lunes, 26 de septiembre de 2016

95 veces

95 veces
 
Bebía cerveza
 
Bebía mientras mi padre me sermoneaba.
 
Bebía la noche que ella se fue.
 
Bebía todas aquellas madrugadas de frio insoportable.
 
Bebía cuando deseaba.
 
Bebía mezcal
 
Bebía cuando choque aquella vez.
 
Bebía tanto.
 
Bebía recostado en un viejo sillón cuya vida estaba condenada.
 
Bebía en las radioterapias.
 
Bebía al saber que era un niño.
 
Bebía bourbon
 
Bebía queriendo no saber  porque estaba aquí,
 
Bebía mientras me sentía miserable.
 
Bebía en las fiestas de la oficina.
 
Bebía luego de tirarle dos polvos a la mujer del aseo.
 
Bebía vino tinto.
 
Bebía cada que había alguna jodida festividad.
 
Bebía mientras el cielo parecía comparsa de la desdicha de las cucarachas.
 
Bebía mientras creía en el futuro.
 
Bebía en las madrugadas después de que te fuiste.
 
Bebía de los senos de las mujeres cuando aún me amaban.
 
Bebía tequila.
 
Bebía luego de vomitar en cualquier retrete.
 
Bebía con los amigos.
 
Bebía solo, con los perros echados a mis pies acusando mi perdición.
 
Bebía en las noches de liga amateur.
 
Bebía luego de celebrar el cumpleaños de cualquier amigo que en realidad me aborrecía.
 
Bebía sin dejar de maldecir que todo fuera hacia abajo.
 
Bebía vodka.
 
Bebía en los aviones, autobuses, el cine.
 
Bebía en cualquier rincón de tu cabeza.
 
Bebía cada que me pasaba algo bueno.
 
Bebía cuando de verdad la mierda me estallaba en el rostro.
 
Bebía y luego te restregaba en tu cara mi sarta de mentiras.
 
Bebía y escribía pequeños fragmentos de algunas personas con peores problemas que los míos.
 
Bebía en silencio.
 
Bebía ron antillano
 
Bebía para luego patear el suelo.
 
Bebía en los eventos de poker.
 
Bebía y mis hijos se horrorizaban.
 
Bebía la tarde que fracase.
 
Bebía tratando de extinguir aquellas voces que irremediablemente me incitaban a matarme.
 
Bebía con amigos que me amaban.
 
Bebía tras recorrer varios kilómetros en la lluvia, respirando mi propia inmundicia.
 
Bebía en los días que recordaba a mi madre.
 
Bebía la noche que él murió.
 
Bebía sin dejar de atormentarme por no cejar en mi intento, por acabar con todo lo bueno que me había pasado alguna jodida vez en la vida.
 
Bebía llorando de alegría porque todo iría de maravilla.
 
Bebía la mierda de anis.
 
Bebía cuando te fui a buscar a casa de tus padres.
 
Bebía festejando.
 
Bebía y el insomnio se iba.
 
Bebía y él aparecía.
 
Bebía tres o más veces a la semana.
 
Bebía sentado en alguna cantina con gente extraña rodeándome, sin dejarme hundir, porque cuando empezaba a caer ellos lo hacían.
 
Bebía cuando mate aquel perro que se cruzó.
 
Bebía la noche de la boda de tu primo el gordo.
 
Bebía brandy.
 
Bebía y el miedo desaparecía.
 
Bebía cada que tu mirada se internaba en mis memorias.
 
Bebía cuando me despidieron.
 
Bebía la noche que te conocí.
 
Bebía abrazando gente que me odiaba.
 
Bebía cuando murió el viejo.
 
Bebía el mediodía  que todo cambio.
 
Bebía sin poderme contener, mojando el suelo.
 
Bebía en la patrulla que me recogió para irte a buscar.
 
Bebía al finalizar la noche de bodas.
 
Bebía cada que podía. Cuando me escabullía hacia el final del pasillo de la fábrica y destapaba la anforita.
 
Bebía la noche que Jacinto perdió el brazo en la máquina.
 
Bebía sintiéndome casi dios, intocable y que no me merecía la raza humana.
 
Bebía caña.
 
Bebía mientras esperaba que salieras de la consulta.
 
Bebía sin detenerme ante nadie.
 
Bebía la mañana que me corrió mi padre de la casa por beber.
 
Bebía sin remordimientos.
 
Bebía la noche que admití mi fracaso.
 
Bebía queriendo que tus brazos fueran ciertos y que la cama no fuese un jodido colchón meado.
 
Bebía cuando el medico bajo la cabeza, con todos los minutos pasados enterrados en el pequeño cuerpo debajo de una sábana blanca.
 
Bebía sin importarme el qué dirán los vecinos.
 
Bebía con los juegos de futbol nacionales.
 
Bebía si era innecesario.
 
Bebía a las 10 de la mañana la primera cerveza.
 
Bebía sidra con vodka.
 
Bebía mientras adornaba el jodido árbol de navidad.
 
Bebía en las parrilladas del vecino.
 
Bebía la noche que te abandone en  la avenida.
 
Bebía cuando el calor arreciaba en la primavera y la ropa se nos pegaba a la piel.
 
Bebía al aplastar un alacrán inocente.
 
Bebía en el funeral. Con todos los ojos observándonos, queriéndonos explicar el actuar de la vida, el dolor infernal de estar vivos.
 
Bebía con tu primo que tanto odiabas.
 
Bebía con tus amigas cada que necesitaban un consejo autodestructivo.
 
Bebía con el mero fin de acabar todo tan lento como fuese posible, pero con la certeza de que todo iría a mejor si al otro día encontraban mi cadáver en algún lunar del universo.
 
Bebía porque era feliz haciéndolo.
 
SR Agosto-Septiembre 2016

domingo, 4 de septiembre de 2016

Acalorada discusión



Acalorada discusión
Conocí a esta chica cuando los problemas no eran tan graves aun, cuando el temblor de mi mano derecha era un mero movimiento trepidatorio, que iba desde el antebrazo en espasmos apenas imperceptibles y no de manera continua. Ella trabajaba en una pequeña oficina rodeada de otros cuantos tipos sin sueños, y le gustaba beber. Podía dejar todo de lado excepto darle al frasco cada tanto. Pero era otra época entonces, ella bebía ocasionalmente y con su grupo de amigos, quisiera decir que la influencie para que cogiese el camino de la fermentación. Aunque eso sería dotarme de una importancia en su vida, que dudosamente creo merecer. No, ella era una buena chica que gustaba atormentar sus demonios con alcohol y fiesta. Pero nunca fue decadente, más bien era libre, aunque sujeta por su adicción a los grados etílicos, y a la necesidad de no dejarse vencer tan fácil, las benditas contradicciones.


Salía de trabajar y corría hasta algún punto intermedio a mi casa, ahí bebíamos y hablábamos de sus problemas, tal vez porque yo no tenía ninguno por aquel entonces, el trago estaba controlado, el cigarro aparecía de vez en cuando, y mis problemas financieros tenían aun margen de maniobra, bastaron 4 meses de esa pretendida arrogancia para que me encontrase totalmente quebrado, viviendo en casa de la chica y trabajando de cualquier cosa para evitar su mirada de compasión y de desilusión. Pero eso fue después, en aquellos primeros días que comencé a salir con ella, los dos teníamos la suficiente cordura mental para no llevar las cosas más allá de lo conveniente, luego como siempre, mi error de tratar bien a todos nos costó toda posibilidad de seguir siendo amigos en un futuro lejano.

Ella caminó despacio hacia el taxi, se subió y dio  la dirección tras las buenas noches de rigor al hombre desvelado que trataba por todos los medios de mantener el temple, otra de esas niñitas pendejas, pensó; mientras le dijo a la mujer que venía en el asiento trasero: lo esperamos? Ella negó con la cabeza y el hombre enfiló el taxi, lo vio ahí diminuto, con su cara de tipo duro arrojada a la basura y enseñando su verdadera careta de pobre pendejo. Ella canturreaba por lo bajo, alguna cosa de moda mientras el auto de alquiler volaba sobre la avenida iluminada por farolas nuevas. Cada tanto el taxista volteaba a verla, temía que fuera a vomitar con la tremenda borrachera que se cargaba, observó el pequeño gorro tejido ahora descansaba en el hombro, lo más probable es que terminase tirado. No era fea, pensó, algo rellena pero ¿qué chingados tienen de divertidas las flacas? Murmuraba mientras esbozaba una sonrisa irónica apenas curveando el labio superior.  Siguió acelerando con rumbo al eje vial.

Nuevamente estaba ahí, sentado en alguna banqueta malgastada en la inmensidad de la ciudad enardecida,  con perros orinando a pocos metros y algún que otro humano corriendo para llegar temprano a su cita con la muerte; la noche estaba menos fría que otras para ser noviembre o diciembre, pero igualmente comenzaba a calar en lo subrepticio del espíritu, para alojarse en los sentimientos, en la cordura y sobre todo en la soledad. Abrí la bragueta y saque el asunto, orina copiosa que riega el paredón de color ocre, iluminado por la farola de la desgracia o mejor dicho por el sin sentido de la vida. Heme allí a poco menos de 15 minutos de mi casa esperando a que me agarren por orinar en la vía publica y que me vuelvan a llevar en la patrulla. 
La primera vez fue cuando tenía 19, ebrio e idiota por la marihuana hasta ponerme irracional, entre 3 patrulleros me cargaron. Vomite, unos golpes en donde ningún juez se atrevería a buscar y una multa por 5 grandes que pago mi padre, y que devolví  con trabajo sin remuneración. Ahí fue la primera vez que descendí  a la mirada de mi madre y del resto de mi familia. Un tipo que buscaba problemas, y luego ocurría a su padre para que lo salvara de todos esos errores. Esta noche sin embargo, nadie parece reparar en que un tipo con claros síntomas de estar tomado, está orinando en la pared de más de 10 metros de altura de un complejo de cines. Da igual, la zona es un asco, la vida es una mierda y mi orina bien vale un arresto. Acabo y subo la cremallera, con todo el cuidado que me es factible obtener con más de 10 cervezas encima, y otras tantas cubas que alguna buena samaritana ha hecho el favor de pagar;  de pagar y comprender que lo nuestro es una fantasía con fecha de corte. Ella quiere algo mejor, yo quiero un descenso aún más pronunciado. Vuelvo a enfilar camino al hogar.

Volvía a casa con un labio roto y un par de hematomas en el cuello, lo segundo es más fácil de explicar que lo primero. Una mujer con ansias locas por desquitar su frustrada vida sexual…ok, una mujer que en realidad está en total dominio de su poder sexual, atiende la violencia cuando le place y sobre todo sin medir la fuerza. El labio por el contrario fue de un encontronazo con un ex amigo, las palabras van escalando, la fuerza se hace presente y terminó con un labio ensangrentado, en el suelo, con la cerveza volcada de la mesa que va a parar a un suelo color madera putrefacta, y unas cuantas personas reprochando todas las acciones con la mirada, con el ceño fruncido porque no alcanzan a comprender que en cierto punto de la vida todo se va al carajo, y que por más que quieras dominar la ira, terminas haciendo un ridículo bastante doloroso. Nos expulsan a ambos del sitio, bonito, muchas mujercitas que apenas van abriendo su experiencia en el alcohol, tal vez superadas por sus ansias de autosabotearse acostándose con tipos desgraciados que en su vida diaria acuden a estudiar/trabajar en mierda y media. Ella telefonea, es la única que lo hace aun, todos los demás se han dado por vencidos y se han alejado a sabiendas de que estoy vuelto una ruina, eso y que a todos les debo: efectivo, comida y afecto. Las tres mierdas que terminan por erosionar cualquier amistad. Su voz parece afectada, debe estar bebiendo, siempre me busca cuando bebe y comienza a insultarme, por haberla dejado ir, por haberla traicionado con una amiga mutua, por beber sin ella, por no estar con ella, por usar una y otra vez su nombre y no haberla bloqueado en el aparato telefónico. Nos despedimos nuevamente, ella seguirá tomando, yo me embriagare otra noche, toda la condenada ciudad está sumida en el alcohol, la fiesta, el vicio o la muerte. Nadie sabe nada. Pero de eso apenas unos días.

Justo antes de que todo tronara me invitó a una fiesta mientras bebíamos en una cantina céntrica, quería presumirme con sus amistades, quería hacerles ver que podía tener a un tipo idiotizado por la copa que le ponía en las manos. Era  sencilla, y a la vez un monstruo de ego jodidamente inflado; me gustaba sin embargo esa sensación de tener que depender de ella para beber de vez en vez. Me habló de la fiesta, iba a ser una boda o un cumpleaños de alguna amiga suya, le hice ver que no era necesario que fuera con ella, la hice comprender que en realidad a la gente no le agradaba en lo más mínimo tenerme cerca. Ella grito, grite, mientras el cielo se desbordaba en forma de agua y rayos. Ambos nos mirábamos con nuestro verdadero carácter, el de ella fuerte, el mío una bufonada. Se puso a bailar en medio de la pista, le acompañó un tipo de buen ver, ella siguió el ritmo, yo bebía un trago tras otro de cerveza, mi cabeza gruñía, quería violencia, el puño contrario próximo a re-estrenarse tras un par de años de sequía absoluta. Ella vuelve y sus ojos claros me señalan la verdad. Está cansada de la situación, está harta de no tener la fuerza para botarme y conseguirse un sujeto guapo, sin vicios, que sea un sujeto tan entero que la haga ver a ella como la mala semilla, como un revoltijo de ideas amalgamadas de una experiencia previa, tal vez la copia barata de un tipo que se ahoga en alcohol un par de noches a la semana, mientras observa las estrellas, mientras canta canciones de desamor y sobre todo, que se queda inerte mientras la mujer que lo ha llevado a esa situación se va, se escapa, huye hacia un sitio más oscuro, que empieza su descenso hacia los abismos de no poder controlar nada, de no ser dueña de sí misma.

Pero no ha sucedido nada de eso aún, ella sigue mirándome de frente, con sus ojos claros atravesando las hebras rojas que surgen en mis ojos, aquella sangre inyecta que  me nubla la vista a ratos; alcanzó a comprender su risa estridente mientras me zarandea y ambos caemos de las sillas metálicas; ella busca un trapo para secarse, yo me intento recargar en algo y la observo, nos encontramos de nueva cuenta en una fracción de espacio-tiempo, ambos sonreímos por lo idiotas que somos, por dejarnos arrastrar por la fuerza de gravedad y del alcohol que une y a la larga separa. Nos  abrazamos mientras comprendemos, y realmente lo hacemos, que afuera de las paredes de ese sitio no existimos, no hay un nosotros, no hay un mañana; sólo soy un borracho que comete idioteces y ella es una oficinista que empieza a desalentarse  de la vida.


SR Marzo 2015