Noches de cadencia.
Difícilmente tenía otra opción. Arrastré por la calle la pesada maleta y aguarde a que algún taxi parase. 10 minutos después las luces de la ciudad bombardeaban mi rostro y el resto, mientras el auto se desplazaba con una rapidez inaudita para el día y la hora. Fuera de las ventanas, cientos de post adolescentes reían y tomaban alcohol o tal vez follaban por cuarta vez en la noche. Pocos, por no decir ninguno, reparaban en el semblante destrozado de quien viajaba en la parte trasera de un auto, con calcomanías de fórmula uno y estaciones de radio que pasaban música triste para nostálgicos de la vida. El asfalto parecía seco, la lluvia solo había caído en algunos puntos de la megalópolis, y tal vez este rumbo era de los que no había recibido una sola gota. O puede que solo alucinase con la lluvia, igual que con el resto. Pequeñas y casi imperceptibles oscilaciones de mi cabeza me producían mareo constante. A veces solo de noche, la mayoría del tiempo durante el día. Con estrés o tan calmado, como lo podría estar tras un perfecto sábado de estar muerto en vida. Abril había terminado con una ola infernal de calor; incendios y pequeñas dosis de locura pululaban entre la población. Cada minuto la situación parecía estar a punto de reventar, y sin embargo no, ahí seguíamos, llenos de odio por el universo, cagándonos de leche porque las cosas no salían como era lo esperado o simplemente dejándonos arrastrar por las nulas corrientes de aire tibio que llegaba a soplar. Por lo demás la situación era lo cotidiano, una vida de mierda, rodeado de gente mierda y respirando mierda. Aun así seguía tratando de luchar, seguía tirando golpes a la vida, a la oportunidad… a la caza mejor dicho, de un solo instante que permitiese el siguiente round, la supervivencia de la especie dominante. Y sin embargo, no había nada de esperanza; la última semana y media era prueba fehaciente de ello. Abro los ojos, el auto se ha detenido frente a una fachada corriente, pequeñas esferas sin encender decoran una marquesina que ha visto sus mejores años cuando menos una treintena atrás. El tipo me ha arreglado un descuento con el administrador, dada la situación no me extrañaría nada que al siguiente día amaneciera con un par de tubos en vez de vísceras. Si es que despierto. Últimamente me cuesta más levantarme, tan solo abro los ojos como un acto reflejo para comprobar que no he muerto durante la noche, a veces solo desearía que todo acabase, que fuese tan sencillo como encender una bombilla o desconectar a alguien durante el sueño. Pero no sucede, y mecánicamente sigo en la rutina de lo esperado; el aliento jodidamente fétido me revuelve la tripa, que clama por un poco de paz, por algo que le permita creer que va a comer bien hoy. Una certeza. Pero no sucede nada, el tipo me entrega una llave de la habitación situada en la planta inmediata a la recepción, donde un espejo nos separa a cliente-chofer y empleado desvelado con cara de querer estar muerto. No lo culpo, quien en su sano juicio desearía estar, en las jodidas épocas que corren, a punto de entrar a su turno de 12x12 en una pequeña salita de estar, tan pesimamente mal decorada que es un milagro que no se haya vuelto loco y comenzará el jodido infierno de fuego y muerte que la sala clama para extinguirse. El sitio incluye detalles sutiles estilo retro, la infaltable onda minimalista, y por si fuera poco, hay que sumar los colores tan jodidamente apagados como la inmundicia de un estudio de televisión de los malos, de aquellos que irremediablemente se dedican a transmitir programas viejos de chistes pésimos y patiños bisoños. No importa, porque apenas me entrega la llave y observo de reojo la complicidad de taxista –proxeneta, comprendo que el resto de las habitaciones debe de estar ocupado por la ralea baja de prostitutos y prostitutas sin alma, vuelvo a emprender el lento ascenso por las escaleras tapizadas de un sutil color bermellón atacado por los años, la podredumbre y los huevos de cucaracha. Millones de esos pequeños bastardos inmortales deambulan por paredes, techos, camas, excusados y toda la carroña que pueda esconder entre los tapices falsos de alegorías felices. Probablemente sea mejor que todo se acabe, o al menos es en lo que pienso mientras me desfallezco sobre el pedazo de mierda que dice llamarse cama matrimonial. Y que está plagada de los millones de insectos más repugnantes. Ella nunca aceptaría quedarse aquí. Por qué la traigo a colación? Porque alguna vez fuimos a un hotel en unas vacaciones, era menor a lo que ella esperaba y mucho mejor a la mierda que me habían prometido para comenzar a ascender en la práctica de ser un yogui de mierda. Pequeños seres humanos tan jodidos que desean compartir su hedónica existencia mediante la irradiación de pequeños movimientos apenas imperceptibles, como si las estrellas se fijasen en las posturas ridículas de un grupo de gente estúpida. Las vacaciones fueron todo menos vacaciones, cuando no estábamos arrepintiéndonos de estar ahí, nos la vivíamos peleando, ella porque sabía que todo era un error, yo porque quería creer lo contrario. Lo realmente cierto, es que a pesar de los gritos a voz pelada que ella solía usar cuando quería llamar la atención, era muy buena; una condenada chica buena que obraba por la vida y gracia de gente normal. Me conoció y parte de ella murió, su verdadera esencia colapso, o creo que ella la hizo implosionar para que me quedase. Nos queríamos pero a la vez nos odiábamos por ser tan condenadamente iguales, un par de sujetos condenados a vagar y redistribuir el dolor interno para hacernos felices e infelices. Todo a tiempo, como pequeñas libélulas sueltas en la atmosfera, sin aparente relación con la idea, pero bellas y adorables. Esas ideas falaces que suelo emplear, acabaron con lo poco o bueno que quedaba conmigo por aquella época. Ya no reía como antes y ella lo noto, era como esperar que 5 mil millones de seres humanos no fuesen capaces de notar que el sol ha desaparecido. Sus jugueteos eran ligeros golpes en el mentón, en el rostro y sobre todo en el ego, así me demostraba su amor. Pero entonces la almohada me parece mejor de lo que hubiesen sido los últimos 3 años, la cama infernal que nos quedaba chica, no tanto porque fuésemos mortalmente obesos, sino que estábamos tan jodidamente ensimismados en nuestros egos, que éramos incapaces de compartir un espacio tan endiabladamente minúsculo como una cama, ya fuese que está solo fuera un colchón mohoso con cartones debajo y porque todo el dinero se nos iba en mantener la apariencia por fuera de las paredes de ese departamento; por dentro no poseíamos más que unas cuantas prendas y mucha imaginación, que se trastocaría en miseria y reclamos nocturnos. Por ende la almohada, que seguramente estaba repleta de ácaros, me sabía perfecta; ni muy plana, ni muy abultada, rígida o suave. Era la perfección de las jodidas almohadas de hotel corriente. Nadie en su sano juicio se quedaría allí si no trajese una puta o una maldita soledad de abandonado. Yo fácilmente entraba en aquellos que han perdido el norte y ahora se dedicaban a dejar de actuar como alguien cuerdo. Ella lo odiaba, odiaba los pequeños intervalos de mi desazón, me decía (no sin falta de lógica): que desgraciadamente los papeles se habían invertido tanto, que no faltaría el día que mis bajones emocionales viniesen acompañados de sangre por el pito. Era grosera y con un talento innato para joder a las personas; su blanco favorito siempre fui yo, en segundo lugar yo y por último: yo. Eso no la eximia de ser culera con los demás, pero con ellos todavía intentaba aparentar cierto grado de humanidad. El techo se halla plagado de pequeños mosaicos, deben de seguir un patrón que el albañil o los ebanistas se jugaron en un volado con el dueño de tal inmundicia. Los rombos exteriores negros, los internos blancos y en el centro un pequeño círculo. Todo ello con un bonito toque pastel que el tiempo, la decencia, el buen gusto se ha encargado de consumir. Solo quedan pequeños atisbos de que esto en algún tiempo fue nuevo. Nada de ello resistió lo suficiente para que me tocase verlo. Y henos allí, dos días después de que hemos llegado de la luna de miel. Porque nos casamos con cierta vehemencia, con una lujuria desencadenada que tenía todo que ver con los pequeños demonios que cada cual cargaba. Ella abrazaba constantemente sus letras, yo las escupía directo a una grabadora de tamaño minúsculo que me habían regalado. Eso era todo, un lugar deshabitado, carente de alma, como nuestra relación. Pero todo iba en círculos, así me lo habían hecho creer los tipos de las coletas largas e ideas innecesarias para el avance del mundo. “La vida es un condenado agujero negro situado en la cuenca de los gatos” “dedícate a lo tuyo mientras observas detenidamente la rutina, la vida que se consume mientras cagas, meas, vomitas, follas y demás linduras que sin duda te mantienen vivo.” Al final de los pequeños rombos, que me parecía una condenada alegoría insana sobre mi vida, se encontraban pequeñas llagas cubiertas de moho, sarro, semen, sangre, cartílagos, pelos, saliva, rayos de sol, patinadas de mosca o de pequeños insectos que se comen todo aquello que dejamos atrás. Los observaba cerniéndose sobre mí, con el aspecto enclenque de menos de la talla suficiente, pero la idónea para ser tremendamente popular con las mujeres. Los pequeños pliegues y surcos de la cama apestosa se llenan de lo que he sido, de aquello que soltamos mientras dormimos, mientras caemos en un coma etílico; con la mierda que soltamos por enésima vez en la cama matrimonial de algún desgraciado hotel, perdido en las calles de la ciudad, rezando porque ella vuelva, porque perdone tu falta de carácter. Que al final comprenda que tomaste aquella pistola y la llevaste a la sien, para demostrar que podías hacer algo bien con tu vida, por su vida. Hasta el último quisiste ser bueno, pero no lo has logrado. Nunca lo harás.
SR Mayo-Junio 2016.
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