Cuando era más joven intenté pasar una semana con una dieta a la jim Morrison, una semana con nada más que Whisky y cigarros. Lamentablemente no me gustaba el sabor del cigarro y el whisky era muy caro. Intente la versión para la que mi cerebro me daba. Una semana de cerveza y mota. Cabe decir que a los 2 días o día y medio, mi cerebro únicamente podía pensar en comer, comer y no parar de hacerlo, además de que vivía en una terrible paranoia constante. El mundo giraba y yo no, tal vez eso era lo que más me preocupaba en aquellos dos días de por aquel entonces. Escuchaba a mis vecinos tener sexo con el radio a todo volumen, su selección musical era la misma cada que lo hacían, cada que la vieja terminaba gritando todos aquellos jesuses. Su esposo por supuesto que no se llamaba así, mi mente idiota creía que lo hacía por un sentido hondo de religiosidad. No me imaginaba que la tipa, que debían andar cerca de los 50, se estaba cepillando a su hijastro. Un tipo que luego me compraba marihuana. Un tipo cool, creo que tenía 16 o 17, por aquel yo andaba cerca de los 22. Me gustaba su novia, su madrastra casi no. Tal vez porque su novia parecía una pequeña puta. Me gustaba su madrastra, su novia no. Tal vez porque su madrastra parecía una autentica puta. No duraron mucho ahí, tal vez cuatro o cinco meses. Un día ambos se fueron, quiero creer que se la sigue cepillando en algún lugar, siendo mancornadores de aquel hombre calvo. Su padre era calvo, seguramente ahora él lo es, yo lo soy y por aquel tenía más pelo que todos en mi familia. Pero ahora todo está jodido, el tipo tenía un auto muy malo, muy jodidamente ruidoso, así sabían que llegaba, les daba tiempo de irse a lugares distantes luego de oírle desde por lo menos una cuadra o dos antes. Se colgó. Tenía casi 45. Me caía bien, hablaba de futbol y de cerveza, bebía mucha cerveza, a los dos nos gustaba la condenada cerveza. Pero no su mujer, creo que era marica, no me importaba, me caía bien el condenado marica. Aun así se colgó tres días después de que su hijo se fuera, la mujer no le importaba, pero su hijo era todo. Un condenado nudo estaba en medio de su cuello, le gustaba la cerveza. Estaba ahí, sentado en la sala, oyendo a los vecinos coger, les gustaba hacerlo hasta que oían el motor del vecino; llevaba unas cervezas encima, tenía jodida hambre, la cerveza no estaba fría. Tenía muchas ganas de orinar, odiaba todo lo malo que era estar solo, odiaba estar vivo. Pero amaba la condenada cerveza, y ahí todos estaban idiotizados, mi perro, mis gatos, el fantasma que vivía en la planta alta. Había un pinche fantasma, había un condenado fantasma en la casa, miento, no sé qué jodidos fuera. Incluso empiezo a creer que era mi propia idea de soledad, algo que me ayudaba a no volverme imbécil y ahí estaba rodeado del humo de aquella marihuana barata, y repleto de la condenada cerveza. Y me hundía en los sillones, en aquellos sillones que mi madre se había encargado de forrar, lamente que hubiera muerto tan joven, aunque realmente eso hizo que mi padre se consiguiera no menos de 10 novias, ninguna de ellas se parecía a la vecina, pero pocas mujeres como ella, me gustaba y la novia de su hijo. Me gustaba ambas porque parecían putas sacadas de alguna película erótica, no pornografía, sino esas películas que solo insinuaban todo, demasiado estético, demasiado cuidado, llevar a la vida real la cuidadísima estética de las fotografías. Lo que más me gustaba era permanecer acostado viendo el televisor sin sonido, me comenzaba a sentir bien, tan jodidamente bien cómo era posible, pero nada duraba, no al menos que fuera la maldita paranoia que tenía en aquellos días, cualquier condenado ruido me sobresaltaba, pese a que la casa del vecino nunca estaba en calma, cuando no estaban teniendo sexo, estaban gritándose padre e hijo. Así supe que se querían, porque cuando un hijo y un padre no se gritan a rabiar están inmersos en la indiferencia total. Mi padre rara vez me dirigía la palabra si no tenía nada nuevo que decir. Le gustaba el rock, le gustaba el maldito rock, creo que eso ayudó a que no se volviera loco, digo más, cuando ella murió. No la recuerdo casi, ya no, la marihuana y la cerveza se han encargado de ello. Mis dos tías que vinieron al funeral casi no hablaron, se la pasaron llorado y recordando anécdotas que las hacían llorar de nuevo, pero mi padre estaba sentado en una silla que apenas y no se quebraba por su peso, estaba hundido ahí mientras yo recibía a los condenados invitados, deudos, los tipos vestidos de negro. Odiaba al mundo, quería que todos se fueran al carajo, estaba atascado de marihuana cuando mamá murió, ella así lo habría querido. Le gustaba el olor que dejaba en mi cuarto, distinto de esa maldita cerveza, no menos de 5 veces tuvo que limpiar mi vomito. El viejo ha muerto hace unos dos años, tenía casi 70, ya no veía casi nada, quiero creer que en sus ojos eternamente ciegos se acordaba a diario de mi madre, aunque no fuera así, la última de sus mujeres le vació la casa aprovechando que yo había salido. Le dejo en su habitación encerrado mientras ella llegaba con un camión de mudanzas, el tipo rompió el espejo, un buró y una pata de la cama, tuvimos que emparejarla y a partir de ahí durmió con el colchón en el suelo, vendí algunas cosas para pagar lo elemental, sobre todo el condenado horno de microondas, no sabíamos cocinar ni un huevo. Nos estábamos muriendo de hambre, llenos de humo de marihuana y hambre que nos devoraba las tripas; él se murió un lunes, no recuerdo el velorio, no recuerdo gran cosa porque estaba muy jodido. Estaba solo y me gustaba demasiado la idea. Luego regrese a casa, a buscar una chamarra, sentí que mi padre y mi madre seguían allí, viendo como todo se comenzaba a ir a la mierda, sin trabajo, sin nada que hacer y condenado a beber cerveza. Llovió dos días seguidos, sin detenerse, sin parar un condenado momento de llover, para entonces la ciudad estaba colapsada, había un rio de mierda afuera de la casa, los niños se cagaban en el rio que corría con salvaje destino. Abrí una cerveza y me senté a esperar a que todo se fuera al demonio, pero no fue así, no pasó nada que no hubiera sucedido antes, no sucedió nada que fuera relevante. Por aquel entonces debí andar cerca de los 30 o más. Vendí la casa, vendí todo lo que había dentro y me mude a este departamento. No hay vecinos cogiendo, no hay nadie al lado, todos estamos muertos.
SR Otoño 2018