que ella solía usar cuando quería llamar la atención, era muy buena; una condenada chica buena que obraba por la vida y gracia de gente normal. Me conoció y parte de ella murió, su verdadera esencia  colapso, o creo que ella la hizo implosionar para que me quedase. Nos queríamos pero a la vez nos odiábamos por ser tan condenadamente iguales, un par de sujetos condenados a vagar y redistribuir el dolor interno para hacernos felices e infelices. Todo a tiempo, como pequeñas libélulas sueltas en la atmosfera, sin aparente relación con la idea, pero bellas y adorables. Esas ideas falaces que suelo emplear, acabaron con lo poco o bueno que quedaba conmigo por aquella época. Ya no reía como antes y ella lo noto, era como esperar que 5 mil millones de seres humanos no fuesen capaces de notar que el sol ha desaparecido. Sus jugueteos eran ligeros golpes en el mentón, en el rostro y sobre todo en el ego, así me demostraba su amor. Pero entonces la almohada me parece mejor de lo que hubiesen sido los últimos 3 años, la cama infernal que nos quedaba chica, no tanto porque fuésemos mortalmente obesos, sino que estábamos tan jodidamente ensimismados en nuestros egos, que éramos incapaces de compartir un espacio tan endiabladamente minúsculo como una cama, ya fuese que está solo fuera un colchón mohoso con cartones debajo y porque todo el dinero se nos iba en mantener la apariencia por fuera de las paredes de ese departamento; por dentro no poseíamos más que unas cuantas prendas y mucha imaginación, que se trastocaría en miseria y reclamos nocturnos. Por ende la almohada, que seguramente estaba repleta de ácaros, me sabía perfecta; ni muy plana, ni muy abultada, rígida o suave. Era la perfección de las jodidas almohadas de hotel corriente. Nadie en su sano juicio se quedaría allí si no trajese una puta o una maldita soledad de abandonado. Yo fácilmente entraba en aquellos que han perdido el norte y ahora se dedicaban a dejar de actuar como alguien cuerdo. Ella lo odiaba, odiaba los pequeños intervalos de mi desazón, me decía (no sin falta de lógica): que desgraciadamente los papeles se habían invertido tanto, que no faltaría el día que mis bajones emocionales viniesen acompañados de sangre por el pito. Era grosera y con un talento innato para joder a las personas; su blanco favorito siempre fui yo, en segundo lugar yo y por último: yo. Eso no la eximia de ser culera con los demás, pero con ellos todavía intentaba aparentar cierto grado de humanidad. El techo se halla plagado de pequeños mosaicos, deben de seguir un patrón que el albañil o los ebanistas se jugaron en un volado con el dueño de tal inmundicia. Los rombos exteriores negros, los internos blancos y en el centro un pequeño círculo. Todo ello con un bonito toque pastel que el tiempo, la decencia, el buen gusto se ha encargado de consumir. Solo quedan pequeños atisbos de que esto en algún tiempo fue nuevo. Nada de ello resistió lo suficiente para que me tocase verlo. Y henos allí, dos días después de que hemos llegado de la luna de miel. Porque nos casamos con cierta vehemencia, con una lujuria desencadenada que tenía todo que ver con los pequeños demonios que cada cual cargaba. Ella abrazaba constantemente sus letras, yo las escupía directo a una grabadora de tamaño minúsculo que me habían regalado. Eso era todo, un lugar deshabitado, carente de alma, como nuestra relación. Pero todo iba en círculos, así me lo habían hecho creer los tipos de las coletas largas e ideas innecesarias para el avance del mundo. “La vida es un condenado agujero negro situado en la cuenca de los gatos” “dedícate a lo tuyo mientras observas detenidamente la rutina, la vida que se consume mientras cagas, meas, vomitas, follas y demás linduras que sin duda te mantienen vivo.” Al final de los pequeños rombos, que me parecía una condenada alegoría insana sobre mi vida, se encontraban pequeñas llagas cubiertas de moho, sarro, semen, sangre, cartílagos, pelos, saliva, rayos de sol, patinadas de mosca o de pequeños insectos que se comen todo aquello que dejamos atrás. Los observaba cerniéndose sobre mí, con el aspecto enclenque de menos de la talla suficiente, pero la idónea para ser tremendamente popular con las mujeres. Los pequeños pliegues y surcos de la cama apestosa se llenan de lo que he sido, de aquello que soltamos mientras dormimos, mientras caemos en un coma etílico; con la mierda que soltamos por enésima vez en la cama matrimonial de algún desgraciado hotel, perdido en las calles de la ciudad, rezando porque ella vuelva, porque perdone tu falta de carácter. Que al final comprenda que tomaste aquella pistola y la llevaste a la sien, para demostrar que podías hacer algo bien con tu vida, por su vida. Hasta el último quisiste ser bueno, pero no lo has logrado. Nunca lo harás.
 
SR Mayo-Junio 2016.

viernes, 5 de agosto de 2016

Pedro Blanquet


Pedro Blanquet dormía tan profundamente que su mujer no pudo hacer otra cosa que lanzar un bufido. Nuevamente le tocaba el turno de la noche, y ello indicaba que durante los próximos 15 días el hombre dormiría durante el día para poder cumplir con su encomienda laboral en cuanto el sol cayese. La mujer bostezó, llevaba despierta desde las 6 de la mañana, y ni bien dejo a los chicos en el colegio, regresó para hacer las labores domésticas. No importaba el ruido de la tele o que afuera el mundo estuviese ardiendo, su esposo se mantendría dormido. Le envidiaba esa capacidad de poderse perder tan profundo como lo requiriera el momento. A veces ni siquiera parecía que estuviese vivo. Eso le gustaba a la mujer, su marido no roncaba. Al menos ella que había crecido con roncadores profesionales, sabía cuánto odiaba esos ruidos grotescos y el daño que hacían  en una relación. Pero también estaba consciente de que eso le preocupaba cada vez menos.
 
Pedro Blanquet rara vez soñaba, entrar en sueño para él, era sinónimo de cerrar los ojos y  abrirlos al día o la noche siguiente. Un agujero negro sin tiempo, al menos eso creía él que sucedía toda vez que cerraba los ojos, y al otro día o noche despertaba tan descansado como si en realidad hubiese estado muerto por las 8 últimas horas. Aunque también, ya cada vez menos, echaba en falta tener esos sueños que la mayoría de las personas juraban y perjuraban que tenían. Un par de veces en su adultez más temprana, había concurrido con un especialista, pero todos reducían su falta de imágenes oníricas a una mala memoria de los sueños. Lo que si observaban, es que mostraba una actividad cerebral más calmada que el resto de los pacientes que acudían. Lo dejo por la paz, toda vez que consintió que había personas que en realidad tenían problemas mucho mayores que el suyo, y que en realidad, salvo por la ausencia de cualquier atisbo de sueños o pesadillas, el asunto no era tan malo.
 
Su mujer por el contrario, se veía muchas noches invadida por imágenes que relacionaba a ciertas inquietudes, muchas de ellas relacionadas con la subsistencia de su familia: una chica que comenzaba a notar a los chicos y un pequeño que luchaba con toda su alma por ser un sabelotodo; no se malentienda, amaba a su familia, y no deseaba que nada le ocurriese; sin embargo había una sombra siempre en su felicidad, aunque no sabía siquiera que era o con que estaba relacionada. Lo relacionaba con la forma en que su marido caía rendido en la cama, dos veces había temblado y en ambas ocasiones el hombre nunca despertaba. No es tampoco que su trabajo fuese demandante o siquiera que llegase todos los días rendido, no, ese hombre con el que compartía el lecho, podría morir dormido y no despertar aun cuando el mismo infierno se desatase sobre el mundo.
 
Las ocasiones que más extrañaba a su marido, eran las noches de frio de diciembre-enero, generalmente el hombre se turnaba con su compañero para que descansaran en igualdad de condiciones, sin embargo y a sabiendas que el dinero era necesario, Pedro Blanquet no escatimaba para volverse la mayor parte de la época navideña, el hombre fuerte de la noche; nadie quería pasar las fechas fuera de casa y menos en las madrugadas cuando podían estar ahogados de alcohol y atiborrados de comida, no así él; quien se las arreglaba para quedarse en el trabajo y obtener buenas cantidades de dinero. Siempre  al mando de un pequeño pelotón de muchachos desarrapados y llenos de ilusiones, el hombre se encargaba de coordinarles y de mostrarles las dificultades del turno nocturno. Así habían transcurrido casi 8 años desde que naciera el pequeño.
 
Los primeros años fueron más sencillos para la mujer, porque tenía a su hijo a su lado, le hacía compañía y al menos sentía a alguien con ella, pero con el paso de los años el niño quiso su propia habitación, y ella pronto se vio sola en las noches invernales; no siempre, pero si la gran mayoría. A veces encendía la televisión y veía esas películas viejísimas en blanco y negro, de tramas tan complejas como aleccionadoras de la moral humana, pero lo más importante es que le permitían sentirse menos sola, como si las voces de aquellos actores europeos perdidos en la neblina de la celulosa, le acompañaran para soterrar la sensación de melancolía que se quedaba allí. En otras ocasiones, se quedaba mirando largo rato la ventana que daba hacía la calle, observando la quietud de una avenida que discurría unos cuantos metros debajo del vidrio, el parpadeo constante de los 6 semáforos visibles, la quietud de los arboles sólo sacudidos por ocasionales ráfagas de aire helado provenientes de la zona norte; o las cada vez menos frecuentes irrupciones de alimañas que se aventuraban a probar suerte para obtener un poco de alimento; sus pensamientos se equiparaban con los de aquellas sabandijas, y en no pocas ocasiones estuvo tentada de abrir la ventana, y aventar un mendrugo a las ratas que tenían por base la escalinata grisácea del edificio.  Luego oía la respiración acompasada de sus hijos, y el ruido que hacían las bombas de agua que llevaban el líquido hacia los tinacos situados en la azotea, el molesto ronroneo del refrigerador y el ocasional fallo de las luces de la cuadra; todo ello funcionaba para serenarle. Por su parte los apagones le maravillaban, porque le permitía observar el retorno paulatino de las luces tradicionales que sustituían a las de emergencia en los edificios circundantes. Aunque la falta de luz, también le hacía pensar cosas, se imaginaba a Pedro en brazos de otra mujer, dando algo de sabor a su vida, engañándola porque quería demostrar que tenía alma. Ella consideraba en el fondo que alguien que no podía soñar, no tenía alma. Pero eso jamás se lo diría a nadie que le importara. Tal vez se pondría a gritarlo a media estación del metro, o en un partido de futbol justo cuando el equipo hubiese anotado un tanto, pero no mientras todos le pusieran atención, no quería pasar por una loca.
 
La mujer pensaba en todo ello, mientras observaba las rayas blancas pintadas en el asfalto. El parpadeo constante de la luz cian en el semáforo que se ubicaba unos cuantos metros sobre la avenida, y el suave movimiento que parecían tener algunas ramas de los árboles. Se imaginaba a Pedro, su Pedro Blanquet, riendo con una mujer sentada en los muslos, tocándole el triángulo que formaba la pantaleta, y aspirando el perfume barato de esa otra mujer de rostro perdido por la ensoñación. En ocasiones se parecía a la artista de la telenovela de las 8, a veces a alguna mujer que le había llamado la atención mientras hacía la despensa. En ocasiones era ella misma, pero con un dejo terrible en el rostro, como si no le importara que aquello pudiera terminar con una familia entera. Solo le importaba sentirse un poco más mujer que el resto. Luego regresaba a la pequeña sala tapizada de color bermellón, con los cuadros de  las fotos  de sus hijos observándola cruelmente desde sus rostros cetrinos, los ojos avellana y ligeramente achatados hacía el final de la comisura, escudriñándola, desnudando su verdadera forma. Pero al final reptaba hacia la superficie una vez más  y escuchaba el lento goteo de aquella llave del fregadero que llevaba meses haciéndolo. El tic-tac del reloj en forma de cu-cu en el comedor de seis sillas amarillas, y luego la lenta marcha de su corazón, a veces endemoniadamente lenta, fúnebre. Se dejaba caer en la silla más cercana y hundía el rostro clavando las uñas en el cuero cabelludo, lejos de la mirada de Pedro, lejos de las preguntas de sus hijos, de los murmullos de las vecinas y del escrutinio de su propio ser. Luego lentamente, volvía a su cama, a la cama matrimonial que ya no recordaba cuantas veces había estado vacía, porque su esposo prefería irse con aquellas mujeres imaginarias, con el chocho seguramente depilado, y los pezones sabor miel. Cerraba los puños y comenzaba a darle golpes a la almohada blanca, vacía, fría. Era otro diciembre.
 
Y el invierno se sentía cruel, déspota, capaz de arrancar de su corazón de madre, pero también de esposa abandonada, toda sensación de bienestar que hubiese conocido antes; como si las sonrisas o los ojos alegremente ensoñadores que su Pedro le decía que eran lo más hermoso que había conocido, simplemente no existieran o jamás hubiesen estado presentes en la ecuación. Todo el frio que se colaba por la ventana abierta del 6º piso de aquel complejo departamental, parecía nimio ante la hiel que había inundado nuevamente su alma; miraba constantemente el reloj, casi las 4 am, seguramente su esposo estaría lavándose el rostro y tal vez agregando jabón a su cuerpo, después de coger inmisericordemente a aquella fulana que usurpaba el cariño de su hombre, porque lo sabía, desde muy adentro y mucho tiempo atrás, que su esposo le engañaba, no una o dos veces, sino miles, con esa secretaria de falda endemoniadamente corta, o con la perra de recursos humanos que usaba tremendos escotes para revelar las tetazas que se cargaba. Nadie lo podía juzgar mejor que ella, nadie podría decir que su intuición fallaba. Sonó el despertador, era hora de comenzar la jornada pero sus ojos permanecían igual que la noche anterior, y la anterior y la previa, y todas las que le antecedieron, firmemente abiertos, repletos de venas a punto de reventar de cansancio, pero sin doblegarse ni un ápice. Las ventanas están cerradas pese a que ya se escucha el trino de algunos bichejos en los árboles que circundan la unidad, no se escuchan los ruidos corrientes de todos los demás vecinos moviéndose, como si el propio aire se hubiese detenido y con ello el resto del universo, salvo por los chillidos infernales de aquellas ratas voladoras.
 
El cuarto parece más pequeño de lo habitual, pero no le importa, en si hace tiempo que dejaron de importarle muchas cosas, como las veces que olió la ropa de su marido al recogerla para dejarla en la lavadora, o la incalculable cantidad de ocasiones que destrozó el teléfono que Pedro Blanquet usaba para llamar a sus golfas.  O aquella otra vez que lo amenazo, cuchillo en mano, con matarse si acaso descubría que veía a otra. O la de la mañana (o una noche, no le interesaba saber el día o la fecha), cuando le escucho hablar con una de esas rameras que lo buscaban a todas horas para que la dejara, para que abandonara a la condenada loca celosa que tenía por esposa y que ya le había hecho múltiples escenas en su trabajo; pero nadie la iba a alejar de ese hombre, antes prefería terminar con todo, primero un navajazo perfecto en el estómago de Irina, está se retorció y quiso gritar, pero la mano de mamá le cubría la carita que poco a poco se desvanecería en el fin de todo. Luego la garganta de Efraín, cuyo sonido de fregadero atascado la horrorizo y atino a darle 20 o más puñaladas hasta que el mero sonido que se escuchaba, era el murmullo del viento fuera del departamento. Caminó, lenta y sin prisa hacia la habitación principal, dejando en el muro aquella huella que lleno los periódicos no sensacionalistas. Aquellos que no quisieron retratar el horror, y  esa imagen apareció como único elemento de la casa,  la huella humana cubierta de sangre filial. Al final del muro, acostado a pierna suelta  y tan apacible como si volverla cornuda no fuese merecedor de un castigo sumarísimo, se encontraba Pedro Blanquet, su Pedro Blanquet, con su rostro achatado y la nariz enorme llena de poros abiertos, con los labios cerrados sin forzar; parecía descansar en un gigantesco ataúd donde a la mañana siguiente le encontrarían con la cabeza  calva separada del resto, cercenada al principio con un cuchillo, pero en gran parte a mordidas por la que era su esposa. Pero ella sigue allí, mirando en el departamento que con tanta ilusión comprara en compañía de su esposo, mirando la puerta frontal en espera de que el maldito cobarde entre y por fin la abandone.
 
SR Marzo 2016