viernes, 5 de agosto de 2016

Pedro Blanquet


Pedro Blanquet dormía tan profundamente que su mujer no pudo hacer otra cosa que lanzar un bufido. Nuevamente le tocaba el turno de la noche, y ello indicaba que durante los próximos 15 días el hombre dormiría durante el día para poder cumplir con su encomienda laboral en cuanto el sol cayese. La mujer bostezó, llevaba despierta desde las 6 de la mañana, y ni bien dejo a los chicos en el colegio, regresó para hacer las labores domésticas. No importaba el ruido de la tele o que afuera el mundo estuviese ardiendo, su esposo se mantendría dormido. Le envidiaba esa capacidad de poderse perder tan profundo como lo requiriera el momento. A veces ni siquiera parecía que estuviese vivo. Eso le gustaba a la mujer, su marido no roncaba. Al menos ella que había crecido con roncadores profesionales, sabía cuánto odiaba esos ruidos grotescos y el daño que hacían  en una relación. Pero también estaba consciente de que eso le preocupaba cada vez menos.
 
Pedro Blanquet rara vez soñaba, entrar en sueño para él, era sinónimo de cerrar los ojos y  abrirlos al día o la noche siguiente. Un agujero negro sin tiempo, al menos eso creía él que sucedía toda vez que cerraba los ojos, y al otro día o noche despertaba tan descansado como si en realidad hubiese estado muerto por las 8 últimas horas. Aunque también, ya cada vez menos, echaba en falta tener esos sueños que la mayoría de las personas juraban y perjuraban que tenían. Un par de veces en su adultez más temprana, había concurrido con un especialista, pero todos reducían su falta de imágenes oníricas a una mala memoria de los sueños. Lo que si observaban, es que mostraba una actividad cerebral más calmada que el resto de los pacientes que acudían. Lo dejo por la paz, toda vez que consintió que había personas que en realidad tenían problemas mucho mayores que el suyo, y que en realidad, salvo por la ausencia de cualquier atisbo de sueños o pesadillas, el asunto no era tan malo.
 
Su mujer por el contrario, se veía muchas noches invadida por imágenes que relacionaba a ciertas inquietudes, muchas de ellas relacionadas con la subsistencia de su familia: una chica que comenzaba a notar a los chicos y un pequeño que luchaba con toda su alma por ser un sabelotodo; no se malentienda, amaba a su familia, y no deseaba que nada le ocurriese; sin embargo había una sombra siempre en su felicidad, aunque no sabía siquiera que era o con que estaba relacionada. Lo relacionaba con la forma en que su marido caía rendido en la cama, dos veces había temblado y en ambas ocasiones el hombre nunca despertaba. No es tampoco que su trabajo fuese demandante o siquiera que llegase todos los días rendido, no, ese hombre con el que compartía el lecho, podría morir dormido y no despertar aun cuando el mismo infierno se desatase sobre el mundo.
 
Las ocasiones que más extrañaba a su marido, eran las noches de frio de diciembre-enero, generalmente el hombre se turnaba con su compañero para que descansaran en igualdad de condiciones, sin embargo y a sabiendas que el dinero era necesario, Pedro Blanquet no escatimaba para volverse la mayor parte de la época navideña, el hombre fuerte de la noche; nadie quería pasar las fechas fuera de casa y menos en las madrugadas cuando podían estar ahogados de alcohol y atiborrados de comida, no así él; quien se las arreglaba para quedarse en el trabajo y obtener buenas cantidades de dinero. Siempre  al mando de un pequeño pelotón de muchachos desarrapados y llenos de ilusiones, el hombre se encargaba de coordinarles y de mostrarles las dificultades del turno nocturno. Así habían transcurrido casi 8 años desde que naciera el pequeño.
 
Los primeros años fueron más sencillos para la mujer, porque tenía a su hijo a su lado, le hacía compañía y al menos sentía a alguien con ella, pero con el paso de los años el niño quiso su propia habitación, y ella pronto se vio sola en las noches invernales; no siempre, pero si la gran mayoría. A veces encendía la televisión y veía esas películas viejísimas en blanco y negro, de tramas tan complejas como aleccionadoras de la moral humana, pero lo más importante es que le permitían sentirse menos sola, como si las voces de aquellos actores europeos perdidos en la neblina de la celulosa, le acompañaran para soterrar la sensación de melancolía que se quedaba allí. En otras ocasiones, se quedaba mirando largo rato la ventana que daba hacía la calle, observando la quietud de una avenida que discurría unos cuantos metros debajo del vidrio, el parpadeo constante de los 6 semáforos visibles, la quietud de los arboles sólo sacudidos por ocasionales ráfagas de aire helado provenientes de la zona norte; o las cada vez menos frecuentes irrupciones de alimañas que se aventuraban a probar suerte para obtener un poco de alimento; sus pensamientos se equiparaban con los de aquellas sabandijas, y en no pocas ocasiones estuvo tentada de abrir la ventana, y aventar un mendrugo a las ratas que tenían por base la escalinata grisácea del edificio.  Luego oía la respiración acompasada de sus hijos, y el ruido que hacían las bombas de agua que llevaban el líquido hacia los tinacos situados en la azotea, el molesto ronroneo del refrigerador y el ocasional fallo de las luces de la cuadra; todo ello funcionaba para serenarle. Por su parte los apagones le maravillaban, porque le permitía observar el retorno paulatino de las luces tradicionales que sustituían a las de emergencia en los edificios circundantes. Aunque la falta de luz, también le hacía pensar cosas, se imaginaba a Pedro en brazos de otra mujer, dando algo de sabor a su vida, engañándola porque quería demostrar que tenía alma. Ella consideraba en el fondo que alguien que no podía soñar, no tenía alma. Pero eso jamás se lo diría a nadie que le importara. Tal vez se pondría a gritarlo a media estación del metro, o en un partido de futbol justo cuando el equipo hubiese anotado un tanto, pero no mientras todos le pusieran atención, no quería pasar por una loca.
 
La mujer pensaba en todo ello, mientras observaba las rayas blancas pintadas en el asfalto. El parpadeo constante de la luz cian en el semáforo que se ubicaba unos cuantos metros sobre la avenida, y el suave movimiento que parecían tener algunas ramas de los árboles. Se imaginaba a Pedro, su Pedro Blanquet, riendo con una mujer sentada en los muslos, tocándole el triángulo que formaba la pantaleta, y aspirando el perfume barato de esa otra mujer de rostro perdido por la ensoñación. En ocasiones se parecía a la artista de la telenovela de las 8, a veces a alguna mujer que le había llamado la atención mientras hacía la despensa. En ocasiones era ella misma, pero con un dejo terrible en el rostro, como si no le importara que aquello pudiera terminar con una familia entera. Solo le importaba sentirse un poco más mujer que el resto. Luego regresaba a la pequeña sala tapizada de color bermellón, con los cuadros de  las fotos  de sus hijos observándola cruelmente desde sus rostros cetrinos, los ojos avellana y ligeramente achatados hacía el final de la comisura, escudriñándola, desnudando su verdadera forma. Pero al final reptaba hacia la superficie una vez más  y escuchaba el lento goteo de aquella llave del fregadero que llevaba meses haciéndolo. El tic-tac del reloj en forma de cu-cu en el comedor de seis sillas amarillas, y luego la lenta marcha de su corazón, a veces endemoniadamente lenta, fúnebre. Se dejaba caer en la silla más cercana y hundía el rostro clavando las uñas en el cuero cabelludo, lejos de la mirada de Pedro, lejos de las preguntas de sus hijos, de los murmullos de las vecinas y del escrutinio de su propio ser. Luego lentamente, volvía a su cama, a la cama matrimonial que ya no recordaba cuantas veces había estado vacía, porque su esposo prefería irse con aquellas mujeres imaginarias, con el chocho seguramente depilado, y los pezones sabor miel. Cerraba los puños y comenzaba a darle golpes a la almohada blanca, vacía, fría. Era otro diciembre.
 
Y el invierno se sentía cruel, déspota, capaz de arrancar de su corazón de madre, pero también de esposa abandonada, toda sensación de bienestar que hubiese conocido antes; como si las sonrisas o los ojos alegremente ensoñadores que su Pedro le decía que eran lo más hermoso que había conocido, simplemente no existieran o jamás hubiesen estado presentes en la ecuación. Todo el frio que se colaba por la ventana abierta del 6º piso de aquel complejo departamental, parecía nimio ante la hiel que había inundado nuevamente su alma; miraba constantemente el reloj, casi las 4 am, seguramente su esposo estaría lavándose el rostro y tal vez agregando jabón a su cuerpo, después de coger inmisericordemente a aquella fulana que usurpaba el cariño de su hombre, porque lo sabía, desde muy adentro y mucho tiempo atrás, que su esposo le engañaba, no una o dos veces, sino miles, con esa secretaria de falda endemoniadamente corta, o con la perra de recursos humanos que usaba tremendos escotes para revelar las tetazas que se cargaba. Nadie lo podía juzgar mejor que ella, nadie podría decir que su intuición fallaba. Sonó el despertador, era hora de comenzar la jornada pero sus ojos permanecían igual que la noche anterior, y la anterior y la previa, y todas las que le antecedieron, firmemente abiertos, repletos de venas a punto de reventar de cansancio, pero sin doblegarse ni un ápice. Las ventanas están cerradas pese a que ya se escucha el trino de algunos bichejos en los árboles que circundan la unidad, no se escuchan los ruidos corrientes de todos los demás vecinos moviéndose, como si el propio aire se hubiese detenido y con ello el resto del universo, salvo por los chillidos infernales de aquellas ratas voladoras.
 
El cuarto parece más pequeño de lo habitual, pero no le importa, en si hace tiempo que dejaron de importarle muchas cosas, como las veces que olió la ropa de su marido al recogerla para dejarla en la lavadora, o la incalculable cantidad de ocasiones que destrozó el teléfono que Pedro Blanquet usaba para llamar a sus golfas.  O aquella otra vez que lo amenazo, cuchillo en mano, con matarse si acaso descubría que veía a otra. O la de la mañana (o una noche, no le interesaba saber el día o la fecha), cuando le escucho hablar con una de esas rameras que lo buscaban a todas horas para que la dejara, para que abandonara a la condenada loca celosa que tenía por esposa y que ya le había hecho múltiples escenas en su trabajo; pero nadie la iba a alejar de ese hombre, antes prefería terminar con todo, primero un navajazo perfecto en el estómago de Irina, está se retorció y quiso gritar, pero la mano de mamá le cubría la carita que poco a poco se desvanecería en el fin de todo. Luego la garganta de Efraín, cuyo sonido de fregadero atascado la horrorizo y atino a darle 20 o más puñaladas hasta que el mero sonido que se escuchaba, era el murmullo del viento fuera del departamento. Caminó, lenta y sin prisa hacia la habitación principal, dejando en el muro aquella huella que lleno los periódicos no sensacionalistas. Aquellos que no quisieron retratar el horror, y  esa imagen apareció como único elemento de la casa,  la huella humana cubierta de sangre filial. Al final del muro, acostado a pierna suelta  y tan apacible como si volverla cornuda no fuese merecedor de un castigo sumarísimo, se encontraba Pedro Blanquet, su Pedro Blanquet, con su rostro achatado y la nariz enorme llena de poros abiertos, con los labios cerrados sin forzar; parecía descansar en un gigantesco ataúd donde a la mañana siguiente le encontrarían con la cabeza  calva separada del resto, cercenada al principio con un cuchillo, pero en gran parte a mordidas por la que era su esposa. Pero ella sigue allí, mirando en el departamento que con tanta ilusión comprara en compañía de su esposo, mirando la puerta frontal en espera de que el maldito cobarde entre y por fin la abandone.
 
SR Marzo 2016

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